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miércoles, 11 de octubre de 2017

2. MISA POR EL PAPA





En este segundo post sobre las misas “ad diversa” trataremos el formulario que se nos ofrece para orar por el sucesor de Pedro, por el Papa. Echando una vista rápida a los textos del Nuevo Testamento vemos como Pedro desempeña un papel preponderante en el grupo de los doce. Sabemos esto porque es el que encabeza siempre la lista de los nombres de los apóstoles (cf. Mt 10, 2/ Mc 3, 14-16), es el primero en confesar la verdadera fe en Cristo y éste le cambia el nombre de Simón a Pedro (cf. Mt 17). El discípulo amado cederá a éste ser el primero en entrar en el sepulcro vacío para que sea primer testigo de la Resurrección.


I. Misterio[1]

            En los albores de la historia de la Iglesia, Pedro garantiza la unidad de ésta que comienza a expandirse. Le vemos pronunciarse solemnemente en Hch 15 frente al problema de la circuncisión de los conversos gentiles. Ya en tiempos de Jesús, a Pedro se le concede “el poder de las llaves”, es decir, una autoridad espiritual sobre los fieles, de este modo, Pedro queda constituido como administrador de los bienes espirituales de la Iglesia hasta la Pascua definitiva.

            En el devenir de la historia, el ministerio petrino ha revestido diversas formas de ejercerse. Siempre hubo una clara conciencia de que su papel abarcaba el gobierno de toda la Iglesia como demuestra la carta a la comunidad de Corinto para restaurar la paz y la unidad y disciplina en aquella Iglesia. San Ignacio de Antioquía afirma de que la Iglesia de la capital del imperio romano es la que preside en la caridad al resto de iglesias diseminadas por la tierra y por ello es “digna de toda bienaventuranza, digna de alabanza, digna de alcanzar cuanto desee, digna de toda santidad[2]. Su potestad universal halla un punto de inflexión en el s. V donde el tono fraternal se torna más autoritario e imperial apareciendo ya las autodenominaciones de “sede apostólica” y “vicario Petri”. Para muestra leamos estas palabras de san León Magno (440-461): “el bienvaneturado apóstol Pedro no deja de presidir en su sede[3].

            Tras la crisis con Oriente, que desembocaría en el cismo del 1054, el primado de la sede de Roma se irá consolidando hasta el punto de ser el punto de referencia espiritual y político del ahora Occidente cristiano. Cabe destacat en este sentido el Dictatus Papae de Gregorio VII, la encíclica Unam Sanctam de Bonifacio VII y el cambio de nombre de ser el “vicarius Petri (= vicario de Pedro)” pasa a denominarse el “vicarius Christi (= vicario de Cristo)”.

            Así, para tener una visión clara y sencilla sobre la teología del ministerio petrino es necesario tener presente los siguientes puntos[4]:

1.      Es doctrina de fe que el ministerio petrino, en cuanto que preside a toda la Iglesia, deriva directamente de Cristo.

2.      Este ministerio lo posee el Papa. como persona concreta, pero siempre vinculado a su condición de obispo de Roma.

3.      Al ser autoridad máxima requiere el ejercicio de un humilde servicio a la comunión fraterna en amor y verdad.

4.      El primado debe reintegrarse en el seno del testimonio eclesial. Es testigo junto a otros testigos como san Juan Bautista, María, Pablo, etc.

5.      El Papa personifica la unidad y la libertad de la Iglesia. simboliza el hecho de que todos los obispos no son más que un solo episcopado, de que todas las eucaristías no son más que una sola eucaristía, de que todas las iglesias no son más que una sola Iglesia.

6.      Dimensión martirológica del ministerio petrino en cuanto garante de la unidad y de la libertad de la Iglesia y su testimonio ha de llegar hasta la confrontación con el mundo.


II. Celebración

            La tercera edición del misal romano (2002) nos ofrece un solo formulario para esta misa con tres oraciones colectas a elegir. Esta misa, como el resto de misas y oraciones por diversas circunstancias para su elección y celebración se rige por las normas ya dichas. Y aunque dice “sobre todo en el aniversario de la elección” la preposición “sobre todo” indica que es la misa mas apropiada para esa efeméride lo que no obsta para poder ser usada en otros días del año respetando las normas universales.

            Según indica el propio misal, en esta misa pueden ser usados ornamentos blancos si coincide con el día del aniversario de la elección del Papa sino lo suyo es usar el color propio del tiempo (verde, blanco o morado). Para esta misa, el misal propone usar la plegaria 1 para la misas por diversas necesidades “La Iglesia en camino hacia la unidad”. Por último, antes de examinar los formularios detenidamente, debemos hacer notar que éstos son nuevos en su totalidad tejidos con textos e ideas de la Sagrada Escritura y de los documentos del Concilio Vaticano II.

            La primera colecta del formulario está marcada por la idea del Papa como sucesor de Pedro es la roca elegida para edificar y fundamentar la Iglesia. La segunda colecta se basa en indicar que el Papa es el pastor puesto por Cristo quien, junto con el rebaño que preside, debe llegar a la vida eterna, consumación final de la Iglesia. La tercera colecta ofrece una síntesis del quehacer del ministerio petrino. La oración sobre las ofrendas retoma la idea del Papa como guía y pastor, mientras que la oración después de la comunión retoma la idea del pastoreo pero como confirmación en la fe de los demás hermanos.

            Los textos bíblicos de las respectivas antífonas están tomados de los dos grandes pasajes petrinos: para el introito se usa de Mt 16, 18.19 donde se narra la elección de Pedro como roca donde se asienta la Iglesia mientras que para la antífona de comunión se usa de Jn 21, 15-17 para hacer notar que el oficio pastoral del Papa es, ante todo, un acto de amor a Cristo. En este último pasaje se nos plantea una importante pregunta que deberíamos hacernos ante Cristo-Eucaristía como hecha por él mismo: “¿Me amas más que estos?

III. Vida

Una vez analizadas las diversas oraciones de este formulario y extraídas las líneas teológicas de cada una de ellas podemos exponer las líneas teológico-morales que ofrecen una apropiado comprensión del papado y del ministerio petrino para evitar dos excesos: la “papofobia”, es decir, rechazo a todo lo que venga del Papa y por tanto la incursión en herejía o cisma; y la “papolatría”, esto es, asumir acríticamente todo lo que venga del Papa ya sean opiniones personales en temas no de fe ni moral y aplaudir cada gesto que haga por ser quien es.


¿Quién o qué es el Papa para un católico? Esa es la pregunta que los formularios litúrgicos nos ayudarán a responder:

1. El Papa es sucesor de san Pedro: fue elegido Simón por Cristo para edificar sobre él, como sobre roca, la Iglesia. La providencia sigue eligiendo hoy a un hombre para seguir construyendo la Iglesia en el mundo. Pero Pedro no fue elegido de manera aislada sino dentro del colegio de los apóstoles siendo él el príncipe de los apóstoles, es decir, el principal y primero de entre el grupo. El Catecismo de la Iglesia lo expresa así: “El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). "Consta que también el colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa” (CEC 881). 

2. El Papa es principio y fundamento visible de la unidad de la fe y la comunión del Pueblo de Dios: el Señor encargó a Pedro que confirmara a sus hermanos en la fe: “Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). De este modo lo convirtió en vínculo de unidad y comunión entre el Pueblo de Dios. Dice el Concilio: “el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (LG 23a).

3. El Papa es pastor y guía puesto al frente del rebaño de Cristo: hay dos palabras en latín preciosas para entender este oficio: 1. La palabra: “antistite” que viene de la contracción de dos palabras: la preposición “antea” (delante o ante ) + el verbo “stare” (estar de pie o erguido) lo que significa que el “antistite” es aquel que está de pie delante de alguien. 2. La palabra “praesides” que viene de la contracción de dos vocablos: el prefijo “prae” (estar sobre, delante) + el verbo “sedeo” (sentarse o estar sentado) lo que significa que el “praesides” es aquel que se sienta ante alguien o sobre sale por encima del resto de miembros de la reunión. Ambos vocablos aplicados al Papa de modo especial, indica que su oficio primero es el de guiar al Pueblo de Dios y presidirle en el amor, la paz y la unidad. Para ello, “el Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad” (LG 22b). Con su palabra y ejemplo, el Sumo Pontífice “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (LG 23a).

Así pues estos tres puntos destilados del conjunto del formulario litúrgico indican que como católicos al Papa le debemos respeto y obediencia filial en cuanto ha sido elegido providencialmente por Cristo para guiar al Pueblo de Dios hasta la Pascua definitiva donde también tiene que llegar él junto con el rebaño encomendado.

El papado, por tanto, es un ministerio de gran responsabilidad que no puede ser dejado en manos de cualquiera. Nadie tiene derecho a ser Papa ni por ser hombre ni por ser mujer. El papado debe una obediencia y docilidad al Espíritu Santo más alta que la de cualquier cristiano pues en él recae la responsabilidad de custodiar, enseñar y definir (cf. DH 3070) el Magisterio de la Iglesia en fidelidad al Evangelio y a la Tradición de la Iglesia. Así pues, el santo padre no puede, aunque quisiera, definir ni enseñar nada que vaya en clara contradicción con lo creído y mantenido firmemente por la Iglesia. El Papa es administrador de los bienes espirituales no el dueño de los mismos.

De este modo los católicos le debemos obediencia de fe, precisamente, en lo tocante a la fe y a la moral porque han sido divinamente reveladas. Así se entiende mejor el dogma de la infalibilidad papal. Este dogma fue definido solemnemente en la última sesión del Concilio Vaticano I (1870). Este es el tenor literal de dicha definición dogmática: “Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables” (cf. DH 3073-74)[5].

Así pues, vemos, suficientemente claro, que solo es infalible en cuestiones de fe y moral cuando habla con ánimo de definir ex cathedra o por medio del magisterio ordinario algo tocante a estas dos. En lo demás puede ser tan falible como cualquiera. Teniendo esto claro se evitarán males mayores.

Dios te bendiga



[1] Para esta sección nos serviremos fundamentalmente de E. Bueno de la Fuente, Eclesiología (BAC, Madrid 2007) 213-225.
[2] Epistola a los Romanos, saludos.
[3] Sermón 5, PL 54, 153
[4] cf. E. Bueno de la Fuente, 223-225.
[5] El subrayado es nuestro.

miércoles, 28 de junio de 2017

CARDENAL SARAH, CARDENAL DEL SILENCIO

El texto que ofrecemos a continuación -publicado en First Things y traducido al español por Infovaticana- ha sido escrito por el Papa emérito Benedicto XVI como prefacio al libro del Cardenal Robert Sarah: "La fuerza del silencio: contra la dictadura del ruido" y aparecerá en una futura edición del libro. Por lo que concierne al tema de nuestro blog, la liturgia, lo ofrecemos a continuación.


Desde que leí por primera vez las Cartas de San Ignacio de Antioquía en la década de 1950, un pasaje de su Carta a los Efesios me ha afectado particularmente: “Es mejor guardar silencio y ser que hablar y no ser. Es bueno enseñar, si el que habla practica lo que enseña. Ahora, hay un Maestro que habló y lo que dijo aconteció. E incluso lo que Él hizo en silencio es digno del Padre. El que hace suyas las palabras de Jesús es capaz también de oír Su silencio, de modo que pueda ser perfecto: para que pueda actuar a través de su discurso y ser conocido a través de su silencio” (15, 1f.). ¿Qué significa esto?: escuchar el silencio de Jesús y conocerlo a través de su silencio. Sabemos por los Evangelios que Jesús con frecuencia pasaba las noches solo “en la montaña” en oración, en conversación con su Padre. Sabemos que su discurso, su palabra, proviene del silencio y podía madurar sólo allí. Así que es lógico pensar que su palabra puede entenderse correctamente sólo si nosotros, también, entramos en su silencio, si aprendemos a escucharlo desde su silencio.

Ciertamente, para interpretar las palabras de Jesús, es necesario el conocimiento histórico, que nos enseña a entender el tiempo y el lenguaje en ese momento. Pero eso sólo no es suficiente si queremos realmente comprender el mensaje del Señor en profundidad. Cualquier persona que hoy lea los comentarios cada vez más gruesos en los Evangelios queda decepcionado al final. Aprende mucho de lo que es útil sobre aquellos días y una gran cantidad de hipótesis que en última instancia no contribuyen nada en absoluto a la comprensión del texto. Al final sientes que, en todo el exceso de palabras, falta algo esencial: la entrada en el silencio de Jesús, de donde nace su palabra. Si no podemos entrar en este silencio, siempre vamos a escuchar la palabra sólo en su superficie y, en consecuencia, no la entenderemos realmente.

A medida que iba leyendo el nuevo libro del cardenal Robert Sarah, todos estos pensamientos pasaron por mi alma de nuevo. Sarah nos enseña el silencio, a estar en silencio con Jesús, la verdadera quietud interior, y solo de esta forma nos ayuda a captar la palabra de Jesús de nuevo.

Por supuesto, él no habla apenas de sí mismo, pero de vez en cuando nos da una visión de su vida interior. En respuesta a la pregunta de Nicolas Diat: “¿A veces en tu vida has pensado que las palabras se estaban volviendo demasiado molestas, demasiado pesadas, demasiado ruidosas?,” él responde: “En mi oración y en mi vida interior, siempre he sentido la necesidad de un silencio más profundo, más completo… Los días de soledad, silencio y ayuno absoluto han sido un gran apoyo. Una gracia sin precedentes, una lenta purificación y un encuentro personal con Dios…. días de soledad, silencio y ayuno, con el único alimento de la Palabra de Dios, permiten al hombre cimentar su vida sobre lo esencial”.


Estas líneas hacen visible la fuente de la que vive el cardenal, que entrega a su palabra su profundidad interior. Desde este punto de vista, él puede ver los peligros que continuamente amenazan la vida espiritual, de sacerdotes y obispos también, y, en consecuencia, que ponen en peligro la misma Iglesia, también, en la que no es poco común que la Palabra sea sustituida por una verbosidad que diluye la grandeza de la Palabra. Me gustaría citar sólo una frase que puede convertirse en un examen de conciencia para cada obispo: “Puede ocurrir que un sacerdote bueno y piadoso, una vez elevado a la dignidad episcopal, caiga rápidamente en la mediocridad y en la preocupación por el éxito en los asuntos mundanos. Abrumado por el peso de las obligaciones que le incumben, preocupado por su poder, su autoridad, y las necesidades materiales de su oficina, se va ahogando poco a poco”.

El cardenal Sarah es un maestro espiritual, que habla claro de la profundidad del silencio con el Señor, claro de su unión interior con Él y, por tanto, realmente tiene algo que decirnos a cada uno de nosotros.

Debemos estar agradecidos a Francisco por el nombramiento de semejante maestro espiritual como cabeza de la congregación que es responsable de la celebración de la liturgia en la Iglesia. Con la liturgia, también, al igual que con la interpretación de la Sagrada Escritura, es cierto que el conocimiento especializado es necesario. Pero también es cierto de la liturgia que la especialización, en última instancia, puede pasar por alto lo esencial a menos que esté fundada en una profunda e íntima unión con la Iglesia orante que una y otra vez aprende del Señor mismo lo que es la adoración.

Con el cardenal Sarah, un maestro del silencio y de la oración interior, la liturgia está en buenas manos.


FUENTE TEXTO Y TRADUCCIÓN: Infovaticana.com