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sábado, 21 de julio de 2018

APOSTOLADO Y PASTOREO


HOMILIA DEL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Como un eco del cuarto domingo de Pascua, llegan estas lecturas que acabamos de oír donde el hilo conductor es la imagen de Dios como Pastor. Ante la ineptitud de los responsables de la comunidad de Israel, denunciada por el profeta Jeremías, Dios se decide a tomar las riendas de su pueblo y se propone Él mismo como Pastor Único del rebaño. La misma situación que encontrará Jesucristo en las gentes de su época, ante las cuales siente lástima, y se decide a enseñarlas con tranquilidad.

            Los malos pastores, denunciados por Jeremías, son aquellos que han abandonado la ley de Dios, aquellos que olvidaron que el pastoreo es, ante todo, un oficio de amor a Dios. Hoy, esta profecía, se concretaría en aquellos pastores que ofrecen como doctrina sus propias opiniones y criterios personales, obviando el predicar el Evangelio conforme a la Tradición de la Iglesia. Pastores más apegados a sus gustos y apetencias que a la preocupación por la grey de Cristo. Pastores que han diluido su identidad sacerdotal de tal manera que hoy son prácticamente irreconocibles. Pastores que han hecho del orden sacerdotal un “modus vivendi” antes que una vocación sobrenatural.

            Ante esos malos pastores que han despreciado al Pueblo santo de Dios, y que ya no rezan por él, ni lo alimentan con los sacramentos bien celebrados y la predicación esmeradamente preparada; Dios no se queda de brazos cruzados sino que Él mismo se pone al frente de la grey para ser su Pastor y mandar pastores entregados y solícitos. Ante la acuciante necesidad de volver a atraer al rebaño disperso, Dios no duda en ejercer su ministerio profético tranquilamente y con solicitud amorosa. Los pastores que Dios mandará habrán de ser ante todo, sacerdotes comprometidos, orantes, que vivan la vida sobrenatural sin olvidar que son humanos. Hombres, sacados de este mundo, que amen a este mundo apasionadamente denunciando sus incoherencias, sanando sus enfermedades y anunciando la buena nueva del Reino de Cristo.   


            Este es otro aspecto del oficio profético del Pueblo de Dios. Si el domingo pasado acentuábamos la dimensión apostólica de los bautizados, como llamados y enviados por Cristo al mundo; conviene que hoy meditemos, también, la dimensión pastoral del Pueblo de Dios, que se concreta en la jerarquía eclesiástica (obispo, presbítero y diácono). A estos compete la dirección espiritual de la masa seglar. Por eso es importante que sean fieles, que no se dejen llevar de sus gustos personales; en otras palabras, es necesario que sean hombres capaces de compadecerse por las multitudes, de enseñar con calma los preceptos evangélicos y las enseñanzas de la Iglesia; capaces de querer lo que Dios quiere para su grey.

            El pastoreo de Cristo, prolongado, vivido y actualizado en el ministerio sacerdotal, es, también, signo profético del amor de Dios en el mundo. El pastoreo de Cristo es la raíz de toda misión de la Iglesia en sus diversas concreciones. Así, apostolado seglar y ministerio pastoral no son dos realidades contrapuestas o en continua dialéctica. No. Sino las distintas formas que tiene Dios de cuidar del mundo, del hombre y de la mujer de hoy.

Como Jesús sintiera lástima de aquella multitud que andaba como oveja sin pastor, y se pusiera a hablarles, hoy Cristo, sintiendo esa misma lástima, vuelve a mandar a sacerdotes y seglares para que pastoreando y ejerciendo el apostolado, respectivamente, enseñen y reúnan al pueblo “con calma”.

Así pues, queridos hermanos, el oficio profético del Pueblo de Dios, en su doble forma de ejercerlo, debe llevarnos, siempre, a aunar esfuerzos para que Cristo sea conocido por todos y para que todos tengan vida eterna en Él. Así sea.

miércoles, 28 de marzo de 2018

EL MINISTERIO EPISCOPAL EN LA MISA CRISMAL





1. La misa crismal: breve recorrido histórico.

La misa crismal recibe su nombre del solemne rito de bendición de los óleos y de la consagración del santo Crisma; en ella, el obispo rodeado de su presbiterio y con todo el pueblo santo, bendice el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, y consagra el santo Crisma con la mezcla del bálsamo, la insuflatio y la plegaria solemne. Esta Misa encuentra su lugar propio en la mañana del Jueves Santo, por tanto el último día de la Cuaresma, pero puede adelantarse a algún día próximo. Vayamos a su origen para descubrir mejor su sentido, su valor y su interpretación teológica.

Para bendecir el santo Crisma, el óleo de los catecúmenos y el de enfermos, se creó poco a poco una celebración propia cercana a la Pascua; como iremos exponiendo después, se inicia esta celebración en vistas a la consagración del Crisma pero luego, por atracción normal, se introducen el óleo de los catecúmenos y el de enfermos en esta Misa. Imita la bendición habitual que, con frecuencia, se realizaba del óleo de enfermos antes de la doxología del Canon.

La razón de situar una misa en la quinta feria, el Jueves Santo, es la de ser la última Eucaristía de Cuaresma (que acaba con la hora de Nona del Jueves Santo) previa al triduo pascual (que comienza con la Misa vespertina in Coena Domini) en función de la noche santa de la Pascua en que habrá de usarse el santo Crisma. Esta celebración, hoy llamada Misa crismal, surge por un motivo eminentemente práctico: eran necesarios los óleos para la celebración solemne de la Iniciación cristiana en la Vigilia pascual. Así lo explican varios autores quedando ya como una razón evidente para todos.

La historia nos muestra cómo la celebración eucarística del Jueves Santo, ha sufrido un claro desarrollo, dentro de la tradición de la liturgia romana. De las tres misas, según la fuente más antigua que disponemos: “Reconciliación de los penitentes”, “Consagración de los óleos”, e “In Coena Domini” – que en el siglo VII se celebraban en la mañana, al mediodía y por la tarde respectivamente-, se llegó al formulario de una única Misa. Esta única celebración eucarística matutina, era la misa “In coena Domini”, en la cual se hacía memoria de la institución de la Eucaristía. En la catedral, a esta celebración presidida por el obispo, se le adjuntó la “consagración del crisma” y la “bendición de los óleos”. Así la encontramos descrita en los sacramentarios gregorianos del tipo I.

En el transcurso de la Edad Media al final de esta celebración eucarística se le agregaron aún la “Processio Calicis cum Sacramento” y la “denudatio Altaris”. Así lo documentan el Pontifical y Misal romanos que surgen de la reforma litúrgica del concilio de Trento. Este formulario permaneció intacto hasta la reforma de la Semana Santa llevada a cabo por Pío XII. El Ordo Hebdomandae Sanctae de 1955 restableció la tradición de la “Missa chrismatis”, tal como aparece en el Sacramentario Gelasiano, en su horario matutino, tomando el mismo formulario.

Con esta reforma, al constituirse un formulario propio para la misa crismal, se logró no sólo descargar la misa vespertina “In cena Domini” sino revalorizar la liturgia de la bendición de los óleos”. Con la reforma del Papa Pablo VI la misa crismal pasa a tener un tono eminentemente sacerdotal “una fiesta sacerdotal”, idea que el Papa ya tenía cuando era arzobispo de Milán.

Los liturgistas más puros no aceptaron de buena gana este cambio ya que suponía abandonar a la tradición multisecular de hacer girar la Misa crismal en torno al crisma y los óleos. Pero pronto esta idea fue calando en el pueblo. De ahí que todos los textos tuvieran que ser revisados. Para la bendición de los óleos y la consagración del crisma continuaron en vigor los ritos y textos del pontifical romano.

2. El obispo en los praenotanda de la misa crismal

            En la misa crismal se visualiza plásticamente el oficio del obispo como «gran sacerdote de su grey». Del mismo modo, con la bendición de los óleos y la consagración del Crisma, se expresa el hecho de que del obispo «deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo». Esta idea se concentra y expone en los praenotanda con estas palabras «la misa crismal […] ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

            La quinta praenotanda se refiere a la confección del crisma y permite dos modos de hacerlo a criterio del obispo: a) Privadamente antes de ser consagrado; b) En la misma acción litúrgica, dentro de la misa. Solo el obispo tiene la «competencia exclusiva» tanto en la confección del Crisma como de su consagración. No así la bendición de los otros dos óleos pero con condiciones precisas: a) Óleo de los catecúmenos, se concede también a los presbíteros «cuando en el bautismo de adultos deben hacer la unción en la correspondiente etapa del catecumenado»; b) Óleo de los enfermos, puede ser bendecido por un sacerdote que tenga facultad de la Santa Sede o por derecho propio o por peculiar concesión.

            Dentro de la celebración misma, las rúbricas pautan unas ideas para la homilía que debe hacer el obispo como maestro y pastor, de ahí que se aconseje el uso de la mitra y el báculo en ella. Estas ideas son las de a) exhortar a los presbiterios a que conserven la fidelidad a su ministerio; b) invitarles a renovar las promesas que un día hicieron en su ordenación « ¿Queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?». El obispo, como cabeza de la Iglesia que tiene encomendada hace las preguntas en dos direcciones: dos a los sacerdotes y dos a los fieles cristianos laicos que están presentes. A estos últimos se les pide que recen «por vuestros presbíteros» y por el propio obispo «para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos».

            Tras las promesas sacerdotales, se inicia la procesión de los óleos y de los dones del pan, del vino y del agua. Es interesante hacer notar que las ánforas que contienen los óleos y el aroma, deben ser llevadas por los ministros que luego habrán de dispensarlos, expresándose así la vinculación entre ministro y sacramento. Los fieles laicos pueden llevar los dones para el sacrificio, esto es, pan, vino y agua. El obispo, sentado en la sede los recibe y se los entrega a los diáconos que le ayudan. Los óleos son presentados al obispo en voz alta. 

Al final de la anáfora, y antes del Per ipsum, se hace la bendición del óleo de los enfermos. Luego la misa prosigue como siempre. Al final de la celebración, después de la oración de poscomunión se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el crisma. Es interesante leer esta rúbrica que recoge en esencia la antigua práctica que ha surcado los siglos de la tradición: «el Obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él procede a la bendición del óleo de los catecúmenos, y a la consagración del crisma».

La Consagración del Crisma reviste un simbolismo especial. Tres son los gestos sacerdotales que se realizan en este sacramental: a) Mezcla de aromas y óleo; b) Soplo sobre el ánfora; c) Oración del obispo. Veamos brevemente estos ritos:


A.    Mezcla de los aromas con el óleo: «el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio». Es un gesto cargado de significado pneumatológico. Preparar, por un lado, el soporte físico de lo que va a ser signo del Espíritu Santo y hacerlo, por otro lado, en el ámbito natural del mismo Espíritu, que es el silencio. Como dijimos en la primera parte, el óleo ha sido confeccionado con aceite de oliva u otros vegetales, y en este caso, es mezclado con aromas. Este rito está envuelto por el silencio que no es ausencia de ruido sino “parte de la celebración”, es un momento de presencia fecundante del Paráclito.




B.     Soplo sobre el ánfora: «entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma […]». Es un rito fuerte y eminentemente pneumatológico, con gran raigambre bíblica: el soplo de Dios en la creación (cf. Gn 1, 2b), el soplo sobre la creación del hombre (cf. Gn 2,7), el soplo que abrió las aguas del mar rojo (cf. Ex 14,21) el soplo de Jesús a sus discípulos comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), el viento de Pentecostés (cf. Hch 2,2).



C.     Imposición de manos y oración: « […] y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración». Seguimos en un ambiente pneumatológico. Ahora el signo del Espíritu es la imposición de manos. Unas manos que hacen sombra (cf. Gn 1, 2b “el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas”; Sal 63 (62) “y a la sombra de tus alas canto con júbilo”; Sal 91 (90) “que vives a la sombra del omnipotente”; Mt 17, 5 “una nube luminosa los cubrió con su sombra” Lc 1, 35 “el poder del altísimo te cubrirá con su sombra”…) sobre crisma ya preparado. A este gesto le acompaña una extensa oración estructurada muy claramente en Introducción-Anámnesis-Epíclesis-Aitesis-Doxología. No nos detenemos a examinar pormenorizadamente la oración sino que solo destacamos la relación de unciones bíblicas y la intervención de todo el presbiterio presente «en silencio» y con la manos derecha extendida «hacia el crisma» desde la epíclesis hasta el final de la oración. Extender la mano derecha es un signo de la potencia del Espíritu Santo, que tan bellamente recogió el himno Veni CreatorDextrae Dei tu digitus”.

Si estos ritos se han celebrado tras la liturgia de la Palabra, la misa sigue como siempre, si se han llevado a cabo tras la oración de poscomunión, la Eucaristía concluye del siguiente modo: «dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone incienso en el incensario y se organiza la procesión hacia la sacristía». Es importante hacer notar que las rúbricas disponen y especifican que el obispo ponga incienso en el incensario a diferencia de otras rubricas para el resto de misas estacionales. Hagamos un cuadro comparativo usando lo dispuesto por el Ceremonial de los Obispos, aunque adelantemos materia.

Ceremonial de los obispos en la Misa crismal (292-293)
Ceremonial de los obispos en otras Misas (168-170)
·         Oración de Pos-comunión.
·         Bendición acostumbrada.

·         Pone incienso y lo bendice.
·         Diácono: Ite Missa est.
·         Procesión de salida.
·         Oración de Pos-comunión.
·         Bendición acostumbrada o especial


·         Diácono: Ite Missa est.
·         Procesión de salida.








Creo que es bastante significativa la diferencia entre las dos secuencias rituales. Quizás esta rúbrica haya querido conservar los restos del antiguo rito de acompañar al Santo Crisma con incienso por parte de un diácono.

El Ordo para la misa crismal dispone, por último, que en la Sacristía, el obispo amoneste a los presbíteros acerca de «cómo hay que tratar  y venerar los óleos, y también cómo hay que conservarlos cuidadosamente».

3. Conclusión.

Tras los datos anteriores, estamos en disposición de extraer algunas conclusiones importantes que pueden ayudarnos en la mejor comprensión de esta celebración litúrgica:

A) Ante todo, se debe tener en cuenta que la misa crismal es esencialmente la celebración solemne de la Eucaristía, y cuando decimos solemne debemos entenderlo como máxima expresión de la asamblea reunida junto con sus pastores en torno al altar de la catedral, es decir, una misa estacional. Las celebraciones de la Iglesia son epifanía del misterio de la Iglesia, sobre todo las que son presididas por el obispo, y de manera especial la misa crismal dado que es participada por el presbiterio, los diáconos y el pueblo

B) Como misa estacional, supone que sea celebrada por un obispo, de ahí que deba regirse por las disposiciones dadas para este tipo de celebraciones que se encuentran en el Ceremoniale Episcoporum. Cuando el obispo está presente en una misa es muy conveniente que presida la Eucaristía y que asocie a su persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes, ahí la Iglesia se manifiesta como “sacramento de unidad” (OGMR 92).

C) Efectivamente, la misa crismal, siempre presidida por un sucesor de los apóstoles, es fiel reflejo de la teología conciliar tanto del episcopado como de la Iglesia en general, primando, en esto último, la imagen de Pueblo de Dios.

D) También concluimos el aspecto pneumatológico de toda la celebración, especialmente, en los ritos de la bendición de los óleos y la consagración del Santo Crisma. La triada Insuflación-Imposición de las manos-oración da buena cuenta de ello.

Espero que este breve estudio nos ayude a estimar más tanto el ministerio de los obispos, como la expresión más prístina de la sinaxys eucarística y de la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios que constituye la misa crismal.

Dios te bendiga

miércoles, 1 de noviembre de 2017

5. MISA PRO CONCILIO VEL SYNODO


MISA POR EL CONCILIO O EL SÍNODO


I. Misterio

En los últimos post hemos hablado del Papa, del obispo, de cómo se elige un Papa y de cómo se elige un obispo; ahora vamos a tratar sobre una forma de ejercer el gobierno en la Iglesia: se trata de una forma colegial que puede revestir diversas categorías según sean sus sujetos, esto es, el Concilio y el Sínodo.

1. El Concilio

            Es una institución de gobierno que ocupa un lugar eminente en la historia de la Iglesia. Según la común opinión, el primer concilio fue celebrado en Jerusalén, en torno al año 49 (cf. Hch 15). En los primeros siglos, las palabras concilio o sínodo designaban lo mismo. Los concilios pueden ser de tres tipos[1]:

1. Concilio ecuménico: reunión asamblearia del Papa (bien él o bien su representante) con los obispos del mundo entero. Se llaman ecuménicos no por su número de participantes sino por la recepción universal de sus decisiones.

2. Concilio provincial: cuando se reunían los obispos de las antiguas provincias romanas, pero hoy sería de una provincia eclesiástica bajo la presidencia del metropolitano. No son usuales.

3. Concilio nacional: reuniones de obispos convocadas por un rey que tenía por objeto la congregación de los obispos de una nación o de su reino. Estos concilios equivaldrían hoy a las conferencias episcopales.

Elaborar la historia de los Concilios excedería al propósito de nuestro trabajo pero creo que puede ser interesante, sobre todo para el lector menos informado, presentar una somera lista de los Concilios ecuménicos[2]:

Ciudad del Concilio
Año
Tema y doctrina
Nicea
325
Consustancialidad del Padre y del Hijo.
Constantinopla
381
Divinidad del Espíritu Santo.
Éfeso
431
Maternidad divina de María.
Calcedonia
451
Dos naturalezas en la única persona de Cristo.
Constantinopla II
553
Fijación de cinco patriarcados de la Iglesia.
Constantinopla III
680-681
Dos voluntades de Cristo.
Nicea II
787
Doctrina del culto a las imágenes.
Constantinopla IV
869-870
Puso fin al cisma de Focio.
Lateranense[3] I
1123
Sancionó el concordato de Worms.
Lateranense II y III
1139
Sancionó la herejía cátara y albigense.
Lateranense IV
1215
Entre otros, la transubstanciación.
Lyon I
1245
Enfrentamiento entre el papa Inocencio IV y el emperador Federico II.
Lyon II
1274
Quiso la unión con los griegos y fin del cisma de Oriente
Vienne
1311-1312
Presiones del rey Felipe el Hermoso de Francia para la extinción de los Templarios.
Constanza
1414-1418
Puso fin al cisma de occidente.
Basilea
1431-1449
Derivó en conciliábulo sin legitimidad.
Florencia
1439
Concilio unionista con los griegos por la bula Laetentur Caeli. Pero no se consiguió la unión definitiva.
Lateranense V[4]
1512-1517
Disciplina eclesiástica
Trento
1545-1565
Reforma de la Iglesia frente a la herejía luterana.
Vaticano I
1869-1870
La relación fe-razón y la infalibilidad del Papa.
Vaticano II
1962-1965
Puesta al día de la Iglesia. Un Concilio eminentemente pastoral.



2. El Sínodo

El Código de Derecho Canónico define un sínodo con estas palabras: “asamblea de sacerdotes y de otros fieles escogidos de una Iglesia particular, que prestan su ayuda al Obispo de la diócesis para bien de toda la comunidad diocesana” (cf. c. 460). Etimológicamente, esta palabra es de origen griego, formada por la unión de dos palabras: la preposición “sýn” (= con) + el sustantivo “odon” (= camino), esto es, camino conjunto o caminar junto a otro. Es una de las instituciones eclesiales de gobierno más antiguas de la Iglesia. Nacen en el momento en que los concilios provinciales dejan de celebrarse, alrededor del s. IX. Al principio eran presididos por los obispos, quienes se reunían con el clero y abades, aunque pronto comenzaran a estar tutelados por laicos de la nobleza territorial.

Un sínodo no tiene fuerza legislativa. Siembre tuvo una índole consultiva, un órgano para un mejor gobierno del obispo, quien es el único que puede convocarlo cuando las circunstancias lo aconsejen, tras haber oído al consejo presbiteral (cf. c. 461). Una vez convocado e inaugurado, todas las propuestas se someterán al libre discusión de la asamblea sinodal (cf. c. 465). Una vez aprobadas y admitidas y confirmadas por el obispo diocesana, único legislador (cf. c. 466), se trasladarán las decisiones a instancias superiores (metropolitano, Conferencia episcopal) para su conocimiento y aprobación (cf. c. 467). Si una sede quedara en sede vacante, los trabajos del sínodo se interrumpirían hasta que el nuevo obispo decidiera continuarlo o no (cf. c. 468).

II. Celebración


Analicemos, ahora, el formulario de esta misa. En primer lugar, destacamos que se ofrecen dos oraciones colectas alternativas (que examinaremos a continuación), más las oraciones sobre las ofrendas y la de postcomunión. En segundo lugar, esta misa solo puede celebrarse lícitamente cuando la Iglesia se encuentra en estado de Concilio o de sínodo siempre que no sea ningún domingo de Adviento, Cuaresma, Pascua o solemnidades. Para esta misa, el formulario indica usar el prefacio II del Espíritu Santo con lo cual debe ir acompañado de las plegarias eucarísticas I, II o III. Pero también puede usarse la plegaria I para diversas necesidades. Esta misa se hace con ropas del color del día (morado, verde o blanco).

Respecto de las oraciones colectas que se ofrecen hemos de indicar que la colecta A es de nueva creación y está centrada en impetrar los dones del Espíritu Santo para que las resoluciones de las asambleas conciliares o sinodales sean conforme a la voluntad de Dios y sean aceptadas por el pueblo como tales. La colecta B, por el contrario, está ya en la tradición litúrgica precedente[5] aunque actualmente ha sido matizada en algunas de sus expresiones. En este texto se recuerda que es Dios quien cuida y gobierna al pueblo y que el concilio o el sínodo no es otra cosa sino un acto de gobierno que debe estar asistido por los dones del Espíritu Santo, y que el fin de estas sesiones no es otro que el de conducir al pueblo a la verdad y a la santidad. Es una oración cuyo sustrato bíblico es 1Tim 2, 4 “…y lleguen al conocimiento de la verdad”.

La oración sobre las ofrendas es de nueva creación y pide la la luz del Espíritu Santo y para ello usa expresiones bíblicas de la Sabiduría (cf. Sab 9, 10-11) con el fin de ser fieles a las inspiraciones divinas. La oración de postcomunión, también es de nueva creación, y pide como don especial el ser confirmados en la verdad y buscar la gloria de Dios en los decretos y constituciones conciliares o sinodales.

Respecto a los textos bíblicos, este formulario usa para la antífona de entrada una cita de la Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (Col 3, 14-15) que nos recuerde que lo que une a los miembros de la Iglesia es el amor de Dios y la paz de Cristo y esto es lo que debe prevalecer sobre las diferencias y discrepancias que puedan sucederse a lo largo de las sesiones. Para la antífona de comunión no se ha echado mano de ningún versículo bíblico sino un verso del himno “Ubi Caritas” en que nos llama a la unidad en el amor, donde esta Dios.

III. Vida


            Cuando la Iglesia, bien sea la universal bien cualquiera particular, entra en un periodo de concilio o sínodo, el ambiente tiende a enrarecerse, los ánimos a exaltarse, las opiniones vienen y van y la información de los medios no contribuyen demasiado a pacificar el entorno. De ahí que los textos litúrgicos lo primero que hagan sea recordarnos que Dios es el guía, cuida y gobierna al pueblo en última estancia; esto debe llevarnos a afrontar estas situaciones excepcionales en la Iglesia con gran paz y confianza en Él. El Espíritu Santo es quien ilumina a la Iglesia en estos momentos y no va a permitir, como no ha permitido nunca, que su Iglesia sea asediada por ideas peregrinas que van tan en contra del Evangelio como a favor de los criterios del mundo.

            A poco que observemos los textos, nos daremos cuenta de que indirectamente es una misa del Espíritu Santo, pues constantemente las súplicas piden la asistencia de Éste para que con su gracia septiforme ilumine a los padres conciliares y sinodales en sus decisiones de tal manera que en todo agraden a Dios. Los dones demandados para el buen ejercicio del gobierno de la Iglesia son, en concreto, el de inteligencia, sabiduría, verdad y paz. El de inteligencia para que sus conciencias sean iluminadas por la luz de la fe y la revelación; el de sabiduría para discernir lo que es de Dios y lo que es propio de la mundanidad rampante y acechadora desde hace siglos; el don de la verdad que no es otra cosa sino seguir los preceptos evangélicos y el legado de la Tradición apostólica; y el don de la paz que tiene que habitar en el corazón de cada uno de los asistentes para salvar siempre la fe que les une sobre las divergencias de comprensión de fe que les separa. Así pues, los conciliares o sinodales deben ser sumamente dóciles a las inspiraciones divinas para que todo sea según el querer de Dios.


            Pero aunque algunos tengan la responsabilidad del gobierno o de ofrecer consejos oportunos, el resto del pueblo de Dios tenemos también un papel fundamental en estos procesos legislativos tal como nos lo recuerda los textos litúrgicos de esta misa: en primer lugar, nos toca conocer la Verdad y para ello es fundamental saber discernir lo que es de Dios de lo que es producto de la intoxicación mediática. Pero ¿cómo? Conociendo nuestra fe, la fe de la Iglesia recibida en el Bautismo que es la que da gloria y agrada a Dios, fin último del hombre en este mundo y objetivo primero de todo lo que salga del concilio o el sínodo y aquello que no contribuya a esto lo mejor es desecharlo por mucho que pudiera satisfacernos a nosotros.

            A los más de cincuenta años del último concilio habría que preguntarse cuánto de lo anterior se ha dado. Y el mejor momento es ahora que ha pasado un tiempo suficiente donde ya no hay las tensiones posconciliares de entonces. A lo largo de estos cincuenta años, ¿hemos dado gloria a Dios y agradado en todo a nuestro Señor? ¿Qué balance serio hemos hecho? ¿En qué estado se ha encontrado la Iglesia en estos años? El ecumenismo, las vocaciones, la fe de las sociedades y las naciones ¿En qué estado se halla?

            Pero… y las iglesias particulares que han celebrado sus respectivos sínodos o están enfrascados en ellos ¿Cómo lo están llevando a cabo? ¿Qué resultados les esta dando las diversas resoluciones?

Hagamos, pues, balance de todo lo positivo y negativo de estos años para saber, en verdad, en qué punto estamos y adónde queremos ir.

Dios te bendiga



[1] cf. J. Orlandis, Historia de las instituciones de la Iglesia Católica (EUNSA, Pamplona 20052) 76.
[2] Datos sacados de J. Orlandis, 78-85.
[3] Palacio de Letrán, catedral de Roma, sede del Papa.
[4] Lo añado de D. Abadías, Breve historia de los concilios ecuménicos (CPL 2017) 137.
[5] GrH 824; MR1570 [432]