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miércoles, 12 de abril de 2017

"COMO INCIENSO EN TU PRESENCIA" (III)


Lectura espiritual del incienso en la Liturgia
«Ab illo bene † dicáris, in cuius honore cremáberis. Amen.» Seas bendecido por aquel en cuyo honor serás quemado. Con estas palabras el ministro bendecía el incienso que ponía en el incensario para los ritos iniciales. Esta breve pero enjundiosa oración (hoy ausente en el misal tras la reforma litúrgica) sitúa a Cristo en el centro de la celebración litúrgica. El incienso es sólo para Él, no para los humanos. Solo se inciensa aquello que nos remite a Cristo, aquello que, superando la realidad profana, es medio para la presencia real de Cristo en medio de su pueblo. Así pues, los dones del altar no se ofrecen por ser pan y vino sino por lo que serán después; al sacerdote no se le inciensa por ser hombre sino por hacer las veces de Cristo; del mismo modo que a los fieles no se les inciensa por ser hombres y mujeres sino por su sacerdocio laical.
En el salmo 140 encontramos el siguiente versículo: «Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde», indicándonos algunos aspectos acerca del incienso:
1) Incienso tiene tres propiedades: olor, sube hacia lo alto hasta disolverse, impregna el ambiente. Cada una de ellas expresa a la perfección la misma oración cristiana:
a) El olor: recordemos el pasaje de Ap 5,8 donde se compara el perfume del incienso con las oraciones de los santos. La oración cuando es pura y sincera, aun regada con lágrimas, se torna buen olor de Cristo y del cristiano. La oración asidua perfuma la vida, enriquece el quehacer de cada día.
b) Sube hacia lo alto hasta disolverse: las volutas de humo blanquecino van ascendiendo con parsimonia envolviendo los distintos espacios sagrados por donde se derrama. Del mismo modo, la oración cristiana no es una introspección hacia el interior del hombre, sino una oración constantemente en búsqueda de infinito y eternidad. La oración cristiana sale de sí mismo y sube a lo alto, hacia Dios. Por eso, podemos rezar con confianza porque sabemos que ninguna oración queda desatendida, ni se pierde, ni cae en saco roto, sino que llega a Dios y es acogida por Éste.
c) Impregna el ambiente: todos tenemos la experiencia de cuando se ha usado el incienso el templo queda con el mismo olor del incienso e incluso nuestra ropa también se va perfumada. Así debe ser la oración del cristiano. Una oración que impregne nuestra vida, que nos haga cambiar nuestras torpezas, errores y pecados. La oración debe tener una repercusión en el comportamiento cotidiano, porque si no la oración se vuelve estéril.   
2) El incienso como ofrenda de la tarde: el incienso siempre ha estado ligado a la hora vespertina. Muy relacionado con la muerte del Señor, el verdadero y único sacrificio vespertino. Como un día Cristo, el incienso será ofrecido a la tarde como oblación perfecta a Dios. De este modo, el incienso adquiere un significado y un valor cristológico. El incienso, también, al ser quemado como sacrificio vespertino pretende expiar nuestros pecados cometidos durante el día. Este es su valor expiatorio. El incienso quemado en la víspera es imagen de la Iglesia en oración perenne. Una Iglesia que renueva y actualiza el sacrifico redentor de Cristo. Este es su valor eclesiológico.
También el incienso tiene valor de confesión de fe. En la liturgia muchas veces, las palabras se quedan cortas y son los símbolos o los gestos los que refuerzan o intensifican una aclamación o una respuesta o una acción de gracias. Por ejemplo, cuando el evangelio es incensado pretende extender el “aleluya” que se ha aclamado antes; cuando una imagen o una reliquia es incensada se está expresando una súplica, un honor o una acción de gracias.
El incienso expresa también la fe de la Iglesia en su misma forma de ser usado. Como vimos anteriormente, el incensario tiene un bandeo distintos respecto del objeto al que se destine. De este modo: todo lo referente al Señor es incensado con tres golpes dobles; mientras que lo devocional o referido a la Virgen y a los santos es incensado con dos golpes dobles. Esta distinción responde a tres conceptos: latría, que significa adoración, está referida solo a Dios; dulía, que significa honor o devoción,  está referida a los santos; y la hiperdulía, que es un tributo de honor y devoción especial, está referida solo a la Virgen. Estas tres son fruto del II Concilio de Nicea (735).

Por último, no me resisto a hacer un breve comentario sobre la oración del incienso en el ofertorio de la misa del misal de 1570 y que san Juan XXIII mantuvo. La ofrezco en latín y una traducción propia en español:
Latín
Español
Per intercessionem beati Michaelis archangelis, stantis a dextris altaris incensi, et ómnium electorum suorum, incensum istud dignetur Dominus bene†dicere, et in odorem suavitatis accipere. Per Christum, Dominum nostrum. Amen.
Por la intercesión de san Miguel arcángel, que esta con el incienso a la derecha del altar, y de todos sus elegidos, se digne el Señor ben†decir este incienso, y recibirlo como olor agradable. Por Cristo, Señor nuestro. Amén.
Incensum istud a te benedictum ascendat ad te, Domine: et descendat super nos misericordia tua.
Que este incienso bendecido por ti, suba hasta ti, Señor; y sobre nosotros descienda tu misericordia.
Dirigatur, Domine, oratio mea, sicut incensum, in conspectu tuo: elevatio manuum mearum sacrificium vespertinum. Pone, Domine, custodiam ori meo, et ostium circunstantiae labiis meis: ut non declinet cor meum in verba malitiae, ad excusandas excusationes in peccatis.
Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios; no dejes inclinarse mi corazón a la maldad, a cometer crímenes y delitos
Accendat in nobis Dominus ignem sui amoris, et flammam aeternae caritatis. Amen.
El Señor enciende en nosotros el fuego de su amor y la llama de la eterna caridad. Amén.

Esta oración surge después del s. XI con dos versiones una que habla del arcángel san Gabriel y otra de san Miguel, inspirada en Ap 8,3. Esta oración concentra muy bien todo lo dicho anteriormente. Es una pena que esta oración hoy ya no esté en nuestro misal y quede olvidada en el tiempo. El incienso es olor agradable a Dios, quien lo recibe. Lo recibe porque sube a lo alto bendecido y desciende sobre el pueblo de Dios como don y garantía de la misericordia divina. Hacemos nuestros los versículos 2 a 4 del salmo 140 para concluir  en una referencia a los carboncillos con que se ha encendido el incienso. Esa llama que quema los granos de incienso debe ser en nosotros, por medio del sacrificio eucarístico, el amor divino y la caridad sincera y eterna.
Así pues, espero que después de este artículo aprendamos a valorar el uso del incienso en nuestra liturgia y sirva éste como modelo de nuestra oración. Los ritos, gestos y símbolos en la liturgia son eficaces porque reciben su gracia del misterio pascual de Cristo, por el sacerdocio bautismal y ministerial, pero también, en la medida en que estos generan en nosotros unas actitudes y comportamientos renovados. Hombres y mujeres de la pascua que, como el incienso, quieren ser quemados en el horno del amor divino y de la caridad para hacer que este mundo nuestro, tan corrompido, se impregne de Dios y de las oraciones de los fieles.
Dios te bendiga
Bibliografía utilizada
Angelo di Berardino (Dir.), Diccionario Patrístico y de la Antigüedad Cristiana I. A-I (Sigueme, Salamanca 21998)
Mario Righetti, Historia de la Liturgia I (BAC, Madrid 2013)
José Aldazábal, Gestos y Símbolos (dossier CPL 40, Barcelona 22013 reimpr. 2013)
Ritual de Exequias  (Libros litúrgicos CEE, Madrid reimpr. 2013)
Ordenación General del Misal Romano (Coeditores Litúrgicos, Madrid 2005) = OGMR

miércoles, 8 de marzo de 2017

LOS LIBROS LITÚRGICOS




Queridos lectores, seguramente habrán leído en el artículo que todos los viernes lanzo las siguientes expresiones “sacramentario veronense”, “sacramentario gregoriano” etc. Y ustedes se preguntarán que qué es eso de “sacramentario”. Pues bien, en el artículo de hoy les explicaré de la manera más sencilla y clara que sepa a qué nos referimos cuando citamos estas fuentes litúrgicas antiguas.

En primer lugar vamos a explicar qué es un libro litúrgico: se trataría de un libro que sirve para una celebración litúrgica y está escrito con vistas a ella. ¿Qué tipos de libros litúrgicos hay? Los principales libros litúrgicos se agrupan en cuatro categorías:

1.      Libros para la celebración de la Eucaristía:

a.       Libros para el celebrante (sacramentario).

b.      Libro de las lecturas (leccionario).

c.       Libros para el canto (antifonario).

d.      El Misal (libro mixto).

2.      Libros para el Oficio Divino:

a.       Libros para el canto (salterio, antifonario, himnario).

b.      Libros para las oraciones (colectas sálmicas).

c.       Libros para las lecturas (bíblicas, patrísticas, hagiográficas, leccionario).

d.      El libro para el oficio del capítulo (martirologio, necrológico).

e.       El Breviario (libro mixto).

3.      Libros para la organización de la liturgia:

a.       Ordo.

b.      Ordinal.

c.       Ceremonial.

4.      Libros para los otros sacramentos y ritos:

a.       Pontifical.

b.      Ritual.

Estos libros son un medio para la correcta celebración litúrgica. Son un instrumento de trabajo para la ciencia litúrgica que, además, nos ponen en contacto con los cristianos de otras épocas. Hoy solo veremos los que se usan para la celebración de la Eucaristía por ser los más cercanos a nosotros.

1. Los sacramentarios

El Sacramentario es un libro que contiene solamente lo del celebrante: oraciones y una eucología para todo el año litúrgico. ¿Qué es la “eucología”? viene del griego euché =oración, y lógos =discurso. Es el conjunto de oraciones contenidas en un formulario litúrgico, en un libro o, en general, al conjunto de oraciones que a lo largo de los siglos hemos recibido. Veamos los tres fundamentales

1.1. Sacramentario veronense

El sacramentario veronense es una colección de formularios de misas independientes unos de otros. Al inicio fueron usados en la liturgia papal y después modificados para el uso de los presbíteros en las iglesias de Roma. Esta colección contiene elementos no romanos; es un libro muy desordenado y organizado según los meses del año civil; contiene plegarias, oraciones personales y polémicas. Fue atribuido en su origen a san León magno, aunque esto es muy discutido. Seguramente se compuso entre los ss. V-VI. Son las plegarias más antiguas de la liturgia romana.

1.2. Sacramentario gelasiano

Escrito en el periodo de San Gregorio Magno (+604) hasta San Gregorio VII (+1085). Pudo
ser compuesto entre el 687 y el 715. Contiene algunas rúbricas, por primera vez. Es un libro para el obispo o para el presbítero que contiene todos los textos necesarios para: la Misa, los otros sacramentos, Liturgia de las Horas, Bendiciones, Ordenaciones y otras ocasiones; sin embargo, no contiene los textos para otros ministerios: ni lecturas, ni cantos.

1.3. Sacramentario gregoriano

            Atribuido al prestigio de san Gregorio magno se mantuvo como el sacramentario usado por el papa en la catedral de Roma, san Juan de Letrán y en las solemnes celebraciones. Debió crearse entre el 592 y 595. En los años 785-786 el papa Hadrianno I manda una copia a Carlomagno, que sufrirá algunas modificaciones.


2. El leccionario

Es el libro que contiene la Palabra Divina dispuesta para ser leída y convertirse en Espíritu vivificante. Al principio no existía más libro que las Sagradas Escrituras del A. T. en aquellos volúmenes en forma de rollo o en fragmentos de papiro cosidos por un lado. La lectura seguía el ritual de la sinagoga judía (cf. Lc 4, 16ss): el encargado entregaba el volumen al doctor, el cual leía el texto sagrado empezando por el punto donde había quedado interrumpida en la reunión anterior. Cuando empezaron a circular por las comunidades cristianas los Evangelios y las cartas de los apóstoles, fueron incorporados a la lectura litúrgica y leídas de igual modo que el A.T.

Mas tarde se empezaron a escribir unas anotaciones al margen del texto, en los libros sagrados, para indicar el comienzo y el final de cada lectura, así como el día en que  debía tomarse el pasaje señalado. El paso siguiente fue copiar en un volumen distinto de los libros de las Escrituras, la lista de estas anotaciones marginales, pero ordenadas siguiendo el calendario y copiando las primeras palabras y las últimas del texto bíblico correspondiente. Estamos ante una labor de sistematización de las lecturas bíblicas en función del calendario litúrgico, es lo que se denomina lectura temática que comenzó a hacerse desde el s. IV al mis tiempo que se producían los primeros desarrollos del año litúrgico.

Llegó un momento que para facilitar la tarea del lector se confeccionaron unos libros que contenían el texto completo de las lecturas. Estos libros aparecen a partir del s. VIII y han recibido los más diversos nombres:

·         Para las lecturas no evangélicas: comes, apostolus, espistolae, etc.

·         Para los evangelios: evangelium exceptum, evangeliare, liber evangelii, etc.

·         Para los que reúnen uno y otro: comes, episolae cum evangelio, lectionarium, etc.

Estos últimos son los que aparecen en nuestros leccionarios de misa.

3. El misal

Con la palabra "misal" se designa una fusión de tres libros litúrgicos: sacramentario, leccionario, antifonario, con añadido del calendario y del Ordinario de la misa, esto es, las partes inavriables de la celebración.

El Misal, como libro litúrgico es relativamente moderno en la historia de la Iglesia. Los primeros sacramentarios datan del s. V y se extienden en el tiempo hasta el s. XIV, momento en que son una categoría superada y en su lugar comienzan a usarse los misales.

El Misal, a diferencia de los antiguos sacramentarios, se caracteriza por ser un  libro plenario, esto es, un solo libro donde se recogen: el antifonario, el sacramentario, y el leccionario. Esto supuso por una parte la reducción de libros para la celebración, con lo cual se facilitó la misma, pero por otra parte, la pérdida tanto de la riqueza ecológica de los mismos como de los espacios y polos celebrativos. Dos misales son los más importantes en la historia litúrgica: el de 1570 y el de 1970. Veamos el primero con más detenimiento:

En el Concilio de Trento, Sesión XXV (1562), se discutió la necesidad de una reforma del misal. Para ello se crea una comisión, presidida por Leonardo Marini. La solución: se deja el proyecto al Papa (Papa Pío IV: 1559-1565). Con la muerte del Papa Pío IV en 1565, el trabajo pasó a Papa San Pio V.  El 14 julio de 1570, se promulgó el nuevo Misal.

            Después de Pío V, el Misal recibe todavía pequeñas modificaciones: la de Clemente VIII (1604); la de Urbano VIII (1634); la Benedetto XV (1920). Que supusieron, sobre todo modificaciones rubricales y añadidos de formularios (santoral; 4 prefacios). El papa Pío XII en 1948 inició un proyecto de reforma litúrgica. 

Juan XXIII fue el último papa que acometió algunas reformas. Sobre todo, las rúbricas del Misal y del Breviario, en 1960, cuando ya se había anunciado el Concilio Vaticano II, con lo cual existía el propósito de hacer una reforma.

Del mismo modo se operó tras el Concilio Vaticano II, quien encargó al papa la reforma del misal con estos criterios:

·         promover la participación activa

·         un enriquecimiento del leccionario

·         recuperación de la homilía

·         recuperación de la plegaria de los fieles

·         el uso de la lengua vernácula



            De ahí nació el misal que se publicó en 1970 y que tenemos ahora en su tercera edición del año 2002. Fue promulgado por el beato Pablo VI y revisado por san Juan Pablo II

Espero que haya servido de aclaración la explicación de los diversos libros litúrgicos. No dudéis en manifestar vuestras dudas ante expresiones o palabras o conceptos que no conozcáis nos servirá a todos para aprender y formarnos.

Dios te bendiga




miércoles, 15 de febrero de 2017

LITURGIA Y ENFERMEDAD (II)



Oración colecta
            El misal de Pablo VI ofrece dos colectas: la primera es de nueva incorporación mientras que la segunda está tomada del eslabón precedente, es decir, del misal de Pio V reformado por san Juan XXIII, de la misa por los enfermos. De momento veremos la oración tradicional, la colecta primera la estudiaremos más adelante.

«Dios y Señor nuestro, salvación eterna de cuantos creen en ti, escucha las oraciones que te dirigimos por tus hijos enfermos; alívialos con el auxilio de tu misericordia para que, recuperada la salud, puedan darte gracias entre tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo».
Esta oración tradicional recoge varios aspectos:
1. La salvación está ligada a la creencia en Dios: un dato de fe tradicional en la Iglesia y mantenido siempre por ella. "Creed en Dios y creed también en mi" dice el Señor en su evangelio (Jn 14, 1). Para la salvación es necesaria la fe. Pero no una fe cualquiera, sino una fe de adhesión personal a Dios y a Jesucristo. 
2. El objeto de la petición son los enfermos: ellos son objeto de predilección por parte de la Iglesia. No se especifica qué tipo de enfermos, sino que el concepto es amplio para que abraque tanto a los que sufren en su cuerpo como a los que padecen problemas psíquicos.  
3. El “auxilio de tu misericordia” es el nombre con el que se identifica la gracia que demandamos a Dios por ellos: idea que, si ustedes recuerdan, ya se expuso en el artículo anterior. La primera palabra de la antífona de entrada vuelve a traerse aquí como una gracia especial que ha de amainar los dolores de la enfermedad.  
4. El final de la oración es un tanto ambiguo: la expresión “puedan darte gracias entre tu Iglesia” puede ser interpretado negativamente como si la enfermedad apartase de la comunidad o bien, y creo que esta es la más correcta, deberíamos entender la expresión iglesia como asamblea litúrgica.
Oración sobre las ofrendas
«Oh Dios, bajo cuya providencia transcurre cada instante de la vida, recibe las súplicas y oblaciones que te ofrecemos por nuestros hermanos enfermos, para que, superado todo peligro, nos alegremos de verles recobrar la salud. Por Jesucristo nuestro Señor».
Tomada de la misa por los enfermos del misal romano de 1570. La invocación del nombre de Dios va acompañada por el atributo divino “providencia”. Nuestra vida no está determinada por los hados ni por la casualidad ni por el azar; sino por el gobierno amoroso del Padre eterno. Y esto es fuente de consuelo y esperanza pues indica que no estamos expuestos a un futuro incierto y descorazonado sino que caminamos hacia un horizonte eterno y mejor.
Los dones que se presentan en el altar tienen como fin no solo el trueque eucarístico, es decir, la conversión del pan y el vino en Cuerpo y Sangre del Señor; sino la salvación integral de los enfermos. Esa salvación integral se realiza en la medida en que el enfermo es asociado a la obra redentora del Salvador que se actualiza en el altar. 
Oración después de la comunión
«Oh Dios, singular protector en las enfermedades, muestra el poder de tu auxilio con tus hijos enfermos, para que, aliviados por tu misericordia, vuelvan sanos y salvos a tu santa Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor».
Tomada, también, de la misa por los enfermos del misal romano de 1570. Dios es denominado ahora como “singular protector en las enfermedades”. La idea de protección va unida a la de providencia de la oración anterior. Dios es protector, no en la medida en que defiende, porque a veces consiente; sino en la medida en que vela y cuida de sus hijos.
Vuelven a repetirse dos ideas de la oración colecta de 1570: 1. La misericordia como gracia especial y 2. La vuelta a la Iglesia. En esta última idea repetimos lo dicho anteriormente: debemos entender la asamblea litúrgica y no la Iglesia como límites geográficos o demográficos.
Conclusión
En conclusión, de estas oraciones es interesante hacer una recapitulación de los atributos divinos: "salvador", "providente" y "protector". Estos tres atributos volcados hacia los enfermos presentan una imagen de Dios-samaritano que puede iluminar mucho la vivencia de la enfermedad. Dios quiere salvar a su hijos enfermos con su cuidado y providencia.
La enfermedad no es ningún sin sentido ni un castigo divino por algún anónimo pecado del pasado. No. La enfermedad, vivida desde la lógica de Dios, puede ser un don. Comprendo que esto es escandaloso, pero desde la experiencia que uno tiene de un familiar enfermo cercano creo que podré explicarlo.
La enfermedad es un don en la medida en que entra, en virtud de la providencia divina, dentro del designio salvífico que Dios tiene para nosotros. Una enfermedad puede contribuir muy eficazmente a la salvación personal o de otro cuando es aceptada y vivida como un don, como un gesto de amor, como un regalo y oportunidad que Dios nos da para cooperar en la obra de la redención. Así lo han vivido los santos y así es como deberíamos vivirlo los cristianos.
La enfermedad puede aportarnos la grandeza de alma, la generosidad de corazón para con Dios. Saber que somos protegidos, esto es, cuidados por Dios, infunde esperanza y confianza en el corazón. Así pues, la providencia y la protección son las formas en las que Dios concreta su acción salvadora en nosotros tanto por medio de la enfermedad como por medio de aquellos que están cerca de los enfermos. Pero de los cuidadores y acompañantes de enfermos hablaremos otro día.
                                                        Dios te bendiga