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miércoles, 9 de mayo de 2018

MISSA IN TEMPORE BELLI VEL EVERSIONIS


MISA EN TIEMPO DE GUERRA O DE DESORDEN


I. Misterio

Abordamos ahora el complejo tema de la guerra, fracaso de la paz. Desde el origen del hombre, los conflictos entre personas no han dejado de sucederse por los motivos más variados: políticos, religiosos, económicos, geográficos, etc. Para tratar este espinoso asunto usaremos de lo afirmado por la Iglesia en su compendio de doctrina social (497-499).

El Magisterio condena  la crueldad de la guerra. La guerra es un flagelo y no representa jamás un medio idóneo para resolver los problemas que surgen entre las Naciones porque genera nuevos y más complejos conflictos y pone en peligro el futuro de la humanidad. Los daños causados por un conflicto armado no son solamente materiales, sino también morales. La guerra es, en definitiva, una derrota de la humanidad.


La búsqueda de soluciones alternativas a la guerra para resolver los conflictos internacionales ha adquirido hoy un carácter de dramática urgencia. Es, pues, esencial la búsqueda de las causas que originan un conflicto bélico sobre las que hay que intervenir con el objeto de eliminarlas. Por eso, el otro nombre de la paz es el desarrollo. Igual que existe la responsabilidad colectiva de evitar la guerra, también existe la responsabilidad colectiva de promover el desarrollo.

Las Organizaciones internacionales y regionales deben ser capaces de colaborar para hacer frente a los conflictos y fomentar la paz, instaurando relaciones de confianza recíproca, que hagan impensable el recurso a la guerra. Entre los principales deberes de la común naturaleza humana hay que colocar el de que las relaciones individuales e internacionales obedezcan al amor y no al temor.

Es importante, pues, para los cristianos orar en estos momentos por el cese de los conflictos bélicos que se suceden en el mundo. Orar por la paz para los cristianos no es una opción sino una obligación que surge de las palabras del Mestro “Bienaventurados los que trabajen por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Para ellos, la Iglesia elaboró un formulario para pedir la paz (ya visto anteriormente) y otro, el anverso, para orar en tiempo de guerra y desorden social. Este último formulario es el que analizaremos a continuación.

II. Celebración

Esta misa se rige por las normas generales para las misas ad diversa. Sin embargo, dada la concreción de la intención, puede usarse cuando la situación social o mundial lo exija, así como en las jornadas prescritas por la paz o para impedir un conflicto armado. Además, este formulario puede ser completado con las plegarias de la reconciliación. Puede ser celebrada con ornamentos propios del tiempo litúrgico donde se empleé.

Es un formulario compuesto por dos colectas alternativas, una oración sobre las ofrendas y una para después de la comunión. La colecta A es de nueva creación donde a Dios se le invoca con dos atributos propios de los tiempos belicosos: la misericordia y la fortaleza. Inspirándose en el cántico del Magníficat, Dios humilla a los soberbios que acaudillan los conflictos violentos y, tal como se dijo en las Bienaventuranzas, hace hijos suyos a los que trabajan por la paz.


La colecta B está tomada del sacramentario gelasiano antiguo del s. VIII[1] y del misal romano de 1570[2]. La anamnesis de la oración es de una bellaza extraordinaria “autor y amante de la paz, conocerte es vivir y servirte es reinar”. Si observamos bien, respecto de la oración anterior, ésta esta estructurada en un tono positivo, frente a la guerra que hacen los hombres transgrediendo el mandato divino, encontramos que la paz lleva la firma divina, o dicho de otra manera, lo propio de Dios es la paz, de la cual es autor y amante. Asentado este principio, y sabiendo que solo en un clima de paz, el hombre puede tener vida, no será arriesgado decir que quien conoce a Dios, paz misma, tiene vida; y no solo eso, sino que entregarse al servicio divino es el mejor ejercicio del oficio real dado en el bautismo. Y reinamos por ser hijos de Dios, es decir, los que trabajan por la paz. Así pues, el hombre, al ser constructor de paz en el mundo, está sirviendo a Dios y es llamado, en verdad, hijo de Dios, lo que supone para él: tanto la verdadera vida como el poder reinar en medio del mundo, creado por Dios, autor y amante de la misma paz. Es, por otra parte, una oración de confianza y de protección divina (oración profiláctica), pues los que invocan el amparo divino no quieren temer las hostilidades del enemigo.

La oración sobre las ofrendas, también de nueva creación, está basada en el misterio de la reconciliación efectuada por Cristo con su sacrificio de la cruz, donde ha hecho la paz entre Dios y los hombres, así como nos ha dado la lección de amor y perdón, perdonando a sus enemigos. La oración para después de la comunión impetra como una gracia de la comunión el volver a la unidad del corazón para que observemos la ley del amor y la justicia y así, superemos cualquier conflicto bélico.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para la antífona de entrada Jer 29, 11-12.14 donde se nos recuerda que los designios de Dios son siempre los fundados en la paz, por lo que la guerra siempre viene a truncar los mismos. El sal 17, 5.6.7 nos ayuda a invocar a Dios en medio de los peligros que los conflictos violentos conllevan. Para la antífona de comunión se adoptado Jn 14, 27 donde se nos exhorta a mantener la calma en los peores momentos puesto que el Señor nos ha prometido su paz, la paz verdadera que viene de Dios y no del mundo.

III. Vida

            Una vez analizado el formulario, veamos en qué momentos el Magisterio de la Iglesia aprueba el uso de la fuerza para la resolución de conflictos (500-515).


a) La legítima defensa: una guerra de agresión es intrínsecamente inmoral. En el trágico caso que estalle la guerra, los responsables del Estado agredido tienen el derecho y el deber de organizar la defensa, incluso usando la fuerza de las armas. Para que sea lícito el uso de la fuerza, se deben cumplir simultáneamente unas condiciones rigurosas:

1.      Que el daño causado por el agresor a la Nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.

2.      Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

3.      Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

4.      Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

Esta responsabilidad justifica la posesión de medios suficientes para ejercer el derecho a la defensa; sin embargo, los Estados siguen teniendo la obligación de hacer todo lo posible para garantizar las condiciones de la paz, no sólo en su propio territorio, sino en todo el mundo.

b) Defender la paz: las exigencias de la legítima defensa justifican la existencia de las fuerzas armadas en los Estados, cuya acción debe estar al servicio de la paz: quienes custodian con ese espíritu la seguridad y la libertad de un país, dan una auténtica contribución a la paz. Las personas que prestan su servicio en las fuerzas armadas, tienen el deber específico de defender el bien, la verdad y la justicia en el mundo. Los miembros de las fuerzas armadas están moralmente obligados a oponerse a las órdenes que prescriben cumplir crímenes contra el derecho de gentes y sus principios universales. Los militares son plenamente responsables de los actos que realizan violando los derechos de las personas y de los pueblos o las normas del derecho internacional humanitario. Estos actos no se pueden justificar con el motivo de la obediencia a órdenes superiores. Los objetores de conciencia, que rechazan por principio la prestación del servicio militar en los casos en que sea obligatorio, porque su conciencia les lleva a rechazar cualquier uso de la fuerza, o bien la participación en un determinado conflicto, deben estar disponibles a prestar otras formas de servicio.

c) El deber de proteger a los inocentes: el derecho al uso de la fuerza en legítima defensa está asociado al deber de proteger y ayudar a las víctimas inocentes que no pueden defenderse de la agresión. Con mucha frecuencia la población civil es atacada, a veces incluso como objetivo bélico. Es necesario que las ayudas humanitarias lleguen a la población civil y que nunca sean utilizadas para condicionar a los beneficiarios: el bien de la persona humana debe tener la precedencia sobre los intereses de las partes en conflicto. El principio de humanidad, inscrito en la conciencia de cada persona y pueblo, conlleva la obligación de proteger a la población civil de los efectos de la guerra.

d) Medidas contra quien amenaza la paz: las sanciones buscan corregir el comportamiento del gobierno de un país que viola las reglas de la pacífica y ordenada convivencia internacional o que practica graves formas de opresión contra la población. La verdadera finalidad de estas medidas es abrir paso a la negociación y al diálogo. Las sanciones no deben constituir jamás un instrumento de castigo directo contra toda la población: no es lícito que a causa de estas sanciones tengan que sufrir poblaciones enteras, especialmente sus miembros más vulnerables.

e) El desarme: la doctrina social propone la meta de un desarme general, equilibrado y controlado. El enorme aumento de las armas representa una amenaza grave para la estabilidad y la paz. El principio de suficiencia, en virtud del cual un Estado puede poseer únicamente los medios necesarios para su legítima defensa, debe ser aplicado tanto por los Estados que compran armas, como por aquellos que las producen y venden. Cualquier acumulación excesiva de armas, o su comercio generalizado, no pueden ser justificados moralmente; estos fenómenos deben también juzgarse a la luz de la normativa internacional en materia de no-proliferación, producción, comercio y uso de los diferentes tipos de armamento.

Las armas de destrucción masiva —biológicas, químicas y nucleares— representan una amenaza particularmente grave; quienes las poseen tienen una enorme responsabilidad delante de Dios y de la humanidad entera. Es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones.

f) La condena del terrorismo: el terrorismo es una de las formas más brutales de violencia que actualmente perturba a la Comunidad Internacional, pues siembra odio, muerte, deseo de venganza y de represalia. De estrategia subversiva, típica sólo de algunas organizaciones extremistas, dirigida a la destrucción de las cosas y al asesinato de las personas, el terrorismo se ha transformado en una red oscura de complicidades políticas, que utiliza también sofisticados medios técnicos, se vale frecuentemente de ingentes cantidades de recursos financieros y elabora estrategias a gran escala, atacando personas totalmente inocentes, víctimas casuales de las acciones terroristas. Los objetivos de los ataques terroristas son, en general, los lugares de la vida cotidiana y no objetivos militares en el contexto de una guerra declarada. El terrorismo actúa y golpea a ciegas, fuera de las reglas con las que los hombres han tratado de regular sus conflictos, por ejemplo mediante el derecho internacional humanitario. El terrorismo se debe condenar de la manera más absoluta. Manifiesta un desprecio total de la vida humana, y ninguna motivación puede justificarlo, en cuanto el hombre es siempre fin, y nunca medio. Es una profanación y una blasfemia proclamarse terroristas en nombre de Dios. Ninguna religión puede tolerar el terrorismo ni, menos aún, predicarlo.

            Así pues, es necesario trabajar incansablemente para evitar cualquier conflicto que pueda degenerar en un enfrentamiento violento y armado. Sin embargo, cuando éste sea inevitable, la piedad cristiana, basada más en la misericordia que en la justicia, ha de estar guiada por el Magisterio social arriba expuesto para evita toda humillación e inmoralidad contra los vencidos. Será siempre prioritarios construir puentes entre los hombres y mujeres del mundo entero, recordando la frase de Pio XII y repetida por los papas sucesivos: “Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra”.

Dios te bendiga



[1] GeV 1476
[2] MR1570 [204]

miércoles, 17 de enero de 2018

14. MISA PRO VOCATIONIBUS AD VITAM RELIGIOSAM


MISA POR LAS VOCACIONES A LA VIDA RELIGIOSA


            Tras el parón que las Navidades impuso y los ejercicios espirituales demandaron, volvemos re-abrir nuestra sección de los miércoles dedicada a comentar los 49 formularios que la sección de “Misas por diversas necesidades” nos ofrece, según la tercera edición del misal romano de Pablo VI. Sin más dilación, entremos en el tema de hoy:

I. Misterio

«Los sacerdotes y los educadores cristianos pongan un verdadero empeño en dar a las vocaciones religiosas, conveniente y cuidadosamente seleccionadas, nuevo incremento que responda plenamente a las necesidades de la Iglesia. Aun en la predicación ordinaria, trátese con más frecuencia de los consejos evangélicos y de las conveniencias en abrazar el estado religioso. Los padres, al educar a sus hijos en las costumbres cristianas, cultiven y defiendan en sus corazones la vocación religiosa. Es lícito a los Institutos divulgar el conocimiento de sí mismos para fomentar vocaciones y reclutar candidatos, con tal que esto se haga con la debida prudencia y observando las normas dadas por la Santa Sede y por el Ordinario del lugar. Tengan en cuenta, sin embargo, todos que el ejemplo de la propia vida es la mejor recomendación de su propio Instituto y una invitación a abrazar la vida religiosa» (PC 24). Para mejor estudiar este tema, establezcamos algunos puntos a seguir:


El don de la vocación religiosa

En otros artículos del blog se ha recordado con insistente empeño en que la vocación general de todo bautizado es la santidad. Todos estamos llamaos a ser santos, pero esa vocación puede vivirse de diversos modos, o dicho de otra manera, se concreta en formas de vida bendecidas y consagradas por el mismo Padre eterno. Una de estas formas de vivir la santidad es la vocación a la vida religiosa o consagrada, que se fundamenta en el bautismo cristiano y es la expresión más radical de la vivencia de éste. Así lo explican estas palabras del Concilio Vaticano II: «El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados —por su propia naturaleza semejantes a los votos—, con los cuales se obliga a la práctica de los tres susodichos consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial […]. Así, pues, la profesión de los consejos evangélicos aparece como un símbolo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana. Y como el Pueblo de Dios no tiene aquí ciudad permanente, sino que busca la futura, el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial» (LG 44).

Espiritualidad común a toda la vida religiosa y consagrada

Antes de pasar a estudiar cómo se puede vivir la consagración religiosa a través de sus diversas formas admitidas y aprobadas, conviene que planteemos algunos elementos comunes a las distintas formas de vida religiosa indicados por el Concilio Vaticano II que configuran una espiritualidad singular y fundamental a todas ellas. Dejemos que hable el mismo Concilio: «Ante todo, han de tener en cuenta los miembros de cada Instituto que por la profesión de los consejos evangélicos han respondido al llamamiento divino para que no sólo estén muertos al pecado, sino que, renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios. En efecto, han dedicado su vida entera al divino servicio, lo que constituye una realidad, una especial consagración, que radica íntimamente en el bautismo y la realiza más plenamente. Considérense, además, dedicados al servicio de la Iglesia, ya que ella recibió esta donación que de sí mismos hicieron. Este servicio de Dios debe estimular y fomentar en ellos el ejercicio de las virtudes, principalmente de la humildad y obediencia, de la fortaleza y de la castidad, por las cuales se participa en el anonadamiento de Cristo y a su vida mediante el espíritu. En consecuencia, los religiosos, fieles a su profesión, abandonando todas las cosas por El, sigan a Cristo como lo único necesario, escuchando su palabra y dedicándose con solicitud a las cosas que le atañen. Por esto, los miembros de cualquier Instituto, buscando sólo, y sobre todo, a Dios, deben unir la contemplación, por la que se unen a Él con la mente y con el corazón, al amor apostólico, con el que se han de esforzar por asociarse a la obra de la Redención y por extender el Reino de Dios» (PC 5).

Diversas formas de vida religiosa

«Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, de pobreza y de obediencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y recomendados por los Apóstoles y Padres, así como por los doctores y pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar estos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar formas estables de vivirlos. Esta es la causa de que, como en árbol que se ramifica espléndido y pujante en el campo del Señor partiendo de una semilla puesta por Dios, se hayan desarrollado formas diversas de vida solitaria o comunitaria y variedad de familias que acrecientan los recursos ya para provecho de los propios miembros, ya para bien de todo el Cuerpo de Cristo» (LG 43). Abordemos las distintas formas en que este frondoso árbol se ramifica:

1. Institutos de vida contemplativa: aquellos cuyos miembros se dedican solamente a Dios en la soledad y silencio, en la oración asidua y generosa penitencia, ocupan siempre, aun cuando apremien las necesidades de un apostolado activo, un lugar eminente en el Cuerpo Místico de Cristo, en el que no todos los miembros tienen la misma función. En efecto, ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos ubérrimos de santidad y le edifican con su ejemplo e incluso contribuyen a su desarrollo con una misteriosa fecundidad. De esta manera son gala de la Iglesia y manantial para ella de gracias celestiales (cf. PC 7).

2. Institutos de vida apostólica: clericales o laicales, dedicados a diversas obras de apostolado, que tienen dones diversos en conformidad con la gracia que les ha sido dada; ya sea el ministerio para servir, el que enseña, para enseñar; el que exhorta, para exhorta; el queda, con sencillez; el que practica la misericordia, con alegría. La acción apostólica y benéfica en tales Institutos pertenece a la misma naturaleza de la vida religiosa, puesto que tal acción es un ministerio santo y una obra de caridad propia de ellos, que la Iglesia les ha encomendado y que han de realizar en su nombre. Por lo mismo, toda la vida religiosa de sus miembros ha de estar imbuida de espíritu apostólico, y toda su actividad apostólica ha de estar, a su vez, informada de espíritu religioso, La acción apostólica y benéfica en tales Institutos pertenece a la misma naturaleza de la vida religiosa, puesto que tal acción es un ministerio santo y una obra de caridad propia de ellos, que la Iglesia les ha encomendado y que han de realizar en su nombre. Por lo mismo, toda la vida religiosa de sus miembros ha de estar imbuida de espíritu apostólico, y toda su actividad apostólica ha de estar, a su vez, informada de espíritu religioso (cf. PC 8).

3. La vida religiosa laical: tanto de hombres como de mujeres, constituye un estado completo en sí de profesión de los consejos evangélicos. Por ello, el Sagrado Concilio, teniéndola en mucho a causa de la utilidad que reporta a la misión pastoral de la Iglesia en la educación de la juventud, en el cuidado de los enfermos y en el ejercicio de otros ministerios, alienta a sus miembros en su vocación y les exhorta a que acomoden su vida a las exigencias actuales (cf. PC 10).

4. Los institutos seculares: aunque no son Institutos religiosos, realizan en el mundo una verdadera y completa profesión de los consejos evangélicos, reconocida por la Iglesia (cf. PC 11).

II. Celebración

Para la celebración de esta misa, el misal romano en su tercera edición nos propone un formulario eucológico de nueva creación que debe usarse conforme a las normas ya tratadas que rigen las misas por diversas necesidades. Pueden usarse ornamentos de color blanco o del tiempo. Con este formulario se aconseja usar la segunda plegaria por diversas necesidades (D2) o bien, usarse con el prefacio de la profesión religiosa y las plegarias I, II o III.


El formulario nos ofrece una doble oración colecta: la primera puede ser usada por cualquier ministro, mientras que la segunda solamente por un presbítero perteneciente al clero regular (que sea religioso). La primera colecta recoge la teología renovada del Concilio Vaticano II en cuanto que la santidad (= caridad perfecta) es la vocación común para todos los fieles, pero solo muchos son llamados a vivirla desde la profesión de los consejos evangélicos, la mejor forma de “seguir las huellas de Cristo” y “signo del reino” ante el mundo y la Iglesia. La segunda colecta habla de la orden religiosa concreta como familia de Dios y reafirma que el ideal de la vida religiosa no es sino la “caridad perfecta” y el trabajo “por la salvación de los hombres”.

La oración sobre las ofrendas trae, a manera de gracia que se demanda, la idea de comunión fraterna y la libertad de espíritu, dos elementos necesarios para imitar a Cristo por la puerta estrecha, único acceso a la salvación. Para la oración de después de la comunión se ofrecen dos distintas con las mismas indicaciones que las dos colectas anteriores: la primera invita a los religiosos a ser imagen viva de Jesucristo; mientras que la segunda acentúa la idea del servicio perseverante que el religioso debe ofrecer: testimonio del amor de Dios al mundo y la búsqueda incesante de los “bienes que no perecen”.

Para los textos bíblicos este formulario ofrece: de cara a la antífona de entrada, Mt 19,21 donde se recuerda la exhortación de Jesús al joven rico a abandonar las seguridades vendiendo todo lo que tiene, dando ese dinero a los pobres, para mejor seguirlo en el total desasimiento. Para la antífona de la comunión, se usa el siguiente Mt 19, 27-29 donde se recuerda que la única riqueza de la vida religiosa es Cristo mismo, el ciento por uno que se obtiene al dejarlo todo por Él.

III. Vida


            Una vez analizado el formulario litúrgico, estamos en condiciones de establecer algunos puntos que pueden ayudarnos a valorar este género de vida singular dentro de la Santa Iglesia.

1. Una vida para seguir las huellas de Cristo: es lo propio de la vida religiosa y consagrada. Hacer de la vida una continua búsqueda del rostro de Dios. Vivir en la tensión del que sigue las huellas del Amado. Unas huellas que se hallan en el santo Evangelio, en la comunidad de hermanos, en la liturgia de la Iglesia, en la oración, reparación, inmolación, etc. El religioso en sus diversas formas, carismas y actitudes, es testigo del Resucitado y cifra toda su vida y existencia en ir en pos de Él. Buscan agradarle en todo para que el Señor se sienta complacido, amado y reparado en las ofensas.

2. “Imitar con alegría a tu Hijo por la senda estrecha”: esta frase, recogida de la oración sobre las ofrendas, me parece que es un perfecto resumen del ideal concreto de la vida religiosa. La obsesión del religioso debe ser la de imitar a Cristo con alegría, seguir sus pasos, pensar como Él, vivir como Él, amar como Él. Tener a Jesús como modelo de humanidad nueva en virtud de su Encarnación. Pero el seguimiento alegre del Señor no se puede realizar de cualquier modo, sino por la senda estrecha, que es el camino seguro al cielo. La senda estrecha supone en el religioso un morir cada día  a uno mismo en aras de la comunidad; la senda estrecha es la vivencia radical de los consejos evangélicos y aceptar todo lo que supone la consagración sin ideologías ni prejuicios sin gustos personales u opciones rocambolescas.

3. Lo que aporta un religioso al mundo de hoy: el religioso o consagrado tiene mucho que decir al mundo en que desarrolla la vida. Y debe hacer sin tardanza, al menos, con estos tres aportes:

Ø  Dar testimonio del amor de Dios al mundo: los religiosos en todas sus funciones y carismas ponen ternura y amor en medio de este mundo de soledades y escepticismos. En una sociedad que rechaza el sufrimiento como lugar de encuentro y de gozo, los religiosos son capaces de humanizar las situaciones más inhumanas. Colegios, cárceles, hospitales, países pobres no pueden verse desnudos de religiosos a riesgo de que quienes los habitan se topen con la amargura, la dureza y la dureza del mundo, o lo que es aún peor, irse de este mundo sin ver una sonrisa o una simple muestra de piedad.  

Ø  Relativización de los bienes materiales: los religiosos y consagrados han de ser para el mundo signo profético de las realidades celestiales a las que aspiramos ya en esta vida. Ante un mundo afanado en el tener y el poseer, en el acumular sin límites, la vida religiosa, mediante el voto de pobreza, es profecía viva de que los bienes de este mundo desaparecerá cuando nuestra única riqueza sea Dios mismo. Frente al afán de autonomía e individualismo del hombre de hoy que no admite reglas ni nada que pueda coartar su libertad, el voto de obediencia nos recuerda que, en definitiva, todos estamos unidos a una voluntad divina y superior a nosotros mismos que, respetando nuestra libertad e individualidad, dirige nuestra vida  con su providencia hacia la consumación final cuando todo se someta al dominio y señorío de Cristo. Cuando la sociedad se ha vuelto pansexualista, y la erótica del cuerpo nos asalta por todos lados, la virginidad y la castidad son el contrapunto a este coro mundano que nos recuerda la altísima dignidad del cuerpo humano y nuestra responsabilidad de cuidarle y respetarle como templo del Espíritu Santo.

Ø  Libertad de espíritu: aparentemente hoy, cuando la libertad es un valor en alza, nunca la sociedad ha estado tan esclava de sí misma, de la corrección política o de la tecnología. Lo que se nos presentaban como garantes de nuestra libertad de movimiento o de expresión a la larga nos ha hecho esclavos y siervos de ellos mismos. Los religiosos y consagrados, viviendo en plenitud el desasimiento de ellos mismos y de las cosas de este mundo por la profesión de los consejos evangélicos, gozan de una libertad sin límites que no se ve coartada por nada ni nadie. Nunca se es más libre que cuando se vive para adorar y hacer compañía a nuestro Dios. La libertad de espíritu es la forma más alta de libertad ya que éste no puede ser ni aprehendido ni ser clausurado por nadie.

Así pues, solo queda por nuestra parte estimar y querer la vida religiosa que “aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo de manera indiscutible, a su vida y santidad” (LG 44d). Gracias, hermanos religiosos, por vuestro testimonio y entrega. Animaos a ser cada vez más fieles a vuestro carisma y a vuestro compromiso ante el Señor. La Iglesia os necesita para seguir siendo profecía en el mundo, no se puede permitir, por tanto, ver la sangría de vocaciones que en las diversas órdenes, sobre todo en las históricas, se esta dando. Es un drama que nos afecta a todo. ¿Cómo hemos llegado hasta aqui? ¿Cómo se ha permitido esta situación calamitosa? No es a mí a quien le toca dar respuesta, sino simplemente apuntar a los datos objetivos que la realidad nos muestra: el cierre de noviciados y casas de formación, la reducción de provincias y de conventos o monasterios, una vida religiosa que a la vez que merma en España o Europa crece exponencialmente en países del tercer mundo. Por doquier vemos religiosos  que han perdido el norte de su vocación y carisma rechazando, incluso, las enseñanzas de la Iglesia y cuestionando a sus fundadores. Asistimos impertérritos al espectáculo bochornoso de monjas mediáticas que pasan más tiempo ante las cámaras que en la intimidad del claustro.

Sin embargo, también es cierto que de unos años para acá, el Espíritu ha suscitado nuevas formas de vida religiosa que volviendo a lo más prístino y tradicional de la índole religiosa ven crecer sus miembros de una manera milagrosa dando gloria a Dios y a la Iglesia. Es curioso que en un mundo donde brilla el hedonismo en su esplendor y el laxismo moral se respira como una peste, sean los conventos y congregaciones más tradicionales y rigurosas las que ven como cada día Dios bendice su entrega y testimonio con abundantes vocaciones.

Así pues, démonos, todos, a la reflexión, y pensemos que debemos hacer para que la llama de la vida religiosa y consagrada no se apague en nuestro mundo ni en nuestra Iglesia.

Dios te bendiga

viernes, 27 de octubre de 2017

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro». Tomada del salmo 104, versículos del 3 al 4. Una constante de la vida cristiana es la incesante búsqueda de Dios. El cristiano siente premura por ver el rostro de su Dios. Esta búsqueda esta tejida por el anhelo y la alegría. La celebración de la Eucaristía nos ofrece un lugar propicio para encontrarnos con el Señor. Iniciemos, pues, la santa misa haciendo nuestras estas palabras del salmo “que se alegren los que buscan al Señor”.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para que merezcamos conseguir lo que prometes, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor, Jesucristo». Ha estado presente en todas las fuentes de la tradición litúrgica: compilación veronense (s. VIII), los sacramentarios gelasianos y en el misal romano de 1570. No así en el gregoriano. Esta oración vuelve a poner de manifiesto las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad como los medios de gracia necesarios para amar a Dios, buscar su voluntad y quererla para nosotros. La fe en Dios que nos llama a servirle, la esperanza en Dios para fiarnos de su poder; y la caridad que se vive, en este caso, como amor incondicional a Dios y a todo aquello que nos pida.

Oración sobre las ofrendas

«Mira, Señor, los dones que ofrecemos a tu majestad, para que redunde en tu mayor gloria cuanto se cumple con nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. El ministerio sacerdotal es la causa instrumental que hace posible que la substancia del pan y del vino sea, realmente, substancia del cuerpo y sangre del Señor, esto es, la transubstanciación. Pero, como ya dijimos en otras ocasiones, la realización de los sacramentos es, en último término, para glorificar y alabar a Dios.

Antífonas de comunión

«Que nos alegremos en tu salvación y glorifiquemos el nombre de nuestro Dios». Tomada del salmo 19, versículo 6. En línea con lo antes dicho en la antífona de entrada, la alegría del encuentro con Dios haya su cenit en el momento de la comunión sacramental, donde la salvación se hace comida y alimento espiritual.

«Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación de suave olor». De la Carta del apóstol san Pablo a los Efesios, capítulo 5, versículo 2. Cristo nos amó y se entregó por nosotros, hoy, en forma de pan y de vino. Este es el sacrificio agradable que ofrecido a Dios Padre, Éste nos los devuelve como comida de salvación, para que imitando la obra de Cristo, también nosotros nos ofrezcamos como “oblación de suave olor”.

Oración de después de la comunión

«Que tus sacramentos, Señor, efectúen en nosotros lo que expresan, para que obtengamos en la realidad lo que celebramos ahora sacramentalmente. Por Jesucristo, nuestro Señor». Salvo la compilación veronense, esta oración está presente en lo sacramentarios gelasianos y gregorianos, así como en el misal romano de 1570. Este texto concentra en si aquello que dijo san León Magno en una homilía: “que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios” (Sermo 74,2). Sacramentalmente actualizamos lo que hace dos mil años Jesús hacía en este mundo a través de su verdadera humanidad. En los sacramentos es el mismo Cristo quien, hoy, bautiza, unge, acompaña al enfermo, nos da su cuerpo y sangre, etc. Así, la gracia que invisiblemente expresan es la que actúa en nosotros.

Visión de conjunto


            Cuando leemos el Evangelio o escuchamos los más bellos pasajes donde se narran los prodigios realizados por Dios a lo largo de la Historia de la Salvación, seguramente, no podemos evitar el sentir algún pequeño atisbo de nostalgia y pensamos “¿Quién pudiera haber estado allí?”, “¿Quién pudiera haber gozado de escuchar directamente a Jesús?”, etc. Pero… y si te dijera que eso es posible, que no es difícil volver a estar donde Dios se manifestó. Hoy esto es posible gracias a los sacramentos, acontecimientos de gracia que contienen, significan y expresan las gracias que Dios nos da tal como un día se contenían en los prodigios realizados. Con estas palabras lo ha expresado el Catecismo de la Iglesia Católica: “las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque "lo [...] que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios" (San León Magno, Sermo 74, 2)” (1115).

            Pues bien, estos sacramentos y, en general, todas las acciones litúrgicas; tienen la capacidad y el poder de hacer traer al momento presente la fuerza salvífica de los acontecimientos obrados por Dios en el pasado. A esto lo llamamos “actualización de los misterios” o lo que es lo mismo “el memorial”. Para entender esto leamos un texto de Ezer Weizman, primer presidente de Israel: “[…] Pero en cada generacion, todo judío debe considerar como si el mismo hubiera estado allí, en las generaciones y en los lugares y en los acontecimientos que lo antecedieron. […] Y yo, que nací de la simiente de Abraham y en su tierra - he estado presente en cada una de ellas. Fui esclavo en Egipto y recibí la Tora en el Monte Sinaí, junto a Josué y Elías cruce el rio Jordán. Entré a Jerusalén con David y fui exiliado de ella con Sedecías; y no la olvide junto a los ríos de Babilonia, y al hacer realidad Dios el retorno a Sion, estuve entre los soñadores que reconstruyeron sus muros. Luche contra Roma y fui expulsado de España; me quemaron en las hogueras en Maguncia, la Mainz actual; y estudié Tora en el Yemen, mataron a mi familia en Kishinev, y fui incinerado en Treblinka y me rebelé en Varsovia y retorné a la Tierra de Israel, mi tierra de la cual fui exiliado y en la que nací; de allí vengo y a ella regresaré”.


            También podemos decir nosotros que “estuvimos allí”: estuvimos en Nazaret y estuvimos en Belén; nos sentamos a los pies de la montaña para oir el discurso de Cristo, le vimos curar leprosos y cojos, dar la vista a los ciegos y expulsar a los demonios; cuando entró triunfalmente en Jerusalén, también nosotros entramos con él, junto a su lado nos sentamos en el cenáculo y su sudor de sangre recogimos en Getsemaní; le acompañamos en el pretorio y en el sanedrín; junto a María y a Juan le vimos morir en la cruz y con la Magdalena le contemplamos glorioso en la mañana de la Resurrección; convivimos cuarenta días de Pascua con Él hasta que habiendo sido subido al cielo ante el asombro de los ángeles y el nuestro, en la festiva Jerusalén nos dio el Espíritu Santo. Y en todo esto, repetimos, nosotros estuvimos allí. Y estamos cada vez que lo celebramos y actualizamos en los sacramentos y en la liturgia.

            Mejor expresado lo contiene este número del Catecismo de la Iglesia que recomiendo leer con detenimiento por su densidad y belleza: “en la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida” (1085).

            Y esa misma vida es la que se nos anticipa y regala en cada acción sacramental. De este modo, y en conclusión, podemos estar firmemente persuadidos de que la recepción de los sacramentos es el camino mejor y más seguro para llegar a Dios. Podemos comprender que los sacramentos son, ante todo, lugares del encuentro con Jesucristo. Un encuentro mediado por signos y símbolos pero que reportan en nosotros las gracias que necesitamos para una vida cristiana sana y fructuosa.

Dios te bendiga

miércoles, 25 de octubre de 2017

4. MISA PRO ELIGENDO PONTIFICEM VEL EPISCOPUM


MISA PARA ELEGIR UN PAPA O UN OBISPO


I. Misterio

            Después de estudiar ¿qué es un papa? Y ¿qué es un obispo? Según la mente de la lex orandi, esto es, los textos oficiales de la liturgia. Ésta misma pretende hoy enseñarnos ¿Cómo se elige a cada uno de ellos? O dicho de otra manera ¿Qué ora la Iglesia durante la sede vacante en la espera de un nuevo papa o un nuevo obispo?

            Ante todo, y a pesar de lo que los datos históricos señalan, la elección del papa o del obispo es una cuestión de naturaleza eclesiástica. Pero hay una diferencia, que el que se elige para la sede de Roma no es solo el obispo de dicha urbe sino también un jefe de Estado con gran influencia política en el mundo mientras que al elegir al obispo local solo afecta a un territorio concreto con escasa incidencia política; por eso veremos, someramente, el proceso elector de ambos por separado.

1. Elección del papa

            En los primeros siglos la elección del obispo de Roma no se distinguía de la del resto de obispos en otras iglesias: elección por parte del presbiterio local y aprobación del pueblo por aclamación. Será con la oficialización del cristianismo cuando el poder civil comience a intervenir en dichas elecciones. La primera intervención fue para la elección del papa san Dámaso. Para evitar estas interferencias, el sínodo romano del 499 dispuso que los electores solo fueran clérigos, aunque no valió de nada.

            A partir del s. VI el emperador de oriente se arroga el derecho de confirmación del Papa electo. A mediados del s. VII el papado comienza a desligarse de oriente y vuelve su mirada y dependencia al rey de los francos. Será el papa Pablo I (757-767) el primero en volver a solicitar la confirmación de su elección al rey franco-carolingio siendo esto ya una práctica asumida y ejercida a partir del s. IX.

            Desde entonces, fueron varias las familias feudales las que se disputaban el control en la elección papal. El emperador alemán Otón I reclamó para sí el derecho de confirmación de los nombramientos pontificios y, por tanto, la elección papal requeriría el “placet” del emperador, hasta el punto de que no podía ser consagrado hasta recibir la confirmación del emperador y haberle jurado fidelidad. En los siglos sucesivos volvió a repetirse el mismo procedimiento. La elección papal oscilará entre la directa intervención del poder imperial y el abandono de la elección en manos de los clanes feudales familiares.  

            La reforma gregoriana irá encaminada a regular la elección pontificia para evitar interferencias políticas. La elección recaería sobre un reducido grupo de clérigos, el colegio cardenalicio. El papa Nicolás II, en el decreto Praeduces sint dispone que “a la muerte del pontífice de esta Iglesia romana universal, ante todo los cardenales – obispos tratarán sobre la elección de su sucesor, según examen hecho en común, con extrema diligencia; luego, se unirán a ellos los cardenales- presbíteros y, finalmente, el resto del clero y el pueblo darán su consentimiento a la designación del elegido. De este modo -  y con el fin, sobre todo de que el mal de la vanidad no se presente en cada ocasión – los hombres religiosos serán los guías de la elección del nuevo pontífice y los demás le seguirán” (Decreto 120). Como vemos, este decreto no incluye la intervención del poder temporal lo que da a suponer que no tuvo una fácil aplicación. A esta normativa, que es un avance bastante notable en la regulación de la elección, aún le faltaba por salvar un escollo. El sujeto de la elección son los cardenales, pero ¿Qué mayoría de votos es necesaria para que la elección sea válida?

            Las sucesivas legislaciones irán perfilando el sistema de elección: 1. La mayoría necesaria: fue fijada en el Concilio I de Letrán (1179) en el canon  primero donde se exigía una mayoría de dos tercios de los cardenales integrantes del colegio electoral. 2. Salvar los interregnos: un interregno es el periodo de tiempo entre la muerte del papa y la elección del siguiente, es lo mismo que la sede vacante. Hubo periodos de incluso tres años de sede vacante. El papa Gregorio X, en el Concilio II de Lyon (1274), impuso el sistema de cónclave por la constitución “Ubi periculum”. La palabra “cónclave” viene de dos vocablos unidos: “cum” + “clavis”: cerrado con llaves. Se imponía un régimen sobrio de comida y alojamiento y a medida que pasaba el tiempo y no se elegía al Papa se iba reduciendo las raciones de comida. Una situación realmente dura. El papa Nicolás III lo abolió y viendo su fracaso, el papa Celestino V lo restituyó.

            La situación se mantuve más o menos sin cambio hasta Gregorio XV quien estableció tres formas de elección papal: 1. Por escrutinio, con dos votaciones al dia y con la mayoría de 2/3 de los electores; 2. El compromiso, si no había acuerdo, la elección se dejaba en manos de unos compromisarios designados por los cardenales. 3. Aclamación unánime. Y damos un salto en el tiempo hasta la última reforma de san Juan Pablo II con la constitución Universi Dominici Gregis (1996). Este último documento dispone: que se garanticen las condiciones de incomunicación con el exterior, las votaciones tendrán lugar en la Capilla Sixtina, los cardenales electores se alojarían en un edificio distinto a los palacios apostólicos, en la, entonces en construcción, “Casa Santa Marta”. Se suprimen la elección por compromiso y por aclamación. La mayoría necesaria es la de dos tercios de los electores. Una vez elegido al candidato se le pregunta si acepta la elección y cómo quiere ser llamado. Luego se queman los votos y se produce la conocida “fumata” de color blanco. Más tarde, tiene lugar la aclamación del pueblo desde el balcón de la logia de san Pedro.


2. Elección del obispo

            La elección de los obispos seguirá un procedimiento similar a lo largo de la historia: o bien el papa elige o refrenda y se hará necesaria la confirmación del poder civil. El Concilio I de Nicea (325) dispuso en el canon 4 que el obispo fuera nombrado por los obispos de la provincia, siendo el arzobispo metropolitano quien confirmara la elección y lo ordenara. El clero y el pueblo solo debía dar testimonio de su idoneidad y aclamarlo tras la elección, como expresión de júbilo.

            En la España visigoda, el canon 6 del XII Concilio de Toledo (681) otorgaba al monarca el derecho de designación de todos los obispos  del reino y al metropolita de Toledo la potestad de ordenarlos. En Francia ocurrió lo mismo. En Alemania, Otón I se reservó el derecho a los nombramientos episcopales. Mención aparte merece la cuestión de las Investiduras. Se trata de un conflicto entre el papado y el emperador a cuenta de las elecciones episcopales. Concluyó con el concordato de Worms (1122) firmado entre Calixto II y Enrique V. El Concilio III de Letrán (1179) exigió que los candidatos al episcopado tuvieran treinta años de edad. Con el IV Letrán (1215) la elección episcopal quedaba en manos de los cabildos.

            Damos un salto en el tiempo hasta la época actual. La disciplina se encuentra recogida en el canon 377 del Código de Derecho Canónico: “El Sumo Pontífice nombra libremente a los Obispos, o confirma a los que han sido legítimamente elegidos”. Se realiza por el procedimiento de ternas, esto es, al Papa se le presentan tres candidatos y él elige a uno de ellos.

            El periodo que acece entre la elección y la ordenación, se denomina Sede Vacante. Qué orar y pedir a Dios en este tiempo lo veremos a continuación.


II. Celebración

La tercera edición del misal romano (2002) nos ofrece un solo formulario para esta misa. Salvo la oración colecta, que es de nueva creación, la oración sobre las ofrendas y la de poscomunión han sido tomadas del misal romano de 1570 con algunas variaciones léxicas o semánticas.

La oración colecta está centrada en el gobierno de la Iglesia, del cual el obispo es el máximos responsable, sobre todo, si se trata del obispo de Roma, o sea, el Papa. Este pastor que ha de ser elegido debe agradar a Dios y ayudar a los fieles en el progreso espiritual. La oración sobre las ofrendas[1] indica que el amor de Dios por su pueblo es el que nos concederá el pastor que necesitamos para presidir los santos misterios. La oración para después de la comunión[2] sigue en la misma línea que la anterior indicando que es la gracia divina la que envía a su Iglesia un pastor para que la edifique y la ilumine exponiendo la Verdad del Evangelio.

Los textos bíblicos del formulario, esto es, las antífonas, han sido tomados del primer libro de Samuel, capítulo dos, versículo treintaicinco, para la antífona de entrada, donde se profetiza un pastor que Dios suscitaría para obrar según sus inspiraciones dándole una estabilidad. Y para la antífona de comunión, encontramos el capítulo quince, versículo dieciséis del evangelio de Juan en que se nos recuerda el mandato misionero de los pastores, enviados por Cristo para dar frutos perdurables.   


III. Vida

Una vez analizado el formulario de esta misa y destiladas las líneas teológicas que nos ofrece, extraigamos las conclusiones morales o existenciales para una vivencia mejor de estas situaciones coyunturales que cada cierto tiempo irrumpen en la vida de la Iglesia.

En primer lugar, este formulario nos recuerda que la elección de un papa o un obispo es algo importante en la Iglesia por las consecuencias directas que tiene en la marcha del Pueblo de Dios. Luego será necesario recurrir e invocar a “su misericordia infinita” (o. col.) para que los electores tengan buen tino en su propósito. De hecho se recomienda que mientras dura el periodo de sede vacante la Iglesia universal o diocesana se ponga en estado de oración insistente para que el Espíritu Santo derrame su gracia septiforme sobre los encargados de la elección, sobre el candidato que Dios tiene preparado y sobre el pueblo que se le encomendará para que lo acepte con docilidad y espíritu filial.

En segundo lugar, este formulario nos ha recordado también que el elegido para pastorear a la grey es, ante todo, fruto de la providencia divina, de “la admirable gracia de tu majestad” (o. posc.), concesión de “la abundancia de tu amor” (o. obl). Lo cual implica que en nosotros debe despertarse un sentimiento grande de acción de gracias a Dios y de generosa docilidad. Máxime, si tenemos en cuenta que este pastor elegido es el eslabón de una cadena ininterrumpida que nos une con la Iglesia apostólica y, por tanto, con el mismo Jesucristo.

En tercer lugar, el pastor que ha de ser elegido tiene la grave tarea de construir con nosotros, el pueblo, la Iglesia peregrina en este mundo. Junto al resto de obispos del mundo entero y bajo la guía del sucesor de Pedro, lo que llamamos “Colegio espicopal” tiene del deber de mirar solícitamente por la Iglesia universal. Pero para cada obispo, esa misma Iglesia universal se concreta en las Iglesias particulares o diócesis donde estos tienen una potestad inmediata y ejecutiva. Edificar la Iglesia, pues, es una tarea conjunto en la cual el obispo es el guía que marca el modo de hacerlo.

Por último, los fieles tenemos que abrir el corazón y ser dóciles a la iluminación del Espíritu Santo. Si los obispos son mensajeros y heraldos del Evangelio, a nosotros nos corresponde recibirlo con obediencia filial sabiendo que quien a ellos escucha, escucha al mismo Cristo, tal como lo recordó el Concilio Vaticano II: “Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió (cf. Lc 10,16)” (LG 20).

Tengamos presente todas estas cosas para que en los periodos de sede vacante, oremos insistentemente a Dios para que nos mande un pastor según el Corazón de Cristo, el único y fiel Buen Pastor.

Dios te bendiga



[1] MR1570 [1153] con algunas variaciones léxicas.
[2] MR 1570 [890] para el cuerpo central (aitesis) de la oración.