Mostrando entradas con la etiqueta homilía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta homilía. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de junio de 2019

ES PENTECOSTÉS


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al final de la cincuentena de Pascua. Han sido unos días preciosos en que el Resucitado nos ha regalado su presencia entre nosotros. Le hemos podido tocar con santo Tomás, caminar hacia Emaús mientras su compañía encendía nuestro corazón, almorzar con Él junto al lago de Tiberiades; hemos escuchado sus últimas enseñanzas y disposiciones, y al recibir su última bendición, nos pidió que aguardásemos la venida del Paráclito. Y así lo hemos hecho. Hemos esperado e invocado pacientemente al Espíritu Santo hasta este gran día en que el cielo vuelve a abrirse para darnos esta bendición increada.

            Como aquellos doce, también nosotros hoy somos privilegiados receptores de la gracia septiforme que nos capacita para confesar que Jesús es el Señor y, de este modo, nos hace ser cristianos convencidos y convincentes. El lenguaje universal que todos entienden es el que da la fe. Se puede ser de una u otra nacionalidad, raza, lengua o país, pero la fe rompe todos los muros y traspasa las fronteras, y, de este modo, nos une a todos en un solo corazón y en una sola alma formando así un único pueblo que tiene una misma fe, un mismo Señor, un mismo bautismo y una misma ley en el amor. 


            Pentecostés es el tiempo de la Iglesia. Pentecostés hace la Iglesia. Pentecostés es todos los días de nuestra vida porque el Espíritu Santo no deja de soplar sobre su Pueblo dándole la paz de Jesucristo y fortaleciendo el testimonio de sus hijos. Pentecostés realiza la verdad de los sacramentos y da eficacia a la liturgia de la Iglesia. Pentecostés es el alma de la caridad y de la misión de la Iglesia. Todo cuanto en la Iglesia vive y late tiene su fondo y su alma en la acción del Espíritu Santo. Por eso, hermanos, es tan importante la solemnidad que celebramos hoy. No es que Pentecostés sea el origen de la Iglesia, pues bien sabemos que ésta responde al deseo original de Dios, truncado por el Pecado Original pero restaurado por el misterio Pascual de Jesucristo. En clara línea de continuidad con la historia de la Salvación, el Espíritu Santo es garantía de presencia perenne y activa de las maravillas de Dios hechas por los hombres, o dicho de otra manera: el Espíritu Santo hace posible que la Iglesia viva en el eterno presente de Dios.

            Así pues, queridos hermanos, celebrar Pentecostés es, por tanto, saborear, de nuevo, las maravillas de Dios. Es saborear la novedad de lo sagrado, la perenne actualidad de la Palabra revelada. Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta de la cristiandad que, otra vez, se renueva en su fondo y en su forma. Vivamos esta fiesta con el corazón abierto completamente para recibir, de nuevo, la gracia del Paráclito: los siete dones y los doce frutos que el Espíritu Santo siembra en él. Demos gracias, hermanos, por tanto bien y por tanta gracia inmerecida. Así sea.

sábado, 1 de junio de 2019

DICHOSOS Y TRANQUILOS


HOMILÍA EN LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR



Queridos hermanos en el Señor:

Como cada año los solmenes días de la Pascua tocan a su fin. Final que viene precedido por una solemnidad aún mayor, una solemnidad que ilumina al mundo: la solemnidad de la Ascensión del Señor. Si la idea expresada por san Pedro de que no tenemos otro nombre en el cielo en el que podamos ser salvos mas que en el de Jesucristo, la realidad dogmática de contemplarle entrando en el santuario del cielo y tomando posesión del trono a la derecha de la majestad del Padre para reinar sobre el mundo y ejercer su gobierno en la historia y su justicia sobre vivos y muertos, es algo que agita nuestros corazones y hace vibrar nuestras almas en una sonora alabanza que emulando el son de las trompetas angélicas, conmueve a toda la creación.

Es por ello, hermanos, un día grande para nosotros. Un día profético ya que allí donde ha entrado Cristo, cabeza de la Iglesia, habrá de entrar un día el resto de su Cuerpo místico que somos nosotros. Esto supone que el cielo sea nuestra verdadera patria, nuestra meta última y segura. De este modo, el purgatorio se convierte en necesidad de purificación total y el infierno en posibilidad de fracaso en nuestro empeño. Lo único seguro que tenemos los cristianos es el cielo, lo único conquistado por Jesucristo en virtud de su gloriosa Pasión, muerte y resurrección.

Pero esta fiesta puede hacernos caer en la misma tentación en que cayeron aquellos doce santos varones: quedarnos mirando al cielo y olvidarnos de nuestra misión en la tierra. Tanto en relato de los Hechos de los apóstoles, como en el de Lucas, Jesucristo, antes de ascender, les mandó ser testigos “en Jerusalén y en el cofín de la tierra” de todo lo que habían visto y oído, es decir, de todo lo que habían vivido con Él. También en este domingo, a nosotros nos toca ser testigos en medio del mundo, del Señor resucitado y exaltado.

Nos toca, hermanos, ser propagadores de sus palabras y sus milagros. Ser voceros de su misericordia y trato lleno de amor. Ser imitadores de su ternura y delicadezas con los mas pobres, enfermos y marginados sociales. Ese Jesús al que hoy vemos marchar a lo más alto de los cielos, sigue estando, precisamente, ahí, en esas situaciones y personas. Él vive en su Iglesia, en sus pastores, en su pueblo, en sus sacramentos. No ha querido abandonarnos a nuestra suerte. Por eso somos dichosos y estamos tranquilos en medio de los procelosos mares de este mundo. Así sea.  


sábado, 6 de abril de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (V)


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en la antesala de los días grandes del calendario cristiano. Dentro de poco, nuestras parroquias se revestirán de gala para celebrar el Triduo de la Pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por nuestras calles deambularán procesiones de penitentes portando estandartes y cargando bellas imágenes que evocan plásticamente aquellos misterios que las palabras ni pueden ni saben contener. Pero hasta que el tiempo nos sumerja en esta atmósfera sacra que impone la Semana Santa, la Iglesia nos propone hoy, quinto domingo de Cuaresma, la contemplación de una de las escenas más tiernas y emotivas del Nuevo Testamento, un pasaje cargado de intensidad espiritual y de consolación para nuestros corazones lastimados por el pecado.

            Podríamos decir, queridos hermanos, que todo el contenido del conjunto de las lecturas de hoy pivota sobre el verso de Isaías: “mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Y efectivamente, hermanos, es así. Cristo es la mayor novedad que ha habido y habrá en la historia de la humanidad. Es una novedad perenne, única y singular. Cristo hizo nuevo a Pablo cuando al conocerle cambió su forma de pensar como él mismo nos ha relatado: “por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”. Cristo hace nuevo nuestros corazones cuando, como a aquella mujer adúltera, los toca y los sana, inundándolos con su misericordia. Porque ésta, queridos hermanos, es su gran novedad: una misericordia nueva, infinita, salvadora y liberadora. Una misericordia que le hace grande con nosotros y nos llena de alegría esperanzada.

            La gran novedad de Cristo es mostrarnos que el fundamento de la libertad cristiana no es otro que el Amor. Así, con mayúsculas. No un amor barato, al uso, manido. No. Sino un amor sin cortapisas ni prejuicios, un amor que se escribe con sangre y sufrimiento. Un amor que enseña a amar. Un amor que sabe llorar y reír. Cristo nos ha enseñado a amar con piedad y clemencia. Pensad por un momento, hermanos, en que el único “sin pecado”, el único que podría haber arrojado no una, sino hasta cien piedras, el único que debería haberla condenado por ser Dios y legislador eximio, un nuevo Moisés, decide perdonar y absolver. “Yo tampoco te condeno”- dirá el autor de la misericordia-. ¿Os dais cuenta? Dios está siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. Jesús escribe los pecados en la arena porque pueden ser borrados fácilmente. A Él no le interesan los pecados porque – como al Padre de la parábola del domingo anterior- ante nuestras excusas, Él prefiere revestirnos del traje de fiesta, calzarnos la dignidad de sus hijos, desposarnos místicamente con el anillo, y ofrecer el banquete de su Cuerpo y de su Sangre.


            Esto, queridos hermanos, es la verdadera libertad cristiana. Cristo nos ha dado la nueva libertad: la libertad de creer, de pensar, de hablar, de confesar. Cristo nos ha mostrado el camino nuevo para la liberación y progreso de los pueblos: estar libres de pecado y no condenar a nadie. Él es quien se reserva el juicio justo. El cristiano encuentra su fuente y su limite en el amor. ¿Paradójico? Cierto: si el amor es fuente de libertad, como dice san Agustín “Ama y haz lo que quieras”, también el amor es límite de la libertad, dado las palabras de san Pablo “haceos esclavos unos de otros por amor”. Pero a esto, debemos añadirle otra paradoja: el límite de la libertad es, precisamente, lo que le hace crecer, cada vez más. En la medida en que crecemos en amor a otros, nuestra libertad aumenta exponencialmente.

            Aprendamos, queridos hermanos, a amar en libertad. Hagamos nuestra la gran novedad de Jesucristo y no escatimemos en esfuerzos para arrojar las piedras de nuestros pecados a la arena donde todo se borra. No olvidemos que el Amor entregado del Señor es más grande y fuerte que la pobre vileza de nuestro mal. Así sea.  

sábado, 16 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (II)


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Avanzando en el camino cuaresmal hacia la Pascua, el segundo domingo de Cuaresma siempre nos permite un alto gozoso para poder contemplar uno de los acontecimientos más hermosos de la historia de la salvación: la transfiguración del Señor. Este pasaje evangélico viene a dar cumplimiento a aquella invitación que el salmo responsorial nos hacía: “Buscad mi rostro”. Buscad un rostro transfigurado, nuevo, dispuesto a ir a Jerusalén para celebrar la Pascua de la muerte y de la resurrección.

En la primera lectura de este domingo encontramos a un Dios que se compromete con el hombre. Un Dios que hace promesas creíbles y que deberá cumplir. Y para ello no duda en establecer este pacto con Abrán usando un rito propio de las tribus nómadas: partiendo animales en dos mitades y cruzando entre ambas invocando sobre si mismo la suerte de las bestias sacrificadas si no se cumpliera el pacto. Vemos, pues, que Dios se empeña del todo y sin cortapisas.

La promesa hecha a Abrán puede resumirse en aquellas necesidades primarias de todo hombre y de toda civilización: descendencia y tierra. Tener una familia y tener una propiedad personal para poder vivir es algo que capacita y realiza al hombre. Es más, la propia familia y la propiedad privada son garantía de independencia y de libertad. Es por eso que, como se ha ido repitiendo a lo largo de la historia, todos los regímenes políticos que han pretendido restar libertad al individuo han querido desarraigarlo de su tierra, mediante la emigración, la expropiación; y han querido hacer leyes de injerencia en la familia: controlando la educación de los niños, eliminando la libertad de elección de centro, o con políticas antinatalistas. Frente a ello, la Iglesia ha desarrollado una acertada Doctrina Social donde prima el valor de la familia como Iglesia doméstica y primera célula de la sociedad, donde se aprenden valores espirituales y humanizadores; y donde se expone el recto uso de los bienes personales atendiendo a la propiedad privada y a la comunicación de los bienes.


Dios con esta doble promesa quiere garantizar el recto y libre desarrollo de la vida de los hombres y de los pueblos para que generen trabajo y riqueza y cooperan, de este modo, con Él en la obra de la Creación. Es por ello que solo cuando el hombre vive y trabaja en libertad y en condiciones adecuadas encuentra en su labor una rica fuente de crecimiento espiritual y de santificación: se santifica a si mismo, santifica el trabajo y santifica a los demás con su trabajo. Si estas condiciones se aseguran por parte del Estado y evitan a los hombres cualquier tipo de temor o de miedo a perderlas el progreso humano y material de los pueblos estará garantizado, de lo contrario se revivirán episodios tristemente acaecidos en épocas pretéritas.

La llamada a la libertad de la Pascua de Cristo hace necesaria, por tanto, la concreción de condiciones libres y de hombres y mujeres libres que amen, con esa misma libertad a Dios y puedan experimentar así su gloria y su compasión. En este sentido, hermanos, el pasaje de la Transfiguración nos invita a abandonar comodidades, a no caer en sueños vanos como los apóstoles y bajar presurosos a la Jerusalén del mundo donde Dios sigue celebrando su Pascua entre los afanes cotidianos y las tareas hodiernas.

Somos, en verdad, como recuerda san Pablo, ciudadanos del cielo, pero precisamente por eso debemos ser aun más ciudadanos de nuestras polis, de nuestros pueblos, barrios, calles y plazas para transformar éstas a imagen de la Jerusalén del cielo. Es, hermanos, nuestra responsabilidad más acuciante: si somos libres para amar a Dios hemos de ser igual de libres para amar al mundo y a sus habitantes.

Ojalá que el Tabor de este domingo nos reconforte en las duras luchas de la vida para ser cada día más libres para trabajar con denuedo y transformar este mundo que tanto necesita de nuestro testimonio. Así sea.

sábado, 2 de marzo de 2019

¿DE QUÉ HABLARÁS TU?


HOMILÍA DEL VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dice un refrán muy castizo que “por la boca muere el pez”, es decir, que nosotros podemos ser reos de nuestras propias palabras cuando imprudentemente hablamos cosas que pueden volverse, con el tiempo, en nuestra contra.

            Ciertamente, hermanos, en esta sociedad, que algunos dicen que ya no es de la palabra, se siguen, sorprendentemente, elaborando discursos persuasivos que buscan y procuran llamar la atención de la gente sencilla. Hay discursos ideológicos que se inoculan en las mentes débiles haciéndoles repetir mantras y eslóganes, tan rítmicos en sus formas como vacíos en su contenido, que calan en su mensaje. Hay discursos comerciales que persiguen generar una demanda y una oferta, aun cuando esos artilugios se demuestran inútiles en el día a día. En definitiva, son peroratas y verborreas sostenidos por un fin y consecuentes de un fin.

            Esto nos lleva a tener muy encuentra la advertencia del libro del Eclesiástico “el hombre se prueba en su razonar” y más adelante “no alabes a nadie antes de que razone”. Porque el hombre se define por sus razonamientos. Y en esto, queridos hermanos, los cristianos debemos ser extremadamente prudentes, pero sin caer en los respetos humanos que edulcoran, camuflan o desvirtúan el mensaje de la Verdad. El Señor Jesús nos lanza un reto “lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” y mi pregunta es: ¿de qué rebosa nuestro corazón? ¿de qué puede hablar nuestra boca?

            Permitidme que para una primer respuesta, de ámbito general, me valga de las palabras del apóstol san Pablo en la segunda lectura: “trabajad  siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga”. Esto es, hermanos, de esta indubitable verdad es de lo que no podemos cansarnos de hablar: que merece la pena creer en Dios, merece la pena fiarse de Jesucristo. Debemos decir que trabajar por su causa, por su reino, es la empresa más apasionante y contagiosa que podemos acometer en esta vida, cada cual desde su circunstancia concreta.


            Con el salmo responsorial, nuestra boca no puede, por menos, que entonar acciones de gracias a Dios nuestro Señor por tanto bien como ha hecho, hace y sigue haciendo en nuestras vidas. Nuestro corazón se inflama de amores y nuestra boca los profiere porque, a pesar de nuestro pecado, Él nunca nos ha dejado solos sino que se ha hecho cercano y presente a cada uno de nosotros.

            Con san Pablo, también, nuestra boca habla de valentía, de coraje, de no tener miedo ni ante la muerte porque ésta ha sido destruida y absorbida en la victoria pascual de Jesucristo. Además, hermanos, solo cuando nuestro corazón rebosa en felicidad y gracia de Dios, desaparecen de nosotros la triste tendencia a meternos en la vida de los demás, a fijarnos en las motas de los ojos ajenos en lugar de sanar la viga de los nuestros. Quizá sea este el remedio que aun no hemos probado contra la envida, la murmuración, la calumnia o (perdonen la expresión) el “chisme” y el “alcahueteo”.

            Pues ánimo, hermanos, cantemos con la boca las maravillas de Dios que nuestro corazón, como la Virgen, conserva. Confesemos con la boca, la fe que llevamos en el corazón para que quienes nos oigan razonar, puedan juzgar positivamente y fiarse de nosotros. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 23 de febrero de 2019

ES NUESTRA HORA


HOMILÍA DEL VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            En este domingo el Señor pone la guinda en el pastel, nos muestra la excelencia de la religión cristiana. La pedagogía litúrgica de la Iglesia nos plantea el problema del obrar cristiano ante situaciones difíciles y cómo actuar.

En la primera lectura, comprobamos con que nobleza actuó el rey David cuando tuvo en sus manos el poder acabar con su enemigo y, sin embargo, perdonó su vida porque la justicia es solo de Dios. Esta acción ejemplar, dará pie, no solo para entender el Evangelio de hoy, sino para comprobar que es posible vivirlo.

El señor nos ofrece tres acciones positivas que, humanamente, es muy difícil vivir: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir y rezar por quien nos está haciendo daño. A continuación, enumera otras cuatro acciones negativas que agitan nuestra alma y hacen que el rencor o la violencia aniden en ella: la violencia, el robo, las exigencias y el hurto.

La consecuencia es lógica: si nosotros, los cristianos, reaccionamos como humanamente se esperaría, no nos distinguiremos en nada de quienes no confiesan nuestra fe y nuestra moral. Los cristianos, en este sentido, estamos urgidos por el Salvador, a reaccionar de una manera teologal, esto es, con misericordia como es misericordioso el Padre del cielo.

Los cristianos estamos en el mundo para ser testigos del amor y de la misericordia de Dios y dar ese mismo amor y esa misma misericordia a quien no la ha experimentado, o llevarlas a donde no las conocen. Hermanos, no podemos ser estériles en este sentido. Que si no sembramos la acción bondadosa de Dios en este mundo, nadie lo hará. Que esto depende de nosotros; que Dios confía en sus hijos para hacer del mundo un lugar habitable. Solo así podremos ser, en verdad, hijos del Altísimo. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 16 de febrero de 2019

¿Y TÚ?


HOMILÍA DEL VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dos alternativas se nos ofrecen hoy en el conjunto de las Escrituras: ser maldecidos por Dios o bendecidos; ser dichosos u objeto de lamentos, creer en Cristo resucitado o ser unos desgraciados. Así, a bocajarro, planteamos la cuestión hoy.

            El profeta Jeremías advierte a Israel que hay dos clases de hombres: los que confían en si mismos o en las leyes humanas sin ningún tipo de mirada trascendente. Esos hombres son malditos porque han prescindido de Dios. Porque han apartado su corazón del Señor. Sin embargo, frente a este tipo de hombres, encontramos a los benditos de Dios, a aquellos que han puesto su confianza en el Señor, que han echado sus raíces en las corrientes de agua de la gracia de Dios, aquellas a las que la cierva acudía presurosa a calmar su sed.

            Siguiendo esta misma línea, encontramos el discurso de Jesús en el Evangelio, las cuatro bienaventuranzas y los cuatros “ayes” o lamentaciones. Los pobres, los hambrientos, los desconsolados, los perseguidos por causa de la fe, son los verdaderos benditos y dichosos porque será grande su recompensa en los cielos. Y porque precisamente su situación es la que es porque no han cedido al chantaje que los poderes mundanos ofrecen. Los malditos por los cuales hay que lamentarse son, por el contrario, los que viven la vida sin tener en cuenta ni a Dios ni al prójimo.


            La clave de la confianza en Dios, por último, reside en las palabras de san Pablo: o creemos en que Cristo ha resucitado o somo los hombres más desgraciados. Por que en la medida en que tengamos fe en la resurrección del Señor y, por tanto, en la vida eterna nuestra confianza en Dios irá creciendo y fortaleciéndose. Cuando uno sabe que su Señor está mas allá de los criterios y leyes humanas, experimenta que su desconsuelo viene porque no se consuela con los bienes de este mundo, su hambre no la sacian las pompas y lisonjas que la sociedad ofrece, su pobreza reside en tener a Dios como única riqueza.

            Solo quien cree, verdaderamente, en que ese Cristo resucitado será su juez al final de los tiempos, se siente tan consolado y seguro que no tiene miedo a dar su vida por anunciarle, por dar testimonio de la Verdad. Por eso será bienaventurado, porque frente a la presión social, el desprecio ambiental y el hostigamiento, su corazón es libre para con Dios.

            Hermanos, hoy toca elegir: o benditos o malditos; o bienaventurados o lamentables; o creyentes o desgraciados. Dios ya ha tomado su parte por nosotros ¿y tú?

Dios te bendiga


sábado, 9 de febrero de 2019

DUC IN ALTUM


HOMILÍA DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Si el domingo pasado, leíamos el relato de vocación del profeta Jeremías y destacábamos la singularidad de cada uno de nosotros desde la concepción en el seno materno y cómo Dios nos llama desde ese momento para una misión importante en medio del mundo; hoy, se nos presenta el testimonio vocacional del profeta Isaías, cuyo relato nos ofrece aspectos nuevos que pueden ayudarnos a crecer en nuestra vida espiritual y a profundizar en la vocación cristiana.

            El contexto en que se desarrolla la escena es el de una celebración litúrgica solemne acaecida en un templo. La majestad divina, la presencia de la gloria de Dios, está caracterizada por una inmensa orla del manto del Sumo Sacerdote, “que llenaba el templo”, y que no es otro que el mismo Dios; el coro de ángeles y serafines que proclaman con profusión de voz la santidad del lugar y de Dios hasta el punto de hacer temblar las paredes y puertas del templo; y el incienso, cuyas espesas volutas de humo copaban el aula sacra presentando las libaciones y oraciones de los justos que honran a Dios en su presencia.

            Ante aquel espectáculo tremendo y fascinante al que es arrebatado Isaías, la reacción de aquel no es otra que la del santo temor divino, la del estupor y la inefabilidad por algo que le supera y trasciende. Hermanos, se podría decir que lo que le ocurre al profeta, no es otra cosa sino lo que vivimos los fieles católicos cada domingo cuando acudimos al templo a celebrar la sagrada liturgia en la que de un modo eficaz, singular y único se hace presente la gloria de Dios en Jesucristo eucaristía. Hermanos, solo quien es capaz de reconocer a Dios y su trascendencia en estas funciones solemnes de la Iglesia, puede experimentar el estupor que agita el alma del profeta y de los apóstoles y discípulos del Evangelio de hoy.


            Ahora bien, es, precisamente, en este contexto donde su produce la llamada de Isaías por parte de Dios, para ser profeta de los pueblos, para ir al mundo y ante los ángeles tañer para Dios. El profeta Isaías, al igual que el apóstol Pedro, reconoce su indignidad e impureza frente a la misión que les es encomendada. Se cuestiona a si mismo su vida y su origen. Podríamos decir, que Isaías y Pedro entran en una crisis existencial y vocacional, hasta el punto de preguntarse, de una manera u otra: “¿Quién soy para Dios?”, “¿Hasta ahora qué he hecho por Él, para agradarle?”, “¿Estoy dispuesto a entregarme a Él y a su causa?”.  

            Ante esto, se hace apremiante una purificación previa, una preparación o catarsis espiritual que limpie nuestras vidas de la inmundicia del pecado y repare nuestras almas infundiendo en ellas el valor y la confianza teologal para emprender la empresa de ser instrumento al servicio de Dios. A tal fin, será un serafín quien purifique al profeta con un ascua incandescente que abrasa los labios de Isaías obteniendo la purificación deseada. San Pedro obtiene su purificación por las ascuas de las Palabras del Señor.

            Este ascua fue tomada del altar del templo del Señor. Hermanos, ¿Acaso en nuestra liturgia no tomamos del altar un ascua aún más eficaz que aquella? ¿Acaso de nuestra celebración litúrgica no brotan ascuas de gracia y misericordia, de vida y eternidad?


Hermanos, vuelvo al tema primero, es aquí, en la sagrada litúrgica donde Dios purifica a su pueblo, lo prepara y lo envía. Es aquí donde Dios nos hace aquella pregunta “¿A quién mandaré?, ¿Quién irá por mí?”. El Señor hoy nos interpela “¿A quién haré pescador de hombres?”, “¿Habrá niños y jóvenes con corazón generoso que quieran entregarse a mí?”, “¿Habrá familias que fomenten y permitan la posible vocación sacerdotal de sus hijos?”, “Y mis laicos, ¿querrán ser mis testigos en medio del mundo?”, “Estarán dispuestos a santificarse en medio de sus tareas y ocupaciones profesionales diarias?”.

Ante estas preguntas, hoy, los cristianos, los que participamos de la celebración litúrgica y experimentamos el poder de su presencia gloriosa entre nosotros, solo podemos decir: “Aquí estoy, Señor, mándame. Mándame para ser un pescador de hombres. Conoces, Señor, que soy un pecador, un cacharro inútil que sin ti no puede hacer nada. Aun así, Señor, mándame a mis hermanos los hombres a quienes, en tu nombre, anunciaré tu nombre; a quienes por tu palabra, anunciaré tu palabra. Para ir convenientemente, Señor, necesito que me purifiques con las ascuas que surgen de tu altar: el ascua de la Eucaristía; el ascua de tu perdón. Sólo así seré eficaz en tu misión y mis hermanos, los hombres, volverá a agolparse a tu alrededor para oírte, conocerte, amarte y seguirte”.

            ¿Y qué hemos de anunciar? -se preguntará alguno- el mensaje esencial de nuestra predicación nos lo ha dado san Pablo en la segunda lectura: que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros y para nosotros y ahí reside nuestra vida y nuestra eternidad. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 2 de febrero de 2019

TE HAGO PROFETA DE LAS NACIONES


HOMILÍA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Todos tenemos una misión en la vida, todos hemos venido a este mundo para un “algo”, que puede ser un “algo” humano, puro altruismo o filantropía; o bien, un “algo” divino, que tiene su sustrato en lo humano pero que la gracia lo eleva a lo divino. En este domingo que la providencia nos permite celebrar, se presenta a nuestra consideración la vocación del profeta Jeremías.

            Es curioso observar, cómo mientras Nueva York aprueba una demoniaca ley abortista que permite acabar con la vida de un niño hasta el día antes de nacer, cómo los gobiernos del mundo entero, aprueban impunemente leyes abortistas con distinta normativa, Dios llama al profeta “Antes de formarte en el vientre”, “antes de salir del seno materno”. Este pasaje, nos confirma en la verdad que siempre hemos creído y predicado.

            Aun si, hemos de dar gracias a Dios por aquellas madres valientes que no dudaron en apreciar aquella vida que se gestaba en sus entrañas y les concedieron ver la luz de la vida. Esas generaciones nuevas y nosotros, que hemos recibido el Bautismo, hemos sido incorporados a un pueblo sacerdotal y profético. Como a Jeremías, nosotros también hemos sido ungidos como profetas en medio de las naciones en que vivimos como Iglesia de Dios.

            El oficio profético del Pueblo de Dios es más que necesario en estos tiempos que corren. Es el oficio cristiano que, lejos de respetos humanos, proclama siempre la verdad que ha conocido en Cristo. Los cristianos estamos en este mundo para hablar lo que Dios nos inspira: el valor grande de la familia y de la vida, el valor de la libertad y la propiedad, el valor de la fe, la perseverancia, el sacrificio y el esfuerzo, el valor del trabajo y del descanso dominical.


            Hermanos, somos el Pueblo de Dios, el pueblo profético que cuenta siempre con su asistencia y fortaleza para decir todo aquello que el mundo necesite, le guste o no le guste, siguiendo el ejemplo de Cristo que al recordar, hoy, que Israel no debería sentirse tan seguro de su nacionalismo religioso, es expulsado por sus propios con-vecinos. Y tanta era la furia, la soberbia y el odio de aquellas gentes que pretendían despeñar al Señor por aquel barranco.

            ¿Acaso pensáis que a los cristianos de hoy no nos tratarán de manera semejante por proclama la incómoda verdad del Evangelio? “frente a los reyes y príncipes… sacerdotes y gentes del campo”, esto es, los distintos poderes del mundo: políticos, religiosos, económicos o sociales, los cristianos hemos sido puestos en el mundo por Dios para ser luz del mundo y sal de la tierra. Solo respondemos de nuestros actos y palabras ante Dios, que es el que forma nuestra conciencia. Pero ¿qué ocurre si el miedo se adueña de nosotros? En primer lugar, diremos que el miedo no tiene cabida en el alma cristiana, habitada por la gracia. Pero si así fuere, el miedo no puede ser acicate para nada, san Josemaría Escrivá nos recuerda: «La solución es amar. San Juan Apóstol escribe unas palabras que a mí me hieren mucho: “qui autem timet, non est perfectus in caritate. Yo lo traduzco así, casi al pie de la letra: el que tiene miedo, no sabe querer. —Luego tú, que tienes amor y sabes querer, ¡no puedes tener miedo a nada! —¡Adelante!» (Forja 260).

Frente al miedo ante las amenazas del mundo, el desprecio de la sociedad, para con los cristianos, debe primar, siempre, la ley del amor que san Pablo nos ha recordado en la segunda lectura de hoy. El profetismo no se basa en imponer nada, sino en amar mucho. Amar al mundo y a sus habitantes, amar a los pecadores pero no al pecado. Proponer la verdad con amor sabiendo disculpar los errores, exponer la doctrina evangélica con total caridad creyendo totalmente en ella, mostrar claramente la vida mejor que Cristo nos regala, esperando fuertemente en aquella eternidad asegurada y reservada; y atestiguar la caridad radical, aguantando todo tipo de calumnias y menosprecios o engaños.

Pero si el miedo se vence con amor, el temor y el desaliento solo pueden ser vencidos por la acción del Espíritu Santo en nosotros, quien, como dice el salmo, nos abre un vado por las aguas caudalosas (cf. Sal 77, 20). El cristiano debe abrirse paso por los caminos de la historia y alejarse de toda aquella maldad que contamina su alma. Pero esto solo es posible con el auxilio divino.

Profetas que anuncian y aman, que denuncian amando para destruir lo malo y edificar almas nobles que busquen agradar a Dios, esto es lo que los cristianos deberíamos ser en el mundo, porque hemos sido llamados para esto, precisamente. Es nuestra vocación, nuestra vivencia de la santidad cristiana en medio de nuestros trabajos y nuestros ambientes.

¡Ánimo, hermanos! Que el Señor estará siempre con nosotros.

Dios te bendiga

sábado, 29 de diciembre de 2018

UN VALOR A DEFENDER


HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA


Queridos hermanos en el Señor:

            En medio de estos días entrañables de Navidad, en que recordamos el nacimiento en carne de Nuestro Señor Jesucristo, el calendario litúrgico nos trae hoy a la contemplación una estampa querida por todos: la Sagrada Familia formada por María, San José y el niño Jesús.

            Este núcleo familiar sirve hoy de modelo y de intercesión para todos nostros: los que tenemos familia o los que habéis formado, junto a vuestros cónyuges e hijos, vuestra propia familia. La Familia de Nazaret es modelo en cuanto nos muestra el designio querido por Dios para cada persona y la sociedad, pues bien dice el Catecismo: «Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes» (CEC 2203). La familia de Nazaret, según se desprende de los textos bíblicos, proclamados, es modelo de esas relaciones de crecimiento y de coigualdad que el Catecismo recoge.

El delicado cuidado de san José hacia María y Jesús, le convierte en modelo de conducta para los padres, llamados a educar y procurar para sus hijos el camino de la salvación y del amor a Dios. Están llamados a amar a sus mujeres con un amor de entrega total, y junto con ella, buscar la salvación y la santidad. La entrega sencilla y humilde María a su familia y a Dios la hace perfecta modelo para las madres y esposas de familia quienes tienen la incomparable misión de poner ternura, paz y serenidad donde las situaciones familiares lo exijan. El genio femenino pone en juego todas sus capacidades para abrir nuevos caminos a los hijos y agradar el hogar a toda la familia. La esposa está, del mismo modo que el esposo, a procurar que los hijos conozcan a Dios le amen y, junto a su esposo, alcanzar la santidad y la salvación. En este sentido, el Catecismo de la Iglesia ofrece un precioso y sencillo programa para las familias de hoy: «La familia cristiana […] es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera» (CEC 2205). Los hijos, por su parte, deben mirar al niño de Belén, que crece en Nazaret, como modelo de conducta y obediencia respecto a sus padres, pues Jesús, aún siendo Dios y teniendo a Dios como único y verdadero Padre, se sometió a la obediencia dócil de san José y de María su madre.


La familia es hoy más necesaria que nunca. Nos dice el Catecismo y sin falta de razón: «La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad. La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres. Numerosas son las familias que en ciertos momentos no se hallan en condiciones de prestar esta ayuda. Corresponde entonces a otras personas, a otras familias, y subsidiariamente a la sociedad, proveer a sus necesidades. “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo” (St 1, 27)» (CEC 2207-08).


¿Acaso el drama de nuestro mundo y nuestro fracaso como sociedad y civilización no será que hemos olvidado todo esto? Hemos cerrado la puerta a la humanización que conseguía el núcleo familiar para abrírselas a los males de la modernidad que han endurecido nuestro corazón y han enfriado nuestras relacione familiares y sociales.


Para paliar los males que hoy aquejan a las familias, la Sagrada Familia de Nazaret se nos presenta también como intercesora ante Dios. Intercesora por aquellas familias que viven inmersas en conflictos: padres que no se hablan con los hijos, hermanos que no se hablan entre ellos o con los padres. Intercesora por aquellos cónyuges de uno u otro sexo maltratados, vejados. Intercesora por tantos conflictos domésticos dentro del hogar que siempre pagan los hijos, los más indefensos. Intercesora por aquellas madres que contemplan el aborto como una opción sin ser conscientes del síndrome posaborto; intercesora por aquellas familias cuyos miembros han sido víctimas del desempleo y no llegan a final de mes.


La Sagrada Familia de Nazaret es garante de paz, esperanza, pan y unión en las familias actuales. Es abogada de aquellas familias que afrontan dificultades y marginación. Es refugio de aquellas familias que tienen algún miembro enfermo o anciano a su cargo.


En este momento de nuestra historia debemos volver a valorar la familia en toda su realidad, sabiendo que no hay familias perfectas y que constituir una familia es un trabajo de todos los días: renovar el amor de los esposos, progresar en la confianza y la educación de los hijos, perdonar las desavenencias, cuidara los enfermos y proteger a los miembros más débiles es un arte que nunca termina de aprenderse. Pero con todo y con eso, la familia es un don de Dios que debemos amar, defender y proteger. Que Dios nos ayude a todos en esta tarea. Así sea.


Dios te bendiga

domingo, 25 de noviembre de 2018

HOY RUGIÓ EL LEÓN DE JUDÁ


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO



Queridos hermanos en el Señor:

            Como cada año, llega a nuestras vidas la preciosa fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Como si quisiera ser un resumen de todo lo vivido y celebrado en este curso litúrgico, la fiesta que hoy celebramos es la viva imagen, el colofón, del tránsito de Cristo por este mundo a la gloria. El “Ven, Señor” que elevábamos en Adviento halla su respuesta en la solemnidad de este día. Junto a la mística venida de Cristo en carne que celebramos en Navidad, la fiesta de Cristo Rey nos recuerda que, efectivamente, esperamos su venida al final de los tiempos para que nuestro Rey reine y nosotros reinemos con Él. El ciclo pascual de 90 días que recorríamos desde la Cuaresma hasta la Pentecostés, encuentra en Cristo Rey su expresión más viva y real, pues Cristo es exaltado como Rey en la Cruz, coronado en la Pascua y dominador del orbe en su ascensión. Por otra parte, el ciclo de la configuración o Tiempo Ordinario nos permitía sentarnos a los pies del Rey y escuchar y aprender los preceptos y enseñanzas en su divina escuela.


            Las lecturas que acabamos de escuchar nos muestran un cuadro magnífico sobre la exaltación regia del Señor: en Daniel lo vemos asumiendo el poder y el dominio de la Creación y, por ello mismo, el Apocalipsis lo presenta como “Alfa y Omega, Principio y Fin”. Cristo es, pues, el gobernador de la Creación y del tiempo, de lo existente y de la historia. Éste mismo es proclamado, indirectamente, como Rey por el gobernador romano Poncio Pilato, pues lo que este pronuncia como interrogación, los hechos y la historia lo han devenido en afirmación: “¿Tú eres Rey?/ Tú eres Rey”.

            Hoy, hermanos, somos nosotros los que hemos de seguir proclamando la realeza de Cristo. A nosotros nos toca ser fieles vasallos de este Rey amigo que quiere reinar en nuestros corazones y en nuestra sociedad. El problema es que hoy las naciones y los pueblos de la tierra han dado la espalda a Cristo, ya no se legisla teniendo a Cristo como fundamento de todo, el decálogo divino se ha convertido en un estorbo, la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se percibe como un quiste maligno al que hay que extirpar. Por doquier se suceden inmoralidades y profanaciones, impunemente se cometen sacrilegios y la ley natural se niega sin más. Hoy Cristo busca su lugar para reinar y golpea a la puerta de nuestro corazón para que le abramos y le demos sitio en nuestra posada.


            El trono que hoy quiere Cristo es el corazón de sus fieles. Vivimos, ciertamente, en tiempos de confusión y se necesita tener muy claro qué bandera queremos tomar y servir: la bandera del Rey eterno o la bandera de los reyezuelos temporales que buscan perpetuarse en leyes absurdas. Es hora de dar a los césares de este mundo lo que les corresponde y al único y verdadero Dios lo que en virtud de su amor y gracia solo a Él debemos darle. Quizá puedan ayudarnos a entender esto, los inmortales versos de Calderón: «al rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios». El alma inmortal de los cristianos es lo más precioso y querido por el Rey eterno y es lo que debemos cuidar para poder un día gobernar con Él en la verdadera patria del cielo, donde esta el Reino de Cristo.


            Queridos hermanos, la fiesta de hoy ha marcado la espiritualidad de la Iglesia del s. XX, pues al heroico grito de “¡Viva Cristo Rey!” supieron derramar su sangre la pléyade noble de mártires insignes que iluminan la vida y el testimonio de los cristianos de hoy. Hermanos, seamos valientes en nuestra opción fundamental, empuñemos la bandera del Rey eterno, el victorioso león que ruge con fuerza abriendo el libro de la vida de quien es su principio y su fin. No temamos los embates de la vida ni las contradicciones sociales que habremos de vivir por esta causa, pues sabemos que en Cristo y con Cristo reinaremos para siempre en la gloria del cielo. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 27 de octubre de 2018

LOS HABITANTES DE LAS CUNETAS


HOMILÍA DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO




Queridos hermanos en el Señor:



Acabemos de leer la crónica de un milagro. Un maravilloso e inesperado encuentro entre Jesús de Nazaret y un marginado social, un maldito por Dios con la supresión de la vista.



El ciego, cuyo nombre conocemos, vivía en la cuneta del camino. Pensemos un poco en este dato: ¿Qué hay en la cuneta de nuestros caminos rurales, de nuestras carreteras? En la cuneta se arroja lo que sobra, se encuentra lo que no se valora o no se necesita. La cuneta es el lugar de lo inútil. 



Hoy, en nuestro mundo, surgen y se crean muchas y variadas cuentas: vivimos en una sociedad del descarte, muy dada a arrojar el apelativo de "inútil" a todo aquello que no sirve para el progreso material de la sociedad. Las cunetas de hoy son: las exclusiones sociales, el aborto, la eutanasia, la precariedad laboral, etc.



Son cunetas donde se arroja como desperdicios: a los pobres, a los “sin techo”, a los niños por nacer o a los ancianos y enfermos que suponen más gasto que beneficios, a los pecadores. 



Hoy como ayer, esos mismos siguen gritando desde la cuneta como aquel ciego: «¡Jesús, Sálvanos!». El ciego sabía que no podía esperar nada de sus coetáneos, sabía que nada podía recibir de su mundo y de la sociedad.  Por eso su grito va más allá de lo humanamente posible, su grito clama a Dios, el único - que sabe- puede salvarlo. 



Hoy, comal ayer, esos habitantes de las cunetas vuelven a gritar a Dios con fuerza esperando a que su voz halle eco y hueco en la Iglesia, en la comunidad cristiana. Nosotros, ¿mandamos callar a estos o les damos voz?



Frente al ruido del mundo que busca ahogar el clamor de los habitantes de la cuneta, Jesús se eleva por encima de todo y, hoy, vuelve a decir: «Ven». Jesús está por encima de los cantos de sirena que buscan despistarnos y ensordecernos. Jesús llama sin importarle más que la dignidad de esa persona. 





"Soltó el manto, dio un salto y llegó a Jesús" en esta secuencia de verbos, se expresa el misterio de la liberación y redención del género humano: "soltar el manto" es despojarnos del vestido viejo del pecado; "dar un salto" es elevarse desde la postración y hundimiento del mal y del pecado; "llegar a Jesús" término y fin del camino. 



La llamada de Jesús a Bartimeo es una llamada liberadora, una acción redentora. Despierta alegría y salvación, esperanza de ser escuchados por Dios, ser atendidos por su misericordia, sin abolir nuestra libertad. Solo desde esta perspectiva se entiende la pregunta de Cristo "¿qué quieres que haga por ti?".



Cristo se lo preguntó al ciego, Cristo se lo pregunta a los pobladores de la cuneta y Cristo te lo pregunta hoy a ti. Para que pidas y hables sin miedo. Vemos que de la cuneta se puede salir. La cuneta de la vida no es para siempre. Pero hay que gritar a Dios y emprender el camino hacia él. Un camino que se transita por la via de la Fe. Y, precisamente, es lo que rescata y salva a Bartimeo de la cuneta: la fe en Dios. 



Desde la Fe podemos contemplar la vid de otra manera. Solo en la Fe encuentran hueco las voces de los miserables de las cunetas de nuestro mundo. Sin Fe no hay nada que hacer. Todo se cae y es estéril. 



Es la fe la que ilumina la vida del ciego. Es un camino de salvación, de libertad y de fe católica. Ánimo, hermanos, soltad el manto y saltad hasta Jesús, que nos espera siempre. Amén. 

Dios te bendiga