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viernes, 7 de diciembre de 2018

LA PATRONA DE ESPAÑA


LA INMACULADA CONCEPCIÓN

En esta noche santa del 7 de diciembre, generalmente, desde hace siglos, los católicos de todo el mundo se reúnen en vela para aguardar el día grande de nuestra madre la Virgen. Un día como hoy de hace 164 años, Pio IX esperaba el que habría de ser uno de los actos más importante de su pontificado: la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.


Años de celebración gozosa en el anonimato del corazón cristiano amante de María; siglos de pronunciamientos a favor y en contra, dieron paso a la expresión artística de una verdad escrita en el pueblo cristiano pero aun no consignada por el supremo magisterio eclesiástico. Arquitectos, pintores se disputaban en belleza y calidad por plasmar en el lienzo y en la piedra lo que el corazón no podía contener ni las palabras podían expresar. Un gran periodo de consulta y una aclamación popular por parte del pueblo fiel, y en concreto del pueblo español, movieron al entonces papa reinante a proclamar a María concebida sin pecado original.

Estas fueron sus palabras: “Declaramos que la doctrina que dice que María fue concebida sin pecad original es doctrina revelada por Dios y que a todos obliga a creerla como dogma de fe”. Tras estas palabras se sucedió el júbilo en todo el mundo. A las campanas de las trescientas torres de Roma se unieron los campanarios de todas las Iglesias del mundo. Se había hecho justicia. La verdad de fe celebrada por el pueblo ya era dogma oficial de la Iglesia católica, ya no caben opiniones a favor o en contra, la Concepción Inmaculada de María debe ser aceptada y creída por todo hijo de la Iglesia.

La Concepción de María sin pecado original ha sido patrimonio de la fe del pueblo de Dios prácticamente desde el principio. Innumerables son los testimonios que ponen de relieve que la fiesta se celebraba desde los siglos VII/VIII en Oriente y poco a poco se va extendiendo a Occidente y a toda la Iglesia.

Desde el s. II los Santos Padres hablan de María como la nueva Eva, vencedora del pecado, asociándola así a Cristo en la lucha contra el diablo. Pero a pesar del arraigo que tenía esta creencia y esta fiesta en el pueblo de Dios, también tenía sus detractores que argumentaban en contra de este tema. Uno de ellos es Santo Tomas de Aquino, cuyo impedimento lo veía en el carácter universal de la salvación de Cristo. La autoridad de Santo Tomás de Aquino retrasó su definición en la historia.

Entre los teólogos que se decantaron favorables al dogma está Duns Escoto, que rescata la fórmula de Eadmero: “pudo, convenía, luego lo hizo”. Con todo ello, el primer intento de definición del dogma se dio en el Concilio de Basilea, con una fórmula distinta a la actual, pero que al ser un Concilio cismático no fue válido. Trento también toco el tema, pero se limitó a no incluir a la Virgen en el decreto sobre el pecado original.


Por fin, el 8 de diciembre de 1854 se ponía final a este largo camino: el Papa Pío IX mediante la Bula Ineffabilis Deus proclama a María “preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción”. El pueblo acogió con piedad y devoción este dogma de fe que ya llevaba largo tiempo calando en el sentir de la gente.

Claro que la Madre de Dios no pudo tener pecado original, era la rosa más bella en el jardín de Dios, la más cuidada y la adornada con dones excelsos y privilegios desde el mismo instante de su concepción. Pero la importancia y el sentido del dogma no se agota en unas meras turbulencias históricas, sino que radica en el sentido que tiene como imagen prefigurativa de la santidad de la Iglesia, es decir, la toda santa, la que fue preparada como morada de Dios, es imagen de la santidad a la que está llamada a vivir la Iglesia para ser también el espacio digno donde Dios habite y sea mostrado a todos los hombres del mundo.

Pero ¿Por qué Dios otorgó a María el privilegio de estar exenta de pecado original? ¿Qué motivación estaba en la mente de Dios creador para dar tan gran don? Debemos partir de un principio: los dogmas marianos tienen una doble dirección, por un lado son privilegio singular de la Santísima Virgen María y, por otro, radican en ella en orden a una misión en la historia de la salvación. En este caso,  la concepción inmaculada de la Virgen María está en orden a su Maternidad divina, esto es, a ser la Madre de Dios.


Que María fuera inmune al pecado y a sus efectos, la hace, con más razón, la mejor valedora contra las asechanzas del demonio y la más insigne defensora de la fe católica contra las herejías y los enemigos de la fe. Así lo comprobamos en el admirable milagro obrado por ella en la batalla de Empel: el 7 de diciembre del 1585, ante el catastrófico fin que se les avecinaba a los Tercios de Flandes, frente al poderoso ejercito holandés, Francisco Arias de Bobadilla se negó a capitular ante los enemigos de España y de la fe católica, por lo que mandó cavar trincheras en el suelo para resistir en el combate que, con toda seguridad, fuliminaría a las tropas españolas. En esto, «Estando un devoto soldado español haciendo un hoyo en el dique para resguardarse debajo de la tierra del mucho aire que hacía y de la artillería que los navíos enemigos disparaban, a las primeras azadonadas que comenzó a dar para cavar la tierra saltó una imagen de la limpísima y pura Concepción de Nuestra Señora, pintada en una tabla, tan vivos y limpios los colores y matices como si se hubiera acabado de hacer» (Tomo LXXIII de la Biblioteca de Cánovas del Castillo).

En este momento, las tropas españolas interpretan, acertadamente, que es un signo de protección delo cielo, el ánimo se levanta entre aquellos hombres que, sin dudarlo y movidos de fe, se encomiendan a la protección de la Santa Madre de Dios. A los pocos días, la batalla se libró con la consiguiente victoria de los tercios españoles, quienes adoptaron la devoción a la Inmaculada como patrona.


El milagro de Empel marca, de este modo, el punto de inflexión en el camino de proclamación del dogma de la Inmaculada. en 1761 el Rey Carlos III la presentó como Patrona y Protectora de España, instituyendo en su honor la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Distinción que se perpetúa en la actualidad el día 8 de diciembre entre las Solemnidades Nacionales por excelencia. No cesando ahí la distinción y en reconocimiento a la Iglesia Española por la magnitud en la designación de la declaración dogmática, en 1864 la Santa Sede confirió a los presbíteros españoles la facultad de llevar una casulla azul en su conmemoración.

Desde esta noche del 7 y todo el dia 8 de Diciembre, hemos de reconocer, que el catolicismo español se viste de fiesta, y el ambiente, por muy pagano que sea, no puede resistirse a ese regusto mariano que solo las almas sensibles pueden apreciar.

«¡Celebremos la Inmaculada Concepción de la Virgen María, adoremos a su Hijo, Cristo, el Señor!» así cantaremos mañana al amanecer en el oficio divino de esta solemnidad. No cesemos nunca de cantar con sonoras voces y alabanzas incesantes que María fue concebida sin pecado original. Terminemos con los inmortales versos, cargados de piedad y de amor, de Miguel Cid:

Todo el mundo en general

a voces, Reina escogida,

diga que sois concebida

sin pecado original.

Hízoos vuestro Esposo caro

libre de leyes y fueros

y dio con que defenderos

un privilegio de amparo:

fue privilegio especial

el ser de Dios defendida,

con que fuistes concebida

sin pecado original.

Si mandó Dios verdadero

al padre y la madre honrar

lo que nos mandó guardar

Él lo quiso obrar primero:

Y así esta ley celestial

en Vos la dejó cumplida

pues os hizo concebida

sin pecado original.

El señor con su poder

tanto de gracia os llenó

que la culpa no halló

en que pudiese caer:

y así sin haceros mal

la culpa se fue corrida

porque os halló concebida

sin pecado original.

Toda Vos resplandecéis

con soberano arrebol

que vuestra casa en el sol

dice David que tenéis:

De resplandor celestial

os cercó el Rey de la vida

para haceros concebida

sin pecado original.


martes, 25 de julio de 2017

CATOLICOS Y ESPAÑOLES





Hoy la Iglesia de España celebra la solemnidad de su santo Patrón, Santiago Apóstol, el “santo adalid, Patrón de las Españas, amigo del Señor”. No vamos a entrar en qué hay de verdad y qué de leyenda en el hecho de que Santiago pisara nuestro suelo patrio, simplemente quisiera compartir con ustedes, queridos lectores, algunas consideraciones desde los textos de la Palabra de Dios que la Iglesia propone para esta fiesta.

Situación actual: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

            En este primer punto haremos un planteamiento general de la situación actual en que los católico españoles nos encontramos. Actualmente vivimos en una sociedad que ha sido sometida a un programa sistemático de des-cristianización. De unos años para acá, no han cesado de sucederse una lenta y casi imperceptible marginación de los católicos en la sociedad. En aras de la laicidad, el hecho religioso mayoritario de España ha ido arrinconándose de tal modo, que diera la impresión de que el catolicismo más que configurar la historia, la vida, la sociedad, la cultura, en una palabra el “alma de España”, es, poco menos, que el mayor enemigo de la misma.

            Ser católicos hoy supone una opción de riesgo y un objeto de burla, mofa y befa por parte de los mass media (cine, radio, televisión), así como de los mismos gobiernos, que se suponen habrían de vigilar por la pacífica y feliz convivencia de todos los ciudadanos.

            De unos años para acá no han cesado de sucederse la aprobación de leyes, decretos y normas que han ido en un directo ataque a los católicos y a las raíces católicas de nuestro país:

·         En el año 1981 se aprobaba la ley del divorcio en España. Ley elaborada por el entonces ministro Francisco Fernández Ordóñez (UCD).

·         En el año 1985 se aprueba la ley de supuestos del aborto por el gobierno de Felipe González. Y mantenida por los gobiernos de Aznar (PP).

·         En el año 1998, siendo ministra de sanidad Celia Villalobos (PP) comenzó a promoverse el uso de la píldora abortiva o “píldora del día después” RU-460, siendo distribuida gratuitamente en el años 2004.

·         En el año 2005 el gobierno de Zapatero (PSOE) aprueba la ley del matrimonio homosexual. Ley mantenida sin cambios por el gobierno de Rajoy (PP). Y la del divorcio exprés, también mantenida por el PP.

·         En el año 2010 el gobierno de Zapatero (PSOE) reformaba la ley del aborto de 1985 pasando de la ley de supuestos a una ley de plazos. Lo más grave resultaba el libre acceso de las menores a abortar sin que fuera necesario el consentimiento paterno. El gobierno de Rajoy  (PP) mantuvo esta ley, cambiando solo lo tocante a las menores.

·         En los últimos años en distintas comunidades autónomas (Extremadura, Madrid, Andalucía, Cataluña, etc) se han ido aprobando distintas leyes LGTB totalitarias que pueden acarrear multas cuantiosas, cuando no la cárcel, a quienes osen discrepar, y más públicamente, de la ideología de género o de los postulados LGTB. Estas regiones se señalan a continuación:



·         Y actualmente en España hay un empeño por legalizar tanto la eutanasia como los llamados vientres de alquiler.

            Y ante estas leyes desafiantes y los ataques que han de venir, a los católicos españoles nos situamos ante la disyuntiva de aquellos apóstoles: obedecer a Dios u obedecer a los hombres. Agradar a Dios o al mundo. Hoy no es raro ver persecuciones y presión social contra obispos valientes que hablan sin tapujos sobre la actual deriva ideológica de España. Algunos de ellos son llevados a los tribunales civiles y otros al escarnio social y mediático. La objeción de conciencia es ignorada en muchos casos.


            Y lo que es más escandalosos es que esas leyes y esos mismos gobiernos que las promueven han sido elegidos con el voto de los católicos que tienen, hoy por hoy, su voto cautivo tanto por los dos grandes partidos posibilistas como por los dos que van a la zaga de serlo. Los católicos vivimos hoy en la orfandad política y cultural puesto que no hay partidos que recojan la Doctrina Social de la Iglesia y si los hay, están condenados al silencio mediático de la política monopolística de la información.

            Así pues, los católicos españoles, a quienes muchas veces se les niega el derecho a hablar, hoy por hoy tienen que optar: o servir a Dios o servir al mundo. Con cuánta ligereza se prohíbe a los católicos hablar en público desde su doctrina con el espurio argumento “en un estado laico no pueden hablar las ideas religiosas” olvidando, al mismo tiempo, que son esos mismo católicos los que pagan sus impuesto y participan en la vida política, social y cultural del país.  

¿Cómo actuar?: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».

            Ante este panorama tan poco alentador. La Palabra de Dios nos ofrece la mejor actitud que como católicos y españoles debemos tomar: el servicio desinteresado a la sociedad española actual en la que vivimos. Los católicos no podemos asumir la extraña costumbre de la avestruz de esconder la cabeza bajo tierra. No, no lo tenemos permitido.

Más bien, al contrario, debemos involucrarnos en la vida social, política y cultural de nuestro país. Y ese es el mayor servicio que podemos realizar en favor de España en este momento. Como recuerda el mismo Catecismo de la Iglesia: “El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política. La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país” (2239-2240).

Vemos, pues, que el servicio profético está más que exhortado por parte de Cristo y de su Iglesia. No es esta la hora de los cobardes, sino la de los valientes. España y la sociedad española necesitan del testimonio fiel, verdadero y coherente de los católicos para impedir que esta España agónica y lacerada por la corrupción en todos los niveles; muera, irremediablemente, en nuestras manos.

Pero para los católicos, este servicio profético no se ejerce a cualquier precio y de cualquier forma, sino que está regido por la conciencia y la fidelidad de ésta a las enseñanzas divinas y a la ley natural. Por eso mismo, el Catecismo, también, dice lo siguiente: “El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. “Dad [...] al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29): «Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica» (GS 74, 5)” (2242).



Sin olvidar, tampoco, que el Hijo del hombre ha venido a dar su vida en rescate por muchos, los católicos estamos aquí para entregar, también, nuestra vida en pro de la mejora de la calidad de vida y moral de nuestros coetáneos. En este sentido, Cáritas ejerce una gran labor asistencial en la sociedad pero no basta con solo dar pan y vivienda. La Iglesia está para evangelizar, y en este sentido son más que elocuentes las palabras del papa Francisco “Puesto que esta Exhortación se dirige a los miembros de la Iglesia católica quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (200). Y por supuesto, siguiendo el adagio latino de Horacio “Bonum et decorum est pro patria mori”, también los católicos hemos de estar dispuestos a dar nuestra vida por la patria común de todos, llamada España.

Consecuencias: «Para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo».

            Pero seríamos ingenuos si pensáramos que esta entrega al bien de nuestros conciudadanos sería bien acogida y correspondida. No es así. En este valeroso acto de servicio a España y a los españoles, nos jugamos muchas cosas los católicos. Nos jugamos el afecto de los nuestros, el respeto, la fama y la honra; nos jugamos el trabajo, el prestigio, en otras palabras: la muerte civil. Así tenemos ejemplos en España como el de la profesora Alicia Rubio, autora del libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres…y os persiguieron por ser hombres”, quien ha sufrido en sus carnes varios escraches en su casa, en su instituto y en los lugares donde ha ido a hablar del tema del libro; hasta el punto de haber sido relevada de sus funciones en el instituto donde trabaja.

            Las palabras de San Pablo ilustran muy bien la situación de los católicos al querer servir a la sociedad en la que viven: “Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (1 Cor 4,7-8). Estamos, pues, bajo el amparo divino en este momento de la historia. El miedo no es nuestro aliado sino nuestro peor enemigo.


            Los católicos nos encontramos en este mundo para operar la salvación del mismo. Por eso es importante que en esta hora de la historia nuestra oración sea, sobre todo, de intercesión. Orar con fervor e intensidad a María por esta sociedad decadente que agoniza. No podemos permanecer impasivos ante tanta frivolidad blasfema que atenaza las conciencias de los cristianos y nos hace creer que está todo perdido.

            Estos son momentos para ser vividos como ofrenda a Dios. Entregar nuestra vida para que otros la tengan en abundancia, es decir, para que nuestra sociedad se redima y se salve, tal como lo expone Pablo en el mismo texto: “Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros”. Sabiendo que nosotros, los católicos, nos pertrechamos hacia el mundo desde el Espíritu del Resucitado. Nosotros somos el pueblo de la Pascua, el pueblo que salió del sepulcro, de la región de entre los muertos.

            Como en toda época de la historia, Dios está con nosotros para darnos vida en medio de esta cultura de la muerte en la que nos desenvolvemos; fortaleciendo nuestra fe frente al escepticismo ideológico de quienes piensas que pueden enmendar la plana a Dios.

Punto final: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».

           
La antífona de este salmo 66 nos revela el destino último que le aguarda a nuestra nación. España ha recibido, entre otras, dos promesas del cielo: la primera, en el s.I cuando a las orillas del Ebro la Virgen del Pilar dijo a Santiago que la fe en aquellas tierras se mantendría hasta el final de los tiempos. La segunda es la de Señor al beato padre Francisco Bernardo de Hoyos “Reinaré en España y con más devoción que en otros lugares”. Y efectivamente, España en su bimilenaria historia ha sido copiosamente bendecida por el cielo. Fue en España donde, pese a la presión oficial arriana, se mantuvo incólume la fe católica. La misma que movió a los reinos alto-medievales a emprender una importante hazaña para recuperar el terreno que le había sido arrebatado en el 711 por los musulmanes. Fue España la que propagó la fe verdadera a las nuevas tierras recién descubiertas de América o de Filipinas. Fue España quien hizo frente a la herejía luterana y a la barbarie anglicana

            España ha sido la cuna de grandes santos: mártires romanos, mártires visigodos y mozárabes, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús, san Padre de Alcántara, y tantos cientos más.
                   Quizá la mejor definición de España y su catolicidad la ha dado el genial Menéndez Pelayo en su historia de los heterodoxos españoles: “España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas”.

             En definitiva, el destino y misión del catolicismo Español es el de hacer que todos se unan en la alabanza divina. Pero para terminar, no seré yo quien ponga el punto y final, sino un gran literato de nuestra tierra llamado Federico García Lorca: “He asistido también a oficios religiosos de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español.No digamos nada de los cultos protestantes. No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que puedan ser protestantes. Es lo más ridículo y lo más odioso del mundo.

Figuraos vosotros una iglesia que en lugar de altar mayor haya un órgano y delante de él a un señor de levita (el pastor) que habla. Luego todos cantan, y a la calle. Está suprimido todo lo que es humano y consolador y bello, en una palabra. Aun el catolicismo de aquí es distinto. Está minado por el protestantismo y tiene esa misma frialdad. Esta mañana fui a ver una misa católica dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza.


Ahora comprendo también, aquí frente a las iglesias protestantes, el porqué racial de la gran lucha de España contra el protestantismo y de la españolísima actitud del gran rey injustamente tratado en la historia, Felipe II.

Lo que el catolicismo de los Estados Unidos no tiene es la solemnidad, es decir, calor humano. La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos, de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Pero es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios.

Sin embargo, yo he observado al público católico esta mañana, y he visto una devoción extraordinaria, sobre todo en los hombres, cosa rara en España. Han comulgado muchas gentes y era un público serio, sin pamplinas y con una disciplina extraordinaria. He visto la primera comunión de unos niños japoneses con unas caritas amarillas, vestidos de blanco, de lo más delicado y frágil que se pueda soñar” (Carta del 14 de julio de 1929).


¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya.