viernes, 30 de marzo de 2018

MEDITACION EN EL CORAZON DEL TRIDUO PASCUAL




JESÚS DIJO: “ESTÁ CUMPLIDO”. E, INCLINANDO LA CABEZA, ENTREGÓ EL ESPÍRITU.

(Meditación para el Viernes y el Sábado Santo)





Al terminar la misa del Jueves, éste queda desnudo: desmantelado el altar, vacío el sagrario, las cruces (si las hay en el templo) cubiertas con un velo rojo o morado… Queda, eso sí, el Monumento con el Santísimo Sacramento para distribuir la comunión a los fieles en el oficio de hoy Viernes… Nos preparamos, en silencio total y en total despojo, para los misterios de la muerte y resurrección del Señor. En este contexto físico comienza la celebración de los Oficios del Viernes. En silencio, con vestiduras rojas (celebramos al Rey de los mártires), entran los ministros, que se postran en el suelo ante el altar. No hay cantos. Este es, sin duda, el signo primero y constante de estos dos días: el silencio. Sin saludos ni un “Oremos” siquiera, comienza la celebración con una oración inicial de quien preside. Sigue la liturgia de la Palabra (cuyo contenido veremos en su momento), y la Oración Universal, que expresa precisamente el valor “universal” de la Pasión y Muerte de Cristo en la cruz.




Hallamos a continuación lo que constituye el segundo signo de esta liturgia: la Cruz que se ofrece a los fieles para su adoración. Nos resulta prácticamente imposible entender cómo el paso de la historia la ha convertido en un signo estrictamente (y casi exclusivamente) religioso, cuando para los primeros cristianos (y para cualquier otro ciudadano de entonces) la cruz evocaba el peor instrumento de ejecución de la época. No es de extrañar que, en 1 Corintios 1:18-31, Pablo hable del “escándalo de la cruz”. Frente a romanos y griegos, para cuya “sabiduría” era inconcebible una divinidad doliente (y menos todavía, capaz de sufrir por los humanos), o frente a los judíos, que esperaban un Mesías que los librase eficaz y definitivamente de la opresión de los ocupantes del momento y eran, por tanto, incapaces de entender el sometimiento y la muerte de Jesús, los cristianos interpretamos la muerte de Cristo en una clave totalmente distinta: como signo e instrumento de salvación.

           



Nos queda un último elemento “significativo”: en este clima de silencio, contemplación y plegaria (la Oración Universal es un recorrido por las necesidades del mundo y de la Iglesia), la liturgia no autoriza la celebración de la Eucaristía. Sin embargo, la tercera y última parte de los oficios consiste en la distribución del pan eucarístico reservado el día anterior: tras el rezo del Padrenuestro, se sigue el ritual de la misa, se da la comunión a los fieles y, después de las oraciones finales, se despoja de nuevo el altar, y se deja tan sólo la Cruz con cuatro candelabros para que los fieles puedan “adorarla, besarla y permanecer en oración y meditación”. Desde este momento hasta la Vigilia Pascual se extiende el largo silencio junto al sepulcro donde reposa el Señor, esperando su resurrección. Salvo el rezo del Oficio Divino, ni se celebra la Eucaristía ni ningún otro sacramento, salvo la Penitencia y la Unción de los enfermos. Es tiempo de espera silenciosa.



            Vayamos ahora a las lecturas de este día. El extenso fragmento del Canto del Siervo de hoy, el Cuarto y último de todos, puede considerarse una de las más precisas descripciones proféticas de los sentimientos que debió de experimentar Jesús en aquellos días de sufrimiento y abandono. Es importante recordar que, en medio de tanta desolación, el texto concluye anunciando que “Verá su descendencia, prolongará sus años… Por los trabajos de su alma verá la luz,…se saciará de conocimiento… Le daré una multitud como parte y tendrá como despojo una muchedumbre” (53:10-12), y proclamando la victoria definitiva del justo. En cierta medida, sería la respuesta a la confianza que expresan los últimos versos del Salmo 30 que recitamos a continuación.



            Pero es tal vez el texto de Hebreos (segunda lectura) el que nos proporciona el significado último de todos aquellos acontecimientos: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas,… a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer…y se ha convertido… en autor de salvación eterna” (5:7-9). Hay, una vez más, una reafirmación de la condición radicalmente huma de la figura de Cristo: no estamos ante una apariencia de hombre, sino de alguien que comparte en todas sus dimensiones, nuestro propio ser. Sufre, clama… y obedece.



            Con todo, existe un contraste tremendo entre la descripción de todos estos padecimientos del Jesús-Justo-Víctima que entregó “su vida como expiación” (Isaías 53:10) y el relato de la Pasión elaborado por Juan, que contrasta también con las Pasiones de los Sinópticos. Resulta difícil abordar su lectura en clave del “Jesús Sufriente” cuando lo que tenemos delante es un Jesús que aparece desde el primer comento como el verdadero Rey de los Judíos, la Palabra encarnada, dueño y Señor (con mayúscula) de la situación en todo instante.




            Todo cuanto sucede aquellos días está visto, interpretado y transmitido desde la óptica de la resurrección. Tanto Jesús como los lectores conocen de antemano el desenlace de lo que está ocurriendo y, por tanto, tienen la clave para ver la pasión a la luz del Cristo Resucitado, vivo y glorioso. El Jueves Santo, Jesús había dado un ejemplo de humildad, desempeñando el papel de esclavo, arrodillándose para lavarles los pies a los discípulos, tarea que sólo realizaría un siervo (13:1-20). Ese es, tal vez, el único momento y la única acción en que se manifiesta el “anonadamiento” que reflejan los cantos del Siervo y el himno de Filipenses que se había leído el Domingo de Ramos. Pero, muy al contrario de este gesto humillante, desde el comienzo hasta el fin del relato de la Pasión, Jesús está muy por encima de las circunstancias y de los personajes que le rodean: a pesar de lo injusto y anómalo del proceso, de las falsas acusaciones, del abandono y la traición, él es dueño de su destino, sabe todo lo que se le viene encima e incluso se adelanta a los acontecimientos (18:4).



            No es Judas quien le entrega a la cohorte y a los soldados después de besarle (ni siquiera se menciona el consabido “beso” del discípulo traidor), sino que es Jesús quien se dirige directamente a ellos y les pregunta a quién buscan. Cuando responde al requerimiento de los guardias, el que habla no es tan sólo el “Jesús de Nazaret” al que quieren detener, sino que Jesús pronuncia y se identifica con la solemne auto-definición de Yahveh: “Yo Soy” (18:5 y 8). No le habíamos visto postrado y rezando en el huerto y pidiéndole al Padre que le librase del trago amargo que estaba a punto de beber, tal como le presentaban los Sinópticos, sino que ya en este primer instante del proceso está dispuesto y acepta con entera libertad, sin vacilaciones ni miedos, la voluntad del que le ha enviado: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?”(18:11). Y es la tropa la que cae al suelo. Tampoco es que los discípulos huyan y le abandonen a su suerte: es él quien les dice a los soldados que les dejen irse libremente. A partir de este momento, paso a paso, la historia seguirá el curso debido y anticipado: sufrimiento, humillación, abandono, hasta el instante mismo de la muerte: “Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura” (19:36). En contraste con el protagonista de una tragedia griega, donde el “hado”, la “necesidad” determinan el curso de los acontecimientos, sin que el héroe pueda hacer nada por cambiarlo, aquí los designios salvíficos del Padre se cumplen, pero es Jesús, con su decisión dolorosamente libre, quien domina la historia de la que él es sujeto y artífice.



            Y estamos tan sólo en el comienzo de la Pasión. Podemos seguir la lectura comparando esta figura de Jesús con la de los Sinópticos: incluso de camino a la muerte, el Jesús del Evangelio de Juan habla y actúa como si ya fuera “el Señor” resucitado de entre los muertos. Es plenamente consciente de que en medio de todo el proceso, su dignidad como “Palabra de Dios” e “Hijo del Padre” está por encima de todo cuanto le ocurra. Es Pilato quien aparece intimidado por la presencia de Jesús, y su diálogo dista mucho de lo que sería habitual en el interrogatorio de un detenido en un proceso político. Algunos momentos son especialmente significativos. Jesús, que le había dicho a Tomás “Yo soy la verdad” (14:6), guarda silencio cuando Pilato le plantea la pregunta retórica “Y ¿qué es la verdad?”, porque no es momento para discutir el escepticismo académico del gobernador. Las palabras de Pilato, “¡he aquí vuestro rey!” (19:14), cuando presenta a Jesús ante el pueblo, cobran un giro irónico y se convierten en un recuerdo cínico pero profético de las palabras usadas cuando se entronizaba a los reyes de Israel. Y es eso lo que lleva a los jefes de los sacerdotes a pronunciar su más solemne declaración de blasfema apostasía: “¡No tenemos más rey que al César!". Aun así, en una última paradoja, la inscripción que manda poner Pilato en la cruz “Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos” no es la sentencia de un criminal sino la proclamación de un rey, algo que los sumos sacerdotes entienden más que de sobra (19:19-22). Y cuando Jesús muere en la cruz y “entrega el espíritu”, podemos hallar un destello del Espíritu que había anunciado anteriormente (7:39), que también está simbolizado en el agua que salió de su costado (19:34), y que entregará definitivamente a sus discípulos tras la resurrección. “Recibid el Espíritu Santo” (20:22). El Siervo Sufriente ha vencido a sus enemigos y ha cumplido la misión que le había encomendado el Padre (19:30).






             Había un huerto…, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (19:41-42). Así termina el relato de “la hora” para la que la Palabra, el Hijo de Dios, había venido al mundo. Para los judíos, el sábado era el día que Dios bendijo porque en ese día descansó de todo su trabajo de creación (Génesis 2:2-3). Por eso es también un día de descanso para los humanos. Para nosotros, cristianos, este Sábado tiene una significación especial: es el silencio mismo de la tumba de Jesús y el silencio en el que el creyente escucha la voz de Dios, su Palabra misma, el único sonido hecho carne salvadora para quienes quieren recibirla en actitud de fe. Es tiempo de reflexión orante y preparación para el gran acontecimiento de la Resurrección.



A los cristianos, con frecuencia nos critican por cierta insistencia malsana en los sufrimientos de Jesús en esta etapa última de su vida. Y debemos reconocer que en ciertos ambientes socioculturales y en determinadas épocas (barroco), esta tendencia ha sido e incluso hoy sigue siendo una verdadera tentación. El Jesús sufriente en ocasiones oculta o deja en segundo plano la imagen del glorioso Cristo resucitado que hemos visto presente en el relato de Juan. Es importante, sin duda, compartir los sufrimientos del Profeta–Sacerdote–Rey que fue traicionado, abandonado, torturado y arrastrado injustamente a la muerte: cargaba sobre sus hombros y experimentaba la angustia y la aflicción de la humanidad entera, pasada y futura. Pero, aunque pueda sonar inadecuado, es esencial que aprendamos a seguir a Jesús camino de la cruz con los sentimientos anticipados de la Pascua; a descubrir y comunicar la luz gozosa de la resurrección vencedora sobre el mal y la tiniebla que gravitan y oprimen a nuestros hermanos de hoy día; a encontrar la manera de comprender a quienes sufren, de tal modo que nuestras palabras de consuelo sean algo arraigado con mayor profundidad en nuestra propia realidad.



            Lo que veamos y oigamos en la celebración del Viernes Santo no es sino la consecuencia de todos los pasos dados por Jesús a lo largo de su ministerio. De nuevo nos hallamos ante una manera inesperada, inaceptable, de ejercer el papel de Cristo, Rey y Señor. Una vez más, una última frase suya puede resumir ese papel de Jesús. Cuando Pilato le pregunta si es “rey”, su respuesta desvela el misterio oculto hasta entonces: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (18:37). Esta simple afirmación nos lleva a otras palabras dirigidas a nosotros, quienes oímos su voz y somos las ovejas que tratamos de seguirle como Buen Pastor (10:1-8): las dos imágenes de Rey y Pastor van unidas y, a su vez, nos llevan a la del Cordero de Dios; ambas, además, evocan la idea de dar la vida por el rebaño y quitar el pecado del mundo. Es así, sorprendente e inesperadamente, como reina el verdadero Rey de Israel, el que dice y da testimonio de la verdad es el acusado en el juicio en el que van a ser condenados este mundo y su príncipe, que es precisamente “mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8:44-47).




            Conviene que conectemos también nuestra meditación de hoy con el silencio del Sábado Santo. Pensemos en los Doce (incluyo, como es natural, a Judas) y en el resto de los discípulos y las mujeres que habían seguido a Jesús aquellos últimos meses de su vida. Después de todo aquel tiempo pasado con el maestro, ¿qué quedaba de sus planes, proyectos, expectativas y esperanzas? Y ahora, ¿qué? Para nosotros, cristianos del siglo XXI, la historia es clara como el cristal: sabemos cómo termina y que tiene un “final feliz”, algo que ignoraban sus seguidores. Pero, para ellos, el horizonte inmediato era la tenebrosa realidad del fracaso total de aquel en quien habían puesto su esperanza. Esa actitud la reflejan muy bien los discípulos que se encaminaban a Emaús, “esperaban que él iba a liberar a Israel” (Lucas 24:13-35), y todo se había convertido en un sueño iluso y vacuo. No se trataba ya de abrigar dudas o incertidumbre o desconcierto: lo que ahora les invadía era la dura certeza de la desesperanza, el fracaso y el duelo. Añadamos los sentimientos de culpa: “¿Por qué huimos?, ¿cómo es posible que no le defendiéramos…?” Y, por supuesto, no podría faltar el miedo: si así habían tratado al leño verde, ¿qué les podía esperar a ellos, que eran el leño seco? (Lucas 23:31).




            El vacío litúrgico  refleja y subraya el otro vacío, el de las almas que habían puesto su esperanza en Jesús y se quedan en el silencio de un Dios que parece no querer dar respuesta. No caigamos nosotros en esa tentación: entremos, por el contrario, en ese clima de silencio reflexivo y esperanzado de la liturgia: en unas pocas horas nuestro duelo se habrá convertido en gozo y estaremos celebrando la Pascua. Conviene recordar aquí la imagen de la parturienta utilizada por el mismo Jesús: “Vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Juan 16:19-22). En oración silenciosa acerquémonos a la tumba, sabiendo que si el grano de trigo cae en la tierra y muere, da mucho fruto: el Cristo resucitado es las primicias de nuestra resurrección (Juan 12:24).





Tomado de las reflexiones escritas por el

Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico,

 Archidiócesis de Madrid, España.

jueves, 29 de marzo de 2018

MEDITACIÓN PARA EL JUEVES SANTO


¿COMPRENDÉIS LO QUE HE HECHO CON VOSOTROS? … OS HE DADO EJEMPLO PARA QUE LO QUE YO HE HECHO CON VOSOTROS, VOSOTROS TAMBIÉN LO HAGÁIS

(Meditación para el Jueves Santo, misa “In coena Domini”)





El Domingo de Ramos, tras la larga introducción no sólo a ese día, sino a todo la Semana Santa, puse el acento en los personajes que, a lo largo del relato de la Pasión, rodeaban a Jesús. En ellos aparecían múltiples rasgos que nos retrataban a nosotros mismos, pero, además, se reflejaban los sentimientos que debió de experimentar Jesús como protagonista de los acontecimientos. Recurriendo a los términos de la tragedia griega, el héroe, el protagonista de la acción, veía como el coro y los demás actores subrayaban el desarrollo de la acción o ponían un contraste que la hacían más llamativa.



Pero en la tragedia la acción se centraba en hechos narrados: eran muy pocos los gestos, era muy pobre o casi inexistente la escenografía. Por el contrario, en nuestra liturgia (a pesar del despojo sufrido en la reforma conciliar), los gestos, las acciones se suceden. Aunque una sobriedad malentendida y reduccionista haya hecho que algunas de nuestras celebraciones se asemejen a una clase de crítica literaria o a una disertación académica más que a una verdadera acción litúrgica, la realidad de nuestra celebración ofrece y de hecho incluye toda una serie de elementos que superan con creces lo puramente verbal. No son muchos, reconozcámoslo, pero si se utilizan con inteligencia, son suficientes, profundamente significativos y suplen aquello en lo que la palabra precisa un apoyo sensible y gestual que ayude y complemente el contenido verbal.



Movimientos (procesiones dentro y fuera del templo), objetos (ceniza, ramos, agua, pan, vino, óleos, la cruz o los iconos, el libro mismo de las lecturas sacras), olores (incienso), gestos o posturas corporales (la elevación de las manos, las bendiciones o signaciones, el abrazo de paz, la inclinación de la cabeza o la genuflexión), el sonido (música, cantos, salmodias), la luz y el color (el cirio pascual, los cirios del altar o los que llevan los fieles, la oscuridad con que se inicia el lucernario, los colores de los ornamentos), todos esos elementos construyen un universo en el que prácticamente intervienen los cinco sentidos.



El Miércoles de Ceniza comenzamos la Cuaresma con la imposición de la ceniza en nuestras frentes. Para los israelitas, cubrirse de ceniza o polvo la cabeza manifestaba un doble sentimiento: era signo de luto y dolor, pero también de arrepentimiento y penitencia por las culpas. Por eso lo usaban tanto los pecadores como los que hacían duelo. En nuestra tradición, su uso se limita al día en que comenzamos el tiempo penitencial de Cuaresma, como signo de nuestro deseo de conversión y como recordatorio de nuestra frágil condición humana llamada a la muerte.



El Domingo de Ramos, nos unimos al pueblo que recibía a Jesús al llegar a Jerusalén. Tomamos en las manos ramas de olivo, flor de romero y hojas de palma para saludar al Hijo de David, al Rey de Israel.



Incluyo en las reflexiones que ahora siguen no sólo la Misa de la Cena del Señor, sino que me he permitido incluir en esta Lectio del Jueves Santo una celebración muy poco conocida por los fieles, aun cuando las orientaciones oficiales instan a que se promueva su participación en ella: la Misa Crismal, que suele tener lugar el Miércoles Santo. En ella descubrimos un nuevo signo: la consagración del santo Crisma y la bendición de los Óleos de los Catecúmenos y de los Enfermos. Este elemento sacramental no es exclusivo de la Iglesia Católica Romana, sino que también utilizan el Crisma y los Óleos las Iglesias de Oriente, la Comunión Anglicana y algunas Iglesias Luteranas y Reformadas. Además, la celebración pone gran énfasis en la unidad existente entre el obispo y sus presbíteros por el hecho de participar del único y mismo ministerio sacerdotal de Cristo. Como he dicho antes, por razones prácticas, suele adelantarse a alguno de los días anteriores de la Semana Santa, normalmente el Miércoles. Aunque arriba se ofrecen las citas de los textos bíblicos usados en la liturgia, no voy a referirme a ellos, sino a la dimensión simbólica que representa la Misa Crismal.





Son tres los óleos que se consagran o bendicen: el más importante de ellos es el Crisma, término cuya raíz griega nos ha dado en español “crismar” (ungir), “crisma” (cabeza) y “Cristo”, (el Ungido). Sus orígenes se remontan a la tradición de Israel, donde se ungía y consagraba con aceite a sacerdotes, profetas y reyes. En nuestra tradición cristiana, el Crisma, un aceite perfumado con ungüentos, se utiliza para ungir a los catecúmenos en su bautismo, a quienes reciben la confirmación, y a los diáconos, presbíteros y obispos en su ordenación; también con él se consagran el templo, el altar y los vasos sagrados. A todos los cristianos, laicos o clérigos, tendría que recordarnos aquella unción por la que en nuestro bautismo fuimos consagrados en Cristo, incorporándonos a él, que es el “Sacerdote, Profeta y Rey” por excelencia. Los otros dos “óleos” son: el de los Catecúmenos, que se utiliza en el bautismo para fortalecer a los nuevos cristianos en su lucha contra el pecado y contra el Diablo, príncipe del mal; y el de los Enfermos, usado en el sacramento que pone remedio a las dolencias del cuerpo y el alma de cuantos padecen enfermedad.




Y tras esta breve nota, cuyo objeto es ir cubriendo todos los signos usados en la liturgia de Semana Santa, volvamos al Jueves Santo. En la Misa de la Cena del Señor encontramos dos signos contrapuestos que nos dan dos dimensiones complementarias de una misma realidad: el misterio de la entrega de Jesús en el contexto de una Última Cena que, en realidad y de manera insospechada, fue la definitiva Cena Pascual. En ella se combinan la comida ritual y el servicio humilde del que no vino “a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28 y paralelos).



El primer signo es la cena eucarística, la fracción del pan, la comunión con el pan y el vino que se han transformado en el cuerpo y sangre del mismo Cristo. En esta cena que hoy celebramos de manera simbólica, se concentran dos celebraciones bien distintas. De una parte, la cena pascual que celebraban los judíos desde la salida de Egipto, cuya directrices concretas hemos escuchado en la primera lectura de Éxodo 12. La sangre del cordero sacrificado con que los hebreos habían rociado las jambas y el dintel de sus casas era la salvaguarda de su supervivencia en aquella noche en que habrían de perecer todos los primogénitos de Egipto. Los judíos han mantenido viva la tradición de aquella cena y con ella hoy siguen conmemorando la liberación de la esclavitud y su nacimiento como pueblo elegido. Ahora que ya no existe el Templo ni la casta sacerdotal ni los sacrificios cruentos de la Antigua Alianza, la celebración central del judaísmo es el “Séder de Pésaj”, la cena pascual celebrada en el ámbito familiar. Por otra parte, los tres Sinópticos nos presentan la última cena de Jesús con sus discípulos como una cena pascual (Mateo 26:17-20; Marcos 14:12-17; Lucas 22:7-14). En ella, mediante las palabras de la institución eucarística (Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:15-20; 1 Corintios 11:23-26), el pan y el vino usados en la cena ritual se convierten en “comunión de la sangre de Cristo” y en “comunión del cuerpo de Cristo” (1 Corintios 10:16-17). No está clara la manera en que se celebraba la Cena del Señor en los primeros momentos. Cabe decir que coexisten dos tradiciones fundamentales que no se excluyen: la de una cena de fraternidad (a eso se refieren las críticas que hace Pablo al modo egoísta, casi pagano, con que se celebra en Corinto), que comprendía también una celebración de carácter más “religioso” o litúrgico en la que se repetían las palabras de Jesús en su cena con los discípulos. En cualquier caso, la línea que se fue imponiendo y de la que somos herederos es la de la celebración religiosa centrada en la fracción del pan (kráxis toû artoû), la bendición y acción de gracias (eucharistia), y en la memoria (anámnesis) en que se repetían los gestos y las palabras de Jesús.



           

Por eso resulta chocante que para la solemne celebración del Jueves Santo la sagrada liturgia no haya elegido como texto evangélico una de las versiones de la Última Cena que presentan los Sinópticos y en las que se mencionan las palabras y las acciones con que Jesús les ofreció a sus discípulos el pan y el vino, sino el relato de aquella misma cena según el Evangelio de Juan. Y lo que en verdad nos desconcierta es que Juan no aluda directamente a esa dimensión esencial de la Cena, o que aquella comida la situara cronológicamente ¡antes de que se hubieran sacrificado oficialmente los corderos destinados a la cena pascual! (Juan 19:31). Por el contrario, en su relato, Juan nos presenta a Jesús lavándoles los pies a los discípulos, y esa acción concluye precisamente con un mandato semejante al que les da Jesús en los demás relatos de la Última Cena: “Si yo… os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Juan 13:14-15). Obviamente, el mandato está en paralelo con aquel otro “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22:19 y 1 Corintios 11:24). ¿Por qué este cambio tan radical en el Evangelio de Juan? Tal vez porque, cuando se escribió, la cena eucarística ya había comenzado a convertirse en algunas comunidades en un rito religioso rutinario, y el evangelista quería subrayar el vínculo existente entre la celebración litúrgica y la realidad del servicio fraterno en la vida diaria. No debemos, empero, olvidar el significado más directo y radical de compartir el ejemplo de humildad por parte de Jesús… lo cual nos llevaría a la interpretación de este gesto desde la perspectiva teológica del Siervo Sufriente.





Hay, pues, un enfoque nuevo en el relato de Juan: frente al sacrificio del cordero pascual de la tradición judía (curiosamente, en ninguno de los relatos se menciona que se comiera cordero en la Última Cena), Juan nos presenta a Jesús como el verdadero “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Precisamente por eso, Jesús es sacrificado, entrega su espíritu, en la cruz justamente a la hora en que se sacrificaban los corderos destinados a la cena pascual.



            En este sentido, queda mucho más que decir en torno a este segundo signo de la liturgia del Jueves Santo. El diálogo entre Jesús y Pedro en torno al lavatorio de los pies nos recuerda el que había mantenido con Nicodemo y anticipa el que seguirá después con los demás discípulos. “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?” (13:12). Y es que lo que ha hecho Jesús es un acto tan humillante que ni el miembro más bajo de Israel lo habría llevado a cabo. Se suponía que eran los esclavos los encargados de realizar aquel trabajo tan servil. Incluso en el recibimiento más cortés, a los invitados se les ofrecía agua para que se lavaran los pies ellos mismos, pero ningún anfitrión se “rebajaría” a lavárselos a nadie. En verdad, la Palabra “tomó la naturaleza de siervo” ¡en el sentido más literal del término! Aunque nos sea éste el momento más oportuno, debemos relacionar este detalle con la pena capital que aplicaban los romanos y a la que se verá sometido Jesús: la crucifixión era el tipo de ejecución que se reservaba para la peor clase de criminales, en particular los que atentaban contra el estado (“terroristas” diríamos hoy día); en el caso de los ciudadanos romanos, sólo para aquellos que habían sido declarados traidores a la patria.



            La cuestión es que Jesús asume la condición más humillante y vergonzosa para mostrar su comunión con la humanidad…, e invita a sus discípulos a hacer lo mismo. Recordemos cómo, después de anunciar que su vida como predicador del Reino y su misión como Mesías va a culminar con su persecución, juicio, tortura y ejecución (Mateo 16:21-23; 17:22-23; 20:17-19 y sus paralelos en los Sinópticos), invitaba a quienes habían escuchado su mensaje: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mateo 16:24-28 y paralelos). Es importante notar que tanto Marcos (9:32) como Lucas (9:45) señalan que los discípulos “no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle”. Tampoco Pedro le entendía, ni el mismo Nicodemo, “maestro de Israel”, había podido captar lo que quería decir Jesús cuando anunciaba que el Hijo del Hombre tenía que “ser elevado” para que tuviera vida quien creyera en él (Juan 3:14; véase todo el pasaje, 3:1-21; también 8:28 y 12:32). Sólo más tarde, después de la resurrección, llegarían a entender lo que había anunciado Jesús (Juan 20:8-9).





Nos queda un paso más, aunque no figure en la liturgia de hoy. El resto del capítulo 13 incluye dos predicciones dramáticas (vv. 21-30 y 36-38) en el clima de una cena fraterna cuyo contenido de despedida de Jesús camino de la muerte le añade todavía más dramatismo a la lucidez con que el Hijo afronta el destino al que le encamina el Padre. Hasta tal punto, que “Jesús se turbó en su espíritu” (v. 21). No era para menos: uno de los Doce va a traicionarle, pero ninguno de los compañeros es capaz de entender la predicción. No sólo eso: Simón, uno de los tres más cercanos, que le ha visto en la gloria de la Transfiguración, también acabará negándole, a pesar de sus promesas de fidelidad hasta la muerte. En medio de esos anuncios desoladores, un mandato, el último y único: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”. Qué lejos quedan los dos mandamientos más importantes de la Ley, cuyo cumplimiento, a lo sumo, significaba que “no se estaba lejos del reino de Dios” (Marcos 12:28-34). Qué lejos están los discípulos de entender que las palabras de Jesús Maestro no son una lección de ética, sino la proclamación de una manera de abordar la vida, de un modo de ver la realidad desde una perspectiva totalmente distinta. Todos los acontecimientos que  sucederán aquella misma noche los desconcertarán hasta tal punto que le abandonarán, dejándole solo frente a su destino.



Podemos volver a tomar como punto de partida los personajes, imaginar sus sentimientos y ver en qué coinciden o divergen de los nuestros: el pueblo que recibió a Jesús el Domingo de Ramos con todas las esperanzas que había puesto en él e ignora los pasos que en aquellos momentos está dando en su camino como Mesías; los discípulos que acompañan a Jesús en una cena en que ven los gestos con que el maestro se pone a sus pies y escuchan el mensaje de entrega y sacrificio de su único mandamiento; en particular, lo que sienten Pedro y Judas, cada uno de los cuales ha recibido un mensaje especial…




            Pero no nos limitemos al relato de la cena y el lavatorio: los capítulos 14, 15 y 16 de Juan son el gran “desahogo” de Jesús con sus amigos (ya no los llama “siervos”, 15:15). La otra línea de esta meditación podría consistir en una lectura meditativa de todas esas últimas confidencias de Jesús con los suyos. ¿Y si nos metiéramos en la piel de Jesús y, conociendo todos los elementos y circunstancias que vimos en antes, tratáramos de entender y participar de esos sentimientos que les comunica Jesús a los discípulos, a nosotros mismos?



          Nuestra oración de hoy, “Día del Amor Fraterno”, “Día del Sacerdocio”, podría centrarse en dos temas básicos de intercesión. Podemos dirigirnos a este Jesús, Siervo de Yahveh, que se enfrenta lúcidamente a un futuro de zozobra y abandono, para que se acuerde de quienes hoy día también se enfrentan a un llamamiento que implique sacrificio y abnegación, sea cual sea su vocación específica. Podemos, igualmente, dirigirnos a este Jesús, que, sin vestiduras sacerdotales, es el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, “sacerdote, víctima y altar”, y pedirle por todos los que se han sido llamados a participar en su propio sacerdocio: los jóvenes recién ordenado o a punto de serlo, los que viven su ministerio en soledad y abandono, “en tierra hostil” o lejos de los suyos, los ancianos u olvidados… podemos prolongar la lista. Pero no limitemos nuestra plegaria: evidentemente, debemos añadir a todos aquellos que, de un modo u otro, necesitan una palabra de aliento, una mano tendida, una presencia amiga. Tengamos presente, insisto, que es el “Día del Amor Fraterno”: pensemos y pidamos por cuantos colaboran en Cáritas o cualquier otro organismo dedicado a la acción caritativa o asistencial.



Tomado de las reflexiones escritas por el

Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote Católico,

Archidiócesis de Madrid, España