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miércoles, 29 de noviembre de 2017

9. MISA POR LAS VOCACIONES A LAS SAGRADAS ÓRDENES





I. Misterio

Estimados lectores ofrecemos hoy un breve comentario a la misa para pedir por las vocaciones a las sagradas órdenes. La palabra “vocación” viene del verbo latino “vocare”, que significa “llamar” o “ser llamado por otro”, de ahí que la vocación sea, ante todo, una llamada que alguien nos hace para una misión en concreto.

Todos y cada uno de nosotros hemos recibido una llamada general a vivir en plenitud nuestro ser cristiano buscando el agradar, siempre y en todo, a Dios; en otras palabras, somos llamados a ser “santos”. Pero esta santidad, esta vocación general y universal de todo cristiano no se vive en el abstracto o en el vacío sino que se concreta en el estado de vida de cada uno. Pero ahora toca hablar de la vivencia de la santidad en la vocación particular a las sagradas órdenes.

La vocación sacerdotal como don que es de Dios, quien en su infinita providencia elige a hombres de este mundo para que hagan las veces de Él en medio de es mundo del que fueron extraídos, es algo que compete a toda la Iglesia: “El deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana; ayudan a esto, sobre todo, las familias, que, llenas de espíritu de fe, de caridad y de piedad, son como el primer seminario, y las parroquias de cuya vida fecunda participan los mismos adolescentes. Los maestros y todos los que de algún modo se consagran a la educación de los niños y de los jóvenes, y, sobre todo, las asociaciones católicas, procuren cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina. Muestren todos los sacerdotes un grandísimo celo apostólico por el fomento de las vocaciones y atraigan el ánimo de los jóvenes hacia el sacerdocio con su vida humilde, laboriosa, amable y con la mutua caridad sacerdotal y la unión fraterna en el trabajo” (Optatam Totius[1] 2). Así pues, todos estamos inmersos en esta tarea tan necesaria de cooperar con Dios en la promoción de las vocaciones sacerdotales.

Cuando estas surgen, deben ir al seminario para recibir una profunda y completa formación que les haga madurar y hacer opciones fundamentales y estables para la vida. Esta formación se concentra en cuatro campos o dimensiones: teológica, espiritual, humana y pastoral. Los seminarios, como institución oficial eclesiástica, nacen tras el Concilio de Trento (s. XVI) para la formación de los candidatos a las sagradas órdenes. El Concilio Vaticano II recordó su utilidad con estas palabras: “Los Seminarios Mayores son necesarios para la formación sacerdotal. Toda la educación de los alumnos en ellos debe tender a que se formen verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, prepárense, por consiguiente, para el ministerio de la palabra: que entiendan cada vez mejor la palabra revelada de Dios, que la posean con la meditación y la expresen en su lenguaje y sus costumbres; para el ministerio del culto y de la santificación: que, orando y celebrando las funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del Sacrificio Eucarístico y los sacramentos; para el ministerio pastoral: que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que, "no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos" (Mc., 10,45; Cf. Jn., 13,12-17), y que, hechos siervos de todos, ganen a muchos (Cf. 1 Cor., 9,19). Por lo cual, todos los aspectos de la formación, el espiritual, el intelectual y el disciplinar, han de ordenarse conjuntamente a esta acción pastoral, y para conseguirla han de esforzarse diligentes y concordemente todos los superiores y profesores, obedeciendo fielmente a la autoridad del Obispo”(OT 4).

Pasemos, pues, a examinar qué reza la Iglesia ante la apremiante necesidad que tiene de promocionar y cuidar las vocaciones al sacerdocio.


II. Celebración

Para esta intención, el misal de Pablo VI propone un único formulario sin más indicaciones que las generales para el resto de misas por diversas necesidades ya expuestas en entradas anteriores. Esta misa puede completarse o bien con la segunda plegaria por diversas necesidades “Dios guía a su Iglesia por el camino de la salvación” (p. 625), o bien con el prefacio de las ordenaciones en cuanto éste indica la raíz de toda vocación “con amor de hermano elige a hombres de este pueblo”, siempre que con este prefacio vayan las plegarias I, II o III. Esta misa puede decirse con ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico en que se emplee con las debidas licencias y prescripciones.  

El formulario de oraciones ha sido redactado nuevo pues no se halla nada en las fuentes romanas anteriores. La oración colecta quiere ser cumplimiento de la promesa de Jer 3, 15 “os daré pastores”. A este fin el Señor concede a su Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza para suscitar ministros del culto y testigos del evangelio. La oración sobre las ofrendas  pide algo fundamental y concreto: el aumento y la perseverancia de los vocacionados. La oración para después de la comunión imagina a la Iglesia como un gran campo (imagen de la viña en Isaías 5, 1-7 y en el Evangelio Mc 12, 1-12 y Mt 21, 28-32) donde se siembran las semillas de las vocaciones para cultivar el campo y que éste merezca la pena.

Los textos bíblicos para este formulario son Mt 9, 38 para la antífona de entrada, donde el Señor nos da el mandato de orar por las vocaciones, como si la Iglesia quisiera señalar que esta misa es respuesta obediente al mandato del Señor; y 1Jn 3,16 para la antífona de comunión donde se nos invita a dar la vida en favor de los hermanos a imitación de Cristo, pues la vocación sacerdotal es un llamamiento a la entrega generosa de la vida.

III. Vida


Una vez analizado el formulario de la misa podemos indicar algunos puntos esenciales que suponen para nosotros un acicate a la hora de orar al Señor por las vocaciones a las sagradas órdenes.

En primer lugar, debemos tener claro que todo parte de una promesa divina de dejar nunca a la Iglesia sin pastores. El Señor en el evangelio siente lástima por el pueblo de Israel que anda “como ovejas sin pastor” (cf. Mt 9, 36) de ahí que Él se comprometiera a que el nuevo Israel, su Iglesia, no se viera con esa carencia. Esto significa dos cosas importantes: por un lado, que Él sigue manteniendo a la Iglesia y por otra, su palabra es fuente de esperanza en estos momentos de crisis.

En segundo lugar, no solo debemos orar o preocuparnos por el aumento de las vocaciones sino también por la perseverancia de éstas en la entrega a Cristo y a los hermanos. Ciertamente, toda vocación sacerdotal es un camino hacia la cruz, es un camino de renuncias y exigencias por eso la oración debe incrementarse cada día de la vida para que el Señor conceda a su gracia a los que se sienten llamados por Él. No tenemos nada asegurado ni definitivo salvo la asistencia de su amor y la confianza que da el saber que su llamada es irrevocable.

En tercer y último lugar,  el vocacionado debe tener muy claro a que misión le llama el Señor: a ser ministro del altar, a ser testigo del evangelio y a servir a los hermanos. Y todo ello como sumo cuidado y diligencia. Sin partidismos, ni exclusividades, pues todo forma un único conjunto en la vida de los futuros ministros.

Dicho lo anterior, debemos de echar una mirada en torno y ver cómo esta el panorama vocacional de la Iglesia universal y de la española el concreto ¿Qué nos está queriendo decir el Señor en este momento? ¿Sabremos leer los signos de los tiempos?

Ciertamente, muchas son las iniciativas que en cada diócesis o noviciado se llevan a cabo, con la mejor de las intenciones, para paliar esta sangría vocacional pero todas ellas no acaban de dar los resultados que, aquellos que las diseñan, tienen en su mente. La vocación es un misterio de elección. Dios llama a quien quiere, como quiere y de la forma y en el momento que quiere. A nosotros nos toca ser cauces que posibiliten y favorezcan la acción divina.

En este sentido me parece interesante resaltar estas palabras del último Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros al tratar el tema de la Pastoral Vocacional (2013): “Esta pastoral se deberá fundar principalmente en la grandeza de la llamada, elección divina a favor de los hombres: delante de los jóvenes es preciso presentar en primer lugar el precioso y bellísimo don que conlleva seguir a Cristo. Por esto, reviste un papel importante el ministro ordenado a través del ejemplo de su fe y su vida: la conciencia clara de su identidad, la coherencia de vida, la alegría transparente y el ardor misionero del presbítero son otros elementos imprescindibles de la pastoral de las vocaciones, que debe integrarse en la pastoral orgánica y ordinaria. Por tanto, la manifestación jubilosa de su adhesión al misterio de Jesús, su actitud de oración, el cuidado y la devoción con que celebra la Santa Misa y los sacramentos irradian el ejemplo que fascina a los jóvenes”.


Así pues, el mejor plan vocacional que pueda pensarse es una vida sacerdotal plena y en plenitud de fidelidad; una Iglesia que sea testimonio de Dios en el mundo y que no compadreé con los poderes de éste; unos seminarios con una formación sólida y cabal fundada en la Escritura y la Tradición de la Iglesia así como en el Magisterio indefectible de la misma. ¿En qué nos basamos para ello? En que Dios premia la fidelidad de su Iglesia y, sobre todo, en que Dios es siempre fiel a sus promesas.

Pero… ¿qué hemos hecho nosotros? ¿Qué estamos haciendo? Desde hace unos años comenzó a inocularse en el mundo católico cierta corriente teológica, ambigua y extraña, que negaba el carácter sacerdotal de Jesucristo, arguyendo que Jesús era un laico. Quizás se debiera a esa necesidad patógena del clero de estar como pidiendo perdón a los laicos por ser curas. Y es que cuando una teología se sume ni se aprende bien, ocurren estos disparates. Negar el sacerdocio de Cristo tiene serias consecuencias:

1. Si Cristo no fue sacerdote no podría comunicar su sacerdocio a sus fieles y por tanto ellos no podrían ser, en virtud del bautismo, sacerdotes.

2. Si negamos el sacerdocio de Cristo, no solo el sacerdocio bautismal desaparecería, sino que el sacerdocio ministerial sería inexistente y por ello, todos los sacramentos y toda la liturgia sería vacía y estéril.

3. Si Cristo no fuera sacerdote y solo laico, y por tanto, el sacerdocio de los fieles y de los ministros no existiera; la Iglesia no sería pueblo sacerdotal, sino solo pueblo laical; de ahí la no necesidad de la vocación sacerdotal.

4. En definitiva la Iglesia no sería más que una asociación filantrópica, una teosofía y no habría trascendencia posible.

Pues bien, esta teología de la que algunos sacerdotes, supongo que por moda o desconocimiento, asumieron y propagaron está a la base de la despreocupación por parte del clero de no buscar ni promover vocaciones sacerdotales. Por eso, el clero diocesano, debe esmerarse en el arte de la pastoral vocacional.
                                                         Dios te bendiga



[1] en adelante OT.

miércoles, 15 de marzo de 2017

DIA DEL SEMINARIO



Se acerca el día 19 de marzo, fecha entrañable en el calendario litúrgico católico. En este día se concitan varias efemérides: san José, el día del padre, pero sobre todo, el día del seminario. Aunque este año al caer en el III domingo de cuaresma se haya trasladado al día 20.

El origen de esta festividad se debe al sacerdote mártir español beato Pedro Ruiz de los Paños, que siendo rector del seminario de Plasencia (1917-1927), mi diócesis, publicaba dos revistas
vocacionales: “la hoja vocacional” y “El sembrador”, de carácter infantil; promoviendo, así, esta misma fiesta en este día extendiéndose, rápidamente, a toda España. Es por ello una buena ocasión para dedicarle un espacio del blog al que ha sido llamado “el corazón de la diócesis”, aunque este corazón a veces parece que esté infartado.



El seminario debería ser “la niña de sus ojos” de toda la diócesis, pues en él se forman los que un día serán los sacerdotes de la misma. Es una casa grande donde viven chicos jóvenes (alguno no tan joven) que aman al Señor, que han recibido de Él una llamada y con valentía y gran confianza quieren seguirlo. Lo que se espera de ellos es que perseveren en este don y sean fieles a aquel que inicio su camino y lo habrá de llevar a buen término.

Por la importancia que tiene su existencia para la vida y futuro de la diócesis, el seminario debería ser la causa de los desvelos de todos los que formamos la gran familia de la diócesis, sea la que sea. En primer lugar, debe ser el desvelo del señor obispo, el cual en sus primeras entrevistas tras su anuncio ha dicho que por su trayectoria como rector del seminario de Ávila estará muy pendiente de Él, cosa que nos alegra. Pero el señor obispo debe conocer bien a en quienes pondrá su confianza para formar a los alumnos del mismo.

En segundo lugar, ha de ser el desvelo de los sacerdotes que componen el presbiterio diocesano. De todos y cada uno de ellos y sin excepción. Desde hace unos años comenzó a inocularse en el mundo católico cierta corriente teológica, ambigua y extraña, que negaba el carácter sacerdotal de Jesucristo, arguyendo que Jesús era un laico. Quizás se debiera a esa necesidad patógena del clero de estar como pidiendo perdón a los laicos por ser curas. Y es que cuando una teología ni se asume ni se aprende bien, ocurren estos disparates. Negar el sacerdocio de Cristo tiene serias consecuencias:

1. Si Cristo no fue sacerdote no podría haber comunicado su sacerdocio a sus fieles y por tanto ellos no podrían ser, en virtud del bautismo, sacerdotes.

2. Si negamos el sacerdocio de Cristo, no solo el sacerdocio bautismal desaparecería, sino que el sacerdocio ministerial sería inexistente y por ello, todos los sacramentos y toda la liturgia sería vacía y estéril. Puro teatro.

3. Si Cristo no fuera sacerdote y solo laico, y por tanto, el sacerdocio de los fieles y de los ministros no existiera; la Iglesia no sería pueblo sacerdotal, sino solo pueblo laical; de ahí la no necesidad de la vocación sacerdotal.

4. En definitiva la Iglesia no sería más que una asociación filantrópica, una teosofía y no habría trascendencia posible.

Pues bien, esta teología de la que algunos sacerdotes, supongo que por moda o desconocimiento, asumieron y propagaron esta a la base de la despreocupación por parte del clero de no buscar ni promover vocaciones sacerdotales. Por eso, el clero diocesano, debe esmerarse en el arte de la pastoral vocacional, sobre todo, con los monaguillos.

En tercer lugar, los mismos laicos deben tomar conciencia de la escasez de sacerdotes y la importancia de buscar, animar y apoyar las posibles vocaciones que puedan surgir en sus familias o en las parroquias. Los laicos, como co-responsables en la misión evangelizadora de la Iglesia, no pueden estar al margen de la vida del seminario ni dejar de colaborar con Él en sus necesidades y actividades.

Con todo esto, es necesario ir creando una cultura vocacional. Para ello nuestro seminario ha
elaborado un plan vocacional llamado “es hora de bregar” donde están comprometidos un nutrido grupo de sacerdotes jóvenes de la diócesis, no todos lógicamente, y que llevan a cabo una serie de actividades con, por ahora, poco éxito. No obstante este blog apoyará y difundirá dichas acciones puntuales.

Por lo que a este blog respecta, quisiera aprovechar esta festividad para hablar de la dimensión litúrgico-celebrativa en la vida del seminario. Es la más importante y la base fundamental del resto. Partamos de estas palabras del mismo Concilio Vaticano II: «La formación espiritual ha de ir íntimamente unida con la doctrinal y la pastoral, y con la cooperación, sobre todo, del director espiritual; ha de darse de forma que los alumnos aprendan a vivir en continua comunicación con el Padre por su Hijo en el Espíritu Santo. Puesto que han de configurarse por la sagrada ordenación a Cristo Sacerdote, acostúmbrense a unirse a El, como amigos, en íntimo consorcio de vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan unificar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la meditación fiel de la palabra de Dios, en la íntima comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en el Oficio; en el Obispo que los envía y en los hombres a los que son enviados, especialmente en los pobres, en los niños y en los enfermos, en los pecadores y en los incrédulos. Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como madre al discípulo» (Optatam Totius 8).

Los seminaristas de hoy se preparan para ser los cultores del mañana, es decir, los sacerdotes que celebrarán la misa y dispensarán los sacramentos, que es lo específico del ministerio sacerdotal. Y decimos específico porque solo pueden hacerlo ellos y no otros. De ahí que la vivencia de la liturgia sea tan importante para que el corazón de estos jóvenes pueda irse troquelando por el amor de Dios, pues la liturgia no es otra cosa que un misterio de santificación y de amor. El seminarista debe aprender, a través de la liturgia, a orar por el pueblo que un día se le encomendará para que pueda decirse de él el versículo responsorial del oficio de pastores: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”. Pero dejemos que sea el seminarista encargado de la liturgia de nuestro seminario, Miguel Ángel Palacios Pino como viven ellos esta dimensión:

El aspecto litúrgico es uno de los más importantes en la vida de un presbítero. Por eso, ya desde el Seminario tratamos de cuidar con delicadeza y dignidad nuestras celebraciones diarias: la misa, la liturgia de las horas (laudes, vísperas y completas) y otros momentos de adoración al Señor. Todas estas celebraciones son la fuente de nuestro día a día ya que por medio de ellas nos acercamos más a Dios, configurándonos más con Cristo, y en ellas sentimos como Dios nos ayuda y nos da su fuerza para todas las demás actividades.

Mi tarea en el seminario es estar atento a estas celebraciones diarias. Es algo importante, ya que en la liturgia va nuestra relación con Jesucristo. Leccionarios, Misal, ornamentos, cantos… son los instrumentos con los que contamos para las celebraciones, a las que intentamos cuidar.

Desde pequeñito me ha gustado mucho la música, siento que es un pequeño don que me ha dado el Señor y lo intento potenciar para alabarle cada día más. “Quien canta, reza dos veces” nos decía san Agustín, y es que desde tiempo de los primeros cristianos se ha considerado al canto como un camino mediante el cual dirigir nuestras oraciones a Dios. Testigo de esto es san Pablo en Ef 5,19: “recitad entre vosotros cantos, himnos y salmos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor”.

Los talentos hay que ponerlos al servicio de los demás; por eso animo las celebraciones con la música, tanto con el órgano como con la guitarra o “a cappella”. Puedo sentir cada día como la música nos eleva hacia Dios y nos une más entre nosotros, que cantamos con una misma voz al Autor de Maravillas. La música les da el toque festivo, ya que mediante ella distinguimos los días más importantes de otros más sencillos; pero también da el toque solemne ayudándonos a adentrarnos en el misterio de lo que estamos celebrando y conmemorando.

Las celebraciones que más me gustan y mejor vivo en el seminario son las dominicales ya que desde por la mañana se nota que es un día especial y más solemne: las laudes son presididas y sus salmos cantados; acudimos a la Eucaristía en las parroquias en las que servimos; al caer la tarde adoramos al Señor revestidos todos de túnicas blancas y cantamos las vísperas, que también son presididas. Por la noche concluimos el día con las completas, encomendando nuestro descanso nocturno al Señor.

En verdad hay una bella armonía en todas esas celebraciones: por la mañana acudimos al Señor recordando su resurrección diciéndole “Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo” y reconociéndole como origen de nuestra vida; a la tarde nos acercamos a Él a recordar su muerte y nos revestimos con túnicas blancas, igual que la multitud que le alaba en el libro del Apocalipsis: “Alegrémonos y gocemos y démosle gracias” y por la noche nos acordamos de que el lugar al que estamos destinado es la cena nupcial del cordero en la nueva Jerusalén: “Verán al Señor cara a cara y llevarán su nombre en la frente”.

Una madre es la que cuida todo el seminario, desde el más pequeño al mayor. Ella es la reina de esta casa a la cual amamos veneramos de forma especial todos los sábados: la  Inmaculada
Concepción, nuestra patrona. Por la mañana celebramos la misa de Santa María en sábado y por la tarde rezamos todos juntos el rosario, a lo que añadimos la Oración a nuestra patrona la Inmaculada por la noche, en la que pedimos a María que interceda maternalmente por todos los sacerdotes de nuestra diócesis, por los que nos formamos en el seminario y por el aumento de vocaciones.



Dos fechas son las más importantes en esta casa: la Inmaculada y san José. La fiesta de la Inmaculada tiene gran tradición y se celebra de un modo especial, preparándonos antes con la novena y la escucha de los predicadores que nos dan palabras de ánimo y consejos para seguir adelante en este camino que el Señor nos ha puesto. Otra fiesta de gran importancia es la de san José, día del Seminario y precedido de un triduo donde le pedimos que cuide de nosotros igual que lo hizo con el mismo Jesús.




Así pues, Miguel Angel, Javier, Francisco José y Pablo, la diócesis pone sus ojos en vosotros. No os canséis y perseverad en el amor de Cristo. Sed fieles a su llamada y dejaos acompañar por la Iglesia. La comunidad diocesana reza por vosotros y se alegra de vuestra generosidad.

Que Dios os bendiga.








P.D: Oremos por nuestros seminaristas y para pedir vocaciones sacerdotales:

Oh Dios que quisiste dar pastores a tu pueblo,

derrama sobre tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza,

que suscite dignos ministros de tu altar

y los haga testigos valientes y humildes de tu evangelio.

Te pedimos que germinen las semillas

que esparces generosamente en el campo de tu Iglesia,

de manera que sean cada vez más numerosos

los que elijan el camino de servirte en los hermanos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

lunes, 30 de enero de 2017

"MONAGUILLOS PILLOS"



El pasado sábado 28 de enero, memoria de santo Tomás de Aquino, se celebró en el seminario diocesano de Plasencia, mi diócesis, el primer encuentro diocesano de monaguillos enmarcado en el plan vocacional “Tiempo de bregar”. Fue una jornada preciosa aunque con poca participación (esperamos que en el futuro vaya aumentando).

A las 11h comenzó el encuentro con el juego “la alegría de la fe” en que participaron los monaguillos, por grupos, con gran éxito en sus respuestas. A las 12h hicimos una visita guiada a la catedral para conocer dos cosas importantes: la catedra del obispo y a nuestros patronos diocesanos: san Fulgencio y santa Florentina. A las 13h hicimos un último juego sobre los objetos y ornamentos litúrgicos para, a continuación, dar inicio a la celebración de la santa misa. La Eucaristía fue presidida por el rector del seminario, concelebrada por los sacerdotes asistentes y animada  litúrgicamente por los seminaristas. Tras la santa misa tuvimos la comida y tras unos juegos deportivos volvimos para casa.

Qué frescura y pureza desprendían aquellos niños que cada domingo acuden a servir al Señor. Qué limpieza y candor rezumaban las caras inocentes de aquellos que dominicalmente actúan cual querubines en la presencia de Dios. Desde tiempos antiguos ya quiso Dios que los niños estuvieran cerca de Él y le sirvieran en su templo. Recordemos el caso del niño Samuel, que fue donado por su madre Ana para que viviera en el templo bajo la autoridad del sacerdote Elí (cf. 1Sam 3, 1-10). El mismo Jesucristo dijo: “dejad que los niños se acerquen a mi” (cf. Mc 10,14) y comparó la fe verdadera con la inocencia de un niño que se admira y se pregunta por todo. No debemos olvidar qué grandeza de espíritu y ánimo heroico mostraron aquellos niños que dieron testimonio de Jesús a costa de su propia vida: san Tarsicio, los santos niños Justo y Pastor, santa Lucia, santa Inés, santa Eulalia de Mérida o san José Sánchez del Rio.

El Bendicional (B) es un libro litúrgico donde se recogen todos los formularios que se han de usar para impartir la bendición a objetos, personas o lugares tanto del ámbito sagrado como profano. El formulario para la bendición de un acólito (monaguillo) no instituido (B I,V ) nos ofrece unos rasgos de estos “pillos” que corretean por nuestras iglesias. La oración de bendición (B 422) destaca la “bondad y alegría” de los niños que adornan y animan nuestras comunidades. Pero estas deben ser una bondad y alegría que vaya más allá de la pura exterioridad; han de ser una bondad y alegría trascendental, es decir, referida a Dios. A nuestros monaguillos les ha de venir de su contacto con el altar, de su cercanía con el misterio de Cristo, por eso, esta misma oración dice que la alegría y la bondad de los monaguillos contribuyen “a revelar la grandeza del misterio pascual de tu Hijo”.  

Estas vidas infantiles son muy agradables a Dios, la alegría de su santo templo tal como se decía en aquella antigua oración a los pies del altar "Introibo ad altare Dei/ Ad Deum qui laetificat iuventutem meam" (me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud). La monición del rito de bendición de un acólito (B 414) lo expresa con gran belleza: “cada día de vuestra vida que transcurre en la fidelidad al Señor es una ofrenda agradable a sus ojos”. Los monaguillos deben aprender a vivir su vida como “ofrenda agradable”, es decir, una vida que gire en torno a Dios, una vida llena del amor de Dios. Para ello, es indispensable que tengan contacto directo con los misterios a los que sirven; que sientan a Jesús como alguien cercano que interpela sus vidas.

El monaguillo, por su ministerio, es el fiel más cercano al altar. De ahí que tenga que ser instruido en el camino de la santidad y la pureza (B 425). Santidad y pureza van de la mano en los niños porque tienen su raíz en la inocencia y la sinceridad de pensamientos y palabras de estos. Todo parte del grado de confianza que hayan adquirido con su sacerdote. Es importante, en este sentido, la dirección espiritual, la catequesis propia de monaguillos y, sobre todo, la pedagogía mistagógica.
¿Qué es la pedagogía mistagógica? Hacerles descubrir lo oculto bajo el velo de lo sacramental, esto es, a Cristo mismo presente en el ministro, en las especies eucarísticas, en los sacramentos, en su Palabra, en la Iglesia que suplica y entona salmos (cf. SC 7). Porque en la medida que uno va tomando conciencia de cuán grande es el misterio al que se sirve y del que se participa, mayor será la reverencia y la pureza con que queramos acercarnos a él. Y ahí es donde hay que conducir a nuestros hermosos "pillos": a descubrir el misterio que se oculta bajo una casulla, una estola, un cáliz, un corporal, el pan o el vino.

Es precioso, pues, a los ojos del Señor tener monaguillos alrededor del altar. Monaguillos “pillos” que le amen y le sirvan. Niños amigos de Jesús. Niños llenos de bondad y alegría, de santidad y pureza por su contacto con el altar y los misterios que en él se celebran. Que alegría y que belleza ver los presbiterios de nuestros templos diocesanos copados de monaguillos, sus altares asistidos por ellos. Los monaguillos son cantera de vocaciones por eso hemos de cuidarlos y rezar por ellos. Los monaguillos son esperanza y germen de la Iglesia de mañana, son un don de Dios. Confiemos a María santísima a nuestros queridos “pillos” para que ella los cobije bajo su manto y los una cada día más a su hijo, Jesús.
“Oh Dios, que has enviado al mundo a Jesucristo, tu Hijo, para salvar a los hombres, bendice ╬ a estos hijos tuyos que hoy se presentan ante ti, para que los hagas dignos de servir en el altar, y contribuyan, con su bondad y alegría, a revelar la grandeza del misterio pascual de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”.