jueves, 13 de abril de 2017

HABIENDO AMADO A LOS SUYOS, LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO

          “Oh memorial de la muerte del Señor, pan vivo que das la vida al hombre”. Con este verso, comienza la liturgia romana del Jueves Santo, antesala del llamado Triduo Pascual.

                                  
                    MEDITACIÓN PARA EL JUEVES SANTO

En el día de hoy, la Iglesia celebra la entrega del Señor. Entrega, en su amplio sentido: entrega en el amor, entrega en el sacerdocio y entrega en la Eucaristía, porque, ante todo, el misterio de la Eucaristía es un misterio de entrega. Quiso Él, en el pan y en el vino, quedarse con nosotros para siempre entregándose, de este modo, a la Pasión salvadora. 

Ha sido santo Tomás de Aquino quien bellamente lo ha expresado en su poema hímnico “Pange lingua”. Allí se nos dice que fue en la postrera noche cuando, sentado a la mesa con los suyos, tomó pan y vino y pronunciando las palabras rituales se lo dio en alimento de vida eterna. Su carne y su sangre, místicamente presentes en el pan y en el vino, son desde entonces, la realidad permanente de su amor por nosotros y de su misma presencia entre nosotros.

Contemplar en esta noche el misterio eucarístico, debe suscitar en nosotros profundos sentimientos de acción de gracias. Gracias por su entrega y por su generosidad; gracias por su valentía de hacer la voluntad del Padre al morir en la cruz. 

A escasas horas de sufrir su ignominiosa pasión, el Señor, lejos de odios y venganzas mundanas, nos lega el mandamiento nuevo del amor: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Juan enmarca este testamento con una frase que ha atravesado los siglos: «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos  que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Permítanme que me detenga en esta frase, muy breve pero de un gran contenido espiritual.

“sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”: Jesús, en esta noche, debe abandonar el mundo, y lo hará de un modo dramático. El tránsito de Cristo, es su propia pascua, su propio paso. El que un día abandonó la gloria que tenía para hacerse hombre, ahora se encamina hacia ella. Pero, esta vez, el camino a la gloria pasa por la muerte en cruz. Por eso, la antífona de entrada de la misa de hoy nos recordaba precisamente este misterio: “Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en Él esta nuestra salvación, vida y resurrección. Él nos ha salvado y libertado”. Así pues, hoy contemplamos la Pascua de Cristo realizada en la liturgia de la Eucaristía. Su paso de este mundo al Padre, su Pascua, se ha de realizar por la entrega en la cruz, y es lo que se realiza con el pan y el vino: el cuerpo entregado y la sangre derramada, son el anticipo de esto mismo en el árbol de la cruz.

“habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo”: Jesús, nos dicen los evangelios, pasó por el mundo haciendo el bien y dándonos ejemplo de cómo debemos comportarnos los cristianos. El mandamiento nuevo del amor es la concreción de toda su vida y su obra. Comulgar, en esta noche, con el cuerpo y la sangre del Señor, implica unas serias consecuencias morales para nosotros: la cruz conlleva el mandamiento del amor. Si en algo se caracteriza la vida cristiana es en la capacidad de amar, incluso, a los enemigos. Esa es la excelencia del cristianismo y su verdadero tesoro. Si Jesús fue capaz de amarnos a nosotros, pobre pecadores, cómo no vamos a ser nosotros capaces de amar a nuestros coetáneos, a nuestros prójimos. 

“los amó hasta el extremo”: Cristo no sólo no nos amó durante su vida mortal entre nosotros, ni tampoco nos ama de una forma abstracta desde el cielo, sino que ha querido hacer concreto y palpable su amor a nosotros por medio del sacerdocio. Hasta tal punto, llegó el amor del Señor que confirió su propio poder y su propia autoridad a hombres tomados del mundo, para que haciendo sus veces, administraran los sacramentos a sus fieles. Y en esto se realiza el amor extremo del Señor hacia nosotros, en que por medio de sus sacerdotes puede seguir presente en medio de su pueblo. Por medio de ellos, Él puede seguir perdonando, bautizando, ungiendo, permanecer en el pan y en el vino, acoger a los enfermos y moribundos e interceder por los difuntos.

En esta noche, ofrecemos, pues en el altar la victima pascual, el cordero inmolado. En esta noche, elevamos el cáliz de la bendición, el cáliz de la sangre de Cristo. En esta noche, contemplamos a Cristo entregando su cuerpo y su sangre por la redención del mundo; a Cristo legándonos el testamento de su propia obra. Así pues, hermanos, demos gracias a Dios por su Hijo Jesucristo y gloriémonos en su Cruz, por la cual nos vino la salvación, la vida y toda bendición.

Pero también es la noche de Getsemaní, la noche de la agonía (= gr. Lucha, combate). El verdadero hombre entra en liza con el verdadero Dios, la humanidad contra la divinidad, la voluntad humana contra la voluntad divina. Por una parte, Jesús se resiste a beber el cáliz de la pasión, pero inmediatamente se decide a hacerlo hasta las heces. Y lo hace, precisamente, por el mismo motivo que exponíamos anteriormente: por su extremo amor hacia nosotros. Getsemaní sigue vivo en la noche de los tiempos, en cada situación de agonía que experimentamos.

Un ángel le fue enviado para consolarlo y fortalecerlo. Dios nos mira a cada uno con misericordia. Se hace cargo de nuestros problemas y situaciones. Continuamente está enviándonos a sus ángeles para que hagan lo mismo con nosotros, es decir, para que podamos sentir su consuelo y su fortaleza a cada instante de la vida.

Queridos lectores, contemplando las estampas que esta noche nos presentan nuestro corazón no puede por menos que estremecerse, que palpitar al ritmo de la serena agonía de Cristo. Es noche de pasión y de amor, de entrega y sumisión, de lucha y de paz. Es la noche del fracasado triunfo de las tinieblas y del triunfante fracaso de la luz. Os invito a tomar un taburete y sentarnos en el cenáculo con Él; a atravesar el torrente Cedrón; y velar, agazapados entre las piedras, contemplando como Jesucristo se pone en manos de sus enemigos porque el bien que ha de venir será mucho mayor que el mal que está aconteciendo.   

miércoles, 12 de abril de 2017

"COMO INCIENSO EN TU PRESENCIA" (III)


Lectura espiritual del incienso en la Liturgia
«Ab illo bene † dicáris, in cuius honore cremáberis. Amen.» Seas bendecido por aquel en cuyo honor serás quemado. Con estas palabras el ministro bendecía el incienso que ponía en el incensario para los ritos iniciales. Esta breve pero enjundiosa oración (hoy ausente en el misal tras la reforma litúrgica) sitúa a Cristo en el centro de la celebración litúrgica. El incienso es sólo para Él, no para los humanos. Solo se inciensa aquello que nos remite a Cristo, aquello que, superando la realidad profana, es medio para la presencia real de Cristo en medio de su pueblo. Así pues, los dones del altar no se ofrecen por ser pan y vino sino por lo que serán después; al sacerdote no se le inciensa por ser hombre sino por hacer las veces de Cristo; del mismo modo que a los fieles no se les inciensa por ser hombres y mujeres sino por su sacerdocio laical.
En el salmo 140 encontramos el siguiente versículo: «Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde», indicándonos algunos aspectos acerca del incienso:
1) Incienso tiene tres propiedades: olor, sube hacia lo alto hasta disolverse, impregna el ambiente. Cada una de ellas expresa a la perfección la misma oración cristiana:
a) El olor: recordemos el pasaje de Ap 5,8 donde se compara el perfume del incienso con las oraciones de los santos. La oración cuando es pura y sincera, aun regada con lágrimas, se torna buen olor de Cristo y del cristiano. La oración asidua perfuma la vida, enriquece el quehacer de cada día.
b) Sube hacia lo alto hasta disolverse: las volutas de humo blanquecino van ascendiendo con parsimonia envolviendo los distintos espacios sagrados por donde se derrama. Del mismo modo, la oración cristiana no es una introspección hacia el interior del hombre, sino una oración constantemente en búsqueda de infinito y eternidad. La oración cristiana sale de sí mismo y sube a lo alto, hacia Dios. Por eso, podemos rezar con confianza porque sabemos que ninguna oración queda desatendida, ni se pierde, ni cae en saco roto, sino que llega a Dios y es acogida por Éste.
c) Impregna el ambiente: todos tenemos la experiencia de cuando se ha usado el incienso el templo queda con el mismo olor del incienso e incluso nuestra ropa también se va perfumada. Así debe ser la oración del cristiano. Una oración que impregne nuestra vida, que nos haga cambiar nuestras torpezas, errores y pecados. La oración debe tener una repercusión en el comportamiento cotidiano, porque si no la oración se vuelve estéril.   
2) El incienso como ofrenda de la tarde: el incienso siempre ha estado ligado a la hora vespertina. Muy relacionado con la muerte del Señor, el verdadero y único sacrificio vespertino. Como un día Cristo, el incienso será ofrecido a la tarde como oblación perfecta a Dios. De este modo, el incienso adquiere un significado y un valor cristológico. El incienso, también, al ser quemado como sacrificio vespertino pretende expiar nuestros pecados cometidos durante el día. Este es su valor expiatorio. El incienso quemado en la víspera es imagen de la Iglesia en oración perenne. Una Iglesia que renueva y actualiza el sacrifico redentor de Cristo. Este es su valor eclesiológico.
También el incienso tiene valor de confesión de fe. En la liturgia muchas veces, las palabras se quedan cortas y son los símbolos o los gestos los que refuerzan o intensifican una aclamación o una respuesta o una acción de gracias. Por ejemplo, cuando el evangelio es incensado pretende extender el “aleluya” que se ha aclamado antes; cuando una imagen o una reliquia es incensada se está expresando una súplica, un honor o una acción de gracias.
El incienso expresa también la fe de la Iglesia en su misma forma de ser usado. Como vimos anteriormente, el incensario tiene un bandeo distintos respecto del objeto al que se destine. De este modo: todo lo referente al Señor es incensado con tres golpes dobles; mientras que lo devocional o referido a la Virgen y a los santos es incensado con dos golpes dobles. Esta distinción responde a tres conceptos: latría, que significa adoración, está referida solo a Dios; dulía, que significa honor o devoción,  está referida a los santos; y la hiperdulía, que es un tributo de honor y devoción especial, está referida solo a la Virgen. Estas tres son fruto del II Concilio de Nicea (735).

Por último, no me resisto a hacer un breve comentario sobre la oración del incienso en el ofertorio de la misa del misal de 1570 y que san Juan XXIII mantuvo. La ofrezco en latín y una traducción propia en español:
Latín
Español
Per intercessionem beati Michaelis archangelis, stantis a dextris altaris incensi, et ómnium electorum suorum, incensum istud dignetur Dominus bene†dicere, et in odorem suavitatis accipere. Per Christum, Dominum nostrum. Amen.
Por la intercesión de san Miguel arcángel, que esta con el incienso a la derecha del altar, y de todos sus elegidos, se digne el Señor ben†decir este incienso, y recibirlo como olor agradable. Por Cristo, Señor nuestro. Amén.
Incensum istud a te benedictum ascendat ad te, Domine: et descendat super nos misericordia tua.
Que este incienso bendecido por ti, suba hasta ti, Señor; y sobre nosotros descienda tu misericordia.
Dirigatur, Domine, oratio mea, sicut incensum, in conspectu tuo: elevatio manuum mearum sacrificium vespertinum. Pone, Domine, custodiam ori meo, et ostium circunstantiae labiis meis: ut non declinet cor meum in verba malitiae, ad excusandas excusationes in peccatis.
Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios; no dejes inclinarse mi corazón a la maldad, a cometer crímenes y delitos
Accendat in nobis Dominus ignem sui amoris, et flammam aeternae caritatis. Amen.
El Señor enciende en nosotros el fuego de su amor y la llama de la eterna caridad. Amén.

Esta oración surge después del s. XI con dos versiones una que habla del arcángel san Gabriel y otra de san Miguel, inspirada en Ap 8,3. Esta oración concentra muy bien todo lo dicho anteriormente. Es una pena que esta oración hoy ya no esté en nuestro misal y quede olvidada en el tiempo. El incienso es olor agradable a Dios, quien lo recibe. Lo recibe porque sube a lo alto bendecido y desciende sobre el pueblo de Dios como don y garantía de la misericordia divina. Hacemos nuestros los versículos 2 a 4 del salmo 140 para concluir  en una referencia a los carboncillos con que se ha encendido el incienso. Esa llama que quema los granos de incienso debe ser en nosotros, por medio del sacrificio eucarístico, el amor divino y la caridad sincera y eterna.
Así pues, espero que después de este artículo aprendamos a valorar el uso del incienso en nuestra liturgia y sirva éste como modelo de nuestra oración. Los ritos, gestos y símbolos en la liturgia son eficaces porque reciben su gracia del misterio pascual de Cristo, por el sacerdocio bautismal y ministerial, pero también, en la medida en que estos generan en nosotros unas actitudes y comportamientos renovados. Hombres y mujeres de la pascua que, como el incienso, quieren ser quemados en el horno del amor divino y de la caridad para hacer que este mundo nuestro, tan corrompido, se impregne de Dios y de las oraciones de los fieles.
Dios te bendiga
Bibliografía utilizada
Angelo di Berardino (Dir.), Diccionario Patrístico y de la Antigüedad Cristiana I. A-I (Sigueme, Salamanca 21998)
Mario Righetti, Historia de la Liturgia I (BAC, Madrid 2013)
José Aldazábal, Gestos y Símbolos (dossier CPL 40, Barcelona 22013 reimpr. 2013)
Ritual de Exequias  (Libros litúrgicos CEE, Madrid reimpr. 2013)
Ordenación General del Misal Romano (Coeditores Litúrgicos, Madrid 2005) = OGMR