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sábado, 6 de abril de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (V)


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en la antesala de los días grandes del calendario cristiano. Dentro de poco, nuestras parroquias se revestirán de gala para celebrar el Triduo de la Pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por nuestras calles deambularán procesiones de penitentes portando estandartes y cargando bellas imágenes que evocan plásticamente aquellos misterios que las palabras ni pueden ni saben contener. Pero hasta que el tiempo nos sumerja en esta atmósfera sacra que impone la Semana Santa, la Iglesia nos propone hoy, quinto domingo de Cuaresma, la contemplación de una de las escenas más tiernas y emotivas del Nuevo Testamento, un pasaje cargado de intensidad espiritual y de consolación para nuestros corazones lastimados por el pecado.

            Podríamos decir, queridos hermanos, que todo el contenido del conjunto de las lecturas de hoy pivota sobre el verso de Isaías: “mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Y efectivamente, hermanos, es así. Cristo es la mayor novedad que ha habido y habrá en la historia de la humanidad. Es una novedad perenne, única y singular. Cristo hizo nuevo a Pablo cuando al conocerle cambió su forma de pensar como él mismo nos ha relatado: “por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”. Cristo hace nuevo nuestros corazones cuando, como a aquella mujer adúltera, los toca y los sana, inundándolos con su misericordia. Porque ésta, queridos hermanos, es su gran novedad: una misericordia nueva, infinita, salvadora y liberadora. Una misericordia que le hace grande con nosotros y nos llena de alegría esperanzada.

            La gran novedad de Cristo es mostrarnos que el fundamento de la libertad cristiana no es otro que el Amor. Así, con mayúsculas. No un amor barato, al uso, manido. No. Sino un amor sin cortapisas ni prejuicios, un amor que se escribe con sangre y sufrimiento. Un amor que enseña a amar. Un amor que sabe llorar y reír. Cristo nos ha enseñado a amar con piedad y clemencia. Pensad por un momento, hermanos, en que el único “sin pecado”, el único que podría haber arrojado no una, sino hasta cien piedras, el único que debería haberla condenado por ser Dios y legislador eximio, un nuevo Moisés, decide perdonar y absolver. “Yo tampoco te condeno”- dirá el autor de la misericordia-. ¿Os dais cuenta? Dios está siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. Jesús escribe los pecados en la arena porque pueden ser borrados fácilmente. A Él no le interesan los pecados porque – como al Padre de la parábola del domingo anterior- ante nuestras excusas, Él prefiere revestirnos del traje de fiesta, calzarnos la dignidad de sus hijos, desposarnos místicamente con el anillo, y ofrecer el banquete de su Cuerpo y de su Sangre.


            Esto, queridos hermanos, es la verdadera libertad cristiana. Cristo nos ha dado la nueva libertad: la libertad de creer, de pensar, de hablar, de confesar. Cristo nos ha mostrado el camino nuevo para la liberación y progreso de los pueblos: estar libres de pecado y no condenar a nadie. Él es quien se reserva el juicio justo. El cristiano encuentra su fuente y su limite en el amor. ¿Paradójico? Cierto: si el amor es fuente de libertad, como dice san Agustín “Ama y haz lo que quieras”, también el amor es límite de la libertad, dado las palabras de san Pablo “haceos esclavos unos de otros por amor”. Pero a esto, debemos añadirle otra paradoja: el límite de la libertad es, precisamente, lo que le hace crecer, cada vez más. En la medida en que crecemos en amor a otros, nuestra libertad aumenta exponencialmente.

            Aprendamos, queridos hermanos, a amar en libertad. Hagamos nuestra la gran novedad de Jesucristo y no escatimemos en esfuerzos para arrojar las piedras de nuestros pecados a la arena donde todo se borra. No olvidemos que el Amor entregado del Señor es más grande y fuerte que la pobre vileza de nuestro mal. Así sea.  

sábado, 30 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (IV)

HOMILÍA DEL IV DOMINGO DE CUARESMA

Queridos hermanos en el Señor:
            “Alégrate Jerusalén” con estas palabras comienza la misa de hoy. El cuarto domingo de Cuaresma es una invitación a ir gestando en nosotros la alegría espiritual ante la inminencia de las próximas fiestas pascuales. El recuerdo vivo y la memoria agradecida del Señor muerto y resucitado, despiertan en el alma cristiana cantos e himnos de fiesta, que prorrumpen en alabanza sonora porque nuestra liberación está cerca.
            Tal es así el carácter festivo de esta gozosa verdad, que la liturgia de hoy nos regala unas de las mas bellas parábolas nunca escritas en la historia: la parábola del hijo pródigo, si nos situamos desde la perspectiva del hijo pecador, o la parábola del Padre misericordioso si la leemos desde la actitud de Dios hacia sus pecadores hijos. No es mi intención detenerme en los detalles de la parábola ya que es de sobra conocida por todos, pero si quisiera fijarme hoy en el aspecto liberador del perdón.
            Desde el comienzo de la Cuaresma venimos entablando una lucha contra el pecado. En el fragor de la batalla hemos podido comprobar lo fácil que es rendirse y lo amargo que es apartarnos de Dios. Pero también, lo satisfactorio de la victoria y la dulzura consoladora de saber que Dios ha peleado conmigo. Hoy, hermanos, vemos reflejada nuestra vida cristiana en aquel hijo menor que deseó emanciparse de su Padre, no volver a tener trato con Él, hasta el punto -fijaos-de matarlo en vida al pedirle la parte de su herencia. Cuando el alma cristiana quiere independizarse del sumo bien, y vagar sin rumbo buscando donde saciar su sed de eternidad, actúa semejantemente al hijo de la parábola que se fue a países lejanos malgastando su pecunio hasta que se vio solo y abandonado.
            El alma cristiana, cuando se aleja de su fuente de libertad, que es Dios, busca saciar su sed en otros manantiales que le ofrecen rápido y momentáneo consuelo pero que pronto se demuestran como una mentira y un espejismo. En este sentido, pensando que bebe de agua pura resulta ingerir, en realidad, un veneno adictivo que lo esclaviza: el pecado esclaviza. El pecado no libera, el pecado nos hace sentirnos solos, abandonados de Dios. El pecado nos aparta de tal manera del bien que nos encierra en una constante acusación de conciencia que no nos deja experimentar que la última palabra la tiene la misericordia de Dios.  

            Y esa, queridos hermanos, fue la dinámica interna en la que entró el hijo pródigo: huyó de la libertad y emigró al país del pecado, del vicio y de la mentira. Su conciencia y su alma se oscurecieron hasta el punto de no poder si quiera levantarse de su postración y alimentarse de la misma comida con que nutría a los cerdos. Y es que estar lejos de Dios es la mayor pobreza que se puede tener y la mayor maldición que se puede vivir.
            Sin embargo, no todo queda aquí. Dios vence al odio, al mal y al pecado. Dios concede su luz divina a las almas descarriadas que quieren salir de su situación. De ahí que un día, el hijo menor decidiera salir de su lamentable existencia y emprender el camino de vuelta a la fuente de la libertad. Lo hizo, no sin miedos, no sin argumentos victimistas. El temor y la duda no le abandonaron en su retorno a la casa del Padre. Y es que, hermanos, salir del pecado no es fácil ni gratuito, el peso del remordimiento de conciencia puede dificultarnos el trayecto pero es necesario sobrellevarlo por amor a Dios y como reparación por las ofensas. Aun así, como aquel hijo pródigo, nosotros seguimos avanzando en nuestro itinerario de conversión hasta que bajamos la loma del último monte…
            …Y, ahora sí, es el Padre misericordioso quien nos ve desde lejos y sale a nuestro encuentro. Esto nos demuestra que Dios nunca perdió la confianza ni la esperanza sus hijos. Que Dios siempre estuvo atento a nuestra vuelta para salirnos al encuentro. Solo Dios hace que la vuelta a casa sea gozosa, porque solo Él cambia nuestros temores en confianza, nuestras incertidumbres en certezas. En Él nos reencontramos con la libertad perdida, en Él se rompen nuestras cadenas y se desatan nuestras trabas espirituales. Solo nos sentimos seguros en Él.
            Por eso, hermanos, así como aquel Padre levantó, calzó, y revistió a aquel hijo ingrato, también su gracia nos devuelve la dignidad de hijos de Dios. Nos introduce en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
            Demos, pues, queridos hermanos, gracias a Dios por tanto bien que hace para con nosotros. Ojalá que ante sus palabras de vida se disipen nuestros miedos y nuestro animo libre se afiance cada día mas. Así sea.

sábado, 9 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (I)


HOMILÍA DEL I DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Han llegados los días esperados de la Santa Cuaresma. Cuarenta días de preparación para celebrar solemnemente la gran fiesta de la liberación humana, la Pascua del Señor. Cristo, con su muerte y resurrección, ha pagado por nosotros la deuda al eterno Padre y nos ha conseguido la libertad de los hijos de Dios. Mediante su Pascua hemos sido arrancados de los vicios del mundo, de la esclavitud del pecado para entrar en la vida de la verdadera libertad que da la fe y el culto al único Dios verdadero, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En el libro del Deuteronomio se nos describe un rito litúrgico prescrito por Moisés a los Israelitas: la deposición de las ofrendas en el altar acompañadas de una oración anamnética que pretende generar en el piadoso hebreo el recuerdo de la gran hazaña obrada por Dios en favor nuestro: la liberación de Egipto. De este modo, la primera lectura nos sitúa en el significado profundo de la Cuaresma: la libertad. Pero no una libertad como la da el mundo o la entienden las distintas corrientes filosóficas. No. Se trata de la libertad teológica, o dicho de otra manera, de la libertad que infunde la Fe en el alma cristiana: una libertad de quien se sabe Hijo de Dios y el único ante quien debe rendir cuentas de su conciencia. Una Fe que se concentra en confesar a Jesucristo como el Señor.

La liberación de Egipto es el acontecimiento central de todo el Antiguo Testamento. Toda la historia de Israel comienza en ese punto, de ahí que en el nuevo culto que debe rendir el pueblo judío lo tenga por núcleo, objeto y fuente del mismo. Un culto litúrgico, hermanos, solo se puede celebrar en libertad y es, además, generador de libertad. El culto cristiano, del mismo modo que el judío, va a tener por centro del mismo su propia Pascua de liberación efectuada por Jesucristo. También nosotros, como aquellos, recordamos anualmente las “magnalia Dei”, las maravillas que Dios ha obrado en favor nuestro. ¿Y acaso habrá alguna maravilla mayor que la entrega del propio Hijo a la muerte por nosotros y nuestra salvación? Este acontecimiento es el que infunde en nuestras almas la garantía y la certeza de que Él no nos abandona en la tribulación.


Y esto, hermanos, es algo esencial a tener en cuenta porque en esta peregrinación espiritual en la cual caminamos hacia la libertad Pascual, el enemigo nos tenderá trampas para que sucumbamos en nuestro propósito y volvamos a la segura esclavitud del Egipto seductor. El pasaje de las tentaciones que acabamos de proclamar es un verdadero manual de resistencia (ahora que esta muy de moda) para vivir santamente la vida cristiana. Las tres seducciones que el demonio propone a Jesús son el resumen de los males que aquejan a la humanidad de todos los tiempos: el ansia de saciar el hambre con cosas materiales sin tener en cuenta ni a Dios ni al prójimo; la consecución de fines usando medios ilícitos, pisando a los demás o trabajando sin honradez para ello; y, por último, la tentación de querer usar a Dios a nuestro servicio sin tener en cuenta su voluntad.

El pecado, hermanos, es el mayor enemigo a la verdadera libertad cristiana porque nos limita y nos esclaviza. Hermano, un pecado nunca viene sólo sino que necesita de otros para alimentarse y fortalecerse. Un pecado, por venial que sea, puede introducirnos en una peligrosa espiral de pecados que nos ata y nos oprime. Es por ello que, frente a la esclavitud de la mentira del pecado, Cristo nos ofrece la verdad que nos hace libres. Y esa verdad no es otra que, como recuerda san Pablo, confesar con los labios y creer con el corazón que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios vivo que ha muerto y resucitado de entre los muertos.

¡Ánimo, hermanos! Confesemos la fe que salva. Huyamos la tentación de volver a ser esclavos del pecado y abracemos la libertad que nos ha traído la Pascua de Cristo. Así sea.

miércoles, 20 de junio de 2018

MISA PRO MORIENTIBUS


MISA POR LOS MORIBUNDOS


I. Misterio

La muerte es una realidad tan humana y tan repulsiva que nunca nos acostumbraremos a ella. La muerte es finitud y límite de lo humano. La muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es fruto del pecado. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida.

Para la fe cristiana, como se dijo anteriormente, la muerte es consecuencia del pecado (cf. Gn 2, 17; Sb 1, 13; Rm 5, 12) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. CEC 1008).

Pero ante el hecho desnudo de la muerte, ésta fue transformada por Cristo, quien sufrió también la muerte, propia de la condición humana, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).


Así pues, gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor.

Por último, hemos de recordar que la muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Por ello, cuando estamos al borde de la misma, hemos de prepararnos pidiendo el perdón de nuestros pecados y soportando con paciencia los sufrimientos que la agonía impone para gozar plenamente de las “alegrías del cielo”.

II. Celebración

El formulario que ahora analizamos es de nueva incorporación salvo la oración de pos-comunión que contiene un fragmento del misal romano de 1570. Es un formulario compuesto por dos oraciones colectas, una sobre las ofrendas y otra para después de la comunión. Puede completarse con la cuarta plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades o bien con el prefacio común VIII. Esta misa está regida por las normas generales para las misas “ad diversa” y puede celebrarse con ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico correspondiente.


La oración colecta usa dos atributos divinos: frente a la debilidad humana, Dios es el “Todopoderoso” el cual, cuando el hombre se halla ante las puertas de la muerte, usa de su misericordia, es el Dios “misericordioso”, que, en su hijo Jesucristo, ha abierto las puertas del cielo para los humanos (cf. Lc 23,43). La oración está centrada en el individuo enfermo “mira con piedad a tu siervo que lucha en agonía” y describe su estado terminal como una pugna entre la vida y la muerte usando una duplicación terminológica “luchar en agonía”, pues “agonía” en griego significa “lucha”. La oración usa el concepto de asociación con Cristo y a su pasión, que tan importante es para entender tanto la liturgia como el misterio del sufrimiento humano. La asociación consiste, básicamente, en una unión estrecha e íntima con Cristo y sus misterios. Respecto a la enfermedad y a la proximidad de la muerte, el hombre se une, por ese medio, al misterio pascual de Jesucristo en favor de la redención del mundo. Y esto le vale como purificación de sus pecados y consecución de la vida eterna.

La segunda oración colecta está destinada para las personas que, se presupone, van a morir hoy. El Dios, aquí también, “Todopoderoso” y “misericordioso” mantiene, por amor, vivas a todas sus criaturas (cf. Sab 11, 22-23), porque para Él todos están vivos. La oración presenta un concepto sobre la muerte desde una doble perspectiva: salir y descansar. Eso es la muerte para los cristianos: salir de este mundo y descansar en el Señor y en su misericordia.

La oración sobre las ofrendas vuelve a estar dirigida sobre el individuo moribundo pidiendo tres gracias sobre él: 1. El perdón de los pecados; 2. Soportar los dolores y 3. Conseguir el descanso eterno.

La oración para después de la comunión, cuya segunda sección está tomada del misal romano de 1570[1], presenta dos efectos de la Eucaristía respecto del moribundo que la recibe en forma de viático: ser confortado en la enfermedad, vencer al demonio y ser acogido por los ángeles en el cielo.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: Rom 14, 7-8 para la antífona de entrada, donde se nos recuerda que tanto la vida como la muerte son gestos de la providencia de Dios hacia nosotros. para la antífona de comunión encontramos dos opciones: Col 1, 24 que es una exhortación a vivir la enfermedad en una perspectiva redentora, asociándonos a Cristo en su Pasión; y Jn 6, 54, pues la comunión con el Cuerpo y Sangre del Señor, en forma de viático, es prenda de salvación para el que muere.

III. Vida

El formulario que acabamos de analizar nos ofrece algunas perlas literarias que nos permiten hacer una breve reflexión sobre la muerte y de cómo enfrentarnos a ella cristianamente.

1. “Abriste misericordiosamente al hombre las puertas de la vida eterna”: el primer punto para abordar sanamente el tema de la muerte, es situarla dentro de la economía de la Salvación. Como fruto del pecado que es, se hizo necesario que un alguien viniera a librarnos de ella, venciéndola desde dentro; por eso, como nos dice el himno Te Deum: “Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen. Tú, rotas las cadenas de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. Así, la muerte fue vencida por Cristo en su Pascua y desde entonces se ha convertido para los cristianos en puerta de acceso a la vida eterna. Y es como creo que debemos valorarla: no como un fin en sí misma, sino como un medio para gozar de la verdadera vida que es ver a Dios, esto es, morir en el Señor y tenerle a Él en un eterno “para siempre”.

2. Salir y descansar: en estos dos verbos se concentra el sentido cristiano de la humana muerte. Supone, en primer lugar, una salida de este mundo, un abandono de la realidad cotidiana, una ruptura con todo lo que nos liga al quehacer cotidiano. La muerte, en este sentido, es finitud y limite. En segundo lugar, la muerte es descanso y solaz para las fatigas, tal como nos dice el libro del Apocalipsis: “Dichosos los que mueren en el Señor, Si –dice el Espíritu- que descansen de sus fatigas porque sus obras les acompañan” (Ap 14, 13). La muerte es, pues, como dice el Canon romano de la misa, “el lugar del consuelo, de la luz y de la paz”. La muerte del justo es descanso para el alma y espera para el cuerpo, templo del Espíritu.


Como conclusión, traemos a colación una breve antífona del oficio de difuntos que, con extraordinaria raigambre bíblica, recoge perfectamente lo que el hombre debe pedir cuando se encuentra al borde de la muerte: “In paradisum deducant angeli, in tuo adventu suscipiant te martyres et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem. Chorus angelorum te suscipiat et cum Lazaro, quondam paupere, aeternam habeas réquiem (=Al paraíso te conduzcan los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y con Lázaro, el que fue pobre, tengas el descanso eterno)”.

Dios te bendiga



[1] MR1570[926]

miércoles, 31 de enero de 2018

MISA POR LA RECONCILIACIÓN





I. Misterio

Este miércoles expondremos para la reflexión un elemento fundamental para la vida cristiana: la reconciliación. ¿Qué es? ¿Cómo se vive? es, ante todo, una palabra que significa: unir las partes, recomponer los diversos elementos perdidos de una misma realidad, que solo tendrá sentido en la medida en que estos se reconozcan. La reconciliación supone siempre una amistad original y anterior que ha sido destruida por una causa o influjo externo. En el caso de los humanos, lo destruido es la amistad entre Dios y los hombres, y la causa que lo produjo es el pecado original. Uno de los efectos de esta fuerza maligna es la desviación de la naturaleza y la libertad humana del bien que debería desear y apetecer, ante esto, la gracia viene a nosotros como un auxilio para devolvernos a la inocencia orinal, a la amistad del principio.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito. La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son voluntarios. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa.

Por otra parte, el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El pecado es una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Hay dos clases de pecados: original y actual.

·         Pecado original: es aquel con que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de nuestro primer padre Adán. Los daños del pecado de Adán son: privación de la gracia, pérdida del paraíso, ignorancia, inclinación al mal, la muerte y todas las demás miserias. El pecado original se borra con el santo Bautismo.

·         Pecado actual: es el que comete con su libre voluntad el hombre llegado al uso de razón. Hay dos clases de pecado actual: mortal y venial.

o   Pecado mortal: es una transgresión de la ley divina, por la que el pecador falta gravemente a los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo. Se Llama mortal porque da muerte al alma, haciéndola perder la gracia santificante, que es la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo.

o   Pecado venial: es una transgresión leve de la divina ley, por la que el pecador sólo falta levemente a alguno de los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo.


Frente al pecado que atenaza la vida del hombre, el Señor no nos abandona y nos concede el poder de su gracia para el perdón y la justificación, así como para la prevención de los mimos. La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del  hombre. La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. La gracia se puede clasificar en varias categorías:

·         La gracia santificante: es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre:

·         La gracia habitual: disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina.

·         Las gracias actuales: que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

·         Las gracias sacramentales: dones propios de los distintos sacramentos.

·         Las gracias especiales: llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia.

·         Las gracias de estado: que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia.


La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la “vida eterna” responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración.


La relación entre libertad, pecado y gracia se fundamentan en la obra redentora de Jesucristo en la cruz que con el derramamiento de su sangre ha establecido la paz entre los seres del cielo y los que pueblan la tierra. Cristo, satisfaciendo vicariamente la pena por el pecado, efectuó la obra salvífica que agradó al Padre abriendo así para nosotros las puertas del Reino de los cielos. Por tanto, vemos como la reconciliación trasciende la pura horizontalidad humana irrumpiendo en la trascendencia, donde solo tenemos un acceso mediado por la Cruz de Cristo y los velos del misterio.

II. Celebración


El formulario litúrgico que nos presenta esta misa por la reconciliación es de nueva creación, incorporado a las misas por diversas necesidades en la tercera edición del misal romano. Este formulario puede ser completado con las plegarias I o II para la reconciliación. Como curiosidad, este formulario está permitido más allá de la norma general del OGMR para el uso de estas misas. Por su temática puede ser usada en Cuaresma, en Pascua o en otro momento en que se halla dispuesto o concedido un tiempo de gracia y reconciliación por parte del ordinario. A este fin se han dispuesto en los textos eucológicos unos asertos entre corchetes []. Aunque sobre el color litúrgico no viene nada indicado ni legislado, por el tenor literario de la misa y su contenido espiritual es recomendable usar el morado aunque sea en tiempo ordinario. Se compone de dos oraciones colectas, una oración de ofrendas y una para después de la comunión; también una antífona de entrada y dos de comunión a elegir.

La primera oración colecta puede ser empleada en cualquier tiempo litúrgico. Su temática está centrada en la relación Dios-hombre. Dios, clemente y reconciliador, sale al encuentro del hombre para concederle el poder conocerle como Creador y Padre, el aceptar su mensaje, cumplir su voluntad y buscar el “instaurar todas las cosas en Cristo”. La segunda colecta de la misa está reservada para el tiempo de Pascua. Su temática está centrada en la libertad de los hijos de Dios: Dios es origen de la libertad que quiere sacar al hombre de la servidumbre del pecado y constituirle junto con los otros, en un pueblo libre que es la Iglesia quien debe presentarse con vigor ante el mundo para ser sacramento de salvación realizando el misterio de la caridad.

La oración sobre las ofrendas es un tratado sintético acerca de la reconciliación efectuada por Jesucristo en la cruz. Del hombre depende el que esta reconciliación alcance a todos sus coetáneos. La oración de pos-comunión llama a la Eucaristía “misterio de unidad” y su efecto en nosotros es el llenarnos de amor salvífico y el poder ser constructores de paz.

Los textos bíblicos elegidos para conformar este formulario los encontramos en las dos antífonas de comunión que se ofrecen a elegir: a) Mt 11,28, donde el Señor nos llama a poner nuestros cansancios y agobios en sus manos, y poder descansar en Él; b) Jn 16,24, la reconciliación, objeto de este misa, es un don de Dios que debe ser pedido y procurado. Sin embargo, para la antífona de entrada se ofrece un texto anónimo que no pertenece a la Escritura.

III. Vida


            De este formulario litúrgico podemos establecer, en líneas generales algunos puntos vitales que pueden guiar nuestra ética cristiana y conducir a buen puerto nuestra vida espiritual.

a) Obediencia y respeto a Dios: esto implica reconocerlo como Creador y Padre que nos ama, que quiere nuestro bien y que nos ha regalado la vida y lo que ésta conlleva. El hombre debe respetarlo y aceptar su mensaje de salvación.

b) La libertad de los hijos de Dios: el formulario litúrgico sitúa el origen y la causa de la libertad humana en el mismo Dios. Puesto que Éste es fuente de toda bondad y la libertad es elegir siempre el bien, la libertad humana residirá siempre en Dios, lo único y mejor que el hombre debiera elegir. La reconciliación, por tanto, consistirá en arrancar al hombre de la servidumbre esclava del pecado y restituirlo a la libertad de la gracia divina que no es otro, sino el mismo Cristo, gracia increada. Éste, por medio del sacrificio de la Cruz, ha pagado, a precio de su propia sangre, nuestra liberación.

c) Instaurare omnia in Christo: esta frase corresponde al lema pontificio de san Pio X. el fin de la reconciliación humana, y la restauración del hombre a la libertad de la gracia no es otro que el de reparar la unidad perdida en el linaje humano. La Iglesia siempre ha tenido vocación universal en la salvación. La mejor prueba es el empeño misionero desde el minuto cero de la misma. Y fiel a esta vocación, la Iglesia, siguiendo la exhortación del apóstol Pablo, hace todo lo posible para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

            Así pues, queridos lectores, aprovechemos este día para revisar nuestra conducta y nuestra vida. Demos gracias a Dios por tanto bien cómo ha hecho en nosotros. No dudemos de la bondad de Dios y su generoso amor por cada uno de nosotros.

Dios te bendiga

viernes, 29 de septiembre de 2017

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Cuanto has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra ti y no hemos obedecido tus mandamientos; pero da gloria a tu nombre y trátanos según tu gran misericordia». Del libro del profeta Daniel, capítulo 3, versículos 31 y 29 y 30 y 43 y 42. Tras la profanación del templo de Jerusalén por parte del rey Nabucodonosor, Azarías eleva una súplica de la comunidad confesando la culpa del pueblo por haber caído en el pecado de idolatría. Pero al lado de la confesión de culpas encontramos la apelación a la misericordia infinita de Dios. La antífona de la misa de hoy nos indica el tono penitencial del resto del formulario; sin embargo, debemos tener en cuenta que es domingo y por tanto la confesión de la culpa está marcada por el poder indulgente del resucitado que nos lleva al cielo borrando nuestros delitos.

Oración colecta

«Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia, aumenta en nosotros tu gracia, para que aspirando a tus promesas, nos hagas participar de los bienes del cielo. Por nuestro Señor, Jesucristo». Aparece por vez primera en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y mantenida en el misal romano de 1570. Frente a la antífona de entrada donde hemos visto como Azarías habla de la posibilidad de un castigo como expresión del poder divino, la oración colecta dice que Dios como verdaderamente manifiesta su poder es con el poder y la misericordia. De este Dios misericordioso nos viene la gracia de poder un día participar de su vida divina, la mayor promesa referida y la más alta aspiración del hombre.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Dios de misericordia, aceptar esta ofrenda nuestra y que, por ella, se abra para nosotros la fuente de toda bendición. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. El hombre no puede ofrecer a Dios otra cosa que la que Dios le ha dado para que le ofrende. Los dones del pan, del vino y el agua, al ser convertidas en Cuerpo y Sangre del Señor, son la llave que abre la puerta de la gracia del cielo que no es otra sino el mismo Jesucristo.

Antífonas de comunión

«Recuerda la palabra que diste a tu siervo, Señor, de la que hiciste mi esperanza; este es mi consuelo en la aflicción». Del salmo 118, versículos del 49 al 50. Siguiendo el tono penitencial de la misa, la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor nos ofrece un momento propicio de solaz y consuelo en el duro combate contra el mal y el pecado en esta vida. La palabra prometida que inspira la esperanza del cristiano es la de aquella por la cual Cristo dijo que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. Su continua presencia en la Eucaristía es la cumplida promesa que nos consuela y alienta para seguir adelante.

«En esto hemos conocido el amor de Dios: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos». De la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3, versículos 16. La Eucaristía es sacramento de la entrega pascual de Cristo y por tanto figura y ejemplo de nuestra propia entrega pues nadie tiene más amor que el que entrega su vida por los demás.

Oración después de la comunión

«Señor, que el sacramento del cielo renueve nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte hemos anunciado y compartido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Esta oración hunde sus raíces en su primera parte [Señor,…espíritu] en el sacramentario de Angoulenme (s. IX) el resto es nuevo. Es una oración que parte de una antropología unitaria: la gracia del sacramento afecta a todo el hombre entero, pues todo él (cuerpo y alma) está llamado a la gloria, primero el alma en el juicio particular y después el cuerpo resucitando en el juicio universal. Por otra parte, la Eucaristía, en este sentido, vuelve a ser considerada desde la óptica escatológica: por este sacramento anticipamos la gloria eterna que Cristo nos ganó con su pascua; pascua que anunciamos y compartimos en este alimento sacramental.

Visión de conjunto

¡Cuán difícil es la función de ser padres! ¡Qué complicado es educar a los hijos! Por ellos harías cualquier cosa. Estás pendiente de todo. Te importa todo lo suyo. A veces debes echar mano de la severidad y otra de la vehemencia para que te obedezcan, sazonado todo ello con la ternura y el cariño. Pues bien. Todo esto, queridos lectores, los que sois padres o madres de familia y tenéis o habéis tenido hijos a vuestro cargo sabéis bien lo que es, lo que significa y lo que supone.

Creo que educar a una persona debe ser de las tareas más hermosas que hay, a la par que difícil. Nunca sabes cómo vas a atinar con ellos. Sin embargo, todo lo haces por su bien y con miras a su mejor formación y defensa en la vida.

Del mismo modo, actúa Dios con nosotros, sus hijos. Él, a través de diversos modos, va educándonos en la vida de la gracia. Sus enseñanzas se van mostrando a los hombres a través de aquello que llamamos “los signos de los tiempos”, esto es, acontecimiento o señal de diverso orden por medio del cual Dios se muestra a los hombres. Pero… ¿Y el castigo? ¿Dios castiga? La experiencia humana de quien le toca educar a los hijos nos dice que cuando uno de la prole hace algo malo debe recibir una reprimenda para hacerle ver la maldad y fealdad del acto cometido. Luego es deber y obligación de los padres, en aras a la buena educación de su hijo, el castigarlo.


¿Qué dice la Escritura? Veamos: “Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni te ofendas por sus reprensiones. Porque el Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido” (Prov 3, 11-12). Otra: “Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella” (Heb 12,11) y “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete” (Ap 3,19).

Según se desprende de estos textos, Dios castiga a sus hijos buscando su perfeccionamiento. En este sentido, el castigo divino es una prueba de amor que busca aquilatar nuestra vida espiritual para sacar lo mejor de nosotros.

Otras veces, el castigo viene motivado por el mismo pecado: “Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina”(Ez 18, 30). Porque el pecado del cual no se arrepiente uno, no queda impune. Recordemos la vieja pregunta del Catecismo: “¿Quién es Dios? - Dios es nuestro Padre, que está en los cielos; Creador y Señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos”. Los buenos no son tales por si mismos sino por el arrepentimiento y la acción de la gracia en ellos. Los malos son tales en cuanto han pecado y no quieren redimirse.

Tener esto claro puede ayudarnos a vivir una vida espiritual sana y evitar dos extremos: 1. La “manga ancha”: es la actitud del que piensa que Dios no mira los pecados sino que lo perdona y comprende todo y transige todo. Es un Dios sin incidencia personal. Me quiere tal como soy y eso basta y se conforma. 2. Los “escrúpulos espirituales”: es la actitud del que ve pecado en todo y a cada paso que da incurre en un pecado nimio. Es un Dios vengador de maldades, incapaz de sentir compasión ni lástima por el hombre pecador. El horizonte de la salvación se ve cada vez más lejano. Ambas posturas son erróneas y pueden llevar a la perdición.

La actitud intermedia es la de aquel que confía toda su vida en la gracia divina, que reconoce que sin Dios no puede hacer nada y por tanto sabe que todo lo bueno que tiene es don suyo y que lo malo es corrección divina para superarse y seguir progresando humana y espiritualmente. Es la actitud del que se reconoce pecador y necesitado de misericordia y compasión. Quien así lo vive es el justo y el bueno.

De esta manera se entiende y soluciona la aparente contradicción que descubríamos en el formulario de la misa de hoy: “Cuanto has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido” (Ant. entrada) y “Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia” (O. Colecta). El castigo merecido no es incompatible con la misericordia y el perdón generoso, pues tras la absolución viene la penitencia y la restitución.

Así pues, queridos lectores, dejémonos educar por Dios y transformar por su gracia y su perdón.

Dios te bendiga

sábado, 23 de septiembre de 2017

DAR A CADA UNO LO SUYO


HOMILIA DEL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Las lecturas de este domingo nos plantean un tema de extrema importancia para nosotros: las expectativas de la vida espiritual.

Cada uno de nosotros puede tener legítimas aspiraciones en la vida. Todos, legítimamente, podemos generar expectativas de prosperar en la vida, de obtener cada vez más beneficios. Del mismo modo puede ocurrir en la vida espiritual, iniciamos un camino de fe con una generosa entrega a Dios y esto lo hacemos a veces por diversos motivos que pueden ir desde buscar la salvación hasta el hacer de Dios un refugio que nos proteja de los males de nuestro mundo a los que no queremos enfrentarnos. Lo malo de las expectativas está en cuando llega el momento en que no se cumplen, es decir, cuando viene la defección, la frustración y la tristeza. Y en la vida espiritual se concluye con la duda de que Dios exista y, por tanto, se da el paso o bien a un ateísmo opcional o a cambiar al Dios verdadero por el dios personal y a la carta que nos construimos.

Algo semejante le pasaba a los jornaleros de la parábola de hoy: habían sido contratados a diversas horas del día por un salario adecuado, como era costumbre en aquella época. Pero a la hora de cobrar comenzaron las expectativas en los primeros de cobrar más que los últimos. Es esta una perfecta imagen de la vida espiritual: podemos ser llamados a la gracia en cualquier instante de la existencia; Dios puede llamarnos a su servicio en el momento que menos esperemos…y aun así, por más temprano o tarde que sea, la recompensa será siempre la misma: la alegría de servirlo y la eternidad. Y si esto no nos conviene pues comenzamos a vivir como si Dios no existiera.


En este sentido, Dios es justo y bueno porque da a cada uno lo suyo. Pero, lógicamente, esta justicia no es la humana por eso dice Isaías en la primera lectura “mis planes no son vuestros planes”. Efectivamente, para entender a Dios lo primero es romper con la lógica retributiva y mercantilista humana que en aras de defender la justicia impone la ideología de la igualdad como un absoluto sin darnos cuenta de que la igualdad es lo más injusto y desigual porque mientras que la justicia es dar a cada uno lo suyo, la igualdad es dar a todos lo mismo sin tener en cuenta ninguna otra variante.

Esta parábola es también un antídoto frente al “carrerismo” que puede sobrevenir en la vida de la Iglesia. Entendemos por “carrerismo” el afán exacerbado de buscar el éxito y la promoción personal en la vida y en la Iglesia. Este veneno, aunque  a veces se presente revestido de piedad y buenos motivos, genera siempre en nosotros una insatisfacción y una amargura de vida ya que siempre estamos esperando más y más; y lo que es peor, puede conducirnos a usar medios moralmente reprobables para ocupar puestos y plazas. Y es que el cristiano no debe buscar la promoción personal por medios injustos sino por méritos propios y honestidad personal y entender que donde Dios le pone debe dar testimonio y santificarse.

No habrá, pues, al final de la vida más recompensa que la misma gloria del cielo y el saber que el trabajo estaba bien hecho. No habrá más recompensa que la satisfacción del deber cumplido y la salvación de la humanidad a la que hemos contribuido. Solo en Dios esta nuestra esperanza y nuestra justicia, no desesperemos pues de esta verdad de fe. No nos cansemos de esperar en Él y de amar como Él nos ama. Aquí reside el gozo de la vida espiritual perfecta y plena: amar aquí para ser amados allí.

Dios te bendiga

viernes, 22 de septiembre de 2017

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me invoquen en la tribulación, los escucharé y seré para siempre su Señor». Origen desconocido. Esta antífona también aparece en otro momento del misal, es la antífona de entrada de la misa del jueves de la III semana de Cuaresma. Hoy el mismo Señor Jesús habla a su pueblo desde el inicio de la celebración al contrario que otros domingos en que el salmo correspondiente nos sitúa en un tono espiritual determinado. En este caso el Señor se aliga con nosotros mediante una promesa: nos escuchará y se quedará para siempre con nosotros. Estas palabras despiertan en nosotros un gozo inefable que nos invita a entrar en la celebración de modo decidido y sin nada que temer.

Oración colecta

«Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley divina en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos, para que merezcamos llegar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo». La primera parte de la oración […prójimo] se encuentra en la compilación veronense (s. V) mientras que la segunda parte hasta el final es de nueva incorporación. Dice el Señor que los mandamientos se cierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cf. Mt 22, 36-40). Esta misma idea se trasvasó a la liturgia en el s. V indicando que el cumplimiento de esta ley es el camino seguro para heredar la vida eterna.

Oración sobre las ofrendas

«Recibe, Señor, en tu bondad las ofrendas de tu pueblo, para que cuanto creemos por la fe lo alcancemos por el sacramento celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Los dones que ponemos sobre el altar los colocamos confiando en que sean agradables y aceptos para Dios. No por lo que son (pan, vino y agua) sino por lo que serán (Jesucristo), pues para Dios no hay cosa más agradable que la ofrenda de su Hijo. Así, al deponer los dones sobre el altar creemos que se convertirán en sacramento de vida eterna, precisamente lo que queremos alcanzar al final de nuestras vidas.

Antífonas de comunión

«Tú, Señor, promulgas tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas». Tomada del salmo 118, versículos 4 al 5. Nuestro camino físico en este momento hace que nuestros pasos se encaminen hacia la recepción del Santísimo Sacramento. Pero esta vía solo se puede iniciar, transitar y concluir con éxito siempre que observemos los mandamientos exactamente, es decir, vivamos en gracia de Dios, reconciliados con el Padre y en comunión con la Iglesia.

«Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen». Inspirada en el Evangelio según san Juan, capítulo 10, versículo 14. El Pastor nos espera pacientemente, en este momento, para darnos su pasto. El Pastor se hace pasto en la Eucaristía. De este modo, tanto el Pastor como las ovejas, el pasto y los corderos, el amado y los amantes se reconocen mutuamente y se buscan desesperadamente. Es hermoso vivir este momento de la Eucaristía desde estos sentimientos.

Oración de poscomunión

«Señor, apoya bondadoso con tu ayuda continua a los que alimentas con tus sacramentos, para que consigamos el fruto de la salvación en los sacramentos y en la vida diaria. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aunque aparece, con alguna variante, en los sacramentarios gelasiano, la oración está tomada tal cual, literalmente, del misal romano de 1570. De esta compleja oración podemos extraer una idea más o menos clara: la liturgia y la vida están íntimamente relacionadas en pos de la salvación del hombre. Los sacramentos a los que se refiere son el pan de la Eucaristía y la dimensión sacramental de la Palabra de Dios proclamada en la celebración. Ambas dos, las dos mesas de la celebración, pretenden fortalecer e iluminar la vida de los cristianos para que caminando en santidad, puedan gozar de celebrar la liturgia del cielo.

Visión de conjunto

En otro post anterior estuvimos tratando acerca del amor a Dios, primera cláusula de la ley divina. Hoy me gustaría compartir con ustedes alguna reflexión del amor al prójimo, cláusula que cierra la nueva ley dada por Cristo.

En las antigua Roma y en las sociedades coetáneas no existía el concepto de persona tal cual hoy lo conocemos y utilizamos. En Roma las personas se dividían en dos clases: en ciudadanos (personas libres) o esclavos. Esta clasificación suponía que solo los libres o los que adquirían la libertad eran considerados ciudadanos del imperio, libres y por tanto personas con derechos. De tal forma, que la individualidad no existía y en caso de que se tuviera era por pura concesión graciosa del todopoderoso estado que controlaba la vida de sus miembros.


La llegada del cristianismo y su encuentro con las categorías filosóficas helénicas supone el surgimiento de un nuevo concepto de persona como imagen de Dios (“ikono Dei”). La maduración de este pensamiento desde el alba de la revelación judía supuso descubrir que el hombre, por ser imagen de Dios, es sujeto libre y depósito de derechos y deberes para con Dios y su prójimo. Esto supuso algunas consecuencias de gran calado, entre otras la de las responsabilidad personal de los actos que se cometen. El hombre ya no está bajo el inexorable dominio de las fuerzas numinosas, de los hados o de la fatalidad y el capricho de los dioses, sino que como sujeto individual y libre es responsable de la moralidad de sus actos: del bien y del mal que comete. Y en este sentido surge la categoría del “pecado”.

El pecado no será otra cosa que el negligente uso de la libertad individual en tanto que contraviene lo dispuesto por el Creador y afecta negativamente a los demás seres con los que compartimos la existencia. Así pues, libertad y pecado están entrelazados del mimo modo que lo están libertad y virtud. Incluso podríamos decir que la libertad es el mismo sujeto actuante y foco de virtudes y errores. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que nuestra naturaleza es tan pura y virtuosa hasta el punto de decidir por ella solo lo bueno y lo malo. La experiencia nos demuestra que el hombre está inclinado a hacer el mal, o dicho de otra manera, que no realiza el bien tanto y tantas veces como quisiera. A esta experiencia la llamamos el “Pecado Original” y su efecto en nosotros, “concupiscencia”.

Pero aclaremos esto: la naturaleza humana fue creada a imagen de Dios y por tanto, inocente y en gracia. De tal modo que antes del pecado original fue la inocencia original, en la que fue creada el primer Adán. Precisamente, cuando decimos que Cristo es hombre perfecto, imagen del hombre nuevo o nuevo Adán o que fue en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, lo que se pretende señalar es que Él vive y nos muestra el estado de perfección original, antes del pecado. Y a ese nivel de inocencia es adonde quiere llevarnos con su obra de Redención. Por eso decimos que la libertad está asistida por la gracia que, como don y auxilio divino, es la que inspira, sostiene y acompaña nuestro obrar.


Así, podemos decir que el hombre es creatura de Dios, creado a imagen y semejanza de Él, con una naturaleza buena pero inclinada al pecado y esto afecta a la toma de decisiones en el ejercicio de su libertad. Por tanto, cada hombre y mujer es imagen de Dios y por tanto presencia de Dios en el mundo y este es el fundamento último para vivir el mandato del amor al prójimo.

Los cristianos no estamos llamados a ser altruistas. A amar al otro por que sí, sino a amarla en tanto en cuanto descubrimos a Dios en el otro, tal como lo atestigua el santo evangelio cuando dice Jesús “cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (cf. Mt 25, 40) o “a quien vosotros os escucha a mí me escucha” (cf. Lc 10,16).

Cristo se identifica de este modo con el prójimo y con cada uno de nosotros. Según esta lógica, cada vez que un cristiano actúa y ejerce la caridad es Cristo quien actúa y se presenta, de nuevo, como buen samaritano. Y cuando el prójimo recibe nuestra ayuda y colaboración es Cristo quien la recibe como un humilde hermano entre nosotros.

Por tanto, queridos lectores, no nos cansemos de hacer el bien pues desde Cristo lo hacemos y a Cristo se lo hacemos. El cristiano no se conforma con ser buena persona sino que aspira a ser santo y para serlo solo es necesario imitar a nuestro Señor.

Dios te bendiga