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viernes, 20 de octubre de 2017

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme». Tomada del salmo 16, versículos 6 y 8. Cada domingo, los cristianos nos reunimos en asamblea santa para invocar a nuestro Dios e implorar de Él su misericordia y protección para nosotros, para la Iglesia y para el mundo entero. Y hacemos esto, movidos por la gran confianza que tenemos en que Él inclina su oído hacia nosotros que somos sus predilectos.

La sombra es una imagen muy común en la Biblia para expresar la acción del Espíritu. Cubrir con la sombra implica que es el Espíritu el que fecunda algo. Algunos textos significativos son Gn 1, 2b “el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas”; Sal 63 (62) “y a la sombra de tus alas canto con júbilo”; Sal 91 (90) “que vives a la sombra del omnipotente”; Mt 17, 5 “una nube luminosa los cubrió con su sombra” Lc 1, 35 “el poder del altísimo te cubrirá con su sombra”. La “sombra de tus alas” es una expresión que en la liturgia de la Iglesia reviste un significado fundamental: es imagen del Espíritu Santo que como en otros momentos de la Escritura alberga la presencia de Dios y hace posible que lo que es mera naturaleza sea potenciado hasta alcanzar un nivel superior a su condición. Entremos, pues, con espíritu generoso en la celebración invocando con gran confianza la asistencia del Espíritu de nuestro Dios.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, haz que te presentemos una voluntad solícita y estable, y sirvamos a tu grandeza con sincero corazón. Por nuestro Señor, Jesucristo». Esta oración pertenece a la familia de los sacramentarios gelasianos (ss. VIII-IX) y mantenida en el misal romano de 1570. Esta oración está centrada en la voluntad humana como segundo elemento necesario para el servicio divino. El primer elemento es la gracia que antecede, acompaña y sostiene nuestras obras, pero no es violenta sino que necesita, también, de la cooperación del hombre: su voluntad de hacer algo. Esta voluntad, a veces débil e inclinada al mal, se ve fortalecida por el auxilio divino para mejor servir a Dios. La cooperación gracia y voluntad es lo que llamamos, en teología, la “sinergia”, esto es, obrar en conjunto o la cooperación de dos causas.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Señor, estar al servicio de tus dones con un corazón noble, para que, con la purificación de tu gracia, nos sintamos limpios por los mismos misterios que celebramos». Pertenece a la compilación veronense (s. V). El tema central de esta oración no es otro que los dones presentados como posibilidad del misterio celebrado. Me explico: el misterio cristiano no es algo que se desenvuelva en el vacío de lo abstracto sino que se manifiesta y realiza a través de soportes materiales, o lo que es lo mismo, los signos sacramentales (agua, aceite, pan, vino, etc). De este modo, los dones nos mueven a estar al servicio del misterio celebrado y éste puede purificarnos, creando en nosotros un corazón limpio y nuevo.

Antífonas de comunión

«Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre». Del salmo 32, versículos 18 al 19. Con “temor y temblor” (cf. Flp 2,12) deberíamos acercarnos a recibir la Sagrada Comunión al saber que Dios no está mirando a cada uno para entrar en nosotros con todo su amor, poder y misericordia para darnos a pregustar la vida eterna, de tal modo que no temamos el morir sino que lo consideremos una ganancia. En tiempos de hambre de Dios, de dudas de fe o de sequedad espiritual, acercarnos a la comunión es el mejor remedio para dejar que Dios actúe en nosotros reanimando nuestra fe, fortaleciendo nuestra esperanza e informando la caridad.

«El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por muchos». Del Evangelio según san Marcos, capítulo 10, versículo 45. Y esta vida hoy nos llega a través de la recepción de su Cuerpo y Sangre con las disposiciones debidas.

Oración de postcomunión

«Señor, haz que nos sea provechosa la celebración de las realidades del cielo, para que nos auxilien los bienes temporales y seamos instruidos por los eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Excepto la invocación inicial, toda la oración aparece en la compilación veronense (s. V). Con esta oración, buscamos relativizar los bienes temporales, que son terrenos y caducos, para, también, saber hacer un buen uso de ellos. Los bienes materiales no son malos en sí mismos sino en la medida en que ponemos en ellos el corazón y acabamos olvidando los bines celestiales y eternos que deben instruirnos en aquella realidad que hoy nos queda lejos pero que cada día nos está mas cerca.


Visión de conjunto

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Es el único ser sobre la faz de la tierra dotado de alma racional y voluntad de actuación. Esta voluntad del hombre es la que le impulsa a actuar siendo sus actos moralmente buenos o malos en función de su conciencia bien formada según la luz divina que lo alumbra desde el interior, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien” (1704).

La voluntad humana está determinada por la libertad, signo de eminente de la imagen divina en él. Pero tras la caída de Adán, la voluntad humana se vio afectada por la inercia destructora del pecado original. Sus facultades se vieron afectadas y, por tanto, inclinadas hacia el mal y propensas al mal uso de la libertad, como ha recordado el Concilio Vaticano II: “de ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (GS 13,2).

Por este motivo, la voluntad humana en su libre actuar necesita del auxilio de la gracia para enderezar los actos humanos de su inclinación al mal y encaminarlos hacia la búsqueda del bien y la verdad. Así pues, bien determinada la voluntad por la gracia el hombre puede hacer cosas buenas y cooperar con Dios en la obra de la redención. A esta cooperación la llamamos, como ya apuntamos más arriba, la “sinergeia o sinergia” (usaremos esta última).

La sinergia resulta del encuentro entre dos fuerzas: la voluntad de Dios y la voluntad del hombre. En Cristo, hombre perfecto y modelo de todo lo humano, se encontraron ambas dos en la misma persona. Las dos naturalezas de Cristo son perfectas y completas pero no supuso ningún tipo de esquizofrenia en Él puesto que todo estaba determinado por su libre aceptación de la voluntad del Padre, de tal modo, que lo humano en Cristo estaba supeditado a lo divino. En Cristo hay, por tanto, una primera sinergia en la misma persona.

Sin embargo, los humanos solo tenemos una única voluntad, la humana. Para nosotros, la sinergia será aceptar la voluntad divina y cooperar con ella informados por la gracia. Aquí radica una de las diferencias grandes con la teología luterana: mientras que para el pesimismo antropológico de Lutero, solo la gracia es lo que cuenta puesto que el pecado original ha destruido totalmente la voluntad humana y su libre actuación; para la teología católica, la gracia divina no se pierde en el vacío sino que supone la voluntad humana y la potencia para que pueda obrar el bien serle imputado el mérito de Jesucristo. Aquí, a veces, caminamos en la cuerda floja: ¿Qué es de Dios? ¿Qué es mío? Llegados a este punto, solo nos movemos por intuiciones espirituales o mociones internas que nos indican si vamos bien o no, o si hemos acertado o no con nuestras decisiones.

La voluntad del hombre ha de estar encaminada únicamente a buscar hacer la voluntad de Dios. Amar el bien y la verdad y buscarlos denodadamente para, como nos enseña san Ignacio de Loyola, “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor” (EE.EE. 23). Será necesario para este fin invocar cada día la asistencia del Espíritu Santo para que con su luz santísima entre hasta el fondo de nuestra alma y nos enseñe lo que es bueno y recto a nuestra conciencia para que apetezcamos y obremos siempre el bien y lo mejor.

Dios te bendiga

viernes, 1 de septiembre de 2017

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan». Salmo 85, versículos del 3 al 5. Invocar al Señor debe ser una constante en la vida cristiana. Es un acto de fe importante y ¿dónde mejor invocarle que en la santa misa? Pues, efectivamente, a ello nos invita esta antífona de entrada: a entrar decididos en la presencia insondable de aquel que es bueno y clemente y rico en misericordia.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor a tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del misal romano de 1570. La perfección, como como deseo y aspiración del hombre, es la clave para entender las peticiones que esta breve oración contiene: 1. Infundir el amor al nombre de Dios; 2. Alimentar el bien y conservarlo. Solo quien busca en su vida amar a Dios y custodiar este amor como una llama interior va, poco a poco, acercándose a la perfección del Padre, esto es, a ser santo.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, que esta ofrenda santa nos alcance siempre tu bendición salvadora, para que perfeccione con tu poder lo que realiza en el sacramento». Presente en los gelasianos antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Es una oración con claro sentido proléptico (futuro), es decir, la ofrenda santa no es el pan y el vino sino el mismo Señor Jesucristo el único bendito y la bendición misma capaz de alcanzar del trono del Padre la perfección que por nuestros solos medios no podemos obtener.

Antífonas de comunión

«Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen». Del salmo 30, versículo 20. En el momento de recibir la comunión sacramental, cuando contemplamos la blanca Hostia que vamos a comulgar, recordamos la bondad inmensa de Dios que nos tiene preparado siempre un manjar celestial al que nos acercamos por puro amor y reserva divinos.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Del evangelio según san Mateo, capítulo 5, versículos del 9 al 10. Trabajar por la paz en muchas ocasiones conlleva el ser perseguido, incomprendido o denostado por eso esta antífona nos recuerda que solo recibiendo este alimento de vida, el pan de los fuertes, podremos seguir trabajando con denuedo por la consecución de la paz y la vivencia plena de las Bienaventuranzas.

Oración para después de la comunión

«Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Encontramos un eco de la teología de los dos altares: del altar del cielo al altar de la tierra. En el altar de la tierra se realiza y actualiza en el tiempo lo que en la Jerusalén celeste se celebra eternamente. De ahí que la sagrada Hostia no es otra cosa que el alimento del cielo del que disfrutan los ángeles y los santos que ya están en el altar del cielo.


Visión de conjunto

La perfección es un atributo referido solamente a Dios, pues es el único ser acabado que no posee defecto alguno y del cual emanan en resto de perfecciones del mundo. Santo Tomás de Aquino, al esbozar sus cinco vías para la existencia de Dios formuló la cuarta tal que así: “Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas Según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice lo más caliente de lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa del calor de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”.

Antes de seguir debemos hacer una aclaración: las vías de santo Tomás de Aquino no son pruebas que necesariamente remitan a la existencia del Dios judeo-cristiano. Sino que son “pruebas apodícticas”, es decir, que si se siguen podemos llegar a conocer la existencia de un ser supremo, principio y fin de todo cuanto ha existido, existe y existirá pero para que este sea el Dios único y verdadero se necesita la luz de la fe y el testimonio de la revelación.

Así pues, retomando el tema de la cuarta via, podemos decir que hay en las cosas perfecciones transcendentales realizadas en diversos grados, como la perfección de bondad, de verdad, de nobleza y otras”. Hay otras que no admiten grados.

a) Primer grado de la vía: Una perfección realizada en diversos grados es necesariamente causada: las perfecciones como la bondad, verdad, nobleza, etc, por lo mismo que existen participadas en diversos grados tienen que ser causadas por otro ser que posea esas perfecciones en máximo grado.

b) Segundo grado de la vía: quien tiene en máximo grado una perfección pura, es causa de esta perfección en todos aquellos que la poseen en grado inferior: tener una perfección en máximo grado es tenerla por esencia y de un modo fragmentario es poseerla por participación. Este sujeto que la posee por esencia no puede ser más que uno y único.

c) Término final de la vía: “Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”: Así pues, nos encontramos con un ser que es: 1) Superior, perfectísimo, infinito, porque es la plenitud de ser, de verdad, de bondad y de nobleza; 2) Principio y causa de todas las cosas, porque en todas causa el ser, la bondad y las demás perfecciones. Luego existe Dios.

Es la vía por excelencia, ya que en ella se da el paso del ente al ser y de éste al Ser. Parte de la experiencia empírica. Se ve que las criaturas son más o menos perfectas (buenas, verdaderas, nobles, etc.). Por esto, debe existir algo que es en grado máximo bueno, verdadero, y por tanto, perfecto. Este ser es Dios y es perfecto y máximo también en el ser. Es causa de las perfecciones del resto de entes.

Buscar la perfección es un mandato del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Y si antes hemos dicho que Dios es la causa última de todas las perfecciones, solo en la medida que tengamos contacto con Dios y descubramos la acción de su gracia en nosotros iremos adquiriendo esa misma perfección.

Perfección es sinónimo de santidad. Los cristianos no estamos llamados a ser buenas personas, sino a ser santos como Dios es santo. Y para ser santo solo una cosa es necesaria: buscar el hacer la voluntad de Dios cada día de nuestra vida. Pues ánimo, pídelo y búscalo.

Dios te bendiga


viernes, 25 de agosto de 2017

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día». Del salmo 85, versículos del 1 al 3. Al iniciar nuestra celebración del domingo, estos versos pretenden poner palabras a las veces que nos sentimos ahogados por el peso de la vida. En la santa misa es donde mejor podemos descargar nuestro grito de auxilio porque sabemos que es éste, y no otro, donde Dios se inclina para acoger y recoger la súplica confiada de sus hijos. Nuestra alabanza, que sube al cielo, regresa a nosotros en forma de bendición, misericordia y santificación.

Oración colecta

«Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, concede a tu pueblo amar lo que prescribes y esperar lo que prometes, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros ánimos se afirmen allí donde están los gozos verdaderos. Por nuestro Señor Jesucristo». Presente en los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Esta oración pivota sobre dos palabras “amar” y “esperar” los gozos verdaderos pues son tanto lo que se prescribe como lo que se promete. Solo este amor guiado por la esperanza puede mantenernos firmes y en pie en medio de los avatares que nos asaltan en el camino de la vida.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, que adquiriste para ti un pueblo de adopción con el sacrificio de una vez para siempre, concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor». Esta oración, de nueva creación, está centrada en el sacrificio reconciliador de Cristo testimoniado por san Pablo en Col 1,20. ¿En qué consiste esta reconciliación? En los dones de la unidad y de la paz. Unidad y paz, primeramente entre la comunidad humana y consecuentemente entre los miembros de la Iglesia toda por quien se ofrece este sacrificio de alabanza.

Antífonas de comunión

«La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre». Del salmo 103, versículos 13 y del 14 al 15. Esta antífona sintetiza la dimensión cósmica de la liturgia: toda la naturaleza está al servicio del poder y de la manifestación de lo divino y sobrenatural. El pan de los campos y el vino alegre de la vida, puestos en el altar y transformados por la acción del Espíritu Santo, vuelven a nosotros como Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo. De lo puramente natural a lo grandiosamente sobrenatural.

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día, dice el Señor». Tomada de Juan 6, versículos 54. Vuelve a aparecer el evangelio según san Juan como una constante de la acción eucarística. Una vez más se nos vuelve a invitar a saciarnos de estos celestes alimentos que nos dan a pregustar la vida eterna.

Oración para después de la comunión

«Te pedimos, Señor, que realices plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia, y haz que seamos tales y actuemos de tal modo que en todo podamos agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del misal romano de 1570. Esta ha sido la gran aspiración de los personajes más insignes de la Escritura: agradar a Dios en todo. Por conseguir este fin, no dudaron en dejar todo e incluso sacrificar lo que más quisieron. Hoy, el cristiano del s. XXI, debe buscar en medio de “las vicisitudes de este mundo” (o.coll.) el modo y las formas de seguir agradando a Dios con su oración, palabras y obras para ser tales.

Visión de conjunto


La vida nunca es fácil. En el tradicional himno mariano “Salve Regina” se define la vida como “lacrimarum valle (= valle de lágrimas)”. Ciertamente es así pero no del todo. Yo creo que la vida es un  camino de rosas. Si. Hay espinas que pueden punzarnos pero la suave textura de sus pétalos contrasta con la aspereza de éstas. Y todo esto, envuelto en una fragancia aromática que hace las delicias de nuestras pituitarias. Lo que quiero  decir con todo esto es que a veces nos fijamos en la dureza de la vida, en lo mal que esta todo y no percibimos la bondad que Dios va sembrando a nuestro alrededor. Ni ser acríticos optimistas ni agoreros pesimistas sino hombres y mujeres centrados y con ánimo fuerte para capear los malos momentos y disfrutar los buenos.

Quien piense que por ser cristianos se nos tiene ahorradas las vicisitudes de la vida, está muy equivocado. No somos ni más ni menos humanos que otras personas. De carne y hueso como tantos otros. La diferencia está en la vivencia de esas vicisitudes. O vivirlas desde el amor o vivirlas desde el desaliento; o vivirlas desde la esperanza o vivirlas desde la más triste de las desesperaciones. Para el cristiano no hay nada ajeno que no haya padecido o vivido el mismo Señor Jesucristo. Todo acontecimiento humano tiene sentido desde la fe. Todo puede ser vivido desde la unión con Jesucristo.


Necesitamos crecer en este misterio de amor: la unión con Jesús, pues Él nos ha dicho que sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). La unión con Jesús es un movimiento espiritual que nos hace gustar los bienes celestiales y poner todo nuestro empeño en conseguirlos. Para ello es de capital importancia la oración asidua y detenida ante Jesús-Eucaristía. Dado que la contingencia humana no siempre permite la constancia en el bien, es necesario acudir al sacramento de la reconciliación con frecuencia. Pero previamente será necesario un elaborado examen de conciencia para, no solo escrutar nuestra conciencia y los pecados sino también analizar las causas y circunstancias que han rodeado o llevado a esos pecados.

La devoción a María, Madre del Verbo encarnado, será el lazo de amor que ciña todo nuestro culto y amor a Jesucristo. El ejemplo de los santos y la invocación constante a estos reclamando su intercesión nos será de gran valimiento para esta empresa de la vida cristiana que nos disponemos a acometer. No podemos olvidar nuestra obediencia y amor a las directrices y medios que la Iglesia nos ofrece: la liturgia, los ejercicios de piedad y de devoción. Todo esto nos conducirá a una más y perfecta unión con Jesucristo que se traducirá en actitudes morales nuevas: el amor a Dios y el amor al prójimo, sin límites ni miramientos.

Lo dicho: las vicisitudes y dificultades no se nos ahorrarán pero la vivencia de las mismas desde el amor y la esperanza harán que mantengamos siempre firme el ánimo, mientras buscamos nuestra unión con Jesucristo, sentido último de la existencia humana.

Dios te bendiga

viernes, 18 de agosto de 2017

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Fíjate, oh Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa». Del salmo 83, versículos 10 al 11. Cada uno de nosotros somos ese ungido del salmo porque hemos recibido la unción del santo crisma que graba en nosotros la marca indeleble del ser cristiano. Quien recibe esta unción se hace partícipe de la herencia eterna de los hijos de Dios, que no es otra que la de habitar en las moradas celestiales, nuestra verdadera patria. Mientras llega ese feliz momento, el Señor nos permite estar en la antesala del cielo, esto es, la santa misa. Participemos, pues, con gusto de estos santos misterios aspirando a disfrutarlos plenamente en los atrios del cielo.

Oración colecta

«Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde la ternura de tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo». Presente en los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y conservada en el misal romano de 1570. San Pablo en su carta a los Colosenses nos invita a poner los ojos en los bienes imperecederos del cielo porque, a diferencia de los de la tierra, estos no se corroen ni son pasto de las polillas.

Esos bienes celestiales son los que hoy la oración colecta nos recuerda que han sido preparados para nosotros. El tema central de este texto litúrgico es el amor en dos dimensiones: el amor como don divino “infunde la ternura de tu amor…”; y el amor a Dios como motor de la vida cristiana “amándote en todo y sobre todas las cosas”.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta, Señor, nuestras ofrendas en las que vas a realizar un admirable intercambio, para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Aunque breve en su redacción, pues se reflejan las dos características de las oraciones romanas: brevedad y concisión, es bastante profunda en su contenido: en primer lugar, encontramos, de nuevo, el navideño tema del “admirable intercambio”, esto es, el Dios que se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios: Encarnación-Divinización, dos caras de una misma moneda.

Aquí el intercambio es el del natural pan y vino por el sobrenatural Cuerpo y Sangre de Cristo. Estos dones naturales son el objeto de nuestra ofrenda en el altar de la celebración para que al recibir el rocío del Espíritu se conviertan en aquello que recibiremos: en el mismo Jesucristo, sujeto y agente de nuestra divinización como nos indicará la primera antífona de comunión de la misa de hoy.

Antífonas de comunión

«Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa». Del salmo 129, versículo 7. Misericordia y redención son dos vocablos unidos semánticamente en este versículo ya que pretenden reforzar la idea de que Dios es el único salvador. No hay otro más. Esa salvación operada por Jesucristo con su muerte y resurrección se actualiza en el misterio de la Eucaristía y se nos comunica a nosotros por la comunión del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. De este sagrado banquete nos viene hoy copiosamente la misericordia divina y la redención eterna.

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre». Del evangelio según san Juan, capítulo 6, versículo 51. Vuelve hoy la liturgia a traernos el evangelio de Juan para recordarnos que el único alimento que perdura para la vida eterna y tiene, además, la capacidad de saciar nuestra hambre de eternidad es el pan eucarístico.

Oración para después de la comunión

«Después de haber participado de Cristo por estos sacramentos, imploramos humildemente tu misericordia, Señor, para que, configurados en la tierra a su imagen, merezcamos participar de su gloria en el cielo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». De nueva incorporación en el actual misal. Este texto eucológico nos recuerda uno de los frutos inmediatos de la Eucaristía: nos configura cada vez más con Cristo. Comulgar cada domingo no debería convertirse en un acto ritual y rutinario sino en un gesto de amor grande y de agradecimiento aún mayor por los muchos beneficios que recibimos.

La configuración cristológica que experimentamos, progresivamente, en este mundo supone la vía directa para participar de la eternidad, para morar con Cristo en el cielo. No es, pues, como vemos, una gracia que queda aquí en la cotidianidad del mundo sino que nos proyecta a un destino último y eterno que escapa a nuestros pensamientos y, como dijimos anteriormente, “superan todo deseo”.

Visión de conjunto

            Muchas veces se ha venido hablando del amor de Dios a nosotros. Por doquier encontramos mensajes del tipo “Dios te ama”, “Dios te ama tal como eres”. En principio no hay nada que objetar porque es verdad. El amor de Dios por cada uno de nosotros es indiscutible. Pero si solo nos quedáramos en esto, ofreceríamos una visión parcial del mensaje cristiano. Hoy quiero reflexionar con ustedes acerca del amor a Dios, pues amor con amor se paga, aunque ciertamente jamás podremos corresponder, como merece, al amor de Dios.

            Primeramente, para vivir el amor a Dios hemos de colocar la cuestión en su justo término. El amor es, ante todo, un don de Dios. Un don que, junto a la fe y la esperanza, se nos concede en el Bautismo. El amor, junto a la fe y la esperanza, forma la triada llamada “virtudes teologales”. Por tanto, el amor es una virtud que procede de Dios, tiene a Dios como sujeto y se dirige a Dios como destinatario último.

            Así pues, amar a Dios no es algo que dependa de nosotros sino que surge de una gracia especial que Él nos otorga. Solo podremos amarle en cuanto Él nos ama y nos permite amar, como dice el autor de la Primera Carta de Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10).


            Y aquí radica la segunda idea del amor a Dios. Nosotros, por nuestra limitada capacidad, no podemos amar a Dios como Éste merece. Entre su amor y el nuestro hay un abismo tal que nunca podríamos colmar, por eso era necesario que un amor divino pudiera entablar la paz y la reconciliación entre Dios y los hombres. De ahí que el amor a Dios sea el motor de la vida y el sacrificio de Cristo al Padre. Para Cristo amar a Dios es cumplir su voluntad y en medida en que nosotros nos unimos más estrechamente con Cristo nuestro amor a Dios será más pleno y agradable. Cristo es, pues, el que salva la distancia entre el Padre y las criaturas. Por eso era necesario que Él padeciera su Pasión y entrara así en la gloria: para allanar el camino de nosotros, pobres mortales.

            Pero, hoy, ¿cómo podemos amar a Dios? ¿Cómo mostrar nuestro amor a Él? La respuesta la hallamos en la misma escritura: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 59). Es decir, el hombre debe poner en el empeño de amar a Dios toda su persona íntegra y entera. Todas las potencias del alma, todos los afectos del corazón deben volcarse en amar a Dios sin medida alguna. La mayor empresa que podemos hacer en este mundo es la de amar a Dios.

            En primer lugar, hemos de amarle con la adoración sincera. Pero… ¿Qué es adorar? Nos dice el catecismo: “Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso […] Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (cf. CEC 2096-2097).

            En segundo lugar, la celebración, al menos dominical, del santo sacrificio de la misa donde se hace presente el misterio del amor de Dios (santificación) y del amor a Dios (ofrenda). La oración personal también es de capital importancia. Una oración que sea elevación del espíritu hacia Dios, una expresión de nuestra adoración a Dios (cf. CEC 2098). La confesión frecuente y la caridad sin límites, coronarán esta vivencia del amor a Dios.


            
Por el contrario, el Catecismo alerta de aquellas desviaciones que faltan al amor a Dios:
La superstición: la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición. (cf. 2111)
La idolatría: consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf. 2113).
Adivinación y magia: todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios. Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él (cf. 2116-2117).
La irreligión: el primer mandamiento de Dios reprueba los principales pecados de irreligión: 1- La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba, de palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia. El reto que contiene este tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a nuestro Creador y Señor (cf. 2119). 2- El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios (cf. 2120). 3- La simonía se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los Apóstoles, Pedro le responde: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero” (cf. 2121)
El ateísmo: en cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión. En la génesis y difusión del ateísmo “puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo” (GS 19, 3). Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios (GS 20, 1) (cf. 2125-2126).
El agnosticismo: el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso afirmarla o negarla. El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico (cf. 2127-2128).
Así pues, no nos cansemos nunca de amar a Dios y huyamos de todo aquello que pueda ofenderle.
Dios te bendiga



viernes, 4 de agosto de 2017

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR





Antífona de entrada

«Se manifestó el Espíritu Santo en una nube luminosa y se oyó la voz del Padre que dijo: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”». Tomada del relato de la Transfiguración de Mt 17, 5. Esta antífona al inicio de la celebración nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en toda su profundidad. Hoy el Tabor es el templo de Dios donde vuelve a manifestarse la Trinidad hablando, iluminando e invitando a escuchar al Verbo de la vida, Jesucristo, el Señor.

Oración colecta

«Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los que lo precedieron y prefiguraste maravillosamente la perfecta adopción de los hijos, concede a tus siervos que, escuchando la voz de tu Hijo amado, merezcamos ser sus coherederos. Por nuestro Señor Jesucristo». Con algunas variantes, se ha tomado de la del misal romano de 1570. El acontecimiento de la Transfiguración se sitúa al final de la vida pública de Cristo como prólogo a su pasión, muerte y resurrección, de ahí que sirva como confirmatorio de la predicación y milagros operados por Él; y para hacer ver que estos misterios dan cumplimiento a las antiguas profecías, Moisés y Elías son sus garantes.

La fiesta de hoy nos sitúa ante lo que el Bautismo realiza en cada uno de nosotros, que está bastante bien expresado en el rito de la imposición de la vestidura blanca, sabiendo que esto que se efectúa en germen un día brotará cuál planta frondosa en la eternidad.

Oración sobre las ofrendas

«Te rogamos, Señor, que santifiques la ofrenda que te presentamos en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito y que, con los resplandores de su luz, nos limpies de las manchas de los pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Nos preparamos para entrar en el corazón de la misa. El Tabor del altar se dispone para acoger una nueva manifestación de la gloria del “kyrios” (= Señor).

La liturgia hace un requiebro mistagógico usando la imagen de los rayos luminosos que desprende el cuerpo transfigurado de Cristo como imagen del Espíritu Santo que hace que los dones presentados sean algo más que pan y vino y que los fieles sean purificados de sus pecados.

Antífona de comunión

          «Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Tomada de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3, versículo 2. En el misterio de la Transfiguración Cristo se ha manifestado en toda su gloria y divinidad dándonos a conocer el destino último del que participaremos al final de los tiempos, pero mientras tanto, mientras dura el tránsito por este mundo, la peregrinación de esta vida, este misterio se nos da por anticipado en la Sagrada Comunión “prenda de la gloria futura”.

Oración para después de la comunión

            «Que el alimento celestial que hemos recibido, Señor, nos transforme en imagen de tu Hijo, cuya claridad has querido manifestarnos en su gloriosa Transfiguración. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. Este texto sintetiza todo lo destilado de los textos precedentes: la Transfiguración como transformación personal del cristiano que debe transparentar a Cristo y como la Eucaristía no solo es manifestación de la gloria del Señor Jesucristo, sino alimento que nos transforma y adelanta el destino que nos tiene reservado al final de los tiempos.


Visión de conjunto

A lo largo del año, la liturgia conmemora por dos veces el misterio de la Transfiguración: una en cuaresma y la otra en el tiempo ordinario. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué esta duplicación? ¿Si es el mismo misterio cuál es la diferencia? La diferencia es la siguiente: la Cuaresma es un tiempo litúrgico autónomo que imprime un carácter penitencial y austero al tiempo cristiano y, por tanto, de alguna manera condiciona todas las fiestas y misterios que se albergan en él, como es el caso de la Transfiguración del Señor que se conmemora el II Domingo de Cuaresma donde el acento no está tanto en el misterio en sí sino en el camino hacia la gloria emprendido por Cristo y la necesidad de escuchar con atención al Hijo del Padre. Por otra parte, el Tiempo Ordinario no ofrece ninguna continuidad que determine el tiempo sino que se ve salpicado por domingos, memorias, fiestas y solemnidades, que no se demandan unas a otros, sino que son autónomas e independientes; esto supone que el 6 de agosto sea una fiesta centrada en el misterio de la Transfiguración, propiamente, y las consecuencias teológico-morales que de él se desprenden.

Esta fiesta pretende ser también un puente de unión entre el oriente cristiano y el occidente, ya que su origen lo hallamos en Bizancio aunque La fiesta de la Transfiguración del Señor se venía celebrando desde muy antiguo en las iglesias de Oriente y Occidente, pero el papa Calixto III, en 1457 la extendió a toda la cristiandad para conmemorar la victoria que los cristianos obtuvieron en Belgrado, sobre Mahomet II, orgulloso conquistador de Constantinopla y enemigo del cristianismo, y cuya noticia llegó a Roma el 6 de agosto. Aún así, para la liturgia romana, este misterio del Señor ha quedado en esa categoría litúrgica de “fiesta” mientras que en la Iglesia de Oriente se celebra como gran solemnidad.

La Iglesia hoy se reviste, nuevamente, de luz. De una luz que le viene de lo alto, de los misterios que celebra en el altar. Hoy se nos invita a contemplar la que será, un día, imagen perfecta del cristiano y de la Iglesia. A los nueve días de celebrar la Transfiguración, la Iglesia ve realizada su vocación eterna en la Asunción de María, fruto primero de los méritos de Cristo y consecuencia lógica de aquella que, en virtud de estos, nació sin mácula de pecado original y vivió sin acometer pecado personal. La fiesta del 6 de agosto y del 15 está unidas muy estrechamente en lo que se refiere a nosotros, pues no podemos olvidar que Cristo y María están mutuamente implicados en la redención humana, si bien ésta de manera subordinada al Hijo, pero participe igualmente.

Ánimo y a vivir espiritualmente lo mejor posible esta fiesta del año litúrgico.

Dios te bendiga

miércoles, 24 de mayo de 2017

LA ORDENACION EPISCOPAL (II)


La eucología de la misa de ordenación episcopal
               Hoy abordaremos las oraciones propias de la misa de la ordenación episcopal, para ver qué y cómo es un obispo según lo describe la liturgia de la Iglesia


A) Antífona de entrada

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón». Centonización de Lc 4,18. La celebración eucarística se abre con este versículo del evangelio de Lucas. Será la tercera persona de la Trinidad quien descienda en la celebración sobre el candidato al episcopado para otorgarle la gracia septiforme.

En esta antífona se señalan las dos primeras preocupaciones que tienen que anidar en el corazón de un obispo: la primera será la evangelización de los pobres. Para el Evangelio, los pobres no son solo una categoría social o económica sino que abarca a todo hombre que está lejos de Dios, la mayor pobreza que pueda pensarse. Pero hoy, los pobres necesitan volver a conocer a Jesucristo.

La segunda preocupación es la de “curar a los contritos de corazón”. En estos tiempos que corren, la Iglesia esta llamada, precisamente con sus obispos a la cabeza, a sanar las heridas que afligen a los hombres y mujeres de este mundo. En un mundo dividido por las guerras, conflictos de todo tipo, por ideologías deshumanizadoras, la Iglesia se presenta como un “hospital de campaña” cuya mayor y única medicina es el mismo Jesucristo a quien el obispo hace presente, por su ministerio en la Iglesia.

B) Oración colecta

«Oh Dios, que por pura generosidad de tu gracia, has querido poner hoy al frente de tu Iglesia de Plasencia, a tu siervo, el presbítero José Luis, concédele ejercer dignamente el ministerio episcopal y guiar por la palabra y el ejemplo, bajo tu amparo, la grey que le has confiado. Por nuestro Señor Jesucristo». En primer lugar se destaca que la llegada de un nuevo obispo a una diócesis es un acto de la generosa providencia de Dios.

En segundo lugar, se pide, para él, ejercer un recto gobierno; y ser testimonio vivo de palabra y obra del amor de Dios. Todo ello porque el obispo debe ser el referente moral para todo el pueblo de Dios, de ahí que su responsabilidad ante Dios sea más grave que la de cualquier otro cristiano.

También en esta oración se percibe el vínculo territorial del obispo. El obispo (Jose Luis) es para una diócesis en concreto (Plasencia). Y es precisamente, como luego expondremos, esta porción del Pueblo de Dios quien demanda aquello que más necesita en estos momentos: un Pastor que le guíe por los caminos del Evangelio.

C) Oración sobre las ofrendas

«Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de alabanza para que aumentes en mí el espíritu de servicio y lleves a término lo que me has entregado sin méritos propios. Por Jesucristo, nuestro Señor». El nuevo obispo celebra su primera misa como pastor de una grey determinada. Es justo que en esta misa todo el pueblo se una en esta gracia demandada: orar por el nuevo obispo. Su misión y ministerio es algo que no puede realizar por sí mismo, solo y con sus solas fuerzas, sino que necesita de la ayuda y oración de todo el pueblo de Dios.

Esta intención encierra un claro mensaje para toda la grey: quien está unido en oración y en la celebración litúrgica del obispo, obtiene unos vínculos espirituales fuertes con éste que le deben llevar a cooperar con él en la evangelización de los pobres y en la sanación de los corazones atribulados. Esta intención se desarrollará en la tercera aclamación de la bendición final, como luego veremos.

El texto eucológico, a pesar de poner en boca del nuevo obispo esta intención personal por él mismo, quiere ser también una cura de humildad del mismo ya que le ofrece dos ideas interesantes que el obispo, y todo el pueblo, debe tener muy en cuenta: 1. Para que aumente en el obispo el espíritu de servicio y 2. El ministerio le ha sido entregado sin méritos propios. En definitiva, el ministerio episcopal es, en palabras de san Juan Pablo II “don y tarea” (mensaje para la jornada de la juventud, 1998).

D) “Hanc igitur” propio

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; te la ofrecemos también por tu siervo José Luis, a quien te has dignado promover al orden episcopal; conserva en él tus dones para que fructifique lo que ha recibido de tu bondad». Ya está presente en la compilación Veronense (s. V) y en el sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII). Llamamos "Hanc igitur" a los fragmentos que se introducen en el canon de la misa o en la plegaria eucarística y que varía según la fiesta o el tiempo litúrgico.

Este texto fue incluido, desde muy antiguo, en la plegaria eucarística, en concreto, en el canon romano, que es el texto que debe usarse en esta solemne celebración. Pues no sería lógico que quien se ordena por el rito romano, como obispo del rito romano, no use la plegaria propia y original del rito romano (la redundancia es a propósito).

El concelebrante respectivo, pide para el nuevo obispo, que los dones del Santo Espíritu permanezcan siempre en el sujeto concreto y den fruto que redunden en beneficio propio y de la comunidad. Los dones que se reciben de parte de Dios tiene dos fines: construir la comunidad de la Iglesia y la salvación eterna del sujeto que los recibe.

E) Antífona de comunión

«Padre santo, santifícalos en la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo, dice el Señor» tomada de Jn 17, 17-18. Una vez que ha sido ordenado, el nuevo obispo celebra por vez primera la Eucaristía en su catedral con la grey que el Señor le ha confiado. Es el neo-obispo quien recibe, en este momento, el encargo de alimentar al pueblo con el alimento de vida eterna, con el banquete del Reino. Pero la antífona de comunión recuerda al obispo que, junto a la Eucaristía, debe alimentar, también, al pueblo con la Verdad, fuerza santificadora que es el mismo Jesucristo.

F) Oración de pos comunión

«Te pedimos, Señor, que realices plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia, y nos hagas ser compasivos de tal modo que en todas nuestras obras podamos agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor» la primera parte de la oración es del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII).

Tanto el pastor como el rebaño necesitan del auxilio divino para cumplir con su deber de agradar a Dios con una vida santa. El auxilio divino no es otro sino el Espíritu Santo que nos comunica, por su medio, la misericordia del Padre. Este mismo espíritu ha de generar en el pastor sentimientos profundos de compasión respecto de su grey. Compasión, como ya se sabe, significa “padecer con”, estar al lado de aquel que sufre en su cuerpo y en su espíritu. Vivir desde esta óptica supone, en el fondo, realizar obras que agradan a Dios. Para agradar a Dios, el obispo debe seguir la pauta indicada por san Pablo para todos los cristianos en su carta a los romanos «Presentad vuestros cuerpos como Hostia viva, agradable a Dios» (cf. 12,1).

El sacrificio de una vida entregada a la administración del perdón y de la indulgencia, de la caridad activa y sincera, de la unción y de la crismación, de la consagración y de la ordenación, es una vida entregada a agradar a Dios. Es la vida de un obispo que ama a su grey. Con cada uno de estos actos, en la vida del obispo se hace realidad lo que la liturgia de pastores dice en su responso: «este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo».

G) Bendición final

«Oh Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo diriges con amor, concede el Espíritu de la sabiduría a quienes confiaste la misión del gobierno en tu Iglesia, para que el progreso de los fieles santos sea el gozo de sus pastores. Amén». Esta primera invocación de la bendición está centrada en el gobierno de la Iglesia, en el munus regendi que el obispo debe ejercer. El nombre de Dios viene acompañado por dos verbos que describen el gobierno de Éste como modelo para el obispo: “cuidas” y “diriges”. Es el Dios-Pantókrator, el Dios providente, quien marca la pauta de acción gubernativa: el obispo debe cuidar con misericordia y dirige con amor a su diócesis. Para esta sagrada misión, el obispo, del mismo modo que hiciera Salomón (cf. 2 Cro 1, 10) pide el don de la sabiduría para ejercerla con generosidad. Pero el gobierno viene marcado en una dirección concreta: el progreso en la santidad. Y éste y no otra cosa ha de ser el gozo del obispo.

«Tú que, con el poder de tu gloria ordenas el número de nuestros días y la duración de los tiempos, dirige benévolo tu mirada sobre nuestro humilde ministerio y concede a nuestro tiempo la abundancia de tu paz. Amén». Para realizar un buen gobierno no solo es necesario obtener sabiduría y cuidar con amor al pueblo, sino también, tener un tiempo propicio para que los planes y directrices del gobierno se vayan cumpliendo. Si anteriormente dijimos que el modelo de gobierno para un obispo es el Dios-Pantókrator, en esta segunda invocación de la bendición fijamos la mirada en el Dios-kronókrator, es decir, en Dios que ordena y dispone la sucesión de las horas y los días. Precisamente, el Señor de la historia, el alfa y la omega, es el que dispone un nuevo tiempo para la diócesis con la llegada de un nuevo obispo. Y ojalá, según se nos invita a orar, sea un tiempo de paz, es decir, un tiempo en que se prolongue la reconciliación entre Dios y los hombres.

«Ayúdame también con los dones que, por tu gracia, has puesto en mí, y pues me has elevado al orden episcopal concédeme agradarte con la perfección de las obras; que el corazón del pueblo y del obispo tengan un mismo querer, de tal manera que al pastor no le falte la obediencia de su grey, y a la grey no le falte el cuidado del pastor. Amén». La tercera y última invocación recoge una perfecta síntesis de toda la teología del formulario litúrgico de la misa para la ordenación de un obispo: Dios es quien pone las gracias pertinentes en medio de la indignidad y torpeza de los candidatos; será Dios, por tanto, quien haga del obispo, si este se deja, un verdadero pastor, transparencia del verdadero y único Pastor, Jesucristo. La perfección viene por la obra del Paráclito en el corazón de los creyentes. Será la tercera persona de la Trinidad quien mueva el corazón, la mente y la voluntad de pastores y grey hacia un mismo querer donde todos coincidan. Y este querer no será otro que el de hacer la voluntad de Dios, siempre y en todo lugar.

Por último, como si fuera un eco que ha de quedar, la bendición aborda el tema de la relación cuidado-obediencia entre pastores y fieles. Al primero le compete la labor de estar solícito ante las necesidades de los distintos miembros del pueblo de Dios pero esto no le exime de dejarse cuidar por éste; porque puede darse el caso de que el obispo haga cosas por el pueblo pero sin el pueblo. Respecto de la grey, tiene el deber sincero de ser obediente a las directrices de su pastor, como si del mismo Cristo se tratase, pues no puede hacerse nada sin obispo (=nihil sine episcopo), el pueblo debe cuidar de su pastor y hacerle ver el error si éste se equivocara, pero no puede caer en la tentación de querer marcar ninguna agenda al obispo, de decirle lo que debe o no hacer.

Dios te bendiga