Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de junio de 2018

MISA PRO MORIENTIBUS


MISA POR LOS MORIBUNDOS


I. Misterio

La muerte es una realidad tan humana y tan repulsiva que nunca nos acostumbraremos a ella. La muerte es finitud y límite de lo humano. La muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es fruto del pecado. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida.

Para la fe cristiana, como se dijo anteriormente, la muerte es consecuencia del pecado (cf. Gn 2, 17; Sb 1, 13; Rm 5, 12) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. CEC 1008).

Pero ante el hecho desnudo de la muerte, ésta fue transformada por Cristo, quien sufrió también la muerte, propia de la condición humana, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).


Así pues, gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor.

Por último, hemos de recordar que la muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Por ello, cuando estamos al borde de la misma, hemos de prepararnos pidiendo el perdón de nuestros pecados y soportando con paciencia los sufrimientos que la agonía impone para gozar plenamente de las “alegrías del cielo”.

II. Celebración

El formulario que ahora analizamos es de nueva incorporación salvo la oración de pos-comunión que contiene un fragmento del misal romano de 1570. Es un formulario compuesto por dos oraciones colectas, una sobre las ofrendas y otra para después de la comunión. Puede completarse con la cuarta plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades o bien con el prefacio común VIII. Esta misa está regida por las normas generales para las misas “ad diversa” y puede celebrarse con ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico correspondiente.


La oración colecta usa dos atributos divinos: frente a la debilidad humana, Dios es el “Todopoderoso” el cual, cuando el hombre se halla ante las puertas de la muerte, usa de su misericordia, es el Dios “misericordioso”, que, en su hijo Jesucristo, ha abierto las puertas del cielo para los humanos (cf. Lc 23,43). La oración está centrada en el individuo enfermo “mira con piedad a tu siervo que lucha en agonía” y describe su estado terminal como una pugna entre la vida y la muerte usando una duplicación terminológica “luchar en agonía”, pues “agonía” en griego significa “lucha”. La oración usa el concepto de asociación con Cristo y a su pasión, que tan importante es para entender tanto la liturgia como el misterio del sufrimiento humano. La asociación consiste, básicamente, en una unión estrecha e íntima con Cristo y sus misterios. Respecto a la enfermedad y a la proximidad de la muerte, el hombre se une, por ese medio, al misterio pascual de Jesucristo en favor de la redención del mundo. Y esto le vale como purificación de sus pecados y consecución de la vida eterna.

La segunda oración colecta está destinada para las personas que, se presupone, van a morir hoy. El Dios, aquí también, “Todopoderoso” y “misericordioso” mantiene, por amor, vivas a todas sus criaturas (cf. Sab 11, 22-23), porque para Él todos están vivos. La oración presenta un concepto sobre la muerte desde una doble perspectiva: salir y descansar. Eso es la muerte para los cristianos: salir de este mundo y descansar en el Señor y en su misericordia.

La oración sobre las ofrendas vuelve a estar dirigida sobre el individuo moribundo pidiendo tres gracias sobre él: 1. El perdón de los pecados; 2. Soportar los dolores y 3. Conseguir el descanso eterno.

La oración para después de la comunión, cuya segunda sección está tomada del misal romano de 1570[1], presenta dos efectos de la Eucaristía respecto del moribundo que la recibe en forma de viático: ser confortado en la enfermedad, vencer al demonio y ser acogido por los ángeles en el cielo.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: Rom 14, 7-8 para la antífona de entrada, donde se nos recuerda que tanto la vida como la muerte son gestos de la providencia de Dios hacia nosotros. para la antífona de comunión encontramos dos opciones: Col 1, 24 que es una exhortación a vivir la enfermedad en una perspectiva redentora, asociándonos a Cristo en su Pasión; y Jn 6, 54, pues la comunión con el Cuerpo y Sangre del Señor, en forma de viático, es prenda de salvación para el que muere.

III. Vida

El formulario que acabamos de analizar nos ofrece algunas perlas literarias que nos permiten hacer una breve reflexión sobre la muerte y de cómo enfrentarnos a ella cristianamente.

1. “Abriste misericordiosamente al hombre las puertas de la vida eterna”: el primer punto para abordar sanamente el tema de la muerte, es situarla dentro de la economía de la Salvación. Como fruto del pecado que es, se hizo necesario que un alguien viniera a librarnos de ella, venciéndola desde dentro; por eso, como nos dice el himno Te Deum: “Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen. Tú, rotas las cadenas de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. Así, la muerte fue vencida por Cristo en su Pascua y desde entonces se ha convertido para los cristianos en puerta de acceso a la vida eterna. Y es como creo que debemos valorarla: no como un fin en sí misma, sino como un medio para gozar de la verdadera vida que es ver a Dios, esto es, morir en el Señor y tenerle a Él en un eterno “para siempre”.

2. Salir y descansar: en estos dos verbos se concentra el sentido cristiano de la humana muerte. Supone, en primer lugar, una salida de este mundo, un abandono de la realidad cotidiana, una ruptura con todo lo que nos liga al quehacer cotidiano. La muerte, en este sentido, es finitud y limite. En segundo lugar, la muerte es descanso y solaz para las fatigas, tal como nos dice el libro del Apocalipsis: “Dichosos los que mueren en el Señor, Si –dice el Espíritu- que descansen de sus fatigas porque sus obras les acompañan” (Ap 14, 13). La muerte es, pues, como dice el Canon romano de la misa, “el lugar del consuelo, de la luz y de la paz”. La muerte del justo es descanso para el alma y espera para el cuerpo, templo del Espíritu.


Como conclusión, traemos a colación una breve antífona del oficio de difuntos que, con extraordinaria raigambre bíblica, recoge perfectamente lo que el hombre debe pedir cuando se encuentra al borde de la muerte: “In paradisum deducant angeli, in tuo adventu suscipiant te martyres et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem. Chorus angelorum te suscipiat et cum Lazaro, quondam paupere, aeternam habeas réquiem (=Al paraíso te conduzcan los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y con Lázaro, el que fue pobre, tengas el descanso eterno)”.

Dios te bendiga



[1] MR1570[926]

viernes, 14 de abril de 2017

¡¡ EL ÁRBOL DE LA VIDA ES TU CRUZ, OH SEÑOR !!


«Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, venid a adorarlo» dentro de unos momentos el silencio de este día se verá interrumpido por las voces de los fieles para aclamar con ellas la santa cruz del Señor. 


MEDITACIÓN PARA EL VIERNES SANTO

Hemos sido llamados, hoy, a hacer silencio. Si observamos, las luces y las flores, los cantos solemnes y festivos de la tarde de ayer, han dado paso a la oscuridad, a la austeridad y a la sobriedad de hoy. El oficio de la Pasión del Señor reclama de nosotros una actitud de silencio adorante. Un silencio tan elocuente que hace mover nuestro espíritu a la compunción y al estremecimiento al ver como en el duro leño, muere el cordero manso, la víctima de la Pascua.

Desde aquel momento, la cruz se ha convertido en fuente de vida y salvación. Una antigua antífona de origen oriental cantaba «Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa Resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero». El madero santo de la cruz, es venerado como manantial de alegría, de luz y de vida para nosotros, pecadores. 

La cruz ha atravesado la sucesión de los siglos y los tiempos de la historia; muchos acontecimientos han acaecido en el mundo desde la muerte de Jesús: guerras, epidemias, conquistas, cambios sociales, cambios económicos y políticos, cambios culturales, persecuciones; y a pesar de todo, la cruz de Jesús sigue firma “stat crux dum volvitur orbis” (la cruz sigue firme mientras el mundo da vueltas), reza el lema cisterciense. 

La cruz es la rúbrica de su amor por nosotros, el sello que confirma hasta dónde está dispuesto Dios a llegar por nuestra salvación. De ahí que no cabe una representación cristiana que rechace la cruz. La cruz es obra del amor universal y recreador de Jesús, es el símbolo cósmico de su llegada al mundo y de su salida de él: el que vino como niño entre las tablas de un pesebre, se marcha como hombre entre las tablas de la cruz. Pero también será el signo con el que volverá un día al final de los tiempos: “Pues como el relámpago aparece en el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre” (Mt 24,27). Este relámpago no es otro que el mismo signo de la cruz de Cristo que aparecerá sobre el cielo para estar a la vista de todos, pues Cristo, muriendo en ella, la convirtió en el signo histórico del cumplimiento del designio divino. La pasión de Cristo transfiguró el signo de la cruz. 

La cruz es el gran signo cósmico; el signo del universo, el signo del hombre; el signo de Dios presente y operante en ambos, en el hombre y en el mundo. La cruz configura la vida del cristiano. San Máximo de Turín dice “por eso debemos orar con los brazos extendidos (en cruz) a fin de confesar hasta con nuestra actitud los sufrimientos del Señor”.

Estos sufrimientos del Señor han sido expuestos hoy ante nosotros, en la lectura del profeta Isaías. El siervo sufriente que describe el profeta halla su cumplimiento y realidad en Jesucristo, y concretamente, en su pasión, muerte y resurrección. De distintas maneras, muchas han sido las figuras del Antiguo Testamento que nos han hablado de Jesús y su pasión. Citemos este texto de una antigua homilía del s. II atribuida al obispo Melitón de Sardes:

“Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, el que en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salva de la esclavitud diabólica, como en otro tiempo a Israel de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre. Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Este es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad. Éste es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de las tinieblas al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. Él es la Pascua nuestra salvación. Éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el madero, perseguido en David y deshonrado en los profetas. Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo. Éste es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro” (67-71).
Así pues, hermanos, mirando la cruz de Cristo y quien fue el cordero inmolado en ella, contemplemos la Pasión de Jesús y unámonos a su cruz y a su sacrificio redentor. Así lo han cantado los cristianos de todos los tiempos con el himno “Vexilla regis prodeunt”:
Las banderas del rey se enarbolan,
resplandece el misterio de la cruz,
en la cual la vida padeció muerte,
y con la muerte nos dio vida.

Vida que traspasada
con el cruel hierro de la lanza,
manó agua y sangre
para lavarnos de las manchas de nuestros pecados.

Cumpliéronse ya los proféticos
cantares de David,
donde dijo a las naciones:
reinó Dios desde el madero.

¡Oh mármol hermoso y resplandeciente!
Adornado con la púrpura del Rey,
escogido como digno madero
para el contacto de tan santos miembros.

¡Árbol venturoso,
de cuyos brazos estuvo pendiente el precio del mundo!
Hecho balanza del divino cuerpo,
levantó la presa del infierno.

Salve, ¡oh cruz, única esperanza nuestra!
En este tiempo de pasión acrecienta
la gracia a los justos
y borra a los pecadores sus culpas.
A ti, oh Santa Trinidad,
fuente de la eterna salud,
alaben todos los Espíritus,
y a los que haces partícipes de la victoria de la cruz
dales el galardón. Amén.
 
Que hoy, como pueblo cristiano, podamos decir “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo. Amén”.