Mostrando entradas con la etiqueta ad diversa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ad diversa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de enero de 2018

MISA PARA FOMENTAR LA CONCORDIA




I. Misterio

Presentamos en este post el estudio de un interesante tema del que hoy poco o nada se habla: la “Concordia”. Se trata, ya de por sí, de una palabra en desuso. Etimológicamente, esta palabra viene de dos sintagmas latinos: “Cum” + “Cordis”, es decir, con el corazón. La concordia es una virtud humana que implica actuar y pensar empeñando el corazón, como sede de los sentimientos, en cada una de ellos.

En lenguaje bíblico, el corazón es el centro de las pasiones y los sentimientos, la sede de la conciencia y el lugar de encuentro entre Dios y el hombre. El corazón va, por tanto, más allá de la visceralidad. El corazón es el lugar de la inhabitación de Dios en el justo. Por tanto, no será aventurado afirmar que la concordia tiene su fundamento primero en Dios mismo, uno y trino. La unicidad esencial de Dios y las relaciones de las tres Personas en la caridad son el paradigma donde basar las relaciones concordes entre los humanos.

Pero la concordia, aun siendo una virtud escrita en el corazón humano que tiene a Dios por autor, necesita ser instruida y formada para que se encamine a su recto fin.  Para ello, Dios, como pedagogo enseña a su Iglesia y a cada cristiano, a través de ella, a amar al prójimo con el corazón y la mejor guía para esto serán los diez mandamientos y la asistencia de la gracia, recibida por medio de los sacramentos. El oficio de santificar y el oficio de enseñar hacen que la Iglesia se renueve en su amor y fidelidad a Dios.

Así, de este modo, la concordia se ve informada por la gracia divina y la instrucción orgánica y sistemática. Pero también necesita del don de la paz, que es el fin de toda virtud humana: sembrar la paz, conservarla y fomentarla. No es una paz, en cuanto ausencia de conflicto, sino una paz que penetra hasta las honduras del alma haciéndonos relativizar los males que nos aquejan y valorar los bienes que a Dios nos acercan. Entremos, pues, a analizar el formulario litúrgico.

II. Celebración


            Para esta misa se ofrece un formulario compuesto por dos oraciones colectas de nueva creación, una sobre las ofrendas, tomada del misal romano de 1570[1], y una de pos-comunión, también de nueva creación, más dos textos bíblicos. Este formulario se ve completado usando una de las dos plegarias eucarísticas para la reconciliación; o bien, el prefacio para la unidad de los cristianos. El color de los ornamentos a usar para la celebración de esta misa se rige por la norma universal para el uso de estos formularios, es decir, o bien el color del día o bien blanco.

            La primera oración colecta está estructurada en tres pilares: Dios, los fieles y la Iglesia. Dios es denominado como “suprema unidad y verdadera caridad” puesto que la Trinidad es el fundamento de cualquier unidad y cualquier concordia que se quisiera perseguir. Los fieles han de tener un solo corazón y una sola alma, como don de Dios dentro de la Iglesia, quien se ve fortalecida porque esta cimentada en la verdad y consolidada en la unidad estable de la concordia. La segunda oración colecta sitúa a Dios en el papel de un pedagogo que enseña a su hija la Iglesia a observar los mandamientos y para ello le da el espíritu de  paz y de gracia. Por su parte, la Iglesia debe servirle de todo corazón y con una voluntad sincera de concordia.

            La oración sobre las ofrendas recuerda que la Iglesia solo puede verse renovada por el oficio de santificar, esto es, los sacramentos; y el oficio de enseñar, por su doctrina. Doctrina y liturgia son los pilares donde se asienta toda la pastoral de la Iglesia; y una de esas acciones pastorales es la de fomentar la caridad y la concordia. La oración de pos-comunión sitúa la unidad pretendida en el mismísimo sacramento de la Eucaristía, a la que no duda en llamar “sacramento de la unidad”. Y puesto que solo en la Iglesia puede recibirse la sagrada comunión, solo en la Iglesia podrá vivirse la santa concordia que es don de Dios recibido en la paz y ofrecido al prójimo con sinceridad.

            Los textos bíblicos propuestos para esta celebración son: como antífona de entrada Hch 4, 32-33 donde se nos invita a tener una unión de corazones para un anuncio valiente, gozoso y creíble del Evangelio. Para la antífona de comunión encontramos Jn 17, 20-21 donde podemos escuchar ese grito angustiado y casi profético de Cristo en la noche de Getsemaní: “ut unum sint (= para que sean uno)”.  

III. Vida


De este formulario se desprenden algunos puntos esenciales para vivir coherentemente y en verdad la honrosa virtud de la concordia:

a) “Un solo corazón y una sola alma”: basado en Hch 4, 32; los fieles han de vivir en comunión de corazones y esto, dentro de la Santa Iglesia. No podemos pretender una unión ecuménica entre cristianos, si dentro de cada una de las mismas iglesias y comunidades eclesiales surgidas de la reforma, no tenemos unidad entre nosotros, los mismos cristianos.

b) La concordia se basa en la Verdad: este axioma es fundamental si se quiere mantener una unidad estable y no sujeta a los vaivenes del tiempo. Las opiniones pueden contener elementos de verdad pero no son la verdad plena, puesto que ésta es, por su misma naturaleza, una y única. Así pues, la concordia consistirá, ante todo, en buscar lo verdadero y objetivo donde confluirán los corazones y las mentes de todos. Por ello, la recta fe será lugar y fuente e concordia mientras que la heterodoxia o la herejía, será, necesariamente, fuente de conflictos y de discordia puesto que se aleja de la verdad y la rechaza.

c) La concordia es un servicio a Dios: dicho lo anterior, no será descabellado afirmar que la concordia, como virtud humana y ejercicio del hombre basado en la Verdad, es el primer servicio a Dios. El primer culto existencial ofrecido por Cristo en el Espíritu Santo. Los corazones están, primeramente, encaminados a la comunión con Dios, donde halla su descanso, como dijo san Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (I, 1, 1). Y solo cuando los corazones de los fieles concuerdan en Dios, pueden concitarse entre ellos.

Así, queridos lectores, vivamos esta semana la virtud de la concordia poniendo nuestra fe y nuestro corazón en Dios mismo, y desde Él a los hermanos más pobres.

Dios te bendiga



[1] MR1570 [397].

miércoles, 13 de diciembre de 2017

12. MISA PRO FAMILIA


MISA POR LA FAMILIA



Aunque siguiendo el orden dispuesto por el actual misal romano ahora tocara la misa por los diversos aniversarios familiares, hoy trataremos la misa 12, por la familia, ya que los otros formularios se verán cuando tratemos el sacramento del matrimonio más adelante.

I. Misterio

La comprensión católica acerca de la familia se sostiene en tres pilares fundamentales: a) se funda en la libre disposición de Dios; b) Nace a partir de la unión conyugal; c) Es célula y base de la sociedad, primer ámbito de humanización. Veamos:

La familia en cuanto tal no es algo propiamente cristiano sino que pertenece al ordenamiento divino de la creación del mundo y del hombre, pues al crear al hombre y a la mujer – nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica - , Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. De donde se sigue que sus miembros sean personas iguales en dignidad. La familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes para el bien común de sus miembros y de la sociedad, (cf. CEC 2203).

La familia tiene su fundamento en la libre voluntad de los cónyuges de unirse en matrimonio, respetando el significado y los valores propios de esta institución, que no depende del hombre, sino de Dios mismo, su autor y creador (cf. CDSI 215). La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales (cf. CEC 2201).

La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres (cf. CEC 2208). La familia, ciertamente, nacida de la íntima comunión de vida y de amor conyugal fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, posee una específica y original dimensión social, en cuanto lugar primario de relaciones interpersonales, célula primera y vital de la sociedad: es una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social (cf. CDSI 211)


II. Celebración

            Este formulario puede celebrarse con ornamentos del color del día ateniéndose a las normas generales establecidas para el uso de las misas ad diversa, esto es, libertad de uso en el Tiempo Ordinario y con autorización del ordinario en los otros tiempos litúrgicos. Con este formulario puede usarse la segunda plegaria para las misas por diversas necesidades. Como veremos a continuación, el formulario de esta misa está tomado, con alguna ligera modificación, del formulario de la solemnidad de la Sagrada Familia.

La oración colecta es de nueva creación y establece a la familia como parte del ordenamiento divino teniendo como modelo a seguir el de la Sagrada Familia cuyas virtudes domésticas y amor mutuo nos ofrece el camino de santificación para habitar en el cielo, descrito como un hogar. La oración sobre las ofrendas ha sido tomada del misal romano de 1570[1] y se pide que nuestras familias sean guardadas en la gracia y la paz que da Dios. La oración de post-comunión está confeccionada con la del misal de 1570[2] y la segunda parte es nueva; vuelve a proponerse la idea de imitar las virtudes de la Sagrada Familia, a la que se añade el anhelo de habitar con ella en el cielo.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: Ef 6, 2-3 para la antífona de entrada, donde san Pablo nos recuerda que el cuidado, respeto y honra de a los padres es garantía para una vida larga y plena; e Is 49, 15 para la antífona de comunión donde se nos recuerda que por encima de la familia y del cuidado de esta, se encuentra el amor fiel y eterno de Dios que nunca falla aun cuando se diluyan las seguridades humanas.


III. Vida

            Una vez analizado el formulario, vemos que hay muy poca originalidad en el mismo ya que se ha optado por usar el formulario de la misa de la Sagrada Familia en lugar de haber compuesto uno usando la doctrina reciente acerca de la familia como por ejemplo la Familiaris Consortio de san Juan Pablo II. Aun así esta página del misal nos ofrece algunos puntos interesantes que pueden ayudarnos bastante bien a valorar la familia y a vivir la relación familiar.

            En primer lugar, el formulario nos enseña a que debemos respetar el orden divino en el cual se inserta la familia. Es cierto que la familia no es un “invento” propiamente cristiano sino que se encuentra en la ley natural que ha configurado las sociedades a lo largo de la historia: cuando se dice que la familia es la célula de la sociedad debemos de ampliar nuestras miras más allá de la religión cristiana. La familia es célula de las sociedades humanas desde que estas se constituyeron como tal. Otra cosa distinta es cómo se haya configurado el núcleo familiar en las diversas culturas o regiones geográficas.

Esta misa ley natural determinó, en sus variadas formas, que la familia fuera la unión entre el hombre y la mujer para la complementariedad en los roles y en las psicologías y para perpetuar la especie o el clan o la tribu. Así pues, la familia tiene un alto valor para la historia humana y es un bien inmaterial ineludible con un estatus jurídico, social, político y metafísico que debe ser reconocido y respetado por todos. De ahí que no se comprenden como válidas las leyes positivas, que no naturales, que vayan en contra de la misma.  


En segundo lugar, la Sagrada Familia, es decir, el núcleo formado por la Virgen María, san José y el niño Jesús, nos ofrece un modelo de comprender y vivir los valores familiares. Muy poca información nos ofrece la Escritura acerca de ésta pero observando el modo de vida de una familia normal judía de aquella época podemos hacernos un perfecto retrato de cómo sería la vida anónima y trabajadora de aquellos. ¿Qué virtudes domésticas destacar? La entrega generosa y mutua, el trabajo callado y responsable, la esmerad educación de los hijos, el desvelo de cada miembro de la familia por los otros miembros, la solicitud por los pobres y la gente que acude a golpear las puertas de casa, la hospitalidad que se vive al compartir la mesa y el hogar con quien llega,… son algunas características que vivió la Familia de Nazaret y que pueden servir para iluminar el modelo de familia cristiana que necesita la hedonista sociedad de hoy.

Por último, al ofrecer la misa para que “nuestras familias sean guardadas en la gracia y en la paz de Dios”, se nos recuerda la importancia y la obligación de orar por ella. Hoy, ante los ataques y precariedades a que está expuesta la familia se hace llamativa la urgencia de redoblar nuestra oración por esta primera escuela de socialización y por esta Iglesia doméstica. Cuando está en mantillas una legislación que olvida el derecho de los padres a educar y cuidar a sus hijos, la familia debe estar en la primera línea de las intenciones de la oración de la Iglesia, de las comunidades cristianas y de cada cristiano. Son loables las iniciativas que de unos años a esta parte se han desarrollado celebrando jornadas nacionales o diocesanas por la familia, por la vida, etc y no debemos abandonarlas.

El problema vienes cuando estas cosas se hacen o se apoyan por oportunismo político y no por convicción personal. Es lo que ha pasado en España en épocas no muy lejanas, cuando los católicos se manifestaron contra las leyes de ingeniería social de un gobierno el partido de oposición les apoyó prometiéndoles que en cuanto llegaran al gobierno recogerían sus demandas. Pero ocurrió que un día ese partido se convirtió en gobierno poderoso y se olvidó de sus promesas, las iniciativas programadas por aquellos grupos católicos descendieron en número de participantes y el gobierno cautivó los votos de los católicos. Aun hoy se siguen los coletazos de aquella felonía partidista apoyada por los prelados de entonces y que impide que el catolicismo levante cabeza.

Hoy nadie quiere hablar de las leyes de ideología de género que pretenden imponerse aún por encima de la autorización y voluntad de los padres. Hay países donde a los padres se las ha quitado la custodia de sus hijos porque se han negado a que reciben formación en esa nueva ideología tan a-científica como totalitaria que busca subvertir los valores y datos de la biología más básica.

Así pues, queridos lectores, el formulario de hoy es un acicate para nuestras conciencias y una invitación a valorar nuestras familias y nuestra experiencia familiar, más o menos buenas (según cada cual). La familia es un don de Dios que nunca agradeceremos lo suficiente porque es en ella donde aprendemos a desenvolvernos entrando en un proceso de humanización que solo acaba cuando la última lección llega a su fin, esto es, morir de modo humano, con entereza y con la conciencia del deber bien cumplido.

Dios te bendiga



[1] MR1570 [821].
[2] MR1570 [956].

miércoles, 22 de noviembre de 2017

8. MISA PRO MINISTRIS ECCLESIAE


MISA POR LOS MINISTROS DE LA IGLESIA


I. Misterio

“Ministro” es una palabra que procede del vocablo latino “minister,-tra,-trum” que, a su vez, deriva del adjetivo latino en grado comparativo “minor,-oris” y que significa “más pequeño”, “menor”; de ahí que “ministro” literalmente signifique “el que ayuda” o “el que sirve”.

Queridos lectores, me ha parecido interesante comenzar con este apunte filológico para mejor comprender el tema del que hablaremos hoy. Para la Iglesia, un ministerio es, ante todo, un servicio carismático que alguien desempeña en favor de la comunidad eclesial bien sea en la liturgia, bien en la caridad, bien en la evangelización. Decimos que es “servicio carismático” porque solo se realiza en la medida en que uno es investido de la gracia divina para realizarlo. Este servicio-ministerio puede ser ordenado, instituido o designado, como veremos más adelante.

Por el contexto en que desarrollaremos este pequeño tratado nos centraremos en los ministerios que intervienen en la celebración litúrgica. Como marco interpretativo partiremos de este texto del Concilio Vaticano II: «En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC 28).


Antes de entrar en la calificación antes apuntada, permítanme un brevísimo apunte histórico. A lo largo de los primero siglos de la Iglesia se fueron configurando los diversos ministerios que intervenían en la liturgia (ahorraremos los detalles) hasta concluir en la septiforme distribución de éstos dándoles el nombre de órdenes (mayores y menores). Las ordenes mayores son: obispo, presbíteros y diáconos; y las órdenes menores son: subdiácono, lector, exorcista y ostiario. Hay quienes a estas siete añaden una octava que sería el acólito. Otros incluyen la tonsura. Esta distribución ha sido así hasta el año 1972 en el que el papa Pablo VI reformó estos órdenes suprimiendo varios quedándose solo con dos: el acolitado y el lectorado. Esta reforma se llevó a cabo Motu Proprio “Ministeria Quaedam”, que invito a leer en http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/motu_proprio/documents/hf_p-vi_motu-proprio_19720815_ministeria-quaedam.html. Veamos los ministerios:

A) Ministerios ordenados:

El obispo: posee la plenitud del sacerdocio y el supremo pastoreo en una porción del Pueblo de Dios, llamada Diócesis. En las celebraciones litúrgicas sacramentales le corresponde el ministerio de presidir y actuar in persona Christi et in nomine Ecclesiae, predicar la Palabra de Dios y dirigir y moderar toda la celebración. Si no preside la misa sino que delega, a él le corresponde presidir la liturgia de la Palabra y dar la bendición al final de la Misa.

El presbítero: su sacerdocio está subordinado al del obispo, de quien es cooperador. En las celebraciones litúrgicas, los presbíteros actúan como ministros de Cristo y representantes del obispo. Hacen las mismas funciones que éste salvo lo reservado por las normas litúrgicas.

El diácono: reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio sino al ministerio. En la celebración litúrgica deben proclamar y predicar, a veces, el Evangelio, proponer a los fieles las intenciones de la plegaria universal, sugerir a la asamblea los gestos que deben adoptar. Son los encargados del cáliz y pueden administrar la comunión a los fieles. Son ministros ordinarios de la comunión, del Bautismo, de la Exposición y bendición eucarística; son delegados del matrimonio, de la Liturgia de las Horas y de las Exequias.

B) Ministerios instituidos:

Llamamos ministros instituidos a los que, mediante un rito son habilitados para realizar determinados ministerios en la comunidad eclesial. Son dos:


El lector: su objetivo específico es la proclamación de la Palabra de Dios excepto el Evangelio. Son instituidos de modo estable solo los varones que cumplan ciertos requisitos. Ha de tener la debida aptitud y preparación. Y un gran amor por la Escritura. Dice así la oración de institución:

¡Oh Dios, fuente de toda luz y origen de toda bondad!, que nos enviaste a tu Hijo único, Palabra de vida, para que revelara a los hombres el misterio escondido de tu amor: bendice ╬ a estos hermanos nuestros, elegidos para el ministerio de lectores; concédeles que, al meditar asiduamente tu palabra, se sientan penetrados y transformados por ella y sepan anunciarla, con toda fidelidad, a sus hermanos. Por Jesucristo, Nuestro Señor.



El acólito: es instituido para el servicio del altar y como ayudante del sacerdote y del diácono. Le compete la preparación del altar y los vasos sagrados y distribuir la comunión entre los fieles, de la que es ministro extraordinario. Veamos cómo lo refleja la liturgia:

Padre misericordioso, que por medio de tu Hijo único has dado a la Iglesia el pan de vida, bendice ╬  a estos hermanos nuestros, elegidos para el ministerio de acólitos; que tu gracia, Señor, los haga asiduos en el servicio del altar, para que distribuyendo con fidelidad el pan de vida a sus hermanos, y creciendo siempre en la fe y en la caridad, contribuyan a la edificación de tu Iglesia. Por Jesucristo, Nuestro Señor.


C) Ministerio designados o no instituidos:

Son ministros de facto aquellos que realizan funciones litúrgicas sin estar instituidos. Los fieles, en virtud de su participación en el sacerdocio de Cristo mediante el sacerdocio común, están ontológicamente capacitados para participar en las acciones litúrgicas. Esta es su tarea principal. Puede ser interna, con atención de mente y sintonía de corazón; o externa mediante gestos, palabras, cantos, etc. La máxima participación en la Eucaristía se obtiene comulgando sacramentalmente el Cuerpo del Señor.

II. Celebración


            El actual misal de Pablo VI en su tercera edición del 2002 nos ofrece un único formulario para esta misa. No le acompaña ninguna indicación para su uso; pero el ritual para la institución de lectores y acólitos es el formulario que trae a colación en su capítulo III. Por lo tanto, podemos usar esta misa tanto en las respectivas celebraciones indicadas como cualquier otro día del año siempre que se respeten las normas litúrgicas pertinentes a estas misas por diversas necesidades, ya indicadas. El color de estas misas puede ser blanco o bien el propio del tiempo litúrgico en que se celebren (verde o morado). Por último debemos señalar dos cosas: para esta misa puede usarse la plegaria eucarística primera por diversas necesidades y no habría inconveniente en usar el actual segundo prefacio de órdenes con las plegarias eucarísticas I, II o III. En segundo lugar, indicaremos que este formulario es de nueva creación.

            La oración colecta ha tomado como pie el texto de Mt 20, 28 para indicar la importancia y sentido del servicio dentro de la Iglesia que debe realizarse como competencia, mansedumbre y perseverancia. La oración sobre las ofrendas se sitúa en la línea de Jn 13, 4-15 haciendo un paralelo entre el ejemplo de entrega de Cristo y la entrega propia del ministro. La oración de post-comunión demanda la gracia de la fidelidad a los ministros en su servicio al Evangelio, a los sacramentos y a la caridad pues esto conlleva la gloria de Dios y la santificación de los hombres.

            Los textos bíblicos han sido tomados de 1Cor 12, 4-6 para la antífona de entrada, con el fin de indicar que los ministerios en la Iglesia son muy diversos pero que contribuyen a un único fin y que tienen un mismo origen y fuente en Dios Padre. Para la antífona de comunión se nos ofrece Lc 12, 37 donde se recuerda que el ministerio en la Iglesia hallará su recompensa en el cielo cuando sea el mismo Jesucristo quien nos invite a su banquete y nos sirva.

III. Vida


            Veamos que enseñanzas morales podemos entresacar de los textos que hemos analizado:

·         El ministerio es un servicio a ejemplo de Jesucristo: en su ministerio público Jesús nos enseñó que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir” (cf. Mt 20, 28). Nos instruyó en el arte de servir y para ello dio ejemplo lavando los pies a sus discípulos como anticipo de su participación en el reino de los cielos (cf. Jn 13, 4-15). De estos textos debemos sacar una conciencia clara del papel que cada uno desempeña en la comunidad cristiana en la que está: es un SER-VI-CIO para la edificación de la Iglesia particular. No es ni poder, ni privilegio ni autoridad, sino que se trata de poner al servicio de la Iglesia los dones y talentos que tenemos; y procurar el bien espiritual y material de cada hermano.

·         El ministerio conlleva una ofrenda personal del ministro y de cada creyente: se trata de vivir la vida con un carácter oblativo, es decir, de entrega a Dios. Cada uno puede y debe ofrecer a Dios un sacrificio personal vivido en la liturgia de la vida cotidiana pero esos pequeños sacrificio personales deben unirse al gran sacrificio que ofrece la Iglesia, pueblo sacerdotal, en la Eucaristía del domingo. De este modo nos unimos más estrechamente a Cristo.

·         Hay una forma concreta de ejercerlo para la gloria de Dios y la santificación de los hombres: esta forma se manifiesta  en

o    “Competencia en la acción”: es decir, que se esté capacitado y se tenga aptitudes para ello. No se puede poner a leer a quien no sabe; o a dar catequesis a quien no conoce la fe.

o    “Mansedumbre en el servicio”: se debe ejercer con espíritu pacífico y con ánimo magnánimo y liberalidad. Sin aspereza y sin malos modos. Como Cristo lo hacía con gran cariño y viendo a un hermano en aquel a quien se sirve.

o    “Perseverancia en la oración”: es fundamental para que cualquier trabajo en la Iglesia tenga éxito. Sin la oración no se puede servir ni vivir. Esta oración deberá estar marcada por la liturgia y por el ministerio propio que se desempeñe, pero siempre con espíritu de intercesión.

o    “Espíritu de humildad”: sabiendo que el ministerio no es nuestro sino algo delegado de Dios. Es Él quien actúa en nosotros y a través de nosotros. Si esto lo tenemos claro podremos evitar formas abusivas y autoritarias que más propias son de  los poderes mundanos que del de los cristianos.

o   “Espíritu de amor”: como dice san Pablo, “debe ser el ceñidor de la unida consumada” (cf. Col 3, 14). Este amor en el ministerio adquiere una doble dimensión: por un lado es amor a Dios, a quien servimos y por quien servimos; por otro lado, un amor generoso a los hermanos y prójimos a quienes servimos de las distintas maneras establecidas.

Por tanto, es un buen día hoy para orar por tantos y tantos fieles que desempeñan un ministerio (servicio) en la Iglesia: orar por los sacristanes, por los organistas, por los monaguillos, por los lectores, los acólitos, los diáconos (sean permanentes o no) y por todos y cada uno de los que de una manera u otra (catequistas, visitadoras de enfermos, voluntarios de caritas, etc) construyen la Iglesia desde Cristo, para Cristo y por Cristo. Gracias y que Dios os bendiga.

Dios te bendiga

miércoles, 8 de noviembre de 2017

6. MISA PRO SACERDOTIBUS


MISA POR LOS SACERDOTES



I. Misterio

No pasarán nunca de moda estas palabras de san Juan Pablo II: “Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu” (PDV 15).

Tras su Ascensión a los cielos, Cristo envió a sus apóstoles a predicar al mundo entero. A la muerte de éstos, sus sucesores, los obispos, unieron a su ministerio, en grado subordinado, a los presbíteros “para que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran los colaboradores del orden episcopal para realizar adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo” (PO 2b). Pero no erremos el tiro, la autoridad de los presbíteros dimana del oficio sacerdotal de Cristo tal como lo propuso el mismo Concilio Vaticano II: “El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo. Por lo cual, el sacerdocio de los presbíteros supone, ciertamente, los sacramentos de la iniciación cristiana” (PO 2c). Pero cómo se “hace” un sacerdote, el mismo Concilio responde: “se confiere por un sacramento peculiar por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza” (PO 2c).

El sacerdocio ministerial es signo y expresión de la unión vital de Cristo con su Iglesia tal como lo ha recordado, recientemente, el Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros: “el sacerdocio ministerial hace palpable la acción propia de Cristo Cabeza y testimonia que Cristo no se ha alejado de su Iglesia, sino que continúa vivificándola con su sacerdocio permanente” (DVMP 1c). Pero no podemos obviar el sustrato humano del presbítero: el sacerdote es, ante todo, un humano. Único e insustituible en su humanidad. El orden sacerdotal supone un cambio ontológico pero no una disolución de lo humano en él. Dios no borra la personalidad del sacerdote, es más, la requiere completamente (cf. DVMP 2d).

Tras esta breve introducción teológica sobre el ser y el ministerio de los presbíteros, entremos a examinar el formulario litúrgico para encontrar pistas que nos ayuden a comprender y a valorar a los sacerdotes.


II. Celebración

Entramos ahora en la celebración misma de esta misa. Se ofrecen varios formularios, que veremos a continuación. Antes, digamos alguna palabra a rasgos generales de cómo puede celebrarse: para esta misa se recomienda la plegaria eucarística primera para las misas por diversas necesidades pero también puede emplearse el prefacio I de las ordenaciones con las plegarias eucarísticas I, II o III. Las ropas pueden ser blancas o verde, pues no debe olvidarse que esta misa solo puede celebrarse en el Tiempo Ordinario, fuera de este ciclo litúrgico será necesario permiso expreso del ordinario.

Antes de entrar a analizar las oraciones que configuran el formulario hemos de advertir que mientras que en la “editio typica latina” del 2002 se ofrecen dos colectas, y una de ofrendas y una de postcomunión, la edición española ofrece dos colectas, tres de ofrendas y dos de postcomunión ¿Enriquecimiento? No. Puesto que la segunda del ofertorio (B) es igual que la segunda colecta (B) con el orden de palabras o frases alteradas[1],

Ofertorio B
Colecta B
Señor Dios nuestro, que para regir a tu pueblo has querido disponer del ministerio de los sacerdotes, concédeles un servicio perseverante según tu voluntad, para que, en su ministerio y en su vida, sean capaces de procurar tu gloria en Cristo.
Señor Dios nuestro, que para regir a tu pueblo has querido [servirte] del ministerio de los sacerdotes, concédeles [perseverar] [al servicio de tu voluntad], para que, en su ministerio y en su vida, [puedan buscar] tu gloria en Cristo.



y lo mismo ocurre con la tercera del ofertorio (C) que es igual que la primera del ofertorio (A).

Ofertorio C
Ofertorio A
Oh Dios, tú has querido que tus sacerdotes sean servidores de los santos altares y del pueblo, concede propicio, por la eficacia de este sacrificio, que su ministerio […] te sea siempre grato y dé, en tu Iglesia, el fruto que siempre permanece.
Oh Dios, tú has querido que tus sacerdotes sean [ministros] [del santo altar] y del pueblo, concede propicio, por la eficacia de este sacrificio, que [el] ministerio [de tus siervos] te sea siempre grato y dé, en tu Iglesia, [frutos] que siempre [permanezcan].



La oración colecta A está tomada del misal romano del 1570[2] de la que se ofrece para la misa de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote con variantes como se muestra en el cuadro siguiente:

1570
2002
Deus, qui [ad maiestatis tuae gloriam et generis humani salutem,] Unigenitum tuum summum [atque] aeternum constituisti Sacerdotem: praesta; ut quos ministros [et] mysteriorum [suorum] dispensatores elegit in accepto ministerio adimplendo Fidel[e]s inveniantur
[…] Deus, qui
Unigenitum tuum summum aeternumque constituisti sacerdotem, praesta, ut, quos ministros tuorumque mysteriorum dispensatores elegit, in accepto ministerio adimplendo fidelis inveniantur.



            Como vemos, está centrada en Jesucristo el único Sumo y Eterno Sacerdote que elige ministros y administradores de sus misterios. La colecta B, de nueva creación, dice que Dios, para regir a su pueblo, quiso servirse del ministerio de los sacerdotes y para ello, concede a estos mismos la perseverancia y el interés por buscar la gloria de Cristo. La oración sobre las ofrendas A, de nueva creación, indica que el sacrificio se ofrece por los sacerdotes, a los que llama ministros del altar y del pueblo; para que sean gratos a Dios y den frutos en la Iglesia. La oración de postcomunión, también de nueva creación, señala que el sacrificio, al ser ofrecido y comulgado, llena de vida a clero y pueblo para que, juntos, puedan servir a Dios. 


III. Vida

            Analizado, pormenorizadamente, el formulario veamos algunos puntos que pueden ayudarnos a unos a comprender mejor el ministerio sacerdotal y lo que comporta y a otros a vivirlo coherentemente.

El misterio de la elección: es lo primero de lo que nos informan las oraciones de hoy: Jesucristo es el único que elige “con amor de hermano, a hombres de este pueblo” para investirles de su poder sacerdotal y así poder regir a este mismo pueblo de donde han sido sacados. Pero este gobierno, en los presbíteros, se ejerce en comunión y co-responsablemente con el obispo. Así pues, nadie puede arrogarse el honor de ser sacerdote; no es sacerdote el que quiere sino el que Dios llama. No es cuestión de sexos sino de misterio de elección por Cristo. El sacerdocio femenino no tiene cabida porque no se halla en la voluntad salvífica de Jesucristo ni dio ninguna indicación al respecto. Luego, la Iglesia no puede hacer nada que su Señor y fundador no dispusiera.

El ministerio sacerdotal: es, ante todo, un servicio. No un honor ni un cargo ni un derecho adquirido por adquirir. Es un servicio dado que etimológicamente, ministerio viene del latín “ministerium” y este del vocablo “minus” que significa “el menor” o “el que sirve”. El presbítero es un servidor del altar y del pueblo, en este orden lo marca la lex orandi. Del altar, porque ha sido investido de autoridad para ello, para la confección de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía como lo recuerda el IV Concilio de Letrán: “Y este sacramento nadie ciertamente puede realizarlo sino el sacerdote que hubiere sido debidamente ordenado…” (DS 802). Todo lo demás pueden hacerlo perfectamente los seglares. Pero también es servidor del pueblo en cuanto que los sacramentos son celebrados para santificación de los fieles. También son servidores del pueblo ejerciendo como Padres del mismo, paño de lágrimas, consejero en problemas, acompañante de duelos y partícipe de alegrías. Aun mejor lo exponen estas palabras de san Policarpo: “los presbíteros han de ser compasivos y misericordiosos con todos; han de recuperar a los que yerran, visitar a todos los enfermos, atender a las viudas, huérfanos o pobres; preocuparse de hacer el bien ante Dios y ante los hombres, abstenerse de toda ira, acepción de personas, juicio injusto, alejarse de toda avaricia, no creer rápidamente las acusaciones contra alguien; no ser demasiado severos en el juicio; tener conciencia de que todos somos pecadores (Ad Philp. VI, 1)”

El ministerio dentro del pueblo de Dios: el ministerio sacerdotal, por la configuración ontológica que supone y los misterios tan excelsos que trae entre manos, debe ser vivido de cara a Dios, con el ánimo la voluntad de buscar siempre agradar a Dios. Sabemos que la vida sacerdotal no es fácil, ni está exenta de dificultades pero es Dios quien da la gracia para perseverar en ella, para que cooperemos en la edificación de un pueblo bien dispuesto que abunde en buenas obras. Los sacerdotes, ante todo, están puestos al frente del pueblo para buscar, junto con éste, la gloria de Dios, único fin de la vida del hombre.


La vida de todo fiel, pero en especial la de un sacerdote, debe ser una constante ofrenda asumiendo la cruz como requisito indispensable para un ministerio eficaz, pues con razón se nos dice en la ordenación “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” (cf. Pontifical Romano, ordenación de presbíteros, 163). Vivir la vida sacerdotal como prolongación del sacrificio eucarístico, sabiendo que es por nuestras manos mediante las que Cristo, nuevamente, se ofrece en el ara de la cruz por la salvación del mundo. Pero también, y no menos importante, el sacerdote es testigo de la Pascua de Cristo, transparencia del Resucitado que sigue asistiendo a su Iglesia en su peregrinación terrena como acompañó un día a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24). Así es como mejor podría entenderse el ministerio sacerdotal vivido en medio del pueblo santo de Dios del cual fuimos extraídos y al cual hemos sido enviados.

Oremos, pues, por los sacerdotes para que sean fieles a la noble y grave tarea que Dios les ha conferido, para que sean celosos administradores de la gracia de Dios que se nos da mediante los sacramentos. Ojalá que a la grey no le falte la solicitud de sus pastores ni a los pastores la docilidad de su grey.

Dios te bendiga



[1] Señalaremos las diferencias con subrayados y corchetes [].
[2] MR1570 [253]

miércoles, 27 de septiembre de 2017

MISAS POR DIVERSAS NECESIDADES (I)



PRESENTACIÓN


Iniciamos un nuevo curso en este año 2017 que se prolongará a lo largo del primer semestre del 2018. Durante este verano, entre viajes, vacaciones y quehaceres parroquiales, he dado vuelta a qué tratar con ustedes en este curso que se avecinaba inexorablemente. Así pues, después de pensar y barajar algunos temas, he decidido este año ir comentando cada miércoles un formulario del misal romano de la sección “Misas y oraciones por diversas necesidades”.

Esta sección de la tercera edición del misal romano se divide en tres apartados: 1. Por la Iglesia; II. Por las necesidades públicas; III. En diversas necesidades. Cada apartado a su ve contiene una serie de formularios de lo más variado:

       I.            Por la Iglesia:

1.      Por la Iglesia (A-B-C-D-E).

2.      Por el Papa

3.      Por el obispo

4.      Para elegir un Papa o un obispo

5.      Por el concilio o el sínodo

6.      Por los sacerdotes

7.      Por el propio sacerdote (A-B-C)

8.      Por los ministros de la Iglesia

9.      Por las vocaciones a las Sagradas Órdenes

10.  Por los laicos

11.  Aniversarios de matrimonios

12.  Por la familia

13.  Por los religiosos (A-B)

14.  Por las vocaciones a ña vida religiosa

15.  Para fomentar la concordia

16.  Para la reconciliación

17.  Por la unidad de los cristianos (A-B-C)

18.  Por la evangelización de los pueblos (A-B)

19.  Por los cristianos perseguidos

20.  En una reunión espiritual o pastoral

    II.            Por las necesidades públicas:

21.  Por la patria o la ciudad

22.  Por los gobernantes

23.  Por las asambleas de los gobernantes de las naciones

24.  Por la máxima autoridad de la nación o el Rey

25.  Al comienzo del año civil

26.  Por la santificación del trabajo humano (A-B)

27.  En tiempo de siembra (A-B)

28.  Para después de las cosechas

29.  Por el progreso de los pueblos

30.  Por la paz y la justicia (A-B)

31.  En tiempo de guerra y desorden

32.  Por los prófugos y exiliados

33.  En tiempo de hambre o por los que padecen hambre (A-B)

34.  En tiempo de terremoto

35.  Para pedir la lluvia

36.  Para pedir el buen tiempo

37.  Para alejar las tempestades

 III.            En diversas necesidades:

38.  Por el perdón de los pecados (A-B)

39.  Para pedir la continencia

40.  Para pedir la caridad

41.  Por los familiares y amigos

42.  Por los que nos afligen

43.  Por los cautivos

44.  Por los encarcelados

45.  Por los enfermos

46.  Por los moribundos

47.  Para pedir la gracia de una buena muerte

48.  En cualquier necesidad (A-B-C)

49.  Para dar gracias a Dios (A-B)

Como ven son temas interesantes que afectan más o menos a nuestra vida o a la vida de las personas en general. La Iglesia, como madre que es, pretende con estos formularios litúrgicos acompañar el camino de la vida de sus hijos, santificando cada circunstancia y cada necesidad que estos pudieran tener.

El fundamento y razón de ser de este conglomerado de oraciones y misas está en la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, que se abre con estas palabras: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1). Siguiendo esta idea teológico-pastoral, la liturgia, savia de la Iglesia, no podía verse exenta de asumir en ella la vida y las circunstancias de los hombres y mujeres del mundo, de ahí que la idea motriz de la reforma litúrgica, la “participación litúrgica activa”, llevara pareja la de hacer de la vida del cristiano un culto existencial rompiendo así con la visión jurídica y formal de la liturgia y la desconexión de ésta con la vida de los fieles.


Para la exposición de estos formularios lo haremos usando el triple esquema “Misterio-Celebración-Vida” o en palabras de la tradición “lex credendi-lex orandi-lex agendi” (= ley del creer, ley del orar, ley del obrar). 

Por nuestra parte solo resta acoger con amor estas oraciones. Orarlas y hacerlas vida será una tarea apasionante de nuestra vida espiritual, la cual se esponjará del Espíritu Santo y llenará la existencia mundana y profana de la vida de la presencia pujante y santificante de Dios o en otras palabras: la realidad trivial y profana se convertirá en altar del sacrificio espiritual de los fieles que unirán su sacerdocio bautismal, al ministerial de la Eucaristía, siendo imagen perfecta en medio del mundo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Por otra parte, no debemos pensar que estas misas se pueden decir así sin más, sino que la Iglesia ha establecido algunas cláusulas que regulan su ejecución:

1.   La conveniencia: pueden utilizarse en distintas ocasiones, según sea necesario o conveniente para la comunidad. Los formularios que se encuentran en estas tres secciones pueden usarse tanto en la Misa con el pueblo como en la Misa celebrada sin pueblo.

2.    El momento: si ocurriera alguna grave necesidad, puede celebrarse la Misa más adecuada por esa necesidad, por mandato o licencia del Ordinario del lugar, todos los días, excepto en las solemnidades, en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, los días de la Octava de Pascua, la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el Miércoles de Ceniza y los días de Semana Santa. En cambio, si alguna verdadera necesidad o utilidad pastoral lo requiere, en la celebración con el pueblo se puede utilizar, a juicio del rector de la iglesia o del mismo sacerdote que celebra, la Misa que responda mejor a esa necesidad o utilidad, también cuando coincide con una memoria obligatoria o una feria de Adviento hasta el 16 de diciembre inclusive, del tiempo de Navidad a partir del 2 de enero y del tiempo pascual después de la octava de Pascua.

3. Pueden utilizarse las Plegarias eucarísticas para varias necesidades, cuyos formularios se encuentran en el Apéndice I del Ordinario de la Misa, p. 573-595. Y que se irán indicando cuáles son las más aptas para cada formulario.

4.  En algunas Misas, los textos litúrgicos que se ponen para el varón se pueden adaptar para la mujer, cambiando el género; y los que son expresados en plural, pueden adaptarse al singular, cambiando el número. Pero no el ordinario, v.gr. no se puede decir “El Señor esté con vosotras” porque solo haya mujeres en misa.

5.  Estas Misas pueden celebrarse con ornamentos del color propio del día o del tiempo litúrgico, o bien con ornamentos morados, si tienen carácter penitencial.

Espero que disfruten de estos textos y que su vida se llene de Dios a través de ellos.

Dios te bendiga