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viernes, 4 de agosto de 2017

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR





Antífona de entrada

«Se manifestó el Espíritu Santo en una nube luminosa y se oyó la voz del Padre que dijo: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”». Tomada del relato de la Transfiguración de Mt 17, 5. Esta antífona al inicio de la celebración nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en toda su profundidad. Hoy el Tabor es el templo de Dios donde vuelve a manifestarse la Trinidad hablando, iluminando e invitando a escuchar al Verbo de la vida, Jesucristo, el Señor.

Oración colecta

«Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los que lo precedieron y prefiguraste maravillosamente la perfecta adopción de los hijos, concede a tus siervos que, escuchando la voz de tu Hijo amado, merezcamos ser sus coherederos. Por nuestro Señor Jesucristo». Con algunas variantes, se ha tomado de la del misal romano de 1570. El acontecimiento de la Transfiguración se sitúa al final de la vida pública de Cristo como prólogo a su pasión, muerte y resurrección, de ahí que sirva como confirmatorio de la predicación y milagros operados por Él; y para hacer ver que estos misterios dan cumplimiento a las antiguas profecías, Moisés y Elías son sus garantes.

La fiesta de hoy nos sitúa ante lo que el Bautismo realiza en cada uno de nosotros, que está bastante bien expresado en el rito de la imposición de la vestidura blanca, sabiendo que esto que se efectúa en germen un día brotará cuál planta frondosa en la eternidad.

Oración sobre las ofrendas

«Te rogamos, Señor, que santifiques la ofrenda que te presentamos en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito y que, con los resplandores de su luz, nos limpies de las manchas de los pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Nos preparamos para entrar en el corazón de la misa. El Tabor del altar se dispone para acoger una nueva manifestación de la gloria del “kyrios” (= Señor).

La liturgia hace un requiebro mistagógico usando la imagen de los rayos luminosos que desprende el cuerpo transfigurado de Cristo como imagen del Espíritu Santo que hace que los dones presentados sean algo más que pan y vino y que los fieles sean purificados de sus pecados.

Antífona de comunión

          «Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Tomada de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3, versículo 2. En el misterio de la Transfiguración Cristo se ha manifestado en toda su gloria y divinidad dándonos a conocer el destino último del que participaremos al final de los tiempos, pero mientras tanto, mientras dura el tránsito por este mundo, la peregrinación de esta vida, este misterio se nos da por anticipado en la Sagrada Comunión “prenda de la gloria futura”.

Oración para después de la comunión

            «Que el alimento celestial que hemos recibido, Señor, nos transforme en imagen de tu Hijo, cuya claridad has querido manifestarnos en su gloriosa Transfiguración. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. Este texto sintetiza todo lo destilado de los textos precedentes: la Transfiguración como transformación personal del cristiano que debe transparentar a Cristo y como la Eucaristía no solo es manifestación de la gloria del Señor Jesucristo, sino alimento que nos transforma y adelanta el destino que nos tiene reservado al final de los tiempos.


Visión de conjunto

A lo largo del año, la liturgia conmemora por dos veces el misterio de la Transfiguración: una en cuaresma y la otra en el tiempo ordinario. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué esta duplicación? ¿Si es el mismo misterio cuál es la diferencia? La diferencia es la siguiente: la Cuaresma es un tiempo litúrgico autónomo que imprime un carácter penitencial y austero al tiempo cristiano y, por tanto, de alguna manera condiciona todas las fiestas y misterios que se albergan en él, como es el caso de la Transfiguración del Señor que se conmemora el II Domingo de Cuaresma donde el acento no está tanto en el misterio en sí sino en el camino hacia la gloria emprendido por Cristo y la necesidad de escuchar con atención al Hijo del Padre. Por otra parte, el Tiempo Ordinario no ofrece ninguna continuidad que determine el tiempo sino que se ve salpicado por domingos, memorias, fiestas y solemnidades, que no se demandan unas a otros, sino que son autónomas e independientes; esto supone que el 6 de agosto sea una fiesta centrada en el misterio de la Transfiguración, propiamente, y las consecuencias teológico-morales que de él se desprenden.

Esta fiesta pretende ser también un puente de unión entre el oriente cristiano y el occidente, ya que su origen lo hallamos en Bizancio aunque La fiesta de la Transfiguración del Señor se venía celebrando desde muy antiguo en las iglesias de Oriente y Occidente, pero el papa Calixto III, en 1457 la extendió a toda la cristiandad para conmemorar la victoria que los cristianos obtuvieron en Belgrado, sobre Mahomet II, orgulloso conquistador de Constantinopla y enemigo del cristianismo, y cuya noticia llegó a Roma el 6 de agosto. Aún así, para la liturgia romana, este misterio del Señor ha quedado en esa categoría litúrgica de “fiesta” mientras que en la Iglesia de Oriente se celebra como gran solemnidad.

La Iglesia hoy se reviste, nuevamente, de luz. De una luz que le viene de lo alto, de los misterios que celebra en el altar. Hoy se nos invita a contemplar la que será, un día, imagen perfecta del cristiano y de la Iglesia. A los nueve días de celebrar la Transfiguración, la Iglesia ve realizada su vocación eterna en la Asunción de María, fruto primero de los méritos de Cristo y consecuencia lógica de aquella que, en virtud de estos, nació sin mácula de pecado original y vivió sin acometer pecado personal. La fiesta del 6 de agosto y del 15 está unidas muy estrechamente en lo que se refiere a nosotros, pues no podemos olvidar que Cristo y María están mutuamente implicados en la redención humana, si bien ésta de manera subordinada al Hijo, pero participe igualmente.

Ánimo y a vivir espiritualmente lo mejor posible esta fiesta del año litúrgico.

Dios te bendiga

viernes, 16 de junio de 2017

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO




Antífona de entrada

«El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre». Tomado del salmo 80, versículo 17. Estamos ante la tradicional antífona “cibavit eos” que da nombre a esta misa. Con esta antífona, la liturgia nos sitúa en el núcleo de la fiesta: el alimento que nutre a los hijos de Dios. Este manjar viene descrito con dos ingredientes: uno sólido, la harina de trigo molido; y otro líquido, la miel pura que se extrae de los panales de la colmena. Ambos eran ofrecidos en el templo para el culto de Yahvé de ahí su gran significación en el mundo judío, y por tanto, su inclusión en el cristianismo, donde la flor de harina se amasará para producir las formas para ser consagradas y la miel dará lugar al fruto de la vida, el vino con el que se llena la copa del cáliz de la misa. Por tanto, entremos en la celebración con ánimo de saciarnos de los exquisitos manjares que el Señor nos brindará. Hoy es la fiesta del alimento.

Oración colecta

«Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención, Tú, que vives y reinas con el Padre». Tomada del misal romano de 1570. Estamos ante un prodigio de la ingeniería eucológica de santo Tomás de Aquino. Como particularidad de esta oración hemos de destacar que está dirigida a Jesucristo. Esto es una excepción en el conjunto oracional romano, pues lo normal es que la oración esté dirigida al Padre tal como lo dispuso en el canon 21 del Concilio de Hipona (390) “Cum altari adsistitur semper ad Patrem dirigatur oratio” (= cuando se asiste al altar siempre sea dirigida la oración hacia el Padre).

El segundo aspecto que destacamos en esta oración es el uso de la categoría teológica de “memorial”. El memorial es un concepto judío, incorporado al cristianismo, que, en síntesis, significa que la fuerza salvífica de los prodigios y hazañas del pasado pueden volver al presente afectando a quienes las recuerda, es decir, confiriendo esa misma gracia que se prefiguraba entonces. De tal modo esto es así, que con razón la Iglesia ha sostenido que la Eucaristía es la actualización incruenta del sacrificio de Cristo en la cruz.

Así pues, en virtud de esta actualización del misterio pascual de Cristo (la redención), al adorar tanto como se pueda el Sacrosanto Cuerpo y Sangre del Señor podemos estar seguros de que estaremos recibiendo las gracias insondables y suficientes que de él se desprende.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, concede propicio a tu Iglesia los dones de la paz y la unidad, místicamente representados en los dones que hemos ofrecido. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del misal romano de 1570. Dos son los dones por los que se ofrece el Cuerpo y la Sangre del Señor, pero ¿por qué dice la oración que están representados en estas ofrendas? En primer lugar, respecto del don de la paz: no podemos olvidar que Cristo, muriendo en la cruz, ofrece un sacrificio de expiación que busca reconciliar con Dios todos los seres del cielo y de la tierra (cf. Col 1, 20), su sangre es signo de la paz entre Dios y los hombres. La alianza de amor, rota por el pecado de Adán, ahora se reestablece por la sangre del Cordero, que habla mejor que la de Abel (cf. Heb 12, 24).

En segundo lugar, respecto de la unidad, hemos de acudir al antiguo texto de Didaje IX “Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos”. Aquí se hace un símil entre la dispersión de los granos de trigo y la dispersión de los hijos de la Iglesia y como en Cristo, ambos forman una unidad, pues tanto los granos como los fieles dispersos, se unen para formar el único Cuerpo del Señor. De este modo, vemos que los dones de la paz y la unidad expresados en el ofertorio hacen referencia a una realidad eclesial: la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia (Henri de Lubac).

Antífona de comunión

«El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor». Tomada de Jn 6, 57. En este momento de la celebración ya no es flor de harina ni miel silvestre lo que se nos da a comer, sino el mismo Cuerpo y Sangre de Jesucristo; garantía de su presencia entre nosotros. Vuelve a aparecer aquí el misterio de la inhabitación: Dios quiere hacer morada en nosotros y esto se hace realidad, de manera excelente, en virtud de la comunión sacramental. Recibir este sacramento crea entre Dios y nosotros un vínculo fuerte que se va acrecentando poco a poco hasta alcanzar su culmen en el cielo. Por eso es importante comulgar frecuentemente, y hacerlo siempre en gracia de Dios.

Oración después de la comunión

«Concédenos, Señor, saciarnos del gozo eterno de tu divinidad, anticipado en la recepción actual de tu precioso Cuerpo y Sangre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos». Tomada del misal romano de 1570. Esta breve oración expone de manera sencilla la dimensión escatológica de la Eucaristía, esto es, la Eucaristía como prenda de la gloria futura, como viático para ir al cielo, como anticipo de la eternidad.


Visión de conjunto

            Esta fiesta, centrada en el misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor, es muy reciente en la liturgia de la Iglesia. Surge en el s. XIII con motivo de las revelaciones privadas a santa Juliana de Lieja (Bélgica). Al principio se celebraba de modo particular en aquella ciudad, pero será el papa Urbano IV quien la extienda para toda la Iglesia con la bula Transiturus de hoc mundo (1264) atribuyendo el formulario del oficio y de la misa al angélico doctor santo Tomás de Aquino, también del mismo siglo. Este formulario se ha conservado hasta hoy.

Como cada año la festividad del “Corpus” trae a nuestra contemplación uno de los misterios centrales de nuestra fe católica: la presencia real de nuestro Señor Jesucristo bajo las especies de pan y de vino; o lo que es lo mismo: la conversión de toda la sustancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y Sangre de Jesucristo. A esta conversión la llamamos “Transubstanciación”.

Desde el inicio del cristianismo siempre se tuvo muy claro que este prodigio era real en virtud de las mismas palabras que el Señor había dicho. Desde la mañana de Pascua la Iglesia no ha cesado de creer en que en el pan y en el vino, Cristo estaba presente; pero no es menos cierto, que la forma de comprender y entender este misterio se fue perfilando a lo largo de los siglos. Los Santos Padres afirmaban sin más que el pan y el vino eran el Cuerpo y la Sangre del Señor, el mismo Cuerpo encarnado en María, crucificado en la Cruz y Resucitado al tercer día. Ese mismo Cuerpo que hoy se encuentra sentado a la derecha del Padre en el cielo. Esta verdad de fe se mantuvo sin contradicción hasta la gran controversia de Berengario de Tours (s. XI).

La herejía de Berengario se basa en una concepción simbólica de la Eucaristía, es decir, el pan y el vino son un simple símbolo de la presencia de Cristo, de su Cuerpo y su Sangre pero no hay ninguna conversión real. Esta desviación fue contestada por dos sínodos romanos (1059 y 1079) en que se definió el dogma eucarístico aunque en términos de un realismo muy crudo, veamos “tocados y partidos por el sacerdote y masticados por los dientes de los fieles”. Tras esta herejía, el dogma eucarístico se mantuvo pacíficamente, a pesar de algunos pronunciamientos muy localizados. A partir de la controversia de Berengario comienzan a elaborarse tratados para defender y exponer el misterio de la Eucaristía. La liturgia no se ve exenta de este movimiento y, como consecuencia, se introducen algunas innovaciones: la elevación en la consagración, la lámpara del Santísimo, doblar la rodilla ante la Eucaristía, incensar las especies eucarísticas, etc.

Será con la nueva negación por parte de la herejía luterana cuando la Iglesia aquilata el dogma de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y el carácter sacrificial de la Misa:

1.      La presencia real del Cuerpo y Sangre de Cristo: se afirma con tres adverbios real, verdadera y sustancialmente

2.      Presencia de Cristo entero en cada una de las especies y partes.

3.      Presencia de Cristo no solamente durante el uso, es decir, mientras dura la celebración y la administración, sino siempre.

4.      La Transustanciación: la substancia es lo que hace que una cosa sea lo que es como soporte de los accidentes, que la configuran. Hablar de “Transubstanciación” significa que permaneciendo los accidentes del pan y del vino, lo que realmente cambia es la substancia de la Hostia que ya no es pan sino ni vino sino el cuerpo y la sangre de Jesucristo.

5.      La adoración y la reserva: en el sacramento de la Eucaristía, Cristo, Hijo unigénito de Dios, debe ser adorado con culto de adoración incluso externo, y que, por lo tanto, debe ser adorado en una fiesta particular, y que debe ser paseado en procesiones, según el rito y la costumbre laudable y universal de la Iglesia, o que debe ser expuesto públicamente al pueblo para que sea adorado.

6.      La remisión de los pecados: el perdón de los pecados no es el fruto principal de la Eucaristía. los que tengan conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se sientan deben confesarse antes de comulgar.

Y esta ha sido la doctrina eucarística de la Iglesia hasta el día de hoy, repetida por los últimos pontífices como Pablo VI en la encíclica “Mysterium fidei” (1965), Juan Pablo II en la encíclica “Ecclesia de Eucharistia” (2003) o Benedicto XVI en su exhortación postsinodal “Sacramentum Caritatis” (2007).


En conclusión: como vemos, la fe en el misterio eucarístico ha sido siempre fundamental en el conjunto dogmático católico. No se puede ser verdaderamente católico si no se cree con fe firme y sincera en la presencia real y verdadera del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo bajo las especies de pan y de vino. Bien entendió esto el pueblo cristiano que siempre se volcó en celebrar con gran entusiasmo y profusión esta fiesta, hasta el punto de que aun hoy hay hermandades y cofradías en España que renuevan cada año su adhesión de fe a este verdad con estas o parecidas palabras: “Y que estamos dispuestos con el favor de Dios, a derramar hasta la última gota de nuestra sangre, si fuera necesario, en defensa de estas verdades, particularmente en la Confesión de la Real presencia de Jesucristo en el Sacramento adorable de la Eucaristía, y que la Santísima Virgen Madre de Dios y Madre Nuestra fue, por especial gracia y privilegio”.

Nosotros, los católicos, al acercarnos al misterio de la Eucaristía hemos de tener presente aquella pregunta que Moisés le hace al pueblo hebreo “Porque, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que lo invocamos?” (Dt 4,7). Y es que, efectivamente, la Eucaristía, es el gran misterio de la cercanía de Dios y su presencia en medio de su pueblo. La Eucaristía hace posible que Jesús siga caminando al paso de su grey. Sin Eucaristía no hay vida cristiana que se precie. La Eucaristía ha de ser el imán de atracción de las almas porque es allí donde reside el Amor. La Eucaristía es al alimento celestial del cual se sacian los ángeles del cielo y del cual también nosotros podemos saciarnos.

Caminemos, pues, en esta fiesta, al lado de Jesucristo. Unamos nuestro paso al suyo y avancemos por esta vida con gran confianza al saber que Dios, en la Eucaristía, se hace cercano a su pueblo y que, al alimentarlo con este divino alimento, nunca lo dejará de su mano. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar! ¡Sea por siempre bendito y alabado!

Dios te bendiga