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sábado, 16 de febrero de 2019

¿Y TÚ?


HOMILÍA DEL VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dos alternativas se nos ofrecen hoy en el conjunto de las Escrituras: ser maldecidos por Dios o bendecidos; ser dichosos u objeto de lamentos, creer en Cristo resucitado o ser unos desgraciados. Así, a bocajarro, planteamos la cuestión hoy.

            El profeta Jeremías advierte a Israel que hay dos clases de hombres: los que confían en si mismos o en las leyes humanas sin ningún tipo de mirada trascendente. Esos hombres son malditos porque han prescindido de Dios. Porque han apartado su corazón del Señor. Sin embargo, frente a este tipo de hombres, encontramos a los benditos de Dios, a aquellos que han puesto su confianza en el Señor, que han echado sus raíces en las corrientes de agua de la gracia de Dios, aquellas a las que la cierva acudía presurosa a calmar su sed.

            Siguiendo esta misma línea, encontramos el discurso de Jesús en el Evangelio, las cuatro bienaventuranzas y los cuatros “ayes” o lamentaciones. Los pobres, los hambrientos, los desconsolados, los perseguidos por causa de la fe, son los verdaderos benditos y dichosos porque será grande su recompensa en los cielos. Y porque precisamente su situación es la que es porque no han cedido al chantaje que los poderes mundanos ofrecen. Los malditos por los cuales hay que lamentarse son, por el contrario, los que viven la vida sin tener en cuenta ni a Dios ni al prójimo.


            La clave de la confianza en Dios, por último, reside en las palabras de san Pablo: o creemos en que Cristo ha resucitado o somo los hombres más desgraciados. Por que en la medida en que tengamos fe en la resurrección del Señor y, por tanto, en la vida eterna nuestra confianza en Dios irá creciendo y fortaleciéndose. Cuando uno sabe que su Señor está mas allá de los criterios y leyes humanas, experimenta que su desconsuelo viene porque no se consuela con los bienes de este mundo, su hambre no la sacian las pompas y lisonjas que la sociedad ofrece, su pobreza reside en tener a Dios como única riqueza.

            Solo quien cree, verdaderamente, en que ese Cristo resucitado será su juez al final de los tiempos, se siente tan consolado y seguro que no tiene miedo a dar su vida por anunciarle, por dar testimonio de la Verdad. Por eso será bienaventurado, porque frente a la presión social, el desprecio ambiental y el hostigamiento, su corazón es libre para con Dios.

            Hermanos, hoy toca elegir: o benditos o malditos; o bienaventurados o lamentables; o creyentes o desgraciados. Dios ya ha tomado su parte por nosotros ¿y tú?

Dios te bendiga


sábado, 10 de febrero de 2018

QUIERO, QUEDA LIMPIO


HOMILIA DEL VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

Antes de la pausa que la Cuaresma impone a esta primera parte del Tiempo Ordinario, la liturgia de hoy nos ofrece unos textos bíblicos de extraordinaria riqueza.

El libro del Levítico nos presenta el marco de referencia para comprender el hecho narrado en el Evangelio. Aunque pueda parecer duro y extraño al querer de Dios, la medida que la ley judía tomaba respecto de los leprosos era, antes, más bien, de carácter higiénico que estrictamente religioso, aunque se confundan ya que lo uno era inseparable de lo otro, o mejor dicho, lo higiénico se justificaba con pretextos religiosos.

La lepra, enfermedad muy común en aquel tiempo, era considerada un signo de impureza por algún mal cometido, bien por el sujeto bien por algún antepasado. Al ser contagiosa se tenía prohibido acercarse o tener cualquier contacto con el leproso a riesgo de contraerla, también quedar impuro y, por tanto, ser expulsado de la población urbana. Esto explica el hecho de que Jesús tenga prohibido entrar, tras la curación del leproso, en la ciudad y tenga que quedarse en lugares solitarios.

Pero, al margen de los avatares históricos, lo que nos interesa a nosotros, cristianos del s. XXI es la intensidad y la fuerza espiritual que se despliega y rezuma en este breve pero profundo pasaje evangélico. En primer lugar encontramos al anónimo leproso que se acera a Jesús, es decir, que se topa con la Salvación en persona, que se acerca a Jesús porque sabe que: primeramente, no se va a sentir rechazado, en segundo lugar, que Jesús no va a sentir repugnancia hacia su situación, y en tercer lugar, porque sabe que Jesús es el único que puede hacer algo por él; de ahí su súplica “si quieres, puedes limpiarme”. O dicho de otra manera: “si es voluntad tuya, puedes hacerme de nuevo”. Si Dios quiere, puede hacer siempre cosas maravillosas por nosotros y en nosotros. El leproso apela a su voluntad divina, conmueve sus entrañas y, de alguna manera, hace cambiar y dirigir hacia él el parecer de Dios.


La reacción del Señor es inmediata, y el evangelista vuelve a presentarnos una secuencia verbal que resume y recoge la carga espiritual del momento: “Compadecido”, es el primer efecto de la súplica del creyente necesitado, hacer que Dios tenga piedad, conmover su corazón para que padezca como nosotros; “extendió la mano y lo tocó” en este binomio se resume toda la historia de la salvación: en Cristo que extiende su mano y toca el cuerpo llagado de la persona que lo invocaba es la mejor imagen de la voluntad divina de acercarse y sanar a la criatura caída, devolviéndole la vida y la salud; “quiero, queda limpio”. Esta frase nos remite al Génesis, en Dios querer es hacer, como acto único. Dios lo que quiere lo hace. Su voluntad es sanarnos y restituirnos a la gracia, despojarnos de toda impureza; volver a grabar en nosotros la imagen divina que llevamos.

Sin embargo, al contrario de los que muchos piensan, Jesús no es contrario a la ley judía y manda cumplir los preceptos de Moisés estipulados en caso de curación de la lepra. Pero con una condición: que no dijera a nadie nada del milagro. Aun así, el leproso, por la alegría y la emoción que llevaba por su sanación no pudo, por menos, que alabar y dar gracias a Jesús que era quien lo había realizado. Y es que cuando sentimos la mano amiga de Jesús que toca nuestra vida y sana nuestras dolencias (de cualquier tipo) no podemos hacer otra cosa más que querer contar a todos lo que Dios ha hecho en nosotros.

Sin embargo, a pesar del riesgo de contagio o de las prescripciones higiénico-religiosas, la fuerza de atracción del Señor era tan grande e irresistible que no dejaba la gente de llegar a donde se encontraba. Pues, ojalá, que tampoco nosotros dudemos nunca de acercarnos a Jesús, de ser humildes en la oración, como aquel leproso, para que Dios también quiera limpiarnos de nuestras inmundicias, para que Dios restaure en nosotros la gracia y su imagen divina. Así sea.

Dios te bendiga



sábado, 20 de enero de 2018

"CONVERSIÓN, FE Y SEGUIMIENTO"


HOMILIA DEL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Abrimos ya nuestra lectura continua del evangelio de san Marcos, que nos acompañará a lo largo de todo este ciclo B. Y las lecturas que, en conjunto, se nos ofrecen hoy en la liturgia de la Palabra, bien pueden resumirse en este mensaje: “Conversión, fe y seguimiento”.

El profeta Jonás es enviado a la terca y cosmopolita ciudad de Nínive a anunciar algo tan desagradable como es su irremediable aniquilamiento, a menos que ésta cambie su conducta y se vuelva al Señor. Ante la sorpresa del profeta, la ciudad decreta el ayuno y la penitencia y vuelca sus fuerzas en agradar y seguir al Dios fiel y verdadero que ha tenido piedad de ellos y se ha compadecido, salvando a la ciudad de su destrucción.

Los ninivitas vivían en la ignorancia hasta que, con su predicación, Jonás les enseña los caminos del Señor para que los anden con lealtad. Jonás les exhorta a la conversión porque les habla de un Dios bueno y recto, misericordioso y bondadoso capaz de desdecirse de su primer impulso iracundo y dar rienda libre a sus más profundas entrañas paternales.

Hoy, como entonces, Dios sigue enviando profetas para querer seguir salvando a las ciudades y a sus habitantes. Dios no se cansa, en pleno s. XXI, de realizar signos y prodigios, en la vida cotidiana, dando, así, pruebas de su amor y su misericordia por nosotros. ¿Acaso no es un signo la acción caritativa de la Iglesia hoy? ¿Acaso no es un signo de los tiempos la constante entrega de tantos hermanos a la vida religiosa contemplativa y activa? ¿Acaso no es un signo el compromiso de tantos cristianos en el apostolado y la evangelización de la Iglesia? ¿Acaso no es un signo la reacción pro-vida frente a la cultura de la muerte tan dominante hoy? ¿Acaso no es un signo de predilección el que Dios permita que los enfermos mueran acompañados por el consuelo espiritual de la Unción? ¿Acaso no es un signo la constante predicación de los buenos curas que invitan a la conversión y a amar a Dios? En definitiva, hermanos, hay muchos más signos que debemos aprender a descubrir y a leer en nuestra vida.


Ante la representación de este mundo que termina, irrumpe en la última etapa de la historia el Logos divino, el éscaton definitivo, que no es otro que el mismo Jesucristo, quien desde el principio de su ministerio público, no duda en llamar a la conversión y a creer en el Evangelio, tal como Jonás hiciera en la primera lectura, no será la última vez que Jesús se identifique  con este profeta como signo dado por Dios a los israelitas. Con esta exhortación, el evangelista pretende centrarnos en lo que va a ser el núcleo de todo el evangelio de Jesús.

Pero Jesús da un paso más allá que Jonás: no basta con la conversión y la fe sino que reclama el seguimiento y la adhesión a su persona. En este sentido, el evangelista nos presenta los dos grupos de hermanos que, dentro de los doce, van a constituir el sector de más confianza de Jesús. Jesús pasa por el lugar donde ellos están trabajando sin más expectativas en la vida que la de mantener el próspero negocio de la pesca ya que éste suponía un copioso grupo de bienes materiales a mantener y un importante capital humano que cuidar.

Sin embargo, Jesús no duda en lanzar su llamada e invitarles a seguirle: “Venid” es el imperativo que resuena en su corazón de forma tan apremiante que aquellos discípulos no pueden hacer otra cosa que ir con él, sin necesidad ni de preparación psicológica para ello, ni de discernimiento complicado para un seguimiento entusiasta, pues,…si es Jesús el que llama…¿qué hay que discernir o pensar o marear?.

Pero ciertamente esta elección divina no es fácil ni esta desprovista de amargura, pues supone abandonarlo todo (casa, familia, ideales, expectativas, etc) sabiendo que solo ponemos nuestra confianza y nuestra vida en la providencia que Jesús garantía con su palabra y su divinidad.

Así pues, conversión de la vieja y caduca vida de pecado, abrazo comprometido con la fe bautismal que puede ser fuerte, débil o recién recuperada; y seguimiento confiado en pos de Jesús, forman un todo espiritual que marcan el itinerario espiritual y sano del cristiano de ayer y de hoy. Volvámonos, pues, desde ya hacia el mismo Jesucristo y andemos el camino de la vida con Él.

Dios te bendiga

jueves, 18 de enero de 2018


EDITORIAL LITÚRGICO DE LA III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

Ver también:

https://www.facebook.com/francisco.torresruiz.9/videos/vb.100002579818423/1560885874007391/?type=2&theater&notif_t=video_processed&notif_id=1516299606013971

Con el próximo domingo, dia 21 de enero, entraremos en la III semana del Tiempo Ordinario.

Este domingo, al que podríamos denominar “Domingo de la predicación del Reino” reanudamos la lectura continua del evangelio de Marcos, domingo tras domingo hasta, aproximadamente el mes de agosto en que entre el domingo 17 y 21 la liturgia hace un requiebro y nos remite al capítulo 6 del evangelio de Juan para profundizar en el misterio del pan de vida, pan de la eucaristía. Ya veremos por qué.

Este domingo nos permite, además, la posibilidad de usar un formulario alternativo al del III domingo. Puesto que estamos dentro del octavario de oración por la unidad de los cristianos, podremos usar para misa el formulario (17) de las misas por diversas necesidades “Por la unidad de los cristianos”, respetando las lecturas del domingo y haciendo la colecta del III domingo del Tiempo Ordinario como oración conclusiva a las peticiones.

El resto de la semana viene cargada de celebraciones de los santos. Esto es importante, puesto que los santos son compañeros, guías y maestros en el camino de la fe de la Iglesia militante. ¿Por qué se suceden las fiestas de los santos en este tiempo? Porque al celebrarlos no lo hacemos por ellos mismos, sino por el misterio pascual de Jesucristo que se ha cumplido en ellos, de manera eximia. Así pues:

El lunes 22 la Iglesia celebra la memoria obligatoria de San Vicente, diacono y mártir. Vivió en España en el s. II-III, diacono del obispo san Valero de Zaragoza, sufrió el martirio bajo la persecución de Diocleciano en Valencia, tras ser ampliamente torturado.

El martes 23 la Iglesia de España celebra la memoria obligatoria de san Ildefonso de Toledo, obispo de aquella sede, insigne defensor del dogma de la Virginidad de María. A él le debemos que en España la santa Madre de Dios reciba el título principal de “la Virgen” y no el de “Nuestra Señora de” como ocurre en otros países.

El miércoles 24, y como si fuera providencia en este octavario, celebraremos la memoria obligatoria de san Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia. Como sacerdote destacó su labor apostólica y caritativa, a la par que apologeta, en una Ginebra copada por el calvinismo cuyo celo anticatólico era tan virulento como silenciado en la historia. Sin embargo, este santo hizo una gran labor allí y convirtió a gran número de personas a la verdadera fe, la católica. Fue nombrado obispo de allí. Su gran obra será Introducción a la vida devota, donde habla ya de la posibilidad de ser santo en cualquier orden de la vida.

El jueves 25 concluimos el octavario de oración por la unidad de los cristianos con la fiesta de la conversión de san Pablo, recogida en Hch 9, 1-22 o Hch 22, 3-16.

Y el viernes 26 la Iglesia nos presenta los frutos más granados de la predicación de san Pablo: celebraremos la memoria obligatoria de san Timoteo y san Tito, primeros obispos ordenados por el apóstol de los gentiles.

El sábado 27 hasta la hora de nona la Iglesia celebra el sábado de la III semana del tiempo ordinario por lo que se puede usar o bien el formulario del domingo III o bien alguna votiva de la Virgen María, bien sea de las que ofrece el misal romano, bien sea de la Colección de misas de la Bienaventurada Virgen María. Y con esto concluiremos la III semana litúrgica del Tiempo Ordinario

Terminemos con esta oración que concentra el mensaje principal de las lecturas de este domingo III:

Oh Dios de la llamada, de la promesa y del cumplimiento, que hoy vuelves a llamarnos a caminar a tu lado y para eso nos pides que abandonemos nuestra vieja vida y nos convirtamos a ti. Enséñanos, cada día, tu camino de vida ya que el momento es apremiante y la representación de este mundo se acaba. Danos tu gracia para abandonar las redes que nos enredan y los lazos que nos atan; y con el espíritu bien dispuesto y el ánimo confiado vayamos contigo donde nos envíes a proclamar y a predicar la llegada de tu Reino. Dios bueno y recto, tierno y misericordioso, mira nuestro arrepentimiento y conversión, y danos tu salvación. Amén.



Feliz domingo y buena semana

sábado, 11 de noviembre de 2017

BUSCAR Y DEJARSE ENCONTRAR


HOMILÍA DEL DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            Cuando el año litúrgico va llegando a su fin, las lecturas de hoy, de alguna manera, nos anticipan el Adviento puesto que si tuviéramos que glosar los textos bíblicos de este domingo en una idea sería esta: “buscar y dejarnos encontrar”.

            El libro de la Sabiduría nos presenta a ésta como un ser personal que tiene como ansias de entablar diálogo con todo aquel que quisiera acercarse a ella. Pero para este fin, lo primero que debemos querer es buscarla, pues “quienes la buscan la encuentran”.

Pasamos la vida buscando cosas: buscamos éxitos, buscamos promoción, buscamos agradar a la gente, buscamos, en definitiva, calmar nuestra ansia de felicidad y bienestar; y la ausencia de preocupaciones o inquietudes, sin darnos cuenta que la búsqueda de lo primero conlleva la generación de lo segundo. Pero somos humanos, seres carnales sujetos a las pasiones y veleidades de este mundo y muy pocas veces nos apercibimos de la futilidad e insustancialidad de esas pequeñas búsquedas cortoplacistas.

Las lecturas de hoy, en este sentido, vienen a ser un aviso, un toque de atención para volver a lo fundamental de la vida, a buscar la felicidad verdadera y permanente, a buscar los más altos ideales en la vida, en otras palabras, buscar a Dios. El cristiano está llamado a vivir en esta tensión constante: buscar a Dios, tener a Dios, estar con Dios, vivir con Dios. Es el camino de la santidad.

Con el salmo podemos decir que esta búsqueda del Dios vivo y verdadero crea en nosotros una sed irremediable de eternidad, que nuestra alma tiene sed de Dios y nuestra carne mortal, ansía de su eternidad como la tierra reseca, agostada y sin agua suspira por las lluvias.

Las vírgenes prudentes de la parábola lo tenían todo dispuesto y preparado para pertrecharse en esa búsqueda del esposo que suponía aguardar en vela hasta su regreso. Y, aunque a mitad de la noche pudieron sucumbir a la tentación y despiste del sueño, tenían sus lámparas bien cargadas de aceite. Una metáfora de la vida espiritual, pues aunque en nuestro camino hacia Dios podamos sucumbir a las tentaciones o podamos despistarnos por malos consejos y engaños diabólicos, si nuestra alma está bien esponjada del amor de Dios y de la gracia divina, podrá resistir y re-emprender el camino de vuelta.


Pero… ¡ay paradoja divina! ¡Desconcierto gracioso y bienhallado! Cuando creemos que la búsqueda de Dios es un propósito que nace de nuestra bien pensar y nuestro buen hacer, resulta que todo se basa en dejarse alcanzar por Dios, en dejarse encontrar por aquel que buscábamos. Cuando pensábamos que éramos nosotros quienes buscábamos a Dios, en verdad es Él quien salía a nuestro encuentro, pues no podemos olvidar, queridos hermanos, que todo inicio de la fe y de conversión es puro don de la gracia de Dios; que, al fin y al cabo, es la Sabiduría la que nos encuentra a nosotros.

Así pues, en este domingo ya próximo a acabar el año litúrgico, dispongámonos al encuentro con Dios dejándonos alcanzar por su gracia y amor. Vivamos siempre sin relajar la tensión de la búsqueda de Dios sabiendo confiadamente que él ya nos encontró primero. No seamos como las vírgenes necias que nunca buscaron ni velaron, es decir, hombres u mujeres in fe ni esperanza que piensan que Dios les ha olvidado o que están tan ocupados en sus cosas que no encuentran tiempos para buscar a Dios. Que no tenga el Señor que decir de nosotros: “No os conozco”. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 28 de octubre de 2017

AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO


HOMILÍA DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            Las lecturas de este domingo no admiten muchas explicaciones puesto que son bastantes elocuentes por si mismas. Le ley de Dios se fundamenta y sostiene en dos pilares: el amor a Dios y el amor al prójimo. Ambas cosas no son contradictorias sino que van de la mano hasta el punto de depender la una de la otra.

            La pregunta tramposa que le hacen los juristas judíos a Jesús es muy sencilla “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?” esto es, dónde está el núcleo y síntesis de todo lo dispuesto por Dios; dicho de otra manera ¿Qué es lo que más agrada a Dios y da sentido a toda la ley de su voluntad?

Aunque lejana en el tiempo, esta pregunta continúa formulándose de distinta manera en nuestro tiempo. No son pocas las veces qué oímos “Es más importante hacer buenas obras que rezar tanto”, “los que van a misa son los peores porque mucho golpe de pecho pero luego no ayudan a nadie”, o la frase bochornosa del liberal y agnóstico americano, Robert G. Ingersoll “las manos que ayudan son más nobles que los labios que rezan”. Olvidando, precisamente, que los labios que rezan pertenecen, la mayoría de las veces, a las manos que ayudan.


La respuesta de Jesús despeja toda duda que pueda surgir en este binomio Dios-prójimo. El amor a Dios no es otra cosa que la vivencia fiel de la Alianza con Él. El amor a Dios es un movimiento de la persona entera (corazón, alma y ser), de su voluntad de acción. En este empeño, el hombre ha de poner toda su vida y sus capacidades. Del amor a Dios es el fundamento de toda la ley y el manantial de donde fluyen el resto de preceptos, incluido el de Lv 19, 18 donde se indica el amor al prójimo.

Pero incluso el amor al prójimo, para los cristianos, es un mandamiento determinado por la cláusula “como a ti mismo”. ¿Cómo entender esto? Si hay gente que no se estima ni se quiere ¿cómo puede amar, así, a nadie? Debemos saber interpretar esta expresión. El “como a ti mismo” depende del amor a Dios ¿por qué? Porque cada uno de nosotros es, en sí mismo, imagen y semejanza de Dios; y esto es lo que debemos aprender a ver en los demás, de ahí que amar al prójimo como a uno mismo significa amar la imagen de Dios en el otro, el reflejo de mi yo en un tú que me interpela y me hace procurar y querer su bien. Esta es la base del humanismo cristiano: descubrir la presencia de Dios en el prójimo, por eso Jesús dice “el segundo es semejante al primero”, porque amar a Dios y amara al prójimo en cuanto imagen de Dios, es lo mismo. No hay distinción.


Esta identificación de la caridad, que como hemos pedido en la oración colecta, debe ir aumentando en nosotros,  es el nudo que unifica y sostiene toda la Torá, es decir, la ley judía y la nueva ley de los cristianos. Aquí radica el “quid” del avance moral del cristianismo. Luego, la lectura del libro del Éxodo será la que nos ayude a concretar ese amor a Dios y al prójimo; la búsqueda de la justicia y de la misericordia.

Así pues, queridos hermanos, no nos podemos conformar con las críticas frívolas ni los consejos edulcorantes de que solo basta con ser buenas personas. No. Lo nuestro no es altruismo ni filantropía sino Amor con mayúsculas. Un amor sin medida a Dios y sin límites al prójimo, amando en ellos lo que amamos en nosotros, esto es, nuestro ser imagen y semejanza de Dios, hijo de Dios por adopción. Así sea.
                                                           Dios te bendiga


sábado, 21 de octubre de 2017

DIOS O EL CESAR


HOMILIA DEL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Si nos tuviéramos que preguntar por nuestra identidad, responderíamos con dos palabras: cristianos y ciudadanos. Efectivamente, eso es lo que somos en líneas generales. Somos cristianos por fe y somos ciudadanos en cuanto vivimos en el mundo. Y ambas cosas no están separadas en nosotros sino que van unidas en la misma persona; lo que supone que una debe informar a la otra, o dicho de otra manera, somos cristianos ciudadanos: Iglesia en el mundo.

Las lecturas de este domingo, nos plantean una situación un tanto delicada para el pueblo de Israel, por un lado; y por otro, para el mismo Jesucristo. Tanto la primera lectura como el evangelio tienen en común que el pueblo de Israel está sometido a una potencia extranjera: Babilonia y Roma, respectivamente. En ambas dos debe desenvolver su vida y su trabajo. Pero también, en ambas dos, encontramos a un Mesías.


Ciro, extraordinario militar y político, según las crónicas, acomete la liberación del pueblo de Israel. Sus reformas en materia de “derechos humanos” queda consignada en un cilindro (documento antiguo), que se conserva en el British Museum y dice así “las personas serán libres en todas las regiones de mi imperio para moverse, adorar a sus dioses y emplearse, mientras no violen los derechos de otros. Prohíbo la esclavitud, y mis gobernadores y subordinados quedan obligados a prohibir la compraventa de hombres y mujeres”. Es curioso que Ciro, rey de Babilonia y por tanto pagano, será el único extranjero (goyim) que, en el AT reciba el título de “Ungido” (=heb. Mesias, gr. Cristo). Pues bien, este rey pagano gobierna a su pueblo con sabiduría y justicia, guiado por la mano de un Dios que no conoce y que hará posible su victoria en medio de Israel. A primera vista se podría pensar que el dios poderoso y verdadero fuera el dios Bel –Marduk, una divinidad a quien el nuevo rey debía coger de la mano en el día de su entronización. Pero no es así, el verdadero dios que conduce la mano de Ciro no es otro que el Dios de Israel, a quien no conoce pero que es Señor del mundo y de la historia.

En el tiempo de Jesús, la potencia extranjera que somete a Israel es Roma, quien había impuesto su cultura y economía a todo el imperio, incluido a los judíos. Estos eran muy reacios a someterse a la autoridad civil vigente y no querían pagar impuestos de ahí que quisieran comprobar la rectitud moral de Cristo. ¿Podían prescindir de su vinculación ciudadana a Roma? ¿Agradaría a Dios el pago de los impuestos? Tengamos en cuenta que en el mundo bíblico-semita no se comprende el poder político separado del religioso. Para todo ello, las autoridades fariseas y herodianas tenderán una trampa a Jesús con una pregunta tan simple como ambigua: ¿Es lícito pagar impuestos al César o no? La respuesta de Jesús es clara y, por tanto, no abundaremos en ella.


Al fin y al cabo,  que aplicación moral podemos extraer de estos pasajes bíblicos. En primer lugar, es una llamada a los cristianos a respetar el legítimo orden civil. Veamos lo que dice el Catecismo de la Iglesia sobre este tema: “El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política. La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país” (2239-2240).

En segundo lugar, hemos de tener en cuenta la correcta autonomía del Estado y de la Iglesia, lejos de la intromisión y fundadas en el mutuo respeto y el recíproco reconocimiento. Veamos que nos dice el Magisterio de la Iglesia respecto de esta cuestión: “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo. El hombre, en efecto, no se limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto de la historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna. La Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las naciones. Predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del ciudadano” (GS 76c).

En tercer lugar, los cristianos no tenemos motivos para estar aislados y separados del mundo puesto que, en los tiempos que estamos, donde Dios ha sido expulsado de todos los ambientes, los cristianos tenemos el grave deber de llevar su presencia amorosa en medio de la realidad profana donde cada uno desarrolla su vida. Eso es lo que hoy estamos llamados a darle: nuestra vida como compromiso de amor a Él. Volver a repetir como dijimos el domingo pasado: ¡Sin Dios no queremos nada! Debemos procurar una realidad imbuida del espíritu cristiano. Porque somos eso: cristianos ciudadanos de este mundo, donde peregrinamos y vivimos, sabiendo que nuestra verdadera patria es el cielo, donde, entonces sí: Dios lo será todo en todos y todo será de Dios. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 30 de septiembre de 2017

LA INTENCIÓN NO ES LO QUE CUENTA


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            ¿Cuántas veces escuchamos “la intención es lo que cuenta”? quizá por conformarnos con las migajas de la resignación, quizá por sobrevivir a la amargura de la propia limitación. Pero no. No siempre la intención es lo que cuenta. La vida no se vive de buenas intenciones por muy nobles que fueren. Esto es así porque la intención pertenece al ámbito de lo íntimo humano, es decir, a la subjetividad, lo que supone que el otro, el prójimo al que iba destinada la acción no tiene porqué conocer dicha intención. La pura buena intención a veces nos traiciona y no nos deja llevar a cabo los actos que nos proponemos: todo lo quedamos en intenciones pero a la hora de la verdad nunca se concreta nada. Así pues, será necesario vivir la simbiosis entre intención y actuación.

            Esta es la diatriba de fondo en que se desarrollan las lecturas de hoy. Se nos plantea un problema: Vivir la voluntad de Dios o dicho de otra manera, vivir la dimensión obediente de la fe cristiana.

            La voluntad de Dios es el designio amoroso y salvífico que Dios dispone para que nuestra vida camine por la vía del bien y la felicidad. La voluntad de Dios nos presenta un horizonte existencial que el hombre debe aprehender para desarrollar su vocación a la santidad. Esta voluntad divina se debe aceptar por la fe. Cuando lo hacemos, nuestra vida se llena de paz en medio de la guerra espiritual en que nos debatimos.

Pero las lecturas de hoy nos presentan dos actitudes a la hora de aceptar o no por la fe la voluntad de Dios:

1. La primera es la de aquellos que tienen buena intención y disposición para cumplirla pero todo se queda ahí, no se lleva a efecto. Es – en palabras del profeta Ezequiel – el justo que se aparta poco a poco del bien. El segundo hijo de la parábola de hoy: “iré” pero no fue. Es una actitud que deviene en maldad y pecado; porque esto es lo que supone el rechazo y la irrealización de la voluntad de Dios.

2. La segunda es la de aquellos que al principio se rebelan y no aceptan la voluntad de Dios porque les parece incomprensible, porque es difícil, por una mala experiencia que les hizo caer en el ateísmo, etc. pero que al final recapacitan y la acometen. Es – en palabras de Ezequiel – la actitud del pecador que se convierte y se salva. Según la parábola del Evangelio es la actitud del primer hijo. Esto es lo que llamamos conversión y obediencia de fe.
¿En cuál de estas dos te encuentras tú actualmente? ¿Cuál es la que más abunda en tu vida? ¿Cómo has llegado a ella?

¿Por qué es posible esta última actitud de obediencia de fe? nos lo recordaba el salmo: porque el Señor recuerda su misericordia eternamente. El sabe de nuestra debilidad y nuestra flaqueza, conoce los pecados de nuestra juventud, es decir, de la primera reacción de rechazo pero prefiere primar la bondad de la acción última del converso al que ha enseñado su camino.

¿Quién nos ha ofrecido el ejemplo más eximio de cumplir la voluntad de Dios? No es otro que el mismo Jesucristo quien siendo de condición divina se hizo hombre hasta morir en la cruz y por eso se le concedió el ser exaltado sobre todo. Del mismo modo quien se humilla para cumplir la voluntad de Dios se granjea la gloria eterna, es decir, ser ensalzado sobre todo. De ahí que san Pablo nos exhorte hoy a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Pues ánimo, hermanos, procuremos vivir nuestra vida santamente teniendo claro cuál es la meta de nuestra vida: buscar el hacer siempre y en todo la voluntad de Dios con buena disposición y sin intenciones “buenistas” que nunca se concluyen. Solo lo haremos ayudados por la gracia de Dios que potencia y conforta nuestra débil voluntad. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 26 de agosto de 2017

UNA PREGUNTA, UN NOMBRE, UNA PROMESA...


HOMILIA DEL XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

En el día de hoy las lecturas de la liturgia nos ofrecen tres claves para una serena reflexión acerca de estos textos: una pregunta, un nombre y una promesa.

Una pregunta: “¿Quién soy yo?. Jesús, como hace 2000 años, nos lanza hoy esta misma pregunta. Es importante conocer la identidad de nuestro Dios para poder amarle y seguirle. No basta con las apreciaciones de otros, ni con los discursos ateos que dibujan a Cristo como un revolucionario o un instructor moral de la humanidad. No. La respuesta a esta pregunta solo tiene una respuesta: Tú eres Cristo, el Señor, el Hijo de Dios.


Son muy explícitas estas palabras del beato Pablo VI “Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad […]Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico” (Homilía del 29 de noviembre de 1970).

Un nombre: “Tú eres Pedro. Como a Eliaquín, el primero de los apóstoles es revestido de autoridad sobre la casa de Dios. Esta autoridad no le viene por sus cualidades personales, sino por ser el primero quien de manera enérgica confiesa plenamente la fe en el misterio de Cristo. Al reconocer la identidad verdadera de Cristo, Éste le otorga una nueva identidad: ahora Pedro será hasta el final de los tiempos quien guiará a los que nacen no de carne y de la sangre sino de la fe en Cristo por el Bautismo. El ministerio petrino, fundado por voluntad del mismo Jesucristo, se ha ido sucediendo a lo largo de dos milenios hasta el día de hoy dirigiendo la nave de la Iglesia hacia la Patria celestial.


Pero no podemos pensar que este oficio lo realiza el Papa de cualquier manera ni que cualquier cosa que diga se considera magisterio. No. El Papa ejerce su ministerio como cabeza de un cuerpo, de un colegio episcopal. Y siempre en clara sintonía con la Tradición de la Iglesia y el Evangelio de Cristo. El Papado no es un privilegio sino un servicio a la Iglesia, y así hemos de entenderlo. De este modo, nuestra fidelidad y afecto al romano pontífice será acertada y sin radicalismos.

Una promesa: “No la derrotarán. La comunidad de fieles dirigida por Pedro bajo las inspiraciones del Espíritu Santo, y que llamamos Iglesia, es la destinataria de esta promesa. Desde su fundación por Cristo no ha estado exenta de ataques por parte de todos los que han visto en ella un enemigo peligroso para sus intereses. Desde los judíos, los romanos y los árabes hasta el yihadismo actual, pasando por los herejes, nacismo y comunismo, la Iglesia ha sobrevivido a todas las afrentas y embestidas. Pero hoy el ataque del demonio no es externo a ella, sino interno.


Hoy, los peores enemigos de la Iglesia están dentro, como predijo el beato Pablo VI “A través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios” (Homilía del 29 de Junio del 1972). Estos enemigos son la defección de muchos miembros de la Iglesia para vivir coherentemente con la Verdad que han conocido; los nuevos herejes que pretenden presentar como moderno las falsedades que en tiempo pretéritos hicieron daño a la Iglesia; el “carrerismo” de algunos que no tienen miramiento en sus métodos para conseguir puestos en la Iglesia; los grupos de base que fomentan la discordia contra lo que llaman “Iglesia institucional”, etc.

Así pues, Cristo, Pedro e Iglesia son algo más que tres palabras. En realidad, son tres claves para vivir en católico. Tres elementos de un mismo horizonte de salvación fundamentales para la supervivencia de la fe en estos momentos tan complicados en que nos ha tocado vivir. Solo podemos confesar la verdadera fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios vivo en el seno de la Santa Iglesia, quien guiada por Pedro y sus sucesores, tiene el grave deber de conducir a todos los pueblos, razas y naciones a un único destino de salvación eterna. Amén.

Dios te bendiga

sábado, 19 de agosto de 2017

SUBIR AL MONTE DE LA SALVACION


HOMILIA DEL XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            Con harta frecuencia, el egoísmo aparece en nuestra vida. El egoísmo es una fuerza que no nos deja salir de nosotros mismos; que nos impide ver que fuera de nosotros hay más personas que viven, que nos interpelan, etc. El egoísmo nos llena de soberbia, nos llena de nosotros mismos y hace imposible cualquier tipo de apertura a nada que provenga del exterior. Así es, en síntesis, el egoísmo en la vida puramente humana.

            También ocurre algo parecido en la vida espiritual. Puede ocurrir que nos sintamos tan privilegiados por tener fe y tan seguros de contar con el amor de Dios que, llevados a una mala comprensión, podemos acabar mirando por encima del hombro a los que no son capaces de creer como nosotros. Es una tentación constante el pensar que porque practiquemos constantemente la religión, somos mejor que otros. El egoísmo espiritual también se manifiesta en querer acaparar los bienes espirituales de tal modo que no nos percatamos de que Dios es también para otros.

Frente a estas pretensiones de quedar a Dios reducido a nuestro provecho personal. Las lecturas de hoy nos hablan de un Dios que rompe toda clase barreras geográficas y espirituales. Dios llama a todos los hombres a la mesa de la comunión que ha preparado en su monte santo, es decir, en su presencia. La profecía de Isaías es una llamada a la universalidad de la salvación. Dios convoca a todos los pueblos de la tierra a vivir con Él. El evangelio es para todos, como pondrá de manifiesta, la intervención impertinente de la mujer cananea. Bendita impertinencia que movió a misericordia al corazón de Cristo.


Pero estas lecturas no se quedan en meras ideas piadosas y en deseos santos, sino que se concretan en la vida ordinaria de los cristianos y de la Iglesia. Estas lecturas nos llaman a la misión para hacer realidad lo que Dios quiere en estos pasajes. Los cristianos debemos romper el egoísmo espiritual y la timidez para anunciar con valentía y sin complejos que la salvación solo está en Jesucristo y en nadie más ni en nada más. Aún resuenan aquellas palabras del beato Pablo VI: “los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza —lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio—, o por ideas falsas omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto” (Evangelii Nuntiandi, 80).

Los cristianos tenemos el deben de proponer a todos la Verdad que hemos conocido en Cristo. Pero más aún tenemos la grave obligación de vivir esa misma Verdad pues la gente creerá en Dios en la medida en que nos vean cómo vivimos, cómo amamos y cómo nos realizamos en la vida. De nuestras palabras y de nuestras obras depende que Dios sea conocido, amado y seguido en este mundo. ¿Estás dispuesto? Pues adelante porque la recompensa es la gloria eterna de los santos. Amén.   

sábado, 12 de agosto de 2017

¿ESTAS AHÍ, DIOS?


HOMILIA DEL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

¿Cuantas veces en la vida parece que Dios no está? ¿Con cuánta frecuencia invocamos el nombre del Señor esperando que nos responda? Incluso pretendemos decirle a Dios cómo tiene que manifestarse, cómo tiene que actuar, cómo tiene que resolver el problema.

Otras tantas veces buscamos manifestaciones prodigiosas de Dios. Hay gente que anda buscando de aquí para allá apariciones, milagros, mensajes y revelaciones rozando lo paranormal y lo escabroso. Pareciera que nos les basta la revelación normal de Dios plasmada en la Escritura y la Tradición de la Iglesia.

Frente a estas malformaciones en la comprensión del actuar divino las lecturas de este domingo nos dan las claves para saber ver a Dios en lo ordinario de la vida, para saborear su actuar en nosotros sin estridencias ni escrúpulos.



La experiencia del profeta Elías es la de aquellos que aguardan la presencia de Dios en sus vidas. Ni el huracán ni el terremoto ni en el fuego, que son símbolos de las manifestaciones prodigiosas y espectaculares, estaba Dios. Todo esto nos habla de la belleza de lo ordinario, de la santidad de la rutina. Es el Dios que actúa día a día, con un hacer casi imperceptible como el de la brisa suave.

En una de sus cartas, la Madre Teresa de Calcuta cuenta como mientras que aquellos que le rodeaban podían percibir la obra que Dios iba realizando en torno a ella, a ella Dios no le dejaba verla. Esta experiencia también podemos padecerla nosotros: cuántas veces oramos sin sentir nada, sin experimentar la conversión mientras que otros si perciben las gracias divinas que Dios nos regala. Así actúa Dios: en lo escondido y en lo ordinario, para que tengamos una vida cristiana normal y sana, centrada en lo esencial y adornada de la paz que da el saber que Él nunca nos abandona.



Pero todo lo anterior no puede ser conocido por nosotros a través de la desnuda razón y la pura inteligencia sino que se necesita una fuerza sobrenatural que potencie  y de vigor a nuestro conocimiento esto es: la fe.

La fe está en el centro del pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Ante las aguas agitadas del mar, los discípulos se llenan de miedo y desconfianza. No tienen seguridad, pueden naufragar, pero saben que Jesús está por allí. Para buscar a Dios es necesaria la fe.

La ausencia de Dios en la vida de las personas va siempre acompañada de los siguientes rasgos: pereza por las cosas de Dios, intranquilidad e inestabilidad en la vida, desconcierto espiritual, agobio por los problemas, que tienden a magnificarse, etc. en estas circunstancias es donde la fe se hace más necesaria aún. Pero no una fe cualquiera, sino la fe que busca a Cristo como persona creíble. Es una fe cristocéntrica. La apelación de Jesús resuena con más fuerza en estas situaciones: “Ánimo, soy yo, no temáis”.

Cristo nos llama, nos dice “Ven”, a confiar cada vez más en Él. A no dudar de su palabra y de su obra en nosotros “¿Por qué has dudado?” ¿Por qué dudamos? ¿Por qué nos cuesta tanto abandonarnos en sus manos? Pues porque, en definitiva, somos como san Pedro, hombres y mujeres de poca fe. Y eso Dios lo sabe y por eso está, continuamente, dándonos pruebas de su amor para alentar nuestra vida y guiarnos a la verdad plena.

Solo cuando uno se ha encontrado con Cristo y mediante la fe es capaz de ver la acción de Dios en su vida: actuando silenciosa y calladamente pero con gran eficacia; entonces podremos concluir al final de nuestra existencia confesando la única, verdadera y santa fe, al decir “Realmente eres Hijo de Dios”. Así sea.

Dios te bendiga