Mostrando entradas con la etiqueta alma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alma. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de abril de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (V)


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en la antesala de los días grandes del calendario cristiano. Dentro de poco, nuestras parroquias se revestirán de gala para celebrar el Triduo de la Pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por nuestras calles deambularán procesiones de penitentes portando estandartes y cargando bellas imágenes que evocan plásticamente aquellos misterios que las palabras ni pueden ni saben contener. Pero hasta que el tiempo nos sumerja en esta atmósfera sacra que impone la Semana Santa, la Iglesia nos propone hoy, quinto domingo de Cuaresma, la contemplación de una de las escenas más tiernas y emotivas del Nuevo Testamento, un pasaje cargado de intensidad espiritual y de consolación para nuestros corazones lastimados por el pecado.

            Podríamos decir, queridos hermanos, que todo el contenido del conjunto de las lecturas de hoy pivota sobre el verso de Isaías: “mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Y efectivamente, hermanos, es así. Cristo es la mayor novedad que ha habido y habrá en la historia de la humanidad. Es una novedad perenne, única y singular. Cristo hizo nuevo a Pablo cuando al conocerle cambió su forma de pensar como él mismo nos ha relatado: “por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”. Cristo hace nuevo nuestros corazones cuando, como a aquella mujer adúltera, los toca y los sana, inundándolos con su misericordia. Porque ésta, queridos hermanos, es su gran novedad: una misericordia nueva, infinita, salvadora y liberadora. Una misericordia que le hace grande con nosotros y nos llena de alegría esperanzada.

            La gran novedad de Cristo es mostrarnos que el fundamento de la libertad cristiana no es otro que el Amor. Así, con mayúsculas. No un amor barato, al uso, manido. No. Sino un amor sin cortapisas ni prejuicios, un amor que se escribe con sangre y sufrimiento. Un amor que enseña a amar. Un amor que sabe llorar y reír. Cristo nos ha enseñado a amar con piedad y clemencia. Pensad por un momento, hermanos, en que el único “sin pecado”, el único que podría haber arrojado no una, sino hasta cien piedras, el único que debería haberla condenado por ser Dios y legislador eximio, un nuevo Moisés, decide perdonar y absolver. “Yo tampoco te condeno”- dirá el autor de la misericordia-. ¿Os dais cuenta? Dios está siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. Jesús escribe los pecados en la arena porque pueden ser borrados fácilmente. A Él no le interesan los pecados porque – como al Padre de la parábola del domingo anterior- ante nuestras excusas, Él prefiere revestirnos del traje de fiesta, calzarnos la dignidad de sus hijos, desposarnos místicamente con el anillo, y ofrecer el banquete de su Cuerpo y de su Sangre.


            Esto, queridos hermanos, es la verdadera libertad cristiana. Cristo nos ha dado la nueva libertad: la libertad de creer, de pensar, de hablar, de confesar. Cristo nos ha mostrado el camino nuevo para la liberación y progreso de los pueblos: estar libres de pecado y no condenar a nadie. Él es quien se reserva el juicio justo. El cristiano encuentra su fuente y su limite en el amor. ¿Paradójico? Cierto: si el amor es fuente de libertad, como dice san Agustín “Ama y haz lo que quieras”, también el amor es límite de la libertad, dado las palabras de san Pablo “haceos esclavos unos de otros por amor”. Pero a esto, debemos añadirle otra paradoja: el límite de la libertad es, precisamente, lo que le hace crecer, cada vez más. En la medida en que crecemos en amor a otros, nuestra libertad aumenta exponencialmente.

            Aprendamos, queridos hermanos, a amar en libertad. Hagamos nuestra la gran novedad de Jesucristo y no escatimemos en esfuerzos para arrojar las piedras de nuestros pecados a la arena donde todo se borra. No olvidemos que el Amor entregado del Señor es más grande y fuerte que la pobre vileza de nuestro mal. Así sea.  

sábado, 23 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (III)


HOMILÍA DEL III DOMINGO DE CUARESMA





Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy, de la mano de Moisés, a la montaña santa del Horeb. Allí se produce un encuentro místico entre Dios y el hombre, representado por Moisés, cuya condición primera para el dialogo es la de despojarse de si mismo. En esta Cuaresma en que caminamos hacia la Pascua de la libertad de los hijos de Dios, Éste vuelve a exhortarnos, como un día a Moisés, a quitarnos las sandalias para entrar en terreno sagrado.

            Desde este mandato divino, la libertad teologal en que el hombre ha de vivir su existencia en este mundo, dependerá en gran medida de su despojamiento interior. Para entrar en la presencia de Dios uno debe, como principio irrenunciable, vaciarse de si mismo para llenarse, total e íntegramente, de su divinidad. La atrevida curiosidad de Moisés por aquel prodigio sobrenatural se vio advertida por el ángel del Señor y conminada a descalzarse. Si tú hoy quieres acercarte a Él, debes comenzar por el mismo proceso ascético: descalzarte de ti, de tus prejuicios, de tus ideas, de tus quereres. El suelo de la cueva del Horeb no podía contaminarse con el polvo del camino que a las sandalias de Moisés se había adherido. Del mismo modo, el encuentro del hombre con Dios no puede contaminarse con el polvo del camino de la vida que se nos pega, porque entonces, la mediación entraría en claves y coordinadas que pervertirían el contenido de la misma.

            La primera libertad humana esta dentro del alma del sujeto. Un corazón libre, ama libremente. Un corazón acomplejado o lleno de prejuicios, no podrá nunca amar sino tan solo temer. Un alma encadenada al pecado, aun siendo ignorante de ello, no alcanzará nunca a experimentar las maravillas que Dios puede hacer en ella por eso, siguiendo lo dicho por Jesús en el Evangelio de hoy, no se tratará de medirnos con los demás para saber si somos mejores, sino de dar frutos, cada día, de santidad y vida eterna. En la medida en que buscamos hacer el bien, y agradar así a nuestro Señor, estaremos entrando en una dinámica de justicia y caridad que nos aleja, poco a poco, del pecado y nos acerca más al supremo bien que es Dios mismo.


            Y éste, queridos hermanos, es el dinamismo del desatarnos la correa de las sandalias: no mirar el pecado de los demás sino el que nos contamina a nosotros mismos. Porque de este pecado, de esa esclavitud, es de la que Dios nos quiere liberar. Pero si uno no tiene conciencia de la existencia y efecto del pecado en su vida, Dios no podrá actuar en nada. El sufrimiento causado en Dios no es estático, sino, necesariamente, actuante: Dios baja a liberar porque le afecta el sufrimiento humano por el mal. Y o baja por medio de Moisés o baja por medio de su hijo Jesucristo. Y en este ciclo litúrgico, celebramos y actualizamos, precisamente, esta última forma de su actuar: baja en forma humana por medio de su Hijo Jesucristo, quien se entrega libremente a la muerte para darnos vida eterna. La cuestión será, queridos hermanos, si al final de esta Pascua nuestra higuera habrá dado fruto o será cortada, inapelablemente.

Para los cristianos no es una opción espiritual, sino una exigencia de nuestro bautismo, si no nos convertimos, todas pereceremos de la misma manera. Todos, sin excepción, estamos llamados a disfrutar de la libertad interior, del desasimiento de las cadenas que atan y esclavizan el alma. Descalcémonos, pues, para poder acceder a la soberana presencia de Dios y gozar de los frutos suaves de tal encuentro.

                                                              Dios te bendiga