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miércoles, 22 de noviembre de 2017

8. MISA PRO MINISTRIS ECCLESIAE


MISA POR LOS MINISTROS DE LA IGLESIA


I. Misterio

“Ministro” es una palabra que procede del vocablo latino “minister,-tra,-trum” que, a su vez, deriva del adjetivo latino en grado comparativo “minor,-oris” y que significa “más pequeño”, “menor”; de ahí que “ministro” literalmente signifique “el que ayuda” o “el que sirve”.

Queridos lectores, me ha parecido interesante comenzar con este apunte filológico para mejor comprender el tema del que hablaremos hoy. Para la Iglesia, un ministerio es, ante todo, un servicio carismático que alguien desempeña en favor de la comunidad eclesial bien sea en la liturgia, bien en la caridad, bien en la evangelización. Decimos que es “servicio carismático” porque solo se realiza en la medida en que uno es investido de la gracia divina para realizarlo. Este servicio-ministerio puede ser ordenado, instituido o designado, como veremos más adelante.

Por el contexto en que desarrollaremos este pequeño tratado nos centraremos en los ministerios que intervienen en la celebración litúrgica. Como marco interpretativo partiremos de este texto del Concilio Vaticano II: «En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC 28).


Antes de entrar en la calificación antes apuntada, permítanme un brevísimo apunte histórico. A lo largo de los primero siglos de la Iglesia se fueron configurando los diversos ministerios que intervenían en la liturgia (ahorraremos los detalles) hasta concluir en la septiforme distribución de éstos dándoles el nombre de órdenes (mayores y menores). Las ordenes mayores son: obispo, presbíteros y diáconos; y las órdenes menores son: subdiácono, lector, exorcista y ostiario. Hay quienes a estas siete añaden una octava que sería el acólito. Otros incluyen la tonsura. Esta distribución ha sido así hasta el año 1972 en el que el papa Pablo VI reformó estos órdenes suprimiendo varios quedándose solo con dos: el acolitado y el lectorado. Esta reforma se llevó a cabo Motu Proprio “Ministeria Quaedam”, que invito a leer en http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/motu_proprio/documents/hf_p-vi_motu-proprio_19720815_ministeria-quaedam.html. Veamos los ministerios:

A) Ministerios ordenados:

El obispo: posee la plenitud del sacerdocio y el supremo pastoreo en una porción del Pueblo de Dios, llamada Diócesis. En las celebraciones litúrgicas sacramentales le corresponde el ministerio de presidir y actuar in persona Christi et in nomine Ecclesiae, predicar la Palabra de Dios y dirigir y moderar toda la celebración. Si no preside la misa sino que delega, a él le corresponde presidir la liturgia de la Palabra y dar la bendición al final de la Misa.

El presbítero: su sacerdocio está subordinado al del obispo, de quien es cooperador. En las celebraciones litúrgicas, los presbíteros actúan como ministros de Cristo y representantes del obispo. Hacen las mismas funciones que éste salvo lo reservado por las normas litúrgicas.

El diácono: reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio sino al ministerio. En la celebración litúrgica deben proclamar y predicar, a veces, el Evangelio, proponer a los fieles las intenciones de la plegaria universal, sugerir a la asamblea los gestos que deben adoptar. Son los encargados del cáliz y pueden administrar la comunión a los fieles. Son ministros ordinarios de la comunión, del Bautismo, de la Exposición y bendición eucarística; son delegados del matrimonio, de la Liturgia de las Horas y de las Exequias.

B) Ministerios instituidos:

Llamamos ministros instituidos a los que, mediante un rito son habilitados para realizar determinados ministerios en la comunidad eclesial. Son dos:


El lector: su objetivo específico es la proclamación de la Palabra de Dios excepto el Evangelio. Son instituidos de modo estable solo los varones que cumplan ciertos requisitos. Ha de tener la debida aptitud y preparación. Y un gran amor por la Escritura. Dice así la oración de institución:

¡Oh Dios, fuente de toda luz y origen de toda bondad!, que nos enviaste a tu Hijo único, Palabra de vida, para que revelara a los hombres el misterio escondido de tu amor: bendice ╬ a estos hermanos nuestros, elegidos para el ministerio de lectores; concédeles que, al meditar asiduamente tu palabra, se sientan penetrados y transformados por ella y sepan anunciarla, con toda fidelidad, a sus hermanos. Por Jesucristo, Nuestro Señor.



El acólito: es instituido para el servicio del altar y como ayudante del sacerdote y del diácono. Le compete la preparación del altar y los vasos sagrados y distribuir la comunión entre los fieles, de la que es ministro extraordinario. Veamos cómo lo refleja la liturgia:

Padre misericordioso, que por medio de tu Hijo único has dado a la Iglesia el pan de vida, bendice ╬  a estos hermanos nuestros, elegidos para el ministerio de acólitos; que tu gracia, Señor, los haga asiduos en el servicio del altar, para que distribuyendo con fidelidad el pan de vida a sus hermanos, y creciendo siempre en la fe y en la caridad, contribuyan a la edificación de tu Iglesia. Por Jesucristo, Nuestro Señor.


C) Ministerio designados o no instituidos:

Son ministros de facto aquellos que realizan funciones litúrgicas sin estar instituidos. Los fieles, en virtud de su participación en el sacerdocio de Cristo mediante el sacerdocio común, están ontológicamente capacitados para participar en las acciones litúrgicas. Esta es su tarea principal. Puede ser interna, con atención de mente y sintonía de corazón; o externa mediante gestos, palabras, cantos, etc. La máxima participación en la Eucaristía se obtiene comulgando sacramentalmente el Cuerpo del Señor.

II. Celebración


            El actual misal de Pablo VI en su tercera edición del 2002 nos ofrece un único formulario para esta misa. No le acompaña ninguna indicación para su uso; pero el ritual para la institución de lectores y acólitos es el formulario que trae a colación en su capítulo III. Por lo tanto, podemos usar esta misa tanto en las respectivas celebraciones indicadas como cualquier otro día del año siempre que se respeten las normas litúrgicas pertinentes a estas misas por diversas necesidades, ya indicadas. El color de estas misas puede ser blanco o bien el propio del tiempo litúrgico en que se celebren (verde o morado). Por último debemos señalar dos cosas: para esta misa puede usarse la plegaria eucarística primera por diversas necesidades y no habría inconveniente en usar el actual segundo prefacio de órdenes con las plegarias eucarísticas I, II o III. En segundo lugar, indicaremos que este formulario es de nueva creación.

            La oración colecta ha tomado como pie el texto de Mt 20, 28 para indicar la importancia y sentido del servicio dentro de la Iglesia que debe realizarse como competencia, mansedumbre y perseverancia. La oración sobre las ofrendas se sitúa en la línea de Jn 13, 4-15 haciendo un paralelo entre el ejemplo de entrega de Cristo y la entrega propia del ministro. La oración de post-comunión demanda la gracia de la fidelidad a los ministros en su servicio al Evangelio, a los sacramentos y a la caridad pues esto conlleva la gloria de Dios y la santificación de los hombres.

            Los textos bíblicos han sido tomados de 1Cor 12, 4-6 para la antífona de entrada, con el fin de indicar que los ministerios en la Iglesia son muy diversos pero que contribuyen a un único fin y que tienen un mismo origen y fuente en Dios Padre. Para la antífona de comunión se nos ofrece Lc 12, 37 donde se recuerda que el ministerio en la Iglesia hallará su recompensa en el cielo cuando sea el mismo Jesucristo quien nos invite a su banquete y nos sirva.

III. Vida


            Veamos que enseñanzas morales podemos entresacar de los textos que hemos analizado:

·         El ministerio es un servicio a ejemplo de Jesucristo: en su ministerio público Jesús nos enseñó que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir” (cf. Mt 20, 28). Nos instruyó en el arte de servir y para ello dio ejemplo lavando los pies a sus discípulos como anticipo de su participación en el reino de los cielos (cf. Jn 13, 4-15). De estos textos debemos sacar una conciencia clara del papel que cada uno desempeña en la comunidad cristiana en la que está: es un SER-VI-CIO para la edificación de la Iglesia particular. No es ni poder, ni privilegio ni autoridad, sino que se trata de poner al servicio de la Iglesia los dones y talentos que tenemos; y procurar el bien espiritual y material de cada hermano.

·         El ministerio conlleva una ofrenda personal del ministro y de cada creyente: se trata de vivir la vida con un carácter oblativo, es decir, de entrega a Dios. Cada uno puede y debe ofrecer a Dios un sacrificio personal vivido en la liturgia de la vida cotidiana pero esos pequeños sacrificio personales deben unirse al gran sacrificio que ofrece la Iglesia, pueblo sacerdotal, en la Eucaristía del domingo. De este modo nos unimos más estrechamente a Cristo.

·         Hay una forma concreta de ejercerlo para la gloria de Dios y la santificación de los hombres: esta forma se manifiesta  en

o    “Competencia en la acción”: es decir, que se esté capacitado y se tenga aptitudes para ello. No se puede poner a leer a quien no sabe; o a dar catequesis a quien no conoce la fe.

o    “Mansedumbre en el servicio”: se debe ejercer con espíritu pacífico y con ánimo magnánimo y liberalidad. Sin aspereza y sin malos modos. Como Cristo lo hacía con gran cariño y viendo a un hermano en aquel a quien se sirve.

o    “Perseverancia en la oración”: es fundamental para que cualquier trabajo en la Iglesia tenga éxito. Sin la oración no se puede servir ni vivir. Esta oración deberá estar marcada por la liturgia y por el ministerio propio que se desempeñe, pero siempre con espíritu de intercesión.

o    “Espíritu de humildad”: sabiendo que el ministerio no es nuestro sino algo delegado de Dios. Es Él quien actúa en nosotros y a través de nosotros. Si esto lo tenemos claro podremos evitar formas abusivas y autoritarias que más propias son de  los poderes mundanos que del de los cristianos.

o   “Espíritu de amor”: como dice san Pablo, “debe ser el ceñidor de la unida consumada” (cf. Col 3, 14). Este amor en el ministerio adquiere una doble dimensión: por un lado es amor a Dios, a quien servimos y por quien servimos; por otro lado, un amor generoso a los hermanos y prójimos a quienes servimos de las distintas maneras establecidas.

Por tanto, es un buen día hoy para orar por tantos y tantos fieles que desempeñan un ministerio (servicio) en la Iglesia: orar por los sacristanes, por los organistas, por los monaguillos, por los lectores, los acólitos, los diáconos (sean permanentes o no) y por todos y cada uno de los que de una manera u otra (catequistas, visitadoras de enfermos, voluntarios de caritas, etc) construyen la Iglesia desde Cristo, para Cristo y por Cristo. Gracias y que Dios os bendiga.

Dios te bendiga

lunes, 30 de enero de 2017

"MONAGUILLOS PILLOS"



El pasado sábado 28 de enero, memoria de santo Tomás de Aquino, se celebró en el seminario diocesano de Plasencia, mi diócesis, el primer encuentro diocesano de monaguillos enmarcado en el plan vocacional “Tiempo de bregar”. Fue una jornada preciosa aunque con poca participación (esperamos que en el futuro vaya aumentando).

A las 11h comenzó el encuentro con el juego “la alegría de la fe” en que participaron los monaguillos, por grupos, con gran éxito en sus respuestas. A las 12h hicimos una visita guiada a la catedral para conocer dos cosas importantes: la catedra del obispo y a nuestros patronos diocesanos: san Fulgencio y santa Florentina. A las 13h hicimos un último juego sobre los objetos y ornamentos litúrgicos para, a continuación, dar inicio a la celebración de la santa misa. La Eucaristía fue presidida por el rector del seminario, concelebrada por los sacerdotes asistentes y animada  litúrgicamente por los seminaristas. Tras la santa misa tuvimos la comida y tras unos juegos deportivos volvimos para casa.

Qué frescura y pureza desprendían aquellos niños que cada domingo acuden a servir al Señor. Qué limpieza y candor rezumaban las caras inocentes de aquellos que dominicalmente actúan cual querubines en la presencia de Dios. Desde tiempos antiguos ya quiso Dios que los niños estuvieran cerca de Él y le sirvieran en su templo. Recordemos el caso del niño Samuel, que fue donado por su madre Ana para que viviera en el templo bajo la autoridad del sacerdote Elí (cf. 1Sam 3, 1-10). El mismo Jesucristo dijo: “dejad que los niños se acerquen a mi” (cf. Mc 10,14) y comparó la fe verdadera con la inocencia de un niño que se admira y se pregunta por todo. No debemos olvidar qué grandeza de espíritu y ánimo heroico mostraron aquellos niños que dieron testimonio de Jesús a costa de su propia vida: san Tarsicio, los santos niños Justo y Pastor, santa Lucia, santa Inés, santa Eulalia de Mérida o san José Sánchez del Rio.

El Bendicional (B) es un libro litúrgico donde se recogen todos los formularios que se han de usar para impartir la bendición a objetos, personas o lugares tanto del ámbito sagrado como profano. El formulario para la bendición de un acólito (monaguillo) no instituido (B I,V ) nos ofrece unos rasgos de estos “pillos” que corretean por nuestras iglesias. La oración de bendición (B 422) destaca la “bondad y alegría” de los niños que adornan y animan nuestras comunidades. Pero estas deben ser una bondad y alegría que vaya más allá de la pura exterioridad; han de ser una bondad y alegría trascendental, es decir, referida a Dios. A nuestros monaguillos les ha de venir de su contacto con el altar, de su cercanía con el misterio de Cristo, por eso, esta misma oración dice que la alegría y la bondad de los monaguillos contribuyen “a revelar la grandeza del misterio pascual de tu Hijo”.  

Estas vidas infantiles son muy agradables a Dios, la alegría de su santo templo tal como se decía en aquella antigua oración a los pies del altar "Introibo ad altare Dei/ Ad Deum qui laetificat iuventutem meam" (me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud). La monición del rito de bendición de un acólito (B 414) lo expresa con gran belleza: “cada día de vuestra vida que transcurre en la fidelidad al Señor es una ofrenda agradable a sus ojos”. Los monaguillos deben aprender a vivir su vida como “ofrenda agradable”, es decir, una vida que gire en torno a Dios, una vida llena del amor de Dios. Para ello, es indispensable que tengan contacto directo con los misterios a los que sirven; que sientan a Jesús como alguien cercano que interpela sus vidas.

El monaguillo, por su ministerio, es el fiel más cercano al altar. De ahí que tenga que ser instruido en el camino de la santidad y la pureza (B 425). Santidad y pureza van de la mano en los niños porque tienen su raíz en la inocencia y la sinceridad de pensamientos y palabras de estos. Todo parte del grado de confianza que hayan adquirido con su sacerdote. Es importante, en este sentido, la dirección espiritual, la catequesis propia de monaguillos y, sobre todo, la pedagogía mistagógica.
¿Qué es la pedagogía mistagógica? Hacerles descubrir lo oculto bajo el velo de lo sacramental, esto es, a Cristo mismo presente en el ministro, en las especies eucarísticas, en los sacramentos, en su Palabra, en la Iglesia que suplica y entona salmos (cf. SC 7). Porque en la medida que uno va tomando conciencia de cuán grande es el misterio al que se sirve y del que se participa, mayor será la reverencia y la pureza con que queramos acercarnos a él. Y ahí es donde hay que conducir a nuestros hermosos "pillos": a descubrir el misterio que se oculta bajo una casulla, una estola, un cáliz, un corporal, el pan o el vino.

Es precioso, pues, a los ojos del Señor tener monaguillos alrededor del altar. Monaguillos “pillos” que le amen y le sirvan. Niños amigos de Jesús. Niños llenos de bondad y alegría, de santidad y pureza por su contacto con el altar y los misterios que en él se celebran. Que alegría y que belleza ver los presbiterios de nuestros templos diocesanos copados de monaguillos, sus altares asistidos por ellos. Los monaguillos son cantera de vocaciones por eso hemos de cuidarlos y rezar por ellos. Los monaguillos son esperanza y germen de la Iglesia de mañana, son un don de Dios. Confiemos a María santísima a nuestros queridos “pillos” para que ella los cobije bajo su manto y los una cada día más a su hijo, Jesús.
“Oh Dios, que has enviado al mundo a Jesucristo, tu Hijo, para salvar a los hombres, bendice ╬ a estos hijos tuyos que hoy se presentan ante ti, para que los hagas dignos de servir en el altar, y contribuyan, con su bondad y alegría, a revelar la grandeza del misterio pascual de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”.