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miércoles, 14 de febrero de 2018

FELIZ Y SANTA CUARESMA



EL TIEMPO DE LA SAGRADA CUARESMA, SACRAMENTO DE LIBERTAD

Introducción

«El tiempo de Cuaresma está ordenado a la preparación de la celebración de la Pascua: la liturgia cuaresmal prepara para la celebración del misterio pascual tanto a los catecúmenos, haciéndolos pasar por los diversos grados de la iniciación cristiana, como a los fieles que recuerdan el bautismo y hacen penitencia» (NUALC 27). Queridos lectores, con estas palabras la Iglesia define, perfectamente, de qué trata el tiempo litúrgico de la Cuaresma, fase preparatoria del ciclo de la oblación del Señor que culminará con la Pascua de Cristo. Este tiempo se abre con el Miércoles de Ceniza y se extiende durante cuarenta días hasta la hora nona del Jueves Santo (cf. NUALC 28).

El Miércoles de Ceniza es el pistoletazo de salida de la Cuaresma y se celebra con un riguroso ayuno y la imposición de la ceniza que, como veremos más adelante, surge en torno a los ss. X-XI. Pero no nos quedemos en los detalles que ya conocemos por los catecismos, al contrario, les propongo entrar en la densidad de la historia y la liturgia de estos días y de este tiempo para apreciar y vivir mejor sus tesoros espirituales.


Origen e Historia

El nombre de “Cuaresma” deviene del latino “Quadragessima”, que significa cuarenta, y es atestiguado por san Jerónimo en la Roma del año 384.  Este número hace referencia a los cuarenta días de ayuno del Señor en el desierto. Son cuarenta días de ayuno y penitencia que sirven de preparación para un acontecimiento salvífico. Desde el s. II se conoce un ayuno de un día antes de la noche de la Pascua, que pronto se extiende a una semana.

En el Egipto del s. IV se conoce una cuaresma de, ya, cuarenta días, de la cual nos informa una carta de san Atanasio de Alejandría del año 334, pero no tenía como fin preparar la Pascua del Señor sino más bien, celebrar el ayuno del Señor en el desierto después del bautismo, pero pronto adquirió el carácter preparativo a la muerte y resurrección del Señor. Por las mismas fechas, la monja peregrina Egeria atestigua lo mismo en Jerusalén. San Ambrosio menciona la celebración de una Cuaresma de cuarenta días en Milán, en torno al año 380. Lo que si es cierto es que en el s. VI ya se celebraba este tiempo litúrgico en todo el orbe cristiano.

En su origen, la Cuaresma tenía tres vertientes: 1. Cuaresma de los catecúmenos, preparación última e intensa antes de recibir el Bautismo en la noche de la Vigilia pascual; 2. Cuaresma de los penitentes, donde los pecadores públicos admitidos al orden de los penitentes intensificaban sus penitencias antes de ser reconciliados el día antes de la noche de Pascua; y 3. Cuaresma de los fieles, en general los cristianos redoblan su oración y sus obras de caridad. A este respecto, la lectura que, según los Santos Padres, se proclamaba este día era Mt 6, 1-18, como actualmente, donde se indica que no puede separarse el ayuno, la limosna y la oración.

Dado el complicado computo que había que hacer para garantizar los cuarenta días de ayuno salvando los domingos, que no contemplaban ayuno, hubo que adelantar el inicio de la Cuaresma al miércoles antes del Domingo I de Cuaresma, llamado “Miércoles de Ceniza”, por la centralidad del rito de imposición de la ceniza sobre los penitentes, que se celebraba este día.

Recibir la ceniza sobre la cabeza, según el sentido bíblico, es signo de penitencia. Hasta el año 1000 era un gesto reservado a los pecadores públicos que hacían penitencia. Pero debido a los movimientos milenaristas y a toda la psicosis generalizada que se genera por la creencia que al cambio de milenio vendría el final del mundo, este rito se extendió a todos los cristianos, convirtiéndose, así, en un rito devocional de práctica general que recibirá carta de ciudadanía en el misal romano de 1570 como rito a ejecutar antes de la misa. Así se mantuvo hasta el misal de 1970, donde el rito pasa a fijarse al final de la liturgia de la Palabra, constituyendo el rito penitencial de esta misa, tal como lo indica una rúbrica del actual misal: «Se omite el acto penitencial, ya que en esta celebración es sustituido por la imposición de la ceniza».

Actualmente, la Cuaresma forma parte de lo que hemos llamado “Ciclo de la oblación del Señor”. Cada ciclo litúrgico (hay tres) está formado por tres tiempos litúrgicos que vienen a ser preparación, núcleo y desarrollo. En el caso del ciclo de la oblación la preparación está configurada por la Cuaresma, el núcleo es la noche de la Vigilia pascual y el desarrollo es la Cincuentena pascual. Pues bien, la actual Cuaresma está formada por: 1. Miércoles de ceniza, 2. Cinco domingos de Cuaresma y 3. La Semana Santa hasta la hora nona del Jueves Santo. Es costumbre, en algunos países, la quinta semana de Cuaresma, el cubrir con un velo las cruces e imágenes de la iglesia, a modo de “paño de hambre” o “ayuno de los ojos”. Este rito se hizo oficial a partir del s. XVII cuando entró en el Caeremoniale Episcoporum. Actualmente no es obligatorio aunque se permite, según determina el misal de 1970, si la Conferencia Episcopal aboga por ello.


Liturgia de este tiempo

            La oración colecta del Miércoles de ceniza define la Cuaresma como un “combate cristiano”. Este combate “contra los enemigos espirituales” se lidia a lo largo de cuarenta días. Tras los días de cenizas, La Cuaresma se divide en dos partes: a) los Domingos I y II; y b) los Domingos III, IV y V. En este ciclo B, las lecturas del misal–leccionario se centran en la glorificación de Cristo:

-          Domingo 1:

o   El diluvio y alianza con Noé (1 Le).

o   El diluvio es figura del bautismo (2 Le).

o   Jesús tentado y vencedor (Ev).

-          Domingo 2:

o   Sacrifico de Isaac y alianza con Abrahán (1 Le).

o   Dios ha sacrificado a su Hijo (2 Le).

o   Jesús templo de Dios que anuncia su misterio de pasión y de resurrección (Ev).

-          Domingo 3:

o   Ley y alianza con Moisés (1 Le).

o   Jesús crucificado revelación de la sabiduría de Dios para todo (2 Le).

o   Jesús templo de Dios que anuncia su misterio de pasión y de resurrección.

-          Domingo 4:

o   Dios no traiciona la alianza y libera a los prisioneros (1 Le).

o   Muertos por los pecados pero resucitados por la gracia (2 Le).

o   El amor de Dios manifestado en Cristo que no juzga, sino que salva (Ev).

-          Domingo 5:

o   Promesa de la nueva alianza (1 Le).

o   La oración y la obediencia del Hijo (2 Le).

o   La oración de Jesús y el valor de su sacrificio que atrae a todos hacia él (Ev).

Respecto del misal-sacramentario encontramos un formulario para cada día de las ferias de cuaresma con su oración de bendición sobre el pueblo, así como un formulario para cada uno de los domingos de cuaresma, e incluso con un prefacio propio para cuando se hacen los evangelios de los catecúmenos del ciclo A. El actual sacramentario ofrece cinco prefacios para la Cuaresma, en total 10 prefacios para este tiempo cuaresmal.


Conclusión

            Dice un canto del repertorio litúrgico-musical español: «Nos has sacado al desierto, Señor, de la libertad y está el corazón atento a la luz de tu Verdad. Subimos con esperanza la escalada cuaresmal, y el pueblo de Dios avanza hasta la cumbre pascual». En estas líneas esta, excelentemente condensada, toda la espiritualidad del Tiempo de Cuaresma. Ésta no es otra cosa sino una peregrinación espiritual que iniciamos desde lo más profundo de nuestra alma penitente hacia el encuentro del Señor Resucitado.

            La Cuaresma nos saca de la esclavitud del pecado, como a los israelitas de Egipto, y pretende llevarnos a lo tierra de la libertad verdadera, la tierra prometida. Mediante las prácticas cuaresmales buscamos el desasirnos de todo lastre mundano de pecado, de incoherencia fe-vida, para caminar conforme a la Verdad que hemos conocido y que nos ha abordado en esta vida, a la espera de hacerse plena en la eternidad del cielo.

            Iniciar la Cuaresma es, por tanto, un nuevo “kairós”, una nueva oportunidad para volver a Dios, del cual nos hemos podido separar con harta frecuencia dada la hostilidad con que este mundo trata nuestra fe cristiana y complica nuestro seguimiento decidido y acertado del Dios único y verdadero. Esta es nuestra esperanza cierta: tenerle a Él como garantía de vida y como estímulo constante y vital para continuar la escalada cuaresmal, para enfrentar las pruebas de este tiempo y no sucumbir a las asechanzas del enemigo.

            Subamos, pues, e iniciemos esta peregrinación convencidos de la asistencia del Espíritu Santo y de la compañía de los ángeles, hasta que lleguemos la cumbre del monte pascual que es uno solo: Cristo el Señor, alfa y omega, principio y fin.

Dios te bendiga

miércoles, 7 de febrero de 2018

MISSA POR UNITATE CHRISTIANORUM


MISA POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


I. Misterio

En el artículo de esta semana abordaremos el tema del ecumenismo desde la perspectiva que nos ofrecen los textos litúrgicos de esta misa (A-B-C). Para mejor saber qué es el ecumenismo y cómo mejor ejercerlo escuchemos estas palabras del Concilio Vaticano II: «por "movimiento ecuménico" se entiende el conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos» (UR 4b). Tales son:

1. Todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones en ellos.

2."El diálogo" entablado entre peritos y técnicos en reuniones de cristianos de las diversas Iglesias o comunidades, y celebradas en espíritu religioso. En este diálogo expone cada uno, por su parte, con toda profundidad la doctrina de su comunión, presentado claramente los caracteres de la misma.

3. Las diversas comuniones consiguen una más amplia colaboración en todas las obligaciones exigidas por toda conciencia cristiana en orden al bien común y, en cuanto es posible, participan en la oración unánime.

4. Todos examinen su fidelidad a la voluntad de Cristo con relación a la Iglesia y, como es debido, emprenden animosos la obra de renovación y de reforma. (cf. UR 4c).

Establecido lo qué es el ecumenismo pasemos a ver cómo la liturgia ha abordado el tema en sus formularios eucológicos.

II. Celebración


Para orar por la unidad de los cristianos, el misal romano de Pablo VI en su tercera edición, nos ofrece tres formularios completos que comparten un mismo prefacio. Antes de entrar en particularidades, comentemos algunas ideas generales. Son formularios de nueva creación, en líneas generales, salvo algunos que son de larga tradición (ya se indicarán). Estos formularios pueden ser usados incluso los domingos del tiempo ordinarios cuando hay algunas celebración ecuménica, propiamente; y siguiendo las leyes generales para las misas ad diversas. Estas misas, al compartir un prefacio propio, como ya se dijo, pueden ser usadas con las plegarias eucarísticas I, II o III. El color para estas misas puede ser blanco o el propio del tiempo. Para un mejor tratamiento de los formularios hemos intitulado los mismos más allá del A-B-C que trae el misal.

Formulario A: la unidad, vocación última de la Iglesia

En la oración colecta A, Dios reúne a sus hijos dispersos por el mundo y conserva a los que ya ha congregado mediante el bautismo para que se mantengan íntegros en la fe y vivan el vínculo de la caridad. En la colecta B Dios ama a los hombres y les da su espíritu para que caminen en santidad, según la vocación a que han sido llamadas. El hombre, por su parte, debe dar testimonio de la verdad y buscar los vínculos de paz y unidad que aúnen a los creyentes. La oración sobre las ofrendas aborda los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía como aquellos que nos hacen hijo de Dios por adopción y garantizan la paz y la unidad en la Iglesia. La oración de pos-comunión está tomada del misal romano de 1570[1]. En ella, se pone al Espíritu Santo como garantía de un mismo amor en el que vivan los cristianos.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: Jn 10, 14-15 para el introito, donde Cristo se presenta como el único Pastor que quiere congregar al rebaño. Mientras que para la antífona de comunión se ha propuesto 1Cor 10,17, donde la gran aspiración es que un día los cristianos nos sentemos a compartir un único y mismo pan eucarístico.


Formulario B: la fe en Cristo, garantía de la unidad

La oración colecta A indica que solo la confesión de fe en Jesucristo ha conseguido deshacer las fronteras y barreras entre los pueblos y las naciones, infundiendo en nosotros, los cristianos, el deseo de hacer siempre lo que Dios manda, esto es, mantener una misma fe y un mismo amor. La colecta B, tomada del misal romano de san Pio V[2], indica que los corazones de los fieles deben estar unidos, primeramente en la alabanza y la penitencia para lograr la perfecta comunión de la Iglesia. La oración sobre las ofrendas, haciéndose eco de san Agustín en su In Iohannis Evangelium 26,13, recuerda que la Eucaristía es sacramento de unidad y vínculo de caridad. La oración de pos-comunión vuelve a poner de manifiesto que solo el Espíirtu Santo puede contribuir a una unidad en el amor.

Los textos bíblicos propuestos en este formulario son: para el introito,  el salmo 105, 47 donde la súplica se concentra en hacer de la unidad un signo de credibilidad. Para la antífona de comunión se ha seleccionado Col 3, 14-15 donde un segundo signo de credibilidad es presentado: el amor y la paz de los cristianos.


Formulario C: un Señor, una fa, un bautismo

En la colecta A se pide que el pueblo crezca en el amor a la Verdad poniendo empeño en la práctica de la perfecta unidad. La colecta B está estructurada en tres secciones: a) Dios: que manifiesta su misericordia con nosotros y elimina las divisiones de los cristianos; b) Iglesia: Dios la hace estandarte sobre las naciones; c) Mundo: debe creer en Cristo, a través del testimonio de los cristianos. La oración sobre las ofrendas aborda el sacramento del Bautismo como algo que garantiza el que podamos recibir el resto de sacramentos el día de mañana. La oración de pos-comunión recoge tres ideas fundamentales: la renovación de la Iglesia, gloriarse del nombre de Cristo y servir a Dios en la unidad de la fe.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para el introito Ef 4, 4-6 recuerda la unidad del Bautismo y de la fe en Jesucristo, único y mismo Señor. Par la antífona de comunión el formulario propone Jn 17, 21-23 donde Jesús pone como modelo de unidad, la relación que Él tiene con su Padre.

III. Vida


            Analizados los diferentes formularios, podemos extraer algunos puntos que nos ayuden a una mejor vivencia de la dimensión ecuménica de la fe cristiana, pues no podemos olvidar que todos estamos involucrados en esta tarea de la Iglesia:

a) Tiene su fundamento en el Bautismo: todos los que nos confesamos cristianos compartimos un mismo bautismo con agua natural y en el nombre de la Trinidad. A menos que haya alguna secta religiosa extraña con un bautismo de forma inusual, todos los cristianos podemos estar seguros de que el bautismo nos hace hijos de Dios y hermanos en Cristo. Por la recepción de la gracia bautismal los cristianos podemos reconocernos mutuamente, podemos sentirnos vinculados al mismo Jesucristo; pero, lógicamente, esta unidad de fe no anula las diferencias dogmáticas entre las diversas confesiones cristianas.

b) Ecumenismo de la caridad: en los diversos formularios se deja sentir la influencia agustiniana en cuanto al empeño de la Iglesia de hacernos ver la Eucaristía como signo de unidad y vínculo de caridad. Quizá el mejor texto para entender esto sea recurrir al famoso texto de Didajé: “Como este pan fue repartido sobre los montes, y, recogido, se hizo uno, así sea recogida tu Iglesia desde los límites de la tierra en tu Reino porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, en los siglos”. Así, la Eucaristía es signo de la unidad querida y deseada por todos. Dogmáticamente hay diferencias en cuanto a la explicación del milagro de la conversión eucarística (posiciones muy enfrentadas) pero en lo que todos podemos coincidir es que en la celebración eucarística (divina liturgia o santa cena) Jesús, el Señor, está ahí.

Pero a pesar de las divergencias dogmáticas, la Eucaristía debe llevarnos a todos a un ecumenismo afectivo,  de caridad y amor por los más pobres y abandonados de nuestra sociedad. Porque no hay pobres católicos ni pobres luteranos ni nada, los hermanos que reclaman nuestra asistencia y socorro son pobres y abandonados de Dios. Dios es su padre, su socorro y su auxilio;  y no su punto de diferenciación. Los cristianos, siguiendo a Mt 25 estamos llamados a reconocer a nuestro Señor en cada pobre que nos aborde.

c) Fieles cristianos unidos en la alabanza y la oración: esto debe ser algo común y compartido por todos los que nos gloriamos en el nombre de Cristo. Aprender a orar juntos y buscar espacios para ello es fundamental. Para todos los cristianos ha sido dado el mandato de “orad sin desfallecer” (cf. Lc 18) porque no sabemos el día y la hora en que vendrá el Señor; y Él querrá encontrarnos así.


d) Ecumenismo de la sangre: es este el último ecumenismo que se ha descubierto: rubricar con la propia sangre el testimonio  fe y de amor a Dios, nuestro Señor. Es el ecumenismo que viven los cristianos perseguidos por la tierra, especialmente, ahora en China u Oriente medio o África. Los terroristas y asesinos no preguntan ni de qué Iglesia son ni que les diferencia del resto. El único motivo para matar será el que son cristianos, seguidores de Cristo y comparten los bienes y la fe en el Único Dios verdadero.

Así, queridos lectores, es importante que creemos conciencia ecuménica para orar en favor de este propósito. Muy difícil y lejano en el tiempo será una unión en la teología dogmática, esto es una verdad efectiva; sin embargo, podemos entendernos en el cariño y amor mutuo que nos mandó el Señor tenernos, verdad afectiva. Solo abandonando prejuicios, que no verdades, y despojándonos de recelos pasados podremos avanzar por la senda del ecumenismo, del encuentro y del ser Iglesia.

Dios te bendiga



[1] MR1570 [397] ad tollendum Schisma.
[2] MR1570 [326] Sabbato Sancto, Post Prophetia X.

miércoles, 3 de mayo de 2017

SECUENCIA DE PASCUA: VICTIMAE PASCHALI LAUDES




¿Qué es una secuencia?

Durante la octava de Pascua el leccionario de la misa conservaba y proponía un poema llamado “Victimae Paschali laudes” (= Ofrezcan los cristianos). Se trata de una secuencia, es decir, un poema que se reza o canta antes del Evamgelio. Actualmente encontramos cuatro secuencias: dos obligatorias: “Victimae Paschali laudes” para Pascua, “Veni sancte spiritu” para Pentecostés; y dos opcionales “Lauda Sión” para el Corpus y “Stabat Mater” para el 15 de septiembre memoria de la Virgen de los Dolores.

Al parecer, la secuencia nació del canto vocal que se aplicaba a la última sílaba del aleluya. Muchas veces, resultaba un canto difícil de interpretar, por lo que se fueron creando textos para sostener estas melodías. Uno de los mayores exponentes de este género fue el monje de san Galo, Notkero Bábulo († 912). Su origen ms lejano puede estar en la música bizantina o siro-palestina. Los distintos versos que se componían se fueron agrupando en parejas de estrofas iguales y paralelas que se cantaban alternando un coro de mujeres (voces blancas) y de hombres (voces negras).´

En el s. XI la secuencia se independiza totalmente del canto del aleluya erigiéndose como canto y estilo propio. Las estrofas van adquiriendo mayor equilibro rítmico. Se van creando nuevas secuencias, siendo el s. XII su periodo áureo con Adán de san Victor (†1192) y en el s. XVI tenemos unas 5000. Por su sencillez, ritmo y agilidad eran cantadas por el pueblo. San Pio V las consideró recientes y optó por suprimirlas a excepción de cinco, las cuatro anteriores y la “Dies irae” de la misa de difuntos.

La secuencia de Pascua “Victimae Paschali Laudes”

La secuencia que traemos hoy data del s. XI y esta atribuida a Wipo de Burgundia (†después del 1048), capellán del emperador Conrado II y Enrique III. Es la secuencia propia para la Pascua de Resurrección. Actualmente se canta solo durante la octava de Pascua aunque puede interpretarse como canto a lo largo de la cincuentena pascual.

Es una secuencia de ritmo sencillo y alegre, de aire simpático y rudimentario. Tiene una introducción y cuatro pares de estrofas iguales aunque en el misal de Pio V a la última estrofa se le ha suprimido uno de sus miembros ya que hablaba de los “Iudaeorum turbae fallaci”. Hay también una serie de preguntas y respuestas: preguntas de la comunidad y respuesta del personaje bíblico que es la Magdalena. Hoy se han suprimido los textos interrogativos. En la estrofa cuarta, el misal de Pio V sustityó el “suos” por el “vos”, la actual edición de Graduale Romanum ha vuelto a poner “suos”.

Texto y comentario

Ofrecemos en primer lugar el texto en latín antiguo y su versión actual. Después haremos el comentario espiritual para que nos sea provechoso.

Texto latino antiguo
Traducción española
Texto latino actual
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida,  triunfante se levanta.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
Dic nobis Maria, quid vidisti in via?
Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
[¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?]
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.


Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?
Surrexit Christus spes mea:
praecedet
vos in Galilaeam.
[¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?] ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;


Surrexit Christus spes mea:
praecedet
suos in Galilaeam.
Credendum est magis soli
Mariae veraci
Quam Judaeorum
Turbae fallaci
[Es más creíble y veraz solamente María, que la turba mentirosa de las judíos]

Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:


Tu nobis, victor Rex, miserere
Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.
  
Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:


Tu nobis, victor Rex, miserere
Amen. Aleluya
Amén. Aleluya
Amen. Aleluya



«Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua». Se trata de una invitación a la alabanza a Cristo como víctima pascual que ha sido inmolada en el ara de la cruz. Su sangre unta las puertas de los fieles, que son sus labios, tal como dijimos en la noche de Pascua “Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles”. Nuestra pascua es Cristo y ya ha sido inmolado de una vez para siempre, por lo que no caben más sacrificios, sino la actualización del único ya efectuado, el del Señor.

«Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza». Como un eco de la Vigilia pascual, volvemos a encontrar la idea de la reconciliación entre Dios y los hombres, pues en el pregón pascual se decía “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado”. Las ovejas hemos sido salvadas por un cordero que ha sido ofrecido en pago de rescate, el inocente por los culpables, el hijo por los esclavos, como de nuevo la Vigilia pascual nos recordaba “¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”.

«Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida,  triunfante se levanta». De nuevo vuelve a suscitarse otra idea de la Vigilia pascual “Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. El misterio pascual es descrito en término bélicos: una guerra sin cuartel entre la vida y la muerte, entre Cristo y Satanás, entre el cielo y el infierno. El dragón del Apocalipsis es derrotado y los justos pueden entonar los himnos de victoria.

«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» es la pregunta que el coro plantea al personaje bíblico que muy de mañana acudió a ver el sepulcro simplemente para llorar ante la puerta de la tumba sin más, pero lo que allí encontró jamás pudo imaginarlo, y por consiguiente, olvidarlo.

«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja». El personaje bíblico, María Magdalena, va enumerando todo lo que vio: a Jesús que la llamó por su nombre, el sepulcro vacío donde la mortaja el sudario estaban colocados y los ángeles hacían de testigos y custodios del portento glorioso. Todo habla, ya, de vida, de resurrección, de triunfo. Todo esto suscita en los fieles las ganas de volver a creer, de renovar la fe cada día.

«¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» Esto es proclamado por María a los cuatro vientos. Debería ser, igualmente, el gran grito de la Pascua para cada uno de los cristianos. Nuestro amor y esperanza es Dios, y solo Dios, únicamente Dios. Y este amor y esta esperanza están vivos, para siempre, sin temor ni a perderlos ni a que nos abandonen. Pero, lamentablemente, cuantas veces hacemos de las cosas de este mundo nuestros amores, cuantas veces apegamos nuestra esperanza  

«Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua». Ahora es ella la que nos invita a nosotros y nos interpela a dejar todo lo que tenemos entre manos para ir al encuentro del Señor. En Galilea, donde todo empezó, donde fue llamando a sus primeros discípulos. El Señor nos espera a cada uno allí. Hoy Galilea es cualquier situación de la vida donde está Dios esperando para encontrarse con nosotros. La gloria de la Pascua se manifiesta en cada hombre que en su sufrimiento ha encontrado a Dios; la gloria de la Pascua acontece en cada acontecimiento donde gozamos con las sorpresas de Dios. Volvamos, pues, al amor primero, al primer encuentro con Dios, a la primera vez que sentimos su presencia entre nosotros. Galilea es el lugar donde hemos de regresar cada vez que sintamos el cansancio y el hastío de la vida.    

«Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda». En esta estrofa ya no es el personaje bíblico el que nos habla sino el coro de la Iglesia que alaba a la Víctima pascual. Nuestro Dios está vivo y no muerto como el mismo dice en Apocalipsis “Yo soy el primero y el último. Estuve muerto y ahora vivo y tengo las llaves de la muerte y del abismo” (cf. Ap 1,17b-18). La Iglesia nos lo ofrece en la antífona de entrada de la mañana del domingo I de Pascua: “He resucitado y estoy contigo, aleluya: has puesto tu mano sobre mí, aleluya: tu sabiduría ha sido maravillosa, aleluya, aleluya”.

«Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa». Esta última estrofa de la secuencia es una súplica de la humanidad entera a su Señor al que confiesa como “rey vencedor”. El deseo de todos es vivir eternamente, precisamente para eso hemos sido creados; y la vida eterna ha sido obtenida para nosotros por la muerte y resurrección de Jesucristo. Varias veces la liturgia se hace eco de esta noble y pía aspiración humana cuando, por ejemplo, en el canon de la misa se pide que seamos agregados al número de los santos.

Pues bien, queridos lectores, aquí tenemos una joya de la espiritualidad pascual del cristianismo. Una visión sublime del misterio pascual que bellamente ha captado el autor de las Crónicas de Narnia, película que desde este blog recomendamos encarecidamente. Nuestro Señor fue sacrificado como cordero pascual, pero resucitó con la fuerza del león de Judá. Del madero de la cruz, que ha sido regado con la sangre de Cristo, han brotado las flores de la Pascua, los frutos más granados del nuevo Israel, su Iglesia, su pueblo, todos nosotros. Vivamos, pues, con gran alegría la Pascua y demos gracias a Dios porque su victoria es la nuestra.

Dios te bendiga

  

Bibliografía

M. Righetti, Historia de la Liturgia I. Introducción general (BAC, Madrid 2013) 1100-1106.

J.A. Jungmann, El Sacrificio de la misa. Tratado histórico-litúrgico (BAC, Madrid 1951) 554-557.

R. de Gourmont, Le latin mystique. Les poètes de l´antiphonaire et la symbolique au Moyen Âge (Les Belles Lettres, Paris 2010) 131-132

sábado, 25 de febrero de 2017

YO NO TE OLVIDARÉ


HOMILIA DEL DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

¿Cuántas veces hemos pensado que por distintas circunstancias de la vida Dios nos ha abandonado? ¿Cuántas veces vemos noticias, experimentamos situaciones en las que pareciera que Dios se despreocupa totalmente? Como vemos, estas preguntas no son ajenas al texto bíblico. El profeta Isaías también lo ha vivido en primera persona en el pueblo de Israel, que padece en el exilio en Babilonia. A     lo largo de la historia del pensamiento humano, Dios no ha quedado al margen del mismo, sino que siempre, de una manera u otra, ha copado el debate filosófico. Una de estas corrientes es el deísmo: reconocer la existencia de un dios que ha creado el mundo pero que no se preocupa lo más mínimo de él. Dios sería poco menos que un relojero que pone en marcha la máquina del mundo y no se preocupa de más, un Deus ex machina.

Pero frente a esa experiencia subjetiva, la realidad suele imponerse con frecuencia: Dios siempre permanece al lado de sus hijos pues aunque una madre se olvidara de sus hijos, yo no te olvidaré, nos ha dicho Isaías. Y de alguna manera, Dios nos dice a cada uno de nosotros, con las palabras del salmo responsorial: yo no te olvidaré porque soy tu descanso, tu salvación, tu roca, tu alcázar y refugio, tu esperanza. Y estas palabras, hermanos míos, deben llevarnos a confiar en Él y a desahogar nuestras preocupaciones en Él.

Así pues, Isaías nos presenta a un Dios que se muestra como Padre amoroso que cuida de sus hijos. Es un Dios que se desvela por nosotros y se revela a nosotros como amor y misericordia. ¡Qué hermosa imagen de Dios se nos ofrece para vivir con paz y seguridad espiritual! Pero… ¿Nos lo creemos? ¿Lo experimentamos? La misma idea va a recoger Jesús en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Podemos dividir este texto de Mateo en tres partes: el amor a Dios, la providencia divina y la justicia divina.

Jesús nos recuerda que no podemos amar a Dios y al dinero, es decir, no podemos tener el corazón divido por dos señores. El texto griego usa la palabra “kyrios” que significa señor. Éste era un título propio del emperador o gobernador que pronto los cristianos aplicarán solo a Jesucristo, único y verdadero Señor de su vida, de ahí que el primer dato de este pasaje evangélico sea que no podemos rendir pleitesía a dos señores, sino que hemos de optar y hacerlo, fundamentalmente por Dios como recuerda el primer mandamiento: amarás a Dios sobre todas las cosas, es decir, sin anteponer nada a Él. Pero… ¿Cuántas veces dejamos a Dios en un segundo o tercer lugar? ¿Cuántas excusas hay para que Dios no ocupe el centro de nuestra vida? El problema es que a veces caemos en la idolatría del dinero y de las riquezas, como si fuera lo único importante, olvidando con frecuencia que esto solo es un medio para poder vivir y para ejercer la generosa caridad.

La providencia divina: podemos situar este evangelio dentro de una situación de prosperidad económica en Galilea. Y con frecuencia suele ocurrir que a medida que vamos teniendo las necesidades básicas cubiertas, van surgiendo otras nuevas que calmar con el consiguiente embotamiento del corazón. Precisamente es lo que podría ocurrir a los oyentes de Jesús, que preocupados por lo que comer, beber o vestir hicieran de esto un ídolo, un fetiche, una obsesión relegando lo espiritual y teológico a una segunda posición. Por eso Jesús les muestra la naturaleza como ejemplo de cómo Dios cuida de todas sus criaturas y que si esto hace con ellos, cuánto más no hará por nosotros, sus hijos. Aquí radica el misterio de lo que la teología espiritual ha llamado providencia divina.

Providencia divina es sinónimo de creación y cuidado por parte de Dios de su obra. Providencia divina es el Dios pantocrátor de los frescos de las antiguas basílicas. Providencia divina es la paternidad de Dios que hace que el mundo y el hombre sigan adelante y ofrece, además, la posibilidad de que éste se convierta de su locura y pecado. La fe en la providencia se enraíza en una relación especial con Dios siendo realmente hijos e hijas de Dios, del Padre celestial. Pero… ¿en qué grado me fio de Dios? ¿Siento su cuidado sobre mí? ¿Confío o desconfío de Él? ¿Me reconozco necesitado de su amor y misericordia?

Por último, encontramos el tema de la justicia del Reino: este ha de ser el objeto último de nuestra búsqueda. Lo apremiante para un cristiano es acomodar su justicia a la divina ¿qué significa esto? Tomar como referencia el actuar de Dios para que nuestro obrar sea coherente, ver como mira, habla, siente y trata Jesús a la gente para que por nuestra mirada, conversaciones, sentimientos y relaciones podamos transparentar el Reino de Dios que hemos de construir ya en este mundo pero que todavía debe aguardar su plenitud en los cielos.

Así pues, hermanos míos, en este domingo el Señor nos recuerda que no tiene sentido querer abarcar el mañana. Nos enseña a vivir el hoy, el momento presente, sin más afán que el de construir su Reino hoy, en este momento. Todo lo que tenga que venir, vendrá. Todo lo que tenga que acontecer, acontecerá: lo bueno y lo malo, lo próspero y lo adverso, pero tened en cuenta que todo está dispuesto por Dios y que a su providencia no escapa nada. Por tanto, asumámoslo con paz y agradecimiento porque solo Dios puede sacar bienes de lo malo.

Dios te bendiga


viernes, 24 de febrero de 2017

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO



Antífona de entrada
«El Señor fue mi apoyo: me sacó a un lugar espacioso, me libró, porque me amaba». Tomada del salmo 17 versículos 19 al 20. Hoy, domingo, es el día en que Dios nos saca, de nuevo, al lugar más espacioso jamás pensado: la misma celebración litúrgica. Aquí no se necesitan respaldos humanos ni apoyaturas terrenales, el hombre que entra en el espacio mistérico de la liturgia solo necesita de la gracia del Espíritu como único asidero para vivir la liberación amorosa que Dios nos concede cada domingo de nuestras tribulaciones, pecados y fatigas semanales.

Oración colecta
«Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo». Este texto oracional aparece en varios sacramentarios (veronense, gelasiano de Angouleme y el gregoriano) y en el misal romano de 1570. El misal de Pablo VI la tomó de la versión que ofrecen el gelasiano y el gregoriano hadrianneo. Por el tenor literario del texto, esta oración se compone en un momento para la Iglesia bastante vertiginoso: tiempo de persecuciones y herejías que desestabilizan a la Iglesia.
Tres sujetos de la oración: mundo, naciones e Iglesia y tres gracias para cada uno de ellos: progreso, paz estable y servicio entregado. Todo ello en conjunto garantiza una paz social y una libertad adecuada tanto para lo profano como para lo sagrado. El verdadero progreso del mundo solo se garantiza mediante la paz y la estabilidad en las naciones y la paz y estabilidad de las naciones solo se adquiere en tanto en cuanto se dejen guiar por Dios (para prueba un botón).

Oración sobre las ofrendas 
«Señor, Dios nuestro, tú mismo nos das lo que hemos de ofrecerte y miras esta ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio; confiadamente suplicamos que lo que nos otorgas para que redunde en mérito nuestro nos ayude también a alcanzar los premios eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada, tal cual, del sacramentario veronense (s. V). Esta oración está marcada por la controversia contra la secta de los  maniqueos. Para ellos, el mundo se divide en bueno y malo, el bien y el mal. Todo lo que viene de la tierra, es decir, lo no espiritual, es malo y por tanto no puede ser usado en la liturgia. De ahí la afirmación “tú mismo nos das lo que hemos de ofrecerte”.
Por la misma razón, ellos piensan que Dios no puede aceptar ningún tipo de ofrenda ni sacrificio agradable, por eso el aserto “y miras esta ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio”. Como el hombre es terreno no puede hacer nada bueno ni ninguna obra buena por sí mismo sino en tanto en cuanto Dios se lo permita, por eso la oración responde a esta herejía con la afirmación “lo que nos otorgas para que redunde en mérito nuestro”. La conclusión es obvia: frente al pesimismo cosmológico y antropológico del maniqueísmo, la liturgia nos previene señalando que la creación puesta al servicio de Dios puede ayudarnos “a alcanzar los premios eternos”.

Antífona de comunión
«Cantaré al Señor, porque me ha favorecido; alabaré el nombre del Señor Altísimo». Inspirada en el salmo 12, versículo 6. En cada comunión Cristo se nos regala como gracia para favorecernos. El Señor altísimo viene a nuestro encuentro en cada pequeña forma de pan. Por esto, el corazón solo puede moverse, en este momento, a la alabanza más serena y más sonora: cantar y alabar con el corazón a Jesucristo es el primer ímpetu que la comunión sacramental inspira en el fiel.
«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo -dice el Señor». Del final del evangelio de Mateo (28, 20). Y esta promesa de Cristo se hace presente, realidad y cumplimiento en este momento de la celebración. Cristo se ha querido quedar con nosotros para siempre por medio de su presencia real en la Eucaristía que luego será reservada en el tabernáculo o sagrario.

Oración después de la comunión
«Alimentados con los dones de la salvación te pedimos, Padre de misericordia, que por este sacramento con que ahora nos fortaleces nos hagas un día ser partícipes de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario veronense. Las oraciones para después de la comunión suelen tener, generalmente, una impronta escatológica ¿qué es escatológico? Que mira hacia lo último, que está dirigida hacia la vida eterna, el último día. Pues bien, aquí se aprecia esta característica de una manera explícita con esta afirmación “que por este sacramento…ser partícipes de la vida eterna”.

Visión de conjunto
            Cualquier tiempo pasado fue mejor. Nunca he estado de acuerdo con esta frase, me parece que es consuelo de tontos. Cada época histórica tiene su afán, sus vivencias y sus complicaciones. La historia de la Iglesia nunca fue fácil, desde su fundación por Cristo siempre fue amenazada por la persecución y el cisma: gnosticismo, maniqueísmo, adopcionismo, docetismo, arrianismo, macedonianismo, persecuciones del imperio romano, persecuciones de los bárbaros, persecuciones del islam, persecuciones protestantes, persecuciones en países de misión, persecución de la revolución francesa, el kulturkampf de Bismark, persecuciones de regímenes totalitarios (nazis, fascismo, comunismo), guerras civiles y, en la actualidad: por el oriente el ISIS y por el occidente, la ideología de género y los lobbys de presión.
            En este domingo, la compilación del sacramentario veronense nos ofrece una serie de oraciones compuestas en uno de esos contextos de tribulación por parte del papa san León Magno. Los bárbaros están a las puertas de Roma, los maniqueos están ganando adeptos (san Agustín fue uno de ellos en su juventud), el arrianismo está conquistando vastas extensiones de la catolicidad y Eutiques está poniendo en cuestión la doble naturaleza de Cristo afirmando que en la persona divina del Verbo está absorbida y, por tanto, inexistente, la naturaleza humana de Cristo. El Concilio de Calcedonia (451) hará frente a esta cuestión afirmando que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
            La paz de la Iglesia nunca está asegurada, ni tan siquiera del cristiano anónimo que no quisiera darse a conocer. Leamos este texto del Eclesiástico: “Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él” (2, 1-6).
            Seamos sinceros: agradar a Dios y seguir sus preceptos nunca puede ser compatible con los criterios de este mundo. Jamás. Por eso la Iglesia, si quiere ser fiel a Dios, no puede pretender granjearse el aplauso de la sociedad y si ésta le alabase, debería mosquearse porque algo mal está haciendo. Evangelizar con verdad no es sencillo. Hay que estar, como decía el pasaje bíblico anterior, preparados para la prueba; para el desprecio y abandono de la sociedad y, lo que es más duro, de las amistades, y, lo que es aún peor, de la propia familia.
            Pero ésta es la hora de los valientes; es la hora de la verdad. Es la hora de la verdadera Iglesia, la de los testigos, la de los mártires. Es la hora de dar testimonio de Cristo y su evangelio en su totalidad, sin edulcorantes, sin cortapisas. Es la hora de la siega, de los cristianos que quieren dar su vida por Cristo y no por opciones que se alejan de él. No es la hora de decir lo que otros quieren escuchar para que no nos critiquen, al contrario, es la hora de ser la voz de los pobres, de los enfermos, de los niños, de los que están por nacer, de los defensores y apostadores de la vida desde su concepción natural hasta la muerte; es la hora de hacer frente ante las imposiciones ideológicas que nos están queriendo conquistar y apoderarse de nuestras conciencias y de nuestras almas.
            Hoy como en el s. V, la Iglesia debe saber reponerse y hacer frente a quienes pretenden desestabilizarla poniendo en duda las enseñanzas de Cristo y de los concilios. Es la hora de los verdaderos testigos del evangelio, de los santos con mayúsculas y no de esos advenedizos testigos, llamados ahora, del evangelio y que siempre fueron herejes y cismáticos que rompieron la unidad de la Iglesia y de Europa.
¿Acaso no nos hemos refugiado en nuestra comodidad? ¿Acaso no hemos perdido el sentido trascendente de nuestra vida cristiana? ¿Acaso no somos conscientes de que hemos de rendir cuentas un día ante Dios? Te propongo este domingo que hagas manifestación pública de tu fe: cuélgate una cruz o una medalla por fuera; reza por los cristianos perseguidos y pide como gracia especial de este domingo que Dios te de valentía y coraje para mantener y defender siempre la fe de tu bautismo.

Dios te bendiga