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sábado, 6 de octubre de 2018

VOLVER A LOS ORÍGENES

HOMILIA DEL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO





Queridos hermanos en el Señor:

        Quizá el Evangelio de este domingo pueda resultarnos dificil, incomodo o duro de oir. El Señor Jesús no es correctamente político, no teme el ser rechazado; sino que habla con la autordiad de su naturaleza divina, con la única intención de establecer la verdad y la belleza de las relaciones humanas fundadas desde el principio del mundo bajo el plan divino del Creador.

      Ante la pregunta capciosa que le presentan a Jesús sobre la legalidad del divorcio, Jesús contrapone la ley de Moisés dada en el Deuteronomio con el plan original querido por Dios. Pero ¿cuál es este plan? ¿qué pretende? indicaremos tres rasgos de este diseñor divino: 1. Dios quiere que el hombre viva en compañía, que no esté solo. Esto supone que el hombre sea, por naturaleza, un ser para la comunión. El hombre quiere vivir en sociedad, y la célula de esta sociedad es el matrimonio y la familia. En otras palabras, podemos decir que el hombre es un ser eminentemente familiar. 2. Para satisfacer ese ansia de comunión y compañía, Dios crea un ser coigual al hombre en su naturaleza y diginidad. El ser creada, la mujer, de la costilla, supone que ella ha salido de lo más cercano al corazón del hombre y por tanto, éste la reconoce como algo propio y co-igual a él, de ahí la expresión "ésta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne". 3. El hombre (y la mujer) tienen la capacidad de poner nombre a las creaturas, esto es, son dueños y dominadores de todo lo creado. Poner nombre implica poder y autoridad, dominio y conocimiento. Luego, vemos que el hombre no es un ser supeditado a Dios, sino que goza de un status, dentro de la creación, único.



         Ahora bien, si este es el plan divino desde el principio, dónde está el escollo que Moisés pretendió resolver: la fuerza del pecado que destruye las relaciones humanas y, también, las humano-divinas. Por tanto, todo aquello que fuera contra el plan original del Creador no podía servir para la Nueva Alianza fundada en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, por eso, Jesús se muestra tan claro en esta enseñanza que hoy hemos escuchado de sus labios. No solo valora negativamente el divorcio, sino que es mucho más grave contraer nuevas nupcias con otra persona tras éste, es lo que denominamos: adulterio. Y esta es la enseñanza, inmutable, de Jesús y, por ende, la de la Iglesia católica. Todo intento de edulcorarla, difuminarla o invertirla, será una burda tomadura de pelo a tantos matrimonios santos que con sus mas y sus menos, sus dificultades y sus éxitos han vivido el sacramento del matrimonio hasta el final de sus vidas.

        Los textos que hoy hemos leido son una invitación a re-proponer la belleza del amor humano y del matrimonio como lugar donde ese amor se vive y se realiza en plenitud. Hoy es dia de agardecer a Dios por todos aquellos matrimonios ejemplares que han sabido valorar y vivir la plenitud del sacramento y no han sucumbido a la tentación del abandono, de la sepración o del divorcio. El divorcio es siempre un fracaso de la vida, una frustración de unn plan de vida que no llegó a realizarse y naufragó. Es una realidad, ciertamente, dolorosa que debemos tomar en consideración con mucha cautela y discernimiento, sin olvidar la gravedad del pecado pero el necesario bálsamo de la misericordia.



       Ojalá que hoy el Señor Jesús toque con su gracia e ilumine a tantos esposos y familias que atraviesan malos momentos para que les haga andar el camino del bien. no podemos obviar, en este sentido, la alusión a los niños como modelo de cómo hemos de recibir el Reino de Dios: con humildad y sencillez como don que se nos da, sin reivindicar ni poderes ni status ni privilegios, ya que el Reino lo trasciende todo, incluido el amor humano, del cual es reflejo en este mundo. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 30 de septiembre de 2017

LA INTENCIÓN NO ES LO QUE CUENTA


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            ¿Cuántas veces escuchamos “la intención es lo que cuenta”? quizá por conformarnos con las migajas de la resignación, quizá por sobrevivir a la amargura de la propia limitación. Pero no. No siempre la intención es lo que cuenta. La vida no se vive de buenas intenciones por muy nobles que fueren. Esto es así porque la intención pertenece al ámbito de lo íntimo humano, es decir, a la subjetividad, lo que supone que el otro, el prójimo al que iba destinada la acción no tiene porqué conocer dicha intención. La pura buena intención a veces nos traiciona y no nos deja llevar a cabo los actos que nos proponemos: todo lo quedamos en intenciones pero a la hora de la verdad nunca se concreta nada. Así pues, será necesario vivir la simbiosis entre intención y actuación.

            Esta es la diatriba de fondo en que se desarrollan las lecturas de hoy. Se nos plantea un problema: Vivir la voluntad de Dios o dicho de otra manera, vivir la dimensión obediente de la fe cristiana.

            La voluntad de Dios es el designio amoroso y salvífico que Dios dispone para que nuestra vida camine por la vía del bien y la felicidad. La voluntad de Dios nos presenta un horizonte existencial que el hombre debe aprehender para desarrollar su vocación a la santidad. Esta voluntad divina se debe aceptar por la fe. Cuando lo hacemos, nuestra vida se llena de paz en medio de la guerra espiritual en que nos debatimos.

Pero las lecturas de hoy nos presentan dos actitudes a la hora de aceptar o no por la fe la voluntad de Dios:

1. La primera es la de aquellos que tienen buena intención y disposición para cumplirla pero todo se queda ahí, no se lleva a efecto. Es – en palabras del profeta Ezequiel – el justo que se aparta poco a poco del bien. El segundo hijo de la parábola de hoy: “iré” pero no fue. Es una actitud que deviene en maldad y pecado; porque esto es lo que supone el rechazo y la irrealización de la voluntad de Dios.

2. La segunda es la de aquellos que al principio se rebelan y no aceptan la voluntad de Dios porque les parece incomprensible, porque es difícil, por una mala experiencia que les hizo caer en el ateísmo, etc. pero que al final recapacitan y la acometen. Es – en palabras de Ezequiel – la actitud del pecador que se convierte y se salva. Según la parábola del Evangelio es la actitud del primer hijo. Esto es lo que llamamos conversión y obediencia de fe.
¿En cuál de estas dos te encuentras tú actualmente? ¿Cuál es la que más abunda en tu vida? ¿Cómo has llegado a ella?

¿Por qué es posible esta última actitud de obediencia de fe? nos lo recordaba el salmo: porque el Señor recuerda su misericordia eternamente. El sabe de nuestra debilidad y nuestra flaqueza, conoce los pecados de nuestra juventud, es decir, de la primera reacción de rechazo pero prefiere primar la bondad de la acción última del converso al que ha enseñado su camino.

¿Quién nos ha ofrecido el ejemplo más eximio de cumplir la voluntad de Dios? No es otro que el mismo Jesucristo quien siendo de condición divina se hizo hombre hasta morir en la cruz y por eso se le concedió el ser exaltado sobre todo. Del mismo modo quien se humilla para cumplir la voluntad de Dios se granjea la gloria eterna, es decir, ser ensalzado sobre todo. De ahí que san Pablo nos exhorte hoy a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Pues ánimo, hermanos, procuremos vivir nuestra vida santamente teniendo claro cuál es la meta de nuestra vida: buscar el hacer siempre y en todo la voluntad de Dios con buena disposición y sin intenciones “buenistas” que nunca se concluyen. Solo lo haremos ayudados por la gracia de Dios que potencia y conforta nuestra débil voluntad. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 5 de agosto de 2017

Y SE TRANSFIGURÓ DELANTE DE ELLOS


HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


Queridos hermanos en el Señor:

El tiempo ordinario en que nos encontramos esta jalonado de fiestas, memorias y solemnidades referidas al Señor o a su Madre o a los santos que pretenden hacernos ver que el Misterio de Cristo no queda perdido en el tiempo sino que se concreta en la vida de muchos testigos que han dejado transparentar la luz del misterio pascual en sus vidas.

En este domingo, la secuencia del tiempo ordinario se ve interrumpida por una fiesta especial en el calendario litúrgico: especial por dos motivos: por ser un misterio de luz del Señor, donde Cristo se nos muestra con toda su gloria, poder y divinidad; y segundo motivo, por ser una fiesta que une a la Iglesia de oriente con la de occidente. Es, por tanto, en este sentido, una fiesta ecuménica.

A diferencia de la Cuaresma, donde la Transfiguración es el prólogo de la pasión del Señor y el acento se pone en la necesidad de escuchar la voz de Cristo en medio del desierto cuaresmal; la fiesta de hoy  quiere situarnos en la contemplación estática del misterio de Cristo glorioso, el Kyrios (= Señor) que vive en su Iglesia y que vuelve a manifestarse como tal en la celebración de la liturgia, haciendo del altar un nuevo Tabor.

La fiesta de la Transfiguración, hoy día, quiere recordarnos la esencia más profunda de nuestra religión católica: la trascendencia, es decir, ir más allá de los velos que la realidad impone. Podemos correr el riesgo de reducir la fe a un puro sentimiento de tal manera que la religión se desvanece en el ir y venir de lo que experimentamos o no. El problema de todo es el haber perdido el sentido de la trascendencia. Solo vivimos para el placer, el bienestar, la salud y el dinero olvidando, irremediablemente, que el ser humano se distingue del reino animal porque tiene alma. Un alma que necesita ser nutrida por la gracia, que necesita el alimento espiritual que le proporcionan los sacramentos. Y como consecuencia de haber perdido este horizonte, acabamos acudiendo a tarotistas, nigromantes, ouija, espiritismo, etc. Todo para saciar la sed de trascendencia que nuestra alma requiere y nosotros le negamos. Al fin y al cabo, en lugar de darle agua pura y cristalina le damos el peor de los venenos que la abocan, irremediablemente, a morir.

El misterio de la Transfiguración nos ofrece el destino último del cristiano: ser transformados a imagen perfecta de Cristo para participar de su divinidad. Esta meta última de la vida supone la realización plena de las profecías antiguas, del empeño humano de ser como Dios. A diferencia de la serpiente del Génesis, Cristo nos ofrece una verdadera y plena divinización con Dios y nunca sin Él. Pero no creáis, hermanos, que esto es una especie de premio reservado para el final de la vida. No. En nosotros, la Transfiguración es un proceso que se inicia en el bautismo y que va desarrollándose en la vida mediante la vivencia de las virtudes teologales y el cumplimiento de los compromisos bautismales o de la vida cristiana. De esta manera, con la muerte esta progresiva divinización va llegando a su punto final, pues vivimos para siempre en Dios, participando de su vida divina, por toda la eternidad.

De este modo, hermanos, vemos que no somos un producto de la pura y desnuda bilogía; que nuestra vida no es fruto de la casualidad ni el devenir de los astros. No. Cada uno de nosotros, somos algo más que la realidad que vemos y sentimos; somos queridos por Dios, llamados por su voluntad a existir. Cuando estamos a punto de acercarnos al Tabor del altar, debemos disponer nuestro corazón para volver a confesar nuestra fe en Cristo, muerto resucitado. Volver a experimentar el gozo de su compañía que hizo exclamar al apóstol Pedro “Maestro qué bien se está aquí”.

Caminemos, pues, hermanos, con plena confianza al Tabor para encontrarnos con el Dios y hombre verdadero que al igual que el cambió sus vestiduras en un blanco deslumbrante, hoy quiere transformarnos en hombres y mujeres renovados por su gracia para dar testimonio de su amor, poder y gloria en medio del mundo. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 10 de junio de 2017

ALABANZA A LA ETERNA Y SANTA TRINIDAD


HOMILIA EN EL DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD



Queridos hermanos en el Señor:

            En este domingo la Iglesia nos propone la contemplación del misterio Fontal de nuestra fe cristiana: la Santísima Trinidad. Celebrar esta verdad de fe significa fijar nuestros ojos en el centro del misterio de Dios, en Dios mismo. La primera lectura nos ofrece unos rasgos que muy bien pueden definir la originalidad del Dios judeo-cristiano. Ante la plegaria de Moisés, Dios no se resiste a bajar y pasar delante de Él. A veces puede asaltarnos el pensar que Dios está lejos, que no se preocupa de nosotros; ¡y nada más lejos de la realidad! Dios siempre está a la escucha de las necesidades de sus hijos, Él baja constantemente para atender el clamor de sus fieles. A este hecho los padres griegos lo llamaban la “synkatabasis”, esto es, la condescendencia.

            Pero Dios no se conforma solo con bajar sino que, además, quiere pasar ante nosotros, caminar al paso de su pueblo. El Dios de los caminos de la historia que se hace uno de nosotros hasta el punto de llegar a tomar carne humana sin dejar de ser Dios. Por eso, Moisés eleva esa sentida plegaria confiando en que Dios es el único que puede entender la tanto la torpeza del pueblo como su gran necesidad de Él.

            Otros dos rasgos que se atribuyen a Dios en este pasaje son el de “compasivo” y “misericordioso”. Dios baja y camina con nosotros movido por su compasión y derramando su misericordia. Es un Dios clemente y leal. Clemente cuando baja compasivo y leal cuando pasa misericordioso. Ese es el Dios de la revelación, el Dios que no tiene comparación con ningún otro.


            En el Nuevo Testamento, la manifestación de este Dios monoteísta da un paso más y se revela no solo como Padre, sino también como Hijo en Jesucristo y Espíritu Santo. Así lo pone de manifiesto san Pablo en la segunda lectura al despedirse de los corintios: gracia, amor y comunión. La gracia es Jesucristo porque es el gran don que el Padre eterno nos ha regalado para que, como dice el evangelio de Juan, nos salvara y no nos juzgara y condenara. El amor se relaciona con Dios por su carácter Fontal, es decir, el amor es la fuente de todas las relaciones personales tanto trinitarias como humanas y si Dios mismo es la fuente de todo, de ahí que Dios sea el amor, aunque san Agustín en su teoría psicológica entablará otra ecuación. Por último, el Espíritu Santo es comunión porque es quien puede unir y sintonizar los corazones de los fieles. El Espíritu es vínculo de caridad que nos une a todos en una fe, en un amor y en una esperanza.

            Sin embargo, no basta con saber cosas teóricas de Dios. Porque en Dios más que el ser importa el actuar. Dios reclama para sí mismo nuestra fe. Así lo expone el texto evangélico. La fe (gr.= pistis) y el creer (gr.= psiteuo) son modos de conocimientos que acompañan y completan a la pura razón humana (gr.= logos). Por eso, para mejor conocer a Dios no bastan con argumentos racionales o pruebas de su existencia; sino la experiencia de Dios en la vida.


            Dios baja hoy a tu vida, quiere caminar contigo, quiere mostrar su compasión y misericordia contigo. ¿Estas, hoy, dispuesto a acogerlo por la fe? El texto evangélico no admite dudas ni extrañas interpretaciones. El juicio depende la fe. Quien tiene fe no será juzgado porque ha asumido el amor de Dios en su vida, pero quien se niega a creer en Dios no ha conocido su amor y por tanto está lejos de la salvación.

            Así pues, queridos hermanos, la fiesta de la Santa Trinidad es una muy buena oportunidad para, como dijimos al principio, volver nuestra mirada al Dios único y verdadero, al Dios revelado en Tres Personas por Jesucristo. Nuestro Dios es un Dios de amor, de paz, compasivo, misericordioso, lento a la irá, rico en clemencia, que se abaja para estar con su pueblo, que quiere caminar junto a él. Tener fe, hermanos míos, es un regalo que no podremos agradecer nunca. Es un regalo cada día su amor y su desvelo por nosotros, su ternura y caridad. Por eso mismo, alabemos a la Santa y Eterna Trinidad, Unidad indivisible y única Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, por los siglos de los siglos y eternidad de eternidades. Amén.

Dios te bendiga

sábado, 20 de mayo de 2017

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD OS DARÁ LA LIBERTAD PLENA


HOMILIA DEL VI DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            En este penúltimo domingo de Pascua las lecturas que la liturgia propone nos presentan un sencillo, pero bastante completo, tratado sobre el Espíritu Santo. Podríamos estructurar los datos de la Escritura en tres ideas: Promesa, cumplimiento y transformación.

            Promesa: así nos lo presenta el Señor Jesús en el capítulo 14 de Juan. Ha llegado la hora de la partida, Jesús tiene que volver al Padre. Solo con la entrada de Cristo en el santuario del cielo, ante la presencia del Padre eterna, se verá asegurado el envío del Espíritu Santo sobre sus discípulos. Será la acción del Paráclito, el defensor, quien haga posible guardar los mandamientos dados por el Señor para sellar así la relación de amor entre Cristo y los discípulos. No se puede amar a Cristo de manera abstracta, sino adoptando su misma forma de vida mediante el acatamiento de sus palabras. Así pues, esta será la última promesa realizada por el Señor, el envío del Espíritu Santo.

            Cumplimiento: esta promesa llega a su fin en el día de Pentecostés cuando el Espíritu inunda el corazón y la conciencia de los apóstoles y comienza la, hasta hoy, bi-milenaria historia de la Iglesia. Tal como se nos muestra en este pasaje de Hechos, en el ciclo del diácono Felipe, el Espíritu es el que hace posible la continuación de la obra terrena del Resucitado. El Espíritu es el que reviste de poder y autoridad (dinamis y exousía) a los discípulos para que puedan administrar la gracia que viene del cielo. Felipe administra el bautismo para el perdón de los pecados y la filiación divina, pero la plenitud de la gracia solo se da cuando Pedro y Juan les imponen las manos y se derrama la fuerza del Espíritu.

            Transformación: la acción del Espíritu Santo en los fieles nos es concretada por la epístola de san Pedro: es el Espíritu que nos capacita para dar razones de nuestra fe y esperanza; es el Espíritu que provoca en nosotros actitudes de bondad y mansedumbre capaces de confundir a los enemigos; es el Espíritu que da la fortaleza a los mártires para que perseveren en el bien y por este bien padezcan los tormentos. Por último, es el Espíritu que da vida y hace posible la Resurrección tanto de Jesucristo como la nuestra al final de los tiempos.

            Estamos, ciertamente, en el tiempo del Espíritu. Cada celebración litúrgica es un nuevo Pentecostés, un derroche de gracia, un nuevo cumplimiento de la promesa del Señor de que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. La presencia de Cristo entre sus fieles solo se produce por la acción del Espíritu. Y porque esto es así, fue imprescindible que Pedro y Juan fueran presurosos a Samaría a “completar” el bautismo de Felipe, confirmando este sacramento con la unción del Espíritu. El Espíritu Santo es el único que puede darnos un pleno y profundo conocimiento del Señor; el único que puede envolvernos en una sincera relación amorosa con la Trinidad.

            Creo que este domingo es un buen día para pensar en nuestra relación con el Paráclito. ¿Le invocamos? ¿Le tenemos presente? No podemos olvidar que es el Espíritu de la Verdad, como le llama el Señor, pues parece ser que este nombre viene de la tradición de Qumrán. Sin embargo, a nosotros poco nos importa esto sino más bien qué significa el Espíritu de la Verdad.

Dice Jesucristo que la Verdad os hará libres (cf. Jn 8, 32). Luego es la acción del Paráclito la que nos libera de las ataduras del mal y de nuestros pecados. La libertad que da Cristo no es una libertad política o social o terrenal, sino muy superior a éstas. Se trata de la libertad del alma, del corazón, del Espíritu. La libertad que nos da la gallardía para hacer frente a las ideologías totalitarias; para superar las esclavitudes de las trampas que el demonio nos pone; es la libertad de quien sabe que lo tiene todo perdido pero que es más lo que ha ganado. Es una libertad sincera, que no necesita de componendas ni pactos miserables. Pero esta libertad solo viene en la medida en que vivamos la Verdad, con mayúsculas. Y la Verdad tiene un nombre: Jesucristo.

Quien busca la Verdad acaba encontrando, necesariamente, a Jesucristo. Esto solo puede ser posible por la fuerza del Espíritu, quien nos guía hasta la Verdad plena (cf. Jn 16,13). La Verdad se torna confianza, se torna seguridad, se torna en estabilidad. Conocer y vivir la Verdad lleva a hacer nuestra aquella frase “se de quien me he fiado” (cf. 2 Tim 1,12). Pues, ojalá, queridos hermanos, que nos afanemos en la vida por buscar la Verdad, solo así seremos realmente libres. Ojalá que el conocimiento de Cristo nos lleve a amarle totalmente y amándole le sigamos dando razón de nuestra fe, padeciendo por su causa y gozando de su Resurrección en nosotros.

Dios te bendiga

viernes, 12 de mayo de 2017

LITURGIA DEL V DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas; reveló a las naciones su salvación. Aleluya». Tomada, con alguna variación, del salmo 97, versículos 1 al 2. La Pascua es el tiempo de las maravillas obradas por Dios desde la creación del mundo. Pero si admirable es la creación, aún lo es más la redención, porque afecta no solo al hombre caído, sino también a todo lo que existe, ha existido y existirá. La liturgia de este domingo nos invita a cantar, a exultar de gozo por haber sido asociados a este conjunto de maravillas que Dios obra cada día y actualizamos y celebramos en la Eucaristía.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, lleva a su pleno cumplimiento en nosotros el Misterio pascual, para que, quienes, por tu bondad, han sido renovados en el santo bautismo, den frutos abundantes con tu ayuda y protección y lleguen a los gozos de la vida eterna. Por nuestro señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración está centrada en el misterio pascual de Jesucristo como principio sobre el que hemos de fundamentar la nueva vida recibida en el santo bautismo. Con su muerte y resurrección se nos ha abierto el camino hacia la pascua definitiva para cada uno, que es el cielo; pero para ello hemos de dar aquí y ahora frutos de buenas obras.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, que nos haces partícipes de tu única y suprema divinidad por el admirable intercambio de este sacrificio, concédenos alcanzar en una vida santa la realidad que hemos conocido en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor». Solo la encontramos en el misal romano de 1570 para el IV domingo de pascua. La teología del “mirabile commercium” (= admirable intercambio) no se reduce solo al tiempo de Navidad sino que se extiende a todo el año litúrgico. Pero en este tiempo de pascua, el admirable intercambio se ha dado, no ya en la Encarnación del Verbo, sino también en el intercambio operado entre el Hijo y nosotros respecto del sacrificio de expiación a Dios Padre. Dicho de otra manera, en la pascua, Cristo se entrega a sí mismo en rescate por todos (cf. 1Tim 2,5) como dijo Él “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28) y como canta la liturgia de la Vigilias pascual “para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo”. Pues bien, este trueque asombros es el aval para poder vivir la vida nueva de los renacidos en el bautismo.

Antífona de comunión

«Yo soy la verdadera vid, y vosotros los sarmientos, dice el Señor; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. Aleluya». Centonización de los versículos 1 y 5 del capítulo 15. Pretende ser un eco del evangelio de este domingo. Mediante la comunión sacramental nos unimos muy íntimamente al Señor, o dicho de otra manera, por el bautismo somos injertados en el tronco de Cristo y por la comunión recibimos la sabia de la vida nueva. El cristiano tiene que actualizar cada día su unión con el Señor y ésta se realiza de modo más eficaz participando del Cuerpo y la Sangre del Señor.

Oración de pos comunión

«Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Esta oración sitúa en el plano escatológico la oración que desde el inicio de la misa no ha dejado de repetirse en el formulario: el paso del hombre viejo a la vida nueva que se nos da por el bautismo. La conversión conlleva la perseverancia en el bien y la perseverancia en el bien se mantiene por la asidua participación en el banquete eucarístico.

Visión de conjunto

            Hay ocasiones en la vida que uno debe pararse y pensar cómo está viviendo, si va bien, si va mal, qué debe mejorar, qué debe potenciar. Todos hemos pasado alguna situación en que nos gustaría cambiar, es decir, no nos sentimos cómodos con lo que vivimos, y pensamos que debemos dar un paso más, un paso adelante.

En la vida espiritual ocurre lo mismo: constantemente hemos de ir dando pasos en nuestra conversión personal. Por el bautismo hemos abandonado nuestra condición de pecado, de hombre viejo. Por las aguas bautismales hemos sido sepultados con Cristo y restituidos a la gracia, a la vida nueva con Él. Pero no es menos cierto que la vida cotidiana puede hacernos creer lo contrario, puesto que a pesar de que hemos sido liberados del pecado original, la concupiscencia ha inclinado nuestra naturaleza hacia el mal.

Entonces ¿cómo entender esta dicotomía? ¿Somos justos y pecadores al mismo tiempo? A esto último debemos responder rotundamente no, puesto que la gracia y el pecado no pueden convivir simultáneamente. Gracia y pecado son como el agua y el aceite. Respecto a la primera cuestión, el formulario litúrgico de este domingo nos ofrece una bella exposición acerca de la vida nueva operada en nosotros por el bautismo.

En primer lugar, en la base de la vida nueva esta la participación sacramental en el misterio de la muerte y resurrección del Señor. El bautismo nos ha injertado en su cuerpo, de ahí que con razón podemos decir que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y que, por tanto, nosotros somos miembros de su cuerpo, piedras de su templo. Pues bien, si esto es así no podemos pensar que todo lo que atañe al cuerpo de Cristo sea ajeno a nosotros o que simplemente sea un mero ejemplo estimulante para la vida. No. Todo lo que atañe al cuerpo humano de Cristo repercute en los miembros de su místico cuerpo, es decir, la Iglesia en general y cada cristiano en particular.

Miremos, por un momento, el cuerpo glorioso del Cristo resucitado. Es un cuerpo transformado pero que conserva las llagas de la Pasión. Cada cristiano, por el bautismo, recibe los dones de la inmortalidad y de la divinización, es decir, participa de la condición gloriosa de Cristo, pero a la vez, conserva las marcas de los clavos, los azotes y la lanza. De este modo, a pesar de la nueva condición del cristiano, éste no se ve exento del ataque del pecado, porque los estigmas de Cristo fueron por nuestros pecados, es más, Cristo se ha hecho carne de pecado (cf. Rom 8,3; 2 Cor 5,21). Por tanto, también los cristianos llevamos, no el peso del pecado, que ya fue cancelado, sino las huellas del pecado. Por eso, y con toda razón, en la vida nueva de los regenerados en Cristo el pecado es una realidad presente pero no por ello destructiva, ya que nuestra vida ha sido recreada en Cristo y el pecado podemos evitarlo (cf. Gn 4, 7) y cuando lo hacemos, dice el Concilio de Trento, se convierte en causa de mérito para nosotros (Decreto sobre el pecado original, cap. 5; sesión V).

De este modo vemos como entender la aparente dicotomía entre gracia y pecado en nosotros y de cómo el hombre no es justo y pecador a la vez. Pero hay un aspecto que no podemos soslayar: la necesidad de resistir las embestidas del pecado, o lo que es lo mismo, vivir en gracia de Dios. El cristiano tiene que tener claro este deseo fuerte en su vida siguiendo las inspiraciones del salmo 26 que dice “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” o aquel salmo 42 “como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”. En Dios, y solo en Dios, debe el cristiano poner su pensamiento y su amor. Ciertamente, tendrá que servirse de las cosas de este mundo para poder vivir, pero éstas deben ser valoradas en tanto en cuanto me posibiliten mi camino de santidad y de amor a Dios y al prójimo (cf. Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, 23).

Vivir en gracia de Dios conlleva detestar el pecado y rechazarlo por completo, para vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios. Otro gran paso como consecuencia del bautismo: la libertad. El pecado es lo único que esclaviza, la santidad es lo que libera. La libertad de un cristiano radica, precisamente, en su relación con Dios. Quien pone a Dios en el centro de su vida, acaba relativizando todo lo que le ata a este mundo. Quien cifra toda su existencia en hacer lo que agrada a Dios, es verdad que se granjeará el desprecio del mundo, pero habrá ganado grandes cotas de libertad y desasimiento de todo lo terrenal. Hemos de despreciar, por tanto, todo lo que suponga una merma en la libertad adquirida tras el bautismo, esto es, el pecado y cualquier posibilidad del mismo.

Ojalá que poco a poco tomemos conciencia de nuestro bautismo y vivamos con fidelidad los dones que Dios nos ha regalado en la vida nueva. El bautismo nos da la capacidad de transparentar a Cristo en el mundo, por tanto, nuestra oración debe dirigirse a pedir la gracia de ser fieles y coherentes con este don tan maravilloso.

Dios te bendiga


viernes, 7 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS




Para el comentario de los textos litúrgicos de la misa del Domingo de Ramos nos centraremos en la propia celebración de la Eucaristía obviando los textos pertenecientes a la procesión de los ramos.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, que hiciste que nuestro Salvador se encarnase y soportara la cruz para que imitemos su ejemplo de humildad, concédenos, propicio, aprender las enseñanzas de la pasión y participar de la resurrección gloriosa. Por nuestro Señor, Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) también está presente en el sacramentario gregoriano de Adriano y en el misal romano de 1570. Esta oración ofrece una perfecta síntesis del ciclo temporal cristológico.

Pero no se queda en la mera exposición de los misterios sino que como pórtico de la Semana Santa, la Pasión del Señor ha de ser estímulo y enseñanza de cara a experimentar, por ella, la fuerza de la Resurrección.

Oración sobre las ofrendas

«Señor que por la pasión de tu Unigénito se extienda sobre nosotros tu misericordia y, aunque no la merecen nuestras obras, que con la ayuda de tu compasión podamos recibirla en este sacrificio único. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Desde la cruz, lugar donde se consuma la obra de la Redención, Cristo ora por sus enemigos pidiendo el perdón para ellos. La misericordia viene del madero de la cruz.

La oración acentúa la gratuidad inmerecida de la obra salvífica de Jesucristo, pues aunque nosotros por nosotros mismos no merecemos tanta gracia, la misericordia de Dios supera estas fragilidades y se desborda sobre nosotros.

Antífona de comunión

«Padre mío, si esta cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Tomada del capítulo 26, versículo 42 del evangelio de Mateo. En el momento de la comunión, este versículo conduce a los fieles a situarse en la noche de Getsemaní para participar, junto con Cristo, del cáliz de la Pasión. Hoy esta unión mística se realiza por medio de la comunión sacramental con el cuerpo y la sangre del Señor.

Oración pos comunión

«Saciados con los dones santos, te pedimos, Señor, que, así como nos has hecho esperar lo que creemos por la muerte de tu Hijo, podamos alcanzar, por su resurrección, la plena posesión de lo que anhelamos. Por Jesucristo, nuestro Señor». La primera parte de la  oración está tomada del gelasiano de angoulemme, el resto es de nueva creación. Esta oración está estructurada sobre un paralelo de tres ideas: esperar –lo que creemos-por muerte de tu Hijo/ alcanzar-lo que anhelamos-por su resurrección. En conjunto: esperar/alcanzar; lo que creemos/lo que anhelamos; por la muerte/ por la resurrección. La muerte de Cristo nos ofrece la esperanza de alcanzar la vida eterna que es lo que anhelamos por su resurrección. En definitiva, el misterio pascual nos trae el don de la vida eterna, que se nos da por el bautismo.    

Oración sobre el pueblo

«Dirige tu mirada, Señor, sobre esta familia tuya por la que nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse a los verdugos y padecer el tormento de la cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del gelasiano de angoulemme. La oración de bendición sobre el pueblo comienza con la fórmula epiclética “Respice, Domine (=dirige tu mirada, Señor)” pretendiendo, con ella, llamar la atención del Señor, evitando el olvido de Dios. La Iglesia es definida como “familia”. Por ella, Jesucristo “no dudó” en asumir el cáliz de la Pasión, haciéndose verdad el “passus est pro nobis (= padeció por nosotros)” para darnos vida.

Visión de conjunto

            ¿Cuántas veces en la vida andamos como perdidos como sin saber qué hacer, qué pensar, cómo actuar? En esas circunstancias necesitamos referentes que nos sirvan de ejemplo y estímulo para actuar con acierto. También los cristianos estamos necesitados de esos referentes alguna vez; de ahí que no sea otra, sino la Pasión del Señor el mayor ejemplo a seguir como nos recuerda san Pablo en su carta a los filipenses “tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (cf. 2, 5) y continúa con el himno cristológico de kénosis-exaltación; así como san Pedro en su primera epístola “Cristo os dio ejemplo para que sigáis sus huellas” (cf. 2,21).

            En la Pasión del Señor hallamos el ejemplo más eximio y la enseñanza más concreta de cómo un cristiano debe afrontar la vida y dar sentido a todo lo que vive ya sea bueno o sea malo. En la Pasión, Cristo nos da un ejemplo de aceptación humilde y obediente de la voluntad divina, eso mismo que a nosotros nos cuesta aceptar. Eso mismo que suscita espontáneamente en nuestra cabeza un mar de preguntas ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Dios es justo si permite esto o lo otro? Preguntas existenciales que agitan nuestra vida en un momento concreto y ponen a prueba nuestra fe.

            Cuántas veces decimos “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” pero cuando esta petición se cumple, qué pocas veces la aceptamos con entereza cristiana. Pues bien, aquí tenemos el ejemplo de Cristo que con más o menos perfección hemos de imitar en nosotros. La Semana Santa que ahora se abre es un tiempo propicio para pararnos y meditar sobre ello ¿cómo asumo lo que Dios quiere para mí? ¿Cómo vivo la voluntad de Dios en mi vida? ¿Tengo paz o agitación en el alma?

Feliz Semana Santa. Dios te bendiga

sábado, 21 de enero de 2017

"EL SEÑOR ES MI LUZ Y MI SALVACIÓN"

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:
Este III Domingo del “Tempus per annum” inaugura un ciclo nuevo de la predicación de Jesús, que Mateo nos traerá cada domingo. Tras la presentación que del Señor hizo el Bautista el domingo pasado, hoy Jesús comienza a predicar la Buena Nueva del Reino de los Cielos.
El oráculo de Isaías, que ya resonó la noche de la Navidad, vuelve hoy a nuestra asamblea para ser leído en clave de cumplimiento: la luz anunciada por Isaías, esperada durante siglos por Israel, haya su realidad y cumplimiento en el ministerio público de Jesucristo.
Éste es la luz que ha venido para iluminar al pueblo que habita en tinieblas, bien sea por la opresión de una potencia extranjera como la romana o bien sea por las tinieblas del error y la ignorancia, pues estamos en la Galilea de los gentiles. Pero Jesús ha venido para algo más que iluminar al pueblo de Israel o a los paganos galileos de aquel entonces; Jesús tiene la pretensión de manifestarse hoy, de nuevo, como luz y salvación para el nuevo Israel, que es la Iglesia, y para los venidos a ella desde el paganismo.
El salmo 26, que hemos cantado, expresa bellamente esta imagen de la luz referida a Cristo: su anuncio del Reino de los cielos es sinónimo del anhelo por habitar en la casa del Señor, de gozar de su dulzura. El Reino de los cielos es el mensaje central de Jesús y, justo con su Resurrección, es el núcleo de la fe y por tanto es aquello que debemos esperar paciente y ansiosamente durante la vida temporal.
La luz de Cristo viene a ser hoy, igual que ayer, consuelo para los que sufren. Es una luz transformante en el corazón del hombre. Tengamos en cuenta que Jesús comienza su predicación llamándonos a la conversión, en griego “metanoiete”. Efectivamente, para poder recibir la luz de Cristo y ser iluminados por ella, hemos de desprendernos de todo lo que oscurece nuestro corazón y nuestra conciencia. Esta luz disipará las tinieblas que opacan nuestra vida, que oscurecen la imagen divina en el hombre. El Reino de Dios está cerca de nosotros mientras Jesús viva entre los hombres. Con su predicación y su obrar el mensaje de Cristo es acreditado como verdadero y su identidad como verdadero Mesías, también.
Esta coherencia real entre sus palabras y sus obras, generará una fuerza de irradiación y atracción en Cristo, que a nadie dejará indiferente. Tal será así, que el encuentro con los primeros apóstoles se trabará en esta dinámica de seducción-atracción. El evangelista Mateo usa del esquema maestro-discípulo para narrar estos episodios: la expresión “venid detrás de mí” era propia de los maestros que aceptaban a sus alumnos, sin embargo, Jesús va más allá y les da un título nuevo: ser pescadores de hombres, es decir, serán los encargados de llevar la luz de Cristo a todos los pueblos de la tierra. En el llamamiento a los primeros discípulos encontramos el germen de la Iglesia como nuevo Israel. Aquellos primeros hombres son prestos en su respuesta, la arrolladora personalidad de Jesús invade en ellos una obediencia rápida y radical que les lleva a romper los mismos vínculos familiares e ir detrás de Él.
Hoy se siguen produciendo estos mismos encuentros con el mismo Jesús. El sigue pasando por nuestras vidas, sigue irradiando su luz entre nosotros. Cristo sigue hoy, también, sanando nuestras enfermedades y dolencias. Él quiere seguir enseñando su Magisterio de Verdad en nuestros corazones con la luz del Espíritu Santo. Pero también, hoy como ayer, Él pide de nosotros la misma actitud de pronta respuesta de los discípulos; quiere que nos arriesguemos y optemos por Él; que nos esforcemos por vivir con coherencia la fe que nos ha dado.
Jesús quiere ser luz que disipe nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestras tibiezas, nuestras faltas de fe. Jesús nos llama a dejar iluminar con su luz las regiones oscuras del alma para una eficaz y efectiva conversión. Y la conversión conlleva dolor, sufrimiento, ascesis, renuncia y sacrificio. Pero también está acompañada de la gracia, la luz y el gozo que da el mismo Jesucristo.
Ánimo, pues, hermanos, abracemos la luz de Cristo, aquella luz tan esperada durante siglos y generaciones; abracemos con fuerza el mensaje de Cristo y hagámoslo vida en nosotros. Que la Virgen María, Madre de la luz, nos ayude a conseguir estas gracias y la conversión.
Así sea.

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO




Para mejor vivir la misa del domingo haremos un breve comentario a los textos eucológicos que se usarán en la misma.


Antífona de entrada

«Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra. Honor y majestad le preceden, fuerza y esplendor están en su templo». Antífona tomada del salmo 95 versículos 1 y 6. Desde el inicio de la celebración se nos invita a dirigir nuestros cantos y alabanzas al Señor. Es la misa “Cantate Domino” por las dos primeras palabras con las que se abre. Los cantos se realizan en el templo, pues el esplendor y la majestad de Dios difícilmente pueden ser expresadas con palabras. Entremos, pues, con este tono espiritual en la celebración eucarística.

Oración colecta

«Dios todopoderosa y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él, que vive y reina contigo». La colecta que recoge el formulario de este domingo está tomada literalmente del Sacramento Gregoriano Adriano (s.VII); se encuentra en el Sacramentario Gelasiano del s. VIII y permaneció en el Missale Romanum de 1570. El misal de Pablo VI la ha conservado en su eucología.

Tras invocar a Dios con los adjetivos “todopoderoso” y “eterno” pide la gracia divina para “llevar una vida según tu voluntad”. Solo así podremos dar frutos abundantes de santidad en la vida cristiana. Esta oración pivota en esta expresión “dar frutos” que es eminentemente bíblica (cf. Mt 3,8-10.12,33.21,41; Mc 4,20; Lc 3,9.8,15; Jn 15,16; Rom 6,22.7,4). Pero estos frutos solo se dan “en nombre de tu Hijo predilecto”, es decir, en el nombre de Jesús.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, recibe con bondad nuestros dones y, al consagrarlos con el poder de tu Espíritu, haz que se conviertan para nosotros en dones de salvación. Por Jesucristo nuestro Señor». Inspirada en una oración del Sacramentario Gregoriano y esta a su vez del Veronense (s. V).  Es una oración de carácter epicléptico, pues se pide, anticipadamente, la acción del Espíritu sobre el pan y el vino.

Antífona de comunión

Se ofrecen dos: una del Antiguo Testamento y otra del Nuevo Testamento:

A.T.: «Contemplad al Señor y quedaréis radiantes; vuestro rostro no se avergonzará». Tomado del salmo 33 versículo 6. En este momento de la celebración, cuando el fiel camina en procesión para recibir las sagradas especies, esta antífona nos invita a la contemplación estática de aquel a quien vamos a recibir.
N.T.: «Yo soy la luz del mundo -dice el Señor-. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». En relación con la antífona anterior, el Señor se presenta como luz que irradia la vida del creyente al comulgar. Él es la luz de la vida para todo aquel que se acerca a Él y se deja iluminar.


Oración de pos comunión

«Dios todopoderoso, te pedimos que cuantos hemos recibido tu gracia vivificadora nos alegremos siempre de este don admirable que nos haces. Por Jesucristo nuestro Señor». Esta oración se encuentra ya en el Missale Romanum de 1570. Este texto pide la alegría por haber comulgado, pues la comunión es la verdadera “gracia vivificadora”.

Visión de conjunto

Realmente, en la vida tenemos motivos más que suficientes para cantar al Señor sin cesar. De Él lo hemos recibido todo y sin Él nuestra vida carece de sentido. Por eso es importante buscar siempre y todo la voluntad de Dios, tal como hemos pedido en la oración colecta.

La mejor oblación que un fiel puede hacer de sí mismo a Dios es el empeño incesante por cumplir su voluntad y esto es lo que el domingo debemos presentar en el altar justo al lado del pan y del vino. Solo asumiendo esta búsqueda oblativa por hacer siempre su voluntad, el fiel puede hallar una paz tal, que ilumina e irradia su rostro, quizás no el físico pero si el anímico.

Hacer la voluntad de Dios trae como consecuencia la alegría y la luz de la vida. Es decir, Cristo mismo. El Salvador de los hombres, al decir “quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” está queriendo decir: “quien cumple mi voluntad me tendrá siempre consigo, porque seré su luz eternamente”. En la liturgia, Cristo se ofrece en oblación al Padre, como víctima perfecta para “alabanza y gloria” de Dios Trino. Los fieles estamos llamados a unirnos en esta ofrenda para, como Él, hacer la voluntad de Dios.

¿Hoy estas dispuesto a ello? ¿Buscas en tu vida hacer la voluntad de Dios? ¿Le has preguntado a Dios que quiere de ti? ¿Tienes motivos para cantar a Dios? ¿Qué lugar ocupa la alabanza a Dios en tu vida cristiana? ¿Te santificas en el trabajo, en el estudio o en tus quehaceres diarios ofreciéndoselo a Dios?

Hazte el propósito esta semana que empieza de agradar a Dios cada día ¿Cómo? En primer lugar, cuando te levantes pregunta a Dios “¿Señor que quieres de mi hoy? ¿Qué puedo hacer por ti en este día?”. En segundo lugar, no dejes de estar atento a las pistas que Dios te dará. Y, por último, no dudes en hacer el bien a cualquier persona que puedas y que lo necesite.

Dios te bendiga