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sábado, 22 de diciembre de 2018

DICHOSA TÚ QUE HAS CREIDO


HOMILÍA DEL IV DOMINGO DE ADVIENTO


Queridos hermanos en el Señor:

            Como cada año, el cuarto domingo de Adviento, la liturgia nos brinda la oportunidad de vivir una celebración única en el año: todo un domingo dedicado a María, a contemplar el misterio de la inminente Encarnación del Señor. Un domingo en que todas las lecturas nos conducen a elaborar un precioso retrato de la Virgen Madre.

            En la profecía de Miqueas encontramos a una madre que dará a luz en un tiempo futuro oportuno. La madre de un niño de origen eterno, un niño destinado a ser jefe de un pueblo y llamado a establecer la paz entre Dios y los hombres. Esta profecía, que se pierde en las tinieblas de la historia halla su cumplimiento en las palabras exultantes de santa Isabel: ¡Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá! Y vaya si se ha cumplido: por el seno virginal de la Hija de Sión nos ha venido la alegría al mundo, la misma alegría que hizo saltar a san Juan Bautista en el vientre de su madre, cuando aun era un feto. La misma alegría que inundó a los ángeles y a los pastores en la noche santa de la Navidad; y la misma alegría que imbuirá el corazón de los discípulos la mañana de la Pascua.

            En el día de hoy, vemos a María como aquella que hace posible que Dios entre en nuestro mundo para dos cosas: 1. Para hacer la voluntad del Padre Dios y 2. Para hacer brillar el rostro divino sobre nosotros y así restaurar la imagen divina en nuestras almas, desfiguradas por el pecado. Estos dos son los efectos del admirable intercambio que Jesús ha hecho por nosotros. Su encarnación es por nosotros, como decimos en el Credo, y por nuestra salvación, es decir, para reconciliarnos con Dios y establecer así la paz que tanto necesitamos.


            Y María, en este misterio de amor, tiene un papel esencial, porque ella, que esperó con inefable amor de Madre, ella, que se abre a una vida nueva, concibe movida por la humildad, sometiéndose a los designios divinos. Pero permitidme, hermanos, que ahora ceda la palabra a quien mejor supo describir con vibrante intensidad este momento. Cedo la palabra a san Bernardo, abad:

«Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.

Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.

Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe.

Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Homilía sobre las excelencias de la Virgen Madre 4,8-9).



Dios te bendiga

viernes, 7 de diciembre de 2018

LA PATRONA DE ESPAÑA


LA INMACULADA CONCEPCIÓN

En esta noche santa del 7 de diciembre, generalmente, desde hace siglos, los católicos de todo el mundo se reúnen en vela para aguardar el día grande de nuestra madre la Virgen. Un día como hoy de hace 164 años, Pio IX esperaba el que habría de ser uno de los actos más importante de su pontificado: la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.


Años de celebración gozosa en el anonimato del corazón cristiano amante de María; siglos de pronunciamientos a favor y en contra, dieron paso a la expresión artística de una verdad escrita en el pueblo cristiano pero aun no consignada por el supremo magisterio eclesiástico. Arquitectos, pintores se disputaban en belleza y calidad por plasmar en el lienzo y en la piedra lo que el corazón no podía contener ni las palabras podían expresar. Un gran periodo de consulta y una aclamación popular por parte del pueblo fiel, y en concreto del pueblo español, movieron al entonces papa reinante a proclamar a María concebida sin pecado original.

Estas fueron sus palabras: “Declaramos que la doctrina que dice que María fue concebida sin pecad original es doctrina revelada por Dios y que a todos obliga a creerla como dogma de fe”. Tras estas palabras se sucedió el júbilo en todo el mundo. A las campanas de las trescientas torres de Roma se unieron los campanarios de todas las Iglesias del mundo. Se había hecho justicia. La verdad de fe celebrada por el pueblo ya era dogma oficial de la Iglesia católica, ya no caben opiniones a favor o en contra, la Concepción Inmaculada de María debe ser aceptada y creída por todo hijo de la Iglesia.

La Concepción de María sin pecado original ha sido patrimonio de la fe del pueblo de Dios prácticamente desde el principio. Innumerables son los testimonios que ponen de relieve que la fiesta se celebraba desde los siglos VII/VIII en Oriente y poco a poco se va extendiendo a Occidente y a toda la Iglesia.

Desde el s. II los Santos Padres hablan de María como la nueva Eva, vencedora del pecado, asociándola así a Cristo en la lucha contra el diablo. Pero a pesar del arraigo que tenía esta creencia y esta fiesta en el pueblo de Dios, también tenía sus detractores que argumentaban en contra de este tema. Uno de ellos es Santo Tomas de Aquino, cuyo impedimento lo veía en el carácter universal de la salvación de Cristo. La autoridad de Santo Tomás de Aquino retrasó su definición en la historia.

Entre los teólogos que se decantaron favorables al dogma está Duns Escoto, que rescata la fórmula de Eadmero: “pudo, convenía, luego lo hizo”. Con todo ello, el primer intento de definición del dogma se dio en el Concilio de Basilea, con una fórmula distinta a la actual, pero que al ser un Concilio cismático no fue válido. Trento también toco el tema, pero se limitó a no incluir a la Virgen en el decreto sobre el pecado original.


Por fin, el 8 de diciembre de 1854 se ponía final a este largo camino: el Papa Pío IX mediante la Bula Ineffabilis Deus proclama a María “preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción”. El pueblo acogió con piedad y devoción este dogma de fe que ya llevaba largo tiempo calando en el sentir de la gente.

Claro que la Madre de Dios no pudo tener pecado original, era la rosa más bella en el jardín de Dios, la más cuidada y la adornada con dones excelsos y privilegios desde el mismo instante de su concepción. Pero la importancia y el sentido del dogma no se agota en unas meras turbulencias históricas, sino que radica en el sentido que tiene como imagen prefigurativa de la santidad de la Iglesia, es decir, la toda santa, la que fue preparada como morada de Dios, es imagen de la santidad a la que está llamada a vivir la Iglesia para ser también el espacio digno donde Dios habite y sea mostrado a todos los hombres del mundo.

Pero ¿Por qué Dios otorgó a María el privilegio de estar exenta de pecado original? ¿Qué motivación estaba en la mente de Dios creador para dar tan gran don? Debemos partir de un principio: los dogmas marianos tienen una doble dirección, por un lado son privilegio singular de la Santísima Virgen María y, por otro, radican en ella en orden a una misión en la historia de la salvación. En este caso,  la concepción inmaculada de la Virgen María está en orden a su Maternidad divina, esto es, a ser la Madre de Dios.


Que María fuera inmune al pecado y a sus efectos, la hace, con más razón, la mejor valedora contra las asechanzas del demonio y la más insigne defensora de la fe católica contra las herejías y los enemigos de la fe. Así lo comprobamos en el admirable milagro obrado por ella en la batalla de Empel: el 7 de diciembre del 1585, ante el catastrófico fin que se les avecinaba a los Tercios de Flandes, frente al poderoso ejercito holandés, Francisco Arias de Bobadilla se negó a capitular ante los enemigos de España y de la fe católica, por lo que mandó cavar trincheras en el suelo para resistir en el combate que, con toda seguridad, fuliminaría a las tropas españolas. En esto, «Estando un devoto soldado español haciendo un hoyo en el dique para resguardarse debajo de la tierra del mucho aire que hacía y de la artillería que los navíos enemigos disparaban, a las primeras azadonadas que comenzó a dar para cavar la tierra saltó una imagen de la limpísima y pura Concepción de Nuestra Señora, pintada en una tabla, tan vivos y limpios los colores y matices como si se hubiera acabado de hacer» (Tomo LXXIII de la Biblioteca de Cánovas del Castillo).

En este momento, las tropas españolas interpretan, acertadamente, que es un signo de protección delo cielo, el ánimo se levanta entre aquellos hombres que, sin dudarlo y movidos de fe, se encomiendan a la protección de la Santa Madre de Dios. A los pocos días, la batalla se libró con la consiguiente victoria de los tercios españoles, quienes adoptaron la devoción a la Inmaculada como patrona.


El milagro de Empel marca, de este modo, el punto de inflexión en el camino de proclamación del dogma de la Inmaculada. en 1761 el Rey Carlos III la presentó como Patrona y Protectora de España, instituyendo en su honor la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Distinción que se perpetúa en la actualidad el día 8 de diciembre entre las Solemnidades Nacionales por excelencia. No cesando ahí la distinción y en reconocimiento a la Iglesia Española por la magnitud en la designación de la declaración dogmática, en 1864 la Santa Sede confirió a los presbíteros españoles la facultad de llevar una casulla azul en su conmemoración.

Desde esta noche del 7 y todo el dia 8 de Diciembre, hemos de reconocer, que el catolicismo español se viste de fiesta, y el ambiente, por muy pagano que sea, no puede resistirse a ese regusto mariano que solo las almas sensibles pueden apreciar.

«¡Celebremos la Inmaculada Concepción de la Virgen María, adoremos a su Hijo, Cristo, el Señor!» así cantaremos mañana al amanecer en el oficio divino de esta solemnidad. No cesemos nunca de cantar con sonoras voces y alabanzas incesantes que María fue concebida sin pecado original. Terminemos con los inmortales versos, cargados de piedad y de amor, de Miguel Cid:

Todo el mundo en general

a voces, Reina escogida,

diga que sois concebida

sin pecado original.

Hízoos vuestro Esposo caro

libre de leyes y fueros

y dio con que defenderos

un privilegio de amparo:

fue privilegio especial

el ser de Dios defendida,

con que fuistes concebida

sin pecado original.

Si mandó Dios verdadero

al padre y la madre honrar

lo que nos mandó guardar

Él lo quiso obrar primero:

Y así esta ley celestial

en Vos la dejó cumplida

pues os hizo concebida

sin pecado original.

El señor con su poder

tanto de gracia os llenó

que la culpa no halló

en que pudiese caer:

y así sin haceros mal

la culpa se fue corrida

porque os halló concebida

sin pecado original.

Toda Vos resplandecéis

con soberano arrebol

que vuestra casa en el sol

dice David que tenéis:

De resplandor celestial

os cercó el Rey de la vida

para haceros concebida

sin pecado original.