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viernes, 27 de octubre de 2017

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro». Tomada del salmo 104, versículos del 3 al 4. Una constante de la vida cristiana es la incesante búsqueda de Dios. El cristiano siente premura por ver el rostro de su Dios. Esta búsqueda esta tejida por el anhelo y la alegría. La celebración de la Eucaristía nos ofrece un lugar propicio para encontrarnos con el Señor. Iniciemos, pues, la santa misa haciendo nuestras estas palabras del salmo “que se alegren los que buscan al Señor”.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para que merezcamos conseguir lo que prometes, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor, Jesucristo». Ha estado presente en todas las fuentes de la tradición litúrgica: compilación veronense (s. VIII), los sacramentarios gelasianos y en el misal romano de 1570. No así en el gregoriano. Esta oración vuelve a poner de manifiesto las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad como los medios de gracia necesarios para amar a Dios, buscar su voluntad y quererla para nosotros. La fe en Dios que nos llama a servirle, la esperanza en Dios para fiarnos de su poder; y la caridad que se vive, en este caso, como amor incondicional a Dios y a todo aquello que nos pida.

Oración sobre las ofrendas

«Mira, Señor, los dones que ofrecemos a tu majestad, para que redunde en tu mayor gloria cuanto se cumple con nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. El ministerio sacerdotal es la causa instrumental que hace posible que la substancia del pan y del vino sea, realmente, substancia del cuerpo y sangre del Señor, esto es, la transubstanciación. Pero, como ya dijimos en otras ocasiones, la realización de los sacramentos es, en último término, para glorificar y alabar a Dios.

Antífonas de comunión

«Que nos alegremos en tu salvación y glorifiquemos el nombre de nuestro Dios». Tomada del salmo 19, versículo 6. En línea con lo antes dicho en la antífona de entrada, la alegría del encuentro con Dios haya su cenit en el momento de la comunión sacramental, donde la salvación se hace comida y alimento espiritual.

«Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación de suave olor». De la Carta del apóstol san Pablo a los Efesios, capítulo 5, versículo 2. Cristo nos amó y se entregó por nosotros, hoy, en forma de pan y de vino. Este es el sacrificio agradable que ofrecido a Dios Padre, Éste nos los devuelve como comida de salvación, para que imitando la obra de Cristo, también nosotros nos ofrezcamos como “oblación de suave olor”.

Oración de después de la comunión

«Que tus sacramentos, Señor, efectúen en nosotros lo que expresan, para que obtengamos en la realidad lo que celebramos ahora sacramentalmente. Por Jesucristo, nuestro Señor». Salvo la compilación veronense, esta oración está presente en lo sacramentarios gelasianos y gregorianos, así como en el misal romano de 1570. Este texto concentra en si aquello que dijo san León Magno en una homilía: “que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios” (Sermo 74,2). Sacramentalmente actualizamos lo que hace dos mil años Jesús hacía en este mundo a través de su verdadera humanidad. En los sacramentos es el mismo Cristo quien, hoy, bautiza, unge, acompaña al enfermo, nos da su cuerpo y sangre, etc. Así, la gracia que invisiblemente expresan es la que actúa en nosotros.

Visión de conjunto


            Cuando leemos el Evangelio o escuchamos los más bellos pasajes donde se narran los prodigios realizados por Dios a lo largo de la Historia de la Salvación, seguramente, no podemos evitar el sentir algún pequeño atisbo de nostalgia y pensamos “¿Quién pudiera haber estado allí?”, “¿Quién pudiera haber gozado de escuchar directamente a Jesús?”, etc. Pero… y si te dijera que eso es posible, que no es difícil volver a estar donde Dios se manifestó. Hoy esto es posible gracias a los sacramentos, acontecimientos de gracia que contienen, significan y expresan las gracias que Dios nos da tal como un día se contenían en los prodigios realizados. Con estas palabras lo ha expresado el Catecismo de la Iglesia Católica: “las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque "lo [...] que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios" (San León Magno, Sermo 74, 2)” (1115).

            Pues bien, estos sacramentos y, en general, todas las acciones litúrgicas; tienen la capacidad y el poder de hacer traer al momento presente la fuerza salvífica de los acontecimientos obrados por Dios en el pasado. A esto lo llamamos “actualización de los misterios” o lo que es lo mismo “el memorial”. Para entender esto leamos un texto de Ezer Weizman, primer presidente de Israel: “[…] Pero en cada generacion, todo judío debe considerar como si el mismo hubiera estado allí, en las generaciones y en los lugares y en los acontecimientos que lo antecedieron. […] Y yo, que nací de la simiente de Abraham y en su tierra - he estado presente en cada una de ellas. Fui esclavo en Egipto y recibí la Tora en el Monte Sinaí, junto a Josué y Elías cruce el rio Jordán. Entré a Jerusalén con David y fui exiliado de ella con Sedecías; y no la olvide junto a los ríos de Babilonia, y al hacer realidad Dios el retorno a Sion, estuve entre los soñadores que reconstruyeron sus muros. Luche contra Roma y fui expulsado de España; me quemaron en las hogueras en Maguncia, la Mainz actual; y estudié Tora en el Yemen, mataron a mi familia en Kishinev, y fui incinerado en Treblinka y me rebelé en Varsovia y retorné a la Tierra de Israel, mi tierra de la cual fui exiliado y en la que nací; de allí vengo y a ella regresaré”.


            También podemos decir nosotros que “estuvimos allí”: estuvimos en Nazaret y estuvimos en Belén; nos sentamos a los pies de la montaña para oir el discurso de Cristo, le vimos curar leprosos y cojos, dar la vista a los ciegos y expulsar a los demonios; cuando entró triunfalmente en Jerusalén, también nosotros entramos con él, junto a su lado nos sentamos en el cenáculo y su sudor de sangre recogimos en Getsemaní; le acompañamos en el pretorio y en el sanedrín; junto a María y a Juan le vimos morir en la cruz y con la Magdalena le contemplamos glorioso en la mañana de la Resurrección; convivimos cuarenta días de Pascua con Él hasta que habiendo sido subido al cielo ante el asombro de los ángeles y el nuestro, en la festiva Jerusalén nos dio el Espíritu Santo. Y en todo esto, repetimos, nosotros estuvimos allí. Y estamos cada vez que lo celebramos y actualizamos en los sacramentos y en la liturgia.

            Mejor expresado lo contiene este número del Catecismo de la Iglesia que recomiendo leer con detenimiento por su densidad y belleza: “en la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida” (1085).

            Y esa misma vida es la que se nos anticipa y regala en cada acción sacramental. De este modo, y en conclusión, podemos estar firmemente persuadidos de que la recepción de los sacramentos es el camino mejor y más seguro para llegar a Dios. Podemos comprender que los sacramentos son, ante todo, lugares del encuentro con Jesucristo. Un encuentro mediado por signos y símbolos pero que reportan en nosotros las gracias que necesitamos para una vida cristiana sana y fructuosa.

Dios te bendiga

viernes, 19 de mayo de 2017

DOMINGO VI DE PASCUA




Antífona de entrada

«Anunciadlo con gritos de júbilo, publicadlo y proclamadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha rescatado a su pueblo”. Aleluya». Inspirada en Isaías 48, versículo 20. De todos los pensamientos espirituales que pueden surgir en este tiempo litúrgico, ninguno como el de hoy resumen tan acertadamente la gran hazaña obrada por Cristo: la Pascua es la consecuencia del rescate; es el tiempo para gozarnos y recrearnos en la victoria de Cristo sobre el pecado, el demonio y la muerte. Los cristianos, pues, este domingo tenemos una gran noticia que dar al mundo: hemos sido arrebatados de las garras del mal gracias a la generosa entrega de nuestro Señor Jesucristo.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con fervor sincero estos días de alegría en honor del Señor resucitado, para que manifestemos siempre en las obras lo que repasamos en el recuerdo. Por nuestro Señor, Jesucristo». De nueva incorporación. Es un domingo para recordar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros; recordar que nos ha dado una vida nueva, ha devuelto la vida a la creación entera, nos ha hechos mujeres y hombres nuevos. El sexto domingo de la pascua, cuando estamos a las puertas de la solemnidad de la Ascensión, nos permite repasar cuántos dones hemos recibido en estos días santos. Siempre es aconsejable que los cristianos nos paremos a pensar, de vez en cuando, los momentos en que Cristo se ha hecho presente en nuestras vidas para ser fieles a Él en el futuro.

Oración sobre las ofrendas

«Suban hasta ti, Señor, nuestras súplicas con la ofrenda del sacrificio, para que purificados por tu bondad, nos preparemos para el sacramento de tu inmenso amor. Por Jesucristo, nuestro Señor». Es una oración creada a partir de fragmentos precedentes en todos los sacramentarios romanos, mientras que la segunda parte del texto se encuentra en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Tres ideas se concitan en este breve texto: 1. Siguiendo el salmo 140, queremos que nuestra oración suba a la presencia de Dios con el alzar de nuestra manos, como incienso a la hora de la tarde; 2. El sacrificio que ofrecemos es, eminentemente, expiatorio y purificador; 3. Tiene como fin prepararnos para recibir el gran sacramento del amor, pues el pan y el vino que presentamos sobre el altar serán para nosotros el pan de la vida eterna y el cáliz de la salvación perpetua.

Antífona de comunión

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, dice el Señor. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. Aleluya». Tomada del capítulo 14 del evangelio de Juan, versículos 15 al 16. Como un eco del evangelio de este domingo, este texto nos sitúa en una nueva perspectiva del misterio eucarístico. Es indudable que la Eucaristía es el Cuerpo santísimo de nuestro Señor Jesucristo, pero no podemos olvidar que esto solo es posible por la acción del Espíritu Santo. Esto se debe  a lo que en teología se denomina la “ley fundamental de la trinidad” según la cual todo le es común a las personas divinas excepto la relación por oposición “omniaque sunt unum ubi non obviat relationis oppositio” (Concilio de Florencia, DH 1330).

No hay obra de las personas divinas que, aun siendo propias de cada una no estén involucradas las otras dos. Toda obra trinitaria, aunque se atribuya a una de las Personas, las otras dos también están presentes. Si esto es así, será lógica, pues, concluir que, de alguna manera, al comulgar con el Cuerpo santísimo del Señor, también estamos comulgando con el Padre y el Espíritu Paráclito. Por eso, al recibir la comunión sacramental recibimos la fuerza del Espíritu Santo para poder guardar los mandamientos divinos.

Oración de pos comunión

«Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has renovado para la vida eterna, multiplica en nosotros los frutos del Misterio pascual e infunde en nuestros corazones la fortaleza del alimento de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor». Está presente en los sacramentarios gelasianos antiguos (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX), sin embargo el cuerpo central de la oración es de nueva creación. La oración es el colofón de los temas expuestos anteriormente. El recuerdo del efecto de la muerte y resurrección del Señor en nosotros, que místicamente se han actualizado en esta celebración eucarística, debe avivar en el corazón de los fieles los deseos más profundos de vivir en consonancia con ellos, es decir, ser coherente con lo que Él ha hecho por nosotros.

Visión de conjunto

            Hacer memoria o recordar es un saludable ejercicio que, de vez en cuando, deberíamos hacer. Un profundo repaso a los hechos de nuestra vida nunca viene mal. Es normal hacerlo cuando estamos en grupos de amigo que hace tiempo no se ven, cuando queremos iluminar algún momento o situación en la vida de nuestros hijos o nietos. Y, además, lo hacemos con harta satisfacción y con tanto esmero que hasta los recuerdos negativos les damos una interpretación positiva o, al menos, relativamente menos dolorosa.

            En la vida espiritual, es también, un ejercicio muy recomendable hacer memoria del paso de Dios por nuestra vida. Tomemos como base el siguiente texto bíblico “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Ap 2, 2-4). Con harta frecuencia podemos caer en la rutina de la vida espiritual, hacer triviales las cosas de Dios. Es, quizás, lo peor que como cristianos puede ocurrirnos: acostumbrarnos a las cosas de Dios. Esto es lo que, de alguna manera, significa olvidarnos del amor primero.

            Pero frente a esta tentación, hemos de poner algunos remedios. Yo propongo los siguientes:

1. El recuerdo agradecido: se nos invita a una constante acción de gracias a Dios por todo lo que hace por nosotros.

2. Memoria actualizante: esto es, la celebración litúrgica de los misterios del Señor; pues a través de la liturgia el Señor derrama sobre nosotros las gracias que Él ya dispensó en su vida mortal.

3. Redescubrir lo sagrado: como novedad en nuestra vida. Para ello será necesario dejarnos sorprender por Dios; “ponernos a tiro” para que el Señor derrame su gracia y bondad en nuestras almas, se irá generando así, poco a poco, un gusto por lo divino que nos hará apetecer la oración y rechazar el pecado de acedia, esto es la pereza espiritual.

4. Vivir la caridad: como expresión externa de la acción de la gracia de Dios en nosotros. Para los cristianos, la caridad no es una opción, ni un concepto altruista para satisfacer nuestras conciencias. No. La caridad brota de las entrañas de Cristo que se da en alimento a los fieles transformando la vida y la capacidad relacional de éstos. De este modo, la caridad será una actitud espontánea que prolonga la vida cristiana más allá de la intimidad del corazón.

Hagamos, pues, queridos lectores, memoria de Cristo en nuestra vida; volvamos al amor primero; no nos acostumbremos a las cosas de Dios y rompamos con la tendencia que la rutina cotidiana nos impone. Ojalá que en esta pascua que ya termina, hayamos tomado, al menos, conciencia del mucho amor de Cristo por cada uno de nosotros.

Dios te bendiga