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miércoles, 28 de marzo de 2018

EL MINISTERIO EPISCOPAL EN LA MISA CRISMAL





1. La misa crismal: breve recorrido histórico.

La misa crismal recibe su nombre del solemne rito de bendición de los óleos y de la consagración del santo Crisma; en ella, el obispo rodeado de su presbiterio y con todo el pueblo santo, bendice el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, y consagra el santo Crisma con la mezcla del bálsamo, la insuflatio y la plegaria solemne. Esta Misa encuentra su lugar propio en la mañana del Jueves Santo, por tanto el último día de la Cuaresma, pero puede adelantarse a algún día próximo. Vayamos a su origen para descubrir mejor su sentido, su valor y su interpretación teológica.

Para bendecir el santo Crisma, el óleo de los catecúmenos y el de enfermos, se creó poco a poco una celebración propia cercana a la Pascua; como iremos exponiendo después, se inicia esta celebración en vistas a la consagración del Crisma pero luego, por atracción normal, se introducen el óleo de los catecúmenos y el de enfermos en esta Misa. Imita la bendición habitual que, con frecuencia, se realizaba del óleo de enfermos antes de la doxología del Canon.

La razón de situar una misa en la quinta feria, el Jueves Santo, es la de ser la última Eucaristía de Cuaresma (que acaba con la hora de Nona del Jueves Santo) previa al triduo pascual (que comienza con la Misa vespertina in Coena Domini) en función de la noche santa de la Pascua en que habrá de usarse el santo Crisma. Esta celebración, hoy llamada Misa crismal, surge por un motivo eminentemente práctico: eran necesarios los óleos para la celebración solemne de la Iniciación cristiana en la Vigilia pascual. Así lo explican varios autores quedando ya como una razón evidente para todos.

La historia nos muestra cómo la celebración eucarística del Jueves Santo, ha sufrido un claro desarrollo, dentro de la tradición de la liturgia romana. De las tres misas, según la fuente más antigua que disponemos: “Reconciliación de los penitentes”, “Consagración de los óleos”, e “In Coena Domini” – que en el siglo VII se celebraban en la mañana, al mediodía y por la tarde respectivamente-, se llegó al formulario de una única Misa. Esta única celebración eucarística matutina, era la misa “In coena Domini”, en la cual se hacía memoria de la institución de la Eucaristía. En la catedral, a esta celebración presidida por el obispo, se le adjuntó la “consagración del crisma” y la “bendición de los óleos”. Así la encontramos descrita en los sacramentarios gregorianos del tipo I.

En el transcurso de la Edad Media al final de esta celebración eucarística se le agregaron aún la “Processio Calicis cum Sacramento” y la “denudatio Altaris”. Así lo documentan el Pontifical y Misal romanos que surgen de la reforma litúrgica del concilio de Trento. Este formulario permaneció intacto hasta la reforma de la Semana Santa llevada a cabo por Pío XII. El Ordo Hebdomandae Sanctae de 1955 restableció la tradición de la “Missa chrismatis”, tal como aparece en el Sacramentario Gelasiano, en su horario matutino, tomando el mismo formulario.

Con esta reforma, al constituirse un formulario propio para la misa crismal, se logró no sólo descargar la misa vespertina “In cena Domini” sino revalorizar la liturgia de la bendición de los óleos”. Con la reforma del Papa Pablo VI la misa crismal pasa a tener un tono eminentemente sacerdotal “una fiesta sacerdotal”, idea que el Papa ya tenía cuando era arzobispo de Milán.

Los liturgistas más puros no aceptaron de buena gana este cambio ya que suponía abandonar a la tradición multisecular de hacer girar la Misa crismal en torno al crisma y los óleos. Pero pronto esta idea fue calando en el pueblo. De ahí que todos los textos tuvieran que ser revisados. Para la bendición de los óleos y la consagración del crisma continuaron en vigor los ritos y textos del pontifical romano.

2. El obispo en los praenotanda de la misa crismal

            En la misa crismal se visualiza plásticamente el oficio del obispo como «gran sacerdote de su grey». Del mismo modo, con la bendición de los óleos y la consagración del Crisma, se expresa el hecho de que del obispo «deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo». Esta idea se concentra y expone en los praenotanda con estas palabras «la misa crismal […] ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

            La quinta praenotanda se refiere a la confección del crisma y permite dos modos de hacerlo a criterio del obispo: a) Privadamente antes de ser consagrado; b) En la misma acción litúrgica, dentro de la misa. Solo el obispo tiene la «competencia exclusiva» tanto en la confección del Crisma como de su consagración. No así la bendición de los otros dos óleos pero con condiciones precisas: a) Óleo de los catecúmenos, se concede también a los presbíteros «cuando en el bautismo de adultos deben hacer la unción en la correspondiente etapa del catecumenado»; b) Óleo de los enfermos, puede ser bendecido por un sacerdote que tenga facultad de la Santa Sede o por derecho propio o por peculiar concesión.

            Dentro de la celebración misma, las rúbricas pautan unas ideas para la homilía que debe hacer el obispo como maestro y pastor, de ahí que se aconseje el uso de la mitra y el báculo en ella. Estas ideas son las de a) exhortar a los presbiterios a que conserven la fidelidad a su ministerio; b) invitarles a renovar las promesas que un día hicieron en su ordenación « ¿Queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?». El obispo, como cabeza de la Iglesia que tiene encomendada hace las preguntas en dos direcciones: dos a los sacerdotes y dos a los fieles cristianos laicos que están presentes. A estos últimos se les pide que recen «por vuestros presbíteros» y por el propio obispo «para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos».

            Tras las promesas sacerdotales, se inicia la procesión de los óleos y de los dones del pan, del vino y del agua. Es interesante hacer notar que las ánforas que contienen los óleos y el aroma, deben ser llevadas por los ministros que luego habrán de dispensarlos, expresándose así la vinculación entre ministro y sacramento. Los fieles laicos pueden llevar los dones para el sacrificio, esto es, pan, vino y agua. El obispo, sentado en la sede los recibe y se los entrega a los diáconos que le ayudan. Los óleos son presentados al obispo en voz alta. 

Al final de la anáfora, y antes del Per ipsum, se hace la bendición del óleo de los enfermos. Luego la misa prosigue como siempre. Al final de la celebración, después de la oración de poscomunión se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el crisma. Es interesante leer esta rúbrica que recoge en esencia la antigua práctica que ha surcado los siglos de la tradición: «el Obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él procede a la bendición del óleo de los catecúmenos, y a la consagración del crisma».

La Consagración del Crisma reviste un simbolismo especial. Tres son los gestos sacerdotales que se realizan en este sacramental: a) Mezcla de aromas y óleo; b) Soplo sobre el ánfora; c) Oración del obispo. Veamos brevemente estos ritos:


A.    Mezcla de los aromas con el óleo: «el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio». Es un gesto cargado de significado pneumatológico. Preparar, por un lado, el soporte físico de lo que va a ser signo del Espíritu Santo y hacerlo, por otro lado, en el ámbito natural del mismo Espíritu, que es el silencio. Como dijimos en la primera parte, el óleo ha sido confeccionado con aceite de oliva u otros vegetales, y en este caso, es mezclado con aromas. Este rito está envuelto por el silencio que no es ausencia de ruido sino “parte de la celebración”, es un momento de presencia fecundante del Paráclito.




B.     Soplo sobre el ánfora: «entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma […]». Es un rito fuerte y eminentemente pneumatológico, con gran raigambre bíblica: el soplo de Dios en la creación (cf. Gn 1, 2b), el soplo sobre la creación del hombre (cf. Gn 2,7), el soplo que abrió las aguas del mar rojo (cf. Ex 14,21) el soplo de Jesús a sus discípulos comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), el viento de Pentecostés (cf. Hch 2,2).



C.     Imposición de manos y oración: « […] y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración». Seguimos en un ambiente pneumatológico. Ahora el signo del Espíritu es la imposición de manos. Unas manos que hacen sombra (cf. Gn 1, 2b “el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas”; Sal 63 (62) “y a la sombra de tus alas canto con júbilo”; Sal 91 (90) “que vives a la sombra del omnipotente”; Mt 17, 5 “una nube luminosa los cubrió con su sombra” Lc 1, 35 “el poder del altísimo te cubrirá con su sombra”…) sobre crisma ya preparado. A este gesto le acompaña una extensa oración estructurada muy claramente en Introducción-Anámnesis-Epíclesis-Aitesis-Doxología. No nos detenemos a examinar pormenorizadamente la oración sino que solo destacamos la relación de unciones bíblicas y la intervención de todo el presbiterio presente «en silencio» y con la manos derecha extendida «hacia el crisma» desde la epíclesis hasta el final de la oración. Extender la mano derecha es un signo de la potencia del Espíritu Santo, que tan bellamente recogió el himno Veni Creator “Dextrae Dei tu digitus”.

Si estos ritos se han celebrado tras la liturgia de la Palabra, la misa sigue como siempre, si se han llevado a cabo tras la oración de poscomunión, la Eucaristía concluye del siguiente modo: «dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone incienso en el incensario y se organiza la procesión hacia la sacristía». Es importante hacer notar que las rúbricas disponen y especifican que el obispo ponga incienso en el incensario a diferencia de otras rubricas para el resto de misas estacionales. Hagamos un cuadro comparativo usando lo dispuesto por el Ceremonial de los Obispos, aunque adelantemos materia.

Ceremonial de los obispos en la Misa crismal (292-293)
Ceremonial de los obispos en otras Misas (168-170)
·         Oración de Pos-comunión.
·         Bendición acostumbrada.

·         Pone incienso y lo bendice.
·         Diácono: Ite Missa est.
·         Procesión de salida.
·         Oración de Pos-comunión.
·         Bendición acostumbrada o especial


·         Diácono: Ite Missa est.
·         Procesión de salida.








Creo que es bastante significativa la diferencia entre las dos secuencias rituales. Quizás esta rúbrica haya querido conservar los restos del antiguo rito de acompañar al Santo Crisma con incienso por parte de un diácono.

El Ordo para la misa crismal dispone, por último, que en la Sacristía, el obispo amoneste a los presbíteros acerca de «cómo hay que tratar  y venerar los óleos, y también cómo hay que conservarlos cuidadosamente».

3. Conclusión.

Tras los datos anteriores, estamos en disposición de extraer algunas conclusiones importantes que pueden ayudarnos en la mejor comprensión de esta celebración litúrgica:

A) Ante todo, se debe tener en cuenta que la misa crismal es esencialmente la celebración solemne de la Eucaristía, y cuando decimos solemne debemos entenderlo como máxima expresión de la asamblea reunida junto con sus pastores en torno al altar de la catedral, es decir, una misa estacional. Las celebraciones de la Iglesia son epifanía del misterio de la Iglesia, sobre todo las que son presididas por el obispo, y de manera especial la misa crismal dado que es participada por el presbiterio, los diáconos y el pueblo

B) Como misa estacional, supone que sea celebrada por un obispo, de ahí que deba regirse por las disposiciones dadas para este tipo de celebraciones que se encuentran en el Ceremoniale Episcoporum. Cuando el obispo está presente en una misa es muy conveniente que presida la Eucaristía y que asocie a su persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes, ahí la Iglesia se manifiesta como “sacramento de unidad” (OGMR 92).

C) Efectivamente, la misa crismal, siempre presidida por un sucesor de los apóstoles, es fiel reflejo de la teología conciliar tanto del episcopado como de la Iglesia en general, primando, en esto último, la imagen de Pueblo de Dios.

D) También concluimos el aspecto pneumatológico de toda la celebración, especialmente, en los ritos de la bendición de los óleos y la consagración del Santo Crisma. La triada Insuflación-Imposición de las manos-oración da buena cuenta de ello.

Espero que este breve estudio nos ayude a estimar más tanto el ministerio de los obispos, como la expresión más prístina de la sinaxys eucarística y de la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios que constituye la misa crismal.

Dios te bendiga

viernes, 7 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS




Para el comentario de los textos litúrgicos de la misa del Domingo de Ramos nos centraremos en la propia celebración de la Eucaristía obviando los textos pertenecientes a la procesión de los ramos.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, que hiciste que nuestro Salvador se encarnase y soportara la cruz para que imitemos su ejemplo de humildad, concédenos, propicio, aprender las enseñanzas de la pasión y participar de la resurrección gloriosa. Por nuestro Señor, Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) también está presente en el sacramentario gregoriano de Adriano y en el misal romano de 1570. Esta oración ofrece una perfecta síntesis del ciclo temporal cristológico.

Pero no se queda en la mera exposición de los misterios sino que como pórtico de la Semana Santa, la Pasión del Señor ha de ser estímulo y enseñanza de cara a experimentar, por ella, la fuerza de la Resurrección.

Oración sobre las ofrendas

«Señor que por la pasión de tu Unigénito se extienda sobre nosotros tu misericordia y, aunque no la merecen nuestras obras, que con la ayuda de tu compasión podamos recibirla en este sacrificio único. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Desde la cruz, lugar donde se consuma la obra de la Redención, Cristo ora por sus enemigos pidiendo el perdón para ellos. La misericordia viene del madero de la cruz.

La oración acentúa la gratuidad inmerecida de la obra salvífica de Jesucristo, pues aunque nosotros por nosotros mismos no merecemos tanta gracia, la misericordia de Dios supera estas fragilidades y se desborda sobre nosotros.

Antífona de comunión

«Padre mío, si esta cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Tomada del capítulo 26, versículo 42 del evangelio de Mateo. En el momento de la comunión, este versículo conduce a los fieles a situarse en la noche de Getsemaní para participar, junto con Cristo, del cáliz de la Pasión. Hoy esta unión mística se realiza por medio de la comunión sacramental con el cuerpo y la sangre del Señor.

Oración pos comunión

«Saciados con los dones santos, te pedimos, Señor, que, así como nos has hecho esperar lo que creemos por la muerte de tu Hijo, podamos alcanzar, por su resurrección, la plena posesión de lo que anhelamos. Por Jesucristo, nuestro Señor». La primera parte de la  oración está tomada del gelasiano de angoulemme, el resto es de nueva creación. Esta oración está estructurada sobre un paralelo de tres ideas: esperar –lo que creemos-por muerte de tu Hijo/ alcanzar-lo que anhelamos-por su resurrección. En conjunto: esperar/alcanzar; lo que creemos/lo que anhelamos; por la muerte/ por la resurrección. La muerte de Cristo nos ofrece la esperanza de alcanzar la vida eterna que es lo que anhelamos por su resurrección. En definitiva, el misterio pascual nos trae el don de la vida eterna, que se nos da por el bautismo.    

Oración sobre el pueblo

«Dirige tu mirada, Señor, sobre esta familia tuya por la que nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse a los verdugos y padecer el tormento de la cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del gelasiano de angoulemme. La oración de bendición sobre el pueblo comienza con la fórmula epiclética “Respice, Domine (=dirige tu mirada, Señor)” pretendiendo, con ella, llamar la atención del Señor, evitando el olvido de Dios. La Iglesia es definida como “familia”. Por ella, Jesucristo “no dudó” en asumir el cáliz de la Pasión, haciéndose verdad el “passus est pro nobis (= padeció por nosotros)” para darnos vida.

Visión de conjunto

            ¿Cuántas veces en la vida andamos como perdidos como sin saber qué hacer, qué pensar, cómo actuar? En esas circunstancias necesitamos referentes que nos sirvan de ejemplo y estímulo para actuar con acierto. También los cristianos estamos necesitados de esos referentes alguna vez; de ahí que no sea otra, sino la Pasión del Señor el mayor ejemplo a seguir como nos recuerda san Pablo en su carta a los filipenses “tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (cf. 2, 5) y continúa con el himno cristológico de kénosis-exaltación; así como san Pedro en su primera epístola “Cristo os dio ejemplo para que sigáis sus huellas” (cf. 2,21).

            En la Pasión del Señor hallamos el ejemplo más eximio y la enseñanza más concreta de cómo un cristiano debe afrontar la vida y dar sentido a todo lo que vive ya sea bueno o sea malo. En la Pasión, Cristo nos da un ejemplo de aceptación humilde y obediente de la voluntad divina, eso mismo que a nosotros nos cuesta aceptar. Eso mismo que suscita espontáneamente en nuestra cabeza un mar de preguntas ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Dios es justo si permite esto o lo otro? Preguntas existenciales que agitan nuestra vida en un momento concreto y ponen a prueba nuestra fe.

            Cuántas veces decimos “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” pero cuando esta petición se cumple, qué pocas veces la aceptamos con entereza cristiana. Pues bien, aquí tenemos el ejemplo de Cristo que con más o menos perfección hemos de imitar en nosotros. La Semana Santa que ahora se abre es un tiempo propicio para pararnos y meditar sobre ello ¿cómo asumo lo que Dios quiere para mí? ¿Cómo vivo la voluntad de Dios en mi vida? ¿Tengo paz o agitación en el alma?

Feliz Semana Santa. Dios te bendiga