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viernes, 22 de junio de 2018

MISSA AD POSTULANDAM GRATIAM BENE MORIENDI


MISA PARA PEDIR LA GRACIA DE UNA BUENA MUERTE



I. Misterio

            En el artículo anterior ya habíamos abordado el tema de la muerte y cómo debía asumirla un cristiano.  Hoy nos proponemos reflexionar sobre esta página novedosa del misal romano: pedir la gracia de una buena muerte.

            Tradicionalmente en una de las letanías se rezaba así: “De una muerte repentina e imprevista, líbranos, Señor”. El miedo a morir sin poder haber recibido los auxilios sacramentales, con la consiguiente posibilidad de ir al infierno, la muerte terna; siempre fue algo rechazado por la piedad cristiana. Hasta tal punto, llegaba la necesidad de irse preparando, durante toda la vida, para bien morir, que incluso la buena muerte gozaba de un patrón, que la concediera: san José ¿Por qué? Porque según la tradición, el patriarca san José tuvo la mejor muerte que un cristiano pudiera tener: la presencia y asistencia de su esposa, la Virgen María, y del hijo que adoptó e hizo suyo, Jesucristo.


            En la época actual, imbuida de una llamada “cultura de la muerte”, a la misma vez que hace políticas que, en lugar de promover la vida, la elimina o impide; rechaza la realidad de la muerte expulsándola, incluso, del espacio urbano. Los cementerios, que antaño convivían con la vida de las poblaciones, hoy son grandes extensiones de terreno extramuros donde la muerte tiene su lugar, y donde su rostro amargo, se ha embellecido con grandes sepulturas llenas de arte y altas categorías estéticas. Veamos como aborda la Iglesia el misterio de la muerte como realidad cristiana a la cual nos dirigimos y esperamos de la mejor manera posible.   

II. Celebración

La misa que presentamos en este artículo es de nueva incorporación en el misal. Está sujeta a las normas generales para las misas “ad diversa” y puede ser completada o bien con la cuarta plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades o bien con el prefacio común V o VI y las plegarias eucarísticas I, II o III. Los ornamentos pueden ser blancos o del color del tiempo litúrgico en que se empleé.

La oración colecta está fundamentada sobre el misterio de la Creación “creado a imagen tuya” y de la Redención “tu Hijo se sometiera a la muerte por nosotros” y, puesto que el hombre es creatura débil, está llamado a una constante vigilancia para que la hora de la muerte no le sorprenda como un ladrón en la noche. Vuelve a presentarse la muerte como un doble movimiento: salir y descansar. Salir de este mundo sin pecado y reposar en el aprisco de la misericordia divina.


La oración sobre las ofrendas define, perfectamente, en qué consiste la “buena muerte”: salir del mundo con “paz y confianza” y participar de la resurrección de Cristo. La oración para después de la comunión considera a la Eucaristía “prenda de la inmortalidad” y tiene por objeto al Espíritu Santo, a quien se le denomina “auxilio de tu amor”, que puede ayudarnos en la hora de la muerte para que abandonemos este mundo sin peligro de contaminación diabólica, sino  más bien con entereza y confianza en el amor de Dios.

Los textos bíblicos asignados a este formulario son: para la antífona de entrada, Sal 22, 4 donde el Buen Pastor nos permite caminar con Él a través de las pruebas de esta vida dándonos valentía y confianza en cada momento y circunstancia. Para la comunión se ofrecen dos antífonas: a) Rom 14, 7-8 donde se nos enseña que la buena muerte no es otra cosa que vivir, sufrir y morir en Dios, único dueño de nuestra vida: y b) Lc 21, 36 que es una llamada a la constante vigilancia en la oración y en las buenas obras.

III. Vida

Tras el análisis de la eucología de la misa, podemos extraer algunas pinceladas teológicas que nos ayuden a una mejor vivencia del misterio de la muerte, aunque puede completarse con las ideas del artículo anterior “misa por los moribundos”.

1. Creación, gracia y redención, el signo del hombre: desde su creación, el hombre se debate entre la vida en gracia y la vida de pecado. La vida en gracia es el estado original en que fue creado: la inocencia original, la amistad con Dios, estar revestidos del mando de gloria e inmortalidad al ser creados a imagen y semejanza del Dios uno y trino. Pero este estado de gracia se pierde fácilmente con el pecado, lo que supone la culpa original, la enemistad con Dios y la desnudez más absoluta de aquello de lo que gozábamos en el inicio. De este modo, la muerte es consecuencia del pecado y decreto pronunciado contra el hombre. En este contexto, la obra salvífica de Cristo supondrá asumir todo lo humano y darlo un sentido redentor.

2. Con la muerte, destruyó nuestra muerte: Cristo, en esta diatriba redentora, al asumir lo humano, lo asume todo, incluso la muerte, y una muerte de Cruz (cf. Flp 2, 6). Una antífona bizantina para el tiempo de Pascua, el kontakion pascual lo recoge así: «Cristo resucitó de entre los muertos, matando la muerte con su muerte y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros» y de modo semejante lo recoge otro himno de la liturgia occidental católica, el Te Deum: «Tú destruido el aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el reino del Cielo». Así pues, teniendo en cuenta que la muerte, el más inmisericorde y último de los enemigos del hombre, ya ha sido vencida y redimida por Jesucristo; nosotros podemos afrontar nuestra muerte personal con entereza, paz y confianza sabiendo que seremos acogidos por la misericordia de aquel que se dignó morir el primero por todos nosotros.


3. Vigilancia en la oración y en la acción: pero no podemos pensar que ya lo tenemos todo conseguido. No. Para beneficiarnos los méritos salvíficos de Jesucristo es necesario perseverar en la fe y en el bien obrar, pues la perseverancia en esto nos atraerá la salvación del alma (cf. Lc 21,19). No son pocas las veces que Jesús nos llama a la vigilancia (cf. Mt 24,42; Mc 13, 33; Lc 21, 36). La vida cristiana, pues, debe estar basada en un constante anhelo de ver el rostro de Dios, esperar su llegada a nuestra vida para poder abandonar este mundo y, tomado de su mano, caminar hacia la eternidad.

4. La última tentación: sin embargo, no podemos obviar que este hermoso deseo de eternidad no está exento de la acción diabólica. El demonio nos tienta hasta el último momento de la vida para ver si rechazamos a Dios y nos condenamos. Por ello, es necesario que al final de la existencia terrenal humana invoquemos con fuerza el auxilio del amor de Dios, esto es, el Espíritu Santo, para vencer toda clase de embestida satánica. Morir en Cristo y morir con Cristo debe ser el deseado final de los cristianos. Abandonar este mundo con el nombre de Jesús en los labios rechazando todo pensamiento o acción que pudiera apartarnos de su amor. En este sentido, lo más eficaz es hacer una buena confesión general de los pecados, recibir al Señor en comunión, en forma de viático; y el sacramento de la unción de los enfermos con la indulgencia plenaria que se otorga en nombre de su santidad el Papa.

5. La buena muerte: sabiendo todo esto y vivido de tal manera, solo queda pedir que Dios nos lo conceda, esto es: la buena muerte. Hoy, cuando se debate con pasión sobre la llamada “eutanasia”, se hace necesario hacer algunas consideraciones: la palabra “eutanasia” significa, literalmente, “buena muerte” y consiste en solicitar la eliminación de la propia vida cuando por enfermedad, debilidad o cansancio de vivir ya no se quiere prolongar la existencia. La eutanasia es un término incómodo para nuestras sociedades almibaradas por todo lo que implica, por lo que hoy prefiere hablarse con el término eufemístico: muerte digna.


La eutanasia, en términos prácticos, no es otra cosa que un suicidio asistido, cuya ejecución se solicita en el pleno uso de las facultades de la persona, luego reviste un aspecto público que no lo contempla el suicidio, como tal. Y este aspecto diferencial (público-privado) impone un juicio, aun más severo, respecto a los “eutanasiados” y los “eutanasiantes”. En primer lugar, bajo el paraguas eufemístico de “muerte digna” se está traicionando tanto el lenguaje como los mismos valores humanos: la muerte es la muerte y no es ni digna ni indigna.

Por otra parte, en virtud de esta dialéctica suicidio público-suicidio privado, las personas que mueren solicitando la eutanasia no tienen derecho a recibir las exequias cristianas, a tenor de lo dispuesto por la ley canónica: «Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento: 1. A los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos; 2. A los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana; 3. A los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184§1). Y repito para que quede claro: a una persona que se ha suicidado en privado (ahorcándose, bebiendo algo tóxico, arrojándose de un precipio, u otra causa) dado, precisamente, ese carácter íntimo donde se pudiera presuponer un último arrepentimiento, se le conceden las exequias, repito, amparándose en la privacidad; pero a una persona que muere por eutanasia, dado que se solicita con plena lucidez de sus facultades, se le denomina suicidio público y, por tanto, sin arrepentimiento explícito de su suicidio, luego no se le pueden conceder las exequias cristianas.

Una muerte solo recibe una valoración moral cuando se produce por la defensa o claudicación de unos principios, de tal manera que si alguien muere por defender ideales nobles que benefician a un colectivo, diremos que es una muerte heroica; si alguien muere por causa de la fe, diremos que es una muerte martirial; si alguien muere afrontando la muerte con serenidad y valentía, diremos que es alguien muere con dignidad. Por tanto, si al pedir la eutanasia lo que realmente subyace es un desprecio por la propia vida y una claudicación de la lucha por vivir y una repulsa por los sufrimientos o agonías que conlleva la muerte; no será, pues, en ningún caso, una muerte digna, sino más bien, una muerte cobarde.

Otro de los motivos para defender la eutanasia es el de la piedad hacia el enfermo que sufre. Otra forma de tergiversar un término precioso de nuestro vocabulario para, realmente, expresar lo contrario. La piedad hacia alguien supone com-padecer con esa persona, sintonizar con su situación y darle ánimos para la lucha; pero nunca, en ningún caso, la piedad ha llevado a eliminar la vida de un semejante. La piedad busca la vida y no la muerte.

Así pues, la única muerte que existe no es la que las leyes humanas decretan sino la que Dios nos concede. Esta muerte puede ser por diversas causas: un accidente de tráfico o laboral, una enfermedad terminal, un accidente cardo-vascular, muerte natural, etc; pero nunca puede contemplarse la autoeliminación de la vida humana como remedio a nada.

Ojalá, que Dios nos concede a todos la gracia de luchar por la vida y morir santamente al final de nuestra existencia. Que podamos comulgar, confesar y recibir la unción para ser mejor admitidos en las bodas del Cordero.

Dios te bendiga

miércoles, 15 de marzo de 2017

DIA DEL SEMINARIO



Se acerca el día 19 de marzo, fecha entrañable en el calendario litúrgico católico. En este día se concitan varias efemérides: san José, el día del padre, pero sobre todo, el día del seminario. Aunque este año al caer en el III domingo de cuaresma se haya trasladado al día 20.

El origen de esta festividad se debe al sacerdote mártir español beato Pedro Ruiz de los Paños, que siendo rector del seminario de Plasencia (1917-1927), mi diócesis, publicaba dos revistas
vocacionales: “la hoja vocacional” y “El sembrador”, de carácter infantil; promoviendo, así, esta misma fiesta en este día extendiéndose, rápidamente, a toda España. Es por ello una buena ocasión para dedicarle un espacio del blog al que ha sido llamado “el corazón de la diócesis”, aunque este corazón a veces parece que esté infartado.



El seminario debería ser “la niña de sus ojos” de toda la diócesis, pues en él se forman los que un día serán los sacerdotes de la misma. Es una casa grande donde viven chicos jóvenes (alguno no tan joven) que aman al Señor, que han recibido de Él una llamada y con valentía y gran confianza quieren seguirlo. Lo que se espera de ellos es que perseveren en este don y sean fieles a aquel que inicio su camino y lo habrá de llevar a buen término.

Por la importancia que tiene su existencia para la vida y futuro de la diócesis, el seminario debería ser la causa de los desvelos de todos los que formamos la gran familia de la diócesis, sea la que sea. En primer lugar, debe ser el desvelo del señor obispo, el cual en sus primeras entrevistas tras su anuncio ha dicho que por su trayectoria como rector del seminario de Ávila estará muy pendiente de Él, cosa que nos alegra. Pero el señor obispo debe conocer bien a en quienes pondrá su confianza para formar a los alumnos del mismo.

En segundo lugar, ha de ser el desvelo de los sacerdotes que componen el presbiterio diocesano. De todos y cada uno de ellos y sin excepción. Desde hace unos años comenzó a inocularse en el mundo católico cierta corriente teológica, ambigua y extraña, que negaba el carácter sacerdotal de Jesucristo, arguyendo que Jesús era un laico. Quizás se debiera a esa necesidad patógena del clero de estar como pidiendo perdón a los laicos por ser curas. Y es que cuando una teología ni se asume ni se aprende bien, ocurren estos disparates. Negar el sacerdocio de Cristo tiene serias consecuencias:

1. Si Cristo no fue sacerdote no podría haber comunicado su sacerdocio a sus fieles y por tanto ellos no podrían ser, en virtud del bautismo, sacerdotes.

2. Si negamos el sacerdocio de Cristo, no solo el sacerdocio bautismal desaparecería, sino que el sacerdocio ministerial sería inexistente y por ello, todos los sacramentos y toda la liturgia sería vacía y estéril. Puro teatro.

3. Si Cristo no fuera sacerdote y solo laico, y por tanto, el sacerdocio de los fieles y de los ministros no existiera; la Iglesia no sería pueblo sacerdotal, sino solo pueblo laical; de ahí la no necesidad de la vocación sacerdotal.

4. En definitiva la Iglesia no sería más que una asociación filantrópica, una teosofía y no habría trascendencia posible.

Pues bien, esta teología de la que algunos sacerdotes, supongo que por moda o desconocimiento, asumieron y propagaron esta a la base de la despreocupación por parte del clero de no buscar ni promover vocaciones sacerdotales. Por eso, el clero diocesano, debe esmerarse en el arte de la pastoral vocacional, sobre todo, con los monaguillos.

En tercer lugar, los mismos laicos deben tomar conciencia de la escasez de sacerdotes y la importancia de buscar, animar y apoyar las posibles vocaciones que puedan surgir en sus familias o en las parroquias. Los laicos, como co-responsables en la misión evangelizadora de la Iglesia, no pueden estar al margen de la vida del seminario ni dejar de colaborar con Él en sus necesidades y actividades.

Con todo esto, es necesario ir creando una cultura vocacional. Para ello nuestro seminario ha
elaborado un plan vocacional llamado “es hora de bregar” donde están comprometidos un nutrido grupo de sacerdotes jóvenes de la diócesis, no todos lógicamente, y que llevan a cabo una serie de actividades con, por ahora, poco éxito. No obstante este blog apoyará y difundirá dichas acciones puntuales.

Por lo que a este blog respecta, quisiera aprovechar esta festividad para hablar de la dimensión litúrgico-celebrativa en la vida del seminario. Es la más importante y la base fundamental del resto. Partamos de estas palabras del mismo Concilio Vaticano II: «La formación espiritual ha de ir íntimamente unida con la doctrinal y la pastoral, y con la cooperación, sobre todo, del director espiritual; ha de darse de forma que los alumnos aprendan a vivir en continua comunicación con el Padre por su Hijo en el Espíritu Santo. Puesto que han de configurarse por la sagrada ordenación a Cristo Sacerdote, acostúmbrense a unirse a El, como amigos, en íntimo consorcio de vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan unificar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la meditación fiel de la palabra de Dios, en la íntima comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en el Oficio; en el Obispo que los envía y en los hombres a los que son enviados, especialmente en los pobres, en los niños y en los enfermos, en los pecadores y en los incrédulos. Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como madre al discípulo» (Optatam Totius 8).

Los seminaristas de hoy se preparan para ser los cultores del mañana, es decir, los sacerdotes que celebrarán la misa y dispensarán los sacramentos, que es lo específico del ministerio sacerdotal. Y decimos específico porque solo pueden hacerlo ellos y no otros. De ahí que la vivencia de la liturgia sea tan importante para que el corazón de estos jóvenes pueda irse troquelando por el amor de Dios, pues la liturgia no es otra cosa que un misterio de santificación y de amor. El seminarista debe aprender, a través de la liturgia, a orar por el pueblo que un día se le encomendará para que pueda decirse de él el versículo responsorial del oficio de pastores: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”. Pero dejemos que sea el seminarista encargado de la liturgia de nuestro seminario, Miguel Ángel Palacios Pino como viven ellos esta dimensión:

El aspecto litúrgico es uno de los más importantes en la vida de un presbítero. Por eso, ya desde el Seminario tratamos de cuidar con delicadeza y dignidad nuestras celebraciones diarias: la misa, la liturgia de las horas (laudes, vísperas y completas) y otros momentos de adoración al Señor. Todas estas celebraciones son la fuente de nuestro día a día ya que por medio de ellas nos acercamos más a Dios, configurándonos más con Cristo, y en ellas sentimos como Dios nos ayuda y nos da su fuerza para todas las demás actividades.

Mi tarea en el seminario es estar atento a estas celebraciones diarias. Es algo importante, ya que en la liturgia va nuestra relación con Jesucristo. Leccionarios, Misal, ornamentos, cantos… son los instrumentos con los que contamos para las celebraciones, a las que intentamos cuidar.

Desde pequeñito me ha gustado mucho la música, siento que es un pequeño don que me ha dado el Señor y lo intento potenciar para alabarle cada día más. “Quien canta, reza dos veces” nos decía san Agustín, y es que desde tiempo de los primeros cristianos se ha considerado al canto como un camino mediante el cual dirigir nuestras oraciones a Dios. Testigo de esto es san Pablo en Ef 5,19: “recitad entre vosotros cantos, himnos y salmos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor”.

Los talentos hay que ponerlos al servicio de los demás; por eso animo las celebraciones con la música, tanto con el órgano como con la guitarra o “a cappella”. Puedo sentir cada día como la música nos eleva hacia Dios y nos une más entre nosotros, que cantamos con una misma voz al Autor de Maravillas. La música les da el toque festivo, ya que mediante ella distinguimos los días más importantes de otros más sencillos; pero también da el toque solemne ayudándonos a adentrarnos en el misterio de lo que estamos celebrando y conmemorando.

Las celebraciones que más me gustan y mejor vivo en el seminario son las dominicales ya que desde por la mañana se nota que es un día especial y más solemne: las laudes son presididas y sus salmos cantados; acudimos a la Eucaristía en las parroquias en las que servimos; al caer la tarde adoramos al Señor revestidos todos de túnicas blancas y cantamos las vísperas, que también son presididas. Por la noche concluimos el día con las completas, encomendando nuestro descanso nocturno al Señor.

En verdad hay una bella armonía en todas esas celebraciones: por la mañana acudimos al Señor recordando su resurrección diciéndole “Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo” y reconociéndole como origen de nuestra vida; a la tarde nos acercamos a Él a recordar su muerte y nos revestimos con túnicas blancas, igual que la multitud que le alaba en el libro del Apocalipsis: “Alegrémonos y gocemos y démosle gracias” y por la noche nos acordamos de que el lugar al que estamos destinado es la cena nupcial del cordero en la nueva Jerusalén: “Verán al Señor cara a cara y llevarán su nombre en la frente”.

Una madre es la que cuida todo el seminario, desde el más pequeño al mayor. Ella es la reina de esta casa a la cual amamos veneramos de forma especial todos los sábados: la  Inmaculada
Concepción, nuestra patrona. Por la mañana celebramos la misa de Santa María en sábado y por la tarde rezamos todos juntos el rosario, a lo que añadimos la Oración a nuestra patrona la Inmaculada por la noche, en la que pedimos a María que interceda maternalmente por todos los sacerdotes de nuestra diócesis, por los que nos formamos en el seminario y por el aumento de vocaciones.



Dos fechas son las más importantes en esta casa: la Inmaculada y san José. La fiesta de la Inmaculada tiene gran tradición y se celebra de un modo especial, preparándonos antes con la novena y la escucha de los predicadores que nos dan palabras de ánimo y consejos para seguir adelante en este camino que el Señor nos ha puesto. Otra fiesta de gran importancia es la de san José, día del Seminario y precedido de un triduo donde le pedimos que cuide de nosotros igual que lo hizo con el mismo Jesús.




Así pues, Miguel Angel, Javier, Francisco José y Pablo, la diócesis pone sus ojos en vosotros. No os canséis y perseverad en el amor de Cristo. Sed fieles a su llamada y dejaos acompañar por la Iglesia. La comunidad diocesana reza por vosotros y se alegra de vuestra generosidad.

Que Dios os bendiga.








P.D: Oremos por nuestros seminaristas y para pedir vocaciones sacerdotales:

Oh Dios que quisiste dar pastores a tu pueblo,

derrama sobre tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza,

que suscite dignos ministros de tu altar

y los haga testigos valientes y humildes de tu evangelio.

Te pedimos que germinen las semillas

que esparces generosamente en el campo de tu Iglesia,

de manera que sean cada vez más numerosos

los que elijan el camino de servirte en los hermanos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

jueves, 2 de febrero de 2017

FIESTA DE LA PRESENTACION DEL SEÑOR



Hoy la Iglesia celebra la entrañable fiesta de “La presentación del Señor”. Una fiesta muy querida y celebrada en nuestros pueblos con un folclore rico y sentido, preñado de espiritualidad y amor a Santa María, Madre de Dios. Con el fin de vivir esta fiesta intensamente presentamos algunos rasgos de la misma de tipo histórico litúrgico y teológico-espiritual que nos ayudarán.
Historia
Los primeros datos de esta fiesta los refiere la monja peregrina Egeria en su diario de viajes a Jerusalén en el s. IV (380 aprox.) donde narra una procesión, sin velas, de todo el pueblo, llegado al lugar indicado predican el obispo y los presbíteros sobre el pasaje de Lc 2, 22-40, terminando con la Eucaristía. Poco a poco esta fiesta viaja a Antioquía y Asia menor llegando en el s. V a Egipto y desembarcando en Constantinopla, Bizancio, en el s. VI.
            Al comienzo, cuando la fiesta de la navidad en oriente se celebraba el 6 de enero, la fiesta de la presentación del Señor acaecía cuarenta días después, el 14 de febrero; pero al fijarse, definitivamente por influencia de Roma, el 25 de diciembre como fiesta de la Natividad del Señor, la fiesta se fue desplazando hasta el 2 de febrero, día en que actualmente se celebra. Su nuevo emplazamiento fue fijado por el emperador Justiniano I (527-565) con el nombre de Hypapanté (encuentro del Señor) quien decretó que fuera día de fiesta en todo su imperio. Según refiere san Cirilo de Alejandría aparecen ya las luces y las candelas en el s. V.
 Tras la emigración y posterior exilio de los monjes bizantinos por la cruel persecución desencadenada por la controversia iconoclasta, estos llegan a Roma donde se instalan y fundan monasterios trayendo sus fiestas consigo. De ahí que a finales del s. VI la Iglesia romana adoptara esta fiesta con el confuso nombre de “Purificación de la Bienaventurada Virgen María”; nombre, por otra parte, con el que se ha denominado hasta 1970 y aún subyace en la piedad popular. Esto explica el nombre “purificás” que se dan a las doncellas que en este día visten el traje propio y bailan y cantan coplas en honor de la Virgen.
 Respecto de la procesión de las candelas ya era conocida en el s. V, según dijimos anteriormente, pero pronto pasó a Roma para contrarrestar otra pagana conocida como Amburbale y que cada cinco años tenía lugar por la ciudad a principios de febrero. Este carácter penitencial se mantendrá hasta 1960, en la que se revestía de color morado. En el s. VII encontramos ya una procesión, propiamente cristiana, de las velas y la letanía en el Orden de san Pedro (667) pero una bendición organizada de las candelas no la encontraremos hasta el s. X en las Galias y en el s. XI en Hispania cuando se introduce la popular antífona “Lumen ad revelationem gentium”. Posterior será la introducción del canto “Nunc dimitis”. Lo más original y primigenio es la antífona griega “Adorna Thalamum tuum” de la que luego hablaremos. El carácter mariano de esta fiesta fue dado por el papa Sergio I (687-701).
Liturgia
 El misal romano surgido tras la reforma del Concilio Vaticano II ha mantenido sustancialmente la liturgia tradicional de este día, es decir, la procesión de las candelas (opcional) y la celebración de la misa. Para la procesión se han conservado las antífonas tradicionales, antes dichas, mientras que para la misa se recoge la oración colecta del misal romano de 1570, ya presente en los sacramentarios Gelasiano de Angouleme y en el Gregoriano Hadrianneo; la oración sobre las ofrendas, el prefacio y la oración de pos comunión son nuevas.
Un cambio destacable ha sido el de la denominación de la fiesta: el de “Purificación de la Bienaventurada Virgen María” por el de “Presentación del Señor” pasando, así, del tono tradicional mariano de la fiesta a otro más cristológico.
La monición de entrada del rito de la bendición de las velas narra la escena evangélica que se celebra actualizándola por medio del adverbio “hodie” (hoy). Destaca el último párrafo donde la asamblea eucarística es invitada a caminar al encuentro de Cristo que viene “en la fracción del pan” y vendrá “revestido de gloria”.
El misal ofrece dos antífonas para ser cantadas en la procesión: la primera es un canto responsorial sobre el “Nunc dimitis”. La segunda es la antífona nupcial griega preconciliar “Adorna Thalamum tuum” que expresa líricamente la escena evangélica invitándonos a acoger a María que lleva en brazos a su hijo Jesús.
Respecto a los textos de la procesión de las velas y las candelas destacan las referencias a la luz. Dios es denominado con los atributos de “fuente y origen de la luz”, “luz verdadera”, “autor y dador de la luz eterna”. Se destaca la luminosidad de su gloria “la luz que no se extingue”. El símbolo de la luz son los cirios encendidos que invitan a los fieles a perseverar en las buenas obras, obras de la luz, para alcanzar la salvación eterna: “cuantos son iluminados en tu templo santo por el brillo de estos cirios, puedan llegar felizmente a la luz de tu gloria”, “llevándolos en sus manos, merezcan llegar, por la senda de las virtudes, a la luz eterna”.
En la misa, el punto de gravitación de la eucología se trasvasa de la “luz” al vocablo “templo”. Así, la antífona del introito es tomada del salmo 47 versículos 10-11: en medio del templo se desarrolla la escena y desde allí surge con fuerza la gloria de Yahvé (kabod Yahvé) llegando al confín de la tierra. La oración colecta hace referencia a la presentación en el templo “hoy” poniéndolo en relación con la gracia de ser presentados con igual santidad ante la presencia de Dios que llena nuestros templos.
La oración sobre las ofrendas presenta un filón teológico muy interesante: la relación Jerusalén-templo y Jerusalén-Calvario. Y lo hace con la expresión “has querido que tu Hijo Unigénito se ofreciera como Cordero inocente por la salvación del mundo”. En el templo de la escena evangélica se anticipa el Calvario de dos maneras: por medio de la profecía del anciano Simeón y por la unión del Hijo y la Madre, pues del mismo modo que María ofrece a su Hijo en brazos a Dios, también en la cruz lo ofrecerá  a Dios como sacrificio por el género humano. La misma madre que lo entra en brazos en el templo de Dios (el mundo) lo sacará en brazos cuando lo reciba exánime en la cruz.
El prefacio propio de esta misa está centrado en el misterio de la presentación del Señor. El protokolon es el tradicional romano, el embolismo guarda cierta relación con el prefacio de la Epifanía, destacando el adverbio “hoy”, la coeternidad del Hijo y su misión como luz de los pueblos y gloria de Israel. El escatokolon hace referencia a la actitud del hombre ante la manifestación de Dios: salir al encuentro del mismo. Tema este que se desarrollará en la oración de pos comunión centrada en el papel del anciano Simeón como representante de Israel y la humanidad en la recepción de la gloria de Dios al entrar en el mundo.

Espiritualidad
Así pues, la fiesta de la presentación del Señor nos presenta un cuadro pintado en cuatro trazos: teológico, cristológico, mariológico y eclesiológico.
1. Teológico: hemos de tener en cuenta que es Dios el que entra en su santo templo. La fiesta del Hypapanté es el solemne encuentro de Dios con su pueblo. Un hecho esperado desde siglos por generaciones de israelitas piadosos, anunciado por profetas y sibilas y anhelados por reyes. La presentación del Señor es una nueva epifanía, es el cumplimiento de la expresión lucana “Dios ha visitado a su pueblo” (cf. Lc 7,16). Dios es glorificado en la profecía de Simeón al exaltar al niño que sus brazos sostienen y sus ojos contemplan.
2. Cristológico: es el mensajero anunciado por Malaquías. Cristo es el Salvador, la Gloria de Dios (kabod Yahvé) esperada por Israel a entrar por el oriente (cf. Ez 43, 4-5) y que habría de llenar todo el templo (cf. 2 Cro 5, 14). Cristo es la luz del mundo, luz para los pueblos que yacen en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1, 79). El Hypapanté es la fiesta de la oblación por excelencia: Cristo es ofrecido al Padre por manos de María y José y de Simeón, cumpliéndose así la profecía de Malaquías “Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén” (Mal 3, 4) donde Judá es significado por la Sagrada Familia, pues José era de Belén de Judá; y Jerusalén es significado por el anciano Simeón. Cristo es ofrecido en el templo como primicia a Dios del mismo modo que será ofrecido en el ara de la cruz como cordero inmaculado; y en ambas ofrendas, es María la que está presenta y la que la posibilita.
3. Mariológico: es la Virgen oferente. La Madre unida íntimamente a su Hijo desde el primer momento de su presentación pública. Aunque la piedad popular sitúa esta escena evangélica entre los misterios gozosos, realmente se trataría de un misterio doloroso, pues la pasión de Cristo es anunciada como pasión, también, de María. Es la “Mater dolorosa” que permanece en pie con el hijo en brazos. Es la Madre sacerdotal en cuanto que ofrece en sacrifico perfecto a la perfecta víctima, el Cordero inocente, al Padre eterno. María en el Hypapanté es ejemplo de sumisión y kénosis, pues ella, que no tenía nada de que purificarse, quiso, como su Hijo Jesucristo, someterse a la ley y cumplir con ella.
4. Eclesiológico: esta fiesta nos presenta la imagen de la Iglesia que recibe la gracia de Dios como el anciano Simeón. Es una Iglesia orante como la profetisa Ana; es una Iglesia oferente como María; es una Iglesia sacerdotal porque se une al sacrificio que supuso para María el anticipo de la Pasión. Es, por último, una Iglesia que vive de la esperanza escatológica de, como Simeón, poder ver un día al Amado que ha anhelado en este mundo.
¿Cómo lo vives tú? ¿Estás dispuesto a vivir tu vida como ofrenda permanente a Dios? ¿Acoges a Dios en tu vida? ¿Sientes que Dios quiere llenar tu vida con su poder y su gloria? ¿Con qué frecuencia te pones en manos de María? ¿Vives con la esperanza de poder un día contemplar a Dios? ¿Tu corazón anhela a Dios?
El tono espiritual de esta fiesta litúrgica se concentra en la antífona griega “Adorna Thalamum tuum”. Rézala despacio e intenta sintonizar con los sentimientos de la Iglesia y de María:
Sión, adorna tu tálamo nupcial
para recibir a Cristo Rey.
Abraza a María, puerta del cielo.
Ella lleva al Rey de la gloria de la nueva luz.
Se detiene la Virgen entregando con sus manos
al Hijo engendrado antes de la aurora,
y Simeón al recibirlo en sus brazos
predicó a los pueblos que Aquel era el Señor de la vida y la muerte
y el Salvador del mundo. Amén.