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viernes, 1 de septiembre de 2017

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan». Salmo 85, versículos del 3 al 5. Invocar al Señor debe ser una constante en la vida cristiana. Es un acto de fe importante y ¿dónde mejor invocarle que en la santa misa? Pues, efectivamente, a ello nos invita esta antífona de entrada: a entrar decididos en la presencia insondable de aquel que es bueno y clemente y rico en misericordia.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor a tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del misal romano de 1570. La perfección, como como deseo y aspiración del hombre, es la clave para entender las peticiones que esta breve oración contiene: 1. Infundir el amor al nombre de Dios; 2. Alimentar el bien y conservarlo. Solo quien busca en su vida amar a Dios y custodiar este amor como una llama interior va, poco a poco, acercándose a la perfección del Padre, esto es, a ser santo.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, que esta ofrenda santa nos alcance siempre tu bendición salvadora, para que perfeccione con tu poder lo que realiza en el sacramento». Presente en los gelasianos antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Es una oración con claro sentido proléptico (futuro), es decir, la ofrenda santa no es el pan y el vino sino el mismo Señor Jesucristo el único bendito y la bendición misma capaz de alcanzar del trono del Padre la perfección que por nuestros solos medios no podemos obtener.

Antífonas de comunión

«Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen». Del salmo 30, versículo 20. En el momento de recibir la comunión sacramental, cuando contemplamos la blanca Hostia que vamos a comulgar, recordamos la bondad inmensa de Dios que nos tiene preparado siempre un manjar celestial al que nos acercamos por puro amor y reserva divinos.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Del evangelio según san Mateo, capítulo 5, versículos del 9 al 10. Trabajar por la paz en muchas ocasiones conlleva el ser perseguido, incomprendido o denostado por eso esta antífona nos recuerda que solo recibiendo este alimento de vida, el pan de los fuertes, podremos seguir trabajando con denuedo por la consecución de la paz y la vivencia plena de las Bienaventuranzas.

Oración para después de la comunión

«Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Encontramos un eco de la teología de los dos altares: del altar del cielo al altar de la tierra. En el altar de la tierra se realiza y actualiza en el tiempo lo que en la Jerusalén celeste se celebra eternamente. De ahí que la sagrada Hostia no es otra cosa que el alimento del cielo del que disfrutan los ángeles y los santos que ya están en el altar del cielo.


Visión de conjunto

La perfección es un atributo referido solamente a Dios, pues es el único ser acabado que no posee defecto alguno y del cual emanan en resto de perfecciones del mundo. Santo Tomás de Aquino, al esbozar sus cinco vías para la existencia de Dios formuló la cuarta tal que así: “Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas Según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice lo más caliente de lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa del calor de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”.

Antes de seguir debemos hacer una aclaración: las vías de santo Tomás de Aquino no son pruebas que necesariamente remitan a la existencia del Dios judeo-cristiano. Sino que son “pruebas apodícticas”, es decir, que si se siguen podemos llegar a conocer la existencia de un ser supremo, principio y fin de todo cuanto ha existido, existe y existirá pero para que este sea el Dios único y verdadero se necesita la luz de la fe y el testimonio de la revelación.

Así pues, retomando el tema de la cuarta via, podemos decir que hay en las cosas perfecciones transcendentales realizadas en diversos grados, como la perfección de bondad, de verdad, de nobleza y otras”. Hay otras que no admiten grados.

a) Primer grado de la vía: Una perfección realizada en diversos grados es necesariamente causada: las perfecciones como la bondad, verdad, nobleza, etc, por lo mismo que existen participadas en diversos grados tienen que ser causadas por otro ser que posea esas perfecciones en máximo grado.

b) Segundo grado de la vía: quien tiene en máximo grado una perfección pura, es causa de esta perfección en todos aquellos que la poseen en grado inferior: tener una perfección en máximo grado es tenerla por esencia y de un modo fragmentario es poseerla por participación. Este sujeto que la posee por esencia no puede ser más que uno y único.

c) Término final de la vía: Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”: Así pues, nos encontramos con un ser que es: 1) Superior, perfectísimo, infinito, porque es la plenitud de ser, de verdad, de bondad y de nobleza; 2) Principio y causa de todas las cosas, porque en todas causa el ser, la bondad y las demás perfecciones. Luego existe Dios.

Es la vía por excelencia, ya que en ella se da el paso del ente al ser y de éste al Ser. Parte de la experiencia empírica. Se ve que las criaturas son más o menos perfectas (buenas, verdaderas, nobles, etc.). Por esto, debe existir algo que es en grado máximo bueno, verdadero, y por tanto, perfecto. Este ser es Dios y es perfecto y máximo también en el ser. Es causa de las perfecciones del resto de entes.

Buscar la perfección es un mandato del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Y si antes hemos dicho que Dios es la causa última de todas las perfecciones, solo en la medida que tengamos contacto con Dios y descubramos la acción de su gracia en nosotros iremos adquiriendo esa misma perfección.

Perfección es sinónimo de santidad. Los cristianos no estamos llamados a ser buenas personas, sino a ser santos como Dios es santo. Y para ser santo solo una cosa es necesaria: buscar el hacer la voluntad de Dios cada día de nuestra vida. Pues ánimo, pídelo y búscalo.

Dios te bendiga


viernes, 19 de mayo de 2017

DOMINGO VI DE PASCUA




Antífona de entrada

«Anunciadlo con gritos de júbilo, publicadlo y proclamadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha rescatado a su pueblo”. Aleluya». Inspirada en Isaías 48, versículo 20. De todos los pensamientos espirituales que pueden surgir en este tiempo litúrgico, ninguno como el de hoy resumen tan acertadamente la gran hazaña obrada por Cristo: la Pascua es la consecuencia del rescate; es el tiempo para gozarnos y recrearnos en la victoria de Cristo sobre el pecado, el demonio y la muerte. Los cristianos, pues, este domingo tenemos una gran noticia que dar al mundo: hemos sido arrebatados de las garras del mal gracias a la generosa entrega de nuestro Señor Jesucristo.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con fervor sincero estos días de alegría en honor del Señor resucitado, para que manifestemos siempre en las obras lo que repasamos en el recuerdo. Por nuestro Señor, Jesucristo». De nueva incorporación. Es un domingo para recordar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros; recordar que nos ha dado una vida nueva, ha devuelto la vida a la creación entera, nos ha hechos mujeres y hombres nuevos. El sexto domingo de la pascua, cuando estamos a las puertas de la solemnidad de la Ascensión, nos permite repasar cuántos dones hemos recibido en estos días santos. Siempre es aconsejable que los cristianos nos paremos a pensar, de vez en cuando, los momentos en que Cristo se ha hecho presente en nuestras vidas para ser fieles a Él en el futuro.

Oración sobre las ofrendas

«Suban hasta ti, Señor, nuestras súplicas con la ofrenda del sacrificio, para que purificados por tu bondad, nos preparemos para el sacramento de tu inmenso amor. Por Jesucristo, nuestro Señor». Es una oración creada a partir de fragmentos precedentes en todos los sacramentarios romanos, mientras que la segunda parte del texto se encuentra en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Tres ideas se concitan en este breve texto: 1. Siguiendo el salmo 140, queremos que nuestra oración suba a la presencia de Dios con el alzar de nuestra manos, como incienso a la hora de la tarde; 2. El sacrificio que ofrecemos es, eminentemente, expiatorio y purificador; 3. Tiene como fin prepararnos para recibir el gran sacramento del amor, pues el pan y el vino que presentamos sobre el altar serán para nosotros el pan de la vida eterna y el cáliz de la salvación perpetua.

Antífona de comunión

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, dice el Señor. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. Aleluya». Tomada del capítulo 14 del evangelio de Juan, versículos 15 al 16. Como un eco del evangelio de este domingo, este texto nos sitúa en una nueva perspectiva del misterio eucarístico. Es indudable que la Eucaristía es el Cuerpo santísimo de nuestro Señor Jesucristo, pero no podemos olvidar que esto solo es posible por la acción del Espíritu Santo. Esto se debe  a lo que en teología se denomina la “ley fundamental de la trinidad” según la cual todo le es común a las personas divinas excepto la relación por oposición “omniaque sunt unum ubi non obviat relationis oppositio” (Concilio de Florencia, DH 1330).

No hay obra de las personas divinas que, aun siendo propias de cada una no estén involucradas las otras dos. Toda obra trinitaria, aunque se atribuya a una de las Personas, las otras dos también están presentes. Si esto es así, será lógica, pues, concluir que, de alguna manera, al comulgar con el Cuerpo santísimo del Señor, también estamos comulgando con el Padre y el Espíritu Paráclito. Por eso, al recibir la comunión sacramental recibimos la fuerza del Espíritu Santo para poder guardar los mandamientos divinos.

Oración de pos comunión

«Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has renovado para la vida eterna, multiplica en nosotros los frutos del Misterio pascual e infunde en nuestros corazones la fortaleza del alimento de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor». Está presente en los sacramentarios gelasianos antiguos (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX), sin embargo el cuerpo central de la oración es de nueva creación. La oración es el colofón de los temas expuestos anteriormente. El recuerdo del efecto de la muerte y resurrección del Señor en nosotros, que místicamente se han actualizado en esta celebración eucarística, debe avivar en el corazón de los fieles los deseos más profundos de vivir en consonancia con ellos, es decir, ser coherente con lo que Él ha hecho por nosotros.

Visión de conjunto

            Hacer memoria o recordar es un saludable ejercicio que, de vez en cuando, deberíamos hacer. Un profundo repaso a los hechos de nuestra vida nunca viene mal. Es normal hacerlo cuando estamos en grupos de amigo que hace tiempo no se ven, cuando queremos iluminar algún momento o situación en la vida de nuestros hijos o nietos. Y, además, lo hacemos con harta satisfacción y con tanto esmero que hasta los recuerdos negativos les damos una interpretación positiva o, al menos, relativamente menos dolorosa.

            En la vida espiritual, es también, un ejercicio muy recomendable hacer memoria del paso de Dios por nuestra vida. Tomemos como base el siguiente texto bíblico “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Ap 2, 2-4). Con harta frecuencia podemos caer en la rutina de la vida espiritual, hacer triviales las cosas de Dios. Es, quizás, lo peor que como cristianos puede ocurrirnos: acostumbrarnos a las cosas de Dios. Esto es lo que, de alguna manera, significa olvidarnos del amor primero.

            Pero frente a esta tentación, hemos de poner algunos remedios. Yo propongo los siguientes:

1. El recuerdo agradecido: se nos invita a una constante acción de gracias a Dios por todo lo que hace por nosotros.

2. Memoria actualizante: esto es, la celebración litúrgica de los misterios del Señor; pues a través de la liturgia el Señor derrama sobre nosotros las gracias que Él ya dispensó en su vida mortal.

3. Redescubrir lo sagrado: como novedad en nuestra vida. Para ello será necesario dejarnos sorprender por Dios; “ponernos a tiro” para que el Señor derrame su gracia y bondad en nuestras almas, se irá generando así, poco a poco, un gusto por lo divino que nos hará apetecer la oración y rechazar el pecado de acedia, esto es la pereza espiritual.

4. Vivir la caridad: como expresión externa de la acción de la gracia de Dios en nosotros. Para los cristianos, la caridad no es una opción, ni un concepto altruista para satisfacer nuestras conciencias. No. La caridad brota de las entrañas de Cristo que se da en alimento a los fieles transformando la vida y la capacidad relacional de éstos. De este modo, la caridad será una actitud espontánea que prolonga la vida cristiana más allá de la intimidad del corazón.

Hagamos, pues, queridos lectores, memoria de Cristo en nuestra vida; volvamos al amor primero; no nos acostumbremos a las cosas de Dios y rompamos con la tendencia que la rutina cotidiana nos impone. Ojalá que en esta pascua que ya termina, hayamos tomado, al menos, conciencia del mucho amor de Cristo por cada uno de nosotros.

Dios te bendiga

viernes, 24 de marzo de 2017

IV DOMINGO DE CUARESMA “LAETARE”




Antífona de entrada

«Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» Inspirada del capítulo 66, versículos 10 al 11 del libro de Isaías, concretamente, el llamado Tritoisaías. Este libro del cuerpo isaiano cuenta la vuelta del destierro por parte del pueblo de Israel. Cada domingo la Iglesia vuelve a emprender su particular peregrinación desde diversas partes (las casas, las calles y barrios, la sacristía) hacia el monte del Señor (Is 25) que es el altar de la Eucaristía.

Por la primera palabra de la antífona “laetare (alégrate)” este domingo recibe el nombre de “Domingo de laetare”. El sacerdote puede vestir con ornamentos rosas y adornar sobriamente con flores el altar, así como usar música instrumental en la celebración. Como vemos, esta antífona reúne una serie de verbos que refuerzan esta idea teológica para el domingo “alégrate-regocijaos-exultéis”. Vivamos, pues, con este espíritu esta celebración.

Oración colecta

«Oh, Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo admirable la reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo» hasta la expresión “género humano” está tomada del sacramentario gelasiano (s. VIII), el resto es de nueva incorporación. Es el domingo de la redención. Motivo más que suficiente para la alegría cristiana.

La Cuaresma es una larga e intensa preparación para celebrar la noche de la Pascua, es decir, el paso victorioso de Cristo, a través de la pasión, de la muerte a la vida. Su victoria es nuestra victoria. Para ello es necesario una “fe gozosa” y una “entrega diligente”

Oración sobre las ofrendas

«Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación, te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo» tomada del gelasiano (s. VIII). Oración referida a los dones puestos en el altar como oblación de alcance universal. El tono alegre sigue presente en esta oración.

Antífona de comunión

«El Señor untó mis ojos: fui, me lavé, vi y creí en Dios» inspirada en el capítulo 9, versículo 11 del evangelio de Juan. Se usa si se lee el evangelio del ciego de nacimiento. La comunión es, por excelencia, el sacramento de la fe; el sacramento que da luz al alma para reconocer todo lo que viene de Dios, su presencia en nosotros. La secuencia verbal de este brevísimo versículo vuelve a repetirse en este momento de la celebración: fuimos ante Cristo, nos lavamos con su sangre, lo vimos oculto en los accidentes del pan y creímos en Él. Haremos nuestra, definitiva, la frase de aquellos discípulos “Hemos visto al Señor” (cf. Jn 20,25).

«Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» tomada de la parábola del hijo pródigo en Lc 15, 32. Se usa si se lee el evangelio de la parábola del hijo pródigo. Estamos en el momento del banquete que el Padre hace en honor del hijo regresado. Las palabras que dirige al hijo mayor hoy son referidas para nosotros, los que se supone que hemos permanecido en la casa. Estas palabras son, de nuevo, una invitación al banquete por el hermano que hemos recobrado por la misericordia divina; y, también, por las tantas veces que hemos sido nosotros los hijos pródigos. Así pues, si hemos experimentado la misericordia divina, nosotros estamos llamados a ofrecer a otros esa misma misericordia.

«Jerusalén está fundada como ciudad, bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, a celebrar tu nombre, Señor» del salmo 121, versículos 3 al 4. Se usa si lee otro evangelio distinto. En relación con la antífona de entrada, hemos de subir a la ciudad santa de Jerusalén donde los cantos de júbilo pascuales se suceden ininterrumpidamente por el gran acontecimiento que va a sucederse en ella. El misterio pascual será el que recoja y una a las distintas tribus y pueblos de la tierra haciendo un solo pueblo de los muchos que el pecado dividió. Hoy esto mismo se realiza en los creyentes cuando al comulgar se unen en un solo corazón y en una sola fe.

Oración de pos comunión

«Oh, Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con la claridad de tu gracia, para que seamos capaces de pensar siempre, y de amar con sinceridad, lo que es digno y grato a tu grandeza. Por Jesucristo, nuestro Señor» tomada del misal romano de 1570. Esta oración, por su contenido, no es propiamente para después de la comunión. El tema central es la luz de Dios ínsita en los corazones humanos. Esta luz es la que ha de guiar los pensamientos y la razón humana hacia todo aquello que agrada a Dios y lo hace presente en cada momento de la vida.

Oración de bendición sobre el pueblo

«Defiende, Señor, a los que te suplican, fortalece a los débiles, vivifica siempre con tu luz a los que caminan en sombras de muerte, y, libres de todo mal por tu compasión, concédeles llegar a los bienes definitivos. Por Jesucristo, nuestro Señor» tomada con una ligera modificación de la compilación veronense (s. V). Es una bendición muy apropiada para este domingo especial en nuestra peregrinación cuaresmal. El domingo de “laetare” nos ofrece una oportunidad para el descanso en la penitencia y, por tanto, se convierte en un lugar teológico para que la fortaleza divina de vida al pueblo cristiano en medio del desierto cuaresmal. Tras esta peregrinación llegaremos a la cumbre de la Pascua donde podremos gustar los bienes definitivos.

Visión de conjunto

            En la vida hay momentos para todo: momentos para reír, otros para llorar, otros para estar de fiesta, otros para estar de duelo; momentos para comer, otros para andar, otros para dormir, y un largo etcétera de situaciones que al cabo de una vida llegamos a pasar. Lo mismo ocurre en el año litúrgico, que de alguna manera envuelve nuestra propia vida. Hay fiestas de gran júbilo y alegría y otras que tienen un sabor más amargo y trágico. Popularmente la cuaresma es un tiempo situado en los momentos penitenciales, amargos, tristes del ciclo litúrgico, sin embargo, nos ofrece un domingo que rompe con esta tendencia oscura.

            El cuarto domingo de cuaresma está dedicado a hacer un alto en el camino; tomarnos un respiro en medio de la cuesta penitencial. Es el tradicional domingo de “laetare”, del mismo modo que el tercer domingo de adviento se le denomina de “gaudete”, con las mismas características que el anterior. Son domingos en que la liturgia adquiere un matiz especial haciendo de contrapunto con el ambiente espiritual que impone el tiempo litúrgico respectivo.

            Si el domingo de “gaudete”, en Adviento, nos recuerda la alegría por el pronto nacimiento del Señor; este domingo despierta nuestro entusiasmo por la Resurrección del Señor, aunque será precedida por la correspondiente pasión y muerte. Al hombre le viene la alegría al saberse reconciliado con Dios, al experimentar la dicha de la paz espiritual; al tomar conciencia de que ya puede dirigirse a Dios como un Padre y presentarle el homenaje de su mente y su corazón.

            La hazaña que está a punto de desarrollarse: la batalla de Cristo contra la muerte y el pecado se saldará con la incuestionable victoria del Señor Jesús, quien ascenderá a la cumbre llevando cautivos (cf. Sal 67). Conviene preguntarse, pues, en este domingo si este misterio del Señor es causa de alegría en mi vida; si Cristo es, realmente, mi esperanza y la causa de mi salvación. Conviene preguntarse, del mismo modo, si yo acojo o quiero acoger los frutos de la redención del Señor; si en mi vida tiene incidencia el saber que Jesús ha muerto por mí y resucitado para mí. Feliz domingo de “laetare”.

Dios te bendiga

viernes, 10 de marzo de 2017

II DOMINGO DE CUARESMA




Antífona de entrada Sal  26, 8-9

«Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro». Tomada del salmo 26 versículos 8 al 9. Hoy toda la liturgia está centrada en el rostro resplandeciente de Cristo, contemplado así en la Transfiguración. La misa desde el principio marca un itinerario espiritual que persigue que el fiel descubra en su vida la presencia transfigurante del Señor escuchando su palabra para entrar en la gloria.

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos; sálvanos, Dios de Israel, de todos nuestros peligros». Inspirada en el salmo 24 versículos 6, 2 y 22. En esta misa se propone otra antífona que pone ante nuestros ojos el misterio de la misericordia divina. Ese don gratuito de Dios que vence a las fuerzas del mal (nuestros enemigos) librándonos de todos los peligros de alma y cuerpo.

Oración colecta

«Oh Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; para que, con mirada limpia, contemplemos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación al sacramentario del beato Pablo VI. Es una síntesis de lo mejor que se destila del pasaje de la Transfiguración, aunque la expresión “alimenta nuestro espíritu con tu palabra” pretende enlazar con la temática del domingo anterior, de las tentaciones.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que esta oblación borre nuestros pecados y santifique los cuerpos y las almas de tus fieles, para que celebren dignamente las fiestas pascuales. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII) y presente en el misal romano de 1570, se ha mantenido en el actual. Una mirada limpia, como hemos pedido en la colecta, solo brota de un corazón puro y para ello es necesario que sea el mismo Cristo, mediante su sacrificio redentor, quien lo purifique; de ahí surge esta súplica que recoge la oración sobre las ofrendas.

Antífona de comunión

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» de Mt 17, 5. Última confesión de fe inmediatamente antes de recibir la comunión sacramental en el cuerpo de Cristo, no ya transfigurado, sino ahora transubstanciado por la acción del mismo Espíritu que entonces lo envolvió en la sombra de la nube y ahora en la sombra de la epíclesis con la imposición de manos, la inclinación y las palabras de la consagración.

Oración después de la comunión

«Te damos gracias, Señor, porque al participar en estos gloriosos misterios nos haces recibir, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». El sustrato más primitivo lo hallamos en el veronense (s. V) y con alguna modificación pasó al gelasiano antiguo (s. VIII). El misal de Pablo VI lo retomó con algunos cambios gramaticales. Es el fin de todo este proceso espiritual de búsqueda del rostro divino: hemos escuchado sus palabras y alimentado con su pan previa purificación de nuestros ojos y corazón por su sacrificio redentor; y esto nos conduce a entrar en la eternidad del cielo, cuyos dones y gloria hemos anticipado en la comunión sacramental con el Hijo de Dios.

Oración sobre el pueblo

«Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo suplicante; dígnate purificarlo y orientarlo para que, consolado en el presente, tienda sin cesar hacia los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Es una oración, eminentemente dinámica, es decir, expresa un movimiento progresivo del pueblo cristiano que camina sin cesar hacia los “bienes futuros”. Pero no es una empresa exclusiva del hombre, sino que requiere de la orientación (ad orientem) del mismo Dios, que como un día hiciera en el desierto con su pueblo, hoy sigue asistiéndonos con la columna de fuego, que es el Espíritu, y con la nube del desierto que es la maternidad de María.

Visión de conjunto

            Hoy el mundo es un constante ajetreo. Los hombres y mujeres que lo pueblan van constantemente de acá para allá, de la ceca a la meca sin otra preocupación de llegar pronto a los sitios, estar el menos tiempo posible y volver a sus casas, donde hallan solaz y brotes de estrés. Pasamos la vida buscando cosas que nos satisfagan, que aplaquen nuestras primarias necesidades y luego las secundarias y después las que nosotros mismos nos creamos. Esta búsqueda no se realiza sin dificultad. Pues con frecuencia tropezamos con nuestros miedos, incertidumbres y, lo que es peor, la disyuntiva de tener que pisar a alguien para conseguir lo que buscamos. Esto último es terrible.

            La liturgia de este domingo nos invita a hacer un alto en esta fatigosa tarea que nos autoimponemos todos los días. Se nos invita a buscar lo único importante que puede satisfacer los anhelos profundos de cada uno de nosotros: el rostro de Dios. “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” nos hacía suspirar el salmo de la antífona de entrada. Ojalá que fuera este nuestro programa de vida: anhelar día tras día el poder ver a Dios, querer estar con Él para siempre.

            Para ello será imprescindible una vida jalonada de la escucha, lectura y práctica de la Palabra de Dios, de la comunión sacramental (siempre en gracia), de la confesión frecuente y de una caridad sin límites, de esto último nunca estaremos satisfechos.

Dios te bendiga


viernes, 10 de febrero de 2017

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO



Entremos con espíritu nuevo en la liturgia que se nos da como regalo en este domingo VI del tiempo ordinario (tempus per annum).
Antífona de entrada

«Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame». Tomada del salmo 30 versículos 3 al 4. Es un salmo de lamentación. El orante se dirige a Dios en medio del peligro con una recia actitud de confianza pues sabe que solo Dios puede salvarlo. Con esa misma confianza somos invitados a entrar en la celebración. Dios es la única protección de nuestra vida, el único puerto donde nuestro corazón descansa tranquilo.

Oración colecta

«Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón, concédenos vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) en la misa de vigilia de la Ascensión del Señor. Con una gran carga bíblica: un corazón no ambicioso (cf. Sal 130,1), los pequeños (cf. Mt 11, 25 y Lc 10,21), recto es el corazón de José de Arimatea (Lc 23, 50), la sencillez de corazón está recomendada por el apóstol Pablo (cf. Flp 2, 15). El corazón es la sede de las pasiones y sentimientos del hombre. Para el mundo hebreo, el corazón es sinónimo de espíritu, memoria o conciencia. Dios conoce el corazón del hombre (cf. Sal 138, 1.23), no juzga por apariencias (cf. 1Sam 16,7). Esta oración recoge toda esta tradición y pide estar siempre muy unido a Dios, es decir, se trata de la inhabitación de Dios en el justo, puesto que la expresión “rectos y sencillos” es sinónimo de “hombre justo”.
Oración sobre las ofrendas

«Señor, que esta oblación nos purifique y nos renueve, y sea causa de eterna recompensa para los que cumplen tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor». Esta oración no se halla en los sacramentarios precedentes por lo que pensamos que ha sido incorporada en el misal del beato Pablo VI. Recoge y continúa el tema de la oración colecta, esto es, un corazón puro y renovado (cf. Sal 50, 12) para que Dios pueda morar en él, auténtica y verdadera recompensa del hombre justo.
Antífonas de comunión

«Ellos comieron y se saciaron, el Señor les dio lo que habían pedido; no fueron defraudados». Inspirada en el salmo 77 versículos 29 al 30. En verdad, el Señor es el único que nunca defrauda. Cuando los fieles se acercan a comulgar ponen gran confianza en que el Cuerpo del Señor les renovará y sanará las heridas de su corazón y esas expectativas son cumplidas, con creces, puesto que Dios se vuelve generosísimo ante el hombre que pide su alimento (cf. 104, 27-28).

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Del Evangelio de Juan capítulo 3 versículo 16. El Señor es salvación y el Señor dado en comunión es entregado nuevamente al mundo para su salvación, esto es, la vida eterna.
Oración después de la comunión

«Alimentados con el manjar del cielo te pedimos, Señor, que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo y presente también en el misal romano de 1570 en el VI domingo después de Epifanía. Es una oración eminentemente bucólica. Hay un manjar y una bebida. El manjar del cielo es el alimento eucarístico que nos impulsa a ir a las fuentes del agua de la gracia que purificarán el corazón para que esté pueda suspirar por la eternidad, o en palabras de san Agustín “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones 1, 1,1).
Visión de conjunto

            Todos pasamos la vida deseando algo que no tenemos. Con frecuencia tenemos sueños por realizar, planes por desarrollar y metas que alcanzar. Cada cual la suya. Pero hay una aspiración que reside, de una manera u otra, en el deseo de los hombres: la felicidad. Nos repugna la tristeza, la amargura, el dolor, etc. Sin embargo, la vida esta tejida, cual tapiz, por el binomio felicidad-infelicidad. La felicidad no es un fin en si mismo, sino un medio para vivir.

            Pasar la vida buscando la felicidad por sí misma es una continua utopía, es decir, algo inalcanzable por ser inexistente. La felicidad no es un lugar en el que vivir sino un estado de vida a mantener, de tal modo que habrá gente que en la peor de sus desgracias mantenga un ánimo impertérrito y una felicidad constante.

            Pero la felicidad no surge de la nada ni por generación espontánea ni por azar, sino que tiene una causa y un origen. La felicidad esta en Dios mismo. Dios es la felicidad absoluta y en la medida en que creamos en Él y nos fiemos de Él podremos experimentar la felicidad en nosotros. ¿Pero esto como es posible? ¿Cómo llega esta felicidad a mi vida?

            La teología espiritual ha hablado siempre de un concepto teológico, misterioso y sorprendente, al que ha llamado “inhabitación de la Trinidad en el justo”; o dicho con otras palabras: la presencia de Dios en el corazón del hombre piadoso.  La Sagrada Escritura dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Eso es lo que pretende, precisamente, Dios con cada uno de nosotros: hacer morada, poner su tienda en nosotros. Pero para que esto pueda darse son necesarias algunas condiciones: un corazón puro, recto y sencillo.

            La vida de la gracia es conditio sine qua non para que Dios haga verdad su palabra en nosotros. Vivir en gracia de Dios debe ser el propósito de cada cristiano al comenzar el día. Evitar el pecado, ayudado por la misericordia de Dios, es lo primero que debemos programar. Vivir en gracia es vivir conforme a lo que Dios quiere y pide de nosotros. La coherencia fe - vida se hace hoy más necesaria que nunca. El corazón, pues, se hace puro en la medida en que es sanado por la gracia misericordiosa de Dios que se derrama en los sacramentos, en particular dos: comunión y reconciliación.

            Por otra parte, el corazón se hace recto en cuanto que es dirigido por la ley divina que lo inspira, es decir, por los mandamientos (los diez) y los preceptos morales del Evangelio. Y el corazón se vuelve sencillo mediante la docilidad que presta a la gracia de Dios y a las inspiraciones divinas.

En este corazón es donde Dios quiere habitar. En cada participación de la Eucaristía se actualiza y anticipa la participación escatológica en la cena del Cordero (cf. Ap 3, 20) pero para que este mortal encuentro se dé la casa ha de estar preparada y dispuesta, es decir, limpia de pecado.

Una vez efectuado este encuentro gozoso, la felicidad hará morada en el corazón del hombre piadoso y nunca se apartará de él, venga lo que venga, y se desarrollen las circunstancias que se desarrollen.

Así pues, en este domingo proponte hacer una buena confesión en cuanto te sea posible. Cuando comulgues, pídele a Dios que habite en lo más profundo de tu alma, que nunca se separe de ti.

Dios te bendiga









           


miércoles, 25 de enero de 2017

LITURGIA Y SEXUALIDAD


En la III edición del misal romano ha aparecido, en las misas por diversas necesidades, un formulario para la misa “Ad postulandam continentiam” ¿Qué es esto? Una misa para pedir la continencia. Alguno que otro ha dicho que “¿Por qué lo han puesto?”, “Ya estamos fijándonos en lo mismo de siempre”. Los puritanos y escrupulosos de siempre, que no quieren hablar de estas cosas bien porque es tema tabú para ellos o bien porque lo tienen tan manido que ya ni se inmutan, han puesto el grito en el cielo pero creo que debemos tener todos un debate y una reflexión serena y sin apasionamientos.

San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales siempre anima al ejercitante a demandar una gracia concreta. Aquí la Iglesia nos invita a demandar la gracia de la continencia. Y… ¿qué es la continencia? En palabras de san Juan Pablo II: «consiste en la capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual (concupiscencia de la carne) y sus consecuencias, en la subjetividad psicosomática del hombre. Esta capacidad, en cuanto disposición constante de la voluntad, merece ser llamada virtud» (Audiencia general del 24 de abril del 1984).

Efectivamente, en un mundo y en una sociedad pansexual, donde desde distintos medios y situaciones no cesan de llegar mensajes con contenido erótico, cuando no pornográfico; la Iglesia ve la necesidad de pedir esta gracia del cielo, esta virtud olvidada y despreciada. Pero hagamos una lectura desde los mismos textos.

Oración colecta

            «Señor, enciende bondadosamente nuestros corazones con el fuego celestial del Espíritu Santo, para que te sirvamos con cuerpo casto y te agrademos con un corazón puro. Por nuestro Señor Jesucristo»: esta oración pertenece a la misma misa “ad postulandam continentiam” presente en el Missale Romanum de 1570 y en el Rituale Romanum de 1614 si bien es verdad que la primera parte ha sido modificada. Esta oración indica desde el inicio que la continencia es un fruto del Espíritu Santo. Y como gracia especial de este afecta a todo el hombre en su unidad psicosomática, es decir cuerpo y alma (corazón), esta oración hace concreta la acción del Espíritu en ambas: para el cuerpo se pide la castidad y para el corazón la pureza.  

Oración sobre las ofrendas

«Que te agraden nuestros dones, Señor, para que ayudados por tu perdón, los que te has dignado salvar por gracia podamos ofrecerte el sacrificio de alabanza, con plena libertad y puro corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor»: esta oración también está tomada del Missale Romanum de 1570 con alguna modificación. La eucología de esta misa muestra un sano realismo antropológico, es decir, se reconoce la posibilidad, real, de que el hombre cae con frecuencia en el pecado contra la castidad, de ahí que necesitemos constantemente la ayuda del perdón y de la misericordia de Dios para levantarnos de las caídas y poder ofrecer constantemente el sacrificio de alabanza. Consecuencia de ese perdón es la libertad y la pureza del corazón. El perdón de Dios es un perdón liberador y restaurador del hombre.

Oración pos-comunión

            «Por los sacramentos que hemos recibido, Señor, florezca nuestro corazón y nuestro cuerpo con el vigor de la pureza y una nueva castidad, para que recibamos con limpio corazón lo que hemos tomado con nuestros labios. Por Jesucristo, nuestro Señor»: tomada también del formulario del Missale Romanum de 1570. Este texto pide que la comunión sacramental haga surgir en nosotros el fruto demandado en la colecta, es decir, el vigor de la pureza y de la nueva castidad.

Visión de conjunto

            Una serie de ideas atraviesan este formulario: 1. La ayuda de la gracia del perdón y del Espíritu Santo que lo posibilita y fructifica: no podemos olvidar que la continencia es fruto del Espíritu Santo y que cada vez que se atenta contra ella contamos con la misericordia divina que nos perdona y nos da un nuevo impulso y un nuevo vigor para vivirla. 2. La libertad humana: que siempre debe estar asistida por la gracia ya que ésta consiste en elegir siempre el bien. La continencia es signo de libertad humana en cuanto que supone el dominio de sí mismo y la posibilidad de caminar en la virtud y en el verdadero amor. 3. La castidad del cuerpo: san Pablo nos recuerda que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (cf. 1Cor 6, 19; 2Cor 6,16) y por ese motivo hemos de cuidar de él y respetarlo. 4. La pureza del corazón: esta idea se está muy presente en la Escritura (Sal 50,4; Mt 5,8) y también en la liturgia (oración secreta al purificar el cáliz “Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio”).

            Es un formulario, como dijimos anteriormente, de un realismo craso. Bien sabe la Iglesia que el hombre se ve constantemente asediado por las pulsiones sexuales y los estímulos que le invitan a desistir de su empeño por mantenerse casto. Son muchos los modos y formas en que el corazón se ve manchado por la sensualidad humana y comienza a debilitarse poco a poco hasta caer en una espiral de satisfacción cortoplacista, perdiendo así su libertad y candidez. De ahí que el formulario de la misa apele desde el comienzo al “fuego celestial del Espíritu Santo” porque solo la gracia divina puede enderezar los corazones torcidos y las mentes corruptas. La comunión recibida en la santa misa tiene como uno de sus frutos prevenir las faltas contra la castidad y conservar la continencia, tal como lo dice una de las oraciones de acción de gracias después de la misa atribuida a santo Tomás de Aquino “Sit vitiorum meorum evacuatio, concupiscentiæ et libidinis exterminatio, caritatis et patientiæ, humilitatis et obedientiæ omniumque virtutem augmentatio” (sea evacuación de mis vicios, fin de la concupiscencia y liviandad, y aumento de caridad, paciencia, humildad, obediencia y de todas las virtudes).

Conclusión

            En conclusión, ¿es necesario este formulario hoy día? A esta pregunta no responderá directamente simplemente daremos algunos datos y ustedes juzguen si es o no necesario. Actualmente, el consumo de pornografía en internet es el que, con diferencia, es más elevado; la edad a la que comienza a consumirse la pornografía esta hoy a los 11 años, siendo la pornografía dura la que más se demanda.

            Hoy abundan en los medios los casos de abusos sexuales, siendo la pederastia el crimen más horrendo y nefando de cuantos se cometen en este campo; y lamentándolo mucho, ha habido hermanos presbiterios que han caído en esta lacra. Pero la pederastia no conoce límites; como obra del diablo, siempre busca las formas más terroríficas de manifestarse: en la escuela, en la propia familia, en los ambientes deportivos, etc.

            Es raro el día en que no nos despertamos con la noticia de algún caso de violación, de explotación de menores y turismo sexual con los mismos. Cada vez vemos con más naturalidad y sin ningún tipo de criterio moral las relaciones sexuales pre-matrimoniales, el reparto y fomento de anticonceptivos entre menores.

Hoy a los niños se les ha robado la inocencia de la infancia, la frescura de su niñez. La ideología de género se extiende rampante por nuestras escuelas y familias sin que nadie ose detenerla. Del mismo modo, el holocausto silencioso del aborto aún no encuentra quien le ponga límite.

Pero también es importante este formulario de misa para nosotros, los sacerdotes, que estamos, también, expuestos a todas las inclemencias que esta cultura pansexual nos ofrece. Cuántos hermanos han caído en estas sucias redes que no hacen sino ir socavando el celo pastoral de los mismos y caer en la concepción del sacerdocio como un “modus vivendi” y no como una verdadera vocación y un medio de santificación.

Así pues, es un acierto este formulario de misa para demandar la gracia de una continencia perfecta, de una castidad angélica y de una pureza fresca y vigorosa. Ojalá que acojamos con verdadero espíritu filial estos textos litúrgicos y los hagamos vida en nosotros.

Dios te bendiga