Mostrando entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de abril de 2019

NOLITE TIMERE


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE PASCUA

Queridos hermanos en el Señor:

            “No temáis”. Es Pascua de Resurrección. El crucificado ha vuelto a la vida y esta con nosotros. Hoy suenan para nosotros las palabras del vidente del Apocalipsis: “estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo”. Estas palabras, en estos tiempos tan convulsos, llenan de esperanza el corazón de los cristianos.

Hermanos, la Pascua no es solo un tiempo litúrgico. La Pascua es el estado constante de la Iglesia. La Pascua es presencia permanente del Resucitado, compañía constante del eterno viviente con nosotros. La Pascua es nueva humanidad y nueva creación, perenne novedad de vida en nosotros. Pero no una vida cualquiera, sino una vida de gracia, de piedad y de eternidad. La Pascua, hermanos, consiste en hacer posible el cielo, en abrir las puertas de la gloria para que podamos entrar y morar en ella.

Es por ello, por lo que no debemos temer nada. Ni todos los poderes del mundo que hoy son hostiles a la fe y a Dios, podrán arrebatarnos esta dulce presencia de Dios en nuestra alma. La gracia del Resucitado habita tan dentro de nosotros que infunde en nuestro espíritu la valentía y el coraje necesario. El espíritu que Cristo insufla sobre los apóstoles para el perdón de los pecados, no ha cesado de aletear sobre el Pueblo santo de Dios en estos 21 siglos de historia cristiana efectuando la redención de los pecadores y la conversión de los paganos. Somos, en efecto, hermanos, una Iglesia pascual que espera y celebra cada ocho días, la aparición del Resucitado en nuestros templos, por medio del sacramento de la Eucaristía. Somos una Iglesia que por nuestros pecados, necesitamos meter los dedos en las llagas de Jesús para cerciorarnos de que es Él y de que Él esta ahí. A veces, nuestra incredulidad o la presión social disuelve la presencia de Dios en avatares humanos que cansan nuestra alma y nos agota la perseverancia. Pero, aun así, debemos aprendernos a fiarnos de Él.

Jesús nunca nos deja. Él ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Su promesa se ha hecho cumplimiento en la Iglesia y en los sacramentos que vienen a ser como aquella sombra de los apóstoles que al cubrir a los enfermos, quedaban sanados.

Hermanos, no es tiempo para echarnos atrás. Es tiempo para ser testigos fieles del Resucitado en medio del mundo. Es tiempo para caminar por las vías de verdad y de paz que Cristo nos ha enseñado. En definitiva, es tiempo de Pascua, para ser felices en medio de las pruebas y dificultades; para seguir trayendo a nuestros labios aquella expresión de admiración y estupefacción de santo Tomás “Señor mío y Dios mío”.

sábado, 6 de abril de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (V)


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en la antesala de los días grandes del calendario cristiano. Dentro de poco, nuestras parroquias se revestirán de gala para celebrar el Triduo de la Pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por nuestras calles deambularán procesiones de penitentes portando estandartes y cargando bellas imágenes que evocan plásticamente aquellos misterios que las palabras ni pueden ni saben contener. Pero hasta que el tiempo nos sumerja en esta atmósfera sacra que impone la Semana Santa, la Iglesia nos propone hoy, quinto domingo de Cuaresma, la contemplación de una de las escenas más tiernas y emotivas del Nuevo Testamento, un pasaje cargado de intensidad espiritual y de consolación para nuestros corazones lastimados por el pecado.

            Podríamos decir, queridos hermanos, que todo el contenido del conjunto de las lecturas de hoy pivota sobre el verso de Isaías: “mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Y efectivamente, hermanos, es así. Cristo es la mayor novedad que ha habido y habrá en la historia de la humanidad. Es una novedad perenne, única y singular. Cristo hizo nuevo a Pablo cuando al conocerle cambió su forma de pensar como él mismo nos ha relatado: “por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”. Cristo hace nuevo nuestros corazones cuando, como a aquella mujer adúltera, los toca y los sana, inundándolos con su misericordia. Porque ésta, queridos hermanos, es su gran novedad: una misericordia nueva, infinita, salvadora y liberadora. Una misericordia que le hace grande con nosotros y nos llena de alegría esperanzada.

            La gran novedad de Cristo es mostrarnos que el fundamento de la libertad cristiana no es otro que el Amor. Así, con mayúsculas. No un amor barato, al uso, manido. No. Sino un amor sin cortapisas ni prejuicios, un amor que se escribe con sangre y sufrimiento. Un amor que enseña a amar. Un amor que sabe llorar y reír. Cristo nos ha enseñado a amar con piedad y clemencia. Pensad por un momento, hermanos, en que el único “sin pecado”, el único que podría haber arrojado no una, sino hasta cien piedras, el único que debería haberla condenado por ser Dios y legislador eximio, un nuevo Moisés, decide perdonar y absolver. “Yo tampoco te condeno”- dirá el autor de la misericordia-. ¿Os dais cuenta? Dios está siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. Jesús escribe los pecados en la arena porque pueden ser borrados fácilmente. A Él no le interesan los pecados porque – como al Padre de la parábola del domingo anterior- ante nuestras excusas, Él prefiere revestirnos del traje de fiesta, calzarnos la dignidad de sus hijos, desposarnos místicamente con el anillo, y ofrecer el banquete de su Cuerpo y de su Sangre.


            Esto, queridos hermanos, es la verdadera libertad cristiana. Cristo nos ha dado la nueva libertad: la libertad de creer, de pensar, de hablar, de confesar. Cristo nos ha mostrado el camino nuevo para la liberación y progreso de los pueblos: estar libres de pecado y no condenar a nadie. Él es quien se reserva el juicio justo. El cristiano encuentra su fuente y su limite en el amor. ¿Paradójico? Cierto: si el amor es fuente de libertad, como dice san Agustín “Ama y haz lo que quieras”, también el amor es límite de la libertad, dado las palabras de san Pablo “haceos esclavos unos de otros por amor”. Pero a esto, debemos añadirle otra paradoja: el límite de la libertad es, precisamente, lo que le hace crecer, cada vez más. En la medida en que crecemos en amor a otros, nuestra libertad aumenta exponencialmente.

            Aprendamos, queridos hermanos, a amar en libertad. Hagamos nuestra la gran novedad de Jesucristo y no escatimemos en esfuerzos para arrojar las piedras de nuestros pecados a la arena donde todo se borra. No olvidemos que el Amor entregado del Señor es más grande y fuerte que la pobre vileza de nuestro mal. Así sea.  

sábado, 23 de febrero de 2019

ES NUESTRA HORA


HOMILÍA DEL VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            En este domingo el Señor pone la guinda en el pastel, nos muestra la excelencia de la religión cristiana. La pedagogía litúrgica de la Iglesia nos plantea el problema del obrar cristiano ante situaciones difíciles y cómo actuar.

En la primera lectura, comprobamos con que nobleza actuó el rey David cuando tuvo en sus manos el poder acabar con su enemigo y, sin embargo, perdonó su vida porque la justicia es solo de Dios. Esta acción ejemplar, dará pie, no solo para entender el Evangelio de hoy, sino para comprobar que es posible vivirlo.

El señor nos ofrece tres acciones positivas que, humanamente, es muy difícil vivir: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir y rezar por quien nos está haciendo daño. A continuación, enumera otras cuatro acciones negativas que agitan nuestra alma y hacen que el rencor o la violencia aniden en ella: la violencia, el robo, las exigencias y el hurto.

La consecuencia es lógica: si nosotros, los cristianos, reaccionamos como humanamente se esperaría, no nos distinguiremos en nada de quienes no confiesan nuestra fe y nuestra moral. Los cristianos, en este sentido, estamos urgidos por el Salvador, a reaccionar de una manera teologal, esto es, con misericordia como es misericordioso el Padre del cielo.

Los cristianos estamos en el mundo para ser testigos del amor y de la misericordia de Dios y dar ese mismo amor y esa misma misericordia a quien no la ha experimentado, o llevarlas a donde no las conocen. Hermanos, no podemos ser estériles en este sentido. Que si no sembramos la acción bondadosa de Dios en este mundo, nadie lo hará. Que esto depende de nosotros; que Dios confía en sus hijos para hacer del mundo un lugar habitable. Solo así podremos ser, en verdad, hijos del Altísimo. Así sea.

Dios te bendiga

miércoles, 13 de junio de 2018

MISA POR LOS CAUTIVOS Y ENCARCELADOS


MISA POR LOS CAUTIVOS Y ENCARCELADOS


I. Misterio

La Iglesia también aborda en su doctrina la cuestión de aquellas personas que por causas diversas sufren la privación de libertad. Es un deber y un derecho de los Estados tal como afirma la Iglesia: «Para tutelar el bien común, la autoridad pública legítima tiene el derecho y el deber de conminar penas proporcionadas a la gravedad de los delitos» (CDSI 402) En este sentido, el Estado tiene la doble tarea de reprimir los comportamientos lesivos de los derechos del hombre y de las reglas fundamentales de la convivencia civil, y remediar, mediante el sistema de las penas, el desorden causado por la acción delictiva.

Pero la pena no sirve únicamente para defender el orden público y garantizar la seguridad de las personas, como se dijo más arriba; sino que además, es instrumento de corrección del culpable. Por tanto, la finalidad es doble: 1. Favorecer la reinserción de las personas condenadas; y 2. Promover la reconciliación.


Pero ante la fría justicia que debe imponer las penas convenientes, la Iglesia ofrece a los cautivos y encarcelados la asistencia espiritual de los sacerdotes, llevada a cabo por los capellanes de las cárceles.

En la realización de las averiguaciones se debe observar escrupulosamente la regla que prohíbe la práctica de la tortura. Es necesario garantizar los derechos tanto del culpable como del inocente. Se debe tener siempre presente el principio jurídico general en base al cual no se puede aplicar una pena si antes no se ha probado el delito. Veamos, pues, cómo la Iglesia hace suya en la oración y la plegaria las intenciones de aquellas personas privadas de libertad

II. Celebración

            Esta misa, de nueva creación, está sujeta a las normas generales para las misas “ad diversa” y puede ser completada con la cuarta plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades. Los ornamentos pueden ser de color blanco o del tiempo litúrgico en que se empleé. La misa por los cautivos nos ofrece un formulario completo mientras que por los encarcelados solo ofrece la oración colecta, y si es por un encarcelado por causa del Evangelio puede ser completada por el formulario de la misa por los cristianos perseguidos.

            La oración colecta, basada en la kénosis de Cristo (cf. Flp 2, 6), pide una liberación integral de la persona, esto es, su libertad de espíritu frente a la cautividad del pecado; y su libertad física frente a las cadenas de la prisión. La oración sobre las ofrendas denomina a la Eucaristía “sacramento de la redención humana” y esta centrada, sobre todo, en la libertad espiritual más que en la física. La oración para después de la comunión denomina a la Eucaristía “precio de nuestra libertad” y aborda directamente la necesidad de que los presos sean liberados de las cadenas que les oprimen.


La oración colecta de la misa por los encarcelados es un precioso texto cuyos detalles literarios no pueden pasar en balde. La anamnesis de la oración afirma los siguientes aspectos de la bondad divina: 1. “Tú solo conoces lo más secreto de los corazones” porque Él no juzga por apariencias ni necesita pruebas positivas, tan solo  Él sabe lo que alberga el foro interno de las personas, también de los presos. 2. “Tú conoces al justo y puedes convertir al culpable” porque el poder de Dios va más allá de las penas punitivas al pecador sino que busca redimir, liberar y dar vida en plenitud al ser humano. En este sentido, la oración ilumina el encarcelamiento desde el misterio de la libertad de los hijos de Dios y de la justicia divina, basadas en “la paciencia y la esperanza”, así como pedir la liberación física para ellos y la consiguiente posibilidad de volver a retomar sus quehaceres cotidianos.

Los textos bíblicos asignados a este formulario litúrgicos son: para la antífona de entrada se ha tomado el Sal 87, 2-3 donde podemos oir la vibrante súplica de un cautivo que, encerrado en su pena, eleva su voz al único que puede liberarlo, esto es, Dios mismo. Para la antífona de comunión encontramos el Sal 68, 31-34, donde la súplica del cautivo se convierte en acción de gracias por la liberación ya lograda, fruto de la atención de Dios a los gritos de sus hijos más necesitados.

III. Vida

Una vez analizado el formulario veamos qué puntos teológico-morales podemos extraer para una mejor vivencia de esta dimensión del cristianismo tan poco conocida.

La redención de los cautivos: la Iglesia siempre ha tenido clara conciencia de que una de las obras de misericordia era no solo visitar a los presos (cf. Mt 25,36) sino abrir las prisiones injustas y soltar a los encarcelados (cf. Is 58,6). Fruto de ello es la fundación de una orden religiosa: los mercedarios. La Orden de la Merced (siglo XIII), fundada por san Pedro Nolasco, surge como una orden religiosa con la misión de redimir cristianos cautivos. Se trata de una labor muy concreta en el conflicto social entre el mundo musulmán y el cristiano. Los mercedarios tomaron esta tarea social de rescatar cautivos como propia, por vocación cristiana, elevándola de esta manera a categoría de carisma religioso. Estos frailes se pusieron al servicio de la sociedad en nombre de la Iglesia para llevar a cabo esta misión por amor y misericordia. Es por ello que la Iglesia continúa hoy esta importante labor, bajo la figura de los capellanes de prisión. Dice la Doctrina Social: «En este campo, es importante la actividad que los capellanes de las cárceles están llamados a desempeñar, no sólo desde el punto de vista específicamente religioso, sino también en defensa de la dignidad de las personas detenidas. Lamentablemente, las condiciones en que éstas cumplen su pena no favorecen siempre el respeto de su dignidad. Con frecuencia las prisiones se convierten incluso en escenario de nuevos crímenes. El ambiente de los Institutos Penitenciarios ofrece, sin embargo, un terreno privilegiado para dar testimonio, una vez más, de la solicitud cristiana en el campo social: « Estaba... en la cárcel y vinisteis a verme » (Mt 25,35-36)» (CDSI 403b).


Libertad de los hijos de Dios: es el don más precioso que Dios nos ha otorgado. No desaparece con el encierro carcelario ni por la cautividad a manos de los enemigos. No. Está muy por encima de todo ello. Es una libertad del corazón y del alma que se mantiene incólume en cada circunstancia de la vida. La libertad de los hijos de Dios es, precisamente eso, la libertad de ser hijo de Dios, de ser hijo libremente y vivir como tal, y pensar como tal, y sentir como tal. La razón más sobrenatural “porque me da la gana” ser libre, ser hijo suyo y ser cristiano en medio del mundo sin importarnos más muerte que vida, éxito que fracaso. Es una libertad  de actitudes y de testimonio. Una libertad que se goza solo cuando uno se sabe amado por Dios y totalmente dependiente de Él. Es la libertad de los mártires, de los confesores, de todos aquellos que no tienen miedo a entregar su vida por la fe y por Jesucristo. En definitiva, una libertad imperecedera, un don extraordinariamente maravilloso.

Dios te bendiga

miércoles, 23 de mayo de 2018

MISSA PRO REMISIONE PECCATORUM


MISA POR EL PERDÓN DE LOS PECADOS


I. Misterio

Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre.

La Penitencia, que se llama también Confesión, es el sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo. La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

Por todo ello, el formulario litúrgico que abordamos en este artículo pretende ser un corolario al sacramento específico para el perdón de los pecados, esto es, el sacramento de la penitencia o de la reconciliación.

II. Celebración

Esta misa se compone de dos formularios (A y B) que corresponde a la misa “de orationibus diversis” del misal romano de 1962, número 22 del mismo nombre y la 23 llamada “Para pedir la compunción del corazón” y cuyos formularios han sido tomados del misal romano de 1570. Su uso depende de las normas generales establecidas para estas misas. Puede ser completada con las plegarias eucarísticas para la reconciliación. Los ornamentos convienen que sean morados por el tono penitencial de la misma. Conviene su uso en tiempos penitenciales o para la Cuaresma, con permiso del ordinario.

Formulario A:

Oración colecta, tomada del sacramentario gelasiano del s. VIII[1] y presente en el sacramentario gregoriano del papa Adriano[2], ambas con variaciones. Es una oración claramente romana dado que reúne los aspectos de brevedad y concisión. La línea teológica que desarrolla es la relación misericordia y perdón en Dios cuyo efecto en nosotros es el perdón y la paz, tal como se afirma en la actual fórmula de absolución.

La segunda colecta es de nueva creación. Es semejante a la anterior tanto en la forma como en el contenido. La diferencia reside en que la primera está escrita en primera persona del plural y la segunda en tercera persona del singular para acabar en un giro hacia la primera del plural. Aquí la misericordia viene a perdonar todo aquello que nuestras ofensas a Dios nos habían acarreado.

La oración sobre las ofrendas está tomada del misal romano de 1570[3]. La gracia que se demanda en esta plegaria oblativa no es otra que gozar de la compasión de Dios y de su segura guía para nuestras almas.

La oración para después de la comunión tomada con algún cambio del sacramentario gelasiano del s. VIII[4] y presente, también, en el misal romano de 1570[5]. El tema central del texto eucológico es lo que el antiguo catecismo llamaba la tercera condición para una buena confesión: “hacer propósito de enmienda”, evitar cualquier ocasión de pecado y servir con pureza y alegría a Dios.


Formulario B:

La oración colecta está tomada del misal romano de 1570[6], de la misa “Pro petitione lacrimorum”. Teniendo como base el texto de Ex 17, 6b en que se narra cómo Moisés golpeó a la roca para que de ésta brotara agua que calmara la sed del pueblo. Así, la oración que estudiamos construye una petición, sobre una alegoría, para que nuestro corazón, duro como piedra, se convierta en un corazón de carne que sienta y padezca el dolor que nuestros pecados causan a Dios. En otras palabras, se pide el don de lágrimas.

La oración sobre las ofrendas está tomada, en su primera parte del misal romano de 1570[7], mientras que la segunda parte es de nueva creación. También el don de lágrimas está muy presente en esta plegaria donde se nos recuerda que la cruz de Cristo es la verdadera fuente de la reconciliación y del perdón.

La oración sobre las ofrendas esta toma del misal romano de 1570[8] con algún cambio, mientras que se le ha añadido la primera frase de la oración. Las lágrimas que derramamos por los pecados son el agua que lavará los pecados que comentemos por debilidad.

Los textos bíblicos asignados para estas misas son: para la antífona de entrada el texto de Sab 11, 23-24.26 donde se nos recuerda que Dios no quiere la destrucción de sus criaturas sino que espera el arrepentimiento de los que hacen el mal para que vuelvan al camino del bien. Para la antífona de comunión, se ha elegido Lc 15,10 donde se nos recuerda la alegría inmensa que habrá en el cielo cuando un pecador abandona su vida de pecado y vuelve al seno de la Iglesia y del bien. 

III. Vida

Tener una clara conciencia de pecado, una neta distinción entre el bien y el mal, lo malo de lo bueno; es el principio y fundamento para tener una vida espiritual cristiana, sana y que nos haga llegar a las más altas cotas de la santidad. A este fin, el formulario litúrgico que presentamos hoy puede contribuir si sabemos desentrañar las líneas teológico-morales que ofrece:

1. Pecado y virtud: el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El pecado es una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Hay dos clases de pecados: original y actual.

·         Pecado original: es aquel con que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de nuestro primer padre Adán. Los daños del pecado de Adán son: privación de la gracia, pérdida del paraíso, ignorancia, inclinación al mal, la muerte y todas las demás miserias. El pecado original se borra con el santo Bautismo.

·         Pecado actual: es el que comete con su libre voluntad el hombre llegado al uso de razón. Hay dos clases de pecado actual: mortal y venial.

o   Pecado mortal: es una transgresión de la ley divina, por la que el pecador falta gravemente a los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo. Se Llama mortal porque da muerte al alma, haciéndola perder la gracia santificante, que es la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo. El pecado mortal priva al alma de la gracia y amistad de Dios; le hace perder el cielo; la despoja de los méritos adquiridos e incapacita para adquirir otros nuevos; la sujeta a la esclavitud del demonio; la hace merecedora del infierno y también de los castigos de esta vida. Para pecar mortalmente se requiere, además de materia grave, plena advertencia de esta gravedad y deliberada voluntad de pecar.

o   Pecado venial: es una transgresión leve de la divina ley, por la que el pecador sólo falta levemente a alguno de los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo. Se llama venial porque es ligero respecto del pecado mortal, no hace perder la divina gracia y Dios más fácilmente lo perdona. El pecado venial: 1.º Debilita y entibia la caridad; 2.º Dispone al pecado mortal; 3.° Nos hace merecedores de grandes penas temporales en este mundo y en el otro.

Virtud es una cualidad del alma que da inclinación, facilidad y prontitud para conocer y obrar el bien.  La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Las principales virtudes sobrenaturales son siete: tres teologales y cuatro cardinales.

Las virtudes teologales tienen a Dios por objeto inmediato porque con la Fe creemos en Dios y creemos todo cuanto Él ha revelado; con la Esperanza esperamos poseer a Dios; con la Caridad amamos a Dios y en Él nos amamos a nosotros mismos y al prójimo. Dios, por su bondad, nos infunde en el alma las virtudes teologales cuando nos hermosea con su gracia santificante, y por esta razón al recibir el Bautismo fuimos enriquecidos con estas virtudes y juntamente con los dones del Espíritu Santo.

1.      Fe: es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y por la cual, apoyados en la autoridad del mismo Dios, creemos ser verdad cuanto Él ha revelado y por medio de la Iglesia nos propone para creerlo.

2.      Esperanza: es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla.

3.      Caridad: es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Las virtudes cardinales son: Prudencia, Justicia, Fortaleza y, Templanza. Se llaman virtudes cardinales porque son como el quicio y fundamento de las virtudes morales:

1.      Prudencia: es la virtud que ordena todas las acciones al debido fin, y para ello busca los medios convenientes de modo que la obra salga bien hecha, y por tanto, agradable al Señor.

2.      Justicia: es la virtud por la que damos a cada uno lo suyo.

3.      Fortaleza: es la virtud que nos hace animosos pata no temer ningún peligro, ni la misma muerte, por el servicio de Dios.

4.      Templanza: es la virtud por la que refrenamos los deseos desordenados de los placeres sensibles y usamos con moderación, de los bienes temporales.


2. Perdón y misericordia: estas palabras del catecismo de la Iglesia son bastante elocuentes: «Dios, “que te ha creado sin ti,  no te salvará sin ti” (San Agustín, Sermo 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9)» (CEC 1847). La misericordia por los pecados se derrama copiosamente en la medida en que nos arrepentimos de los mismos y buscamos el cambio de vida que solo la gracia de Dios puede proporcionarnos.

3. El don de lágrimas: aunque el tema es desconocido, podemos definirlo como una gracia espiritual, un regalo espontáneo del Espíritu Santo que se concede a alguien para su sanación interna. La Biblia, en el verso más pequeño (Jn 11, 35), afirma que “Jesús lloró” ante la tumba de su amigo Lázaro. Así pues, en la medida en que queremos imitar lo más posible a Jesús, es legítimo llorar. Incluso, Jesús dice que los que lloran son Bienaventurados (cf. Lc 6, 21). Es cierto que el don de las lágrimas no aparece ni en la Biblia, ni en el Catecismo. Pero sí que es mencionado en los autores espirituales desde muy temprano en la Iglesia, y se refiere a una intensa experiencia personal de Dios que se desborda en abundantes lágrimas. Es un desbordamiento espiritual expresado de forma emocional y fisiológica, que crea un gran confort en el alma. El don de las lágrimas puede conducir a experimentar el sabor del estado unitivo espiritual, un presagio transitorio de dicha eterna. Generalmente, estas lágrimas son abundantes y no están acompañadas por el tipo habitual de llanto o distorsión de los músculos faciales. Alguien que tiene un carácter especialmente sensible puede a menudo ser movido a las lágrimas naturales por hermosas realidades espirituales.

4. Enmendar la vida: el fin del reconocimiento de los pecados no es solo la confesión de los mismos, sino el cambio de vida. Solo cuando somos capaces de poner nombre a los síntomas que padecemos el medico puede elaborar un diagnóstico y poner una medicina apropiada a la enfermedad para sanarla. Del mismo modo ocurre con el sacramento de la reconciliación.  El fin no es otro que el de no volver a cometer esos pecados y poder, así, cambiar de vida. Es lo que llamamos el "propósito de enmienda". Tras este sacramento al pecador sanado se le abre un horizonte nuevo,  plagado de la gracia de Dios que lo sostiene en su firme propósito de "nunca mas pecar" para que pueda ser santo, caminar en santidad. Este es el destino al cual nos dirigimos,  la meta de nuestra vida: la felicidad completa.  Saber que tendremos a Dios con nosotros para siempre.



            Ojalá que estas letras nos muevan a la conversión de vida y a acercarnos, sin temor ni vergüenza, al trono de la gracia, a Dios mismos que es el dispensador de la misericordia, el perdón, la compasión y el hacedor de todo bien.

Dios te bendiga



[1] GeV78.
[2] GrH842.
[3] MR1570[624].
[4] GeV521.
[5] MR1570[835].
[6] MR1570[752].
[7] MR1570[600].
[8] MR1570[574].

viernes, 3 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«No me abandones, Señor; Dios mío, no te quedes lejos; ven a prisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación». Del salmo 37, versículos del 22 al 23. La súplica prototípica de aquel que tema la lejanía de Dios, de aquel que no imagina su vida sin tener cerca a su Señor. En estos versos se deja oír el clamor angustiado de tantos hijos de la Iglesia que hoy pasan por diversas vicisitudes y obstáculos que les impide una vivencia plena de la fe en paz y en libertad. Con estas palabras se nos invita a, también, a rezar por ellos e impetrar para nosotros, también, la constante presencia protectora de Dios.

Oración colecta

«Dios de poder y misericordia, de quien procede el que tus fieles te sirvan digna y meritoriamente, concédenos avanzar sin obstáculos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo». Aunque presente en la compilación veronense (s. V) esta oración ha sido tomada directamente del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). También se encuentra en el de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Esta oración tiene su corolario en la oración de postcomunión pues en ambas se aborda la cuestión de conseguir (alcanzar) las promesas de Cristo. La aportación de esta oración es la situar, siguiendo el Concilio de Orange (529), la gracia de Dios como antecedente a la libre disposición del hombre para servir a Dios. Luego, esta misma gracia acompaña y sostiene el camino del hombre para salvar, meritoriamente, los obstáculos que el pecado y la debilidad le impiden avanzar ligeramente.

Oración sobre las ofrendas

«Que este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura y, para nosotros, una efusión santa de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. Se recoge bellamente la doble dirección de toda acción litúrgica: la dimensión anabática, es decir, la ascendente (sea para ti… ofrenda) y la dimensión catabática, es decir, descendente (para nosotros…efusión).

Antífonas de comunión

«Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, Señor». Tomada del salmo 15, versículo 11. El sendero que lleva desde el banco hasta el ministro que nos espera para darnos la sagrada comunión es imagen del camino de la vida que hemos de transitar, en medio de los obstáculos, hasta llegar a gozar de la presencia definitiva del Señor en la Patria del cielo, donde seremos plenamente saciados del gozo de los santos y redimidos,

«El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí, dice el Señor». Del Evangelio según san Juan, capítulo 6, versículo 58. Acerquémonos presurosos, pues, a recibir el sacramento de la vida, el manjar exquisito donde Dios nos regala la vida para que no temamos ante las dificultades de la misma. La Santísima Trinidad se contiene en el alma de los creyentes cuando, con devoción, reciben la sagrada comunión. Esta presencia amorosa es seguro de vida presente y aval de vida eterna.

Oración de después de comunión

«Te pedimos, Señor, que aumente en nosotros la acción de tu poder, para que, alimentados con estos sacramentos del cielo, nos preparemos, por tu gracia, a recibir tus promesas. Por Jesucristo, nuestro Señor». Con algún cambio léxico ha sido tomada de los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y del misal romano de 1570. Esta oración presente siempre en la tradición litúrgica de la Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es anticipo de las realidades eternas que el Señor nos ha prometido disfrutar al final de la vida por eso se pide que el recibir la comunión nos sirva de provecho para irnos preparando a este encuentro definitivo.


Visión de conjunto

            La vida cristiana es, ciertamente, un camino angosto que hemos de recorrer pero no un destino ciego pues sabemos bien cuál es la meta y la cumbre del mismo: la patria del cielo. El formulario de la misa de este domingo nos ofrece, precisamente, algunas notas distintivas del camino de la espiritualidad cristiana, que nunca es linealmente progresiva sino que está sujeta al devenir psicosomático de las personas.

            La vida espiritual siempre tiene su inicio en la libre acción de Dios que actúa en el alma del hombre. Es lo que llamamos el “initium fidei”, tal como el Concilio de Orange (529) formuló en su anatema del canon quinto: “Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús [Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios”. Queda claro, pues, la aportación de la oración colecta.

            Sin embargo, el hombre que se inicia en este camino espiritual no es ajeno a lo obstáculos y vicisitudes de la vida, esto es, a la fuerza del pecado que habita en él como consecuencia del pecado de Adán. Por eso es importante aprender a invocar el auxilio divino ante las tentaciones del maligno. Los versículos que conforman la antífona de entrada son un modelo eximio de esta actitud suplicante del fiel. De Dios esperamos, siempre y solo, su misericordia frente a las asperezas con las que somos tratados por las potencias infernales que ni admiten ni admitirán que emprendamos un proceso de conversión y de vuelta a Dios. Esto mismo ya fue recordado por el mismo Concilio en su canon décimo: “La ayuda de Dios ha de ser implorada siempre aun por los renacidos y sanados, para que puedan llegar a buen fin o perseverar en la buena obra”.

            El sendero de la vida esta trazado y tiene un destino cierto: gozar de la presencia del Señor en la patria del cielo. No hay otro. Esa es la gran promesa que Cristo nos ha dejado, todo el resto es cumplimiento. De este modo, conseguir las promesas de Cristo no será otra cosa que habitar con Él en la morada de los santos y redimidos. Ese es nuestro fin y nuestra gloria.

Dios te bendiga

sábado, 16 de septiembre de 2017

NADIE DA LO QUE NO TIENE


HOMILIA DEL XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dice un refrán muy castizo: “nadie da lo que no tiene”. Y, efectivamente, es así. Las lecturas de este domingo parten precisamente de la experiencia del perdón, o mejor dicho: de la experiencia del sentirse perdonado; de haber recibido una palabra concreta capaz de borrar sus pecados y devolverle a la vida de la gracia.

            Tanto el libro del Eclesiástico como la parábola del evangelio de Mateo se centran en el mismo tema: perdonar para ser perdonados.

            Ciertamente, para el hombre es muy difícil perdonar. Las ofensas que recibimos con frecuencia van agrietando nuestra alma hasta el punto de que no somos capaces de perdonarlas ni a quienes nos ofenden; o en el mejor de los casos, podemos perdonar pero no olvidar la deuda que los ofensores contraen con nosotros. Y aquí entran en juego los interrogantes que el Eclesiástico nos propone “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”, “No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”.

            Este es un tema crucial para los cristianos de hoy y de ayer. A veces, acudimos a Dios creyendo que tenemos derecho a ser perdonados, a recibir su misericordia; y no nos percatamos de que, como dice la carta de Santiago, “el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia” (cf. Sant 2,13), que es el caso de la parábola del evangelio y tan real como la vida misma: el mismo empleado a quien el rey perdonó su deuda no dudó en mandar a prisión a quien a él le debía menos. El primero recibió misericordia del rey mientras que el segundo no la recibió del primero, por eso, cuando el rey se entera, no vacila en mandarle también a prisión. De esta manera, la parábola viene a ser como un recordatorio de que la paciencia y la misericordia no son infinitas, porque su único límite lo pone la injusticia obstinada y pertinaz del pecador.

            Expliquemos esto: a veces tenemos una visión ingenua e infantil de la misericordia. Pensamos que es algo que nos pertenece, algo a lo que tenemos derecho, algo que va de suyo en Dios, pero esto no deja de ser una comprensión falsa y tramposa de lo que realmente es la misericordia y la paciencia de Dios. Como se desprende de los textos de la misa de hoy, la misericordia es un don que generosamente Dios regala a quien en este mundo ejerce y vive su ser misericordioso, aun en medio de la debilidad y el pecado, pero no para quedarse instalado en el pecado sino para salir de él, aunque cueste, aunque signifique perder muchas cosas, aunque suponga salir de la estabilidad y la comodidad de vida. Cuando un pecador inicia su camino de conversión, es la gracia la que le mueve al inicio de la misma, le sostiene en su peregrinar y le hace llegar a la plenitud de la vida nueva. Pero el pecador que no hace propósito de enmienda no puede esperar la misericordia divina; no porque Dios no quiera concedérsela, sino porque él mismo se ha auto-limitado y auto-impedido el poder experimentarla.  

            Así pues, queridos hermanos, solo quien busca a Dios, lo encuentra; solo quien necesita misericordia, la recibe; solo quien ha sido perdonado, puede perdonar; solo quien se sabe que no es el centro del mundo, puede acoger a su prójimo. En definitiva, es volver al refrán con el que habíamos comenzado esta homilía: “nadie da lo que no tiene”, pero en nuestro caso, hemos recibido mucho amor de Dios, por tanto, y con gran razón, hemos de dar amor, paciencia y misericordia aun a aquellos que, humanamente, no la merecieran. Y no tanto por ellos sino por nosotros para hallar gracia y paz de parte de Dios.

            Queridos hermanos, que por nuestra parte no quede nunca nada por hacer; que podamos presentarnos siempre ante Dios con una conciencia pura y tranquila de saber que hemos hecho lo que teníamos que hacer y que hemos pasado por este mundo haciendo el bien. “¿Siete veces? Hasta setenta veces siete” ahí está la esencia y la excelencia del cristiano. Que así sea.

Dios te bendiga