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sábado, 16 de junio de 2018

ANIDAR EN DIOS


HOMILÍA DEL XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            En nuestra andadura litúrgica anual la Iglesia nos ofrece cada domingo un tema para reflexionar y meditar sobre los textos bíblicos. Hoy, con imágenes propias del mundo rural en el que vive Israel, tanto el profeta Ezequiel como el evangelista Marcos nos presenta el tema del Reino de Dios como una realidad que está en germen en este mundo y que, poco a poco, progresivamente, va adquiriendo entidad hasta convertirse en una realidad mayor y plena que pretende acoger a todos aquellos que quieren salvarse, bajo sus ramas.

            Ezequiel usa el esqueje de una rama de cedro, árbol de madera incorruptible, como signo profético para simbolizar la realidad a la que esta llamada Israel. El pueblo judío, que había sido elegido por Dios, por amor, para ser luz que atrajera a todas las gentes hacia el Dios único y verdadero, tiene la obligación de abrir sus brazos y levantar sus muros para acoger a todos los hombres y mujeres que han conocido a éste mismo Dios y ponen su confianza en Él. Los animales y vegetales que aparecen en el texto son figura alegórica de la raza humana. Pero para abrigarse bajo el paraguas de ese inmenso bosque que nace de la rama de cedro es necesario reconocer a Dios como “el Señor”. Hacia el encuentro con ese mismo Señor nos dirigimos caminando sin verlo físicamente y, tan solo, guiados por la fe.


            La misma idea de desarrollo progresivo del Reino de Dios, la hallamos en la parábola del crecimiento de la semilla en el Evangelio de Marcos. En este pasaje se nos descubre una nota esencial del Reino de Dios que, a veces, se nos escapa: todo depende de Dios. Nuestra tarea solo es la de anunciar y poner los medios para que todos conozcan al Dios único y verdadero pero el resto del proceso de implantación depende, sola y exclusivamente, de la gracia divina que acredita nuestra predicación y nuestro testimonio; la gracia que hace germinar en el corazón humano las realidades divinas. El reino de Dios no se impone por la fuerza ni por la espada. No. Sino por el testimonio convincente de testigos convencidos de que merece la pena creer en Dios y entregar nuestra vida a la causa de Jesucristo.

            De este modo, la semilla de mostaza vendría a ser nuestro esfuerzo y nuestra voluntad de trabajar por el Reino, pero el proceso de crecimiento del tallo, de la espiga hasta convertirse en un frondoso arbusto donde se cobijan toda clase de pájaros (alegoría de lo humano) para poder anidar en él, depende enteramente de Dios y su gracia, solo así podemos anidar en Dios. Y aquí está la tercera idea: poner nido en el Reino. Esto es, asentar la existencia humana en la recta fe en Jesucristo; anidar en Dios es hacer de la caridad generosa, la bandera de nuestra vida; es perseverar con Cristo en las pruebas de la vida y esperar contra toda desesperación.


            Hermanos, ojalá que Dios nos conceda la gracia de implantar su reino, perseverar en su búsqueda y vivir para siempre en Él. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 25 de mayo de 2018

MISSA AD POSTULANDAM CONTINENTIAM


MISA PARA PEDIR LA CASTIDAD


I. Misterio

En la III edición del misal romano ha aparecido, en las misas por diversas necesidades, un formulario para la misa “Ad postulandam continentiam” ¿Qué es esto? Una misa para pedir la continencia. Alguno que otro ha dicho que “¿Por qué lo han puesto?”, “Ya estamos fijándonos en lo mismo de siempre”. Los puritanos y escrupulosos de siempre, que no quieren hablar de estas cosas bien porque es tema tabú para ellos o bien porque lo tienen tan manido que ya ni se inmutan, han puesto el grito en el cielo pero creo que debemos tener todos un debate y una reflexión serena y sin apasionamientos.

Actualmente, el consumo de pornografía en internet es el que, con diferencia, es más elevado; la edad a la que comienza a consumirse la pornografía esta hoy a los 11 años, siendo la pornografía dura la que más se demanda.

            Hoy abundan en los medios los casos de abusos sexuales, siendo la pederastia el crimen más horrendo y nefando de cuantos se cometen en este campo; y lamentándolo mucho, ha habido hermanos presbiterios que han caído en esta lacra. Pero la pederastia no conoce límites; como obra del diablo, siempre busca las formas más terroríficas de manifestarse: en la escuela, en la propia familia, en los ambientes deportivos, etc.


            Es raro el día en que no nos despertamos con la noticia de algún caso de violación, de explotación de menores y turismo sexual con los mismos. Cada vez vemos con más naturalidad y sin ningún tipo de criterio moral las relaciones sexuales pre-matrimoniales, el reparto y fomento de anticonceptivos entre menores.

Hoy a los niños se les ha robado la inocencia de la infancia, la frescura de su niñez. La ideología de género se extiende rampante por nuestras escuelas y familias sin que nadie ose detenerla. Del mismo modo, el holocausto silencioso del aborto aún no encuentra quien le ponga límite.

Pero también es importante este formulario de misa para nosotros, los sacerdotes, que estamos, también, expuestos a todas las inclemencias que esta cultura pansexual nos ofrece. Cuántos hermanos han caído en estas sucias redes que no hacen sino ir socavando el celo pastoral de los mismos y caer en la concepción del sacerdocio como un “modus vivendi” y no como una verdadera vocación y un medio de santificación.

Efectivamente, en un mundo y en una sociedad pansexualizada, donde desde distintos medios y situaciones no cesan de llegar mensajes con contenido erótico, cuando no pornográfico; la Iglesia ve la necesidad de pedir esta gracia del cielo, esta virtud olvidada y despreciada. Pero hagamos una lectura desde los mismos textos.

II. Celebración

La misa 39, Para pedir la continencia, se nos presenta con un único formulario tomado, en líneas generales del ya existente en el misal de 1962, donde se halla la  misa 26, del mismo nombre “Para pedir la continencia”. La utilización de este formulario está sujeta a las normas generales dadas para las misas ad diversa. Pueden usarse los ornamentos de color blanco o del tiempo litúrgico en que se empleé. Puede completarse con cualquiera de las plegarias eucarísticas para las misas por diversas necesidades.


La oración colecta está presente en el Missale Romanum de 1570[1] y en el Rituale Romanum de 1614[2] si bien es verdad que la primera parte ha sido modificada. Esta oración indica desde el inicio que la continencia es un fruto del Espíritu Santo. Y como gracia especial de este afecta a todo el hombre en su unidad psicosomática, es decir cuerpo y alma (corazón), esta oración hace concreta la acción del Espíritu en ambas: para el cuerpo se pide la castidad y para el corazón la pureza. 

La oración sobre las ofrendas es de nueva creación. La eucología de esta misa muestra un sano realismo antropológico, es decir, se reconoce la posibilidad, real, de que el hombre cae con frecuencia en el pecado contra la castidad, de ahí que necesitemos constantemente la ayuda del perdón y de la misericordia de Dios para levantarnos de las caídas y poder ofrecer constantemente el sacrificio de alabanza. Consecuencia de ese perdón es la libertad y la pureza del corazón. El perdón de Dios es un perdón liberador y restaurador del hombre.

La oración pos-comunión está tomada también del formulario del Missale Romanum de 1570[3] con modificaciones. Este texto pide que la comunión sacramental haga surgir en nosotros el fruto demandado en la colecta, es decir, el vigor de la pureza y de la nueva castidad.

No tiene textos bíblicos propios para las antífonas.

III. Vida

Una serie de ideas atraviesan este formulario:

1. La ayuda de la gracia del perdón y del Espíritu Santo que lo posibilita y fructifica: no podemos olvidar que la continencia es fruto del Espíritu Santo y que cada vez que se atenta contra ella contamos con la misericordia divina que nos perdona y nos da un nuevo impulso y un nuevo vigor para vivirla.

2. La libertad humana: que siempre debe estar asistida por la gracia ya que ésta consiste en elegir siempre el bien. La continencia es signo de libertad humana en cuanto que supone el dominio de sí mismo y la posibilidad de caminar en la virtud y en el verdadero amor.

3. La castidad del cuerpo: san Pablo nos recuerda que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (cf. 1Cor 6, 19; 2Cor 6,16) y por ese motivo hemos de cuidar de él y respetarlo. 4. La pureza del corazón: esta idea se está muy presente en la Escritura (Sal 50,4; Mt 5,8) y también en la liturgia (oración secreta al purificar el cáliz “Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio”).


            Es un formulario, como dijimos anteriormente, de un realismo craso. Bien sabe la Iglesia que el hombre se ve constantemente asediado por las pulsiones sexuales y los estímulos que le invitan a desistir de su empeño por mantenerse casto. Son muchos los modos y formas en que el corazón se ve manchado por la sensualidad humana y comienza a debilitarse poco a poco hasta caer en una espiritual de satisfacción cortoplacista, perdiendo así su libertad y candidez. De ahí que el formulario de la misa apele desde el comienzo al “fuego celestial del Espíritu Santo” porque solo la gracia divina puede enderezar los corazones torcidos y las mentes corruptas.

La comunión recibida en la santa misa tiene como uno de sus frutos prevenir las faltas contra la castidad y conservar la continencia, tal como lo dice una de las oraciones de acción de gracias después de la misa atribuida a santo Tomás de Aquino “Sit vitiorum meorum evacuatio, concupiscentiæ et libidinis exterminatio, caritatis et patientiæ, humilitatis et obedientiæ omniumque virtutem augmentatio” (sea evacuación de mis vicios, fin de la concupiscencia y liviandad, y aumento de caridad, paciencia, humildad, obediencia y de todas las virtudes).

Así pues, es un acierto este formulario de misa para demandar la gracia de una continencia perfecta, de una castidad angélica y de una pureza fresca y vigorosa. Ojalá que acojamos con verdadero espíritu filial estos textos litúrgicos y los hagamos vida en nosotros.

Dios te bendiga





[1] MR1570[1168].
[2] RR1614[641].
[3] MR1570[484].

sábado, 19 de mayo de 2018

SE LLENARON DEL ESPÍRITU SANTO....Y HABLARON


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS



Queridos hermanos en el Señor:

            Ponemos hoy punto y final al tiempo de Pascua. Cincuenta días de gozo y júbilo intenso por la alegría que da el saber que nuestro Señor ha vencido a la muerte y vive eternamente. Pero aún más alegría da el tener la certeza de que, sentado a la derecha del Padre, en lo más alto de los cielos, Él intercede por nosotros y nos asegura la perenne efusión del Espíritu Santo.

            Y aquí es, precisamente, donde nos encontramos: en el envío del Espíritu Santo por parte del Padre y del Hijo para dar vida y eficacia a todas las acciones de la Iglesia bien sean litúrgicas, bien sean apostólicas, caritativas o asistenciales. El Espíritu Santo esta en todo, lo impregna todo y lo aviva todo. Nada hay en la comunidad de los discípulos de Jesús que no esté inspirado, acompañado, sostenido y culminado por la eficacísima fuerza y auxilio del Paráclito.

            De esta manera, la Iglesia vive inmersa en un continuo Pentecostés que, como hace dos mil años, hoy sigue llenando a los cristianos de Espíritu para hablar y proclamar el mensaje de Salvación legado por nuestro Señor Jesucristo.


En primer lugar, hoy como ayer, queremos llenarnos de la acción del Espíritu Santo y sentir los efectos de su amor. Necesitamos el Espíritu de unidad para crecer y vivir la comunión con Dios y con el prójimo. La unidad, que es signo del amor cristiano, solo puede ser real cuando está habitada por los frutos del Espíritu, que nos ha recordado la Carta a los Gálatas: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Es el Espíritu de la Verdad plena que, trabajando en nuestra alma, va sembrando en nosotros el gusto por la Verdad; gusto que nos impulsa a buscarla denodadamente para hacer de ella el principio motor de nuestra vida. El Santo Espíritu hace arraigar la Verdad en nuestra conciencia, en nuestro corazón y a la puerta de nuestros labios para hablar y dar testimonio de la misma.

Para hablar y testimoniar ¿qué decir? ¿De qué hablar? En primer lugar, la efusión del Espíritu Santo nos mueve a bendecir a Dios por toda su obra creadora, redentora y santificadora. El hombre debe aprender a bendecir a su Señor y Dios por todo cuanto existe y hace por él. En segundo lugar, nos dice la Escritura que nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Pues bien, esto es lo que principalmente debe decir el hombre y mujer imbuidos del Espíritu Santo: que Jesús es el Señor, el rey de la Gloria, el alfa y el omega, principio y fin de todo lo que existe, ha existido y vendrá a la existencia. El Espíritu Santo es el principio de toda predicación apostólica y de toda proclamación kerigmática. Porque es, precisamente, el Paráclito el que posibilita el oído de los habitantes de todas las naciones de la tierra para entender el mensaje de salvación.

Así pues, queridos hermanos, renovemos este Pentecostés nuestra fe en Dios, abramos nuestro corazón a la acción suave del Paráclito para que sus dones hagan fecunda nuestra vida en buenas obras, frutos del Espíritu. Recordemos que solo llenos del Espíritu Santo podremos pertrecharnos al mundo como testigos verdaderos del Resucitado para proclamar, a todas las naciones de la tierra, las maravillas que ha hecho por los hombres y solo en Él podemos hallar salvación. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 4 de noviembre de 2017

MIRAD COMO SE AMAN


HOMILIA DEL XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

De vez en cuando el Señor Jesús se pone un poco duro y nos da unos tirones de oreja para que no caigamos en lo mismo que criticamos en otros. Las lecturas de este domingo, ciertamente, son bastante duras e incomodas de escuchar; pero ponen de manifiesto que la coherencia entre la fe y las obras ha sido una tarea pendiente desde el principio tanto para los judíos, a quienes se refiere el profeta Malaquías, como para los cristianos, a quienes se dirige el Evangelio de Mateo.

En ambas lecturas hay una denuncia áspera del escaso testimonio que los creyentes damos en medio del mundo. A veces parece que tenemos los principios claros, las enseñanzas teóricamente asumidas, el amor a Dios presupuesto pero…a la hora de ponerlo por obra…nos desentendemos de todo esto y preferimos dejarnos guiar por los criterios del mundo o por lo convencionalmente establecido en base a la corrección política. Es lo mismo que les pasaba a los fariseos y escribas del Evangelio de hoy: sus enseñanzas eran buenas y acordes con la ley y los profetas pero sus obras no lo eran tanto, de ahí la esterilidad de su testimonio.

Las lecturas de hoy, para nosotros, los cristianos, son un acicate a tomar conciencia de nuestro papel en el mundo. La evangelización depende no tanto de nuestras palabras, que también son importantes, sino, sobre todo, del testimonio de vida, es decir, de que nos creamos de verdad lo que sabemos que es nuestra fe y moral católica; que vivamos en católico y no nos dejemos arrastrar por las modas imperantes de nuestro tiempo. Porque es muy fácil cargar fardos sobre otros, señalar al prójimo o denunciar lo mal que lo hacen los demás y, cuando nos toca a nosotros o a nuestras familias, justificamos lo mismo que hemos acusado anteriormente. Hoy como ayer, la coherencia sigue siendo un reto para todos nosotros.

Por otra parte, el apóstol Pablo nos da una clave para entender bien todo lo dicho hasta ahora: él no se conforma con entregar solo el Evangelio sino que quiere entregar hasta su propia persona “porque os habíais ganado nuestro amor”. Efectivamente, el testimonio coherente de la vida cristiana se basa en el amor, en ganarnos a todos por el amor; para que al ver como amamos digan de nosotros “mirad como se aman” y crean en quien es el Amor primero, Cristo.


Cristo se convertirá, así, en modelo, padre, hermano, consejero y maestro único para los cristianos y éstos, de este modo, serán siempre discípulos del mismo. A Cristo, quien guarda nuestra alma en su paz, es a quien debemos honor y gloria y no a los ídolos de este mundo. La coherencia comenzará por tener claro a quién servimos y a quién queremos agradar. Amar a Cristo supondrá ser servidores del Evangelio en el mundo, alterando el orden de los valores que éste ha establecido para la sociedad. Cuando el mundo nos hace ver que lo importante es estar en la cresta de la ola, ocupar puestos y aspirar a cargos, Cristo nos recuerda la virtud de la humildad, que no es otra cosa que el sentirse libre de ataduras de este mundo y querer solo a Dios en todo.

Los títulos denunciados por Mateo en el Evangelio no pueden ser admitidos cuando vienen dados por medios reprobables o por honores mundanos. Uno solo se convierte en maestro o en padre o en consejero en la medida en que esta investido de la autoridad que solo da Cristo bien sea por el testimonio de vida, bien por la luz espiritual a la hora de aconsejar o bien por la ordenación sacerdotal. Pero esto son cosas que ni se pueden pretender ni se pueden arrogar porque son puro don y gracia de la providencia divina.

En fin, queridos hermanos, pidamos en este domingo, como gracia especial del cielo, que el Señor nos conceda un corazón capaz de amar. Que nos consiga la coherencia de vida tan necesitada para nosotros y para el mundo entero. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 22 de septiembre de 2017

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me invoquen en la tribulación, los escucharé y seré para siempre su Señor». Origen desconocido. Esta antífona también aparece en otro momento del misal, es la antífona de entrada de la misa del jueves de la III semana de Cuaresma. Hoy el mismo Señor Jesús habla a su pueblo desde el inicio de la celebración al contrario que otros domingos en que el salmo correspondiente nos sitúa en un tono espiritual determinado. En este caso el Señor se aliga con nosotros mediante una promesa: nos escuchará y se quedará para siempre con nosotros. Estas palabras despiertan en nosotros un gozo inefable que nos invita a entrar en la celebración de modo decidido y sin nada que temer.

Oración colecta

«Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley divina en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos, para que merezcamos llegar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo». La primera parte de la oración […prójimo] se encuentra en la compilación veronense (s. V) mientras que la segunda parte hasta el final es de nueva incorporación. Dice el Señor que los mandamientos se cierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cf. Mt 22, 36-40). Esta misma idea se trasvasó a la liturgia en el s. V indicando que el cumplimiento de esta ley es el camino seguro para heredar la vida eterna.

Oración sobre las ofrendas

«Recibe, Señor, en tu bondad las ofrendas de tu pueblo, para que cuanto creemos por la fe lo alcancemos por el sacramento celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Los dones que ponemos sobre el altar los colocamos confiando en que sean agradables y aceptos para Dios. No por lo que son (pan, vino y agua) sino por lo que serán (Jesucristo), pues para Dios no hay cosa más agradable que la ofrenda de su Hijo. Así, al deponer los dones sobre el altar creemos que se convertirán en sacramento de vida eterna, precisamente lo que queremos alcanzar al final de nuestras vidas.

Antífonas de comunión

«Tú, Señor, promulgas tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas». Tomada del salmo 118, versículos 4 al 5. Nuestro camino físico en este momento hace que nuestros pasos se encaminen hacia la recepción del Santísimo Sacramento. Pero esta vía solo se puede iniciar, transitar y concluir con éxito siempre que observemos los mandamientos exactamente, es decir, vivamos en gracia de Dios, reconciliados con el Padre y en comunión con la Iglesia.

«Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen». Inspirada en el Evangelio según san Juan, capítulo 10, versículo 14. El Pastor nos espera pacientemente, en este momento, para darnos su pasto. El Pastor se hace pasto en la Eucaristía. De este modo, tanto el Pastor como las ovejas, el pasto y los corderos, el amado y los amantes se reconocen mutuamente y se buscan desesperadamente. Es hermoso vivir este momento de la Eucaristía desde estos sentimientos.

Oración de poscomunión

«Señor, apoya bondadoso con tu ayuda continua a los que alimentas con tus sacramentos, para que consigamos el fruto de la salvación en los sacramentos y en la vida diaria. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aunque aparece, con alguna variante, en los sacramentarios gelasiano, la oración está tomada tal cual, literalmente, del misal romano de 1570. De esta compleja oración podemos extraer una idea más o menos clara: la liturgia y la vida están íntimamente relacionadas en pos de la salvación del hombre. Los sacramentos a los que se refiere son el pan de la Eucaristía y la dimensión sacramental de la Palabra de Dios proclamada en la celebración. Ambas dos, las dos mesas de la celebración, pretenden fortalecer e iluminar la vida de los cristianos para que caminando en santidad, puedan gozar de celebrar la liturgia del cielo.

Visión de conjunto

En otro post anterior estuvimos tratando acerca del amor a Dios, primera cláusula de la ley divina. Hoy me gustaría compartir con ustedes alguna reflexión del amor al prójimo, cláusula que cierra la nueva ley dada por Cristo.

En las antigua Roma y en las sociedades coetáneas no existía el concepto de persona tal cual hoy lo conocemos y utilizamos. En Roma las personas se dividían en dos clases: en ciudadanos (personas libres) o esclavos. Esta clasificación suponía que solo los libres o los que adquirían la libertad eran considerados ciudadanos del imperio, libres y por tanto personas con derechos. De tal forma, que la individualidad no existía y en caso de que se tuviera era por pura concesión graciosa del todopoderoso estado que controlaba la vida de sus miembros.


La llegada del cristianismo y su encuentro con las categorías filosóficas helénicas supone el surgimiento de un nuevo concepto de persona como imagen de Dios (“ikono Dei”). La maduración de este pensamiento desde el alba de la revelación judía supuso descubrir que el hombre, por ser imagen de Dios, es sujeto libre y depósito de derechos y deberes para con Dios y su prójimo. Esto supuso algunas consecuencias de gran calado, entre otras la de las responsabilidad personal de los actos que se cometen. El hombre ya no está bajo el inexorable dominio de las fuerzas numinosas, de los hados o de la fatalidad y el capricho de los dioses, sino que como sujeto individual y libre es responsable de la moralidad de sus actos: del bien y del mal que comete. Y en este sentido surge la categoría del “pecado”.

El pecado no será otra cosa que el negligente uso de la libertad individual en tanto que contraviene lo dispuesto por el Creador y afecta negativamente a los demás seres con los que compartimos la existencia. Así pues, libertad y pecado están entrelazados del mimo modo que lo están libertad y virtud. Incluso podríamos decir que la libertad es el mismo sujeto actuante y foco de virtudes y errores. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que nuestra naturaleza es tan pura y virtuosa hasta el punto de decidir por ella solo lo bueno y lo malo. La experiencia nos demuestra que el hombre está inclinado a hacer el mal, o dicho de otra manera, que no realiza el bien tanto y tantas veces como quisiera. A esta experiencia la llamamos el “Pecado Original” y su efecto en nosotros, “concupiscencia”.

Pero aclaremos esto: la naturaleza humana fue creada a imagen de Dios y por tanto, inocente y en gracia. De tal modo que antes del pecado original fue la inocencia original, en la que fue creada el primer Adán. Precisamente, cuando decimos que Cristo es hombre perfecto, imagen del hombre nuevo o nuevo Adán o que fue en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, lo que se pretende señalar es que Él vive y nos muestra el estado de perfección original, antes del pecado. Y a ese nivel de inocencia es adonde quiere llevarnos con su obra de Redención. Por eso decimos que la libertad está asistida por la gracia que, como don y auxilio divino, es la que inspira, sostiene y acompaña nuestro obrar.


Así, podemos decir que el hombre es creatura de Dios, creado a imagen y semejanza de Él, con una naturaleza buena pero inclinada al pecado y esto afecta a la toma de decisiones en el ejercicio de su libertad. Por tanto, cada hombre y mujer es imagen de Dios y por tanto presencia de Dios en el mundo y este es el fundamento último para vivir el mandato del amor al prójimo.

Los cristianos no estamos llamados a ser altruistas. A amar al otro por que sí, sino a amarla en tanto en cuanto descubrimos a Dios en el otro, tal como lo atestigua el santo evangelio cuando dice Jesús “cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (cf. Mt 25, 40) o “a quien vosotros os escucha a mí me escucha” (cf. Lc 10,16).

Cristo se identifica de este modo con el prójimo y con cada uno de nosotros. Según esta lógica, cada vez que un cristiano actúa y ejerce la caridad es Cristo quien actúa y se presenta, de nuevo, como buen samaritano. Y cuando el prójimo recibe nuestra ayuda y colaboración es Cristo quien la recibe como un humilde hermano entre nosotros.

Por tanto, queridos lectores, no nos cansemos de hacer el bien pues desde Cristo lo hacemos y a Cristo se lo hacemos. El cristiano no se conforma con ser buena persona sino que aspira a ser santo y para serlo solo es necesario imitar a nuestro Señor.

Dios te bendiga

sábado, 9 de septiembre de 2017

CORRECCIÓN FRATERNA, SEGURO DE VIDA


HOMILIA DEL XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

Las lecturas de este domingo nos plantean un tema crucial para nuestra vida cristiana: la corrección fraterna, es decir, el grave deber que, como cristianos, tenemos de advertir a otros del mal que están cometiendo o en el que están insertos. Como premisa para todo lo que diremos a lo largo de esta homilía, queridos hermanos, hemos de tener presente que toda corrección fraterna, si queremos que sea efectiva y consiga la conversión del prójimo, ha de estar avalada por la humildad y acreditada con el ejemplo de vida, pues de nada serviría corregir los defecto del prójimo si yo los tengo iguales o peores y no me propongo superarlos. Trataremos este tema desde dos perspectivas: la corrección fraterna en la relación personal y la corrección que la Iglesia está llamada a hacer en medio del mundo donde le toca vivir y desarrollarse.

El evangelio de Jesucristo que se nos acaba de proclamar nos ofrece las pautas necesarias para llevar a cabo un proceso disciplinar de corrección fraterna. En primer lugar, debemos evitar todo talante autoritario y de superioridad, más bien al contrario, hemos de partir de una actitud humilde, serena y asertiva. Tengamos presente que nuestro fin no es nunca humillar a nadie sino salvarlo. Por eso, Jesús pone como paso inicial que la corrección sea privada para que el pecador no se sienta intimidado o violentado. Que sea una conversación lo más serena y agradable posible, haciéndole ver el error y la posibilidad o posibilidades de salir de él. Si el culpable no admite su error y tercamente persiste en él, Jesús nos invita a presentar testigos, los cuales, con la misma discreción, harán lo mismo: hacer ver el error y la posibilidad de solución.

Ojalá, queridos hermanos, todo quedara siempre ahí. Ojalá que el Señor nos diera siempre el espíritu de consejo para corregir y el espíritu de humildad para acoger la corrección y cambiar. Pero no siempre es así, de ahí que el final del proceso sea la excomunión, que es lo que significa ser considerado como gentil o publicano, es decir, apartado de la familia de los hijos de Dios.

Respecto del segundo modo de relación, la corrección Iglesia-mundo, debemos partir de la idea de que la Iglesia en su conjunto y los cristianos en general hemos sido puestos como “atalayas” en medio del pueblo y la sociedad en la que vivimos para ganar (en el sentido rabínico del término) cuantos más para Cristo. El fin de la Iglesia, en este sentido, no es simplemente el de poner normas o dictar lo bueno y lo malo, sino de iluminar las realidades que confeccionan la vida de los cristianos y de los hombres y mujeres de todos los tiempos indicando cuál es el camino que más agrada a Dios y cuál el que más lo ofende.

Siguiendo la advertencia que el Señor hace al profeta Ezequiel, la Iglesia tiene el grave deber de buscar y anunciar la salvación de todos, pues el mismo Concilio Vaticano II la definió como “sacramento universal de Salvación” (cf. LG 1). El mismo Señor que fundó la Iglesia para este fin, un día le pedirá cuentas de lo que hizo, cómo lo hizo y si se involucró en la salvación de cada uno de los hijos a ella encomendados. En este sentido, a lo largo de dos mil diecisiete años la Iglesia no ha cesado en su empeño de hacer oír la voz de su esposo, Jesucristo, para que el mundo no cerrara ni endureciera su corazón como aquellos incautos hebreos en Masá y Meribá.

La Iglesia sabe que amar es cumplir la ley entera y eso es lo que pretende cuando, con sus enseñanzas doctrinales y las que nos ofrecen la vida de sus santos, ilumina la realidad del mundo de hoy para que éste esté reconciliado con el Dios único y verdadero. Para esto, la Iglesia ha recibido el poder de atar y desatar, pues, según se desprende del evangelio que acabamos de oír, Dios anuda su juicio al emitido aquí por la Iglesia. Sin embargo, esto necesita una explicación ulterior ya que no supone que Dios se conforme indolentemente, con el arbitrio de los juicios humanos.

Para entender esta relación entre voluntad de Dios y juicio de la Iglesia, son muy esclarecedoras las palabras de Jesús al final de este pasaje “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Vemos que Jesús ha comprometido su presencia a las actividades que pudiera realizar la comunidad eclesial. Y, lejos de todo reduccionismo, esta presencia asistente afecta a todas: la oración, el estudio y la toma de decisiones. No podemos dudar de que el mismo Espíritu Santo que realizó grandes prodigios al inicio de la predicación apostólica, sea el que hoy sigue asistiendo a la Iglesia en la toma de decisiones, aún las más difíciles de la historia. De ahí que con gran verdad podamos decir que Dios ata o desata en el cielo lo que la Iglesia dispone que sea atado o desatado en la tierra.   

Así pues, queridos hermanos, a nosotros, fieles cristianos, inmerecidos hijos del Dios altísimo por adopción, solo nos toca rogar al Señor que nos conceda la humildad necesaria para reconocer y corregir nuestros fallos; la fuerza apropiada para abandonar toda situación de pecado en que podamos vivir o encontrarnos en este momento. Hemos visto que la salvación de uno pasa por la salvación del prójimo, así pues cuidémonos unos a otros como Dios cuida de nosotros. Así sea.

Dios te bendiga




viernes, 1 de septiembre de 2017

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan». Salmo 85, versículos del 3 al 5. Invocar al Señor debe ser una constante en la vida cristiana. Es un acto de fe importante y ¿dónde mejor invocarle que en la santa misa? Pues, efectivamente, a ello nos invita esta antífona de entrada: a entrar decididos en la presencia insondable de aquel que es bueno y clemente y rico en misericordia.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor a tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del misal romano de 1570. La perfección, como como deseo y aspiración del hombre, es la clave para entender las peticiones que esta breve oración contiene: 1. Infundir el amor al nombre de Dios; 2. Alimentar el bien y conservarlo. Solo quien busca en su vida amar a Dios y custodiar este amor como una llama interior va, poco a poco, acercándose a la perfección del Padre, esto es, a ser santo.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, que esta ofrenda santa nos alcance siempre tu bendición salvadora, para que perfeccione con tu poder lo que realiza en el sacramento». Presente en los gelasianos antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Es una oración con claro sentido proléptico (futuro), es decir, la ofrenda santa no es el pan y el vino sino el mismo Señor Jesucristo el único bendito y la bendición misma capaz de alcanzar del trono del Padre la perfección que por nuestros solos medios no podemos obtener.

Antífonas de comunión

«Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen». Del salmo 30, versículo 20. En el momento de recibir la comunión sacramental, cuando contemplamos la blanca Hostia que vamos a comulgar, recordamos la bondad inmensa de Dios que nos tiene preparado siempre un manjar celestial al que nos acercamos por puro amor y reserva divinos.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Del evangelio según san Mateo, capítulo 5, versículos del 9 al 10. Trabajar por la paz en muchas ocasiones conlleva el ser perseguido, incomprendido o denostado por eso esta antífona nos recuerda que solo recibiendo este alimento de vida, el pan de los fuertes, podremos seguir trabajando con denuedo por la consecución de la paz y la vivencia plena de las Bienaventuranzas.

Oración para después de la comunión

«Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Encontramos un eco de la teología de los dos altares: del altar del cielo al altar de la tierra. En el altar de la tierra se realiza y actualiza en el tiempo lo que en la Jerusalén celeste se celebra eternamente. De ahí que la sagrada Hostia no es otra cosa que el alimento del cielo del que disfrutan los ángeles y los santos que ya están en el altar del cielo.


Visión de conjunto

La perfección es un atributo referido solamente a Dios, pues es el único ser acabado que no posee defecto alguno y del cual emanan en resto de perfecciones del mundo. Santo Tomás de Aquino, al esbozar sus cinco vías para la existencia de Dios formuló la cuarta tal que así: “Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas Según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice lo más caliente de lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa del calor de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”.

Antes de seguir debemos hacer una aclaración: las vías de santo Tomás de Aquino no son pruebas que necesariamente remitan a la existencia del Dios judeo-cristiano. Sino que son “pruebas apodícticas”, es decir, que si se siguen podemos llegar a conocer la existencia de un ser supremo, principio y fin de todo cuanto ha existido, existe y existirá pero para que este sea el Dios único y verdadero se necesita la luz de la fe y el testimonio de la revelación.

Así pues, retomando el tema de la cuarta via, podemos decir que hay en las cosas perfecciones transcendentales realizadas en diversos grados, como la perfección de bondad, de verdad, de nobleza y otras”. Hay otras que no admiten grados.

a) Primer grado de la vía: Una perfección realizada en diversos grados es necesariamente causada: las perfecciones como la bondad, verdad, nobleza, etc, por lo mismo que existen participadas en diversos grados tienen que ser causadas por otro ser que posea esas perfecciones en máximo grado.

b) Segundo grado de la vía: quien tiene en máximo grado una perfección pura, es causa de esta perfección en todos aquellos que la poseen en grado inferior: tener una perfección en máximo grado es tenerla por esencia y de un modo fragmentario es poseerla por participación. Este sujeto que la posee por esencia no puede ser más que uno y único.

c) Término final de la vía: “Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”: Así pues, nos encontramos con un ser que es: 1) Superior, perfectísimo, infinito, porque es la plenitud de ser, de verdad, de bondad y de nobleza; 2) Principio y causa de todas las cosas, porque en todas causa el ser, la bondad y las demás perfecciones. Luego existe Dios.

Es la vía por excelencia, ya que en ella se da el paso del ente al ser y de éste al Ser. Parte de la experiencia empírica. Se ve que las criaturas son más o menos perfectas (buenas, verdaderas, nobles, etc.). Por esto, debe existir algo que es en grado máximo bueno, verdadero, y por tanto, perfecto. Este ser es Dios y es perfecto y máximo también en el ser. Es causa de las perfecciones del resto de entes.

Buscar la perfección es un mandato del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Y si antes hemos dicho que Dios es la causa última de todas las perfecciones, solo en la medida que tengamos contacto con Dios y descubramos la acción de su gracia en nosotros iremos adquiriendo esa misma perfección.

Perfección es sinónimo de santidad. Los cristianos no estamos llamados a ser buenas personas, sino a ser santos como Dios es santo. Y para ser santo solo una cosa es necesaria: buscar el hacer la voluntad de Dios cada día de nuestra vida. Pues ánimo, pídelo y búscalo.

Dios te bendiga


sábado, 10 de junio de 2017

ALABANZA A LA ETERNA Y SANTA TRINIDAD


HOMILIA EN EL DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD



Queridos hermanos en el Señor:

            En este domingo la Iglesia nos propone la contemplación del misterio Fontal de nuestra fe cristiana: la Santísima Trinidad. Celebrar esta verdad de fe significa fijar nuestros ojos en el centro del misterio de Dios, en Dios mismo. La primera lectura nos ofrece unos rasgos que muy bien pueden definir la originalidad del Dios judeo-cristiano. Ante la plegaria de Moisés, Dios no se resiste a bajar y pasar delante de Él. A veces puede asaltarnos el pensar que Dios está lejos, que no se preocupa de nosotros; ¡y nada más lejos de la realidad! Dios siempre está a la escucha de las necesidades de sus hijos, Él baja constantemente para atender el clamor de sus fieles. A este hecho los padres griegos lo llamaban la “synkatabasis”, esto es, la condescendencia.

            Pero Dios no se conforma solo con bajar sino que, además, quiere pasar ante nosotros, caminar al paso de su pueblo. El Dios de los caminos de la historia que se hace uno de nosotros hasta el punto de llegar a tomar carne humana sin dejar de ser Dios. Por eso, Moisés eleva esa sentida plegaria confiando en que Dios es el único que puede entender la tanto la torpeza del pueblo como su gran necesidad de Él.

            Otros dos rasgos que se atribuyen a Dios en este pasaje son el de “compasivo” y “misericordioso”. Dios baja y camina con nosotros movido por su compasión y derramando su misericordia. Es un Dios clemente y leal. Clemente cuando baja compasivo y leal cuando pasa misericordioso. Ese es el Dios de la revelación, el Dios que no tiene comparación con ningún otro.


            En el Nuevo Testamento, la manifestación de este Dios monoteísta da un paso más y se revela no solo como Padre, sino también como Hijo en Jesucristo y Espíritu Santo. Así lo pone de manifiesto san Pablo en la segunda lectura al despedirse de los corintios: gracia, amor y comunión. La gracia es Jesucristo porque es el gran don que el Padre eterno nos ha regalado para que, como dice el evangelio de Juan, nos salvara y no nos juzgara y condenara. El amor se relaciona con Dios por su carácter Fontal, es decir, el amor es la fuente de todas las relaciones personales tanto trinitarias como humanas y si Dios mismo es la fuente de todo, de ahí que Dios sea el amor, aunque san Agustín en su teoría psicológica entablará otra ecuación. Por último, el Espíritu Santo es comunión porque es quien puede unir y sintonizar los corazones de los fieles. El Espíritu es vínculo de caridad que nos une a todos en una fe, en un amor y en una esperanza.

            Sin embargo, no basta con saber cosas teóricas de Dios. Porque en Dios más que el ser importa el actuar. Dios reclama para sí mismo nuestra fe. Así lo expone el texto evangélico. La fe (gr.= pistis) y el creer (gr.= psiteuo) son modos de conocimientos que acompañan y completan a la pura razón humana (gr.= logos). Por eso, para mejor conocer a Dios no bastan con argumentos racionales o pruebas de su existencia; sino la experiencia de Dios en la vida.


            Dios baja hoy a tu vida, quiere caminar contigo, quiere mostrar su compasión y misericordia contigo. ¿Estas, hoy, dispuesto a acogerlo por la fe? El texto evangélico no admite dudas ni extrañas interpretaciones. El juicio depende la fe. Quien tiene fe no será juzgado porque ha asumido el amor de Dios en su vida, pero quien se niega a creer en Dios no ha conocido su amor y por tanto está lejos de la salvación.

            Así pues, queridos hermanos, la fiesta de la Santa Trinidad es una muy buena oportunidad para, como dijimos al principio, volver nuestra mirada al Dios único y verdadero, al Dios revelado en Tres Personas por Jesucristo. Nuestro Dios es un Dios de amor, de paz, compasivo, misericordioso, lento a la irá, rico en clemencia, que se abaja para estar con su pueblo, que quiere caminar junto a él. Tener fe, hermanos míos, es un regalo que no podremos agradecer nunca. Es un regalo cada día su amor y su desvelo por nosotros, su ternura y caridad. Por eso mismo, alabemos a la Santa y Eterna Trinidad, Unidad indivisible y única Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, por los siglos de los siglos y eternidad de eternidades. Amén.

Dios te bendiga

jueves, 13 de abril de 2017

HABIENDO AMADO A LOS SUYOS, LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO

          “Oh memorial de la muerte del Señor, pan vivo que das la vida al hombre”. Con este verso, comienza la liturgia romana del Jueves Santo, antesala del llamado Triduo Pascual.

                                  
                    MEDITACIÓN PARA EL JUEVES SANTO

En el día de hoy, la Iglesia celebra la entrega del Señor. Entrega, en su amplio sentido: entrega en el amor, entrega en el sacerdocio y entrega en la Eucaristía, porque, ante todo, el misterio de la Eucaristía es un misterio de entrega. Quiso Él, en el pan y en el vino, quedarse con nosotros para siempre entregándose, de este modo, a la Pasión salvadora. 

Ha sido santo Tomás de Aquino quien bellamente lo ha expresado en su poema hímnico “Pange lingua”. Allí se nos dice que fue en la postrera noche cuando, sentado a la mesa con los suyos, tomó pan y vino y pronunciando las palabras rituales se lo dio en alimento de vida eterna. Su carne y su sangre, místicamente presentes en el pan y en el vino, son desde entonces, la realidad permanente de su amor por nosotros y de su misma presencia entre nosotros.

Contemplar en esta noche el misterio eucarístico, debe suscitar en nosotros profundos sentimientos de acción de gracias. Gracias por su entrega y por su generosidad; gracias por su valentía de hacer la voluntad del Padre al morir en la cruz. 

A escasas horas de sufrir su ignominiosa pasión, el Señor, lejos de odios y venganzas mundanas, nos lega el mandamiento nuevo del amor: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Juan enmarca este testamento con una frase que ha atravesado los siglos: «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos  que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Permítanme que me detenga en esta frase, muy breve pero de un gran contenido espiritual.

“sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”: Jesús, en esta noche, debe abandonar el mundo, y lo hará de un modo dramático. El tránsito de Cristo, es su propia pascua, su propio paso. El que un día abandonó la gloria que tenía para hacerse hombre, ahora se encamina hacia ella. Pero, esta vez, el camino a la gloria pasa por la muerte en cruz. Por eso, la antífona de entrada de la misa de hoy nos recordaba precisamente este misterio: “Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en Él esta nuestra salvación, vida y resurrección. Él nos ha salvado y libertado”. Así pues, hoy contemplamos la Pascua de Cristo realizada en la liturgia de la Eucaristía. Su paso de este mundo al Padre, su Pascua, se ha de realizar por la entrega en la cruz, y es lo que se realiza con el pan y el vino: el cuerpo entregado y la sangre derramada, son el anticipo de esto mismo en el árbol de la cruz.

“habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo”: Jesús, nos dicen los evangelios, pasó por el mundo haciendo el bien y dándonos ejemplo de cómo debemos comportarnos los cristianos. El mandamiento nuevo del amor es la concreción de toda su vida y su obra. Comulgar, en esta noche, con el cuerpo y la sangre del Señor, implica unas serias consecuencias morales para nosotros: la cruz conlleva el mandamiento del amor. Si en algo se caracteriza la vida cristiana es en la capacidad de amar, incluso, a los enemigos. Esa es la excelencia del cristianismo y su verdadero tesoro. Si Jesús fue capaz de amarnos a nosotros, pobre pecadores, cómo no vamos a ser nosotros capaces de amar a nuestros coetáneos, a nuestros prójimos. 

“los amó hasta el extremo”: Cristo no sólo no nos amó durante su vida mortal entre nosotros, ni tampoco nos ama de una forma abstracta desde el cielo, sino que ha querido hacer concreto y palpable su amor a nosotros por medio del sacerdocio. Hasta tal punto, llegó el amor del Señor que confirió su propio poder y su propia autoridad a hombres tomados del mundo, para que haciendo sus veces, administraran los sacramentos a sus fieles. Y en esto se realiza el amor extremo del Señor hacia nosotros, en que por medio de sus sacerdotes puede seguir presente en medio de su pueblo. Por medio de ellos, Él puede seguir perdonando, bautizando, ungiendo, permanecer en el pan y en el vino, acoger a los enfermos y moribundos e interceder por los difuntos.

En esta noche, ofrecemos, pues en el altar la victima pascual, el cordero inmolado. En esta noche, elevamos el cáliz de la bendición, el cáliz de la sangre de Cristo. En esta noche, contemplamos a Cristo entregando su cuerpo y su sangre por la redención del mundo; a Cristo legándonos el testamento de su propia obra. Así pues, hermanos, demos gracias a Dios por su Hijo Jesucristo y gloriémonos en su Cruz, por la cual nos vino la salvación, la vida y toda bendición.

Pero también es la noche de Getsemaní, la noche de la agonía (= gr. Lucha, combate). El verdadero hombre entra en liza con el verdadero Dios, la humanidad contra la divinidad, la voluntad humana contra la voluntad divina. Por una parte, Jesús se resiste a beber el cáliz de la pasión, pero inmediatamente se decide a hacerlo hasta las heces. Y lo hace, precisamente, por el mismo motivo que exponíamos anteriormente: por su extremo amor hacia nosotros. Getsemaní sigue vivo en la noche de los tiempos, en cada situación de agonía que experimentamos.

Un ángel le fue enviado para consolarlo y fortalecerlo. Dios nos mira a cada uno con misericordia. Se hace cargo de nuestros problemas y situaciones. Continuamente está enviándonos a sus ángeles para que hagan lo mismo con nosotros, es decir, para que podamos sentir su consuelo y su fortaleza a cada instante de la vida.

Queridos lectores, contemplando las estampas que esta noche nos presentan nuestro corazón no puede por menos que estremecerse, que palpitar al ritmo de la serena agonía de Cristo. Es noche de pasión y de amor, de entrega y sumisión, de lucha y de paz. Es la noche del fracasado triunfo de las tinieblas y del triunfante fracaso de la luz. Os invito a tomar un taburete y sentarnos en el cenáculo con Él; a atravesar el torrente Cedrón; y velar, agazapados entre las piedras, contemplando como Jesucristo se pone en manos de sus enemigos porque el bien que ha de venir será mucho mayor que el mal que está aconteciendo.