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sábado, 16 de junio de 2018

ANIDAR EN DIOS


HOMILÍA DEL XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            En nuestra andadura litúrgica anual la Iglesia nos ofrece cada domingo un tema para reflexionar y meditar sobre los textos bíblicos. Hoy, con imágenes propias del mundo rural en el que vive Israel, tanto el profeta Ezequiel como el evangelista Marcos nos presenta el tema del Reino de Dios como una realidad que está en germen en este mundo y que, poco a poco, progresivamente, va adquiriendo entidad hasta convertirse en una realidad mayor y plena que pretende acoger a todos aquellos que quieren salvarse, bajo sus ramas.

            Ezequiel usa el esqueje de una rama de cedro, árbol de madera incorruptible, como signo profético para simbolizar la realidad a la que esta llamada Israel. El pueblo judío, que había sido elegido por Dios, por amor, para ser luz que atrajera a todas las gentes hacia el Dios único y verdadero, tiene la obligación de abrir sus brazos y levantar sus muros para acoger a todos los hombres y mujeres que han conocido a éste mismo Dios y ponen su confianza en Él. Los animales y vegetales que aparecen en el texto son figura alegórica de la raza humana. Pero para abrigarse bajo el paraguas de ese inmenso bosque que nace de la rama de cedro es necesario reconocer a Dios como “el Señor”. Hacia el encuentro con ese mismo Señor nos dirigimos caminando sin verlo físicamente y, tan solo, guiados por la fe.


            La misma idea de desarrollo progresivo del Reino de Dios, la hallamos en la parábola del crecimiento de la semilla en el Evangelio de Marcos. En este pasaje se nos descubre una nota esencial del Reino de Dios que, a veces, se nos escapa: todo depende de Dios. Nuestra tarea solo es la de anunciar y poner los medios para que todos conozcan al Dios único y verdadero pero el resto del proceso de implantación depende, sola y exclusivamente, de la gracia divina que acredita nuestra predicación y nuestro testimonio; la gracia que hace germinar en el corazón humano las realidades divinas. El reino de Dios no se impone por la fuerza ni por la espada. No. Sino por el testimonio convincente de testigos convencidos de que merece la pena creer en Dios y entregar nuestra vida a la causa de Jesucristo.

            De este modo, la semilla de mostaza vendría a ser nuestro esfuerzo y nuestra voluntad de trabajar por el Reino, pero el proceso de crecimiento del tallo, de la espiga hasta convertirse en un frondoso arbusto donde se cobijan toda clase de pájaros (alegoría de lo humano) para poder anidar en él, depende enteramente de Dios y su gracia, solo así podemos anidar en Dios. Y aquí está la tercera idea: poner nido en el Reino. Esto es, asentar la existencia humana en la recta fe en Jesucristo; anidar en Dios es hacer de la caridad generosa, la bandera de nuestra vida; es perseverar con Cristo en las pruebas de la vida y esperar contra toda desesperación.


            Hermanos, ojalá que Dios nos conceda la gracia de implantar su reino, perseverar en su búsqueda y vivir para siempre en Él. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 22 de julio de 2017

UN REINO DE INDULGENCIA Y AMOR


HOMILÍA DEL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Este domingo del año A nos ofrece un mosaico de parábolas y textos que pretenden ser un intento pedagógico para comprender qué y cómo es Dios y el Reino de Dios.

La lectura del libro de la Sabiduría nos ofrece la imagen entrañable de un Dios providente y con entrañas de misericordia. Son pequeños versos que más que palabras demandan silencio y reflexión para ser comprendidos.

Ante todo, lo primero es reconocer la soberanía de Dios. Es el único Dios, no hay más. El resto son creaturas o, simplemente, pura idolatría. Y esta unicidad es lo que hace que pueda disponer de su perdón sin tener que rendir cuentas ni verse menoscabada su gloria y su poder. Es un Dios indulgente y por tanto quien mejor puede enseñarnos a ser misericordiosos.

Este texto de la Sabiduría nos enseña que “el justo debe ser humano”. Esto es, tener la capacidad de compadecerse con el dolor ajeno, con la situación del pecador pero nunca con el pecado. “Ser humano” supone ponerse al nivel del pecador, del que ha obrado torpemente sin mirarlo con desdén ni por encima del hombro. Solo quien experimenta la justicia de Dios puede gozar de la dulce esperanza que da el saber que el mal no es para siempre, sino que siempre hay lugar para el arrepentimiento. O como decimos en nuestro refranero tan castizo “en el pecado lleva la penitencia”. Este aforismo es más que iluminador para entender esta primera lectura.  En el pecado se da lugar al arrepentimiento porque Dios es bueno y clemente, como nos ha dicho el salmo.

Y este arrepentimiento es suscitado en nosotros por la acción del Espíritu Santo que, como nos ha dicho san Pablo, viene en nuestra debilidad. La acción del Paráclito nos dispone a volvernos constantemente a Dios, a pedir perdón, y sobre todo, a ser perdonados.


Pero seríamos ingenuos si pensáramos que esto es así de fácil. Nosotros, los bautizados vivimos en la progresiva instauración del Reino de Dios. Un Reino que, como dice el Señor, ya está entre nosotros pero que solo en la eternidad se hará una realidad completa y total. Por eso, una buena comparación es la de la parábola del grano de mostaza: la semilla más pequeña e insignificante pero que al crecer se convierte en un frondoso arbusto que cobija a toda clase pájaros. Del mismo modo, el Reino se va haciendo en la invisibilidad y la insignificancia del día  a día para quien sabe leer los signos de los tiempos pero un día llegará a su plenitud y todos los redimidos tendrán cabida en él.

Este poder de Dios se despliega en la historia humana, en lo ordinario de la existencia. La levadura hace un trabajo callado de dar volumen y forma a la pura masa. Hoy, en medio de la masa del mundo, los cristianos actúan como esa levadura. En sus ambientes, en sus trabajos, familias, etc, es donde les compete dar testimonio de su fe como un día hicieran aquellos pocos que creyeron en Jesús. Son los causantes de este sorprendente efecto de un pequeño grupo en toda la sociedad. El Reino de Dios no es una cosa dada, si no que depende de nuestro trabajo el que se lleve a cabo poco a poco hasta el fin.


Pero, ciertamente, no es un trabajo fácil ni se realiza en situaciones cómodas. La parábola del trigo y la cizaña nos da una gran enseñanza. En el mundo (gr.=kosmos) Dios ha sembrado la semilla del Reino para que fructifique pero “un enemigo” sembró la de la cizaña para impedir ese crecimiento. Esto explica por qué existe en mal en el mundo y por qué convive junto al bien y la bondad. Lo sencillo sería arrancarlo de raíz pero esto desdeciría de la universal providencia e indulgencia divina. Dios mantiene su tolerancia y paciencia hasta la siega final, es decir, hasta que todo se aclare y el bien venza por sí mismo frente a un mal que está abocado a devorarse a si mismo. Que es duro, cierto. Que es difícil de admitir, quién lo duda. Pero que es posible vivirlo en esperanza, qué duda cabe. Y aunque, a veces, pensemos que esto lo resolvemos nosotros; no podemos dudar de que el juicio final solo pertenece a Dios.

En conclusión, hermanos, hablar del Reino de Dios es, ante todo, decir que pertenecemos a un pueblo elegido y sacerdotal cuyo Señor es un Dios de misericordia y providente. Este Reino ha sido plantado en este mundo, como el grano de mostaza, para que poco a poco, como la levadura en la masa, vaya creciendo y creciendo hasta su eclosión final en que el trigo dará su fruto y la cizaña será arrancada y exterminada del campo del mundo.

Dios te bendiga