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miércoles, 18 de abril de 2018

MISSA PRO HUMANO LABORE SANTIFICANDO


MISA POR LA SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO HUMANO



I. Misterio

Desde el comienzo de la creación, el hombre ha recibido de Dios el mandato de someter la tierra, dominarla y sacar de ella lo necesario para su subsistencia. Solo después del pecado, esta bendición se truncó en su forma de obtener el fruto del trabajo, pues habría de hacerlo “con el sudor de su frente”. Así, «el trabajo debe ser honrado porque es fuente de riqueza o, al menos, de condiciones para una vida decorosa, y, en general, instrumento eficaz contra la pobreza (cf. Pr 10,4). Pero no se debe ceder a la tentación de idolatrarlo, porque en él no se puede encontrar el sentido último y definitivo de la vida. El trabajo es esencial, pero es Dios, no el trabajo, la fuente de la vida y el fin del hombre» (CDSI 257).

Jesucristo mismo también trabajó con sus manos. Por eso, en su predicación, Jesús enseña a apreciar el trabajo. Durante su vida pública, Jesús trabaja incansablemente, realizando obras poderosas para liberar al hombre de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte. De ahí que el trabajo sea tan importante para el hombre y nada le puede eximir de ello, como dice la Iglesia: «la conciencia de la transitoriedad de la « escena de este mundo » (cf. 1 Co 7,31) no exime de ninguna tarea histórica, mucho menos del trabajo (cf. 2 Ts 3,7-15), que es parte integrante de la condición humana, sin ser la única razón de la vida. Ningún cristiano, por el hecho de pertenecer a una comunidad solidaria y fraterna, debe sentirse con derecho a no trabajar y vivir a expensas de los demás (cf. 2 Ts 3,6-12)» (CDSI 264).

El compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en lo relativo al trabajo, distingue una doble dimensión: objetiva y subjetiva. En sentido objetivo: el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas de las que el hombre se sirve para producir y dominar la tierra. En sentido subjetivo: el actuar del hombre en cuanto ser dinámico, capaz de realizar diversas acciones que pertenecen al proceso del trabajo y que corresponden a su vocación personal. La dimensión subjetiva del trabajo debe prevalecer sobre la objetiva, porque es la del hombre mismo que realiza el trabajo, aquella que determina su calidad y su más alto valor. Si falta esta conciencia o no se quiere reconocer esta verdad, el trabajo pierde su significado más verdadero y profundo.

Por último, si hay un texto que resume la espiritualidad del trabajo y que ha influido en la configuración de los textos de la misa por la santificación del trabajo humano, este es el de la encíclica de Pablo VI, Populorum Progressio 27 dice: «De la misma manera, aunque a veces puede llegarse a una mística exagerada del trabajo, no es menos cierto, sin embargo, que el trabajo ha sido querido y bendecido por Dios. Creado a imagen suya, «el hombre debe cooperar con el Creador en la perfección de la creación y marcar, a su vez, la tierra con el carácter espiritual que él mismo ha recibido». Dios, que ha dotado al hombre de inteligencia, le ha dado también el modo de acabar de alguna manera su obra; ya sea el artista o artesano, patrono, obrero o campesino, todo trabajador es un creador. Aplicándose a una materia que se le resiste, el trabajador le imprime un sello, mientras que él adquiere tenacidad, ingenio y espíritu de invención. Más aún, viviendo en común, participando de una misma esperanza, de un sufrimiento, de una ambición y de una alegría, el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus y funde los corazones; al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos».

II. Celebración

            La misa que estudiamos hoy se rige por las normas generales dadas para toda la sección del misal dedicada a las misas por diversas necesidades. Puede ser completada, en su formulario con el prefacio dominical V “las maravillas de la Creación” o bien con la tercera plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades. Suele decirse con ornamentos del color del tiempo en que se emplee.


Esta misa ofrece dos formularios: el formulario A, que tiene dos oraciones colectas, la oración sobre las ofrendas que se halla en la compilación veronense[1], en el sacramentario gelasiano antiguo del s. VIII[2] y en el misal romano de 1570[3], y la oración de pos-comunión; el formulario B, más sencillo ya que se compone de una oración colecta, otra sobre las ofrendas y la de pos-comunión que se halla en los mismos sacramentarios antiguos[4] que la anterior.

En el formulario A nos proporciona dos oraciones colectas: la colecta 1 nos sitúa en la perspectiva del Dios-Creador (lat. Conditor) que ha mandado al hombre trabajar la creación (cf. Gn 1, 28) con dos fines determinados: el progreso humano y la extensión del Reino de Dios. La colecta 2 presenta el trabajo humano como la causa instrumental por la que Dios actúa en el mundo. En esta oración se ofrecen cuatro efectos del trabajo a la vida del hombre: dignifica, ennoblece, genera unidad y es posibilidad de servicio. La oración sobre las ofrendas establece un paralelismo entre los alimentos que se extraen de la tierra por medio del trabajo y sirven tanto para alimentar el cuerpo como para celebrar y confeccionar los sacramentos que alimentan el alma con sus efectos espirituales. La oración para después de la comunión presenta el misterio eucarístico como la mesa de “la unidad y de la caridad” dos características del trabajo humano que han de contribuir al progreso humano y a la extensión del Reino de Dios, como ya se dijo en la oración colecta.

El formulario B tiene una composición simple e clásica: tan solo las tres oraciones esenciales para la celebración: la colecta, donde se propone el mandato divino “dominad y someted” la tierra mediante el trabajo para conseguir tres gracias esenciales que contribuyan al progreso del hombre: 1. Trabajar con espíritu cristiano: 2. Practicar la caridad sincera; 3. Colaborar en la perfección de la creación. La oración sobre las ofrendas mantiene la idea de que el trabajo es un medio de asociación a la obra redentora de Cristo. La oración de pos-comunión pretende una conveniente simbiosis entre los sacramentos y los bienes terrenos como providencia de Dios sobre nosotros.

Para los textos bíblicos de la misa, que solo se contienen en el formulario A y pueden ser usados en el B, la liturgia ha provista: como antífona de entrada se ofrecen dos posibilidades: Gen 1, 1.27.31 donde se unen creación del mundo y del hombre como un conjunto creacional bueno que se debe conservar, o bien, Sal 89, 17 donde el salmista pide la intervención divina para que la cooperación sinérgica del hombre y Dios pueda hacer fructífero y próspero el trabajo humano. Para la antífona de comunión se ha tomado el texto de Col 3, 17 donde se invita al hombre a trabajar con espíritu cristiano, es decir, obrar en nombre de Jesucristo en quien debemos realizar toda acción.

III. Vida

Una vez analizado el amplio formulario litúrgico busquemos algunas ideas que puedan ayudarnos a elaborar y vivir una sana espiritualidad del trabajo:

1. El trabajo, progreso humano: es una idea abundante en los textos litúrgicos. El hombre con el trabajo de sus manos puede contribuir a la evolución positiva de la sociedad y al desarrollo integral de los pueblos. El trabajo construye la sociedad y por tanto, como obra humana, es noble y digna siempre que sea realizada a tal fin y nunca sea entendida como fin en sí misma. Por tanto, «el hombre debe trabajar, ya sea porque el Creador se lo ha ordenado, ya sea porque debe responder a las exigencias de mantenimiento y desarrollo de su misma humanidad. El trabajo se perfila como obligación moral con respecto al prójimo, que es en primer lugar la propia familia, pero también la sociedad a la que pertenece; la Nación de la cual se es hijo o hija; y toda la familia humana de la que se es miembro» (CDSI 274)

2. El trabajo, extensión del reino de Cristo: esta es otra pincelada importante para una recta espiritualidad del trabajo. El cristiano, en medio del mundo en que vive, por medio de las actividades que realiza, está llamado a ordenar todas las realidades según Dios. Cristo, al ser el centro de todo, es el punto hacia el cual confluyen todas las dimensiones humanas. Con un trabajo honrado y honesto el testimonio de los creyentes se hace, cada vez más, creíble.

3. El trabajo, dignificación del ser humano: si tenemos en cuenta que el trabajo responde al mandato divino “dominad la tierra y sometedla”, será fácil deducir que el trabajo dignifica al hombre en cuanto que éste obedece y ejerce ese mandato divino.

4. El trabajo, ennoblecimiento del hombre: es una idea muy unida a la anterior. El trabajo, cuando se ejerce con conciencia recta y honradez, saca lo mejor del hombre y, por tanto, lo ennoblece. Pero, además, si con su tarea va preparando la materia para el mundo futuro, el hombre encuentra en el trabajo la mejor y mayor fuente de santificación y de cooperación divina.


5. El trabajo, generador de paz, unidad y estabilidad: la base de una sociedad, para que sea estable y goce de paz, es que sus gentes tengan un trabajo bien remunerado que le permita satisfacer sus necesidades, vivir cómodamente y cumplir sus obligaciones religiosas. Cuando esto se da, el trabajo se convierte en la fuente más garantista de paz social. Mientras que el paro, al crear ociosidad, genera desestabilidad y no contribuye al desarrollo de la persona ni de los pueblos. Así, «el trabajo es un bien de todos, que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La « plena ocupación » es, por tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común. Una sociedad donde el derecho al trabajo sea anulado o sistemáticamente negado y donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social» (CDSI 288)

6. El trabajo, posibilidad de servicio: el trabajo nos ofrece muchas posibilidades para ejercer y vivir la caridad. Se puede ser caritativo con los compañeros de trabajo, con los aprendices, con los veteranos, pero, sobre todo, se ejerce la caridad al entender y tomar conciencia de que con el trabajo contribuimos al conjunto de la sociedad, a la mejora económica, productiva y competitiva del País. Y esta aportación material o humana tiene repercusión en el ámbito espiritual y cristiano de la comunidad.  

7. El trabajo, asociación con la obra redentora de Cristo: con el trabajo, el hombre contribuye a completar lo que falta a la Pasión de Cristo, es decir, a la redención del hombre y del mundo. Si el trabajo es fuente de santificación, ha de serlo, también, de redención tanto para el que lo ejerce como para aquel que se beneficia de él.

8. El trabajo, cooperación en la perfección de la Creación: si hay un dogma que incide de manera absoluta en la vida cristiana y es fundamento del resto de verdades católicas, este es el de la Santísima Trinidad. De este modo, el cristiano, con su callada labor de cada día, contribuye con la obra perfecta de Dios Padre, esto es, al continuo progreso y desarrollo de la creación.

9. El trabajo, realizado con espíritu cristiano: esta idea concentra todo lo anterior. Trabajar con honradez, honestidad, con claro ánimo de contribuir al bien de la sociedad y al progreso de los pueblos. Cooperar en la obra creadora del Padre, en la redentora del Hijo y en la santificadora del Espíritu Santo responde a la cuestión de trabajar con espíritu cristiano. El cristiano, que es Iglesia, trabaja comunitariamente porque sabe que su salvación será comunitaria y eclesial o no será. El espíritu cristiano supone un reto diario de mantener una coherencia entre la fe y la vida.  

Así pues, el trabajo no es tema baladí en el conjunto de la Doctrina Social de la Iglesia. Como mandato divino, el hombre ha recibido, con el fruto de sus manos, una gran bendición que, como todo don divino, debe servir para contribuir al desarrollo del género humano y el progreso de los pueblos. Solo cuando el hombre se realiza por medio de su humana labor de forma honesta y honrada, se asocia a la obra trinitaria de continuo cuidado y providencia sobre el mundo, la historia y el hombre. El hombre coopera en la creación y crea, coopera en la redención y se redime, coopera en la santificación y se santifica. Por tanto, queridos lectores, valoremos mucho este regalo del cielo que es tener trabajo y oremos por aquellas personas que no lo tienen o lo han perdido para que esta situación no se prolongue en el tiempo sino que puedan contribuir pronto con su esfuerzo a mejorar su vida, la de su familia y a la construcción del Reino de Cristo fundado en el amor, la paz y la providencia.

Dios te bendiga



[1] Ve 908 (con algunos cambios semánticos).
[2] GeV 1400.
[3] MR1570 [353].
[4] Ve 910; GeV 1401; MR1570 [577].

viernes, 28 de julio de 2017

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO






Antífona de entrada

«Dios vive en su santa morada. Dios, el que hace habitar juntos en su casa, él mismo dará fuerza y poder a su pueblo». Del salmo 67, versículos 6 al 7 y 36. Esta antífona al inicio de la celebración nos recuerda el lugar donde estamos. Hoy, en un mundo donde se confunde lo sagrado con lo profano; donde incluso hay teólogos que niegan esta misma distinción, este versículo del salmo 67 pone a los fieles ante la realidad: hay un espacio único y reservado para Dios: su templo santo. Lugar donde quiere reunir a sus hijos, todos juntos, cada domingo para dar su fuerza y su gracia quienes se unen en la alabanza.

Oración colecta

«Oh Dios, protector de los que en ti esperan y sin el que nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, instruidos y guiados por ti, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos ya a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del Gelasiano antiguo (s. VIII) y presente en el misal romano de 1570. Una antigua antífona bizantina, que hoy ha quedado como jaculatoria, decía así: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros”.

Frente al pecado humano, decimos “Santo Dios”; ante la debilidad humana clamamos “Santo Fuerte”; frente a la contingencia y la finitud humana, nosotros recurrimos a Dios gritando “Santo Inmortal”. Solo de Dios viene la santidad y la fuerza del pueblo que tiene que caminar por este mundo, guiados por la iluminación del Espíritu Santo que se concreta en los preceptos y mandatos divinos. Esto se vive en medio de las limitaciones materiales del mundo que son un simple medio para alcanzar los tesoros que perduran en lo eterno.

Oración sobre las ofrendas

«Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos gracias a tu generosidad, para que estos misterios, donde tu poder actúa eficazmente, santifiquen los días de nuestra vida y nos conduzcan a las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del misal romano de 1570. ¿Podemos ofrecer algo a Dios? ¿El dominio de Dios sobre el universo está mutilado o incompleto? Ciertamente no a los dos interrogantes. Por eso la expresión “las ofrendas que te presentamos gracias a tu generosidad” significa reconocer que todo lo hemos recibido de Él y que a Dios le agrada que le tributemos un culto y nos da los elementos necesarios para ello.

La segunda idea importante la recoge la expresión “donde tu poder actúa eficazmente”. Hace notar que no es pura acción humana, sino que en el culto Dios compromete su poder y su palabra. El culto solo es posible en tanto en cuanto la acción del Espíritu potencia la desnuda naturaleza elevándola a alimento sobrenatural para el alma.

La tercera idea se ve enriquecida con una doble perspectiva del fin de la Eucaristía. Por un lado, es alimento para fortalecimiento de la peregrinación cristiana que transita este mundo “santifiquen los días de nuestra vida”; por otro, la Eucaristía es viático para la vida eterna y prenda de la gloria futura, antesala del banquete celestial y anticipo de las bodas del Cordero; por eso dice la oración “y nos conduzcan a las alegrías eternas”.  

Antífonas de comunión

«Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios». Tomado del salmo 102, versículo 2. ¿Puede haber mayor bendición o mayor beneficio que recibir a Cristo real y  sacramentalmente en la comunión? Esta reflexión es la que nos sugiere la actual antífona. Éste es el precioso don que recibimos en este momento de la celebración.

«Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Del evangelio según san Mateo, capítulo 5, versículos del 7 al 8. Esta antífona expresa dos frutos que la comunión crea en nosotros: un corazón misericordioso y un corazón limpio de impureza. Pero también dos actitudes con las que hemos de acercarnos a comulgar: seremos dignos de recibir al Señor en comunión si hemos practicado la misericordia con el prójimo y si estamos en gracia de Dios.

Oración para después de la comunión

«Hemos recibido, Señor, el santo sacramento, memorial perpetuo de la pasión de tu Hijo; concédenos que este don, que él mismo nos entregó, con amor inefable, sea provechoso para nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor». Siguiendo la línea teológica normal, esta oración nos remite a la perspectiva escatológica de la Eucaristía: el alimento de la salvación, la recepción de los frutos salvíficos del misterio pascual de Jesucristo.

Visión de conjunto

            San Ignacio de Loyola en su “principio y fundamento”, al inicio de los Ejercicios Espirituales afirma lo siguiente respecto de los bienes materiales: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden”.

            Esta sentencia del santo español puede ayudarnos, hoy, a comprender qué sentido y qué valor tienen, para los cristianos, los bienes materiales. Sobre todo, frente a los espiritualismos desencarnados y a las corrientes pauperistas radicales que bajo el esquema marxista y al paraguas de la Teología de la Liberación han ido inoculándose en el pueblo de Dios como un veneno corrosivo.

            Esto ha provocado  interpretaciones de tinte político del santo evangelio hasta el punto de ligar la salvación a la clase social a la que se perteneciera. Y a decir verdad, los pobres no se salvan por ser pobres por la misma razón que los ricos no se salvan por ser ricos; sino más bien, pobres y ricos se salvan por cumplir con los preceptos morales inspirados por Dios y el cumplimiento de ley natural. El problema, en este sentido, es cuando se ha querido, como dije antes, interpretar la salvación conforme al esquema marxista de la lucha de clases: pobres contra ricos, comunidades de base contra Iglesia oficial.

            Pero ni la Escritura, ni la liturgia, ni san Ignacio indican nada de esto. Sino más bien se nos llama a hacer un justo uso de las riquezas. Para eso, la Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece cinco principios basales sobre los que se estructura la mejor comprensión del uso que hemos dar a los bienes.

1. Principio del bien común: se trata del conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. Es decir, la suma del bien de cada uno de sus miembros. Una forma preciosa de romper con el egoísmo y el individualismo que nos hace encerrarnos en nuestro propio “yo”. El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su consecución y desarrollo. Y por ello, conlleva unas exigencias que se recogen en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “compromiso por la paz, a la correcta organización de los poderes del Estado, a un sólido ordenamiento jurídico, a la salvaguardia del ambiente, a la prestación de los servicios esenciales para las personas, algunos de los cuales son, al mismo tiempo, derechos del hombre: alimentación, habitación, trabajo, educación y acceso a la cultura, transporte, salud, libre circulación de las informaciones y tutela de la libertad religiosa. Sin olvidar la contribución que cada Nación tiene el deber de dar para establecer una verdadera cooperación internacional, en vistas del bien común de la humanidad entera, teniendo en mente también las futuras generaciones” (CDSI 166).

La doctrina de la Iglesia, además, puntualiza a quién compete garantizar este bien común y qué papel tiene cada institución intermedia: “La responsabilidad de edificar el bien común compete, además de las personas particulares, también al Estado, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política. […] La persona concreta, la familia, los cuerpos intermedios no están en condiciones de alcanzar por sí mismos su pleno desarrollo; de ahí deriva la necesidad de las instituciones políticas, cuya finalidad es hacer accesibles a las personas los bienes necesarios —materiales, culturales, morales, espirituales— para gozar de una vida auténticamente humana. El fin de la vida social es el bien común históricamente realizable” (CDSI 168).

2. Principio del destino universal de los bienes: se trata ante todo de un derecho natural, inscrito en la naturaleza del hombre. El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes. Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo. Y añade: “El principio del destino universal de los bienes invita a cultivar una visión de la economía inspirada en valores morales que permitan tener siempre presente el origen y la finalidad de tales bienes, para así realizar un mundo justo y solidario, en el que la creación de la riqueza pueda asumir una función positiva. La riqueza, efectivamente, presenta esta valencia, en la multiplicidad de las formas que pueden expresarla como resultado de un proceso productivo de elaboración técnico-económica de los recursos disponibles, naturales y derivados; es un proceso que debe estar guiado por la inventiva, por la capacidad de proyección, por el trabajo de los hombres, y debe ser empleado como medio útil para promover el bienestar de los hombres y de los pueblos y para impedir su exclusión y explotación” (CDSI 174).

3. Principio de subsidiariedad: es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social. Es éste el ámbito de la sociedad civil, entendida como el conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias, que se realizan en forma originaria y gracias a la « subjetividad creativa del ciudadano». La red de estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas, haciendo posible el reconocimiento de formas más elevadas de sociabilidad (cf. CDSI 185). El principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusos de las instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este principio se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo de original que ofrecer a la comunidad.

4. Principio de participación: consiste en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. La participación no puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento, sobre todo humano, en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas en sus dinámicas internas, la información y la cultura y, muy especialmente, la vida social y política hasta los niveles más altos, como son aquellos de los que depende la colaboración de todos los pueblos en la edificación de una comunidad internacional solidaria. Desde esta perspectiva, se hace imprescindible la exigencia de favorecer la participación, sobre todo, de los más débiles, así como la alternancia de los dirigentes políticos, con el fin de evitar que se instauren privilegios ocultos; es necesario, además, un fuerte empeño moral, para que la gestión de la vida pública sea el fruto de la corresponsabilidad de cada uno con respecto al bien común (cf. CDSI 189).

5. Principio de solidaridad: la solidaridad nace de la sociabilidad de la persona humana, de la igualdad de todos en dignidad y derechos, del camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. La solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos ».La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en « la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a "perderse", en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a "servirlo" en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. CDSI 193).

Ojalá que estos principios básicos nos ayuden para hacer siempre un uso recto y bueno de los bienes que por gracia de Dios podemos gozar hoy. Que nuestro corazón no ambicione ni codicie nada que ponga en peligro la salvación de nuestra alma. Sino que usemos de los bienes de este mundo amando intensamente los del cielo.

Dios te bendiga