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sábado, 16 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (II)


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Avanzando en el camino cuaresmal hacia la Pascua, el segundo domingo de Cuaresma siempre nos permite un alto gozoso para poder contemplar uno de los acontecimientos más hermosos de la historia de la salvación: la transfiguración del Señor. Este pasaje evangélico viene a dar cumplimiento a aquella invitación que el salmo responsorial nos hacía: “Buscad mi rostro”. Buscad un rostro transfigurado, nuevo, dispuesto a ir a Jerusalén para celebrar la Pascua de la muerte y de la resurrección.

En la primera lectura de este domingo encontramos a un Dios que se compromete con el hombre. Un Dios que hace promesas creíbles y que deberá cumplir. Y para ello no duda en establecer este pacto con Abrán usando un rito propio de las tribus nómadas: partiendo animales en dos mitades y cruzando entre ambas invocando sobre si mismo la suerte de las bestias sacrificadas si no se cumpliera el pacto. Vemos, pues, que Dios se empeña del todo y sin cortapisas.

La promesa hecha a Abrán puede resumirse en aquellas necesidades primarias de todo hombre y de toda civilización: descendencia y tierra. Tener una familia y tener una propiedad personal para poder vivir es algo que capacita y realiza al hombre. Es más, la propia familia y la propiedad privada son garantía de independencia y de libertad. Es por eso que, como se ha ido repitiendo a lo largo de la historia, todos los regímenes políticos que han pretendido restar libertad al individuo han querido desarraigarlo de su tierra, mediante la emigración, la expropiación; y han querido hacer leyes de injerencia en la familia: controlando la educación de los niños, eliminando la libertad de elección de centro, o con políticas antinatalistas. Frente a ello, la Iglesia ha desarrollado una acertada Doctrina Social donde prima el valor de la familia como Iglesia doméstica y primera célula de la sociedad, donde se aprenden valores espirituales y humanizadores; y donde se expone el recto uso de los bienes personales atendiendo a la propiedad privada y a la comunicación de los bienes.


Dios con esta doble promesa quiere garantizar el recto y libre desarrollo de la vida de los hombres y de los pueblos para que generen trabajo y riqueza y cooperan, de este modo, con Él en la obra de la Creación. Es por ello que solo cuando el hombre vive y trabaja en libertad y en condiciones adecuadas encuentra en su labor una rica fuente de crecimiento espiritual y de santificación: se santifica a si mismo, santifica el trabajo y santifica a los demás con su trabajo. Si estas condiciones se aseguran por parte del Estado y evitan a los hombres cualquier tipo de temor o de miedo a perderlas el progreso humano y material de los pueblos estará garantizado, de lo contrario se revivirán episodios tristemente acaecidos en épocas pretéritas.

La llamada a la libertad de la Pascua de Cristo hace necesaria, por tanto, la concreción de condiciones libres y de hombres y mujeres libres que amen, con esa misma libertad a Dios y puedan experimentar así su gloria y su compasión. En este sentido, hermanos, el pasaje de la Transfiguración nos invita a abandonar comodidades, a no caer en sueños vanos como los apóstoles y bajar presurosos a la Jerusalén del mundo donde Dios sigue celebrando su Pascua entre los afanes cotidianos y las tareas hodiernas.

Somos, en verdad, como recuerda san Pablo, ciudadanos del cielo, pero precisamente por eso debemos ser aun más ciudadanos de nuestras polis, de nuestros pueblos, barrios, calles y plazas para transformar éstas a imagen de la Jerusalén del cielo. Es, hermanos, nuestra responsabilidad más acuciante: si somos libres para amar a Dios hemos de ser igual de libres para amar al mundo y a sus habitantes.

Ojalá que el Tabor de este domingo nos reconforte en las duras luchas de la vida para ser cada día más libres para trabajar con denuedo y transformar este mundo que tanto necesita de nuestro testimonio. Así sea.

sábado, 24 de febrero de 2018

POR LA OBEDIENCIA A LA GLORIA


HOMILIA DEL II DOMINGO DE CUARESMA



Queridos hermanos en el Señor:

            Si el domingo pasado éramos llevados por el Espíritu al desierto, lugar inhóspito y alejado de Dios para enfrentarnos a las fuerzas del mal; en este segundo domingo de Cuaresma es Jesús quien nos toma de la mano y nos lleva a lo alto de una montaña, lugar del encuentro con Dios y espacio donde se producen las grandes teofanías.

            Abrahán sube a la montaña a sacrificar a su hijo Isaac, por mandato divino; y será allí, en lo alto del monte donde Dios le sale al paso impidiéndole dar muerte a su hijo y estableciendo una alianza con él: la descendencia numerosa que se prolongará por todas las edades. La obediencia de Abrahán era el verdadero sacrificio y no tanto el de Isaac que fue indultado. Del mismo modo, para nosotros la obediencia a las disposiciones divinas, a los mandatos divinos supone un verdadero sacrificio agradable a Dios. Esta es la cuestión: obedecer siempre cuesta, sobre todo, cuando supone afrontar circunstancias difíciles y desagradables en la vida: una muerte, una enfermedad, una situación precaria, etc. y aquí se pone en juego toda la dinámica espiritual, la fe se pone en jaque y solo una especial intervención divina puede darnos alivio y consuelo, así como impedir errar el camino.

            Sin embargo, como hemos recordado otras veces, nada hay en nuestra vida que le sea ajeno al corazón de Dios. Si el monte de Abrahán suponía obediencia y sacrificio, el monte donde Jesús nos lleva es lugar de gloria y revelación. La Transfiguración es cambio de forma, es transformación a un estado superior. Jesús, asumiendo lo humano en su encarnación y el polvo del camino en su vida pública, sube a la montaña alta y allí se transfigura delante de los tres discípulos más íntimos. Jesús en su transfiguración da una nueva iluminación, un nuevo sentido a todas las realidades humanas, los mismos vestidos que habían logrado la curación de enfermos con solo tocarlos, ahora se vuelven de un blanco deslumbrante. La Transfiguración, pues, en último término, es anticipo del estado  de exaltado y glorificado de Cristo tras su muerte en Cruz.


            Tras el sufrimiento de la obediencia viene la paz de la gloria, expresada por la intervención incauta de Pedro “¡qué bien se está aquí!”. Ciertamente, solo cuando nos abandonamos en Dios podemos encontrar y gozar de la verdadera paz y bienestar. Solo quien se deja envolver por la nube del Espíritu Santo y guiar por la voz del Padre que nos invita a reconocer a Jesús como el Unigénito Hijo de Dios y Dios verdadero, puede caminar por el país de la vida sin temor a verse separado del amor de Dios. Es importante dejar que Jesús tome nuestra vida y la transfigure, la cambie de forma haciéndola más santa y religiosa, preocupada por agradar a Dios mediante la vivencia activa de la caridad con los más pobres y enfermos.

            Así pues, queridos hermanos, subamos con ánimo al monte de la Salvación y dejémonos iluminar interiormente por la luz transfigurante del Señor a quien, resucitado de entre los muertos, podremos contemplar tal cual es, glorificado y exaltado a la diestra del Padre. En definitiva obediencia y gloria son las dos caras de una misma moneda, tanto en la vida de Cristo como en la de cada cristiano particular. Queda, tan solo, vivirlo en medio de dificultades, pero poniendo nuestro pensamiento y corazón en quien sabemos que no se ahorró nada para darnos la verdadera vida, la vida eterna.

Dios te bendiga

viernes, 23 de febrero de 2018

SUBSIDIO LITÚRGICO


II DOMINGO DE CUARESMA


MONICIÓN DE ENTRADA

Queridos hermanos:

Hoy toda la liturgia está centrada en el rostro resplandeciente de Cristo, contemplado así en la Transfiguración. En la Sagrada Escritura hay una insistencia en que busquemos a Dios, con valentía y ánimo. El itinerario cuaresmal persigue este fin: ver el rostro glorificado de Jesucristo en la mañana de la Resurrección. Pero mientras llega ese día, Jesús nos lleva hoy al Tabor para anticipar su gloria. La misa que celebramos es actualización, también, de ese misterio. Hoy nuestro Tabor no es otro que el altar, donde Cristo, bajo los velos del pan y del vino, vuelve a mostrar su gloria ante nuestros ojos. Contemplémosle desde la fe. [Al comenzar la celebración pongámonos en pie y unidos al canto recibamos al sacerdote y los ministros].


MONICIÓN A LA LITURGIA DE LA PALABRA

La primera y segunda lectura forman una unidad: el sacrificio exigido por Dios a Abrahán, que culmina con el rescate de su hijo Isaac, se ve completada por la afirmación de la Carta a los Hebreos “Dios no perdonó a su propio Hijo”. La Iglesia en el salmo canta la voluntad del hombre de querer vivir siempre en el país de la vida que nos garantiza el mismo Jesucristo, a quien hoy, como los discípulos, también nosotros vislumbramos en su gloria anticipada en la Transfiguración.


ORACIÓN DE LOS FIELES

Al subir al monte Tabor para contemplar la gloria del Hijo unigénito de Dios, hemos recibido el mandato de escucharlo. Así pues, abriendo nuestros oídos a sus Palabras le invocamos con fe:

R/ Señor, escúchanos, Señor, óyenos.

1)      Para que la gracia de Dios brille las Iglesias desunidas y las transfigure. Oremos.

2)      Para que no cesemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra que sale de la boca de Dios. Oremos.

3)      Para que busquemos contemplar un día la gloria del Resucitado. Oremos.

4)      Para que tendamos siempre hacia los bienes eternos. Oremos.

5)      Para que la gracia de Dios brille sobre nosotros y la Pascua nos transfigure. Oremos.

Padre de bondad, lleguen nuestras súplicas hacia ti por la eterna intercesión de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


MONICIÓN FINAL

Hermanos, hoy hemos visto, anticipadamente, la gloria de nuestro Señor a quien debemos amar y escuchar con atención. Podéis ir en paz.

sábado, 5 de agosto de 2017

Y SE TRANSFIGURÓ DELANTE DE ELLOS


HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


Queridos hermanos en el Señor:

El tiempo ordinario en que nos encontramos esta jalonado de fiestas, memorias y solemnidades referidas al Señor o a su Madre o a los santos que pretenden hacernos ver que el Misterio de Cristo no queda perdido en el tiempo sino que se concreta en la vida de muchos testigos que han dejado transparentar la luz del misterio pascual en sus vidas.

En este domingo, la secuencia del tiempo ordinario se ve interrumpida por una fiesta especial en el calendario litúrgico: especial por dos motivos: por ser un misterio de luz del Señor, donde Cristo se nos muestra con toda su gloria, poder y divinidad; y segundo motivo, por ser una fiesta que une a la Iglesia de oriente con la de occidente. Es, por tanto, en este sentido, una fiesta ecuménica.

A diferencia de la Cuaresma, donde la Transfiguración es el prólogo de la pasión del Señor y el acento se pone en la necesidad de escuchar la voz de Cristo en medio del desierto cuaresmal; la fiesta de hoy  quiere situarnos en la contemplación estática del misterio de Cristo glorioso, el Kyrios (= Señor) que vive en su Iglesia y que vuelve a manifestarse como tal en la celebración de la liturgia, haciendo del altar un nuevo Tabor.

La fiesta de la Transfiguración, hoy día, quiere recordarnos la esencia más profunda de nuestra religión católica: la trascendencia, es decir, ir más allá de los velos que la realidad impone. Podemos correr el riesgo de reducir la fe a un puro sentimiento de tal manera que la religión se desvanece en el ir y venir de lo que experimentamos o no. El problema de todo es el haber perdido el sentido de la trascendencia. Solo vivimos para el placer, el bienestar, la salud y el dinero olvidando, irremediablemente, que el ser humano se distingue del reino animal porque tiene alma. Un alma que necesita ser nutrida por la gracia, que necesita el alimento espiritual que le proporcionan los sacramentos. Y como consecuencia de haber perdido este horizonte, acabamos acudiendo a tarotistas, nigromantes, ouija, espiritismo, etc. Todo para saciar la sed de trascendencia que nuestra alma requiere y nosotros le negamos. Al fin y al cabo, en lugar de darle agua pura y cristalina le damos el peor de los venenos que la abocan, irremediablemente, a morir.

El misterio de la Transfiguración nos ofrece el destino último del cristiano: ser transformados a imagen perfecta de Cristo para participar de su divinidad. Esta meta última de la vida supone la realización plena de las profecías antiguas, del empeño humano de ser como Dios. A diferencia de la serpiente del Génesis, Cristo nos ofrece una verdadera y plena divinización con Dios y nunca sin Él. Pero no creáis, hermanos, que esto es una especie de premio reservado para el final de la vida. No. En nosotros, la Transfiguración es un proceso que se inicia en el bautismo y que va desarrollándose en la vida mediante la vivencia de las virtudes teologales y el cumplimiento de los compromisos bautismales o de la vida cristiana. De esta manera, con la muerte esta progresiva divinización va llegando a su punto final, pues vivimos para siempre en Dios, participando de su vida divina, por toda la eternidad.

De este modo, hermanos, vemos que no somos un producto de la pura y desnuda bilogía; que nuestra vida no es fruto de la casualidad ni el devenir de los astros. No. Cada uno de nosotros, somos algo más que la realidad que vemos y sentimos; somos queridos por Dios, llamados por su voluntad a existir. Cuando estamos a punto de acercarnos al Tabor del altar, debemos disponer nuestro corazón para volver a confesar nuestra fe en Cristo, muerto resucitado. Volver a experimentar el gozo de su compañía que hizo exclamar al apóstol Pedro “Maestro qué bien se está aquí”.

Caminemos, pues, hermanos, con plena confianza al Tabor para encontrarnos con el Dios y hombre verdadero que al igual que el cambió sus vestiduras en un blanco deslumbrante, hoy quiere transformarnos en hombres y mujeres renovados por su gracia para dar testimonio de su amor, poder y gloria en medio del mundo. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 4 de agosto de 2017

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR





Antífona de entrada

«Se manifestó el Espíritu Santo en una nube luminosa y se oyó la voz del Padre que dijo: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”». Tomada del relato de la Transfiguración de Mt 17, 5. Esta antífona al inicio de la celebración nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en toda su profundidad. Hoy el Tabor es el templo de Dios donde vuelve a manifestarse la Trinidad hablando, iluminando e invitando a escuchar al Verbo de la vida, Jesucristo, el Señor.

Oración colecta

«Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los que lo precedieron y prefiguraste maravillosamente la perfecta adopción de los hijos, concede a tus siervos que, escuchando la voz de tu Hijo amado, merezcamos ser sus coherederos. Por nuestro Señor Jesucristo». Con algunas variantes, se ha tomado de la del misal romano de 1570. El acontecimiento de la Transfiguración se sitúa al final de la vida pública de Cristo como prólogo a su pasión, muerte y resurrección, de ahí que sirva como confirmatorio de la predicación y milagros operados por Él; y para hacer ver que estos misterios dan cumplimiento a las antiguas profecías, Moisés y Elías son sus garantes.

La fiesta de hoy nos sitúa ante lo que el Bautismo realiza en cada uno de nosotros, que está bastante bien expresado en el rito de la imposición de la vestidura blanca, sabiendo que esto que se efectúa en germen un día brotará cuál planta frondosa en la eternidad.

Oración sobre las ofrendas

«Te rogamos, Señor, que santifiques la ofrenda que te presentamos en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito y que, con los resplandores de su luz, nos limpies de las manchas de los pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Nos preparamos para entrar en el corazón de la misa. El Tabor del altar se dispone para acoger una nueva manifestación de la gloria del “kyrios” (= Señor).

La liturgia hace un requiebro mistagógico usando la imagen de los rayos luminosos que desprende el cuerpo transfigurado de Cristo como imagen del Espíritu Santo que hace que los dones presentados sean algo más que pan y vino y que los fieles sean purificados de sus pecados.

Antífona de comunión

          «Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Tomada de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3, versículo 2. En el misterio de la Transfiguración Cristo se ha manifestado en toda su gloria y divinidad dándonos a conocer el destino último del que participaremos al final de los tiempos, pero mientras tanto, mientras dura el tránsito por este mundo, la peregrinación de esta vida, este misterio se nos da por anticipado en la Sagrada Comunión “prenda de la gloria futura”.

Oración para después de la comunión

            «Que el alimento celestial que hemos recibido, Señor, nos transforme en imagen de tu Hijo, cuya claridad has querido manifestarnos en su gloriosa Transfiguración. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. Este texto sintetiza todo lo destilado de los textos precedentes: la Transfiguración como transformación personal del cristiano que debe transparentar a Cristo y como la Eucaristía no solo es manifestación de la gloria del Señor Jesucristo, sino alimento que nos transforma y adelanta el destino que nos tiene reservado al final de los tiempos.


Visión de conjunto

A lo largo del año, la liturgia conmemora por dos veces el misterio de la Transfiguración: una en cuaresma y la otra en el tiempo ordinario. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué esta duplicación? ¿Si es el mismo misterio cuál es la diferencia? La diferencia es la siguiente: la Cuaresma es un tiempo litúrgico autónomo que imprime un carácter penitencial y austero al tiempo cristiano y, por tanto, de alguna manera condiciona todas las fiestas y misterios que se albergan en él, como es el caso de la Transfiguración del Señor que se conmemora el II Domingo de Cuaresma donde el acento no está tanto en el misterio en sí sino en el camino hacia la gloria emprendido por Cristo y la necesidad de escuchar con atención al Hijo del Padre. Por otra parte, el Tiempo Ordinario no ofrece ninguna continuidad que determine el tiempo sino que se ve salpicado por domingos, memorias, fiestas y solemnidades, que no se demandan unas a otros, sino que son autónomas e independientes; esto supone que el 6 de agosto sea una fiesta centrada en el misterio de la Transfiguración, propiamente, y las consecuencias teológico-morales que de él se desprenden.

Esta fiesta pretende ser también un puente de unión entre el oriente cristiano y el occidente, ya que su origen lo hallamos en Bizancio aunque La fiesta de la Transfiguración del Señor se venía celebrando desde muy antiguo en las iglesias de Oriente y Occidente, pero el papa Calixto III, en 1457 la extendió a toda la cristiandad para conmemorar la victoria que los cristianos obtuvieron en Belgrado, sobre Mahomet II, orgulloso conquistador de Constantinopla y enemigo del cristianismo, y cuya noticia llegó a Roma el 6 de agosto. Aún así, para la liturgia romana, este misterio del Señor ha quedado en esa categoría litúrgica de “fiesta” mientras que en la Iglesia de Oriente se celebra como gran solemnidad.

La Iglesia hoy se reviste, nuevamente, de luz. De una luz que le viene de lo alto, de los misterios que celebra en el altar. Hoy se nos invita a contemplar la que será, un día, imagen perfecta del cristiano y de la Iglesia. A los nueve días de celebrar la Transfiguración, la Iglesia ve realizada su vocación eterna en la Asunción de María, fruto primero de los méritos de Cristo y consecuencia lógica de aquella que, en virtud de estos, nació sin mácula de pecado original y vivió sin acometer pecado personal. La fiesta del 6 de agosto y del 15 está unidas muy estrechamente en lo que se refiere a nosotros, pues no podemos olvidar que Cristo y María están mutuamente implicados en la redención humana, si bien ésta de manera subordinada al Hijo, pero participe igualmente.

Ánimo y a vivir espiritualmente lo mejor posible esta fiesta del año litúrgico.

Dios te bendiga

sábado, 11 de marzo de 2017

¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUI!



HOMILIA DEL II DOMINGO DE CUARESMA






Queridos hermanos en el Señor: Si el primer domingo de cuaresma nos llevaba al desierto para enfrentar la tentación de desertar del amor de Dios, el segundo nos traslada a una montaña alta para reafirmarnos en la identidad divina de Jesucristo, el perfecto modelo de amor a Dios.



Lo peor que puede ocurrirnos en la vida es quedarnos encerrados en algún sitio. No se si ustedes han tenido alguna vez esta experiencia claustrofóbica pero un servidor, que por descuido y temeridad la ha padecido más de una vez, no se la recomienda. Es la sensación de opresión, de todo se acaba, no hay nada al otro lado, nadie me oye ni nadie podrá socorrerme. La angustia y el pánico se ciernen sobre la psique hasta el punto de buscar una calma que no hay y difícilmente llegará. Solo cuando, al cabo del tiempo y los intentos y la ayuda oportuna, ves esa puerta abierta, todo se pasa y el alivio recorre tu cuerpo de arriba a abajo y de abajo a arriba.



Lo mismo puede sucedernos en la vida espiritual. Quedarnos encerrados en nosotros, en nuestra timidez, en nuestros miedos. Sentir esa fuerza opresora del pecado que nos impide la huida, la escapada hacia el supremo bien y la excelsa virtud. Es por eso mismo por lo que Dios hoy, como un día hiciera con Abraham, vuelve a decirnos “sal de tu tierra y de la casa de tus padres”, es decir, sal de ti mismo, de tus pequeñas patrias, de tu rutina, de tus ataduras. Rompe con la espiral de pecado y de ambiente enrarecido en el que te mueves. “y vete hacia la tierra que te mostraré”, es decir, y comienza a vivir, comienza a ser feliz, comienza a aceptar las oportunidades que te doy.



En este sentido, la misericordia de Dios no es un fin en sí mismo, sino un don que se nos da como medio eficaz para poder salir, caminar, viajara espiritualmente y llegar con éxito a la tierra prometida, que no es otra que la patria del cielo. Pero no un cielo que solo se obtiene al final de la vida, sino un cielo que se nos dio en el bautismo, el don de la vida eterna. La llamada de Dios no es a vivir temporalmente, sino a vivir eternamente, pues aquí radica la bondad y la gloria de Dios para con el hombre. En palabras de san Ireneo de Lyon “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre, en efecto, es la visión de Dios”.



Para este peregrinar espiritual, tenemos al mismo Jesucristo como guía eximio que marca la ruta hacia el cielo. El pasaje que hoy se muestra a nuestra contemplación es una re-construcción de un hecho histórico, afirmado por los tres evangelios canónicos (Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9, 28-36) con la finalidad catequética de demostrar la divinidad y gloria de Jesucristo, como anticipación y pórtico a su glorificación y exaltación por el misterio pascual, esto es, su muerte y su resurrección.



El hecho de la Transfiguración se celebra en la fiesta judía de las sukkot o fiesta de las tiendas. Esta fiesta celebra la intervención milagrosa de Dios a favor de los israelitas durante el desierto y después  durante los períodos difíciles y dolorosos de su historia. Se trata de la fiesta por excelencia de las fiestas de peregrinación desde el punto de vista de alegría popular, que es su característica, con una danza en el atrio del templo blandiendo antorchas encendidas. Está relacionada con la última cosecha del año, la del vino y del aceite, idea que llevó a recordar el don de la Torá. Esta aplicación a la Torá es fruto de una profundización: si la alegría del pueblo es grande por la cosecha abundante, mayor lo es todavía porque le ha sido dada por el amor de Dios, del que la Torá es testigo. Obedece al mandato establecido en la Torá en Lv 22,26-23,44: “Durante los siete días habitareis en cabañas...”Lv 23,42. De esta manera el judío está obligado a vivir en una Sukká controlando su ego (tentación por tener los graneros llenos) y darse cuenta de que su estancia en la tierra es temporal. Sólo Dios es nuestro abrigo.



Cristo es revestido y traspasado de luz, tanto en su rostro como en sus vestidos y dos personajes aparecen flanqueándolo y hablando con Él: Moisés y Elías, los insignes videntes de Dios en el Antiguo Testamento. El primero hablaba con Dios como el que habla con un amigo y el segundo hará frente a los cultos idolátricos de Baal; el primero es el gran legislador, el que da la ley al pueblo y el segundo será representante de los profetas galileos que eran itinerantes y realizaban milagros. Moisés y Elías indican que la ley (Torá) y los profetas (Nebiim) confluyen en Cristo y en Él hallan su más pleno y perfecto significado.



Las tres divinas personas vienen representadas por tres elementos simbólicos: el hijo por la luz, el Padre por la voz y el Espíritu Santo por la sombra. Cristo vuelve a presentarse como luz del mundo, una luz imperecedera que va más allá de las coordenadas espacio-temporales y pretende iluminar los rostros que buscan a Dios, a la vez que revestirnos de la nueva situacción de regenerados a la gracia de Cristo. Las vestiduras blancas de Cristo son anuncio de la túnica bautismal que simboliza la nueva condición de hijos de Dios.



Toda la escena y todos sus personajes quedan envueltos en la nube luminosa que representa la presencia misteriosa, velada pero real de Dios, la Shekiná. Es el mismo Dios que nos envuelve en su misterio y nos da dos  claves para descubrir a Jesucristo: la acción del Espíritu y su misma voz llena de palabras “este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo”. La estructura literaria sigue el esquema de la concepción de Jesús en el seno virginal de María, según Lucas: sombra-palabra-presencia.




Mt 17, 5
Lc 1, 35.38
SOMBRA
De la nube luminosa
Del poder del Altísimo
PALABRA
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo
El hijo que va a nacer se llamará
Hijo de Dios
PRESENCIA
Cayeron de bruces, llenos de espanto
He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra



No podemos obviar, la actitud temblorosa y de terror sagrado de los tres discípulos: pues ante la presencia fascinante y trascendente de Dios no le cabe al hombre mediar palabra alguna, sino callar, y temblar de espanto. Solo cuando Jesús, es decir, Dios, se les acerca y los toca y estos lo reconocen como tal, se les pasa el miedo. Lo mismo a nosotros, solo reconociendo el paso de Jesús por nuestra vida podemos ser levantados de nuestra postración y debilidad.



Así pues, queridos hermanos, la cuaresma es tiempo de Transfiguración, es decir, de salir de nosotros, de escuchar a Jesús, de amarlo, de seguirlo. Es tiempo para alzar nuestros ojos a lo alto y verle a Él; sentir su paso en nuestra vida, dejar que el toque y sane nuestras dolencias. Cuaresma es tiempo de ponernos tras Jesús y subir con Él a Jerusalén y aguardar allí su resurrección de entre los muertos. ¿Estás dispuesto? ¿Tienes miedos, dudas? Es tiempo de confiar en Dios.



Dios te bendiga

viernes, 10 de marzo de 2017

II DOMINGO DE CUARESMA




Antífona de entrada Sal  26, 8-9

«Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro». Tomada del salmo 26 versículos 8 al 9. Hoy toda la liturgia está centrada en el rostro resplandeciente de Cristo, contemplado así en la Transfiguración. La misa desde el principio marca un itinerario espiritual que persigue que el fiel descubra en su vida la presencia transfigurante del Señor escuchando su palabra para entrar en la gloria.

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos; sálvanos, Dios de Israel, de todos nuestros peligros». Inspirada en el salmo 24 versículos 6, 2 y 22. En esta misa se propone otra antífona que pone ante nuestros ojos el misterio de la misericordia divina. Ese don gratuito de Dios que vence a las fuerzas del mal (nuestros enemigos) librándonos de todos los peligros de alma y cuerpo.

Oración colecta

«Oh Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; para que, con mirada limpia, contemplemos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación al sacramentario del beato Pablo VI. Es una síntesis de lo mejor que se destila del pasaje de la Transfiguración, aunque la expresión “alimenta nuestro espíritu con tu palabra” pretende enlazar con la temática del domingo anterior, de las tentaciones.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que esta oblación borre nuestros pecados y santifique los cuerpos y las almas de tus fieles, para que celebren dignamente las fiestas pascuales. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII) y presente en el misal romano de 1570, se ha mantenido en el actual. Una mirada limpia, como hemos pedido en la colecta, solo brota de un corazón puro y para ello es necesario que sea el mismo Cristo, mediante su sacrificio redentor, quien lo purifique; de ahí surge esta súplica que recoge la oración sobre las ofrendas.

Antífona de comunión

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» de Mt 17, 5. Última confesión de fe inmediatamente antes de recibir la comunión sacramental en el cuerpo de Cristo, no ya transfigurado, sino ahora transubstanciado por la acción del mismo Espíritu que entonces lo envolvió en la sombra de la nube y ahora en la sombra de la epíclesis con la imposición de manos, la inclinación y las palabras de la consagración.

Oración después de la comunión

«Te damos gracias, Señor, porque al participar en estos gloriosos misterios nos haces recibir, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». El sustrato más primitivo lo hallamos en el veronense (s. V) y con alguna modificación pasó al gelasiano antiguo (s. VIII). El misal de Pablo VI lo retomó con algunos cambios gramaticales. Es el fin de todo este proceso espiritual de búsqueda del rostro divino: hemos escuchado sus palabras y alimentado con su pan previa purificación de nuestros ojos y corazón por su sacrificio redentor; y esto nos conduce a entrar en la eternidad del cielo, cuyos dones y gloria hemos anticipado en la comunión sacramental con el Hijo de Dios.

Oración sobre el pueblo

«Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo suplicante; dígnate purificarlo y orientarlo para que, consolado en el presente, tienda sin cesar hacia los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Es una oración, eminentemente dinámica, es decir, expresa un movimiento progresivo del pueblo cristiano que camina sin cesar hacia los “bienes futuros”. Pero no es una empresa exclusiva del hombre, sino que requiere de la orientación (ad orientem) del mismo Dios, que como un día hiciera en el desierto con su pueblo, hoy sigue asistiéndonos con la columna de fuego, que es el Espíritu, y con la nube del desierto que es la maternidad de María.

Visión de conjunto

            Hoy el mundo es un constante ajetreo. Los hombres y mujeres que lo pueblan van constantemente de acá para allá, de la ceca a la meca sin otra preocupación de llegar pronto a los sitios, estar el menos tiempo posible y volver a sus casas, donde hallan solaz y brotes de estrés. Pasamos la vida buscando cosas que nos satisfagan, que aplaquen nuestras primarias necesidades y luego las secundarias y después las que nosotros mismos nos creamos. Esta búsqueda no se realiza sin dificultad. Pues con frecuencia tropezamos con nuestros miedos, incertidumbres y, lo que es peor, la disyuntiva de tener que pisar a alguien para conseguir lo que buscamos. Esto último es terrible.

            La liturgia de este domingo nos invita a hacer un alto en esta fatigosa tarea que nos autoimponemos todos los días. Se nos invita a buscar lo único importante que puede satisfacer los anhelos profundos de cada uno de nosotros: el rostro de Dios. “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” nos hacía suspirar el salmo de la antífona de entrada. Ojalá que fuera este nuestro programa de vida: anhelar día tras día el poder ver a Dios, querer estar con Él para siempre.

            Para ello será imprescindible una vida jalonada de la escucha, lectura y práctica de la Palabra de Dios, de la comunión sacramental (siempre en gracia), de la confesión frecuente y de una caridad sin límites, de esto último nunca estaremos satisfechos.

Dios te bendiga


miércoles, 1 de marzo de 2017

TIEMPO DE CUARESMA



Hoy miércoles de ceniza la Iglesia comienza oficialmente el tiempo santo llamado "Cuaresma", es decir, cuarenta días para prepararnos a celebrar la gran solemnidad de la noche de Pascua. El artículo de hoy nos lo ofrece el Rev. Lic. Dn. Ismael Pastor González, presbítero de la diócesis de Plasencia, párroco de Hervás, director del secretariado de catequesis y pastoral de Infancia y profesor de catequética en el Instituto de Ciencias Religiosas "Santa María de Guadalupe" y del Instituto de Teología del Seminario diocesano de Plasencia.
El profesor don Ismael colaborará con nuestro blog al inicio de cada tiempo litúrgico explicándonos la ilustración de la nueva edición del misal romano asignada a cada tiempo. Hoy presentamos la del tiempo de Cuaresma.
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa lo cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: “Este es mi hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo (Mt 17, 1-8).

Descripción de la ilustración

La ilustración (página 181 del misal) nos presenta la escena de la transfiguración del Señor. Jesús, de pie, aparece iluminado, por el contraste que ofrecen las dos tintas. Resalta como la luz, rodeado de una mandorla luminosa de la que proceden rayos de luz. Con la mano derecha se encuentra bendiciendo, mientras que en la izquierda sostiene un pergamino. Aparecen los dos textos griegos que lo definen como Jesucristo y como la vida.

Junto a él, en dos montañas contiguas aparecen las dos figuras del Antiguo Testamento: Elías y Moisés. Moisés es identificado por sostener las dos tablas de la ley. Ambos señalan a Jesucristo, aunque en el caso de Moisés no se ve al tener la mano cubierta. En la parte inferior de la ilustración vemos a los tres apóstoles que acompañan a Jesús, en medio del estupor, por tierra, cegados y sorprendidos. Destaca Pedro a la izquierda, pues es, por el gesto de su mano, el único que se atreve a intentar hablar ante la escena

Análisis mistagógico

La escena sitúa el tiempo de la cuaresma. No sólo por reflejar el Evangelio del segundo domingo, sino por recordar el significado de este tiempo. Este tiempo, marcado por la penitencia en forma de ayuno, oración y limosna, no tiene por finalidad el sufrimiento en sí. No es un camino hacia la semana Santa, como a veces es vivido, sino que es un camino de preparación a la Pascua. Los distintos domingos nos acercan al misterio de Jesús, que sólo alcanzará pleno sentido en su resurrección. Jesús se muestra como Dios, para alentar a sus discípulos antes de la Pasión, para que comprendan que la cruz es sólo un paso y no un final, pues Dios no puede ser derrotado. Igualmente nos recuerda a nosotros que la cuaresma es un camino hacia el tiempo de Pascua. Los personajes de la imagen nos ayudan a comprender y profundizar en este misterio:

El misterio de Cristo: Cristo es la figura central. Está en lo alto del Tabor y su mirada se fija en nosotros. Su actitud es de bendición, mostrando la benevolencia del Padre hacia los hombres. Su aureola vuelve a mostrar como es el viviente. Sus vestidos blancos muestran que él es la fuente de la luz, “Dios de Dios, luz de luz” (DH 125) y de ellos salen rayos que apuntan a todas las otras figuras de la escena. Aparece en medio de una mandorla de luz. Este signo pictórico quiere reflejar la nube de la narración evangélica, que es signo de la presencia de Yahveh, y por lo tanto, un signo del Espíritu Santo que está dentro de Jesús, que lo envuelve, que lo empuja, que impregna toda su humanidad de una manera velada hasta el momento de la resurrección. En su mano izquierda sujeta un pergamino, signo de la revelación que está realizándose, pues en la transfiguración, Cristo se desvela y manifiesta toda la Trinidad: Dios Padre, quien habla afirmando “este es mi Hijo”, Cristo, el amado, revelado como Palabra y complacencia del padre y el Espíritu, en la nube, que indica la gloria y la presencia sobre el Hijo amado.

Inmóvil en su trascendencia, Jesucristo es una presencia que se impone, una mirada, un rostro, una palabra. Es el orante, el que adora y glorifica, el que revela y desvela el misterio del amor de Dios. Es la hermosura de Dios, su fulgor suave, su claridad infinita que todo lo envuelve. De esta forma ofrece una palabra de ánimo y esperanza a quienes lo acompañaran en su paso por la cruz, mostrándoles su naturaleza y la razón de su victoria definitiva.

Los personajes del Antiguo Testamento: Jesús es acompañado por dos personajes. Uno con efigie de anciano, que es Elías y otro más joven, Moisés, quien además es representado con las tablas de la ley. Ambos representan a la ley y a los profetas, quienes dan testimonio de Jesucristo. Ambos son amigos de Dios, hombres de la montaña y de oración. Por eso aparecen también sobre dos montes: el Sinaí (Moisés) y el Carmelo o el Horeb (Elías). Los dos representan a la totalidad de los hombres: Moisés a los muertos y Elías, de quien la escritura dice que fue arrebatado en un carro de fuego (2Re 2, 11), a los vivos, porque Jesús es Señor de vivos y muertos. Los dos buscaron el rostro de Dios, pero no lo vieron y ahora lo contemplan en Cristo, imagen del Padre. Ante el Cristo de la Transfiguración la ley cede a quien es la ley. La manifestación del Señor ya no es la brisa suave del monte Horeb que sorprende a Elías, sino la revelación plena de la palabra del Padre. A las teofanías del Antiguo Testamento sigue ahora la Cristofanía, la manifestación de Cristo, el Señor de la gloria.

Los discípulos: En la parte inferior del icono están los discípulos predilectos de Jesús: Pedro, Juan y Santiago. El contraste de su postura es evidente. Jesús y los testigos veterotestamentarios reflejan la paz de la vida eterna, mientras que los discípulos aparecen tirados por tierra, aterrados por la gloria del Señor, en postura de terror sagrado. Pedro, vuelto hacia Jesús, todavía tiene ánimo para decir “hagamos tres tiendas”. Juan, el más joven, el testigo del Verbo, parece tropezar en un intento de huida, mientras se cubre el rostro ante el resplandor de una luz que parece cegar más que el mismo sol. Santiago también cae tapándose el rostro, incapaz de contemplar la gloria de su maestro cara a cara. Los tres son testigos de la gloria y de la divinidad de Jesús, como serán testigos de la agonía de Jesús, de su verdadera humanidad.