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miércoles, 28 de febrero de 2018

19. MISSA PRO CHRISTIANIS PERSECUTIONE VEXATIS


MISA POR LOS CRISTIANOS PERSEGUIDOS


I. Misterio

Creo que no puede haber un tema más actual y acuciante en la Iglesia que el de la Iglesia perseguida. Estos cristianos de gran parte del orbe son el fruto más granado del anuncio cristiano y del evangelio vivido hasta las últimas consecuencias.

No son pocas las veces que en el Evangelio Jesucristo nos anuncia la convivencia del cristianismo con la realidad de la persecución: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí” (Mt 5, 11-12); Si el mundo os aborrece, sabed que antes que a vosotros, me aborreció a mí” (Jn 15,18); Os aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierra recibirá cien veces más ahora en este tiempo casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierra, aunque con persecuciones; y en la edad venidera, la vida eterna” (Mc 10, 29-30). Estas y otras expresiones no han dejado de hacerse realidad a lo largo de dos mil años de historia eclesiástica.


La primera persecución desatada contra la Iglesia fue la de Herodes en Jerusalén donde se llevó a cabo la muerte de Santiago y la dispersión de la Iglesia incipiente. Tras ella, sobrevinieron cuatrocientos años de persecución por parte del imperio romano. Desde el año 68 al 300 se sucedieron interrumpidamente diez persecuciones. Restablecida la paz con Constantino no tardaron en surgir las persecuciones de los bárbaros hasta la caída del imperio romano en el 410 con Alarico y la conquista de la diócesis hispánica por parte de los godos, que eran arrianos ya que habían sido evangelizados por el obispo arriano Ulfilas. En la Hispania goda la persecución se desató contra los hispano-romanos, que eran católicos bajo el reinado de Leovigildo haciendo la guerra contra su hijo Hermenegildo. Tras la conversión de la monarquía goda al catolicismo, no se hizo esperar otra persecución, esta vez por parte de la nueva religión creada por el caravanero Mahoma, el Islam, que entrando en la península Ibérica en el 711 permaneció en la misma hasta el año 1492 en que se completó la reconquista de España, iniciada por don Pelayo en Asturias en el 718, expulsando al último rey nazarí de la ciudad de Granada por parte de los Reyes Católicos.

El imperio musulmán no dejó, por otra parte, de atacar al Occidente cristiano estableciendo su capital en Constantinopla, después Bizancio, en 1453 cambiando su nombre por Turquía. A parte de las guerras contra el imperio turco, la persecución contra la Iglesia no se desatará, de nuevo con violencia, hasta el cisma de Occidente en que los nuevos nobles luteranos y la monarquía anglicana desaten su furia contra la población que se mantenía católica en sus territorios. El s. XVIII europeo se teñirá del rojo de la sangre de miles y miles de mártires de la Revolución Francesa; la kulturkämpf de Otto von Bismark en el s. XIX no dará tregua a la Iglesia católica. Aun así, el s. XX no será menor en persecuciones a la Iglesia de Dios comenzando por la sangrienta y terrible persecución por parte del comunismo (en todos los países donde se asentó o, al menos, tuvo célula), la masonería mexicana entre 1926-29, del fascismo italiano, del nazismo alemán, en España durante la década de los 30. Y en nuestros días la persecución se ha vuelto a desatar en contra la Iglesia de dos maneras: en Oriente de forma sangrienta y crudelísima por parte del Estado Islámico (ISIS, DAESH) y en Occidente por parte del laicismo radical y la Ideología de Género. A nosotros solo nos toca perseverar.


Por último, leamos esta homilía de Mons. Jenky, obispo de Peoria, pronunciada el 14 de abril de 2012, titulada “La Iglesia sobrevivirá”:

Por 2.000 años, los enemigos de Cristo han hecho realmente su mejor esfuerzo. Pero piensen sobre esto: la Iglesia sobrevivió e incluso floreció, durante cientos de años de terrible persecución, en los días del Imperio Romano. La Iglesia sobrevivió a las invasiones bárbaras; la Iglesia sobrevivió ola tras ola de jihads; la Iglesia sobrevivió la era de la revolución; la Iglesia sobrevivió al nazismo y al comunismo. Y por el poder de la Resurrección, la Iglesia sobrevivirá al odio de Hollywood; a la malicia de los medios; a la maldad embustera de la industria del aborto; la Iglesia sobrevivirá a la corrupción reinante y absoluta incompetencia de nuestro gobierno del estado de Illinois e incluso al desprecio calculado del presidente de los Estados Unidos, sus burócratas en el departamento de Salud y Servicios Humanos y de la actual mayoría del Senado federal. Que Dios tenga misericordia, que Dios tenga misericordia especialmente de las almas de aquellos políticos que fingen ser católicos en la iglesia, pero en la vida pública, como Judas Iscariote, traicionan a Jesucristo por cómo votan, por cómo voluntariamente cooperan con lo intrínsecamente malo.

Como cristianos debemos amar a nuestros enemigos, y rezar por aquéllos que nos persiguen, pero como cristianos nosotros debemos también defender lo que creemos y estar listos para luchar en defensa de nuestra fe. Los días en que vivimos requieren un catolicismo heroico, no un catolicismo ocasional. No podemos ser por más tiempo católicos por accidente sino, en su lugar, debemos ser católicos por convicción. En nuestras propias familias, en nuestras parroquias, donde vivimos, donde trabajamos. Como aquélla primera generación apostólica, debemos ser testigos valientes del Señorío de Jesucristo. Tenemos que ser un ejército valiente de hombres católicos dispuestos a dar todo lo que tenemos por el Señor, que dio todo por nuestra salvación.

Recuerden que en la historia, otros gobiernos han tratado de forzar a los cristianos a amontonarse y esconderse en el ámbito de sus templos, como los primeros discípulos, antes de la Resurrección, encerrados en el Cenáculo. A finales del siglo XIX, Bismarck emprendió su "Kulturkampf", una guerra cultural contra la Iglesia Católica, cerrando todas las escuelas y hospitales católicos, conventos y monasterios en la Alemania imperial. Clemenceau, apodado "el devorador de sacerdotes", intentó hacer lo mismo en Francia, en las primeras décadas del siglo XX. Hitler y Stalin, en sus mejores momentos, apenas toleraron que algunas iglesias permanecieran abiertas, pero no toleraron la acción de la Iglesia en educación, servicios sociales y cuidado de la salud. En clara violación de nuestros derechos de la Primera Enmienda, el presidente Obama, con su agenda radical pro-abortista y extremadamente secularista, ahora parece intentar seguir un camino similar. Las cosas han llegado a tal extremo en nuestro amado país, que esta es una batalla que podríamos perder. Pero ante el tribunal estremecedor de Dios Todopoderoso, esta no es una batalla en la que un católico creyente pueda permanecer neutral”.

II. Celebración


Para esta intención se ha configurado un formulario eucológico simple, de nueva creación: una oración colecta, una oración sobre las ofrendas y una oración de pos-comunión. Antes de entrar en el formulario debemos señalar que es una misa que puede ser completada con la tercera plegaria por diversas necesidades y que se rige por las normas generales dadas para este tipo de misas, usando los colores del tiempo o de blanco.

La oración colecta de la misa sitúa la persecución como consecuencia de la providencia divina que quiere asociar al conjunto de la Iglesia a la pasión de Cristo. En esta oración de concitan dos textos bíblicos: Mt 10, 22, puesto que la Iglesia padece persecución por causa del nombre de Cristo. Esta persecución nos hace ser testigos fieles y veraces, como apunta Ap 1,5.3,4. La oración sobre las ofrendas destaca tres ideas sobre la persecución: 1. Se padece por fidelidad a Cristo; 2. Es un modo de asociación a la Pasión de Cristo y 3. Su gran consecuencia es que el nombre de los cristiano está inscrito en el cielo (cf. Lc 10,20). La oración de pos-comunión  pide como gracia especial que el Señor confirme en la Verdad de la fe a aquellos que están muriendo por esa misma fe, que es, precisamente, la cruz que deben vivir para gloriarse del nombre de cristianos.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para la antífona de entrada, el salmo 73, 20.21.22.23 donde se apela a la piedad divina implorando que tenga misericordia de los que sufren por causa de Él. Y también Hechos 12,5 donde se expone que la Iglesia debe orar por los encarcelados como hizo con san Pedro. Para la antífona de comunión Mt 5, 11-12 que no es otra que la gran bienaventuranzas para los perseguidos por Cristo y su recompensa en los cielos; y Mt 10,32 donde se nos recuerda la importancia de estar siempre del lado de Jesucristo.

III. Vida


            Tras analizar el formulario litúrgico de la misa veamos que ideas se desprenden del mismo para una vivencia mejor de esta realidad de la Iglesia que se vive en no pocos lugares del mundo, donde el Cuerpo místico de Cristo está presente:

1. Asociarse a la Pasión de Cristo: es una idea que se repite por dos veces en el formulario. La persecución a la Iglesia es un ataque directo a Cristo en cuanto a que el conjunto de la comunión de los fieles es el Cuerpo místico de Cristo, prolongación histórica del Resucitado en el mundo. Sabemos por el Concilio Vaticano que la liturgia es la obra de Cristo, la eterna intercesión del Señor, que asocia a ésta a su Iglesia. En el mismo sentido, Cristo une a la Iglesia a su agonía y muerte en la Pasión por medio de la persecución. Pero si tenemos en cuenta que el Misterio Pascual de Jesucristo es su obra redentora, muerte y resurrección, la persecución a la Iglesia se vuelve misterio pascual, también, para ella. En la persecución la Iglesia vive su Pascua con tal intensidad y con tan craso realismo que se hace imposible no sentirse unido a la obra redentora de Jesucristo, su Señor y fundador.

2. Espíritu de paciencia, caridad, amor y perdón a los enemigos: es la excelencia del cristianismo, la guinda del pastel del cuerpo doctrinal moral del cristiano. Ante la tensión e incertidumbre que puede generar una situación de este calibre, los dones que el Espíritu Santo concede a los cristianos son, precisamente, aquellos que el Evangelio reclama para ellos: amor a los enemigos, perdonar a los que nos zahieren, devolver bien por mal, responder con una bendición. Solo desde el bien y la bondad podemos vencer a los enemigos que matan el cuerpo y pretenden matar el alma. El cuerpo y lo material pueden matarlo o arrebatarlo, pero el alma no, porque es de Dios. Permítanme aquí traer a colación aquellos memorables versos de nuestro Calderón de la Barca: «al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios» (El alcalde de Zalamea, Jornada I, escena XVIII, vv. 869-876).


3. La persecución como prueba de credibilidad: en estos periodos duros y trágicos no solo mueren cristianos, sino testigos fieles y veraces de la fe cristiana. Desde el alba del cristianismo, con los primeros conatos de persecución, es unánime el testimonio de los paganos que se admiran de la capacidad de aguante de los seguidores de Cristo y su forma de afrontar el funesto destino que los deparaba. Así, morir convencidos de la verdadera fe que profesan, se convierte en un testimonio convincente capaz de interpelara  los verdugos e introducirles en una dinámica de conversión.

4. Confirmarse en la Verdad y los nombres en el cielo: esta es la gran recompensa para los cristianos de todos los tiempos. Sentir la presencia del Resucitado, verdadera causa de la persecución, que alienta el testimonio cristiano e inspira en ellos la valentía necesaria para perseverar en la tribulación y mantener la entereza es la mayor confirmación que el Espíritu Santo puede ejercer en los seguidores de Jesús. Por otra parte, saber que el cielo es el hogar que nos espera porque ya están nuestros nombres grabados allí da un aliento nuevo para sufrir con paciencia (gr. hypomoné) los sufrimientos que, lejos de acongojar el corazón de los cristianos, los llena de alegría (gr. agallíasis) para un testimonio valiente (gr. parresía) del nombre de Jesucristo, nuestro Salvador, único Señor (gr. Kyrios).

Así pues, queridos lectores, ciertamente la persecución no es plato de buen gusto para nadie. No es una situación idílica ni querida ni pretendida, pero sí que es verdad que es la única garantizada por el Señor en el Evangelio. Ojalá que Dios nos de la fuerza y la valentía para mantener la confesión de la fe en esta situación.

Dios te bendiga

miércoles, 17 de enero de 2018

14. MISA PRO VOCATIONIBUS AD VITAM RELIGIOSAM


MISA POR LAS VOCACIONES A LA VIDA RELIGIOSA


            Tras el parón que las Navidades impuso y los ejercicios espirituales demandaron, volvemos re-abrir nuestra sección de los miércoles dedicada a comentar los 49 formularios que la sección de “Misas por diversas necesidades” nos ofrece, según la tercera edición del misal romano de Pablo VI. Sin más dilación, entremos en el tema de hoy:

I. Misterio

«Los sacerdotes y los educadores cristianos pongan un verdadero empeño en dar a las vocaciones religiosas, conveniente y cuidadosamente seleccionadas, nuevo incremento que responda plenamente a las necesidades de la Iglesia. Aun en la predicación ordinaria, trátese con más frecuencia de los consejos evangélicos y de las conveniencias en abrazar el estado religioso. Los padres, al educar a sus hijos en las costumbres cristianas, cultiven y defiendan en sus corazones la vocación religiosa. Es lícito a los Institutos divulgar el conocimiento de sí mismos para fomentar vocaciones y reclutar candidatos, con tal que esto se haga con la debida prudencia y observando las normas dadas por la Santa Sede y por el Ordinario del lugar. Tengan en cuenta, sin embargo, todos que el ejemplo de la propia vida es la mejor recomendación de su propio Instituto y una invitación a abrazar la vida religiosa» (PC 24). Para mejor estudiar este tema, establezcamos algunos puntos a seguir:


El don de la vocación religiosa

En otros artículos del blog se ha recordado con insistente empeño en que la vocación general de todo bautizado es la santidad. Todos estamos llamaos a ser santos, pero esa vocación puede vivirse de diversos modos, o dicho de otra manera, se concreta en formas de vida bendecidas y consagradas por el mismo Padre eterno. Una de estas formas de vivir la santidad es la vocación a la vida religiosa o consagrada, que se fundamenta en el bautismo cristiano y es la expresión más radical de la vivencia de éste. Así lo explican estas palabras del Concilio Vaticano II: «El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados —por su propia naturaleza semejantes a los votos—, con los cuales se obliga a la práctica de los tres susodichos consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial […]. Así, pues, la profesión de los consejos evangélicos aparece como un símbolo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana. Y como el Pueblo de Dios no tiene aquí ciudad permanente, sino que busca la futura, el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial» (LG 44).

Espiritualidad común a toda la vida religiosa y consagrada

Antes de pasar a estudiar cómo se puede vivir la consagración religiosa a través de sus diversas formas admitidas y aprobadas, conviene que planteemos algunos elementos comunes a las distintas formas de vida religiosa indicados por el Concilio Vaticano II que configuran una espiritualidad singular y fundamental a todas ellas. Dejemos que hable el mismo Concilio: «Ante todo, han de tener en cuenta los miembros de cada Instituto que por la profesión de los consejos evangélicos han respondido al llamamiento divino para que no sólo estén muertos al pecado, sino que, renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios. En efecto, han dedicado su vida entera al divino servicio, lo que constituye una realidad, una especial consagración, que radica íntimamente en el bautismo y la realiza más plenamente. Considérense, además, dedicados al servicio de la Iglesia, ya que ella recibió esta donación que de sí mismos hicieron. Este servicio de Dios debe estimular y fomentar en ellos el ejercicio de las virtudes, principalmente de la humildad y obediencia, de la fortaleza y de la castidad, por las cuales se participa en el anonadamiento de Cristo y a su vida mediante el espíritu. En consecuencia, los religiosos, fieles a su profesión, abandonando todas las cosas por El, sigan a Cristo como lo único necesario, escuchando su palabra y dedicándose con solicitud a las cosas que le atañen. Por esto, los miembros de cualquier Instituto, buscando sólo, y sobre todo, a Dios, deben unir la contemplación, por la que se unen a Él con la mente y con el corazón, al amor apostólico, con el que se han de esforzar por asociarse a la obra de la Redención y por extender el Reino de Dios» (PC 5).

Diversas formas de vida religiosa

«Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, de pobreza y de obediencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y recomendados por los Apóstoles y Padres, así como por los doctores y pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar estos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar formas estables de vivirlos. Esta es la causa de que, como en árbol que se ramifica espléndido y pujante en el campo del Señor partiendo de una semilla puesta por Dios, se hayan desarrollado formas diversas de vida solitaria o comunitaria y variedad de familias que acrecientan los recursos ya para provecho de los propios miembros, ya para bien de todo el Cuerpo de Cristo» (LG 43). Abordemos las distintas formas en que este frondoso árbol se ramifica:

1. Institutos de vida contemplativa: aquellos cuyos miembros se dedican solamente a Dios en la soledad y silencio, en la oración asidua y generosa penitencia, ocupan siempre, aun cuando apremien las necesidades de un apostolado activo, un lugar eminente en el Cuerpo Místico de Cristo, en el que no todos los miembros tienen la misma función. En efecto, ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos ubérrimos de santidad y le edifican con su ejemplo e incluso contribuyen a su desarrollo con una misteriosa fecundidad. De esta manera son gala de la Iglesia y manantial para ella de gracias celestiales (cf. PC 7).

2. Institutos de vida apostólica: clericales o laicales, dedicados a diversas obras de apostolado, que tienen dones diversos en conformidad con la gracia que les ha sido dada; ya sea el ministerio para servir, el que enseña, para enseñar; el que exhorta, para exhorta; el queda, con sencillez; el que practica la misericordia, con alegría. La acción apostólica y benéfica en tales Institutos pertenece a la misma naturaleza de la vida religiosa, puesto que tal acción es un ministerio santo y una obra de caridad propia de ellos, que la Iglesia les ha encomendado y que han de realizar en su nombre. Por lo mismo, toda la vida religiosa de sus miembros ha de estar imbuida de espíritu apostólico, y toda su actividad apostólica ha de estar, a su vez, informada de espíritu religioso, La acción apostólica y benéfica en tales Institutos pertenece a la misma naturaleza de la vida religiosa, puesto que tal acción es un ministerio santo y una obra de caridad propia de ellos, que la Iglesia les ha encomendado y que han de realizar en su nombre. Por lo mismo, toda la vida religiosa de sus miembros ha de estar imbuida de espíritu apostólico, y toda su actividad apostólica ha de estar, a su vez, informada de espíritu religioso (cf. PC 8).

3. La vida religiosa laical: tanto de hombres como de mujeres, constituye un estado completo en sí de profesión de los consejos evangélicos. Por ello, el Sagrado Concilio, teniéndola en mucho a causa de la utilidad que reporta a la misión pastoral de la Iglesia en la educación de la juventud, en el cuidado de los enfermos y en el ejercicio de otros ministerios, alienta a sus miembros en su vocación y les exhorta a que acomoden su vida a las exigencias actuales (cf. PC 10).

4. Los institutos seculares: aunque no son Institutos religiosos, realizan en el mundo una verdadera y completa profesión de los consejos evangélicos, reconocida por la Iglesia (cf. PC 11).

II. Celebración

Para la celebración de esta misa, el misal romano en su tercera edición nos propone un formulario eucológico de nueva creación que debe usarse conforme a las normas ya tratadas que rigen las misas por diversas necesidades. Pueden usarse ornamentos de color blanco o del tiempo. Con este formulario se aconseja usar la segunda plegaria por diversas necesidades (D2) o bien, usarse con el prefacio de la profesión religiosa y las plegarias I, II o III.


El formulario nos ofrece una doble oración colecta: la primera puede ser usada por cualquier ministro, mientras que la segunda solamente por un presbítero perteneciente al clero regular (que sea religioso). La primera colecta recoge la teología renovada del Concilio Vaticano II en cuanto que la santidad (= caridad perfecta) es la vocación común para todos los fieles, pero solo muchos son llamados a vivirla desde la profesión de los consejos evangélicos, la mejor forma de “seguir las huellas de Cristo” y “signo del reino” ante el mundo y la Iglesia. La segunda colecta habla de la orden religiosa concreta como familia de Dios y reafirma que el ideal de la vida religiosa no es sino la “caridad perfecta” y el trabajo “por la salvación de los hombres”.

La oración sobre las ofrendas trae, a manera de gracia que se demanda, la idea de comunión fraterna y la libertad de espíritu, dos elementos necesarios para imitar a Cristo por la puerta estrecha, único acceso a la salvación. Para la oración de después de la comunión se ofrecen dos distintas con las mismas indicaciones que las dos colectas anteriores: la primera invita a los religiosos a ser imagen viva de Jesucristo; mientras que la segunda acentúa la idea del servicio perseverante que el religioso debe ofrecer: testimonio del amor de Dios al mundo y la búsqueda incesante de los “bienes que no perecen”.

Para los textos bíblicos este formulario ofrece: de cara a la antífona de entrada, Mt 19,21 donde se recuerda la exhortación de Jesús al joven rico a abandonar las seguridades vendiendo todo lo que tiene, dando ese dinero a los pobres, para mejor seguirlo en el total desasimiento. Para la antífona de la comunión, se usa el siguiente Mt 19, 27-29 donde se recuerda que la única riqueza de la vida religiosa es Cristo mismo, el ciento por uno que se obtiene al dejarlo todo por Él.

III. Vida


            Una vez analizado el formulario litúrgico, estamos en condiciones de establecer algunos puntos que pueden ayudarnos a valorar este género de vida singular dentro de la Santa Iglesia.

1. Una vida para seguir las huellas de Cristo: es lo propio de la vida religiosa y consagrada. Hacer de la vida una continua búsqueda del rostro de Dios. Vivir en la tensión del que sigue las huellas del Amado. Unas huellas que se hallan en el santo Evangelio, en la comunidad de hermanos, en la liturgia de la Iglesia, en la oración, reparación, inmolación, etc. El religioso en sus diversas formas, carismas y actitudes, es testigo del Resucitado y cifra toda su vida y existencia en ir en pos de Él. Buscan agradarle en todo para que el Señor se sienta complacido, amado y reparado en las ofensas.

2. “Imitar con alegría a tu Hijo por la senda estrecha”: esta frase, recogida de la oración sobre las ofrendas, me parece que es un perfecto resumen del ideal concreto de la vida religiosa. La obsesión del religioso debe ser la de imitar a Cristo con alegría, seguir sus pasos, pensar como Él, vivir como Él, amar como Él. Tener a Jesús como modelo de humanidad nueva en virtud de su Encarnación. Pero el seguimiento alegre del Señor no se puede realizar de cualquier modo, sino por la senda estrecha, que es el camino seguro al cielo. La senda estrecha supone en el religioso un morir cada día  a uno mismo en aras de la comunidad; la senda estrecha es la vivencia radical de los consejos evangélicos y aceptar todo lo que supone la consagración sin ideologías ni prejuicios sin gustos personales u opciones rocambolescas.

3. Lo que aporta un religioso al mundo de hoy: el religioso o consagrado tiene mucho que decir al mundo en que desarrolla la vida. Y debe hacer sin tardanza, al menos, con estos tres aportes:

Ø  Dar testimonio del amor de Dios al mundo: los religiosos en todas sus funciones y carismas ponen ternura y amor en medio de este mundo de soledades y escepticismos. En una sociedad que rechaza el sufrimiento como lugar de encuentro y de gozo, los religiosos son capaces de humanizar las situaciones más inhumanas. Colegios, cárceles, hospitales, países pobres no pueden verse desnudos de religiosos a riesgo de que quienes los habitan se topen con la amargura, la dureza y la dureza del mundo, o lo que es aún peor, irse de este mundo sin ver una sonrisa o una simple muestra de piedad.  

Ø  Relativización de los bienes materiales: los religiosos y consagrados han de ser para el mundo signo profético de las realidades celestiales a las que aspiramos ya en esta vida. Ante un mundo afanado en el tener y el poseer, en el acumular sin límites, la vida religiosa, mediante el voto de pobreza, es profecía viva de que los bienes de este mundo desaparecerá cuando nuestra única riqueza sea Dios mismo. Frente al afán de autonomía e individualismo del hombre de hoy que no admite reglas ni nada que pueda coartar su libertad, el voto de obediencia nos recuerda que, en definitiva, todos estamos unidos a una voluntad divina y superior a nosotros mismos que, respetando nuestra libertad e individualidad, dirige nuestra vida  con su providencia hacia la consumación final cuando todo se someta al dominio y señorío de Cristo. Cuando la sociedad se ha vuelto pansexualista, y la erótica del cuerpo nos asalta por todos lados, la virginidad y la castidad son el contrapunto a este coro mundano que nos recuerda la altísima dignidad del cuerpo humano y nuestra responsabilidad de cuidarle y respetarle como templo del Espíritu Santo.

Ø  Libertad de espíritu: aparentemente hoy, cuando la libertad es un valor en alza, nunca la sociedad ha estado tan esclava de sí misma, de la corrección política o de la tecnología. Lo que se nos presentaban como garantes de nuestra libertad de movimiento o de expresión a la larga nos ha hecho esclavos y siervos de ellos mismos. Los religiosos y consagrados, viviendo en plenitud el desasimiento de ellos mismos y de las cosas de este mundo por la profesión de los consejos evangélicos, gozan de una libertad sin límites que no se ve coartada por nada ni nadie. Nunca se es más libre que cuando se vive para adorar y hacer compañía a nuestro Dios. La libertad de espíritu es la forma más alta de libertad ya que éste no puede ser ni aprehendido ni ser clausurado por nadie.

Así pues, solo queda por nuestra parte estimar y querer la vida religiosa que “aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo de manera indiscutible, a su vida y santidad” (LG 44d). Gracias, hermanos religiosos, por vuestro testimonio y entrega. Animaos a ser cada vez más fieles a vuestro carisma y a vuestro compromiso ante el Señor. La Iglesia os necesita para seguir siendo profecía en el mundo, no se puede permitir, por tanto, ver la sangría de vocaciones que en las diversas órdenes, sobre todo en las históricas, se esta dando. Es un drama que nos afecta a todo. ¿Cómo hemos llegado hasta aqui? ¿Cómo se ha permitido esta situación calamitosa? No es a mí a quien le toca dar respuesta, sino simplemente apuntar a los datos objetivos que la realidad nos muestra: el cierre de noviciados y casas de formación, la reducción de provincias y de conventos o monasterios, una vida religiosa que a la vez que merma en España o Europa crece exponencialmente en países del tercer mundo. Por doquier vemos religiosos  que han perdido el norte de su vocación y carisma rechazando, incluso, las enseñanzas de la Iglesia y cuestionando a sus fundadores. Asistimos impertérritos al espectáculo bochornoso de monjas mediáticas que pasan más tiempo ante las cámaras que en la intimidad del claustro.

Sin embargo, también es cierto que de unos años para acá, el Espíritu ha suscitado nuevas formas de vida religiosa que volviendo a lo más prístino y tradicional de la índole religiosa ven crecer sus miembros de una manera milagrosa dando gloria a Dios y a la Iglesia. Es curioso que en un mundo donde brilla el hedonismo en su esplendor y el laxismo moral se respira como una peste, sean los conventos y congregaciones más tradicionales y rigurosas las que ven como cada día Dios bendice su entrega y testimonio con abundantes vocaciones.

Así pues, démonos, todos, a la reflexión, y pensemos que debemos hacer para que la llama de la vida religiosa y consagrada no se apague en nuestro mundo ni en nuestra Iglesia.

Dios te bendiga

miércoles, 29 de noviembre de 2017

9. MISA POR LAS VOCACIONES A LAS SAGRADAS ÓRDENES





I. Misterio

Estimados lectores ofrecemos hoy un breve comentario a la misa para pedir por las vocaciones a las sagradas órdenes. La palabra “vocación” viene del verbo latino “vocare”, que significa “llamar” o “ser llamado por otro”, de ahí que la vocación sea, ante todo, una llamada que alguien nos hace para una misión en concreto.

Todos y cada uno de nosotros hemos recibido una llamada general a vivir en plenitud nuestro ser cristiano buscando el agradar, siempre y en todo, a Dios; en otras palabras, somos llamados a ser “santos”. Pero esta santidad, esta vocación general y universal de todo cristiano no se vive en el abstracto o en el vacío sino que se concreta en el estado de vida de cada uno. Pero ahora toca hablar de la vivencia de la santidad en la vocación particular a las sagradas órdenes.

La vocación sacerdotal como don que es de Dios, quien en su infinita providencia elige a hombres de este mundo para que hagan las veces de Él en medio de es mundo del que fueron extraídos, es algo que compete a toda la Iglesia: “El deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana; ayudan a esto, sobre todo, las familias, que, llenas de espíritu de fe, de caridad y de piedad, son como el primer seminario, y las parroquias de cuya vida fecunda participan los mismos adolescentes. Los maestros y todos los que de algún modo se consagran a la educación de los niños y de los jóvenes, y, sobre todo, las asociaciones católicas, procuren cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina. Muestren todos los sacerdotes un grandísimo celo apostólico por el fomento de las vocaciones y atraigan el ánimo de los jóvenes hacia el sacerdocio con su vida humilde, laboriosa, amable y con la mutua caridad sacerdotal y la unión fraterna en el trabajo” (Optatam Totius[1] 2). Así pues, todos estamos inmersos en esta tarea tan necesaria de cooperar con Dios en la promoción de las vocaciones sacerdotales.

Cuando estas surgen, deben ir al seminario para recibir una profunda y completa formación que les haga madurar y hacer opciones fundamentales y estables para la vida. Esta formación se concentra en cuatro campos o dimensiones: teológica, espiritual, humana y pastoral. Los seminarios, como institución oficial eclesiástica, nacen tras el Concilio de Trento (s. XVI) para la formación de los candidatos a las sagradas órdenes. El Concilio Vaticano II recordó su utilidad con estas palabras: “Los Seminarios Mayores son necesarios para la formación sacerdotal. Toda la educación de los alumnos en ellos debe tender a que se formen verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, prepárense, por consiguiente, para el ministerio de la palabra: que entiendan cada vez mejor la palabra revelada de Dios, que la posean con la meditación y la expresen en su lenguaje y sus costumbres; para el ministerio del culto y de la santificación: que, orando y celebrando las funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del Sacrificio Eucarístico y los sacramentos; para el ministerio pastoral: que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que, "no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos" (Mc., 10,45; Cf. Jn., 13,12-17), y que, hechos siervos de todos, ganen a muchos (Cf. 1 Cor., 9,19). Por lo cual, todos los aspectos de la formación, el espiritual, el intelectual y el disciplinar, han de ordenarse conjuntamente a esta acción pastoral, y para conseguirla han de esforzarse diligentes y concordemente todos los superiores y profesores, obedeciendo fielmente a la autoridad del Obispo”(OT 4).

Pasemos, pues, a examinar qué reza la Iglesia ante la apremiante necesidad que tiene de promocionar y cuidar las vocaciones al sacerdocio.


II. Celebración

Para esta intención, el misal de Pablo VI propone un único formulario sin más indicaciones que las generales para el resto de misas por diversas necesidades ya expuestas en entradas anteriores. Esta misa puede completarse o bien con la segunda plegaria por diversas necesidades “Dios guía a su Iglesia por el camino de la salvación” (p. 625), o bien con el prefacio de las ordenaciones en cuanto éste indica la raíz de toda vocación “con amor de hermano elige a hombres de este pueblo”, siempre que con este prefacio vayan las plegarias I, II o III. Esta misa puede decirse con ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico en que se emplee con las debidas licencias y prescripciones.  

El formulario de oraciones ha sido redactado nuevo pues no se halla nada en las fuentes romanas anteriores. La oración colecta quiere ser cumplimiento de la promesa de Jer 3, 15 “os daré pastores”. A este fin el Señor concede a su Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza para suscitar ministros del culto y testigos del evangelio. La oración sobre las ofrendas  pide algo fundamental y concreto: el aumento y la perseverancia de los vocacionados. La oración para después de la comunión imagina a la Iglesia como un gran campo (imagen de la viña en Isaías 5, 1-7 y en el Evangelio Mc 12, 1-12 y Mt 21, 28-32) donde se siembran las semillas de las vocaciones para cultivar el campo y que éste merezca la pena.

Los textos bíblicos para este formulario son Mt 9, 38 para la antífona de entrada, donde el Señor nos da el mandato de orar por las vocaciones, como si la Iglesia quisiera señalar que esta misa es respuesta obediente al mandato del Señor; y 1Jn 3,16 para la antífona de comunión donde se nos invita a dar la vida en favor de los hermanos a imitación de Cristo, pues la vocación sacerdotal es un llamamiento a la entrega generosa de la vida.

III. Vida


Una vez analizado el formulario de la misa podemos indicar algunos puntos esenciales que suponen para nosotros un acicate a la hora de orar al Señor por las vocaciones a las sagradas órdenes.

En primer lugar, debemos tener claro que todo parte de una promesa divina de dejar nunca a la Iglesia sin pastores. El Señor en el evangelio siente lástima por el pueblo de Israel que anda “como ovejas sin pastor” (cf. Mt 9, 36) de ahí que Él se comprometiera a que el nuevo Israel, su Iglesia, no se viera con esa carencia. Esto significa dos cosas importantes: por un lado, que Él sigue manteniendo a la Iglesia y por otra, su palabra es fuente de esperanza en estos momentos de crisis.

En segundo lugar, no solo debemos orar o preocuparnos por el aumento de las vocaciones sino también por la perseverancia de éstas en la entrega a Cristo y a los hermanos. Ciertamente, toda vocación sacerdotal es un camino hacia la cruz, es un camino de renuncias y exigencias por eso la oración debe incrementarse cada día de la vida para que el Señor conceda a su gracia a los que se sienten llamados por Él. No tenemos nada asegurado ni definitivo salvo la asistencia de su amor y la confianza que da el saber que su llamada es irrevocable.

En tercer y último lugar,  el vocacionado debe tener muy claro a que misión le llama el Señor: a ser ministro del altar, a ser testigo del evangelio y a servir a los hermanos. Y todo ello como sumo cuidado y diligencia. Sin partidismos, ni exclusividades, pues todo forma un único conjunto en la vida de los futuros ministros.

Dicho lo anterior, debemos de echar una mirada en torno y ver cómo esta el panorama vocacional de la Iglesia universal y de la española el concreto ¿Qué nos está queriendo decir el Señor en este momento? ¿Sabremos leer los signos de los tiempos?

Ciertamente, muchas son las iniciativas que en cada diócesis o noviciado se llevan a cabo, con la mejor de las intenciones, para paliar esta sangría vocacional pero todas ellas no acaban de dar los resultados que, aquellos que las diseñan, tienen en su mente. La vocación es un misterio de elección. Dios llama a quien quiere, como quiere y de la forma y en el momento que quiere. A nosotros nos toca ser cauces que posibiliten y favorezcan la acción divina.

En este sentido me parece interesante resaltar estas palabras del último Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros al tratar el tema de la Pastoral Vocacional (2013): “Esta pastoral se deberá fundar principalmente en la grandeza de la llamada, elección divina a favor de los hombres: delante de los jóvenes es preciso presentar en primer lugar el precioso y bellísimo don que conlleva seguir a Cristo. Por esto, reviste un papel importante el ministro ordenado a través del ejemplo de su fe y su vida: la conciencia clara de su identidad, la coherencia de vida, la alegría transparente y el ardor misionero del presbítero son otros elementos imprescindibles de la pastoral de las vocaciones, que debe integrarse en la pastoral orgánica y ordinaria. Por tanto, la manifestación jubilosa de su adhesión al misterio de Jesús, su actitud de oración, el cuidado y la devoción con que celebra la Santa Misa y los sacramentos irradian el ejemplo que fascina a los jóvenes”.


Así pues, el mejor plan vocacional que pueda pensarse es una vida sacerdotal plena y en plenitud de fidelidad; una Iglesia que sea testimonio de Dios en el mundo y que no compadreé con los poderes de éste; unos seminarios con una formación sólida y cabal fundada en la Escritura y la Tradición de la Iglesia así como en el Magisterio indefectible de la misma. ¿En qué nos basamos para ello? En que Dios premia la fidelidad de su Iglesia y, sobre todo, en que Dios es siempre fiel a sus promesas.

Pero… ¿qué hemos hecho nosotros? ¿Qué estamos haciendo? Desde hace unos años comenzó a inocularse en el mundo católico cierta corriente teológica, ambigua y extraña, que negaba el carácter sacerdotal de Jesucristo, arguyendo que Jesús era un laico. Quizás se debiera a esa necesidad patógena del clero de estar como pidiendo perdón a los laicos por ser curas. Y es que cuando una teología se sume ni se aprende bien, ocurren estos disparates. Negar el sacerdocio de Cristo tiene serias consecuencias:

1. Si Cristo no fue sacerdote no podría comunicar su sacerdocio a sus fieles y por tanto ellos no podrían ser, en virtud del bautismo, sacerdotes.

2. Si negamos el sacerdocio de Cristo, no solo el sacerdocio bautismal desaparecería, sino que el sacerdocio ministerial sería inexistente y por ello, todos los sacramentos y toda la liturgia sería vacía y estéril.

3. Si Cristo no fuera sacerdote y solo laico, y por tanto, el sacerdocio de los fieles y de los ministros no existiera; la Iglesia no sería pueblo sacerdotal, sino solo pueblo laical; de ahí la no necesidad de la vocación sacerdotal.

4. En definitiva la Iglesia no sería más que una asociación filantrópica, una teosofía y no habría trascendencia posible.

Pues bien, esta teología de la que algunos sacerdotes, supongo que por moda o desconocimiento, asumieron y propagaron está a la base de la despreocupación por parte del clero de no buscar ni promover vocaciones sacerdotales. Por eso, el clero diocesano, debe esmerarse en el arte de la pastoral vocacional.
                                                         Dios te bendiga



[1] en adelante OT.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

7. MISA PRO SEIPSO SACERDOTE


MISA POR EL MISMO SACERDOTE



I. Misterio

            El post anterior estuvimos hablando del sacerdocio a rasgos generales. El formulario de la misa que hoy estudiaremos quiere concretar esos aspectos en la vida de cada ministro; para ello, la misa por el mismo sacerdote nos ofrecerá ver al presbítero ejerciendo el ministerio en el campo concreto asignado por la Iglesia, en concreto, como párroco o en otra forma de la cura de almas. Nos ayudaremos de las palabras del Código de Derecho Canónico (cc. 512-530) que recoge una rica teología acerca de esto y disposiciones prácticas que nos serán de gran utilidad.

Comencemos explicando qué es una parroquia

La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio. Normalmente, la parroquia ha de ser territorial, es decir, ha de comprender a todos los fieles de un territorio determinado; pero, donde sea necesario, se constituirán parroquias personales en razón del rito, de la lengua o de la nacionalidad de los fieles de un territorio, o incluso por otra determinada razón.

También la cura pastoral de una o más parroquias a la vez puede encomendarse a varios sacerdotes, con tal que uno de ellos sea el director de la cura pastoral, que dirija la actividad conjunta y responda de ella ante el Obispo. Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral.

Pero… ¿Quién es el párroco?

El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho. Para que alguien pueda ser designado párroco válidamente debe haber recibido el orden sagrado del presbiterado. El párroco debe tener estabilidad y por tanto debe ser nombrado por tiempo indefinido; sólo puede ser nombrado por el Obispo diocesano para un tiempo determinado, si este modo de proceder ha sido admitido, mediante decreto, por la Conferencia Episcopal. Quien ha sido promovido para llevar la cura pastoral de una parroquia, la obtiene y está obligado a ejercerla desde el momento en que toma posesión.

Y… ¿Qué obligaciones tiene el párroco? 

El párroco está obligado a procurar que la palabra de Dios se anuncie en su integridad a quienes viven en la parroquia; cuide por tanto de que los fieles laicos sean adoctrinados en las verdades de la fe, sobre todo mediante la homilía, que ha de hacerse los domingos y fiestas de precepto, y la formación catequética; ha de fomentar las iniciativas con las que se promueva el espíritu evangélico, también por lo que se refiere a la justicia social; debe procurar de manera particular la formación católica de los niños y de los jóvenes y esforzarse con todos los medios posibles, también con la colaboración de los fieles, para que el mensaje evangélico llegue igualmente a quienes hayan dejado de practicar o no profesen la verdadera fe. Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos.

Reconozca y promueva el párroco la función propia que compete a los fieles laicos en la misión de la Iglesia, fomentando sus asociaciones para fines religiosos. Coopere con el Obispo propio y con el presbiterio diocesano, esforzándose también para que los fieles vivan la comunión parroquial y se sientan a la vez miembros de la diócesis y de la Iglesia universal, y tomen parte en las iniciativas que miren a fomentar esa comunión y la consoliden.

Entremos ya a estudiar el formulario litúrgico donde se asiente y dimana todo el ser y el hacer del párroco esbozado anteriormente.


II. Celebración

Esta misa ofrece tres formularios (A-B-C). Los formularios A y B están previstos para un sacerdote con cura de almas, es decir, para un párroco; mientras que el formulario C lo está para el aniversario de la propia ordenación. Puede decirse bien con ornamentos blancos o del día siempre que no se contravenga la norma general de respetar la oportunidad y el tiempo litúrgico. Con este formulario puede usarse la plegaria I para las diversas necesidades o bien el prefacio I para las ordenaciones con las plegarias eucarísticas I, II o III.

El formulario A contiene: una oración colecta, tomada de los sacramentarios gelasianos[1] con algunas variaciones sintácticas. Esta oración acentúa la generosa elección divina frente a la debilidad humana que no hace méritos para ello. El sacerdote ha de cumplir el ministerio que le compete celebrando los sacramentos y guiando al pueblo de Dios. La oración sobre las ofrendas ha sido adaptada de la compilación veronense[2]. Se centra en la relación pastor-grey acentuando la necesaria obediencia de unos y la solicitud pastoral del otro. La oración de pos-comunión ha sido tomada, también de la compilación veronense[3]. Dios es la fuente y plenitud de las virtudes con lo cual solo a Él se debe el que el sacerdote pueda hacer el bien, predicar, ofrecer los misterios y exponer el conocimiento de Dios.

Los textos bíblicos seleccionados para este primer formulario son: para la antífona de entrada, Col 1, 25-28 donde se sitúa el sacerdocio como un administrador elegido por Dios para comunicar su gracia y su palabra al pueblo; y para la antífona de comunión, Jn 15, 9 donde recuerda al ministros que la clave de todo “éxito” pastoral está el permanecer en el amor de Dios. El sacerdocio es un oficio de amor: de amor a Dios y de amor al pueblo de Dios.

El formulario B es de nueva creación. Contiene una colecta inspirada en el salmo 85, 1: “Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado”, que junto con la acción iluminadora del Espíritu Santo hace posible en el sacerdote que éste celebre los misterios, sirva a la Iglesia y ame a Dios como este merece ser amado por sus ministros. La oración sobre las ofrendas contiene un tratado condensado sobre la configuración del ministro con Cristo sacerdote y víctima. La oración de pos comunión se basa en el misterio eucarístico como fuente de fortaleza y gozo para proseguir en el ministerio sacerdotal.

Los textos bíblicos asignados a este formulario son eminentemente afectivos: para la antífona de entrada el salmo 15, 2.5 recuerda al ministro que toda su felicidad y todo lo bueno está cifrado en Dios y fuera de Él no va a encontrar ningún otro aliciente para su vida y ministerio. La antífona de comunión está tomada de Lc 22, 28-30 donde Jesús promete el banquete del Reino verdadero a los que perseveren con Él en el trabajo pastoral, esto es, sus pruebas; pues, la configuración con Cristo o es plena y totalizante o no será.

El formulario C es más complejo: la oración colecta es de nueva creación. Recopila los temas de los formularios anteriores: la usencia de méritos en la debilidad del sacerdote, la gracia de la elección, la participación en el sacerdocio de Cristo, el servicio a la Iglesia, la predicación del Evangelio y la celebración de los misterios divinos. La oración sobre las ofrendas es del sacramentario gregoriano del papa Adriano[4]. Vuelve a recordar la ausencia de méritos en el sacerdote lo que conlleva la necesidad de que el ministerio progrese y se perfeccione a lo largo de la vida. Para la oración de pos-comunión, la primera parte “Para alabanza…mi sacerdocio” se encuentra en la compilación veronense[5] y los gelasianos[6] mientras que la segunda parte “he celebrado…en el sacrificio” es de nueva creación. Esta oración retoma el tema importante de la configuración cristológica en el ser sacerdote y víctima (Eucaristía perfecta) de Cristo.  

Los textos bíblicos parejos a este formulario son: para la antífona de entrada Jn 15, 16 donde se recuerda el misterio de la elección del sacerdote por parte de Cristo en orden a una misión concreta: dar frutos de vida eterna; mientras que para la antífona de comunión se ha tomado de 1 Cor 10, 16, centrada en el cáliz y en el pan como sello de la alianza hecha por Dios en Cristo con los humanos y especialmente con el sacerdote que celebra su aniversario, quien físicamente eleva el cáliz y parte (fracciona) el pan de vida.


III. Vida

            Una vez analizados los diversos formularios, establezcamos algunos puntos sustanciales extraídos de los mismos para una mejor comprensión del sacerdocio como dimensión personal del ministro y como responsable de la cura de almas.

            1. La elección divina y el sustrato humano: en líneas generales, de los formularios se desprende que el sacerdote ha sido elegido por la gracia y la providencia divina para proveer a su pueblo de Pastores. Pero esta elección no se hace atendiendo a criterios humanos sino por disposiciones que sólo Dios conoce. Pero Dios, total conocedor de la debilidad humana, cuando elige no elige a los capacitados sino que su gracia, por el sacramento del Orden, es la que capacita a los electos para que ejerzan el ministerio en pro de la edificación del Cuerpo místico de Cristo. Los méritos humanos poco o nada valen, las cualidades humanas poco o nada aportan para la elección, aunque si para el ejercicio del mismo. Entonces ¿Por qué Dios elige para el sacerdocio a unos y a otros no? Solo Él lo sabe. No cabe otra respuesta que pretenda agotar la solución. Por ello, cuando uno es elegido para el ministerio solo queda dar gracias por ello y ponerse en las manos de Dios para que Él disponga lo que quiera.

            2. Relación párroco-feligreses: hay una frase paradigmática en el formulario A que puede ayudarnos a entenderla: “para que al pastor no le falte la obediencia de su grey, ni a la grey el cuidado de su pastor”. Aparentemente la frase pareciera que establece un vínculo puramente jurídico entre ambas partes, pero, aun siendo verdad la base jurídica, realmente entre estos dos términos de la relación lo que prima es la caridad pastoral puesto que la obediencia que le debe la feligresía al párroco o a los que trabajan con él en el ministerio solo se hace efectiva si somos capaces de remontarnos del signo a la realidad, es decir, la obediencia al párroco no se demanda por razones afectivas (si me cae bien o me cae mal) sino porque representa a Cristo-Pastor en la comunidad. La obediencia, por tanto, se tiene en cuanto éste exponga la fe y la moral de la Iglesia en comunión con ella y nunca con las opiniones y gustos personales de los mismos.   

            La segunda parte de esta frase debe entenderse en la misma perspectiva: el cuidado de la grey, aunque a veces cueste, no se realiza en virtud de la bondad o maldad de la gente que forme la grey sino que en la pequeña feligresía se contiene el germen de toda la Iglesia universal, de ahí que cuando el párroco vela con solicitud por cada niño, cada joven, cada adulto, cada anciano, cada enfermo, está cuidando a los niños, jóvenes, adultos, ancianos y enfermos de toda la Iglesia. Aquí también hay que saber remontarse del signo a la realidad: la parroquia es signo concreto de la Iglesia universal, santa y católica. En este sentido se hace real la vivencia de la estructura sacramental de la Iglesia.

            3. La cura de almas: es la labor fundamental del sacerdote encargado de una parroquia o que trabaja en ella cooperando con otros presbíteros. Los tres formularios en conjunto concretan en qué consiste este cuidado de las almas (= personas en su totalidad): 1. Predicación: el ministro debe preparar la predicación y estar pronto para acometer esta importante labor pues para ello cuenta con la fuerza del Espíritu Santo; 2. Hacer el bien: es una tarea de todo cristiano pero en un párroco reviste una especial importancia, pues el ministro debe destacarse por una caridad sincera y generosa con todos por igual y sin acepción de personas; 3. Celebrar los misterios: tarea primera, principal e ineludible de los ministros. Como dijimos en páginas anteriores, esto es lo único que pueden hacer los sacerdotes y nadie más[7]. La celebración litúrgica debemos entenderla como un servicio, tal como este formulario propone al hablar de “administrar los misterios”, “administrador de la gracia”, o similares; 4. Servir a la Iglesia: que es la dimensión totalizante de la vida del ministro ordenado porque es la que aglutina todo lo anterior. El presbítero debe estar siempre dispuesto a llevar a cabo toda aquella encomienda de la Iglesia para edificar y guiar hasta la plenitud al Pueblo de Dios.

            4. Participación del sacerdocio de Cristo: este es un principio de toda vivencia del sacerdocio. Todo parte de aquella oración pronunciada sobre nosotros en el día de la ordenación: “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor[8]. Este aserto, aunque breve y conciso en su formulación, contiene una densidad teológica que el formulario de la misa que comentamos puede ayudarnos a escrutar. Generalmente cuando se plantea el tema de la participación en el sacerdocio de Cristo tiende a acentuarse la dimensión del “poder sacerdotal”, es decir, la capacitación de la gracia para confeccionar eficazmente los sacramentos, y en especial la misa. Pero la participación con Cristo, sin negar lo anterior, va más allá de la “potestas ordinis”; el ministro participa del sacerdocio de Cristo, ante todo, existencialmente como víctima que se ofrece en sacrificio. El ministro ordenado es vivencia concreta, personal y singular de aquello que san Pablo exhorta a todos los cristianos: “que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual” (Rom 12, 1).


            El misterio de la cruz del Señor es un misterio de amor, de entrega, de sacrificio, de víctima viva. Y aquí es donde el párroco se juega el todo de su sacerdocio y de su ministerio. Para ser buen olor de Cristo hemos de abrasados por el carbón de la entrega como el incienso es abrasado por los carboncillos del incensario y así desprende un aroma suave y agradable. Así como la vela que alumbra al Santísimo se consume gritando a todos que Jesús está aquí, el ministro ordenado debe gastar su vida consumiéndose en hacer presente a Cristo en medio de la comunidad parroquial.

            Así pues, en conclusión, qué importante es la labor del párroco en medio de la parroquia o de cualquier comunidad cristiana. Y, por ello, cuánto más importante será rezar por aquellos que tienen el encomendado el ministerio sacerdotal para edificar la Iglesia y guiarla hasta el día de Cristo, mediante la celebración de la santa misa y de los sacramentos y el ejercicio generoso de la caridad pastoral. Ánimo y recen por sus párrocos.

Dios te bendiga



[1] GeV 774 y GeA 2108.
[2] Ve 997.
[3] Ve 1003.
[4] GeH 703.
[5] Ve 999.
[6] GeV 776 y GeA 2110.
[7] Ciertamente puede haber celebraciones litúrgicas que puedan celebrarla los laicos pero siempre de manera delegada y en casos excepcionales, no de ordinario.
[8] cf. Pontifical Romano, ordenación de presbíteros, 163.