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viernes, 22 de junio de 2018

MISSA AD POSTULANDAM GRATIAM BENE MORIENDI


MISA PARA PEDIR LA GRACIA DE UNA BUENA MUERTE



I. Misterio

            En el artículo anterior ya habíamos abordado el tema de la muerte y cómo debía asumirla un cristiano.  Hoy nos proponemos reflexionar sobre esta página novedosa del misal romano: pedir la gracia de una buena muerte.

            Tradicionalmente en una de las letanías se rezaba así: “De una muerte repentina e imprevista, líbranos, Señor”. El miedo a morir sin poder haber recibido los auxilios sacramentales, con la consiguiente posibilidad de ir al infierno, la muerte terna; siempre fue algo rechazado por la piedad cristiana. Hasta tal punto, llegaba la necesidad de irse preparando, durante toda la vida, para bien morir, que incluso la buena muerte gozaba de un patrón, que la concediera: san José ¿Por qué? Porque según la tradición, el patriarca san José tuvo la mejor muerte que un cristiano pudiera tener: la presencia y asistencia de su esposa, la Virgen María, y del hijo que adoptó e hizo suyo, Jesucristo.


            En la época actual, imbuida de una llamada “cultura de la muerte”, a la misma vez que hace políticas que, en lugar de promover la vida, la elimina o impide; rechaza la realidad de la muerte expulsándola, incluso, del espacio urbano. Los cementerios, que antaño convivían con la vida de las poblaciones, hoy son grandes extensiones de terreno extramuros donde la muerte tiene su lugar, y donde su rostro amargo, se ha embellecido con grandes sepulturas llenas de arte y altas categorías estéticas. Veamos como aborda la Iglesia el misterio de la muerte como realidad cristiana a la cual nos dirigimos y esperamos de la mejor manera posible.   

II. Celebración

La misa que presentamos en este artículo es de nueva incorporación en el misal. Está sujeta a las normas generales para las misas “ad diversa” y puede ser completada o bien con la cuarta plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades o bien con el prefacio común V o VI y las plegarias eucarísticas I, II o III. Los ornamentos pueden ser blancos o del color del tiempo litúrgico en que se empleé.

La oración colecta está fundamentada sobre el misterio de la Creación “creado a imagen tuya” y de la Redención “tu Hijo se sometiera a la muerte por nosotros” y, puesto que el hombre es creatura débil, está llamado a una constante vigilancia para que la hora de la muerte no le sorprenda como un ladrón en la noche. Vuelve a presentarse la muerte como un doble movimiento: salir y descansar. Salir de este mundo sin pecado y reposar en el aprisco de la misericordia divina.


La oración sobre las ofrendas define, perfectamente, en qué consiste la “buena muerte”: salir del mundo con “paz y confianza” y participar de la resurrección de Cristo. La oración para después de la comunión considera a la Eucaristía “prenda de la inmortalidad” y tiene por objeto al Espíritu Santo, a quien se le denomina “auxilio de tu amor”, que puede ayudarnos en la hora de la muerte para que abandonemos este mundo sin peligro de contaminación diabólica, sino  más bien con entereza y confianza en el amor de Dios.

Los textos bíblicos asignados a este formulario son: para la antífona de entrada, Sal 22, 4 donde el Buen Pastor nos permite caminar con Él a través de las pruebas de esta vida dándonos valentía y confianza en cada momento y circunstancia. Para la comunión se ofrecen dos antífonas: a) Rom 14, 7-8 donde se nos enseña que la buena muerte no es otra cosa que vivir, sufrir y morir en Dios, único dueño de nuestra vida: y b) Lc 21, 36 que es una llamada a la constante vigilancia en la oración y en las buenas obras.

III. Vida

Tras el análisis de la eucología de la misa, podemos extraer algunas pinceladas teológicas que nos ayuden a una mejor vivencia del misterio de la muerte, aunque puede completarse con las ideas del artículo anterior “misa por los moribundos”.

1. Creación, gracia y redención, el signo del hombre: desde su creación, el hombre se debate entre la vida en gracia y la vida de pecado. La vida en gracia es el estado original en que fue creado: la inocencia original, la amistad con Dios, estar revestidos del mando de gloria e inmortalidad al ser creados a imagen y semejanza del Dios uno y trino. Pero este estado de gracia se pierde fácilmente con el pecado, lo que supone la culpa original, la enemistad con Dios y la desnudez más absoluta de aquello de lo que gozábamos en el inicio. De este modo, la muerte es consecuencia del pecado y decreto pronunciado contra el hombre. En este contexto, la obra salvífica de Cristo supondrá asumir todo lo humano y darlo un sentido redentor.

2. Con la muerte, destruyó nuestra muerte: Cristo, en esta diatriba redentora, al asumir lo humano, lo asume todo, incluso la muerte, y una muerte de Cruz (cf. Flp 2, 6). Una antífona bizantina para el tiempo de Pascua, el kontakion pascual lo recoge así: «Cristo resucitó de entre los muertos, matando la muerte con su muerte y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros» y de modo semejante lo recoge otro himno de la liturgia occidental católica, el Te Deum: «Tú destruido el aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el reino del Cielo». Así pues, teniendo en cuenta que la muerte, el más inmisericorde y último de los enemigos del hombre, ya ha sido vencida y redimida por Jesucristo; nosotros podemos afrontar nuestra muerte personal con entereza, paz y confianza sabiendo que seremos acogidos por la misericordia de aquel que se dignó morir el primero por todos nosotros.


3. Vigilancia en la oración y en la acción: pero no podemos pensar que ya lo tenemos todo conseguido. No. Para beneficiarnos los méritos salvíficos de Jesucristo es necesario perseverar en la fe y en el bien obrar, pues la perseverancia en esto nos atraerá la salvación del alma (cf. Lc 21,19). No son pocas las veces que Jesús nos llama a la vigilancia (cf. Mt 24,42; Mc 13, 33; Lc 21, 36). La vida cristiana, pues, debe estar basada en un constante anhelo de ver el rostro de Dios, esperar su llegada a nuestra vida para poder abandonar este mundo y, tomado de su mano, caminar hacia la eternidad.

4. La última tentación: sin embargo, no podemos obviar que este hermoso deseo de eternidad no está exento de la acción diabólica. El demonio nos tienta hasta el último momento de la vida para ver si rechazamos a Dios y nos condenamos. Por ello, es necesario que al final de la existencia terrenal humana invoquemos con fuerza el auxilio del amor de Dios, esto es, el Espíritu Santo, para vencer toda clase de embestida satánica. Morir en Cristo y morir con Cristo debe ser el deseado final de los cristianos. Abandonar este mundo con el nombre de Jesús en los labios rechazando todo pensamiento o acción que pudiera apartarnos de su amor. En este sentido, lo más eficaz es hacer una buena confesión general de los pecados, recibir al Señor en comunión, en forma de viático; y el sacramento de la unción de los enfermos con la indulgencia plenaria que se otorga en nombre de su santidad el Papa.

5. La buena muerte: sabiendo todo esto y vivido de tal manera, solo queda pedir que Dios nos lo conceda, esto es: la buena muerte. Hoy, cuando se debate con pasión sobre la llamada “eutanasia”, se hace necesario hacer algunas consideraciones: la palabra “eutanasia” significa, literalmente, “buena muerte” y consiste en solicitar la eliminación de la propia vida cuando por enfermedad, debilidad o cansancio de vivir ya no se quiere prolongar la existencia. La eutanasia es un término incómodo para nuestras sociedades almibaradas por todo lo que implica, por lo que hoy prefiere hablarse con el término eufemístico: muerte digna.


La eutanasia, en términos prácticos, no es otra cosa que un suicidio asistido, cuya ejecución se solicita en el pleno uso de las facultades de la persona, luego reviste un aspecto público que no lo contempla el suicidio, como tal. Y este aspecto diferencial (público-privado) impone un juicio, aun más severo, respecto a los “eutanasiados” y los “eutanasiantes”. En primer lugar, bajo el paraguas eufemístico de “muerte digna” se está traicionando tanto el lenguaje como los mismos valores humanos: la muerte es la muerte y no es ni digna ni indigna.

Por otra parte, en virtud de esta dialéctica suicidio público-suicidio privado, las personas que mueren solicitando la eutanasia no tienen derecho a recibir las exequias cristianas, a tenor de lo dispuesto por la ley canónica: «Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento: 1. A los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos; 2. A los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana; 3. A los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184§1). Y repito para que quede claro: a una persona que se ha suicidado en privado (ahorcándose, bebiendo algo tóxico, arrojándose de un precipio, u otra causa) dado, precisamente, ese carácter íntimo donde se pudiera presuponer un último arrepentimiento, se le conceden las exequias, repito, amparándose en la privacidad; pero a una persona que muere por eutanasia, dado que se solicita con plena lucidez de sus facultades, se le denomina suicidio público y, por tanto, sin arrepentimiento explícito de su suicidio, luego no se le pueden conceder las exequias cristianas.

Una muerte solo recibe una valoración moral cuando se produce por la defensa o claudicación de unos principios, de tal manera que si alguien muere por defender ideales nobles que benefician a un colectivo, diremos que es una muerte heroica; si alguien muere por causa de la fe, diremos que es una muerte martirial; si alguien muere afrontando la muerte con serenidad y valentía, diremos que es alguien muere con dignidad. Por tanto, si al pedir la eutanasia lo que realmente subyace es un desprecio por la propia vida y una claudicación de la lucha por vivir y una repulsa por los sufrimientos o agonías que conlleva la muerte; no será, pues, en ningún caso, una muerte digna, sino más bien, una muerte cobarde.

Otro de los motivos para defender la eutanasia es el de la piedad hacia el enfermo que sufre. Otra forma de tergiversar un término precioso de nuestro vocabulario para, realmente, expresar lo contrario. La piedad hacia alguien supone com-padecer con esa persona, sintonizar con su situación y darle ánimos para la lucha; pero nunca, en ningún caso, la piedad ha llevado a eliminar la vida de un semejante. La piedad busca la vida y no la muerte.

Así pues, la única muerte que existe no es la que las leyes humanas decretan sino la que Dios nos concede. Esta muerte puede ser por diversas causas: un accidente de tráfico o laboral, una enfermedad terminal, un accidente cardo-vascular, muerte natural, etc; pero nunca puede contemplarse la autoeliminación de la vida humana como remedio a nada.

Ojalá, que Dios nos concede a todos la gracia de luchar por la vida y morir santamente al final de nuestra existencia. Que podamos comulgar, confesar y recibir la unción para ser mejor admitidos en las bodas del Cordero.

Dios te bendiga

miércoles, 20 de junio de 2018

MISA PRO MORIENTIBUS


MISA POR LOS MORIBUNDOS


I. Misterio

La muerte es una realidad tan humana y tan repulsiva que nunca nos acostumbraremos a ella. La muerte es finitud y límite de lo humano. La muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es fruto del pecado. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida.

Para la fe cristiana, como se dijo anteriormente, la muerte es consecuencia del pecado (cf. Gn 2, 17; Sb 1, 13; Rm 5, 12) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. CEC 1008).

Pero ante el hecho desnudo de la muerte, ésta fue transformada por Cristo, quien sufrió también la muerte, propia de la condición humana, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).


Así pues, gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor.

Por último, hemos de recordar que la muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Por ello, cuando estamos al borde de la misma, hemos de prepararnos pidiendo el perdón de nuestros pecados y soportando con paciencia los sufrimientos que la agonía impone para gozar plenamente de las “alegrías del cielo”.

II. Celebración

El formulario que ahora analizamos es de nueva incorporación salvo la oración de pos-comunión que contiene un fragmento del misal romano de 1570. Es un formulario compuesto por dos oraciones colectas, una sobre las ofrendas y otra para después de la comunión. Puede completarse con la cuarta plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades o bien con el prefacio común VIII. Esta misa está regida por las normas generales para las misas “ad diversa” y puede celebrarse con ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico correspondiente.


La oración colecta usa dos atributos divinos: frente a la debilidad humana, Dios es el “Todopoderoso” el cual, cuando el hombre se halla ante las puertas de la muerte, usa de su misericordia, es el Dios “misericordioso”, que, en su hijo Jesucristo, ha abierto las puertas del cielo para los humanos (cf. Lc 23,43). La oración está centrada en el individuo enfermo “mira con piedad a tu siervo que lucha en agonía” y describe su estado terminal como una pugna entre la vida y la muerte usando una duplicación terminológica “luchar en agonía”, pues “agonía” en griego significa “lucha”. La oración usa el concepto de asociación con Cristo y a su pasión, que tan importante es para entender tanto la liturgia como el misterio del sufrimiento humano. La asociación consiste, básicamente, en una unión estrecha e íntima con Cristo y sus misterios. Respecto a la enfermedad y a la proximidad de la muerte, el hombre se une, por ese medio, al misterio pascual de Jesucristo en favor de la redención del mundo. Y esto le vale como purificación de sus pecados y consecución de la vida eterna.

La segunda oración colecta está destinada para las personas que, se presupone, van a morir hoy. El Dios, aquí también, “Todopoderoso” y “misericordioso” mantiene, por amor, vivas a todas sus criaturas (cf. Sab 11, 22-23), porque para Él todos están vivos. La oración presenta un concepto sobre la muerte desde una doble perspectiva: salir y descansar. Eso es la muerte para los cristianos: salir de este mundo y descansar en el Señor y en su misericordia.

La oración sobre las ofrendas vuelve a estar dirigida sobre el individuo moribundo pidiendo tres gracias sobre él: 1. El perdón de los pecados; 2. Soportar los dolores y 3. Conseguir el descanso eterno.

La oración para después de la comunión, cuya segunda sección está tomada del misal romano de 1570[1], presenta dos efectos de la Eucaristía respecto del moribundo que la recibe en forma de viático: ser confortado en la enfermedad, vencer al demonio y ser acogido por los ángeles en el cielo.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: Rom 14, 7-8 para la antífona de entrada, donde se nos recuerda que tanto la vida como la muerte son gestos de la providencia de Dios hacia nosotros. para la antífona de comunión encontramos dos opciones: Col 1, 24 que es una exhortación a vivir la enfermedad en una perspectiva redentora, asociándonos a Cristo en su Pasión; y Jn 6, 54, pues la comunión con el Cuerpo y Sangre del Señor, en forma de viático, es prenda de salvación para el que muere.

III. Vida

El formulario que acabamos de analizar nos ofrece algunas perlas literarias que nos permiten hacer una breve reflexión sobre la muerte y de cómo enfrentarnos a ella cristianamente.

1. “Abriste misericordiosamente al hombre las puertas de la vida eterna”: el primer punto para abordar sanamente el tema de la muerte, es situarla dentro de la economía de la Salvación. Como fruto del pecado que es, se hizo necesario que un alguien viniera a librarnos de ella, venciéndola desde dentro; por eso, como nos dice el himno Te Deum: “Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen. Tú, rotas las cadenas de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. Así, la muerte fue vencida por Cristo en su Pascua y desde entonces se ha convertido para los cristianos en puerta de acceso a la vida eterna. Y es como creo que debemos valorarla: no como un fin en sí misma, sino como un medio para gozar de la verdadera vida que es ver a Dios, esto es, morir en el Señor y tenerle a Él en un eterno “para siempre”.

2. Salir y descansar: en estos dos verbos se concentra el sentido cristiano de la humana muerte. Supone, en primer lugar, una salida de este mundo, un abandono de la realidad cotidiana, una ruptura con todo lo que nos liga al quehacer cotidiano. La muerte, en este sentido, es finitud y limite. En segundo lugar, la muerte es descanso y solaz para las fatigas, tal como nos dice el libro del Apocalipsis: “Dichosos los que mueren en el Señor, Si –dice el Espíritu- que descansen de sus fatigas porque sus obras les acompañan” (Ap 14, 13). La muerte es, pues, como dice el Canon romano de la misa, “el lugar del consuelo, de la luz y de la paz”. La muerte del justo es descanso para el alma y espera para el cuerpo, templo del Espíritu.


Como conclusión, traemos a colación una breve antífona del oficio de difuntos que, con extraordinaria raigambre bíblica, recoge perfectamente lo que el hombre debe pedir cuando se encuentra al borde de la muerte: “In paradisum deducant angeli, in tuo adventu suscipiant te martyres et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem. Chorus angelorum te suscipiat et cum Lazaro, quondam paupere, aeternam habeas réquiem (=Al paraíso te conduzcan los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y con Lázaro, el que fue pobre, tengas el descanso eterno)”.

Dios te bendiga



[1] MR1570[926]