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viernes, 8 de diciembre de 2017

II DOMINGO DE ADVIENTO





Antífona de entrada

«Pueblo de Sión: el Señor vendrá a salvar a los pueblos y hará resonar la majestad de su voz con alegría en vuestro corazón». Confeccionada a partir del capítulo 30 del profeta Isaías, versículos 19 y 30. Con esta antífona, la liturgia pretende mantenernos en la tensa espera que supone este tiempo de Adviento. Dios ha prometido venir y no se desdice de su palabra. Jesucristo, Dios y hombre verdadero, viene a este mundo con un propósito: como su propio nombre indica, salvar a su pueblo.

Cada vez que la Iglesia clama “Marana-Tá” vuelve su corazón a llenarse de alegría porque sabe que su salvación está cerca. Él es fiel a sus promesas y la Iglesia lo sabe. Al inicio de la celebración renovamos esta confesión de fe y de esperanza obrando las obras del amor con las que queremos salir al encuentro de nuestro Señor Jesucristo.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, rico en misericordia, no permitas que, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, lo impidan los afanes terrenales, para que, aprendiendo la sabiduría celestial, podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo». Con importantes variaciones sintácticas aparece,  y fue tomada, en los sacramentarios gelasianos antiguo (s. VIII) y angoulenme (s. IX). Ante el Dios que viene, nosotros debemos salir a su encuentro pero puede ser que nuestra debilidad o pereza impidan la prontitud que debiéramos tener para ello por eso necesitamos la ayuda de la gracia, “sabiduría celestial”, para que fracasemos en este esperado encuentro de amor.

Pero la oración va más allá del encuentro místico en que nos sumerge el tiempo de Adviento, con la expresión “podamos participar plenamente de su vida” se nos está indicando que el verdadero encuentro se producirá al final de los tiempos cuando poseamos plenamente la vida íntima de Dios que nos ha alcanzado Jesucristo en su victoria pascual.

Oración sobre las ofrendas

«Que los ruegos y ofrendas de nuestra pobreza te conmuevan, Señor, y al vernos desvalidos y sin méritos propios acude, compasivo, en nuestra ayuda. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aparece en los sacramentarios gelasiano antigu0 (s. VIII), Angoulenme (s. IX), el sacramentario gregoriano del papa Hadrianno (s. X) y conservada en el misal romano de 1570. Esta oración refleja un craso realismo antropológico, en concreto, la condición pre-lapsaria del hombre, o dicho de otra manera, el hombre caído por el pecado original y la concupiscencia que le inclina a los pecados personales. Ante esta debilidad que humilla a nuestra humanidad, solo Dios puede venir en nuestra ayuda para levantarnos y restituirnos a la gracia.

Antífona de comunión

«En pie, Jerusalén, sube a la altura, contempla la alegría que Dios te envía». Tomada del profeta Baruc, capítulo 5, versículo 5 y capítulo 4, versículo 36. La liturgia al interpretar la expresión Jerusalén hace referencia la Iglesia, la nueva Jerusalén. Así pues, esta antífona de comunión es una exhortación a la comunidad reunida a sentirse Iglesia, a que, como Iglesia, suba hacia el presbiterio y contemple la sagrada Hostia que al comerla, llena el corazón de los fieles de alegría y regocijo espiritual. La comunión sacramental es denominada con el sustantivo “alegría”, el mismo que sirve como verbo para saludar a la Virgen en la Anunciación.

Oración después de la comunión

«Saciados con el aliento espiritual, te pedimos, Señor, que, por la participación en este sacramento, nos enseñes a sopesar con sabiduría los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aparece los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII), el de Angoulenme (s. IX) de donde ha sido tomada, mantenida en el sacramentario gregoriano de Adriano (s. X) y el misal romano de 1570. Aparece en el actual misal de Pablo VI con ligeros cambios semánticos. Estamos en la misma línea escatológica de la oración de post-comunión del domingo pasado donde se nos recuerda que los bienes materiales tienen una importancia relativa en tanto en cuanto nos ayuden a amar y aspirar a los eternos.



Visión de conjunto

El tiempo de Adviento es tiempo de ponerse en pie y recibir la salvación. En Adviento es Jesucristo, la gracia increada de Dios, la que nos visita, el que quiere poner su tienda entre nosotros y renovar nuestro corazón para fortalecer la fraternidad humana. Por eso, en este sentido, podemos decir que el Adviento es, también, tiempo de Iglesia porque es la Esposa la que dice “Ven, Señor”. Porque es la Iglesia la que espera en comunidad el re-encuentro con su Señor.

La liturgia hispano-mozárabe llama a la Iglesia “Universa fraternitate”, esto es, hermandad universal, en la oración de los dípticos, que vendrían a ser como nuestra actual oración de los fieles. Efectivamente, la Iglesia, en Adviento, se muestra como una hermandad universal que se une en torno a una espera gozosa de esa gracia increada que tiene que venir a restaurar la fraternidad perdida o dañada por el pecado.

Como hermandad universal, la Iglesia en Adviento renueva, también, su dimensión misionera, pues que la humanidad conozca a Cristo, del uno al otro confín, depende, en parte, de su empeño evangelizador, sin prejuicios, y con ánimo renovado.



Como Iglesia, vivimos el Adviento celebrando la Eucaristía ya que ésta es, como nos recuerda la monición al Padre nuestro, “signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna”. Cada Eucaristía no es solamente la actualización de la redención de Cristo sino el recuerdo perenne de que el que se hace presente, viniendo, cada día en el altar, vino un día en carne mortal y vendrá al final de los tiempos a salvar a su Iglesia, a dar plenitud a la comunidad de fieles que en este mundo, movidos por el Espíritu Santo, camina hacia la Pascua eterna.

Vivamos, pues, intensamente este Adviento con gran esperanza de sabernos amados y guiados por aquel que viene a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento para que al final de la historia lo sepamos reconocer como hermano más pequeño a quien ya hicimos todo el bien posible que estuvo en nuestras manos. La vida es un continuo Adviento, vivamos la vida, vivamos el Adviento.

Dios te bendiga

domingo, 19 de noviembre de 2017

MISA MOZÁRABE EN SANTA EULALIA DE MÉRIDA


            Ayer 18 de noviembre tuve la oportunidad de poder celebrar la santa misa en el venerable rito hispano-mozárabe en la basílica de santa Eulalia en la ciudad de Mérida, capital de Extremadura. Aquí les dejo la homilía que pronuncié y una selección de fotos de la celebración litúrgica. 
          Quisiera manifestar mis más sincera acción de gracias a la asociación UBI SUNT? y a su coro-capilla gregroriana del santísimo Cristo del Calvario por los preparativos y por habernos hecho partícipes de esta primera vez que se celebra este rito en dicho lugar. También al párroco-rector de la Basílica, don Juan Casco por su acogida y generosidad. 
            Sin mas, reitero mi deseo de que este sea el germen, la semilla, de una nueva comunidad mozárabe en Mérida, cuna de la fe de Extremadura.

HOMILÍA EN LA MISA HISPANO-MOZÁRABE EN LA BASÍLICA DE SANTA EULALIA DE MÉRIDA



«La Liturgia Hispano-Mozárabe representa, pues, una realidad eclesial, y también cultural, que no puede ser relegada al olvido si se quieren comprender en profundidad las raíces del espíritu cristiano del pueblo español».

Querido señor rector de esta basílica, queridos hermanos sacerdotes, acólitos, capilla gregoriana, hermanos todos en el Señor:

Con estas palabras, el santo Papa Juan Pablo II nos invitaba a recuperar y estimar el venerable rito litúrgico con el que la fe en España fue celebrada desde la llegada del cristianismo a estas tierras hasta aproximadamente el s. XI. El mismo Papa la celebró en la basílica de san Pedro en el Vaticano el 28 de mayo de 1992 avalando, así con su ministerio el rico patrimonio espiritual con que el pueblo español contribuyó a la gloria de Dios, al bien de la Iglesia, a la santificación de los hombres y a la evangelización de los paganos.


Prueba de los frutos espirituales de la liturgia celebrada en las tierras hispanas desde los primeros siglos fue el nacimiento y crecimiento en ella de importantes comunidades eclesiales, de entre las cuales destaca la sede de Emerita (hoy Mérida). Esta vetusta ciudad no solo se conformó con dar gloria y esplendor al imperio romano sino que pronto, desde el inicio, abrazó a Cristo y al Evangelio dando aún más gloria al Dios único y verdadero. De esta Iglesia emeritense no son pocos los éxitos de su madurez espiritual pues cuando en esta sede se habían sentado obispos indignos de ello no dudaron en buscar los cauces necesarios para deponerlos como así se realizó con el libelático Marcial a quien en la carta 67 de San Cipriano de Cartago, la Iglesia de Mérida lo rechaza porque Mérida no pagaba traidores a la causa de Cristo por muy obispo que fuera.


Pero si aquella hazaña ya habla de la excelencia de Mérida aún más gloria le reporta el valor intrépido de aquella niña que con solo trece añitos no dudó en enfrentarse a los enemigos de Cristo y perseguidores de la Iglesia para mantener la dignidad de los cristianos y la verdad y pureza de la fe. Con gran lirismo lo expresó Prudencio en su Peristephanon:



Eulalia, ilustre y noble por su cuna,
Aunque, más noble que por la prosapia,
Por la clase de muerte que ha sufrido,
Es la virgen sagrada,
Ornamento magnífico de Mérida;
De Mérida, a quien ama,
Donde vio la primera luz del mundo
Donde sus huesos en paz descansan.


Y no se agotó la grandeza de Mérida con el sublime martirio de esta santa pues aún los padres emeritenses más gloria debieran darla. De ellos, recordaremos el ejemplo valiente y virtuoso del obispo Masona quien ante el ataque del arriano rey Leovigildo no dudó en hacerle frente junto a san Hermenegildo para salvar la fe católica de la Hispania visigoda. Por influencia de esa grandeza de espíritu la monarquía goda acabó convirtiéndose al catolicismo con el rey Recaredo en el III Concilio de Toledo donde la patria española obtuvo, por vez primera, su unidad política, territorial y religiosa. La unidad religiosa en torno al catolicismo de rito hispano. Rito que se vio enriquecido por las disposiciones de varios concilios visigóticos celebrados en esta misma ciudad, de los cuales no conservamos sus actas tan solo por referencias pero si conocemos al del año 666 que enriqueció enormemente el rito hispano que hoy celebramos y que tras el año 1085 fue suprimido en la Península Ibérica y tan solo se conservó en Toledo, gloria de España y luz de sus ciudades, como la llamó Cervantes.


Ante el riesgo de perderse en el olvido y en la decadencia que impone la obligación de mantener una costumbre que no se conoce, un hombre extraordinario, de los que de vez en cuando da nuestro solar patrio, decidió en 1500 pagar de su pecunia una capilla y un cabildo para la reforma y mantenimiento de dicho rito. Se trata del fraile, cardenal, virrey y regente de España, Francisco Jiménez de Cisneros, cuyo quinto centenario de su muerte estamos celebrando en este año.

Así pues, hermanos, al celebrar esta solemne liturgia hispano-mozárabe nos acercamos a nuestra tradición más original y prístina donde tantos y tantos santos se santificaron y donde se conservó, se oró y se defendió la fe cuando las hordas musulmanas invadieron nuestra tierra y los cristianos tuvieron que huir hacia el norte de España dejando reliquias e imágenes desperdigadas por toda la geografía ibérica. En Extremadura dejaron los restos de san Fulgencio y Florentina, custodiados hoy en Berzocana; y la imagen bendita de la Santa Madre de Dios, venerada en estas tierras con el nombre de Guadalupe.


Por tanto, vemos cómo las raíces de nuestra tierra extremeña están muy ligadas a este venerable rito que tanto tiene que decirnos hoy. Porque también los extremeños tenemos un pasado de fe y devoción que debemos mantener. Nosotros, católicos, estamos también preocupados del progreso material y espiritual de nuestra recia tierra extremeña que esta mañana se concitaba en Madrid para pedir un tren digno para esta región. Fueron hombres de esta tierra los que un día zarparon en barcos al otro lado del mar para llevar la fe cristiana, la palabra del Evangelio y para engrandecer la gloria de España. Como bien decimos en el himno guadalupano “somos los hijos del gran Pizarro, los hijos somos de Hernán Cortés”. Pero también lo somos de Núñez de Balboa, de Orellana, de Pedro de Valdivia, y tantos otros.


Finalmente, queridos hermanos, no olvidemos todo esto: que somos un pueblo de fe, impregnado de fe, nacido de la fe. Que somos herederos de una historia de santidad y martirio como lo demuestran santa Eulalia, Donato y Hermógenes. Que somos una región que solo hallará su sentido y su brújula en la medida en que no pierda sus raíces cristianas hispanas y mozárabes. Que somos una tierra que la providencia divina se escogió para propagación de la fe católica, única y verdadera, en todo el mundo.

Pidamos, pues, hoy, la intercesión de la niña santa Eulalia para que nuestra fe no decaiga sino que siempre nos pertrechemos con ánimo generoso en la vivencia de la fe, la esperanza y la caridad. Así sea.