miércoles, 28 de marzo de 2018

EL MINISTERIO EPISCOPAL EN LA MISA CRISMAL





1. La misa crismal: breve recorrido histórico.

La misa crismal recibe su nombre del solemne rito de bendición de los óleos y de la consagración del santo Crisma; en ella, el obispo rodeado de su presbiterio y con todo el pueblo santo, bendice el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, y consagra el santo Crisma con la mezcla del bálsamo, la insuflatio y la plegaria solemne. Esta Misa encuentra su lugar propio en la mañana del Jueves Santo, por tanto el último día de la Cuaresma, pero puede adelantarse a algún día próximo. Vayamos a su origen para descubrir mejor su sentido, su valor y su interpretación teológica.

Para bendecir el santo Crisma, el óleo de los catecúmenos y el de enfermos, se creó poco a poco una celebración propia cercana a la Pascua; como iremos exponiendo después, se inicia esta celebración en vistas a la consagración del Crisma pero luego, por atracción normal, se introducen el óleo de los catecúmenos y el de enfermos en esta Misa. Imita la bendición habitual que, con frecuencia, se realizaba del óleo de enfermos antes de la doxología del Canon.

La razón de situar una misa en la quinta feria, el Jueves Santo, es la de ser la última Eucaristía de Cuaresma (que acaba con la hora de Nona del Jueves Santo) previa al triduo pascual (que comienza con la Misa vespertina in Coena Domini) en función de la noche santa de la Pascua en que habrá de usarse el santo Crisma. Esta celebración, hoy llamada Misa crismal, surge por un motivo eminentemente práctico: eran necesarios los óleos para la celebración solemne de la Iniciación cristiana en la Vigilia pascual. Así lo explican varios autores quedando ya como una razón evidente para todos.

La historia nos muestra cómo la celebración eucarística del Jueves Santo, ha sufrido un claro desarrollo, dentro de la tradición de la liturgia romana. De las tres misas, según la fuente más antigua que disponemos: “Reconciliación de los penitentes”, “Consagración de los óleos”, e “In Coena Domini” – que en el siglo VII se celebraban en la mañana, al mediodía y por la tarde respectivamente-, se llegó al formulario de una única Misa. Esta única celebración eucarística matutina, era la misa “In coena Domini”, en la cual se hacía memoria de la institución de la Eucaristía. En la catedral, a esta celebración presidida por el obispo, se le adjuntó la “consagración del crisma” y la “bendición de los óleos”. Así la encontramos descrita en los sacramentarios gregorianos del tipo I.

En el transcurso de la Edad Media al final de esta celebración eucarística se le agregaron aún la “Processio Calicis cum Sacramento” y la “denudatio Altaris”. Así lo documentan el Pontifical y Misal romanos que surgen de la reforma litúrgica del concilio de Trento. Este formulario permaneció intacto hasta la reforma de la Semana Santa llevada a cabo por Pío XII. El Ordo Hebdomandae Sanctae de 1955 restableció la tradición de la “Missa chrismatis”, tal como aparece en el Sacramentario Gelasiano, en su horario matutino, tomando el mismo formulario.

Con esta reforma, al constituirse un formulario propio para la misa crismal, se logró no sólo descargar la misa vespertina “In cena Domini” sino revalorizar la liturgia de la bendición de los óleos”. Con la reforma del Papa Pablo VI la misa crismal pasa a tener un tono eminentemente sacerdotal “una fiesta sacerdotal”, idea que el Papa ya tenía cuando era arzobispo de Milán.

Los liturgistas más puros no aceptaron de buena gana este cambio ya que suponía abandonar a la tradición multisecular de hacer girar la Misa crismal en torno al crisma y los óleos. Pero pronto esta idea fue calando en el pueblo. De ahí que todos los textos tuvieran que ser revisados. Para la bendición de los óleos y la consagración del crisma continuaron en vigor los ritos y textos del pontifical romano.

2. El obispo en los praenotanda de la misa crismal

            En la misa crismal se visualiza plásticamente el oficio del obispo como «gran sacerdote de su grey». Del mismo modo, con la bendición de los óleos y la consagración del Crisma, se expresa el hecho de que del obispo «deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo». Esta idea se concentra y expone en los praenotanda con estas palabras «la misa crismal […] ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

            La quinta praenotanda se refiere a la confección del crisma y permite dos modos de hacerlo a criterio del obispo: a) Privadamente antes de ser consagrado; b) En la misma acción litúrgica, dentro de la misa. Solo el obispo tiene la «competencia exclusiva» tanto en la confección del Crisma como de su consagración. No así la bendición de los otros dos óleos pero con condiciones precisas: a) Óleo de los catecúmenos, se concede también a los presbíteros «cuando en el bautismo de adultos deben hacer la unción en la correspondiente etapa del catecumenado»; b) Óleo de los enfermos, puede ser bendecido por un sacerdote que tenga facultad de la Santa Sede o por derecho propio o por peculiar concesión.

            Dentro de la celebración misma, las rúbricas pautan unas ideas para la homilía que debe hacer el obispo como maestro y pastor, de ahí que se aconseje el uso de la mitra y el báculo en ella. Estas ideas son las de a) exhortar a los presbiterios a que conserven la fidelidad a su ministerio; b) invitarles a renovar las promesas que un día hicieron en su ordenación « ¿Queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?». El obispo, como cabeza de la Iglesia que tiene encomendada hace las preguntas en dos direcciones: dos a los sacerdotes y dos a los fieles cristianos laicos que están presentes. A estos últimos se les pide que recen «por vuestros presbíteros» y por el propio obispo «para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos».

            Tras las promesas sacerdotales, se inicia la procesión de los óleos y de los dones del pan, del vino y del agua. Es interesante hacer notar que las ánforas que contienen los óleos y el aroma, deben ser llevadas por los ministros que luego habrán de dispensarlos, expresándose así la vinculación entre ministro y sacramento. Los fieles laicos pueden llevar los dones para el sacrificio, esto es, pan, vino y agua. El obispo, sentado en la sede los recibe y se los entrega a los diáconos que le ayudan. Los óleos son presentados al obispo en voz alta. 

Al final de la anáfora, y antes del Per ipsum, se hace la bendición del óleo de los enfermos. Luego la misa prosigue como siempre. Al final de la celebración, después de la oración de poscomunión se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el crisma. Es interesante leer esta rúbrica que recoge en esencia la antigua práctica que ha surcado los siglos de la tradición: «el Obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él procede a la bendición del óleo de los catecúmenos, y a la consagración del crisma».

La Consagración del Crisma reviste un simbolismo especial. Tres son los gestos sacerdotales que se realizan en este sacramental: a) Mezcla de aromas y óleo; b) Soplo sobre el ánfora; c) Oración del obispo. Veamos brevemente estos ritos:


A.    Mezcla de los aromas con el óleo: «el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio». Es un gesto cargado de significado pneumatológico. Preparar, por un lado, el soporte físico de lo que va a ser signo del Espíritu Santo y hacerlo, por otro lado, en el ámbito natural del mismo Espíritu, que es el silencio. Como dijimos en la primera parte, el óleo ha sido confeccionado con aceite de oliva u otros vegetales, y en este caso, es mezclado con aromas. Este rito está envuelto por el silencio que no es ausencia de ruido sino “parte de la celebración”, es un momento de presencia fecundante del Paráclito.




B.     Soplo sobre el ánfora: «entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma […]». Es un rito fuerte y eminentemente pneumatológico, con gran raigambre bíblica: el soplo de Dios en la creación (cf. Gn 1, 2b), el soplo sobre la creación del hombre (cf. Gn 2,7), el soplo que abrió las aguas del mar rojo (cf. Ex 14,21) el soplo de Jesús a sus discípulos comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), el viento de Pentecostés (cf. Hch 2,2).



C.     Imposición de manos y oración: « […] y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración». Seguimos en un ambiente pneumatológico. Ahora el signo del Espíritu es la imposición de manos. Unas manos que hacen sombra (cf. Gn 1, 2b “el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas”; Sal 63 (62) “y a la sombra de tus alas canto con júbilo”; Sal 91 (90) “que vives a la sombra del omnipotente”; Mt 17, 5 “una nube luminosa los cubrió con su sombra” Lc 1, 35 “el poder del altísimo te cubrirá con su sombra”…) sobre crisma ya preparado. A este gesto le acompaña una extensa oración estructurada muy claramente en Introducción-Anámnesis-Epíclesis-Aitesis-Doxología. No nos detenemos a examinar pormenorizadamente la oración sino que solo destacamos la relación de unciones bíblicas y la intervención de todo el presbiterio presente «en silencio» y con la manos derecha extendida «hacia el crisma» desde la epíclesis hasta el final de la oración. Extender la mano derecha es un signo de la potencia del Espíritu Santo, que tan bellamente recogió el himno Veni Creator “Dextrae Dei tu digitus”.

Si estos ritos se han celebrado tras la liturgia de la Palabra, la misa sigue como siempre, si se han llevado a cabo tras la oración de poscomunión, la Eucaristía concluye del siguiente modo: «dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone incienso en el incensario y se organiza la procesión hacia la sacristía». Es importante hacer notar que las rúbricas disponen y especifican que el obispo ponga incienso en el incensario a diferencia de otras rubricas para el resto de misas estacionales. Hagamos un cuadro comparativo usando lo dispuesto por el Ceremonial de los Obispos, aunque adelantemos materia.

Ceremonial de los obispos en la Misa crismal (292-293)
Ceremonial de los obispos en otras Misas (168-170)
·         Oración de Pos-comunión.
·         Bendición acostumbrada.

·         Pone incienso y lo bendice.
·         Diácono: Ite Missa est.
·         Procesión de salida.
·         Oración de Pos-comunión.
·         Bendición acostumbrada o especial


·         Diácono: Ite Missa est.
·         Procesión de salida.








Creo que es bastante significativa la diferencia entre las dos secuencias rituales. Quizás esta rúbrica haya querido conservar los restos del antiguo rito de acompañar al Santo Crisma con incienso por parte de un diácono.

El Ordo para la misa crismal dispone, por último, que en la Sacristía, el obispo amoneste a los presbíteros acerca de «cómo hay que tratar  y venerar los óleos, y también cómo hay que conservarlos cuidadosamente».

3. Conclusión.

Tras los datos anteriores, estamos en disposición de extraer algunas conclusiones importantes que pueden ayudarnos en la mejor comprensión de esta celebración litúrgica:

A) Ante todo, se debe tener en cuenta que la misa crismal es esencialmente la celebración solemne de la Eucaristía, y cuando decimos solemne debemos entenderlo como máxima expresión de la asamblea reunida junto con sus pastores en torno al altar de la catedral, es decir, una misa estacional. Las celebraciones de la Iglesia son epifanía del misterio de la Iglesia, sobre todo las que son presididas por el obispo, y de manera especial la misa crismal dado que es participada por el presbiterio, los diáconos y el pueblo

B) Como misa estacional, supone que sea celebrada por un obispo, de ahí que deba regirse por las disposiciones dadas para este tipo de celebraciones que se encuentran en el Ceremoniale Episcoporum. Cuando el obispo está presente en una misa es muy conveniente que presida la Eucaristía y que asocie a su persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes, ahí la Iglesia se manifiesta como “sacramento de unidad” (OGMR 92).

C) Efectivamente, la misa crismal, siempre presidida por un sucesor de los apóstoles, es fiel reflejo de la teología conciliar tanto del episcopado como de la Iglesia en general, primando, en esto último, la imagen de Pueblo de Dios.

D) También concluimos el aspecto pneumatológico de toda la celebración, especialmente, en los ritos de la bendición de los óleos y la consagración del Santo Crisma. La triada Insuflación-Imposición de las manos-oración da buena cuenta de ello.

Espero que este breve estudio nos ayude a estimar más tanto el ministerio de los obispos, como la expresión más prístina de la sinaxys eucarística y de la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios que constituye la misa crismal.

Dios te bendiga

sábado, 24 de marzo de 2018

REFLEXION PARA EL DOMINGO DE RAMOS


TENED ENTRE VOSOTROS LOS SENTIMIENTOS DE PROPIOS DE CRISTO JESÚS

(Meditación para el Domingo de Ramos)






Quisiera este año traer a la memoria esta preciosa meditación del Domingo de Ramos escrita por el P. Mariano Perrón, buen amigo que se me fue este año, recientemente. espero que os ayuden sus sabias reflexiones para menor vivir la Solemnidad de este día.

Si comparamos las lecturas de Semana Santa en cualquiera de sus tres ciclos, A, B o C, encontraremos sólo una diferencia: los evangelios usados en la solemne procesión de entrada para la misa, así como los de la Pasión, corresponden a su propio ciclo (A: Mateo, B: Marcos y C: Lucas). En cuanto a la Pasión según san Juan, se repite el Viernes Santo en los tres ciclos. Las demás lecturas, tanto las del Antiguo como las del Nuevo Testamento, también son las mismas año tras año.

           

            El texto que proponemos como lema de esta amplia meditación no es una frase del Evangelio, sino una exhortación de Pablo a los cristianos de Filipos. Pretendemos, así, recalcar el papel importantísimo que desempeña el himno cristológico de Filipenses 2:6-11 como clave fundamental para captar el significado más hondo de la vida, muerte y resurrección de Cristo, lo que se ha llamado la cristología de La kénosis, el “vaciamiento”, el despojo de su categoría divina por parte de Cristo.



            El esquema de abajarse desde su elevada condición divina hasta la más humilde situación humana para ser exaltado a la más alta posición de gloria proporciona una descripción clara y concisa de los planes de Dios para ofrecer la salvación a la humanidad. No solo eso, sino que nos proporciona las orientaciones para descubrir lo que significa la vocación cristiana como llamamiento a un estilo de vida que, como el de Jesús, no concuerda con nuestra manera “natural” de entender la existencia, tan razonable y, desde luego, tan cómoda y acomodaticia.



Una vez más  hemos de recordar las palabras de Isaías: “vuestros caminos no son mis caminos”. Para Pablo, sin duda, la Iglesia de Filipos, y en ese sentido cualquier comunidad cristiana, es una imagen de Cristo, su cuerpo visible en este mundo; de aquí la importancia de su comportamiento, “con los sentimientos propios de Cristo Jesús”  en medio de su generación, donde han de brillar como luces vivas (2:15).



Sin duda, la fe es una manera de concebir la vida, sus valores, su objetivo y su sentido. La actitud de Jesús es la del “perfecto hombre nuevo”, que “ve” la realidad según los planes y el designio de Dios y, de ese modo, representa la clase de hombre que estamos llamados a ser: aquel que ve la realidad desde la perspectiva de Dios y hace suyos sus planes, por dolorosos que parezcan.




Desde el comienzo de su ministerio, “ve” con toda lucidez lo que el Padre le ha preparado: su papel será el del Siervo Sufriente, de tal modo que mediante su abnegación y sacrificio pueda nacer el Reino de Dios. Es posible que, frente a la imagen de un Jesús seguro de su señorío, tal como nos lo presenta el evangelio de Juan (aunque también en éste podamos hallar momentos de angustia: 12:27), nos resulte desconcertante el Hijo del Hombre que nos ofrece Marcos: Jesús se enfrenta a su futuro con todos los temores que cualquier humano sentiría ante una perspectiva tan tremenda. Y lo hace con la lucidez de quien sabe que, a pesar de su confianza en el Padre, tendrá que someterse al dolor y al abandono más absolutos. Resulta estremecedor el grito “con voz potente” de Jesús en los sus últimos momentos en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.



Si leemos atentamente la historia de la Pasión, lo que vemos, por encima de todas las cosas, es a un Jesús plenamente conocedor de su futuro inmediato y de su significado: en Betania presintió la unción para su propio entierro (14:3-9); durante la cena de Pascua, anunció que uno de los Doce le iba a traicionar (14:17-25) y predijo la negación de Pedro (14:27-31). En Getsemaní hallamos las expresiones más duras respecto a sus sentimientos: “Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice: ‘Mi alma está triste hasta la muerte’”. En su oración, reza y pide verse libre de aquel trago amargo (14:32-41)… Podríamos seguir leyendo y ver cómo sintió la misma angustia y el mismo temor que cualquier otro hombre habría experimentado en un trance semejante; y cómo, a pesar de toda la dureza que entrañaba su misión, libremente eligió y aceptó la voluntad del Padre y sus planes de salvación, tan difíciles de entender y asumir desde una perspectiva puramente humana. “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre…: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”. Sin duda, las palabras de Filipenses son algo mucho más que un “himno cristológico”. A lo que nos invita Pablo es a asumir esa misma fe que implica un heroísmo que hoy día están viviendo algunos hermanos nuestros perseguidos a causa de su fidelidad.



Los cuatro relatos de la Pasión nos ofrecen, en primer lugar, la descripción de los acontecimientos de los últimos días de la vida de Jesús. Los cuatro evangelistas, además, nos proporcionan un retrato de las gentes que rodeaban al rabí y profeta al que habían seguido, admirado, reconocido como hombre de Dios, traicionado y abandonado. Esos personajes bien pueden ser el espejo en que veamos los rasgos de nuestra propia personalidad y nuestra actitud en el seguimiento de Jesús. Si miramos en profundidad, ninguno de ellos es absolutamente malvado (ni siquiera Judas o las autoridades judías, que piensan que actúan en defensa del pueblo de Israel frente a la amenaza de la disidencia religiosa y la tiranía romana), y todos ellos juntos presentan una imagen completa de nuestra contradictoria naturaleza humana.



Ciñámonos ahora al texto de Marcos. El primer personaje que hallamos no parece formar parte de la Pasión, pero ella y sus acciones son el mejor anuncio y una clave básica para todos los acontecimientos que están a punto de ocurrir. Después de su entrada en Jerusalén, la “purificación” del Templo y sus largas discusiones con sus adversarios, Jesús vuelve a Betania. Allí, en casa de Simón el leproso, una mujer desconocida (atención a los detalles: de ella no se dice que sea una pecadora, o que se trate de María la hermana de Marta y Lázaro, o de la Magdalena), le unge con un carísimo perfume de nardo, y el derroche que supone aquel gesto provoca el escándalo de los presentes. Nadie es capaz de captar el signo profético que sólo Jesús entiende y explica: “se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura” (14:8). También ha anticipado el papel que Jesús como rey y sacerdote desempeñará en su Pasión. Curiosamente, de ella se recordará el gesto, ¡aunque no sepamos su nombre! (14:9). Y el sentido de su actitud de generosidad silenciosa y devota se verá completada por las palabras del centurión romano al ver morir a Jesús: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15:39). Un pagano proclamará lo que había enunciado Marcos en la primera línea de su Evangelio.




Los discípulos merecen especial atención. Los tres más próximos a Jesús no pudieron mantenerse despiertos ni “una hora” (14:37) mientras él se sentía lleno de “espanto y angustia” y rezaba por verse libre de aquel amargo trago (14:33-35). Incluso Simón Pedro, que había alardeado de la firmeza de su fe y decía que estaba dispuesto a “morir con él” (14:29-31), cuando una criada le identifique como discípulo de Jesús, jurará ¡tres veces! que no le conoce (14:66-72). Judas, “uno de los Doce” como subraya Marcos, le pondrá en manos de las autoridades judías que maquinan su muerte (14:10-11), y el beso con que saludará a Jesús será la señal para que lo identifiquen quienes van a arrestarle y se lo lleven preso (14:43-46). Uno de los presentes (suponemos que un discípulo: de hecho, Juan 18:10-11 atribuye la acción a Pedro) trató de defenderle con una espada (14:47); otro, un joven, escapó aunque aquello supusiera la vergüenza de quedarse desnudo (14:51). Pero, al final, estaban tan atemorizados ante los acontecimientos, que todos los discípulos lo abandonaron y huyeron (14:50).



En cuanto a las autoridades, sabemos de sobra el papel que desempeñaron. Quienes pertenecían a la clase dirigente religiosa, sacerdotes, fariseos, escribas, estaban convencidos de que Jesús constituía, no sólo e promotor de ideas religiosas que ponían en cuestión la doctrina oficial, sino que era un verdadero peligro para la estabilidad social y política de Israel: después de recurrir a testigos falsos para que adujeran pruebas y así poder entregarle a Pilato, el gobernador romano (14:55-61), fue Jesús mismo quien les proporcionó la excusa para llevar a cabo sus planes. Sus palabras, “Yo soy” (14:62), significaban identificarse con Dios, eran una auténtica blasfemia y merecían la pena de muerte (14:53-64).



Aunque algún autor dice que se trata de dos “grupos distintos”, la misma multitud que había recibido a Jesús con himnos y vítores y había alfombrado el suelo con sus capas y con ramas mientras avanzaba a lomos de un burro al comienzo de la semana (11:8-10) gritará ante Pilato “¡Crucifícalo!” unos días más tarde (15:6-15). Algunos de ellos, al verle en la cruz, lo insultarán, mientras que los sacerdotes y los maestros de la ley se burlarán de él. Lo mismo harán incluso los dos bandidos con él crucificados (15:29-32).



Los personajes romanos desempeñan los papeles que cabía esperar en circunstancias semejantes. Pilato no quería problemas con una multitud rebelde (Jerusalén estaba atestada de gentes venidas para la celebración de la Pascua y, como hemos visto, eran fáciles de enardecer y manipular): tras un tibio intento de intercambiar a Jesús por Barrabás y a pesar de conocer las razones tortuosas invocadas por las autoridades judías, decidió “complacer a la gente” y se “lo entregó para que lo crucificaran” (15:1-15). En cuando a los soldadesca romana, la crueldad de sus acciones responde, desgraciadamente, a las prácticas de tortura y castigo que entonces eran comunes para con los prisioneros más peligrosos.




            Quedan aún otros personajes cerca de Jesús. Debía de estar muy débil cuando tuvieron que recurrir a un transeúnte, Simón de Cirene, para que llevara el travesaño dela cruz (15:21). Aunque se viera forzado a realizar aquella tarea (las autoridades podían exigir ese tipo de servicio) y nada sepamos de sus sentimientos religiosos, Simón desempeña un profundo papel alegórico: su acción recuerda las exigencias que había planteado Jesús a quien quisiera seguirle: olvidarse de sí mismo y cargar con la cruz son las dos condiciones principales (8:34). Al leer o escuchar este pasaje, los cristianos perseguidos de aquel tiempo debían de entender con toda claridad lo que quería decir Jesús cuando les había anunciado a los discípulos lo duro que era seguirle.

           

Las mujeres: no sólo las que aparecen con su nombre (María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé), sino también el grupo de quienes le habían seguido hasta Jerusalén, están allí y, aunque de lejos, no abandonan al maestro. Por eso serán las primeras testigos de la resurrección. Otra de las paradojas habituales: escaso, por no decir nulo, era el valor del testimonio de una mujer en un juicio. Cuánto más faltas de credibilidad habrían de ser sus palabras sobre el “sepulcro vacío”.



Sólo tras la muerte de Jesús entrará en escena otro personaje: José de Arimatea, que se hará cargo del cuerpo y lo enterrará. La urgencia por no transgredir el inminente sábado hace que a Jesús lo entierren envuelto sin más en una sábana de lino y sin ningún ungüento o perfume: eso explica que las dos Marías y Salomé, el domingo por la mañana temprano fueran con aromas con intención de embalsamar el cuerpo (16:1-3): en realidad, no hacía falta embalsamarle pues ya había sido ungido por la desconocida que habría de ser recordada “en cualquier parte del mundo donde se proclame el evangelio” (14:9).



Humildemente sugiero comparar las acciones de los personajes que hemos visto contrastándolas con los sentimientos que pudo o debió de experimentar Jesús en relación con ellos, y tratar de entender de qué manera estaba siguiendo los designios del Padre. Podemos tratar de identificarnos con algunos de esos personajes y descubrir lo que compartimos con ellos. O intentar encontrar en nuestro propio entorno circunstancias semejantes a las descritas en el texto: orgullo y autosuficiencia, traición, intereses egoístas, temores ocultos, ingratitud… Y valor y piedad, compasión y solidaridad, generosidad humilde y acción eficaz… La lista de elementos, positivos y negativos, es interminable. En cualquier caso, busquemos la manera de acercarnos cuanto podamos al Jesús Sufriente que murió por nosotros. Y eso ya es mucho.





Con excesiva frecuencia y en demasía nos fijamos en nuestras dificultades y problemas cotidianos para ser fieles al Evangelio. Pero, seamos sinceros: a pesar de las escasas discriminaciones de que podamos ser objeto personalmente y del espíritu cada vez más anticristiano que vivimos en nuestra sociedad, nada tienen que ver nuestras circunstancias adversas con aquellas en las que vivieron su fe los primeros cristianos… o determinados hermanos nuestros en tantas regiones del mundo actual. Hoy, pues, recemos especialmente por los cristianos de todas las confesiones que corren el riesgo o de hecho se ven sometidos, no sólo a la discriminación, sino a la persecución, el destierro, la destrucción de sus hogares y templos, e incluso a la muerte: para que encuentren consuelo en compartir el sufrimiento de Cristo; y también, para que obtengan el apoyo de los demás cristianos que oramos por ellos y les tratamos de proporcionarles ayuda.  Además de esta intención particular, creo que deberíamos rezar todos pidiendo esperanza. En gran medida, la pasión y muerte de Jesús es una parábola de la existencia sufriente y atormentada que padecen muchos seres humanos en nuestro propio mundo. En sus cuerpos y en sus almas llevan las heridas con que fue herido Jesús: para que seamos conscientes de tanto sufrimiento y busquemos con esperanza medios eficaces para aliviarlos. 



Teniendo en cuenta la grave situación de tantas comunidades cristianas que sufren pobreza, discriminación y persecución, trata de obtener información sobre las mismas y busca de qué manera puedes ayudarles. Ayuda a la Iglesia Necesitada, o Cáritas pueden resultarte sumamente útiles para descubrir noticias y ayudar eficazmente a otros cristianos para los cuales “testimonio” tiene el nuevo significado que cobró la palabra griega original: “martirio”.



Tomado de los escritos del Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico, Archidiócesis de Madrid, España