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sábado, 6 de abril de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (V)


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en la antesala de los días grandes del calendario cristiano. Dentro de poco, nuestras parroquias se revestirán de gala para celebrar el Triduo de la Pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por nuestras calles deambularán procesiones de penitentes portando estandartes y cargando bellas imágenes que evocan plásticamente aquellos misterios que las palabras ni pueden ni saben contener. Pero hasta que el tiempo nos sumerja en esta atmósfera sacra que impone la Semana Santa, la Iglesia nos propone hoy, quinto domingo de Cuaresma, la contemplación de una de las escenas más tiernas y emotivas del Nuevo Testamento, un pasaje cargado de intensidad espiritual y de consolación para nuestros corazones lastimados por el pecado.

            Podríamos decir, queridos hermanos, que todo el contenido del conjunto de las lecturas de hoy pivota sobre el verso de Isaías: “mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Y efectivamente, hermanos, es así. Cristo es la mayor novedad que ha habido y habrá en la historia de la humanidad. Es una novedad perenne, única y singular. Cristo hizo nuevo a Pablo cuando al conocerle cambió su forma de pensar como él mismo nos ha relatado: “por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”. Cristo hace nuevo nuestros corazones cuando, como a aquella mujer adúltera, los toca y los sana, inundándolos con su misericordia. Porque ésta, queridos hermanos, es su gran novedad: una misericordia nueva, infinita, salvadora y liberadora. Una misericordia que le hace grande con nosotros y nos llena de alegría esperanzada.

            La gran novedad de Cristo es mostrarnos que el fundamento de la libertad cristiana no es otro que el Amor. Así, con mayúsculas. No un amor barato, al uso, manido. No. Sino un amor sin cortapisas ni prejuicios, un amor que se escribe con sangre y sufrimiento. Un amor que enseña a amar. Un amor que sabe llorar y reír. Cristo nos ha enseñado a amar con piedad y clemencia. Pensad por un momento, hermanos, en que el único “sin pecado”, el único que podría haber arrojado no una, sino hasta cien piedras, el único que debería haberla condenado por ser Dios y legislador eximio, un nuevo Moisés, decide perdonar y absolver. “Yo tampoco te condeno”- dirá el autor de la misericordia-. ¿Os dais cuenta? Dios está siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. Jesús escribe los pecados en la arena porque pueden ser borrados fácilmente. A Él no le interesan los pecados porque – como al Padre de la parábola del domingo anterior- ante nuestras excusas, Él prefiere revestirnos del traje de fiesta, calzarnos la dignidad de sus hijos, desposarnos místicamente con el anillo, y ofrecer el banquete de su Cuerpo y de su Sangre.


            Esto, queridos hermanos, es la verdadera libertad cristiana. Cristo nos ha dado la nueva libertad: la libertad de creer, de pensar, de hablar, de confesar. Cristo nos ha mostrado el camino nuevo para la liberación y progreso de los pueblos: estar libres de pecado y no condenar a nadie. Él es quien se reserva el juicio justo. El cristiano encuentra su fuente y su limite en el amor. ¿Paradójico? Cierto: si el amor es fuente de libertad, como dice san Agustín “Ama y haz lo que quieras”, también el amor es límite de la libertad, dado las palabras de san Pablo “haceos esclavos unos de otros por amor”. Pero a esto, debemos añadirle otra paradoja: el límite de la libertad es, precisamente, lo que le hace crecer, cada vez más. En la medida en que crecemos en amor a otros, nuestra libertad aumenta exponencialmente.

            Aprendamos, queridos hermanos, a amar en libertad. Hagamos nuestra la gran novedad de Jesucristo y no escatimemos en esfuerzos para arrojar las piedras de nuestros pecados a la arena donde todo se borra. No olvidemos que el Amor entregado del Señor es más grande y fuerte que la pobre vileza de nuestro mal. Así sea.  

sábado, 30 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (IV)

HOMILÍA DEL IV DOMINGO DE CUARESMA

Queridos hermanos en el Señor:
            “Alégrate Jerusalén” con estas palabras comienza la misa de hoy. El cuarto domingo de Cuaresma es una invitación a ir gestando en nosotros la alegría espiritual ante la inminencia de las próximas fiestas pascuales. El recuerdo vivo y la memoria agradecida del Señor muerto y resucitado, despiertan en el alma cristiana cantos e himnos de fiesta, que prorrumpen en alabanza sonora porque nuestra liberación está cerca.
            Tal es así el carácter festivo de esta gozosa verdad, que la liturgia de hoy nos regala unas de las mas bellas parábolas nunca escritas en la historia: la parábola del hijo pródigo, si nos situamos desde la perspectiva del hijo pecador, o la parábola del Padre misericordioso si la leemos desde la actitud de Dios hacia sus pecadores hijos. No es mi intención detenerme en los detalles de la parábola ya que es de sobra conocida por todos, pero si quisiera fijarme hoy en el aspecto liberador del perdón.
            Desde el comienzo de la Cuaresma venimos entablando una lucha contra el pecado. En el fragor de la batalla hemos podido comprobar lo fácil que es rendirse y lo amargo que es apartarnos de Dios. Pero también, lo satisfactorio de la victoria y la dulzura consoladora de saber que Dios ha peleado conmigo. Hoy, hermanos, vemos reflejada nuestra vida cristiana en aquel hijo menor que deseó emanciparse de su Padre, no volver a tener trato con Él, hasta el punto -fijaos-de matarlo en vida al pedirle la parte de su herencia. Cuando el alma cristiana quiere independizarse del sumo bien, y vagar sin rumbo buscando donde saciar su sed de eternidad, actúa semejantemente al hijo de la parábola que se fue a países lejanos malgastando su pecunio hasta que se vio solo y abandonado.
            El alma cristiana, cuando se aleja de su fuente de libertad, que es Dios, busca saciar su sed en otros manantiales que le ofrecen rápido y momentáneo consuelo pero que pronto se demuestran como una mentira y un espejismo. En este sentido, pensando que bebe de agua pura resulta ingerir, en realidad, un veneno adictivo que lo esclaviza: el pecado esclaviza. El pecado no libera, el pecado nos hace sentirnos solos, abandonados de Dios. El pecado nos aparta de tal manera del bien que nos encierra en una constante acusación de conciencia que no nos deja experimentar que la última palabra la tiene la misericordia de Dios.  

            Y esa, queridos hermanos, fue la dinámica interna en la que entró el hijo pródigo: huyó de la libertad y emigró al país del pecado, del vicio y de la mentira. Su conciencia y su alma se oscurecieron hasta el punto de no poder si quiera levantarse de su postración y alimentarse de la misma comida con que nutría a los cerdos. Y es que estar lejos de Dios es la mayor pobreza que se puede tener y la mayor maldición que se puede vivir.
            Sin embargo, no todo queda aquí. Dios vence al odio, al mal y al pecado. Dios concede su luz divina a las almas descarriadas que quieren salir de su situación. De ahí que un día, el hijo menor decidiera salir de su lamentable existencia y emprender el camino de vuelta a la fuente de la libertad. Lo hizo, no sin miedos, no sin argumentos victimistas. El temor y la duda no le abandonaron en su retorno a la casa del Padre. Y es que, hermanos, salir del pecado no es fácil ni gratuito, el peso del remordimiento de conciencia puede dificultarnos el trayecto pero es necesario sobrellevarlo por amor a Dios y como reparación por las ofensas. Aun así, como aquel hijo pródigo, nosotros seguimos avanzando en nuestro itinerario de conversión hasta que bajamos la loma del último monte…
            …Y, ahora sí, es el Padre misericordioso quien nos ve desde lejos y sale a nuestro encuentro. Esto nos demuestra que Dios nunca perdió la confianza ni la esperanza sus hijos. Que Dios siempre estuvo atento a nuestra vuelta para salirnos al encuentro. Solo Dios hace que la vuelta a casa sea gozosa, porque solo Él cambia nuestros temores en confianza, nuestras incertidumbres en certezas. En Él nos reencontramos con la libertad perdida, en Él se rompen nuestras cadenas y se desatan nuestras trabas espirituales. Solo nos sentimos seguros en Él.
            Por eso, hermanos, así como aquel Padre levantó, calzó, y revistió a aquel hijo ingrato, también su gracia nos devuelve la dignidad de hijos de Dios. Nos introduce en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
            Demos, pues, queridos hermanos, gracias a Dios por tanto bien que hace para con nosotros. Ojalá que ante sus palabras de vida se disipen nuestros miedos y nuestro animo libre se afiance cada día mas. Así sea.

sábado, 23 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (III)


HOMILÍA DEL III DOMINGO DE CUARESMA





Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy, de la mano de Moisés, a la montaña santa del Horeb. Allí se produce un encuentro místico entre Dios y el hombre, representado por Moisés, cuya condición primera para el dialogo es la de despojarse de si mismo. En esta Cuaresma en que caminamos hacia la Pascua de la libertad de los hijos de Dios, Éste vuelve a exhortarnos, como un día a Moisés, a quitarnos las sandalias para entrar en terreno sagrado.

            Desde este mandato divino, la libertad teologal en que el hombre ha de vivir su existencia en este mundo, dependerá en gran medida de su despojamiento interior. Para entrar en la presencia de Dios uno debe, como principio irrenunciable, vaciarse de si mismo para llenarse, total e íntegramente, de su divinidad. La atrevida curiosidad de Moisés por aquel prodigio sobrenatural se vio advertida por el ángel del Señor y conminada a descalzarse. Si tú hoy quieres acercarte a Él, debes comenzar por el mismo proceso ascético: descalzarte de ti, de tus prejuicios, de tus ideas, de tus quereres. El suelo de la cueva del Horeb no podía contaminarse con el polvo del camino que a las sandalias de Moisés se había adherido. Del mismo modo, el encuentro del hombre con Dios no puede contaminarse con el polvo del camino de la vida que se nos pega, porque entonces, la mediación entraría en claves y coordinadas que pervertirían el contenido de la misma.

            La primera libertad humana esta dentro del alma del sujeto. Un corazón libre, ama libremente. Un corazón acomplejado o lleno de prejuicios, no podrá nunca amar sino tan solo temer. Un alma encadenada al pecado, aun siendo ignorante de ello, no alcanzará nunca a experimentar las maravillas que Dios puede hacer en ella por eso, siguiendo lo dicho por Jesús en el Evangelio de hoy, no se tratará de medirnos con los demás para saber si somos mejores, sino de dar frutos, cada día, de santidad y vida eterna. En la medida en que buscamos hacer el bien, y agradar así a nuestro Señor, estaremos entrando en una dinámica de justicia y caridad que nos aleja, poco a poco, del pecado y nos acerca más al supremo bien que es Dios mismo.


            Y éste, queridos hermanos, es el dinamismo del desatarnos la correa de las sandalias: no mirar el pecado de los demás sino el que nos contamina a nosotros mismos. Porque de este pecado, de esa esclavitud, es de la que Dios nos quiere liberar. Pero si uno no tiene conciencia de la existencia y efecto del pecado en su vida, Dios no podrá actuar en nada. El sufrimiento causado en Dios no es estático, sino, necesariamente, actuante: Dios baja a liberar porque le afecta el sufrimiento humano por el mal. Y o baja por medio de Moisés o baja por medio de su hijo Jesucristo. Y en este ciclo litúrgico, celebramos y actualizamos, precisamente, esta última forma de su actuar: baja en forma humana por medio de su Hijo Jesucristo, quien se entrega libremente a la muerte para darnos vida eterna. La cuestión será, queridos hermanos, si al final de esta Pascua nuestra higuera habrá dado fruto o será cortada, inapelablemente.

Para los cristianos no es una opción espiritual, sino una exigencia de nuestro bautismo, si no nos convertimos, todas pereceremos de la misma manera. Todos, sin excepción, estamos llamados a disfrutar de la libertad interior, del desasimiento de las cadenas que atan y esclavizan el alma. Descalcémonos, pues, para poder acceder a la soberana presencia de Dios y gozar de los frutos suaves de tal encuentro.

                                                              Dios te bendiga

sábado, 16 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (II)


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Avanzando en el camino cuaresmal hacia la Pascua, el segundo domingo de Cuaresma siempre nos permite un alto gozoso para poder contemplar uno de los acontecimientos más hermosos de la historia de la salvación: la transfiguración del Señor. Este pasaje evangélico viene a dar cumplimiento a aquella invitación que el salmo responsorial nos hacía: “Buscad mi rostro”. Buscad un rostro transfigurado, nuevo, dispuesto a ir a Jerusalén para celebrar la Pascua de la muerte y de la resurrección.

En la primera lectura de este domingo encontramos a un Dios que se compromete con el hombre. Un Dios que hace promesas creíbles y que deberá cumplir. Y para ello no duda en establecer este pacto con Abrán usando un rito propio de las tribus nómadas: partiendo animales en dos mitades y cruzando entre ambas invocando sobre si mismo la suerte de las bestias sacrificadas si no se cumpliera el pacto. Vemos, pues, que Dios se empeña del todo y sin cortapisas.

La promesa hecha a Abrán puede resumirse en aquellas necesidades primarias de todo hombre y de toda civilización: descendencia y tierra. Tener una familia y tener una propiedad personal para poder vivir es algo que capacita y realiza al hombre. Es más, la propia familia y la propiedad privada son garantía de independencia y de libertad. Es por eso que, como se ha ido repitiendo a lo largo de la historia, todos los regímenes políticos que han pretendido restar libertad al individuo han querido desarraigarlo de su tierra, mediante la emigración, la expropiación; y han querido hacer leyes de injerencia en la familia: controlando la educación de los niños, eliminando la libertad de elección de centro, o con políticas antinatalistas. Frente a ello, la Iglesia ha desarrollado una acertada Doctrina Social donde prima el valor de la familia como Iglesia doméstica y primera célula de la sociedad, donde se aprenden valores espirituales y humanizadores; y donde se expone el recto uso de los bienes personales atendiendo a la propiedad privada y a la comunicación de los bienes.


Dios con esta doble promesa quiere garantizar el recto y libre desarrollo de la vida de los hombres y de los pueblos para que generen trabajo y riqueza y cooperan, de este modo, con Él en la obra de la Creación. Es por ello que solo cuando el hombre vive y trabaja en libertad y en condiciones adecuadas encuentra en su labor una rica fuente de crecimiento espiritual y de santificación: se santifica a si mismo, santifica el trabajo y santifica a los demás con su trabajo. Si estas condiciones se aseguran por parte del Estado y evitan a los hombres cualquier tipo de temor o de miedo a perderlas el progreso humano y material de los pueblos estará garantizado, de lo contrario se revivirán episodios tristemente acaecidos en épocas pretéritas.

La llamada a la libertad de la Pascua de Cristo hace necesaria, por tanto, la concreción de condiciones libres y de hombres y mujeres libres que amen, con esa misma libertad a Dios y puedan experimentar así su gloria y su compasión. En este sentido, hermanos, el pasaje de la Transfiguración nos invita a abandonar comodidades, a no caer en sueños vanos como los apóstoles y bajar presurosos a la Jerusalén del mundo donde Dios sigue celebrando su Pascua entre los afanes cotidianos y las tareas hodiernas.

Somos, en verdad, como recuerda san Pablo, ciudadanos del cielo, pero precisamente por eso debemos ser aun más ciudadanos de nuestras polis, de nuestros pueblos, barrios, calles y plazas para transformar éstas a imagen de la Jerusalén del cielo. Es, hermanos, nuestra responsabilidad más acuciante: si somos libres para amar a Dios hemos de ser igual de libres para amar al mundo y a sus habitantes.

Ojalá que el Tabor de este domingo nos reconforte en las duras luchas de la vida para ser cada día más libres para trabajar con denuedo y transformar este mundo que tanto necesita de nuestro testimonio. Así sea.

sábado, 21 de abril de 2018

LA LIBERTAD DE UN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al cuarto domingo de Pascua, o bien, como se le denomina popularmente “Domingo del buen Pastor”, porque es tradición leer en este día el capítulo décimo del evangelio según san Juan. Es normal en este día las grandes campañas de oración por las vocaciones, adquiriendo, por este motivo, un cariz vocacional o sacerdotal este día. Pero si atendemos bien a los textos que hoy se han proclamado nos daremos cuenta de que el pastoreo de Cristo va mucho más allá que la casilla del sacerdocio.

            Queridos hermanos, hemos oído al apóstol Pedro anunciarnos, sin tapujos, que “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” sino solo el de Jesucristo quien con su muerte y resurrección se ha convertido en la “piedra angular” de nuestra fe, del mundo, de la historia y, por tanto, de toda salvación. Por consiguiente, una vez más, comprobamos, como en Jesucristo se cumplen las antiguas profecías y los antiguos oráculos (judíos y paganos). Cristo, con su Pascua, se ha convertido en el alfa y omega, en el centro de la historia; el Señor y juez del mundo, el Eterno Viviente.

            Solo cuando reconocemos a Jesucristo como el único Salvador, podremos entender en qué consiste su verdadero pastoreo:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”: así se ha manifestado con su entrega y muerte en la cruz.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen”: como así lo experimentamos cuando tras resucitar María Magdalena lo reconoce al pronunciar su nombre. Esta aparición nos demuestra que el amor de Dios por el hombre es personal, singular, nominal.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”: esto es así porque la Salvación de Jesucristo es universal. Cristo, en su gloria, se ha convertido en la luz de las naciones y su señorío alcanza a todos por eso todas las culturas y religiones pueden contener elementos de verdad que les encaminen hacia el reconocimiento de Cristo como único y verdadero Dios y Señor. En esto radica la misión de la Iglesia y el ímpetu de los multiseculares misioneros de la misma.


Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla”: Cristo nos enseña a cumplir la voluntad de Dios. Su entrega en la cruz responde a una obediencia al Padre por puro amor a nosotros, para cancelar la deuda de Adán y salvar al género humano del pecado, del mal y de la muerte. Solo cuando asumimos los designios de Dios con nosotros podemos agradar a Dios y cooperar con Él en la redención del mundo.

Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”: hasta tal punto llegó el amor de Cristo por nosotros que entrega libremente su vida por nosotros. Eso es lo que le ha exaltado a la gloria haciéndole pastor universal, cuyo poder y reino se extiende a todos los pueblos de la tierra. Cristo cumple el principio pascual según el cual “nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos”. Y sus amigos somos todos nosotros. Por nosotros y cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño, ha entregado su vida el Buen Pastor, el Pastor hermoso y bello.

Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”: el Eterno Viviente, aquel que ha conocido las entrañas de la muerte y ha vuelto para darnos esperanza y ganas de vivir. Para decirnos que no todo está perdido, que la muerte no tiene la última palabra y que todo es posible para quien pone su vida en manos de Dios y cifra toda su esperanza en Él.

Así pues, queridos hermanos, en este domingo, el Buen Pastor nos llama a dejarnos conducir por Él, a dejar que Él nos alimente con el pasto de su palabra y los sacramentos, especialmente, los de la Eucaristía y la reconciliación. No perdamos el tiempo desviándonos del camino trazado siguiendo atajos llenos de lobos y alimañas. No lo olvidemos nunca: solo tenemos un pastor, una fe, un bautismo, un Dios en el cielo que nos ha dado a su Hijo Jesucristo, en cuyo nombre solo podemos ser salvados. Así sea.

Dios te bendiga

miércoles, 31 de enero de 2018

MISA POR LA RECONCILIACIÓN





I. Misterio

Este miércoles expondremos para la reflexión un elemento fundamental para la vida cristiana: la reconciliación. ¿Qué es? ¿Cómo se vive? es, ante todo, una palabra que significa: unir las partes, recomponer los diversos elementos perdidos de una misma realidad, que solo tendrá sentido en la medida en que estos se reconozcan. La reconciliación supone siempre una amistad original y anterior que ha sido destruida por una causa o influjo externo. En el caso de los humanos, lo destruido es la amistad entre Dios y los hombres, y la causa que lo produjo es el pecado original. Uno de los efectos de esta fuerza maligna es la desviación de la naturaleza y la libertad humana del bien que debería desear y apetecer, ante esto, la gracia viene a nosotros como un auxilio para devolvernos a la inocencia orinal, a la amistad del principio.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito. La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son voluntarios. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa.

Por otra parte, el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El pecado es una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Hay dos clases de pecados: original y actual.

·         Pecado original: es aquel con que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de nuestro primer padre Adán. Los daños del pecado de Adán son: privación de la gracia, pérdida del paraíso, ignorancia, inclinación al mal, la muerte y todas las demás miserias. El pecado original se borra con el santo Bautismo.

·         Pecado actual: es el que comete con su libre voluntad el hombre llegado al uso de razón. Hay dos clases de pecado actual: mortal y venial.

o   Pecado mortal: es una transgresión de la ley divina, por la que el pecador falta gravemente a los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo. Se Llama mortal porque da muerte al alma, haciéndola perder la gracia santificante, que es la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo.

o   Pecado venial: es una transgresión leve de la divina ley, por la que el pecador sólo falta levemente a alguno de los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo.


Frente al pecado que atenaza la vida del hombre, el Señor no nos abandona y nos concede el poder de su gracia para el perdón y la justificación, así como para la prevención de los mimos. La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del  hombre. La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. La gracia se puede clasificar en varias categorías:

·         La gracia santificante: es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre:

·         La gracia habitual: disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina.

·         Las gracias actuales: que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

·         Las gracias sacramentales: dones propios de los distintos sacramentos.

·         Las gracias especiales: llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia.

·         Las gracias de estado: que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia.


La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la “vida eterna” responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración.


La relación entre libertad, pecado y gracia se fundamentan en la obra redentora de Jesucristo en la cruz que con el derramamiento de su sangre ha establecido la paz entre los seres del cielo y los que pueblan la tierra. Cristo, satisfaciendo vicariamente la pena por el pecado, efectuó la obra salvífica que agradó al Padre abriendo así para nosotros las puertas del Reino de los cielos. Por tanto, vemos como la reconciliación trasciende la pura horizontalidad humana irrumpiendo en la trascendencia, donde solo tenemos un acceso mediado por la Cruz de Cristo y los velos del misterio.

II. Celebración


El formulario litúrgico que nos presenta esta misa por la reconciliación es de nueva creación, incorporado a las misas por diversas necesidades en la tercera edición del misal romano. Este formulario puede ser completado con las plegarias I o II para la reconciliación. Como curiosidad, este formulario está permitido más allá de la norma general del OGMR para el uso de estas misas. Por su temática puede ser usada en Cuaresma, en Pascua o en otro momento en que se halla dispuesto o concedido un tiempo de gracia y reconciliación por parte del ordinario. A este fin se han dispuesto en los textos eucológicos unos asertos entre corchetes []. Aunque sobre el color litúrgico no viene nada indicado ni legislado, por el tenor literario de la misa y su contenido espiritual es recomendable usar el morado aunque sea en tiempo ordinario. Se compone de dos oraciones colectas, una oración de ofrendas y una para después de la comunión; también una antífona de entrada y dos de comunión a elegir.

La primera oración colecta puede ser empleada en cualquier tiempo litúrgico. Su temática está centrada en la relación Dios-hombre. Dios, clemente y reconciliador, sale al encuentro del hombre para concederle el poder conocerle como Creador y Padre, el aceptar su mensaje, cumplir su voluntad y buscar el “instaurar todas las cosas en Cristo”. La segunda colecta de la misa está reservada para el tiempo de Pascua. Su temática está centrada en la libertad de los hijos de Dios: Dios es origen de la libertad que quiere sacar al hombre de la servidumbre del pecado y constituirle junto con los otros, en un pueblo libre que es la Iglesia quien debe presentarse con vigor ante el mundo para ser sacramento de salvación realizando el misterio de la caridad.

La oración sobre las ofrendas es un tratado sintético acerca de la reconciliación efectuada por Jesucristo en la cruz. Del hombre depende el que esta reconciliación alcance a todos sus coetáneos. La oración de pos-comunión llama a la Eucaristía “misterio de unidad” y su efecto en nosotros es el llenarnos de amor salvífico y el poder ser constructores de paz.

Los textos bíblicos elegidos para conformar este formulario los encontramos en las dos antífonas de comunión que se ofrecen a elegir: a) Mt 11,28, donde el Señor nos llama a poner nuestros cansancios y agobios en sus manos, y poder descansar en Él; b) Jn 16,24, la reconciliación, objeto de este misa, es un don de Dios que debe ser pedido y procurado. Sin embargo, para la antífona de entrada se ofrece un texto anónimo que no pertenece a la Escritura.

III. Vida


            De este formulario litúrgico podemos establecer, en líneas generales algunos puntos vitales que pueden guiar nuestra ética cristiana y conducir a buen puerto nuestra vida espiritual.

a) Obediencia y respeto a Dios: esto implica reconocerlo como Creador y Padre que nos ama, que quiere nuestro bien y que nos ha regalado la vida y lo que ésta conlleva. El hombre debe respetarlo y aceptar su mensaje de salvación.

b) La libertad de los hijos de Dios: el formulario litúrgico sitúa el origen y la causa de la libertad humana en el mismo Dios. Puesto que Éste es fuente de toda bondad y la libertad es elegir siempre el bien, la libertad humana residirá siempre en Dios, lo único y mejor que el hombre debiera elegir. La reconciliación, por tanto, consistirá en arrancar al hombre de la servidumbre esclava del pecado y restituirlo a la libertad de la gracia divina que no es otro, sino el mismo Cristo, gracia increada. Éste, por medio del sacrificio de la Cruz, ha pagado, a precio de su propia sangre, nuestra liberación.

c) Instaurare omnia in Christo: esta frase corresponde al lema pontificio de san Pio X. el fin de la reconciliación humana, y la restauración del hombre a la libertad de la gracia no es otro que el de reparar la unidad perdida en el linaje humano. La Iglesia siempre ha tenido vocación universal en la salvación. La mejor prueba es el empeño misionero desde el minuto cero de la misma. Y fiel a esta vocación, la Iglesia, siguiendo la exhortación del apóstol Pablo, hace todo lo posible para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

            Así pues, queridos lectores, aprovechemos este día para revisar nuestra conducta y nuestra vida. Demos gracias a Dios por tanto bien cómo ha hecho en nosotros. No dudemos de la bondad de Dios y su generoso amor por cada uno de nosotros.

Dios te bendiga

viernes, 10 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Llegue hasta a ti mi súplica, inclina tu oído a mi clamor, Señor». Tomada del salmo 87, versículo 3. Al inicio de la celebración los fieles elevamos nuestra mirada y nuestras voces a lo alto del cielo para invocar a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Somos un pueblo nacido de la Pascua, salido del sepulcro pero por otra parte somos un pueblo en camino hacia la Patria eterna, donde mora Dios con la asamblea de sus santos y redimidos. Mientras caminamos, Dios no se desentiende de sus hijos e inclina su oído hacia nosotros, es decir, vuelve su rostro y dirige su atención a nuestras plegarias que fervientemente elevamos en cada asamblea dominical. Entremos, pues, con confianza, en esta celebración sabiendo que Dios siempre escucha a quien, con fe y humildad, le invoca.  

Oración colecta

«Dios de poder y misericordia, aparta, propicio, de nosotros toda adversidad, para que, bien dispuestos cuerpo y espíritu, podamos aspirar libremente a lo que te pertenece. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Esta oración está centrada en buscar y cumplir la voluntad de Dios,  aquello que le agrada. Pero es realista al pedir que para ello aparte todo lo que pueda ser adverso, contrario, a este fin. Es, por tanto, una oración que se mueve entre lo ideal y lo real, imagen perfecta de lo que es la vida cristiana: una firme decisión de caminar hacia Dios sabiendo que las piedras del pecado pueden hacernos tropezar o desviar el camino.

Oración sobre las ofrendas

«Mira con bondad, Señor, los sacrificios que te presentamos, para que alcancemos con piadoso afecto lo que actualizamos sacramentalmente de la pasión de tu Hijo. Él que vive y reina por los siglos de los siglos». Aunque las dos partes de la oración se encuentran por separadas en los sacramentarios gelasianos, encontramos la oración entera, con algunos cambios, en la oración sobre las ofrendas de la memoria de san Alberto Magno del misal romano de 1570.

Esta oración vuelve a concentrar, breve, concisa y bellamente, el tema, tratado ya con profusión anteriormente, de la “actualización de los misterios”. Pero aquí añade un matiz nuevo: alcanzar los efectos de lo actualizado. No se trata de repetir históricamente los hechos desnudos, sino los efectos de gracia que causan en nosotros. Al actualizar en el hoy, podemos experimentar los efectos salvíficos que ya tuvieron en otros momentos, es la gracia y no la historia la que nos alcanza.    

Antífonas de comunión

«El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas». Del salmo 22, versículos del 1 al 2. Este versículo situado en el momento de la comunión alberga reminiscencias del cristianismo primitivo cuando, al canto de este mismo salmo, los cristianos entraban en la Iglesia por vez primera para participar, junto al resto de la comunidad, del banquete eucarístico. Los pastos a los que somos conducidos hoy son la Eucaristía, pasto de eternidad.

«Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan». Inspirado en el capítulo 24, versículo 35 del evangelio según san Lucas. Jesús, hoy, sigue caminando con su Iglesia partiendo para nosotros el pan. Ahora es el momento del encuentro directo con el Maestro. Acudamos presurosos a comerlo y saciarnos de este manjar celestial que se parte y reparte para nosotros.

Oración después de la comunión

«Alimentados con este don sagrado, te damos gracias, Señor, invocando tu misericordia, para que, mediante la acción de tu Espíritu, permanezca la gracia de la verdad en quienes penetró la fuerza del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. La “fuerza del cielo” es un término ambiguo ¿A quién se refiere? Puede ser el Espíritu Santo o puede ser la misma eucaristía, que es alimento que fortalece a los débiles y pusilánimes. La Eucaristía es el pan para el camino, pan de la vida y de la verdad y ahí radica su provecho para nosotros. Por otra parte, solo puede reconocerse a Cristo en ese pan bendito, por la fuerza y acción del Espíritu Santo. Así pues, la “fuerza del cielo” englobaría a ambos términos: de la unción a la comunión.


Visión de conjunto

            Conviene siempre al tener que emprender alguna acción que suponga un gran esfuerzo, desprenderse de toda carga superflua que nos agote en balde y que lejos de beneficiarnos puede retrasar o impedir que concluyamos dicha acción como conviene, con buen fin.

            Estos lastres que a veces se nos adhieren van llenando nuestras sandalias del polvo del camino, van despistándonos hasta el punto de, creyendo atajar, tomar un camino incorrecto. Las inseguridades, las dudas, las sospechas, van retrasando nuestro progresivo avance porque no nos dejan ver claro y diáfano el horizonte que se va abriendo ante nuestros ojos.

            La vida espiritual no es otra cosa sino aspirar libremente a hacer, decir y pensar en todo aquello que agrada a Dios. “Queremos agradar a Dios” esa es la única aspiración del cristiano. Pero, lógicamente, este santo propósito no se ve exento de las dificultades que por el camino espiritual debe ir encontrando. También al cristiano se le puede ir pegando el polvo del pecado a las sandalias de la voluntad. Una voluntad humana que, inclinada hacia el mal como consecuencia del Pecado Original, le cuesta caminar hacia adelante sin distraerse por los cantos de sirena que reclaman su atención.

En este sentido, en la vida espiritual al cristiano le toca lidiar un feroz combate espiritual contra las potencias del mal, que buscan perderlo; de ahí la necesidad de estar, constantemente, invocando el auxilio de la gracia de Dios para que su libertad no devenga en esclavitud. Esta libertad siempre se verá atendida por la fuerza espiritual del cielo que irá enderezando su ánimo para estar pronto a la voz de Dios que lo llama para sí. La libre voluntad humana buscará, denodadamente, también, agradar a su Señor sirviéndole a Él. Es una libertad para servir a Dios, única forma de que ésta aumente y sea cada vez más, radicalmente, libre. ¡Qué paradoja! Cuanto más se sirve a Dios más libre se es ante el mundo y sus pompas.

Vivamos, pues, esta aspiración libre del alma de agradar a Dios para estar cada día más dispuestos a servirlo en la consecución del bien, de la caridad y de la fe.

Dios te bendiga

viernes, 30 de junio de 2017

LITURGIA DEL DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO




Antífona de entrada
«Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo». Tomada del salmo 46, versículo 2. El domingo es el gran día del júbilo para el pueblo cristiano. Mientras que para el calendario civil es el último día de la semana, para la Iglesia es el primero. Por eso, este versículo del salmo 46, salmo que invita a la alabanza por el gran Rey que ha vencido, está situado al inicio de la celebración para marcar un tono espiritual determinado que se debe mantener hasta el final.
Oración colecta
             «Oh Dios, que por la gracia de la adopción has querido hacernos hijos de luz, concédenos que no nos veamos envueltos por las tinieblas del error, sino que nos mantengamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración es como un eco de la pascua dado los temas que la abren: “la gracia de la adopción” y ser “hijos de luz”. Quien ha renacido a la nueva vida, por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana, es iluminado por la luz de la verdad, esa luz que es Cristo, significado en el cirio, que disipa en nosotros los errores de la mente y del corazón.
Oración sobre las ofrendas
               «Oh Dios, que actúas con la eficacia de tus sacramentos, concédenos que nuestro ministerio sea digno de estos dones sagrados. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Estamos ante una oración claramente anti-donatista. ¿Qué es el donatismo? Una herejía surgida en el África cristiana del s. IV llevada a cabo por el obispo Donato cuyo postulado fundamental es que la eficacia y validez de los sacramento depende de la idoneidad y cualidad moral del ministro.
               El hacer frente a esta herejía, le valió a la Iglesia el profundizar sobre la eficacia de los sacramento resolviendo que les viene de la fuerza del misterio pascual de Jesucristo y por tanto son eficaces por sí mismos, con lo cual la cualidad moral del ministro no afecta para nada.
                Sabido esto, se entiende muy bien porque la oración habla de la eficacia de los sacramentos como forma del actuar divino y la necesidad de un digno servicio, pues aunque que el ministro sea bueno o malo no afecta en nada, no podemos obviar que la actitud de fe con que nos acerquemos y recibamos los sacramentos supondrá una mayor o menos fructuosidad en nosotros.
Antífona de comunión
              «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre». Tomada del salmo 102, versículo 1. Al iniciar la procesión hacia la comunión el pueblo cristiano hace suyas estas palabras del salmo 102 para bendecir a su Señor sacramentado que está vivo, real y presente bajo los velos del pan y del vino. Todo nuestro ser entra en un dinamismo dispositivo para dar posada a tal insigne huésped.
             «Padre, por ellos te ruego; para que todos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor». Inspirado del evangelio de san Juan 17, versículos 20 al 21. Esta antífona viene a explicitar en qué consiste entrar en comunión con la divinidad a través del Santísimo Sacramento. La comunión sacramental obra un significativo milagro en nosotros: unirnos a la Trinidad, o en otras palabras, hacernos pregustar la participación en la vida divina.
Oración después de la comunión
«La ofrenda divina que hemos presentado y recibido nos vivifique, Señor, para que, unidos a ti en amor continuo, demos frutos que siempre permanezcan. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del misal romano de 1570. Es una oración centrada en Jesucristo, pues es Él y no otra cosa lo que presentamos en la misa y recibimos como alimento santificante. La proposición subordinada adverbial de finalidad está inspirada en Jn 15, 1-8.



Visión de conjunto
            Cuenta el evangelio según san Juan que cuando Pilato tuvo delante de si al Señor Jesucristo, le preguntó por la verdad “¿Qué es la verdad?” sin embargo, nada más añade el relato. A continuación lo manda azotar, y el resto…ya lo conocemos.
            Aquella pregunta que Pilato dirigiera a Jesús hace dos mil años, nunca ha dejado de resonar en el corazón de los hombres y mujeres de este mundo. “¿Qué es la verdad?”, “¿Dónde está la verdad?”, “¿Quién es la verdad?”, “¿Es posible la verdad?” estas y otras preguntas se agolpan en nuestra mente cuando hacemos un noble ejercicio de pensar y estudiar nuestra vida, lo que nos rodea, nuestra escala de valores.
            Hoy la verdad está muy mal vista. El relativismo imperante nos ha hecho ver la verdad como una enemiga del pensamiento. No hay verdades objetivas sino opiniones personales que albergan parte de verdad. Toda pretensión de verdad objetiva o absoluta supondría un vano intento de acaparar toda la realidad en conceptos de muy difícil aceptación universal. Pero…para negar toda verdad objetiva, antes, primeramente, se ha tenido que negar tanto la realidad como el concepto de “ley natural”.
¿Qué es la ley natural? Según el Catecismo de la Iglesia Católica: «La ley divina y natural muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana» (1955) y continúa diciendo: «La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales» (1956).
            Pero no crea el lector que esto es una construcción cristiana o católica, la ley natural está ya presente en la filosofía pagana o precristiana como demuestra este texto de Cicerón: «Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón, conforme a la naturaleza, extendida a todos, inmutable, eterna, que llama a cumplir con la propia obligación y aparta del mal que prohíbe. [...] Esta ley no puede ser contradicha, ni derogada en parte, ni del todo» (De Republica 3,22,33).
            Al cercenar de las relaciones sociales, toda ley natural y toda verdad, ocupó su lugar otro tipo de criterio de transacciones humanas que Rousseau llamó el “Contrato social”, es decir, que las relaciones humanas ya no se basarán en criterios naturales y objetivos sino en el acuerdo social de las mayorías hasta el punto de que serán los órganos legislativos humanos los que definan lo que es bueno o malo, lo que está bien o lo que está mal. Todo está sujeto a modas, gustos y decisiones de un momento determinado independientemente de si responde a las leyes naturales o no. Ejemplo de esto es el caso de los mal llamados “matrimonios homosexuales”, que se han aprobado aun estando muy lejos de la ley natural.  
            Como personas y como cristianos, pues, tenemos la grave obligación de buscar la verdad, de vivir la verdad cueste lo que cueste. Y ocurre que todo aquel que se pregunta por la verdad acaba encontrándose con Jesucristo, la verdad misma; tal como le ocurriera al ingenuo y temerario Pilato que al preguntarse por la verdad no fue capaz de reconocer que ante él estaba, en pie, la verdad misma.  
            Señores lectores, solo la verdad puede disipar nuestra vida de tantos errores como nos envuelven; de tantas injusticias que se cometen en nombre de la razón y de tantas esclavitudes que se acometen en aras de la libertad. Solo la verdad puede hacernos libres. Vivir en verdad será, ante todo, vivir la libertad, gozar de la libertad de los hijos de Dios.
Dios te bendiga

sábado, 20 de mayo de 2017

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD OS DARÁ LA LIBERTAD PLENA


HOMILIA DEL VI DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            En este penúltimo domingo de Pascua las lecturas que la liturgia propone nos presentan un sencillo, pero bastante completo, tratado sobre el Espíritu Santo. Podríamos estructurar los datos de la Escritura en tres ideas: Promesa, cumplimiento y transformación.

            Promesa: así nos lo presenta el Señor Jesús en el capítulo 14 de Juan. Ha llegado la hora de la partida, Jesús tiene que volver al Padre. Solo con la entrada de Cristo en el santuario del cielo, ante la presencia del Padre eterna, se verá asegurado el envío del Espíritu Santo sobre sus discípulos. Será la acción del Paráclito, el defensor, quien haga posible guardar los mandamientos dados por el Señor para sellar así la relación de amor entre Cristo y los discípulos. No se puede amar a Cristo de manera abstracta, sino adoptando su misma forma de vida mediante el acatamiento de sus palabras. Así pues, esta será la última promesa realizada por el Señor, el envío del Espíritu Santo.

            Cumplimiento: esta promesa llega a su fin en el día de Pentecostés cuando el Espíritu inunda el corazón y la conciencia de los apóstoles y comienza la, hasta hoy, bi-milenaria historia de la Iglesia. Tal como se nos muestra en este pasaje de Hechos, en el ciclo del diácono Felipe, el Espíritu es el que hace posible la continuación de la obra terrena del Resucitado. El Espíritu es el que reviste de poder y autoridad (dinamis y exousía) a los discípulos para que puedan administrar la gracia que viene del cielo. Felipe administra el bautismo para el perdón de los pecados y la filiación divina, pero la plenitud de la gracia solo se da cuando Pedro y Juan les imponen las manos y se derrama la fuerza del Espíritu.

            Transformación: la acción del Espíritu Santo en los fieles nos es concretada por la epístola de san Pedro: es el Espíritu que nos capacita para dar razones de nuestra fe y esperanza; es el Espíritu que provoca en nosotros actitudes de bondad y mansedumbre capaces de confundir a los enemigos; es el Espíritu que da la fortaleza a los mártires para que perseveren en el bien y por este bien padezcan los tormentos. Por último, es el Espíritu que da vida y hace posible la Resurrección tanto de Jesucristo como la nuestra al final de los tiempos.

            Estamos, ciertamente, en el tiempo del Espíritu. Cada celebración litúrgica es un nuevo Pentecostés, un derroche de gracia, un nuevo cumplimiento de la promesa del Señor de que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. La presencia de Cristo entre sus fieles solo se produce por la acción del Espíritu. Y porque esto es así, fue imprescindible que Pedro y Juan fueran presurosos a Samaría a “completar” el bautismo de Felipe, confirmando este sacramento con la unción del Espíritu. El Espíritu Santo es el único que puede darnos un pleno y profundo conocimiento del Señor; el único que puede envolvernos en una sincera relación amorosa con la Trinidad.

            Creo que este domingo es un buen día para pensar en nuestra relación con el Paráclito. ¿Le invocamos? ¿Le tenemos presente? No podemos olvidar que es el Espíritu de la Verdad, como le llama el Señor, pues parece ser que este nombre viene de la tradición de Qumrán. Sin embargo, a nosotros poco nos importa esto sino más bien qué significa el Espíritu de la Verdad.

Dice Jesucristo que la Verdad os hará libres (cf. Jn 8, 32). Luego es la acción del Paráclito la que nos libera de las ataduras del mal y de nuestros pecados. La libertad que da Cristo no es una libertad política o social o terrenal, sino muy superior a éstas. Se trata de la libertad del alma, del corazón, del Espíritu. La libertad que nos da la gallardía para hacer frente a las ideologías totalitarias; para superar las esclavitudes de las trampas que el demonio nos pone; es la libertad de quien sabe que lo tiene todo perdido pero que es más lo que ha ganado. Es una libertad sincera, que no necesita de componendas ni pactos miserables. Pero esta libertad solo viene en la medida en que vivamos la Verdad, con mayúsculas. Y la Verdad tiene un nombre: Jesucristo.

Quien busca la Verdad acaba encontrando, necesariamente, a Jesucristo. Esto solo puede ser posible por la fuerza del Espíritu, quien nos guía hasta la Verdad plena (cf. Jn 16,13). La Verdad se torna confianza, se torna seguridad, se torna en estabilidad. Conocer y vivir la Verdad lleva a hacer nuestra aquella frase “se de quien me he fiado” (cf. 2 Tim 1,12). Pues, ojalá, queridos hermanos, que nos afanemos en la vida por buscar la Verdad, solo así seremos realmente libres. Ojalá que el conocimiento de Cristo nos lleve a amarle totalmente y amándole le sigamos dando razón de nuestra fe, padeciendo por su causa y gozando de su Resurrección en nosotros.

Dios te bendiga