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miércoles, 20 de diciembre de 2017

13. MISA POR LOS RELIGIOSOS





I. Misterio
«La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu» (VC 1). Con estas palabras del papa san Juan Pablo II en su exhortación apostólico postsinodal, Vita Consecrata, pretendemos poner de relieve la identidad más profunda de la consagración religiosa. Estas diversas formas de vida que buscan la perfección y la exigencia cristiano tiene un profundo arraigo en la historia de la Iglesia y del cristianismo, como lo revelan estas palabras del Concilio Vaticano II: «Ya desde los orígenes de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se esforzaron por seguir con más libertad a Cristo por la práctica de los consejos evangélicos y, cada uno según su modo peculiar, llevaron una vida dedicada a Dios, muchos de los cuales bajo la inspiración del Espíritu Santo, o vivieron en la soledad o erigieron familias religiosas a las cuales la Iglesia, con su autoridad, acogió y aprobó de buen grado» (Decreto Perfectae Caritatis 1b). 

Durante la renovación de la Iglesia que supuso el Concilio Vaticano II, la vida religiosa fue tratada con el intento de asegurar a los religiosos un lugar específico en la constitución de la Iglesia y en la realización de su misión en el mundo. Para este objetivo se había elegido la categoría de “santidad” como especificadora de su misión. El quicio de la comprensión de esa forma de vida eran los consejos evangélicos. Sobre la marcha de la reflexión y de las intervenciones en el aula se percibió que ese método no era correcto. ¿Por qué? La respuesta es sencilla y lógica conforme a la nueva eclesiología que se estaba gestando: no se podía identificar la misión específica de los religiosos desde algo que era esencial a toda vida cristiana, la vocación a la santidad.

Así, el estatuto teológico de la vida consagrada lo sistematizó de manera perfecta el mismo Concilio cuando dice: «El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados —por su propia naturaleza semejantes a los votos—, con los cuales se obliga a la práctica de los tres susodichos consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial. Ya por el bautismo había muerto al pecado y estaba consagrado a Dios; sin embargo, para traer de la gracia bautismal fruto copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino y se consagra más íntimamente al servicio de Dios. La consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia» (LG 44).

De la Constitución dogmática Lumen Gentium, emanaron otros documentos monográficos que venían a explicar algún aspecto apuntado en dicha Constitución. Uno de estos documentos es el decreto para la vida religiosa Perfectae Caritatis. En este decreto se recogen los principios de renovación de la vida religiosa para una nueva evangelización en un mundo nuevo. Son los siguientes:

A) “Como la última norma definitiva de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo, tal cual lo propone el Evangelio, todos los Institutos han de considerar esto como su regla suprema” (PC 2a). Este es el primer principio de renovación que enuncia el decreto. El elemento fundamental y distintivo del religioso es la “sequela Christi” o seguimiento de Cristo. En esto se resuelve la vida del religioso y esto ha de ser su criterio y norma última.

B) “El que los Institutos tengan su carácter y función propios contribuye al bien mismo de la Iglesia. Por eso hay que conocer y conservar fielmente el espíritu de los fundadores, los fines propios, las sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio de Instituto” (PC 2b). El segundo punto de renovación es la fidelidad al carisma particular del instituto, a la propia vocación y misión dada en la Iglesia. Según este principio, a cada instituto le toca reconocer y mantener fielmente lo que constituye el patrimonio de cada uno, es decir, el espíritu de los fundadores, finalidades propias y las sanas tradiciones. Se trata de una finalidad dinámica que adapte fielmente tal patrimonio a las circunstancias e Iglesia de hoy.


C) “Todos los Institutos han de participar en la vida de la Iglesia y hacer suyos y favorecer, según sus posibilidades y carácter propio las iniciativas y proyectos de la misma en materia bíblica, litúrgica, dogmática, pastoral, ecuménica, misionera y social” (PC 2c). Este principio es el que de alguna manera evita cualquier clase de extrinsecismo en la vida religiosa como algo ajena a la vida de la Iglesia. Mediante esta tercera norma se quiere poner en sintonía la vida religiosa con la vida de la Iglesia, que debe estar en el centro de la vida de cada religioso, que debe tener con la Iglesia un vínculo especial, reflejo y expresión del vínculo particular que tiene con Jesús.

D) “Los Institutos han de promover en sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos así como de las necesidades de la Iglesia. Por tanto, sabiendo juzgar las circunstancias del mundo actual a la luz de la fe e inflamados de celo apostólico, serán capaces de ayudar más eficazmente a los hombres” (PC 2d). Para una eficaz renovación de la vida religiosa, los religiosos han de tener presente las circunstancias en las cuales la Iglesia vive y obra en el mundo. Esto se alcanza con una mayor formación de los religiosos sobre las condiciones temporales y humanas circundantes y necesidades de la Iglesia con respecto a esas.

E) “La vida religiosa tiene, ante todo, como finalidad el que sus miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por la profesión de los consejos evangélicos. Por eso hay que considerar seriamente que las mejores adaptaciones que puedan hacerse a las necesidades de nuestro tiempo no surtirán efecto si no las anima una renovación espiritual. Esta ha de juzgar el papel principal siempre, incluso cuando se trata de impulsar obras externas” (PC 2e). Este último principio se funda en lo que la vida espiritual es para el religioso y sobre el lugar que debe ocupar en él. En este principio, lo que se tiene en cuenta es el retorno a las fuentes de la vida espiritual.

Estas son las cinco características de la renovación de la vida religiosa. Como acabamos de decir anteriormente, el fin de todas estas disposiciones es la santidad. Entremos ahora a examinar el formulario de la misa.

II. Celebración


El formulario de esta misa es de nueva creación y está inspirado en las directrices emanadas de los documentos sobre Vida consagrada del Concilio Vaticano II, que se vieron anteriormente. Para esta misa se recomienda usar la segunda plegaria por diversas necesidades. También puede usarse el prefacio para la Profesión religiosa (p. 976) con las plegarias I, II o III. Debe usarse conforme a las normas generales establecidas para estas misas. Esta misa tiene dos formularios, el A para la misa por los religiosos en general; y el B para el XXV o L aniversario de la profesión religiosa, aunque este último no lo abordaremos.

Para el formulario A, la oración colecta sitúa la vida religiosa en la voluntad salvífica de Dios. También ofrece unas pinceladas sobre qué es la vida consagrada. La oración sobre las ofrendas nos recuerda que el cumplimiento de los votos religiosos debe hacerse con sincero corazón. La oración de post-comunión es un programa para la vida comunitaria, tan esencial en la vida consagrada: unidos en el amor, alimentados por un mismo pan, animarse mutuamente,…son claves para una sincera comunidad fraterna.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son Sal 36, 3-4 para la antífona de entrada donde se invita a los consagrados a confiar en Dios y hacer de él, el centro y la delicia de su vida. Para la antífona de comunión se proponen dos antífonas a usar indistintamente, aunque la del Antiguo Testamento se aconseja usarla fuera de Pascua. La de 1Re 19, 7 invita al religioso a la perseverancia. La vida religiosa es un camino largo y duro, lleno de pruebas y renuncias pero el pan eucarístico garantiza la fuerza para llegar a la meta. El texto de Ap 22, 17.20 acentúan la dimensión esponsal de la vida religiosa, pues la Iglesia orante y contemplativa, imbuida del Espíritu Santo, pide sin cesar la venida de su Señor.

III. Vida


Una vez analizado el formulario veamos algunos puntos para una lectura vivencial sobre la vida religiosa:

a) Retrato de un religioso: es idea sostenida y repetida por nosotros que la liturgia es el espejo donde se refleja de manera concisa y bella la conciencia que la Iglesia tiene de si misma. Así, si uno, en este caso, quiere saber cómo la Iglesia concibe la vida consagrada o el cómo ha de ser el religioso, no tiene más que acercarse a los formularios eucológicos para comprobarlo. De este modo, el religioso es una persona entregada a Dios que, abandonándolo todo quiere seguir muy de cerca a Cristo renunciando a las pompas y lisonjas de este mundo para, mediante la vivencia de los consejos evangélicos, servir mejor a Dios y a los hermanos, con un corazón humilde y pobre de Espíritu. Lo que implica un estilo de vida propio y único que le impulsa a ser en la Iglesia un signo profético de la llegada del Reino.  

b) Misterio de elección: como toda vocación en la Iglesia, la vida consagrada es un misterio de elección divina que llama a una forma de estar y vivir en la Iglesia de una manera concreta. La vocación religiosa es un santo propósito inspirado y sostenido por Dios, quien está al principio y al final de este modo de ser en la Iglesia. este modo de elección se concreta por la profesión y vivencia de los llamados consejos evangélicos, a saber, pobreza, castidad y obediencia. Profundicemos en ellos desde las virtudes teologales y la vida en comunidad:


                  A. La obediencia: referencia a la fe. Conectada con la fe y la Palabra de Dios, es la forma concreta de vivir la virtud teologal de la fe: es vivir la vida desde la voluntad de Dios, no desde la nuestra. Es buscar comunitariamente, autoridad y súbdito, la voluntad del Padre. La obediencia es signo escatológico. Habla a los hombres de que llegará un cielo en el que la voluntad de Dios será la vida de todos los salvados. Por eso, la obediencia es signo que pone en crisis al hombre de hoy, que ha hecho de la propia voluntad, basada en el capricho y la apetencia, el criterio último de la verdad. Viviendo la obediencia en el seno de una comunidad, mostramos al mundo cómo la voluntad de Dios puede transformar la comunidad humana.

                 B. La pobreza: referencia a la esperanza. Es la libertad suprema de no estar atados a nada para poder servir en plenitud al Evangelio: es mucho más que el no tener dinero o posesiones, aunque lo incluya. Es, sobre todo, una actitud de vida que se manifiesta en la alegría, el servicio generoso. La pobreza es también signo escatológico. Habla a los hombres de que llegará un día en que solamente Dios colme todos los deseos humanos. Viviendo la pobreza en el seno de una comunidad, mostramos al mundo cómo romper la dinámica de la injusticia y vivir con el corazón saciado sin poseer cosas de este mundo. 

                  C. La castidad, referencia al verdadero amor. La castidad es: amor y libertad que permiten la apertura, el diálogo, el afecto y la entrega total a los otros, rompiendo así con toda forma de ensimismamiento y clausura en el propio yo. No atarse a nadie para que la propia vida se ponga al servicio de todos, mostrando así que nadie puede quedar fuera de la comunidad de la casa del Padre. La castidad es también signo escatológico. Habla a los hombres de que al final llegará la hermandad y la comunión en la casa del Padre y de que esta comunión en el amor será lo definitivo, pues todo lo demás cesará. Viviendo la castidad en comunidad, mostramos al mundo cómo se pueden crear lazos de amor mucho más profundos que los de la sangre y cómo este amor se ofrece continuamente a los demás.  

c) La vida en común: algo fundamental en la vida religiosa. No existe modo de vida consagrada que pretenda comprenderse a sí misma como individual y sin referencia a otro religioso. No. El religioso debe tener conciencia de haber sido congregado de entre las gentes del mundo, por el mismo Señor, para vivir en mutua caridad en una vida comunitaria que es signo profético, de nuevo, de esa humanidad nueva que el Señor logrará al final de los tiempos. Los religiosos, compartiendo el mismo pan, la misma mesa, el mismo hábito y el mismo y singular carisma, esta unido en el amor a sus hermanos de comunidad y a la Iglesia universal.

En conclusión, con este formulario se nos invita a valorar la vida religiosa como algo propio y esencial en la Iglesia. La vida religiosa es la manera más radical de vivir la consagración bautismal, su fundamento primero y básico. Los religiosos y consagrados tienen hoy dia una importante misión dentro de la Iglesia y del mundo. La vida religiosa, como forma de estar dentro de la Iglesia, es un tesoro de un valor inestimable por los muchos frutos que ha dado y las actividades contemplativas o de apostolado que abarca. Así, el Espíritu ha suscitado en cada una de ellas unos carismas específicos en función de las necesidades y de los campos que la Iglesia debía evangelizar.

Oremos pues y tengamos siempre presentes a los religiosos ya que ellos han recibido de Dios orar por nosotros y cuidarnos a nosotros.

Dios te bendiga


viernes, 1 de septiembre de 2017

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan». Salmo 85, versículos del 3 al 5. Invocar al Señor debe ser una constante en la vida cristiana. Es un acto de fe importante y ¿dónde mejor invocarle que en la santa misa? Pues, efectivamente, a ello nos invita esta antífona de entrada: a entrar decididos en la presencia insondable de aquel que es bueno y clemente y rico en misericordia.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor a tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del misal romano de 1570. La perfección, como como deseo y aspiración del hombre, es la clave para entender las peticiones que esta breve oración contiene: 1. Infundir el amor al nombre de Dios; 2. Alimentar el bien y conservarlo. Solo quien busca en su vida amar a Dios y custodiar este amor como una llama interior va, poco a poco, acercándose a la perfección del Padre, esto es, a ser santo.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, que esta ofrenda santa nos alcance siempre tu bendición salvadora, para que perfeccione con tu poder lo que realiza en el sacramento». Presente en los gelasianos antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Es una oración con claro sentido proléptico (futuro), es decir, la ofrenda santa no es el pan y el vino sino el mismo Señor Jesucristo el único bendito y la bendición misma capaz de alcanzar del trono del Padre la perfección que por nuestros solos medios no podemos obtener.

Antífonas de comunión

«Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen». Del salmo 30, versículo 20. En el momento de recibir la comunión sacramental, cuando contemplamos la blanca Hostia que vamos a comulgar, recordamos la bondad inmensa de Dios que nos tiene preparado siempre un manjar celestial al que nos acercamos por puro amor y reserva divinos.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Del evangelio según san Mateo, capítulo 5, versículos del 9 al 10. Trabajar por la paz en muchas ocasiones conlleva el ser perseguido, incomprendido o denostado por eso esta antífona nos recuerda que solo recibiendo este alimento de vida, el pan de los fuertes, podremos seguir trabajando con denuedo por la consecución de la paz y la vivencia plena de las Bienaventuranzas.

Oración para después de la comunión

«Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Encontramos un eco de la teología de los dos altares: del altar del cielo al altar de la tierra. En el altar de la tierra se realiza y actualiza en el tiempo lo que en la Jerusalén celeste se celebra eternamente. De ahí que la sagrada Hostia no es otra cosa que el alimento del cielo del que disfrutan los ángeles y los santos que ya están en el altar del cielo.


Visión de conjunto

La perfección es un atributo referido solamente a Dios, pues es el único ser acabado que no posee defecto alguno y del cual emanan en resto de perfecciones del mundo. Santo Tomás de Aquino, al esbozar sus cinco vías para la existencia de Dios formuló la cuarta tal que así: “Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas Según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice lo más caliente de lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa del calor de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”.

Antes de seguir debemos hacer una aclaración: las vías de santo Tomás de Aquino no son pruebas que necesariamente remitan a la existencia del Dios judeo-cristiano. Sino que son “pruebas apodícticas”, es decir, que si se siguen podemos llegar a conocer la existencia de un ser supremo, principio y fin de todo cuanto ha existido, existe y existirá pero para que este sea el Dios único y verdadero se necesita la luz de la fe y el testimonio de la revelación.

Así pues, retomando el tema de la cuarta via, podemos decir que hay en las cosas perfecciones transcendentales realizadas en diversos grados, como la perfección de bondad, de verdad, de nobleza y otras”. Hay otras que no admiten grados.

a) Primer grado de la vía: Una perfección realizada en diversos grados es necesariamente causada: las perfecciones como la bondad, verdad, nobleza, etc, por lo mismo que existen participadas en diversos grados tienen que ser causadas por otro ser que posea esas perfecciones en máximo grado.

b) Segundo grado de la vía: quien tiene en máximo grado una perfección pura, es causa de esta perfección en todos aquellos que la poseen en grado inferior: tener una perfección en máximo grado es tenerla por esencia y de un modo fragmentario es poseerla por participación. Este sujeto que la posee por esencia no puede ser más que uno y único.

c) Término final de la vía: “Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios”: Así pues, nos encontramos con un ser que es: 1) Superior, perfectísimo, infinito, porque es la plenitud de ser, de verdad, de bondad y de nobleza; 2) Principio y causa de todas las cosas, porque en todas causa el ser, la bondad y las demás perfecciones. Luego existe Dios.

Es la vía por excelencia, ya que en ella se da el paso del ente al ser y de éste al Ser. Parte de la experiencia empírica. Se ve que las criaturas son más o menos perfectas (buenas, verdaderas, nobles, etc.). Por esto, debe existir algo que es en grado máximo bueno, verdadero, y por tanto, perfecto. Este ser es Dios y es perfecto y máximo también en el ser. Es causa de las perfecciones del resto de entes.

Buscar la perfección es un mandato del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Y si antes hemos dicho que Dios es la causa última de todas las perfecciones, solo en la medida que tengamos contacto con Dios y descubramos la acción de su gracia en nosotros iremos adquiriendo esa misma perfección.

Perfección es sinónimo de santidad. Los cristianos no estamos llamados a ser buenas personas, sino a ser santos como Dios es santo. Y para ser santo solo una cosa es necesaria: buscar el hacer la voluntad de Dios cada día de nuestra vida. Pues ánimo, pídelo y búscalo.

Dios te bendiga