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miércoles, 24 de enero de 2018

MISA PARA FOMENTAR LA CONCORDIA




I. Misterio

Presentamos en este post el estudio de un interesante tema del que hoy poco o nada se habla: la “Concordia”. Se trata, ya de por sí, de una palabra en desuso. Etimológicamente, esta palabra viene de dos sintagmas latinos: “Cum” + “Cordis”, es decir, con el corazón. La concordia es una virtud humana que implica actuar y pensar empeñando el corazón, como sede de los sentimientos, en cada una de ellos.

En lenguaje bíblico, el corazón es el centro de las pasiones y los sentimientos, la sede de la conciencia y el lugar de encuentro entre Dios y el hombre. El corazón va, por tanto, más allá de la visceralidad. El corazón es el lugar de la inhabitación de Dios en el justo. Por tanto, no será aventurado afirmar que la concordia tiene su fundamento primero en Dios mismo, uno y trino. La unicidad esencial de Dios y las relaciones de las tres Personas en la caridad son el paradigma donde basar las relaciones concordes entre los humanos.

Pero la concordia, aun siendo una virtud escrita en el corazón humano que tiene a Dios por autor, necesita ser instruida y formada para que se encamine a su recto fin.  Para ello, Dios, como pedagogo enseña a su Iglesia y a cada cristiano, a través de ella, a amar al prójimo con el corazón y la mejor guía para esto serán los diez mandamientos y la asistencia de la gracia, recibida por medio de los sacramentos. El oficio de santificar y el oficio de enseñar hacen que la Iglesia se renueve en su amor y fidelidad a Dios.

Así, de este modo, la concordia se ve informada por la gracia divina y la instrucción orgánica y sistemática. Pero también necesita del don de la paz, que es el fin de toda virtud humana: sembrar la paz, conservarla y fomentarla. No es una paz, en cuanto ausencia de conflicto, sino una paz que penetra hasta las honduras del alma haciéndonos relativizar los males que nos aquejan y valorar los bienes que a Dios nos acercan. Entremos, pues, a analizar el formulario litúrgico.

II. Celebración


            Para esta misa se ofrece un formulario compuesto por dos oraciones colectas de nueva creación, una sobre las ofrendas, tomada del misal romano de 1570[1], y una de pos-comunión, también de nueva creación, más dos textos bíblicos. Este formulario se ve completado usando una de las dos plegarias eucarísticas para la reconciliación; o bien, el prefacio para la unidad de los cristianos. El color de los ornamentos a usar para la celebración de esta misa se rige por la norma universal para el uso de estos formularios, es decir, o bien el color del día o bien blanco.

            La primera oración colecta está estructurada en tres pilares: Dios, los fieles y la Iglesia. Dios es denominado como “suprema unidad y verdadera caridad” puesto que la Trinidad es el fundamento de cualquier unidad y cualquier concordia que se quisiera perseguir. Los fieles han de tener un solo corazón y una sola alma, como don de Dios dentro de la Iglesia, quien se ve fortalecida porque esta cimentada en la verdad y consolidada en la unidad estable de la concordia. La segunda oración colecta sitúa a Dios en el papel de un pedagogo que enseña a su hija la Iglesia a observar los mandamientos y para ello le da el espíritu de  paz y de gracia. Por su parte, la Iglesia debe servirle de todo corazón y con una voluntad sincera de concordia.

            La oración sobre las ofrendas recuerda que la Iglesia solo puede verse renovada por el oficio de santificar, esto es, los sacramentos; y el oficio de enseñar, por su doctrina. Doctrina y liturgia son los pilares donde se asienta toda la pastoral de la Iglesia; y una de esas acciones pastorales es la de fomentar la caridad y la concordia. La oración de pos-comunión sitúa la unidad pretendida en el mismísimo sacramento de la Eucaristía, a la que no duda en llamar “sacramento de la unidad”. Y puesto que solo en la Iglesia puede recibirse la sagrada comunión, solo en la Iglesia podrá vivirse la santa concordia que es don de Dios recibido en la paz y ofrecido al prójimo con sinceridad.

            Los textos bíblicos propuestos para esta celebración son: como antífona de entrada Hch 4, 32-33 donde se nos invita a tener una unión de corazones para un anuncio valiente, gozoso y creíble del Evangelio. Para la antífona de comunión encontramos Jn 17, 20-21 donde podemos escuchar ese grito angustiado y casi profético de Cristo en la noche de Getsemaní: “ut unum sint (= para que sean uno)”.  

III. Vida


De este formulario se desprenden algunos puntos esenciales para vivir coherentemente y en verdad la honrosa virtud de la concordia:

a) “Un solo corazón y una sola alma”: basado en Hch 4, 32; los fieles han de vivir en comunión de corazones y esto, dentro de la Santa Iglesia. No podemos pretender una unión ecuménica entre cristianos, si dentro de cada una de las mismas iglesias y comunidades eclesiales surgidas de la reforma, no tenemos unidad entre nosotros, los mismos cristianos.

b) La concordia se basa en la Verdad: este axioma es fundamental si se quiere mantener una unidad estable y no sujeta a los vaivenes del tiempo. Las opiniones pueden contener elementos de verdad pero no son la verdad plena, puesto que ésta es, por su misma naturaleza, una y única. Así pues, la concordia consistirá, ante todo, en buscar lo verdadero y objetivo donde confluirán los corazones y las mentes de todos. Por ello, la recta fe será lugar y fuente e concordia mientras que la heterodoxia o la herejía, será, necesariamente, fuente de conflictos y de discordia puesto que se aleja de la verdad y la rechaza.

c) La concordia es un servicio a Dios: dicho lo anterior, no será descabellado afirmar que la concordia, como virtud humana y ejercicio del hombre basado en la Verdad, es el primer servicio a Dios. El primer culto existencial ofrecido por Cristo en el Espíritu Santo. Los corazones están, primeramente, encaminados a la comunión con Dios, donde halla su descanso, como dijo san Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (I, 1, 1). Y solo cuando los corazones de los fieles concuerdan en Dios, pueden concitarse entre ellos.

Así, queridos lectores, vivamos esta semana la virtud de la concordia poniendo nuestra fe y nuestro corazón en Dios mismo, y desde Él a los hermanos más pobres.

Dios te bendiga



[1] MR1570 [397].

miércoles, 1 de noviembre de 2017

5. MISA PRO CONCILIO VEL SYNODO


MISA POR EL CONCILIO O EL SÍNODO


I. Misterio

En los últimos post hemos hablado del Papa, del obispo, de cómo se elige un Papa y de cómo se elige un obispo; ahora vamos a tratar sobre una forma de ejercer el gobierno en la Iglesia: se trata de una forma colegial que puede revestir diversas categorías según sean sus sujetos, esto es, el Concilio y el Sínodo.

1. El Concilio

            Es una institución de gobierno que ocupa un lugar eminente en la historia de la Iglesia. Según la común opinión, el primer concilio fue celebrado en Jerusalén, en torno al año 49 (cf. Hch 15). En los primeros siglos, las palabras concilio o sínodo designaban lo mismo. Los concilios pueden ser de tres tipos[1]:

1. Concilio ecuménico: reunión asamblearia del Papa (bien él o bien su representante) con los obispos del mundo entero. Se llaman ecuménicos no por su número de participantes sino por la recepción universal de sus decisiones.

2. Concilio provincial: cuando se reunían los obispos de las antiguas provincias romanas, pero hoy sería de una provincia eclesiástica bajo la presidencia del metropolitano. No son usuales.

3. Concilio nacional: reuniones de obispos convocadas por un rey que tenía por objeto la congregación de los obispos de una nación o de su reino. Estos concilios equivaldrían hoy a las conferencias episcopales.

Elaborar la historia de los Concilios excedería al propósito de nuestro trabajo pero creo que puede ser interesante, sobre todo para el lector menos informado, presentar una somera lista de los Concilios ecuménicos[2]:

Ciudad del Concilio
Año
Tema y doctrina
Nicea
325
Consustancialidad del Padre y del Hijo.
Constantinopla
381
Divinidad del Espíritu Santo.
Éfeso
431
Maternidad divina de María.
Calcedonia
451
Dos naturalezas en la única persona de Cristo.
Constantinopla II
553
Fijación de cinco patriarcados de la Iglesia.
Constantinopla III
680-681
Dos voluntades de Cristo.
Nicea II
787
Doctrina del culto a las imágenes.
Constantinopla IV
869-870
Puso fin al cisma de Focio.
Lateranense[3] I
1123
Sancionó el concordato de Worms.
Lateranense II y III
1139
Sancionó la herejía cátara y albigense.
Lateranense IV
1215
Entre otros, la transubstanciación.
Lyon I
1245
Enfrentamiento entre el papa Inocencio IV y el emperador Federico II.
Lyon II
1274
Quiso la unión con los griegos y fin del cisma de Oriente
Vienne
1311-1312
Presiones del rey Felipe el Hermoso de Francia para la extinción de los Templarios.
Constanza
1414-1418
Puso fin al cisma de occidente.
Basilea
1431-1449
Derivó en conciliábulo sin legitimidad.
Florencia
1439
Concilio unionista con los griegos por la bula Laetentur Caeli. Pero no se consiguió la unión definitiva.
Lateranense V[4]
1512-1517
Disciplina eclesiástica
Trento
1545-1565
Reforma de la Iglesia frente a la herejía luterana.
Vaticano I
1869-1870
La relación fe-razón y la infalibilidad del Papa.
Vaticano II
1962-1965
Puesta al día de la Iglesia. Un Concilio eminentemente pastoral.



2. El Sínodo

El Código de Derecho Canónico define un sínodo con estas palabras: “asamblea de sacerdotes y de otros fieles escogidos de una Iglesia particular, que prestan su ayuda al Obispo de la diócesis para bien de toda la comunidad diocesana” (cf. c. 460). Etimológicamente, esta palabra es de origen griego, formada por la unión de dos palabras: la preposición “sýn” (= con) + el sustantivo “odon” (= camino), esto es, camino conjunto o caminar junto a otro. Es una de las instituciones eclesiales de gobierno más antiguas de la Iglesia. Nacen en el momento en que los concilios provinciales dejan de celebrarse, alrededor del s. IX. Al principio eran presididos por los obispos, quienes se reunían con el clero y abades, aunque pronto comenzaran a estar tutelados por laicos de la nobleza territorial.

Un sínodo no tiene fuerza legislativa. Siembre tuvo una índole consultiva, un órgano para un mejor gobierno del obispo, quien es el único que puede convocarlo cuando las circunstancias lo aconsejen, tras haber oído al consejo presbiteral (cf. c. 461). Una vez convocado e inaugurado, todas las propuestas se someterán al libre discusión de la asamblea sinodal (cf. c. 465). Una vez aprobadas y admitidas y confirmadas por el obispo diocesana, único legislador (cf. c. 466), se trasladarán las decisiones a instancias superiores (metropolitano, Conferencia episcopal) para su conocimiento y aprobación (cf. c. 467). Si una sede quedara en sede vacante, los trabajos del sínodo se interrumpirían hasta que el nuevo obispo decidiera continuarlo o no (cf. c. 468).

II. Celebración


Analicemos, ahora, el formulario de esta misa. En primer lugar, destacamos que se ofrecen dos oraciones colectas alternativas (que examinaremos a continuación), más las oraciones sobre las ofrendas y la de postcomunión. En segundo lugar, esta misa solo puede celebrarse lícitamente cuando la Iglesia se encuentra en estado de Concilio o de sínodo siempre que no sea ningún domingo de Adviento, Cuaresma, Pascua o solemnidades. Para esta misa, el formulario indica usar el prefacio II del Espíritu Santo con lo cual debe ir acompañado de las plegarias eucarísticas I, II o III. Pero también puede usarse la plegaria I para diversas necesidades. Esta misa se hace con ropas del color del día (morado, verde o blanco).

Respecto de las oraciones colectas que se ofrecen hemos de indicar que la colecta A es de nueva creación y está centrada en impetrar los dones del Espíritu Santo para que las resoluciones de las asambleas conciliares o sinodales sean conforme a la voluntad de Dios y sean aceptadas por el pueblo como tales. La colecta B, por el contrario, está ya en la tradición litúrgica precedente[5] aunque actualmente ha sido matizada en algunas de sus expresiones. En este texto se recuerda que es Dios quien cuida y gobierna al pueblo y que el concilio o el sínodo no es otra cosa sino un acto de gobierno que debe estar asistido por los dones del Espíritu Santo, y que el fin de estas sesiones no es otro que el de conducir al pueblo a la verdad y a la santidad. Es una oración cuyo sustrato bíblico es 1Tim 2, 4 “…y lleguen al conocimiento de la verdad”.

La oración sobre las ofrendas es de nueva creación y pide la la luz del Espíritu Santo y para ello usa expresiones bíblicas de la Sabiduría (cf. Sab 9, 10-11) con el fin de ser fieles a las inspiraciones divinas. La oración de postcomunión, también es de nueva creación, y pide como don especial el ser confirmados en la verdad y buscar la gloria de Dios en los decretos y constituciones conciliares o sinodales.

Respecto a los textos bíblicos, este formulario usa para la antífona de entrada una cita de la Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (Col 3, 14-15) que nos recuerde que lo que une a los miembros de la Iglesia es el amor de Dios y la paz de Cristo y esto es lo que debe prevalecer sobre las diferencias y discrepancias que puedan sucederse a lo largo de las sesiones. Para la antífona de comunión no se ha echado mano de ningún versículo bíblico sino un verso del himno “Ubi Caritas” en que nos llama a la unidad en el amor, donde esta Dios.

III. Vida


            Cuando la Iglesia, bien sea la universal bien cualquiera particular, entra en un periodo de concilio o sínodo, el ambiente tiende a enrarecerse, los ánimos a exaltarse, las opiniones vienen y van y la información de los medios no contribuyen demasiado a pacificar el entorno. De ahí que los textos litúrgicos lo primero que hagan sea recordarnos que Dios es el guía, cuida y gobierna al pueblo en última estancia; esto debe llevarnos a afrontar estas situaciones excepcionales en la Iglesia con gran paz y confianza en Él. El Espíritu Santo es quien ilumina a la Iglesia en estos momentos y no va a permitir, como no ha permitido nunca, que su Iglesia sea asediada por ideas peregrinas que van tan en contra del Evangelio como a favor de los criterios del mundo.

            A poco que observemos los textos, nos daremos cuenta de que indirectamente es una misa del Espíritu Santo, pues constantemente las súplicas piden la asistencia de Éste para que con su gracia septiforme ilumine a los padres conciliares y sinodales en sus decisiones de tal manera que en todo agraden a Dios. Los dones demandados para el buen ejercicio del gobierno de la Iglesia son, en concreto, el de inteligencia, sabiduría, verdad y paz. El de inteligencia para que sus conciencias sean iluminadas por la luz de la fe y la revelación; el de sabiduría para discernir lo que es de Dios y lo que es propio de la mundanidad rampante y acechadora desde hace siglos; el don de la verdad que no es otra cosa sino seguir los preceptos evangélicos y el legado de la Tradición apostólica; y el don de la paz que tiene que habitar en el corazón de cada uno de los asistentes para salvar siempre la fe que les une sobre las divergencias de comprensión de fe que les separa. Así pues, los conciliares o sinodales deben ser sumamente dóciles a las inspiraciones divinas para que todo sea según el querer de Dios.


            Pero aunque algunos tengan la responsabilidad del gobierno o de ofrecer consejos oportunos, el resto del pueblo de Dios tenemos también un papel fundamental en estos procesos legislativos tal como nos lo recuerda los textos litúrgicos de esta misa: en primer lugar, nos toca conocer la Verdad y para ello es fundamental saber discernir lo que es de Dios de lo que es producto de la intoxicación mediática. Pero ¿cómo? Conociendo nuestra fe, la fe de la Iglesia recibida en el Bautismo que es la que da gloria y agrada a Dios, fin último del hombre en este mundo y objetivo primero de todo lo que salga del concilio o el sínodo y aquello que no contribuya a esto lo mejor es desecharlo por mucho que pudiera satisfacernos a nosotros.

            A los más de cincuenta años del último concilio habría que preguntarse cuánto de lo anterior se ha dado. Y el mejor momento es ahora que ha pasado un tiempo suficiente donde ya no hay las tensiones posconciliares de entonces. A lo largo de estos cincuenta años, ¿hemos dado gloria a Dios y agradado en todo a nuestro Señor? ¿Qué balance serio hemos hecho? ¿En qué estado se ha encontrado la Iglesia en estos años? El ecumenismo, las vocaciones, la fe de las sociedades y las naciones ¿En qué estado se halla?

            Pero… y las iglesias particulares que han celebrado sus respectivos sínodos o están enfrascados en ellos ¿Cómo lo están llevando a cabo? ¿Qué resultados les esta dando las diversas resoluciones?

Hagamos, pues, balance de todo lo positivo y negativo de estos años para saber, en verdad, en qué punto estamos y adónde queremos ir.

Dios te bendiga



[1] cf. J. Orlandis, Historia de las instituciones de la Iglesia Católica (EUNSA, Pamplona 20052) 76.
[2] Datos sacados de J. Orlandis, 78-85.
[3] Palacio de Letrán, catedral de Roma, sede del Papa.
[4] Lo añado de D. Abadías, Breve historia de los concilios ecuménicos (CPL 2017) 137.
[5] GrH 824; MR1570 [432]

miércoles, 25 de octubre de 2017

4. MISA PRO ELIGENDO PONTIFICEM VEL EPISCOPUM


MISA PARA ELEGIR UN PAPA O UN OBISPO


I. Misterio

            Después de estudiar ¿qué es un papa? Y ¿qué es un obispo? Según la mente de la lex orandi, esto es, los textos oficiales de la liturgia. Ésta misma pretende hoy enseñarnos ¿Cómo se elige a cada uno de ellos? O dicho de otra manera ¿Qué ora la Iglesia durante la sede vacante en la espera de un nuevo papa o un nuevo obispo?

            Ante todo, y a pesar de lo que los datos históricos señalan, la elección del papa o del obispo es una cuestión de naturaleza eclesiástica. Pero hay una diferencia, que el que se elige para la sede de Roma no es solo el obispo de dicha urbe sino también un jefe de Estado con gran influencia política en el mundo mientras que al elegir al obispo local solo afecta a un territorio concreto con escasa incidencia política; por eso veremos, someramente, el proceso elector de ambos por separado.

1. Elección del papa

            En los primeros siglos la elección del obispo de Roma no se distinguía de la del resto de obispos en otras iglesias: elección por parte del presbiterio local y aprobación del pueblo por aclamación. Será con la oficialización del cristianismo cuando el poder civil comience a intervenir en dichas elecciones. La primera intervención fue para la elección del papa san Dámaso. Para evitar estas interferencias, el sínodo romano del 499 dispuso que los electores solo fueran clérigos, aunque no valió de nada.

            A partir del s. VI el emperador de oriente se arroga el derecho de confirmación del Papa electo. A mediados del s. VII el papado comienza a desligarse de oriente y vuelve su mirada y dependencia al rey de los francos. Será el papa Pablo I (757-767) el primero en volver a solicitar la confirmación de su elección al rey franco-carolingio siendo esto ya una práctica asumida y ejercida a partir del s. IX.

            Desde entonces, fueron varias las familias feudales las que se disputaban el control en la elección papal. El emperador alemán Otón I reclamó para sí el derecho de confirmación de los nombramientos pontificios y, por tanto, la elección papal requeriría el “placet” del emperador, hasta el punto de que no podía ser consagrado hasta recibir la confirmación del emperador y haberle jurado fidelidad. En los siglos sucesivos volvió a repetirse el mismo procedimiento. La elección papal oscilará entre la directa intervención del poder imperial y el abandono de la elección en manos de los clanes feudales familiares.  

            La reforma gregoriana irá encaminada a regular la elección pontificia para evitar interferencias políticas. La elección recaería sobre un reducido grupo de clérigos, el colegio cardenalicio. El papa Nicolás II, en el decreto Praeduces sint dispone que “a la muerte del pontífice de esta Iglesia romana universal, ante todo los cardenales – obispos tratarán sobre la elección de su sucesor, según examen hecho en común, con extrema diligencia; luego, se unirán a ellos los cardenales- presbíteros y, finalmente, el resto del clero y el pueblo darán su consentimiento a la designación del elegido. De este modo -  y con el fin, sobre todo de que el mal de la vanidad no se presente en cada ocasión – los hombres religiosos serán los guías de la elección del nuevo pontífice y los demás le seguirán” (Decreto 120). Como vemos, este decreto no incluye la intervención del poder temporal lo que da a suponer que no tuvo una fácil aplicación. A esta normativa, que es un avance bastante notable en la regulación de la elección, aún le faltaba por salvar un escollo. El sujeto de la elección son los cardenales, pero ¿Qué mayoría de votos es necesaria para que la elección sea válida?

            Las sucesivas legislaciones irán perfilando el sistema de elección: 1. La mayoría necesaria: fue fijada en el Concilio I de Letrán (1179) en el canon  primero donde se exigía una mayoría de dos tercios de los cardenales integrantes del colegio electoral. 2. Salvar los interregnos: un interregno es el periodo de tiempo entre la muerte del papa y la elección del siguiente, es lo mismo que la sede vacante. Hubo periodos de incluso tres años de sede vacante. El papa Gregorio X, en el Concilio II de Lyon (1274), impuso el sistema de cónclave por la constitución “Ubi periculum”. La palabra “cónclave” viene de dos vocablos unidos: “cum” + “clavis”: cerrado con llaves. Se imponía un régimen sobrio de comida y alojamiento y a medida que pasaba el tiempo y no se elegía al Papa se iba reduciendo las raciones de comida. Una situación realmente dura. El papa Nicolás III lo abolió y viendo su fracaso, el papa Celestino V lo restituyó.

            La situación se mantuve más o menos sin cambio hasta Gregorio XV quien estableció tres formas de elección papal: 1. Por escrutinio, con dos votaciones al dia y con la mayoría de 2/3 de los electores; 2. El compromiso, si no había acuerdo, la elección se dejaba en manos de unos compromisarios designados por los cardenales. 3. Aclamación unánime. Y damos un salto en el tiempo hasta la última reforma de san Juan Pablo II con la constitución Universi Dominici Gregis (1996). Este último documento dispone: que se garanticen las condiciones de incomunicación con el exterior, las votaciones tendrán lugar en la Capilla Sixtina, los cardenales electores se alojarían en un edificio distinto a los palacios apostólicos, en la, entonces en construcción, “Casa Santa Marta”. Se suprimen la elección por compromiso y por aclamación. La mayoría necesaria es la de dos tercios de los electores. Una vez elegido al candidato se le pregunta si acepta la elección y cómo quiere ser llamado. Luego se queman los votos y se produce la conocida “fumata” de color blanco. Más tarde, tiene lugar la aclamación del pueblo desde el balcón de la logia de san Pedro.


2. Elección del obispo

            La elección de los obispos seguirá un procedimiento similar a lo largo de la historia: o bien el papa elige o refrenda y se hará necesaria la confirmación del poder civil. El Concilio I de Nicea (325) dispuso en el canon 4 que el obispo fuera nombrado por los obispos de la provincia, siendo el arzobispo metropolitano quien confirmara la elección y lo ordenara. El clero y el pueblo solo debía dar testimonio de su idoneidad y aclamarlo tras la elección, como expresión de júbilo.

            En la España visigoda, el canon 6 del XII Concilio de Toledo (681) otorgaba al monarca el derecho de designación de todos los obispos  del reino y al metropolita de Toledo la potestad de ordenarlos. En Francia ocurrió lo mismo. En Alemania, Otón I se reservó el derecho a los nombramientos episcopales. Mención aparte merece la cuestión de las Investiduras. Se trata de un conflicto entre el papado y el emperador a cuenta de las elecciones episcopales. Concluyó con el concordato de Worms (1122) firmado entre Calixto II y Enrique V. El Concilio III de Letrán (1179) exigió que los candidatos al episcopado tuvieran treinta años de edad. Con el IV Letrán (1215) la elección episcopal quedaba en manos de los cabildos.

            Damos un salto en el tiempo hasta la época actual. La disciplina se encuentra recogida en el canon 377 del Código de Derecho Canónico: “El Sumo Pontífice nombra libremente a los Obispos, o confirma a los que han sido legítimamente elegidos”. Se realiza por el procedimiento de ternas, esto es, al Papa se le presentan tres candidatos y él elige a uno de ellos.

            El periodo que acece entre la elección y la ordenación, se denomina Sede Vacante. Qué orar y pedir a Dios en este tiempo lo veremos a continuación.


II. Celebración

La tercera edición del misal romano (2002) nos ofrece un solo formulario para esta misa. Salvo la oración colecta, que es de nueva creación, la oración sobre las ofrendas y la de poscomunión han sido tomadas del misal romano de 1570 con algunas variaciones léxicas o semánticas.

La oración colecta está centrada en el gobierno de la Iglesia, del cual el obispo es el máximos responsable, sobre todo, si se trata del obispo de Roma, o sea, el Papa. Este pastor que ha de ser elegido debe agradar a Dios y ayudar a los fieles en el progreso espiritual. La oración sobre las ofrendas[1] indica que el amor de Dios por su pueblo es el que nos concederá el pastor que necesitamos para presidir los santos misterios. La oración para después de la comunión[2] sigue en la misma línea que la anterior indicando que es la gracia divina la que envía a su Iglesia un pastor para que la edifique y la ilumine exponiendo la Verdad del Evangelio.

Los textos bíblicos del formulario, esto es, las antífonas, han sido tomados del primer libro de Samuel, capítulo dos, versículo treintaicinco, para la antífona de entrada, donde se profetiza un pastor que Dios suscitaría para obrar según sus inspiraciones dándole una estabilidad. Y para la antífona de comunión, encontramos el capítulo quince, versículo dieciséis del evangelio de Juan en que se nos recuerda el mandato misionero de los pastores, enviados por Cristo para dar frutos perdurables.   


III. Vida

Una vez analizado el formulario de esta misa y destiladas las líneas teológicas que nos ofrece, extraigamos las conclusiones morales o existenciales para una vivencia mejor de estas situaciones coyunturales que cada cierto tiempo irrumpen en la vida de la Iglesia.

En primer lugar, este formulario nos recuerda que la elección de un papa o un obispo es algo importante en la Iglesia por las consecuencias directas que tiene en la marcha del Pueblo de Dios. Luego será necesario recurrir e invocar a “su misericordia infinita” (o. col.) para que los electores tengan buen tino en su propósito. De hecho se recomienda que mientras dura el periodo de sede vacante la Iglesia universal o diocesana se ponga en estado de oración insistente para que el Espíritu Santo derrame su gracia septiforme sobre los encargados de la elección, sobre el candidato que Dios tiene preparado y sobre el pueblo que se le encomendará para que lo acepte con docilidad y espíritu filial.

En segundo lugar, este formulario nos ha recordado también que el elegido para pastorear a la grey es, ante todo, fruto de la providencia divina, de “la admirable gracia de tu majestad” (o. posc.), concesión de “la abundancia de tu amor” (o. obl). Lo cual implica que en nosotros debe despertarse un sentimiento grande de acción de gracias a Dios y de generosa docilidad. Máxime, si tenemos en cuenta que este pastor elegido es el eslabón de una cadena ininterrumpida que nos une con la Iglesia apostólica y, por tanto, con el mismo Jesucristo.

En tercer lugar, el pastor que ha de ser elegido tiene la grave tarea de construir con nosotros, el pueblo, la Iglesia peregrina en este mundo. Junto al resto de obispos del mundo entero y bajo la guía del sucesor de Pedro, lo que llamamos “Colegio espicopal” tiene del deber de mirar solícitamente por la Iglesia universal. Pero para cada obispo, esa misma Iglesia universal se concreta en las Iglesias particulares o diócesis donde estos tienen una potestad inmediata y ejecutiva. Edificar la Iglesia, pues, es una tarea conjunto en la cual el obispo es el guía que marca el modo de hacerlo.

Por último, los fieles tenemos que abrir el corazón y ser dóciles a la iluminación del Espíritu Santo. Si los obispos son mensajeros y heraldos del Evangelio, a nosotros nos corresponde recibirlo con obediencia filial sabiendo que quien a ellos escucha, escucha al mismo Cristo, tal como lo recordó el Concilio Vaticano II: “Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió (cf. Lc 10,16)” (LG 20).

Tengamos presente todas estas cosas para que en los periodos de sede vacante, oremos insistentemente a Dios para que nos mande un pastor según el Corazón de Cristo, el único y fiel Buen Pastor.

Dios te bendiga



[1] MR1570 [1153] con algunas variaciones léxicas.
[2] MR 1570 [890] para el cuerpo central (aitesis) de la oración.

miércoles, 11 de octubre de 2017

2. MISA POR EL PAPA





En este segundo post sobre las misas “ad diversa” trataremos el formulario que se nos ofrece para orar por el sucesor de Pedro, por el Papa. Echando una vista rápida a los textos del Nuevo Testamento vemos como Pedro desempeña un papel preponderante en el grupo de los doce. Sabemos esto porque es el que encabeza siempre la lista de los nombres de los apóstoles (cf. Mt 10, 2/ Mc 3, 14-16), es el primero en confesar la verdadera fe en Cristo y éste le cambia el nombre de Simón a Pedro (cf. Mt 17). El discípulo amado cederá a éste ser el primero en entrar en el sepulcro vacío para que sea primer testigo de la Resurrección.


I. Misterio[1]

            En los albores de la historia de la Iglesia, Pedro garantiza la unidad de ésta que comienza a expandirse. Le vemos pronunciarse solemnemente en Hch 15 frente al problema de la circuncisión de los conversos gentiles. Ya en tiempos de Jesús, a Pedro se le concede “el poder de las llaves”, es decir, una autoridad espiritual sobre los fieles, de este modo, Pedro queda constituido como administrador de los bienes espirituales de la Iglesia hasta la Pascua definitiva.

            En el devenir de la historia, el ministerio petrino ha revestido diversas formas de ejercerse. Siempre hubo una clara conciencia de que su papel abarcaba el gobierno de toda la Iglesia como demuestra la carta a la comunidad de Corinto para restaurar la paz y la unidad y disciplina en aquella Iglesia. San Ignacio de Antioquía afirma de que la Iglesia de la capital del imperio romano es la que preside en la caridad al resto de iglesias diseminadas por la tierra y por ello es “digna de toda bienaventuranza, digna de alabanza, digna de alcanzar cuanto desee, digna de toda santidad[2]. Su potestad universal halla un punto de inflexión en el s. V donde el tono fraternal se torna más autoritario e imperial apareciendo ya las autodenominaciones de “sede apostólica” y “vicario Petri”. Para muestra leamos estas palabras de san León Magno (440-461): “el bienvaneturado apóstol Pedro no deja de presidir en su sede[3].

            Tras la crisis con Oriente, que desembocaría en el cismo del 1054, el primado de la sede de Roma se irá consolidando hasta el punto de ser el punto de referencia espiritual y político del ahora Occidente cristiano. Cabe destacat en este sentido el Dictatus Papae de Gregorio VII, la encíclica Unam Sanctam de Bonifacio VII y el cambio de nombre de ser el “vicarius Petri (= vicario de Pedro)” pasa a denominarse el “vicarius Christi (= vicario de Cristo)”.

            Así, para tener una visión clara y sencilla sobre la teología del ministerio petrino es necesario tener presente los siguientes puntos[4]:

1.      Es doctrina de fe que el ministerio petrino, en cuanto que preside a toda la Iglesia, deriva directamente de Cristo.

2.      Este ministerio lo posee el Papa. como persona concreta, pero siempre vinculado a su condición de obispo de Roma.

3.      Al ser autoridad máxima requiere el ejercicio de un humilde servicio a la comunión fraterna en amor y verdad.

4.      El primado debe reintegrarse en el seno del testimonio eclesial. Es testigo junto a otros testigos como san Juan Bautista, María, Pablo, etc.

5.      El Papa personifica la unidad y la libertad de la Iglesia. simboliza el hecho de que todos los obispos no son más que un solo episcopado, de que todas las eucaristías no son más que una sola eucaristía, de que todas las iglesias no son más que una sola Iglesia.

6.      Dimensión martirológica del ministerio petrino en cuanto garante de la unidad y de la libertad de la Iglesia y su testimonio ha de llegar hasta la confrontación con el mundo.


II. Celebración

            La tercera edición del misal romano (2002) nos ofrece un solo formulario para esta misa con tres oraciones colectas a elegir. Esta misa, como el resto de misas y oraciones por diversas circunstancias para su elección y celebración se rige por las normas ya dichas. Y aunque dice “sobre todo en el aniversario de la elección” la preposición “sobre todo” indica que es la misa mas apropiada para esa efeméride lo que no obsta para poder ser usada en otros días del año respetando las normas universales.

            Según indica el propio misal, en esta misa pueden ser usados ornamentos blancos si coincide con el día del aniversario de la elección del Papa sino lo suyo es usar el color propio del tiempo (verde, blanco o morado). Para esta misa, el misal propone usar la plegaria 1 para la misas por diversas necesidades “La Iglesia en camino hacia la unidad”. Por último, antes de examinar los formularios detenidamente, debemos hacer notar que éstos son nuevos en su totalidad tejidos con textos e ideas de la Sagrada Escritura y de los documentos del Concilio Vaticano II.

            La primera colecta del formulario está marcada por la idea del Papa como sucesor de Pedro es la roca elegida para edificar y fundamentar la Iglesia. La segunda colecta se basa en indicar que el Papa es el pastor puesto por Cristo quien, junto con el rebaño que preside, debe llegar a la vida eterna, consumación final de la Iglesia. La tercera colecta ofrece una síntesis del quehacer del ministerio petrino. La oración sobre las ofrendas retoma la idea del Papa como guía y pastor, mientras que la oración después de la comunión retoma la idea del pastoreo pero como confirmación en la fe de los demás hermanos.

            Los textos bíblicos de las respectivas antífonas están tomados de los dos grandes pasajes petrinos: para el introito se usa de Mt 16, 18.19 donde se narra la elección de Pedro como roca donde se asienta la Iglesia mientras que para la antífona de comunión se usa de Jn 21, 15-17 para hacer notar que el oficio pastoral del Papa es, ante todo, un acto de amor a Cristo. En este último pasaje se nos plantea una importante pregunta que deberíamos hacernos ante Cristo-Eucaristía como hecha por él mismo: “¿Me amas más que estos?

III. Vida

Una vez analizadas las diversas oraciones de este formulario y extraídas las líneas teológicas de cada una de ellas podemos exponer las líneas teológico-morales que ofrecen una apropiado comprensión del papado y del ministerio petrino para evitar dos excesos: la “papofobia”, es decir, rechazo a todo lo que venga del Papa y por tanto la incursión en herejía o cisma; y la “papolatría”, esto es, asumir acríticamente todo lo que venga del Papa ya sean opiniones personales en temas no de fe ni moral y aplaudir cada gesto que haga por ser quien es.


¿Quién o qué es el Papa para un católico? Esa es la pregunta que los formularios litúrgicos nos ayudarán a responder:

1. El Papa es sucesor de san Pedro: fue elegido Simón por Cristo para edificar sobre él, como sobre roca, la Iglesia. La providencia sigue eligiendo hoy a un hombre para seguir construyendo la Iglesia en el mundo. Pero Pedro no fue elegido de manera aislada sino dentro del colegio de los apóstoles siendo él el príncipe de los apóstoles, es decir, el principal y primero de entre el grupo. El Catecismo de la Iglesia lo expresa así: “El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). "Consta que también el colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa” (CEC 881). 

2. El Papa es principio y fundamento visible de la unidad de la fe y la comunión del Pueblo de Dios: el Señor encargó a Pedro que confirmara a sus hermanos en la fe: “Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). De este modo lo convirtió en vínculo de unidad y comunión entre el Pueblo de Dios. Dice el Concilio: “el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (LG 23a).

3. El Papa es pastor y guía puesto al frente del rebaño de Cristo: hay dos palabras en latín preciosas para entender este oficio: 1. La palabra: “antistite” que viene de la contracción de dos palabras: la preposición “antea” (delante o ante ) + el verbo “stare” (estar de pie o erguido) lo que significa que el “antistite” es aquel que está de pie delante de alguien. 2. La palabra “praesides” que viene de la contracción de dos vocablos: el prefijo “prae” (estar sobre, delante) + el verbo “sedeo” (sentarse o estar sentado) lo que significa que el “praesides” es aquel que se sienta ante alguien o sobre sale por encima del resto de miembros de la reunión. Ambos vocablos aplicados al Papa de modo especial, indica que su oficio primero es el de guiar al Pueblo de Dios y presidirle en el amor, la paz y la unidad. Para ello, “el Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad” (LG 22b). Con su palabra y ejemplo, el Sumo Pontífice “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (LG 23a).

Así pues estos tres puntos destilados del conjunto del formulario litúrgico indican que como católicos al Papa le debemos respeto y obediencia filial en cuanto ha sido elegido providencialmente por Cristo para guiar al Pueblo de Dios hasta la Pascua definitiva donde también tiene que llegar él junto con el rebaño encomendado.

El papado, por tanto, es un ministerio de gran responsabilidad que no puede ser dejado en manos de cualquiera. Nadie tiene derecho a ser Papa ni por ser hombre ni por ser mujer. El papado debe una obediencia y docilidad al Espíritu Santo más alta que la de cualquier cristiano pues en él recae la responsabilidad de custodiar, enseñar y definir (cf. DH 3070) el Magisterio de la Iglesia en fidelidad al Evangelio y a la Tradición de la Iglesia. Así pues, el santo padre no puede, aunque quisiera, definir ni enseñar nada que vaya en clara contradicción con lo creído y mantenido firmemente por la Iglesia. El Papa es administrador de los bienes espirituales no el dueño de los mismos.

De este modo los católicos le debemos obediencia de fe, precisamente, en lo tocante a la fe y a la moral porque han sido divinamente reveladas. Así se entiende mejor el dogma de la infalibilidad papal. Este dogma fue definido solemnemente en la última sesión del Concilio Vaticano I (1870). Este es el tenor literal de dicha definición dogmática: “Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables” (cf. DH 3073-74)[5].

Así pues, vemos, suficientemente claro, que solo es infalible en cuestiones de fe y moral cuando habla con ánimo de definir ex cathedra o por medio del magisterio ordinario algo tocante a estas dos. En lo demás puede ser tan falible como cualquiera. Teniendo esto claro se evitarán males mayores.

Dios te bendiga



[1] Para esta sección nos serviremos fundamentalmente de E. Bueno de la Fuente, Eclesiología (BAC, Madrid 2007) 213-225.
[2] Epistola a los Romanos, saludos.
[3] Sermón 5, PL 54, 153
[4] cf. E. Bueno de la Fuente, 223-225.
[5] El subrayado es nuestro.