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viernes, 28 de junio de 2019

SOLEMNIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS



EL CORAZÓN SAGRADO DEL BUEN PASTOR



Queridos hermanos en el Corazón de Cristo:

Estamos celebrando hoy la Solemnidad del Corazón de Jesús. Los textos que la liturgia ha dispuesto para hoy nos presentan la imagen, ya muy conocida, de Jesús, buen Pastor. Sin embargo, en el contexto que impone esta fiesta a estas lecturas podemos decir que la liturgia nos invita a entrar hoy a lo profundo del Corazón Sagrado del Buen Pastor. En esta celebración quisiéramos, amadísimos hermanos, repetir la experiencia que el Beato Padre Hoyos viviera en 1733 y que él mismo cuenta: “Quedó mi corazón como quien ha en­tra­do en un baño o lejía fuerte, que deja consumida en sus aguas toda la escoria de que antes se miraba cubierto”.

Hoy nosotros, fieles devotos del Corazón de Cristo, también entramos en su corazón sagrado para ser purificado por el fuego de sus ardientes llamas de caridad. La escoria de nuestro mal y de nuestro pecado, queda diluida y sanada por la potencia de su gracia que se desprende de tan amantísimo corazón. 


En la lectura del profeta Ezequiel, hemos escuchado de los labios de Dios su empeño personal de ir a buscar a todo su rebaño sin distinción para atraerlo a los apriscos de vida. Esto nos enseña que el Corazón de Cristo no esta cerrado a un rebaño asegurado, sino que tiene ansias de aumentar su grey. Por eso, ha querido revelarse tantas veces a los hombres: para que todos le conozcan y puedan gustar sus verdes pastos eucarísticos. Es un corazón que se ensancha infinitamente hasta alcanzar al último pecador de la tierra. Podríamos decir que el Corazón de Jesús es un corazón misionero, ansioso de almas y de ser conocido. Así se lo comunicó al P. Hoyos: “Quiero, por tu medio, extender la devoción a mi Co­ra­zón en toda España”, y quien dice España dice el mundo entero.


Quienes se dicen devotos del Corazón de Cristo no pueden por menos que embarcarse en esta aventura apostólica que es la de dar a conocer “el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Así, con estas palabras se dio a conocer a Santa Margarita María de Alacoque. 

Con el profeta Ezequiel podríamos decir que es el Corazón que ha amado tanto a los hombres que sale en su busca a todos los lugares por donde están dispersos. Es el Corazón que tanto ha amado a los hombres que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva (cf. Ez 33,11). Este Corazón se convierte, de algún modo, en aquella tierra que la bondad divina preparó para los pobres pecadores.


Es un Pastor que no ha dudo en dar su vida en rescate por sus ovejas, peleando virilmente contra el peor de los lobos que atacan a su rebaño, el demonio. El corazón del Buen Pastor no dudó, ni por un instante, en derramar su sangre y entregar su cuerpo, incluso por el mas miserable e ingrato de los pecadores. Pues a todos ama con amor de predilección.

Quien se entrega a su Divino Corazón, experimente – como relata el P. Hoyos -: “un ex­traor­dinario mo­vi­mien­to, fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sa­cra­men­tado a ofre­cer­me a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo me­nos con ora­ciones, a la extensión de su culto”. Así, los frutos de la devoción al Corazón de Cristo son tres: adoración a Jesús sacramentado, apostolado y ansias de amor y reparación.

El primer fruto: la adoración a Jesús sacramentado. Porque en el Augusto Sacramento del altar esta palpitando y latiendo con fuerza, el Corazón vivo de Jesucristo. Si decimos con verdad que la Eucaristía es el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo, no podemos obviar que el corazón forma parte del cuero, bombea la sangre, es residencia del alma y permite el íntimo diálogo con la divinidad. De este modo, al adorar con profunda reverencia y contemplación la Hostia Santa, estamos entrando en lo más íntimo de su Divino Corazón.


El segundo fruto: el apostolado. Consiste en dar a conocer a todos la Buena Nueva del Evangelio. El apostolado es siempre de persona a persona, de tú a tú, sin pretender más ni otra cosa distinta a que Jesucristo sea conocido por todos, que conocido sea amado por las almas y que amado sea seguido, venerado y querido por todos. Este es nuestro gran empeño: como sus devotos fieles no podemos claudicar de vivir la fe en coherencia con la tradición y la verdad que hemos recibido.  

El tercer fruto: tener ansías de amor y reparación a Jesucristo. Son muchos los pecados y blasfemias que ofenden el Corazón sacratísimo del Señor. Muchas las ovejas que se descarrían y pierden por caminos tortuosos que conducen a la muerte. El Corazón de Jesús se llena de penas y amarguras ante estas situaciones. San Gregorio de Nisa decía que “si Dios es la vida, el que no ve a Dios no ve la vida”. Y es cierto, queridos hermanos, que ahora no vemos a Dios y que por tanto esto que vivimos nos es la vida verdadera, sino un camino para poder ver a Dios, y por ende, ver la vida verdadera. En este sentido, la reparación y la expiación por nuestros pecados y los del mundo entero tienen como motor y como fin aliviar y consolar el Corazón de Dios para disfrutar un día de su visión, y así, de su vida verdadera.


Esta, hermanos, es la grandeza de la Solemnidad que celebramos hoy: que Dios nos ha abierto la intimidad de su Corazón para que ninguno se pierda sino que tenga vida en abundancia. Estos son los proyectos de su corazón de edad en edad: reanimar a sus hijos en tiempos de hambre espiritual y librar sus vidas de la muerte eterna. La gran promesa que hiciera al P. Hoyos sigue vigente en los tiempos que corren: “Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes”. Así quiere reinar Nuestro Señor Jesucristo: por el amor. Su reino no es de este mundo ni con los criterios de este mundo lleno de falsedad, corrupción y mentira. No. Su reinado es por el amor y nada más que por el amor. Su reino es una fraternidad universal, esto es, la Iglesia, como nos decía el profeta Ezequiel. Su reino es un amor de entrega por los ingratos y pecadores, como nos recordó san Pablo. En definitiva, amados hermanos, su reino es su mismo corazón de buen pastor que sale siempre a buscarnos y no cesará en su empeño hasta reunirnos en un solo redil en la gloria eterna, donde vive con la Virgen y los Santos, reinando en el universo con amor providencial por los siglos de los siglos. Amén. Así sea.





P.D. Con esta homilía ponemos punto y final a este blog para emprender otros proyectos. Un saludo y gracias por vuestra lectura y seguimiento.

sábado, 18 de agosto de 2018

ALIMENTO DE SABIDURÍA


HOMILIA DEL XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Entramos hoy en el núcleo central del capítulo seis del evangelio según san Juan. Para la sección de hoy, nos servirá de gran ayuda el texto del libro de los Proverbios. La Tradición sapiencial del pueblo de Israel puede sintetizarse en lo siguiente: la sabiduría es conocer el mundo que nos rodea para remontarnos a Dios desde él y saber situarnos en el mismo. Esta sabiduría que recibe el trato de persona que vive junto a Dios entra en contacto con el hombre y pretende ofrecerle manjares exquisitos para saciarlo de conocimiento y eliminar toda inexperiencia y estupidez.

            La tradición ha identificado la sabiduría con el mismo Jesucristo. La Sabiduría es Jesucristo, quien ha preparado un banquete con pan y vino para suplir la inexperiencia y alimentarnos con el conocimiento divino. Por eso, el salmo 33 es una invitación, a todos, a gustar la sabiduría divina que se nos ha dado como alimento. Jesús en su discurso recupera la imagen del pan y del vino del Antiguo Testamento, y se las aplica a sí mismo como categorías cristológicas que definen quién es Él.


            Jesucristo no solo es pan de vida sino que su carne es la verdadera comida. Cristo, con su carne y su sangre, nos prepara el banquete del Reino. Las prefiguraciones han llegado a su cumplimiento pleno. El Reino de Dios se nos regala con un espléndido banquete donde el mejor y más esquisto manjar es Cristo mismo. Su carne y su sangre, alimentos del nuevo tiempo que empieza en Él, son viático para la eternidad. El banquete que se nos da en la Eucaristía, en el tiempo, es anticipo y trasunto de ese banquete que gustaremos en las bodas del cordero, en la eternidad.

            Por eso mismo, porque el conocimiento de Dios implica anhelo de eternidad. Cristo quiere suplir ese lapsus de tiempo hasta entonces con un alimento espiritual que, bajo las especies de pan y de vino, hagan suave la espera y menos áspero el camino. Jesús nos enseña hoy que para ir al cielo es necesario comer su carne y beber su cáliz que se nos regalan en cada misa. La Eucaristía nos da, a la par, conocimiento de Dios.

            Así pues, queridos hermanos, las lecturas de hoy nos exhortan a gustar y ver el alimento que Dios regala a sus hijos. Por tanto, acerquémonos bien preparados y dispuestos a recibirlo para comulgar la eternidad, que es presencia de Dios en nosotros. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 11 de agosto de 2018

LEVÁNTATE Y COME


HOMILIA DEL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            Continuando con la lectura del capítulo seis del evangelio de Juan, la lectura del primer libro de Reyes nos da una nueva clave de comprensión: el profeta Elías, desfallecido de su caminata, se deja llevar por el cansancio y la desesperación; y rendido, ya, por la fatiga, se tumba en el suelo a esperar su muerte. Pero Dios no se resiste a consentir que su profeta entre en una dinámica derrotista, por ello manda a su ángel para que reanimara las fuerzas de Elías. La sencillez de un pan cocido y una jarra de agua es lo único necesario para levantarle de su postración.

            Se podría decir que esta narración del profeta Elías es una imagen perfecta de la vida del cristiano. La vida terrena es el camino que hemos de transitar para llegar a la meta que es el cielo. Pero este camino de la vida no es fácil. Si dijimos en domingos anteriores que el carisma profético del pueblo de Dios y el ejercicio del mismo por parte de cada cristiano, en su apostolado, entrañaban serios riesgos para la estabilidad y el bienestar en la vida; vemos que solo podemos hallar fuerzas en un alimento que no es de este mundo, aunque necesite de soportes físicos de este mundo. Elías fue alimentado por el pan de un ángel para que recobrara las fuerzas y continuara.


            Elías gusto y vio la bondad de Dios que no lo abandonó a su suerte sino, al contrario, lo salvó de sus ansias y angustias por medio de su enviado del cielo. También a nosotros, cada día de nuestra vida Dios nos envía ángeles para que nos guarden en el camino de la vida y nos proporcionen el alimento espiritual que necesitamos. Este pan que un día comiera Elías no es otra cosa sino un anticipo o prefiguración del verdadero alimento espiritual que Jesús nos da en sí mismo.

            El evangelista Juan establece un discurso acerca del pan de vida  a raíz de una diatriba con los judíos. Éstos cuestionan la identidad de Jesús, se quedan solo en la apariencia humana sin ir más allá de la misma. Y es que reconocer a Jesús como el Pan de vida es, ante todo, un don de la gracia divina que nos atrae y descubre la verdadera identidad del Señor. La Eucaristía, sacramento de la fe, es el verdadero Maná del cielo que sacia el hambre de eternidad en el hombre de hoy que se siente fatigado por las inclemencias y dificultades del camino de la vida.

Porque aunque el camino supere nuestras fuerzas, la Eucaristía, alimento sobrenatural, nos dará la fortaleza necesaria para continuar la vida cristiana en plenitud y hasta final. Así como no podemos vivir sin el alimento físico, la vida cristiana carece de sentido y muere si no nos alimentamos con el pan de los ángeles. En este sentido, la misa dominical, más que una obligación se debe transformar en una necesidad del alma, sin la cual no podemos vivir. La Eucaristía es ese imán que nos atrae hacia si irremediablemente. La santa misa es el centro de la vida del cristiano y quien no la frecuente, al menos dominicalmente, no puede llamarse, en verdad, cristiano.

Así pues, queridos hermanos, las lecturas de este domingo son un recuerdo constante de la necesidad que tenemos de comer el pan que Dios nos da, y hacerlo con fe. Con fe en la presencia real de Jesucristo en ella, y que, habitando en nosotros por el sacramento, nos da el vigor y el ánimo necesario para encarar la realidad de la vida y llegar a buen puerto, esto es, a la eternidad. Así sea.   
                                                              Dios te bendiga

sábado, 4 de agosto de 2018

EL MANÁ DEL ALMA


HOMILIA DEL XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Continuamos la lectura sistemática del capítulo seis del Evangelio de Juan. Hoy Jesús pretende revelarnos su identidad divina identificándose con el Maná bajado del cielo. Basándose en el pasaje vetero-testamentario sobre la caída del Maná en el desierto para el sustento cotidiano del pueblo, Jesús pretende hacer ver a sus coetáneos que Él es el verdadero Pan que baja del cielo para dar vida al mundo. Jesús, que ha saciado el hambre de aquella multitud que lo escuchaba expectante, quiere, del mismo modo, con su Palabra y su entrega, saciar el hambre espiritual que de Dios tiene el hombre de hoy. Identificándose con el pan, pretende mostrarse como el Dios accesible a la humanidad.

            El maná es una de las prefiguraciones clásicas de la Eucaristía que encontramos en el Antiguo Testamento. El Maná se dio al pueblo como prueba de que Dios acompasaba su presencia a la marcha del Israel peregrino por el desierto. Ante el cansancio y la desesperación que embargaba al pueblo sacado de Egipto, Dios no rechaza la súplica intercesora de Moisés y se muestra propicio a proveer a su pueblo con un alimento que, por sencillo e insignificante que pareciera, fortalecería al pueblo en su peregrinación. Del mismo modo, Jesús, ante la muchedumbre que lo buscaba porque les había llenado el estómago, no duda en, también, proveer al pueblo con un alimento espiritual que también ha bajado del cielo, esto es, Él mismo.


            Ese alimento es el mismo que se nos da hoy en el altar. Jesús, dos mil años después, sigue siendo para su pueblo el Maná verdadero, el pan de vida bajado del cielo para saciar el hambre de Dios, el hambre de trascendencia que aún queda en el corazón del hombre y la mujer de hoy.

            El hombre de hoy se enfrentan a un más que plural mercado de cauces, corrientes y canales espirituales que se le ofertan para calmar toda ansia de trascendencia. Muchas son las que prometen una felicidad inmediata, se muestran como una pseudo-mística que lejos de llevar al Dios verdadero, sumergen al hombre en una espiral de auto-conocimiento y auto-control donde se confunden la paz interior con un sentimiento egoísta de tranquilidad de conciencia. Sin embargo, frente a estos aljibes agrietados, Cristo, pan de vida, pan verdadero, se nos muestra como el único que puede saciar, en plenitud, el alma humana. La oración cristiana, es, pues, incompatible con estas técnicas de meditación oriental. La oración cristiana no es un camino al solipsismo interior, sino una experiencia de salida y encuentro con el totalmente Otro, con ese Tú trascendental que es Dios que nos busca, nos habla y nos interpela. Y ese Dios, hoy, le encontramos en el  Santo sacramento del altar, la verdadera fuente de vida para la humanidad.

            Así pues, hermanos, no sigamos despistados en nuestra búsqueda de Dios. Alejémonos de toda promesa fácil de salvación que solamente conducen a la corrupción del alma y a la condenación eterna. Comamos del pan bajado del cielo, esto es, de la Eucaristía, sacramento de la fe y vida para el mundo. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 29 de junio de 2018

MISSA PRO GRATIIS DEO REDDENDIS


MISA PARA DAR GRACIAS A DIOS



I. Misterio

Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. El formulario de hoy viene a ser como la otra cara del anterior (en cualquier necesidad) pues tras los favores recibidos de Dios conviene, siempre, dar gracias por su providencia para con nosotros. Un refrán muy castizo dice “de bien nacidos es ser agradecidos”. Pues bien, seamos bien nacidos y agradezcamos siempre a Dios tanto bien como nos hace. El Catecismo de la Iglesia afirma que «la acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es» (2637). En efecto, la acción de gracias de los miembros de la Iglesia participa de la de su Cabeza, Jesucristo.

II. Celebración

            El formulario que aquí analizaremos ofrece dos variaciones para dar gracias a Dios las cuales hemos titulado personalmente de manera que se recogiera la esencia del conjunto de las oraciones. Esta misa está sujeta a las normas generales para las misas por diversas necesidades. Estos formularios pueden completarse bien con el prefacio común IV y las plegarias eucarísticas I, II o III; o bien con la segunda plegaria eucarística para las misas “ad diversa”. Pueden usarse ornamentos blancos o del color propio del tiempo litúrgico en que se empleé.

Formulario A: Para dar gracias tras el peligro pasado

La oración colecta refleja una situación pasada de carácter negativo sobre la que ha intervenido la divina providencia y por ello ahora se da gracias esperando vivir con alegría de aquí en adelante.

La oración sobre las ofrendas considera la santa misa en su dimensión de “acción de gracias” por la bondadosa intervención de Dios, que no es otra cosa que actualización y continuación del sacrificio redentor de Jesucristo, quien ha sido entregado por el Padre para salvación del mundo (cf. Jn 3, 14-16).

La oración para después de la comunión denomina a la Eucaristía como pan de vida que encierra dos propiedades fundamentales: robustecer el alma y librarnos del pecado. La Eucaristía es prenda de la gloria futura que esperamos obtener ya que en esta vida hemos experimentado las pruebas de su amor.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para la antífona de entrada  Ef 5, 19.20 donde san Pablo nos invita a expresar nuestra acción de gracias recurriendo a la oración, al canto y a la alabanza. Para la antífona de comunión, se han asignado dos textos: 1) Sal 137,1: damos gracias a Dios porque ha atendido nuestros ruegos; 2) Sal 115, 12-13: la mejor acción de gracias es la celebración de la santa misa donde ofrecemos a Dios Padre el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.


Formulario B: Dar gracias a Dios por los beneficios recibidos

            La oración colecta es una síntesis perfecta del Dios bueno y providente, dispensador de los dones y en quien vivimos, nos movemos y existimos (cf. Hch 17, 28). Como padre providente no cesa de bendecirnos con los beneficios de su amor. Así, la respuesta del hombre debe ser la de amarle generosamente (cf. Dt 6, 4-9).

            La oración sobre las ofrendas nos recuerda que esos beneficios que Dios nos concede son fruto de su generosidad que obtenemos sin merecerlo. La Eucaristía nos ayuda a reconocerlo y dar gloria a Dios por ello.

            La oración para después de la comunión denomina a la Eucaristía como alimento espiritual y sacramento salvador. La acción de gracias nos invita a pedir y esperar más beneficios de Dios esperando la gran bendición de la vida eterna. 

No tiene textos bíblicos asignados por lo que se puede usar las antífonas del formulario A.

III. Vida

            El doble formulario que hemos analizado anteriormente nos ofrece una serie de oraciones que nos invitan a la acción de gracias. Seguramente muchos de nosotros tenemos más de un motivo por el que dar gracias a Dios: un alumbramiento, un nuevo trabajo, curarse de una enfermedad, aprobar un curso, etc. La alegría y el júbilo forman parte de la vida aunque, curiosamente, lleguen tras un esfuerzo, una serie de pruebas, o después de mucho tiempo. Pero lo cierto es que, junto al dolor y la amargura, conforman la existencia humana, están presentes y suponen un momento de solaz y de paz para la vida de una persona que conoce más tristeza que dicha.

            La palabra “Eucharistia” significa “acción de gracias”. Efectivamente, el centro y corazón, la fuente y el culmen del culto litúrgico cristiano, no es otra cosa que ofrecer a Cristo mismo al Padre como sacrificio de acción de gracias recordando los acontecimientos del pasado. Los cristianos, pues, somos hombres y mujeres agradecidos; convocados por el Padre eterno para una continua eucaristía en cada momento de la vida.


            Pero solo se puede ser agradecidos en la medida que tengamos una clara memoria del pasado, del conjunto que nos ofrece la historia y la cultura que nuestros antepasados fueron gestando y que nuestros padres nos han legado. En la vida espiritual de la fe, la “gratiarum actio (= acción de gracias)” depende del memorial, el recuerdo actualizante de las “verba gestaque (=palabras y acciones)” que Dios ha hecho, en favor nuestro, a lo largo de la historia de la humanidad, y esto es a lo que llamamos “historia salutis (= historia de la salvación)”. Por eso, solo haciendo memoria de ellos podemos dar gracias a Dios por Jesucristo, su enviado, a quien ofrecemos como sacrificio agradable para alabanza y gloria del Padre, bien de la Iglesia y salvación del género humano.

            La oración de acción de gracias, por tanto, no será otra cosa que una oración eucarística, esto es, pasar la vida dando gracias al Señor nuestro Dios ya que es lo justo y necesario que hemos de hacer respecto de nuestro Dios. Así, en conclusión, no habrá mejor oración de acción de gracias que la celebración de la santa misa, que es, en sí misma, acción de gracias. Por tanto, no serán sino duplicaciones y cosas absurdas, cualquiera de las llamadas “oración de acción de gracias”[1] al final de la misa.  Ojalá que, como cristianos, sigamos siendo siempre personas agradecidas a Dios en cada circunstancia y en todo tiempo.

Dios te bendiga



P.D. ¡¡Feliz Verano!!

           



[1] Me refiero, aquí, a las insufribles parrafadas que se leen al final de las misas de colegios, en festividades por causas concretas, funerales, matrimonios,, etc.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

7. MISA PRO SEIPSO SACERDOTE


MISA POR EL MISMO SACERDOTE



I. Misterio

            El post anterior estuvimos hablando del sacerdocio a rasgos generales. El formulario de la misa que hoy estudiaremos quiere concretar esos aspectos en la vida de cada ministro; para ello, la misa por el mismo sacerdote nos ofrecerá ver al presbítero ejerciendo el ministerio en el campo concreto asignado por la Iglesia, en concreto, como párroco o en otra forma de la cura de almas. Nos ayudaremos de las palabras del Código de Derecho Canónico (cc. 512-530) que recoge una rica teología acerca de esto y disposiciones prácticas que nos serán de gran utilidad.

Comencemos explicando qué es una parroquia

La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio. Normalmente, la parroquia ha de ser territorial, es decir, ha de comprender a todos los fieles de un territorio determinado; pero, donde sea necesario, se constituirán parroquias personales en razón del rito, de la lengua o de la nacionalidad de los fieles de un territorio, o incluso por otra determinada razón.

También la cura pastoral de una o más parroquias a la vez puede encomendarse a varios sacerdotes, con tal que uno de ellos sea el director de la cura pastoral, que dirija la actividad conjunta y responda de ella ante el Obispo. Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral.

Pero… ¿Quién es el párroco?

El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho. Para que alguien pueda ser designado párroco válidamente debe haber recibido el orden sagrado del presbiterado. El párroco debe tener estabilidad y por tanto debe ser nombrado por tiempo indefinido; sólo puede ser nombrado por el Obispo diocesano para un tiempo determinado, si este modo de proceder ha sido admitido, mediante decreto, por la Conferencia Episcopal. Quien ha sido promovido para llevar la cura pastoral de una parroquia, la obtiene y está obligado a ejercerla desde el momento en que toma posesión.

Y… ¿Qué obligaciones tiene el párroco? 

El párroco está obligado a procurar que la palabra de Dios se anuncie en su integridad a quienes viven en la parroquia; cuide por tanto de que los fieles laicos sean adoctrinados en las verdades de la fe, sobre todo mediante la homilía, que ha de hacerse los domingos y fiestas de precepto, y la formación catequética; ha de fomentar las iniciativas con las que se promueva el espíritu evangélico, también por lo que se refiere a la justicia social; debe procurar de manera particular la formación católica de los niños y de los jóvenes y esforzarse con todos los medios posibles, también con la colaboración de los fieles, para que el mensaje evangélico llegue igualmente a quienes hayan dejado de practicar o no profesen la verdadera fe. Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos.

Reconozca y promueva el párroco la función propia que compete a los fieles laicos en la misión de la Iglesia, fomentando sus asociaciones para fines religiosos. Coopere con el Obispo propio y con el presbiterio diocesano, esforzándose también para que los fieles vivan la comunión parroquial y se sientan a la vez miembros de la diócesis y de la Iglesia universal, y tomen parte en las iniciativas que miren a fomentar esa comunión y la consoliden.

Entremos ya a estudiar el formulario litúrgico donde se asiente y dimana todo el ser y el hacer del párroco esbozado anteriormente.


II. Celebración

Esta misa ofrece tres formularios (A-B-C). Los formularios A y B están previstos para un sacerdote con cura de almas, es decir, para un párroco; mientras que el formulario C lo está para el aniversario de la propia ordenación. Puede decirse bien con ornamentos blancos o del día siempre que no se contravenga la norma general de respetar la oportunidad y el tiempo litúrgico. Con este formulario puede usarse la plegaria I para las diversas necesidades o bien el prefacio I para las ordenaciones con las plegarias eucarísticas I, II o III.

El formulario A contiene: una oración colecta, tomada de los sacramentarios gelasianos[1] con algunas variaciones sintácticas. Esta oración acentúa la generosa elección divina frente a la debilidad humana que no hace méritos para ello. El sacerdote ha de cumplir el ministerio que le compete celebrando los sacramentos y guiando al pueblo de Dios. La oración sobre las ofrendas ha sido adaptada de la compilación veronense[2]. Se centra en la relación pastor-grey acentuando la necesaria obediencia de unos y la solicitud pastoral del otro. La oración de pos-comunión ha sido tomada, también de la compilación veronense[3]. Dios es la fuente y plenitud de las virtudes con lo cual solo a Él se debe el que el sacerdote pueda hacer el bien, predicar, ofrecer los misterios y exponer el conocimiento de Dios.

Los textos bíblicos seleccionados para este primer formulario son: para la antífona de entrada, Col 1, 25-28 donde se sitúa el sacerdocio como un administrador elegido por Dios para comunicar su gracia y su palabra al pueblo; y para la antífona de comunión, Jn 15, 9 donde recuerda al ministros que la clave de todo “éxito” pastoral está el permanecer en el amor de Dios. El sacerdocio es un oficio de amor: de amor a Dios y de amor al pueblo de Dios.

El formulario B es de nueva creación. Contiene una colecta inspirada en el salmo 85, 1: “Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado”, que junto con la acción iluminadora del Espíritu Santo hace posible en el sacerdote que éste celebre los misterios, sirva a la Iglesia y ame a Dios como este merece ser amado por sus ministros. La oración sobre las ofrendas contiene un tratado condensado sobre la configuración del ministro con Cristo sacerdote y víctima. La oración de pos comunión se basa en el misterio eucarístico como fuente de fortaleza y gozo para proseguir en el ministerio sacerdotal.

Los textos bíblicos asignados a este formulario son eminentemente afectivos: para la antífona de entrada el salmo 15, 2.5 recuerda al ministro que toda su felicidad y todo lo bueno está cifrado en Dios y fuera de Él no va a encontrar ningún otro aliciente para su vida y ministerio. La antífona de comunión está tomada de Lc 22, 28-30 donde Jesús promete el banquete del Reino verdadero a los que perseveren con Él en el trabajo pastoral, esto es, sus pruebas; pues, la configuración con Cristo o es plena y totalizante o no será.

El formulario C es más complejo: la oración colecta es de nueva creación. Recopila los temas de los formularios anteriores: la usencia de méritos en la debilidad del sacerdote, la gracia de la elección, la participación en el sacerdocio de Cristo, el servicio a la Iglesia, la predicación del Evangelio y la celebración de los misterios divinos. La oración sobre las ofrendas es del sacramentario gregoriano del papa Adriano[4]. Vuelve a recordar la ausencia de méritos en el sacerdote lo que conlleva la necesidad de que el ministerio progrese y se perfeccione a lo largo de la vida. Para la oración de pos-comunión, la primera parte “Para alabanza…mi sacerdocio” se encuentra en la compilación veronense[5] y los gelasianos[6] mientras que la segunda parte “he celebrado…en el sacrificio” es de nueva creación. Esta oración retoma el tema importante de la configuración cristológica en el ser sacerdote y víctima (Eucaristía perfecta) de Cristo.  

Los textos bíblicos parejos a este formulario son: para la antífona de entrada Jn 15, 16 donde se recuerda el misterio de la elección del sacerdote por parte de Cristo en orden a una misión concreta: dar frutos de vida eterna; mientras que para la antífona de comunión se ha tomado de 1 Cor 10, 16, centrada en el cáliz y en el pan como sello de la alianza hecha por Dios en Cristo con los humanos y especialmente con el sacerdote que celebra su aniversario, quien físicamente eleva el cáliz y parte (fracciona) el pan de vida.


III. Vida

            Una vez analizados los diversos formularios, establezcamos algunos puntos sustanciales extraídos de los mismos para una mejor comprensión del sacerdocio como dimensión personal del ministro y como responsable de la cura de almas.

            1. La elección divina y el sustrato humano: en líneas generales, de los formularios se desprende que el sacerdote ha sido elegido por la gracia y la providencia divina para proveer a su pueblo de Pastores. Pero esta elección no se hace atendiendo a criterios humanos sino por disposiciones que sólo Dios conoce. Pero Dios, total conocedor de la debilidad humana, cuando elige no elige a los capacitados sino que su gracia, por el sacramento del Orden, es la que capacita a los electos para que ejerzan el ministerio en pro de la edificación del Cuerpo místico de Cristo. Los méritos humanos poco o nada valen, las cualidades humanas poco o nada aportan para la elección, aunque si para el ejercicio del mismo. Entonces ¿Por qué Dios elige para el sacerdocio a unos y a otros no? Solo Él lo sabe. No cabe otra respuesta que pretenda agotar la solución. Por ello, cuando uno es elegido para el ministerio solo queda dar gracias por ello y ponerse en las manos de Dios para que Él disponga lo que quiera.

            2. Relación párroco-feligreses: hay una frase paradigmática en el formulario A que puede ayudarnos a entenderla: “para que al pastor no le falte la obediencia de su grey, ni a la grey el cuidado de su pastor”. Aparentemente la frase pareciera que establece un vínculo puramente jurídico entre ambas partes, pero, aun siendo verdad la base jurídica, realmente entre estos dos términos de la relación lo que prima es la caridad pastoral puesto que la obediencia que le debe la feligresía al párroco o a los que trabajan con él en el ministerio solo se hace efectiva si somos capaces de remontarnos del signo a la realidad, es decir, la obediencia al párroco no se demanda por razones afectivas (si me cae bien o me cae mal) sino porque representa a Cristo-Pastor en la comunidad. La obediencia, por tanto, se tiene en cuanto éste exponga la fe y la moral de la Iglesia en comunión con ella y nunca con las opiniones y gustos personales de los mismos.   

            La segunda parte de esta frase debe entenderse en la misma perspectiva: el cuidado de la grey, aunque a veces cueste, no se realiza en virtud de la bondad o maldad de la gente que forme la grey sino que en la pequeña feligresía se contiene el germen de toda la Iglesia universal, de ahí que cuando el párroco vela con solicitud por cada niño, cada joven, cada adulto, cada anciano, cada enfermo, está cuidando a los niños, jóvenes, adultos, ancianos y enfermos de toda la Iglesia. Aquí también hay que saber remontarse del signo a la realidad: la parroquia es signo concreto de la Iglesia universal, santa y católica. En este sentido se hace real la vivencia de la estructura sacramental de la Iglesia.

            3. La cura de almas: es la labor fundamental del sacerdote encargado de una parroquia o que trabaja en ella cooperando con otros presbíteros. Los tres formularios en conjunto concretan en qué consiste este cuidado de las almas (= personas en su totalidad): 1. Predicación: el ministro debe preparar la predicación y estar pronto para acometer esta importante labor pues para ello cuenta con la fuerza del Espíritu Santo; 2. Hacer el bien: es una tarea de todo cristiano pero en un párroco reviste una especial importancia, pues el ministro debe destacarse por una caridad sincera y generosa con todos por igual y sin acepción de personas; 3. Celebrar los misterios: tarea primera, principal e ineludible de los ministros. Como dijimos en páginas anteriores, esto es lo único que pueden hacer los sacerdotes y nadie más[7]. La celebración litúrgica debemos entenderla como un servicio, tal como este formulario propone al hablar de “administrar los misterios”, “administrador de la gracia”, o similares; 4. Servir a la Iglesia: que es la dimensión totalizante de la vida del ministro ordenado porque es la que aglutina todo lo anterior. El presbítero debe estar siempre dispuesto a llevar a cabo toda aquella encomienda de la Iglesia para edificar y guiar hasta la plenitud al Pueblo de Dios.

            4. Participación del sacerdocio de Cristo: este es un principio de toda vivencia del sacerdocio. Todo parte de aquella oración pronunciada sobre nosotros en el día de la ordenación: “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor[8]. Este aserto, aunque breve y conciso en su formulación, contiene una densidad teológica que el formulario de la misa que comentamos puede ayudarnos a escrutar. Generalmente cuando se plantea el tema de la participación en el sacerdocio de Cristo tiende a acentuarse la dimensión del “poder sacerdotal”, es decir, la capacitación de la gracia para confeccionar eficazmente los sacramentos, y en especial la misa. Pero la participación con Cristo, sin negar lo anterior, va más allá de la “potestas ordinis”; el ministro participa del sacerdocio de Cristo, ante todo, existencialmente como víctima que se ofrece en sacrificio. El ministro ordenado es vivencia concreta, personal y singular de aquello que san Pablo exhorta a todos los cristianos: “que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual” (Rom 12, 1).


            El misterio de la cruz del Señor es un misterio de amor, de entrega, de sacrificio, de víctima viva. Y aquí es donde el párroco se juega el todo de su sacerdocio y de su ministerio. Para ser buen olor de Cristo hemos de abrasados por el carbón de la entrega como el incienso es abrasado por los carboncillos del incensario y así desprende un aroma suave y agradable. Así como la vela que alumbra al Santísimo se consume gritando a todos que Jesús está aquí, el ministro ordenado debe gastar su vida consumiéndose en hacer presente a Cristo en medio de la comunidad parroquial.

            Así pues, en conclusión, qué importante es la labor del párroco en medio de la parroquia o de cualquier comunidad cristiana. Y, por ello, cuánto más importante será rezar por aquellos que tienen el encomendado el ministerio sacerdotal para edificar la Iglesia y guiarla hasta el día de Cristo, mediante la celebración de la santa misa y de los sacramentos y el ejercicio generoso de la caridad pastoral. Ánimo y recen por sus párrocos.

Dios te bendiga



[1] GeV 774 y GeA 2108.
[2] Ve 997.
[3] Ve 1003.
[4] GeH 703.
[5] Ve 999.
[6] GeV 776 y GeA 2110.
[7] Ciertamente puede haber celebraciones litúrgicas que puedan celebrarla los laicos pero siempre de manera delegada y en casos excepcionales, no de ordinario.
[8] cf. Pontifical Romano, ordenación de presbíteros, 163.

viernes, 6 de octubre de 2017

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«A tu poder, Señor, está sometido el mundo entero; nadie puede oponerse a ti. Tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas todas que existen bajo el cielo. Tú eres Señor del universo». Tomada del libro de Ester, capítulo cuatro, versículo diecisiete. Al inicio de la celebración hacemos –con estas palabras- confesión de fe en Dios creador de todo. Conocer su dominio y poder sobre todo cuanto existe nos conforta y alienta en el camino de la vida porque inspira confianza en los fieles: si todo está en manos de Dios entonces nada malo puede ocurrir, no hay lugar para el arbitrarismo y el capricho ciego del destino. Nuestra vida está en manos de Dios, que es el Señor del universo.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, que desbordas con la abundancia de tu amor los méritos y los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que perdones lo que pesa en la conciencia y nos concedas aun aquello que la oración no menciona. Por nuestro Señor, Jesucristo». Tomada del misal romano del 1570. Este texto oscila entre dos campos: el campo del hombre: tímido, limitado en su oración, agitado por los pecados; y el campo de Dios: generoso y desbordante en sus dádivas, conocedor óptimo de todo aquellos que necesitamos y no somos conscientes. Dios y hombre son dos orillas unidas por el puente de la oración y de la misericordia.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta, Señor, el sacrificio establecido por ti y, por estos santos misterios que celebramos en razón de nuestro ministerio, perfecciona en nosotros como conviene la obra santificadora de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Esta oración concentra tres ideas fundamentales para entender el misterio eucarístico: 1. “sacrificio establecido por ti”, celebramos la misa porque ha sido instituida y mandada por el mismo Señor: “haced esto en conmemoración mía” (cf. Lc 22,19). 2. “misterios que celebramos en razón de nuestro ministerio” este aserto recoge una doctrina formulada ya por el Concilio IV de Letrán (1215): “[…] Y este sacramento nadie ciertamente puede realizarlo sino el sacerdote que hubiere sido debidamente ordenado…” (DH 802). Lo que significa que solo por el ministerio sacerdotal se confecciona y ofrece el sacrificio eucarístico mientras que por el sacerdocio bautismal se participa de otra manera. 3. “La obra santificadora de tu redención” la actualización del sacrificio redentor del Señor en cada celebración de la Eucaristía hace posible que hoy, traspasando el espacio y el tiempo, el hombre pueda seguir gozando del ser salvado.

Antífonas de comunión

«El Señor es bueno para quienes esperan en él, para quien lo busca». Tomada del libro de las lamentaciones, capítulo tres, versículo veinticinco. Y nosotros lo buscamos en el pan divino que es alimento para las almas. Cuando decimos que nuestra esperanza está en Cristo debemos pensar que es una esperanza que se actualiza y se hace real en cada comunión de la que participamos. Es el pan que nos regala la bondad divina si sabemos confiar y aguardar su providencia.

«Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan y participamos del mismo cáliz». Tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios, capítulo diez, versículo diecisiete. Este es el principal efecto del que tenemos que tomar conciencia al acercarnos a comulgar: que el pan eucarístico nos hace ser uno en Cristo, nos hace un solo cuerpo que se ofrece al Padre. Es Cristo como cabeza y la Iglesia como su cuerpo, luego el Cristo total, el que se encuentra en cada Eucaristía tanto como oblación santa como comunión eucarística.

Oración para después de la comunión

«Concédenos, Dios todopoderoso, que nos alimentemos y saciemos en los sacramentos recibidos, hasta que nos transformemos en lo que hemos tomado. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. Cristo, pan de vida y cáliz de salvación, se nos ofrece como alimento de salvación para que progresivamente nos vayamos “cristificando”, es decir, pareciendo más y mejor al Señor, a quien hemos tomado.


Visión de conjunto

            El primer artículo del Credo dice “Creo en un solo Dios, Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”. En esta reflexión final vamos a centrarnos en la propiedad nocional “Creador” referida a Dios Padre, primera persona de la Trinidad.

La comprensión del Dios-Creador ha tenido variaciones a lo largo de la historia y de las áreas geográficas. Vemos algunas, someramente, tomadas del Catecismo de la Iglesia:

·         Mitologías: en las religiones y culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los orígenes.

·         Panteísmo: todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios.

·         Emanacionismo: el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella.

·         Dualismo o maniqueísmo: existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente.

·         Gnosticismo: el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar.

·         Deísmo: el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo.

·         Materialismo ateo: no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre.

La Sagrada Escritura ofrece dos relatos de la Creación del mundo que debemos apreciar y saber entender. No deben entenderse nunca al pie de la letra. La doctrina de la creación sirve para confirmar la fidelidad de Dios a la alianza y atestiguar el poder soberano de Dios en la historia, la creación y la liberación de Egipto dan testimonio de esto.

Toda la Biblia está salpicada de referencias a la creación en como marco hecho por Dios para insertar en ella al hombre, inicio de la Historia de la Salvación (cf. CEC 280). En el libro de Isaías a partir del capítulo 40 encontramos referencias a Dios como creador de cielo y tierra que volverá a restaurar al pueblo y el culto. Hay que tener en cuenta que estamos en la época del exilio. También en los salmos encontramos importantes referencias. Son confesiones alegres y agradecidas de fe. Destacan los salmos 148, 8, 104, 19,33.

En la literatura sapiencial se inserta una diferencia ya que la religión está impregnada de la cultura helénica. Es decir se observan los atributos divinos y las obras creadas y se sigue un proceso racional de búsqueda de Dios: el último discurso del libro de Job donde se ofrece una descripción de la creación en defensa de Dios; también Proverbios 8, 22-31, donde la sabiduría de Dios, atributo divino, es presentada con rasgos personales y jugando con la “bola del mundo”. No se nos escapa el de Sabiduría 13, 1-9 donde se acentúa la posibilidad de un conocimiento de tipo natural y racional que nos pueda conducir a la existencia de Dios.

En el corpus paulino encontramos un texto semejante a este en Rom 1, 20-25. La gran definición teológica del conocimiento natural de Dios fue consagrada en 1870 por el Concilio Vaticano I en la Constitución dogmática Dei Filius: «La misma santa madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas» (DSH 3004).

En conclusión, cuáles son las enseñanzas bíblicas más importantes de la creación: a) El mundo entero debe totalmente su existencia a la acción libre y soberana de Dios; b) El mundo es bueno; c) El mundo existe para el hombre. Todo ello supone que nosotros como fieles cristianos debemos dar gracias a Dios por su bondad infinita, por haber creado este precioso mundo para nosotros, para nuestro disfrute lo que implica que debemos cuidar de él como de la casa común de la que se trata. La verdadera ecología no es cosa de otros sino de los mismos cristianos. La ecología se hará justa en la medida en que se presuponga una sana antropología pues el destino del mundo y del hombre están unidos en esta vida y en la venidera donde aparecerán los cielos nuevos y la tierra nueva junto con una nueva humanidad redimida y exenta de llanto, dolor, enfermedad, luto y muerte.

Dios te bendiga