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sábado, 15 de diciembre de 2018

¿ENTONCES QUÉ HACEMOS?


HOMILÍA DEL III DOMINGO DE ADVIENTO “GAUDETE”


Queridos hermanos, en el Señor:

«Gaudete in Domino, iterum dico, gaudete» (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). Así comienza la misa de este Domingo, recibiendo, por este motivo, el nombre de “Domingo de gaudete”. Espiritualmente no es un domingo más en el Adviento, sino que está cargado de significado en la peregrinación del Adviento que recorremos mientras esperamos la venida del Señor.

Este tono espiritual nos lo han marcado de modo cristalino las diversas lecturas: el profeta Sofonías nos exhortaba con profusión y gran empeño a renovar el ánimo, a alegrar el alma, a regocijarnos y gritar jubilosos con todo el corazón. San Pablo nos invitaba no solo a estar alegres sino a que esa alegría fuera la medida de la fe cristiana y que fuera conocida por todos.

Pero… ¿por qué? ¿por qué este empeño? Por una sola razón, por una razón que están grande como única y singular en la historia: Porque Dios está en medio de nosotros, porque al mandarnos a su Hijo Jesucristo, ha cancelado la condena del pecado dándonos, de nuevo, la oportunidad de la conversión. En este Domingo, y esta es la gran razón, volvemos a saber que Dios se goza, se complace, ama y se alegra con su pueblo, con su Iglesia, que aunque pecadora y negligente, lucha en este mundo por ser fiel a su esencia más prístina: ser santa y transparentar la santidad de su Señor y fundador, Cristo.


Este es, queridos hermanos, el motivo de nuestra alegría: sabernos cerca de Dios y saber cerca a Dios. Esta es la razón por la que podemos gritar jubilosos que es grande ese Dios que esta en medio de su pueblo. Los cristianos, queridos hermanos, no podemos ser portadores de una fe triste, al contrario, nosotros somos hombres y mujeres que por ser cristianos, llevamos dentro una alegría inmensa que nadie nos podrá quitar jamás. Y esa alegría de llevar la fe de Cristo es la que tenemos que contagiar y dar a conocer. Y aquí es donde viene a nuestra realidad aquella pregunta del Evangelio «Entonces ¿qué hacemos nosotros?»

¿Qué hacer con esta alegría? ¿Qué hacer con este depósito de fe que alberga nuestra alma? Juan el Bautista invitaba a aquellos publicanos y a los militares a ser honrados, a ejercer su profesión de manera justa y sin “supremacismos” de ningún tipo. Podemos decir, pues, que el cristiano contagia su alegría en la medida en que vive sus quehaceres diarios desde Dios y con gran conciencia recta de que son un lugar de santificación y de encuentro con Dios. Si hoy sabemos que Dios está en medio de nosotros, en medio de su pueblo, acaso, con más razón ¿no estará en los afanes diarios? Ahí es donde Dios nos espera y nos sale al paso. Esos son los lugares donde mostrar y vivir la alegría de la fe: en la familia, en los estudios, en el trabajo, en el paro, en el noviazgo, en el matrimonio, en la soltería, en el celibato, en la vida religiosa, en la jubilación, en la enfermedad y en la salud, en todo lo que vivimos, sentimos y experimentamos podemos hallar el gozo profundo del encuentro de Dios que vive en medio de nosotros.

Así pues, hermanos, preparemos con gozo y esperanza este próximo encuentro con el Señor para que por nuestras obras y palabras contagiemos la alegría cristiana a este mundo triste y descreído que tanto necesita de la gracia de Dios. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 15 de diciembre de 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO





Antífona de entrada

«Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. El Señor está cerca». Tomada de la carta del apóstol san Pablo a los filipenses, capítulo 4, versículos del 4 al 5. Este domingo es muy especial en el año litúrgico. Como veremos al final del artículo, recibe su nombre de la primera palabra que aparece en la antífona de entrada “Gaudete”. Además, para expresar la alegría por las próximas fiestas de Pascua de Navidad y atenuar la penitencia del tiempo de Adviento la Iglesia usa ornamentos de color rosa. Ya la antífona de entrada nos indica el tono espiritual de la celebración de hoy: desde el comienzo de la santa misa se nos invita a la alegría espiritual porque el Señor está pronto a venir en las fiestas de Navidad.

Oración colecta

«Oh Dios, que contemplas cómo tu pueblo espera con fidelidad la fiesta del nacimiento del Señor, concédenos llegar a la alegría de tan gran acontecimiento de salvación y celebrarlo siempre con solemnidad y júbilo desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada de la compilación veronense (s.V) que la recoge del famoso rótulo de Rávena. Se trataría de un documento del s. V atribuido a la influencia del obispo san Pedro Crisólogo, quien presidió aquella sede en torno al 432-450. En él se hallan 40 oraciones colectas para el tiempo de Adviento aunque no conocemos, realmente, el uso que tenían. La única copia que tenemos de este documento es del s. VII. En sus oraciones se ve la influencia de los concilios de Éfeso (431) y de Calcedonia (451). Las oraciones de este documento han sido incorporadas al misal actual para las misas del 17 al 23 de diciembre y versan sobre el rol de María en la Encarnación.

            La oración está redactada con términos líricos y ampulosos impropios del rito romano, que se caracteriza por la brevedad y la concisión. Es Dios quien, como si a un balcón se asomara, mira con atención la algarabía y agitación del pueblo cristiano que se prepara ya para el inminente nacimiento del Señor. La “alegría”, tono espiritual de la misa de hoy, es el tema central de la colecta. Pues no es cualquier cosa la que celebramos sino el único acontecimiento que cambió el rumbo de la historia humana.

Oración sobre las ofrendas

«Haz, Señor, que te ofrezcamos siempre este sacrificio como expresión de nuestra propia entrega, para que se realice el santo sacramento que tú instituiste y se lleve a cabo en nosotros eficazmente la obra de tu salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor». Presente en todos los sacramentarios romanos antiguos, y conservada en el misal romano de 1570. Esta oración tan querida y conservada a lo largo de los siglos resume perfectamente las dimensiones del sacrificio eucarístico: a) Es expresión de la entrega personal de cada uno de nosotros, en virtud de nuestro sacerdocio bautismal; b) fue mandado e instituido por el mismo Cristo en la última cena, donde anticipa proféticamente lo que se hará realidad en el ara de la Cruz; c) es un sacrificio ofrecido para expiar los pecados y por tanto para obrar la salvación del género humano. De este modo, Cristo ha querido perpetuar su presencia y obra a lo  largo de los siglos hasta que vuelva glorioso desde el cielo para juzgar a los vivos y a los muertos.


ESTE DOMINGO SE USA EL PREFACIO II O IV DE ADVIENTO

Antífona de comunión

«Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. He aquí nuestro Dios que viene y nos salvará». Formada con el capítulo 35, versículo 4 del libro del profeta Isaías. Esta antífona viene a ser continuación de la anterior: los “cobardes de corazón” son los primeros destinatarios de alegría espiritual del Adviento, esa misma alegría será la fuerza y valentía para recibir a Cristo bien sea en esta Navidad o bien sea en este momento en concreto de la celebración cuando la Eucaristía nos anticipa el esperado encuentro.

Oración para después de la comunión

«Imploramos tu misericordia, Señor, para que este divino alimento que hemos recibido nos purifique del pecado y nos prepare a las fiestas que se acercan. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aparece en el sacramentario gelasiano de Angoulenme (s. IX), el sacramentario gregoriano del papa Adriano (s. X) y mantenida en el misal romano de 1570. La Eucaristía, sacramento de la presencia única y cercana y misericordiosa de Cristo, es el mejor medio que los cristianos tenemos para mejor preparar la venida del Señor, solo el pensar la cercanía de estas fiestas, ya llena nuestro corazón de alegría y regocijo.

Visión de conjunto


Nos situamos en el domingo llamado de “Gaudete”, el domingo de la alegría, del gozo. Es llamado así porque comienza con la cita de San Pablo “Gaudete in Domino, iterum dico, gaudete in Domino (= alegraos en el Señor, os lo repito, alegraos en el Señor)” (Flp 4, 4). A mi modo de ver, la alegría es un tema del que poco se habla en nuestra Iglesia. Solemos hablar de esperanza, de fe, de penitencia… pero de la alegría como estado propio del cristiano se habla poco. Quisiera yo en este blog (en algunos venideros), hacer unas consideraciones breves y sencillas acerca de la alegría cristiana. Para ello me valdré de un documento poco conocido, se trata de la Exhortación Apostólica Gaudete in Domino del Papa Pablo VI en el año jubilar de 1975.


Esta exhortación fue promulgada el domingo de Pentecostés de aquel año. El Papa pretende en este documento poner de nuevo sobre la mesa el estado, no emocional, sino espiritual del cristiano. Porque la alegría del hijo de Dios no puede reducirse ni interpretarse como un mero estado emocional, pues las emociones van y vienen; sino como un estado espiritual según el cual el hombre «conoce la alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en posesión de Dios, conocido y amado como bien supremo e inmutable» (GID 6). Así pues, nuestro espíritu aspira a los bienes mayores y que le son conocido, esto es, Dios. Dios es el único que puede colmar nuestros anhelos e ilusiones, esperanzas y expectativas. San Agustín supo condensar esta experiencia en la siguiente frase “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti”. En nuestro interior llevamos la marca de Dios, la tendencia hacia lo infinito, la sed de algo más grande que nos supera y esa sed debe ser colmada, esa tendencia debe ser culminada. Son muchas las experiencias históricas, antropológicas que apuntan a este sentido de lo trascendente innato en el hombre. El adviento vuelve a recordarnos que esta ansia de eternidad ya se ha visto colmada por la venida de Dios en la carne de un niño, nuestro Salvador.

Hoy en día, son muchas las cosas que presumen de dar felicidad y alegría al hombre moderno. Dice el Papa: «El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo – continúa el Papa-, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar. ¿Será que nos sentimos impotentes para dominar el progreso industrial y planificar la sociedad de una manera humana? ¿Será que el porvenir aparece demasiado incierto y la vida humana demasiado amenazada? ¿O no se trata más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal definido?» (GID 8).

Tenemos mucho de todo para hacernos la vida más fácil, pero carecemos de lo fundamental para hacer esta vida más llevadera: la generosidad, la paz, la fe, los valores espirituales que han forjado la amistad y la convivencia de nuestras calles y plazas durante siglos. Seguramente, muchos de nosotros habremos añorado con cierto halo de melancolía, la vecindad de épocas pasadas, la inocencia de los niños de nuestras generaciones, que no teníamos tanto y éramos felices. ¿Veis? Hoy vivimos en una abrumadora sequia de valores espirituales que está diluyendo la humanidad, el humanismo, para poco a poco ir formando un modelo de persona que viva solo para sí, sin tener en cuenta a nada ni a nadie, por eso, dice el Papa “¿O no se trata más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal definido?”.

Pero ante todo esto, debemos aprender a descubrir y valorar las múltiples alegrías que Dios pone en nuestra vida, Pablo VI enumera: «la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales» (GID 12). Estas pequeñas dosis de alegría que se entrecruzan en nuestro camino de la vida son las que debemos ir aprendiendo a valorar, porque son las que hacen que la vida merezca la pena, son las que nos ayudan a entender el mucho amor que Dios nos tiene, nos tuvo y nos promete cada día. Así pues, podemos resumir la alegría cristiana como «participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado» (GID 16).

Aterricemos un poco más… ¿Qué es eso que llena de alegría el corazón del cristiano? ¿En que se concreta la alegría espiritual? El cristiano es ante todo un oyente, pero no un oyente de una palabra cualquiera, sino un oyente de una palabra concreta, de una palabra que llena de sentido toda su vida, que responde a todas sus preguntas: Jesucristo, palabra última y definitiva de Dios Padre. Esa palabra pronunciada sobre nosotros, debe llenar nuestro corazón de regocijo y tal debe ser esa fiesta espiritual en nosotros que no podemos ser los mismos que éramos antes de haberla oído.


Nos dice el evangelista Lucas que los pastores, ante el anuncio de los ángeles en la noche de Navidad, se ven embargados de emoción, de gozo, de alegría, y dejan el rebaño, lo que tienen, y acuden a ver aquello que les habían anunciado. Ya no eran los mismos que habían salido a pastorear. Y qué verían en aquel humilde portal de Belén que lo único que podían hacer era anunciar a todos que el Mesías había llegado al mundo. Oyen, experimentan y anuncian. Esa es la dinámica de la nueva evangelización de la que tanto se habla hoy.

Al ser evangelizados nuestro espíritu y nuestro corazón se sienten identificados con lo que se les ha dicho. Dios va actuando en nuestro corazón. El anuncio de Jesucristo vivo y presente en nuestra vida y en nuestra historia produce en nosotros frutos de alegría. Nos sentimos interpelados por la vida divina y aspiramos no a las cosas de este mundo, sino a las cosas del cielo, como lo expresa Pablo VI «Esta alegría de estar dentro del amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es la alegría del Reino de Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y dar una preferencia a las cosas del Reino» (GID 26). La serena alegría de haber sido llamados por Dios a incorporarnos a su vida, la alegría de haber sido invocado sobre nosotros el nombre de Dios trino en el bautismo nos hace salir de nosotros mismos y salir al encuentro de Dios que nos espera y que vive en nosotros.

Los pastores tras ir y ver al niño, a José y a su madre, volvieron contándolo por todas partes  dando gloria a Dios por lo que habían visto. Esto es la alegría de anunciar a otros el gran acontecimiento de nuestra vida, el haber sido alcanzados por la voz de Dios y su acción misericordiosa en nosotros. Quien ha descubierto la acción de Dios en su vida no puede hacer otra cosa más que evangelizar y ¿qué es evangelizar? Contagiar a otros la alegría de saberse amado y alcanzado por Dios, contar a otros la experiencia del amor de Dios que por la encarnación y la pasión de nuestro Señor Jesucristo transforma nuestra vida y nos hace salir de nuestras tinieblas, miedos y debilidades, para ir a la luz de la paz, la vida eterna, la alegría.


Pero nos encontramos en este punto con lo que Pablo VI llama las paradojas de la vida cristiana, atención a sus palabras: «la paradoja de la condición cristiana que esclarece singularmente la de la condición humana: ni las pruebas, ni los sufrimientos quedan eliminados de este mundo, sino que adquieren un nuevo sentido, ante la certeza de compartir la redención llevada a cabo por el Señor y de participar en su gloria» (GID 28). La clave de este texto es la siguiente: ¿cómo conjugar la alegría cristiana con la experiencia del mal y el sufrimiento en nuestra vida? El Papa es muy claro: no se trata de eliminar el mal sino de darle un sentido nuevo. 

En efecto, Cristo nos redimió por medio del sufrimiento en la cruz, del mismo modo los cristianos, si queremos imitar a nuestro maestro, sólo contribuiremos a la salvación del mundo uniendo nuestro sufrimiento, nuestras limitaciones, enfermedades, y todo lo malo que podamos experimentar a la cruz y la acción de Cristo. No conozco otro modo de configuración cristiana con Cristo que pasando con Él la prueba de la cruz. De este modo se conjuga la alegría cristiana con la experiencia del dolor. Podríamos afirmar con San Ignacio de Antioquía: “Con gran alegría os escribo, deseando morir. Mis deseos terrestres han sido crucificados y ya no existe en mí una llama para amar la materia, sino que hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: "Ven hacia el Padre»”.

Ante las dificultades y persecuciones, incomprensiones y difamaciones de las que somos o podemos ser objeto los católicos, la Iglesia,… me gustaría que resonara en vuestros corazones las palabras del Papa San León Magno citadas por Pablo VI en la exhortación apostólica que comentamos. Dice así: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos y ninguna clase de crueldad puede destruir una religión fundada sobre el misterio de la Cruz de Cristo. La Iglesia no es empequeñecida sino engrandecida por las persecuciones; y los campos del Señor se revisten sin cesar con más ricas mieses cuando los granos, caídos uno a uno, brotan de nuevo multiplicados» (GID 36).

Que Dios os inunde el corazón de santa alegría. Que esa alegría sea por haber escuchado el anuncio de la salvación. Que ese anuncio os lleve a la misión de la evangelización en la Iglesia con alegría. Acabo con las palabras con las que comencé citando a San Pablo “Gaudete in Domino, iterum dico, gaudete in Domino: estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. 

Dios os bendiga

viernes, 7 de julio de 2017

LITURGIA DEL DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO




Antífona de entrada

«Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo; como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra. Tu diestra está llena de justicia». Tomada del salmo 47, versículos del 10 al 11. El templo es el lugar donde habita Dios por excelencia. Es, por tanto, el lugar idóneo para meditar el misterio de Dios; es el lugar donde habita la misericordia. Pero también, el templo es el lugar de irradiación del poder de Dios; un poder expresado en una sonora alabanza que alcanza a todo el mundo. Todo esto nos lleva a valorar la asamblea dominical como el lugar teológico donde Dios se manifiesta en todo su esplendor sin dejar a nada ni a nadie indiferente. Entremos, pues, en la presencia de Dios; alabemos su nombre; busquemos su misericordia y dejémonos tocar por su mano de justicia.

Oración colecta

«Oh Dios, que en la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles una santa alegría, para que disfruten del gozo eterno los que liberaste de la esclavitud del pecado. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Estamos ante una oración estructurada por un procedimiento de contraposiciones: “humillación/levantar”, “libertad/esclavitud”. Frente a un Dios humillado encontramos a una humanidad levantada. Frente a una humanidad esclava encontramos a un Dios libertador. Si nos fijamos bien, la contraposición no se basa tanto en adjetivos propios sino en causa-consecuencia y situación-solución.

Causa: Humillación del Hijo
Consecuencia: La humanidad caída es levantada
Situación: Hombre esclavo del pecado
Solución: Dios es el liberador



            Por otra parte, es un texto centrado en el misterio pascual de Cristo y sus efectos inmediatos en el hombre.  Ante todo lo experimentado en la redención el hombre no puede por menos sino despertar en su corazón hondos sentimientos de alegría. 

Oración sobre las ofrendas

«Que la oblación consagrada a tu nombre nos purifique, Señor, y nos lleve, de día en día, a participar en la vida del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del Gelasiano antiguo (s. VIII) y presente en el misal romano de 1570. El sustrato bíblico de esta oración lo hallamos en Malaquías 1,11: “Pues de Oriente a Occidente mi nombre es grande entre las naciones, y en todo lugar se quema incienso en mi honor y se ofrece a mi nombre una ofrenda pura, pues mi nombre es grande entre las naciones, dice el Señor del universo”. La consecuencia de esta ofrenda será la salvación, esto es, vivir con Dios.

Antífonas de comunión

«Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él». Tomada del salmo 33, versículo 9. Antífona propia para la administración de la sagrada comunión en el rito hispano-mozárabe. Estos dos verbos expresan las dos formas de comulgar: la comunión visual (ved) que se realiza cuando el sacerdote alza las especies consagradas. Es un modo de comunión espiritual. La segunda forma es la comunión sacramental (gustad) donde se nos invita a saborear la dulzura de recibir en nosotros, por medio de la boca, al mismo Señor. En ambos modos de comunión, que se dan en la celebración, encontramos la dicha del cristiano.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor». Tomada del evangelio según san Mateo, capítulo 11 versículo 28. Esta antífona alternativa es una invitación a caminar al encuentro del Señor; a levantarnos del banco y encaminar nuestros pasos hacia donde el Señor espera para dársenos en comunión. Pero no solo cabe una interpretación literal, realista de estas palabras; la invitación de Cristo, que es el que nos llama, supone una actitud espiritual, un movimiento del alma que sale de sí misma para ir al encuentro de la divinidad. Así pues, al meditar estas palabras evangélicas, hemos de sentirnos invitados a acudir, como sea, a la unión sacramental con Jesucristo, bien sea por comunión visual, bien por el gusto pero, sobre todo, a salir de nosotros y movernos hacia Él. 

Oración de pos comunión

«Colmados de tan grandes bienes, concédenos, Señor, alcanzar los dones de la salvación y no cesar nunca en tu alabanza. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V), presente en el gelasiano antiguo (s. VIII) y en el misal romano de 1570. Si la misa de este domingo comenzaba proclamando la alabanza divina universal, este último texto reclama el carácter incesante de la misma. La garantía de esta infinitud nos la da el sacrificio de la misa pues hasta que llegue el Señor en su gloria nunca se dejará de celebrar.

Visión de conjunto

Muchas veces se acusa a la religión cristiana de ser una confesión eminentemente triste; que acentúa el dolor, lo trágico, en definitiva, lo que más repele al espíritu humano. Quizá en esta crítica haya parte de razón pero no toda. En los textos de hoy vemos que el tono espiritual de un cristiano ha de ser, ante todo, alegre. El cristianismo es la religión de la alegría. En la Escritura podemos ver como al inicio de la vida mortal del Señor, la noche de Navidad, el canto de los ángeles es de alegría (cf. Lc 2,10); del mismo modo que en la mañana de Pascua, los ángeles anunciarán a las mujeres la noticia de la Resurrección y será Cristo quienes les invite a la alegría (cf. Mt 28, 9). Y cuando Felipe baja a Samaria y anuncia el Evangelio, la ciudad se llenó de alegría (cf. Hch 8,8).

La liturgia romana dedica dos días al año a meditar sobre la alegría: alegría y gozo por la Encarnación del Señor, situado en el III domingo de Adviento, domingo de “gaudete”; y alegría por la Pascua victoriosa de Cristo, situado en el IV domingo de Cuaresma, domingo de “Laetare”. Si nos fijamos atentamente, ambos domingos tienen lugar en los dos polos del misterio de Cristo tal como lo reflejan los textos bíblicos, antes aludidos.

Hoy en día, son muchas las cosas que presumen de dar felicidad y alegría al hombre moderno. Pablo VI lo resumía así: «El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo – continúa el Papa-, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar. ¿Será que nos sentimos impotentes para dominar el progreso industrial y planificar la sociedad de una manera humana? ¿Será que el porvenir aparece demasiado incierto y la vida humana demasiado amenazada? ¿O no se trata más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal definido?» (Gaudete in Domino 8).

Tenemos mucho de todo para hacernos la vida más fácil, pero carecemos de lo fundamental para hacer esta vida más llevadera: la generosidad, la paz, la fe, los valores espirituales que han forjado la amistad y la convivencia de nuestras calles y plazas durante siglos.  Seguramente, muchos de los lectores de este blog habremos añorado con cierto halo de melancolía, la vecindad de épocas pasadas, la inocencia de los niños de nuestras generaciones, que no teníamos tanto y éramos felices. ¿Veis? Hoy vivimos en una abrumadora sequia de valores espirituales que está diluyendo la humanidad, el humanismo, para poco a poco ir formando un modelo de persona que viva solo para sí, sin tener en cuenta a nada ni a nadie, por eso, el mismo Papa dirá “¿O no se trata más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal definido?”.

Así pues, podemos resumir la alegría cristiana como «participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado» (Gaudete in Domino 16).

Aterricemos un poco más… ¿Qué es eso que llena de alegría el corazón del cristiano? ¿En que se concreta la alegría espiritual? El cristiano es ante todo un oyente, pero no un oyente de una palabra cualquiera, sino un oyente de una palabra concreta, de una palabra que llena de sentido toda su vida, que responde a todas sus preguntas: Jesucristo, palabra última y definitiva de Dios Padre. Esa palabra pronunciada sobre nosotros, debe llenar nuestro corazón de regocijo y tal debe ser esa fiesta espiritual en nosotros que no podemos ser los mismos que éramos antes de haberla oído.

Queridos lectores, mantengan la alegría espiritual en su vida. No se aflijan por lo que no importa ni es fundamental. Valoren lo mucho que Dios ha hecho por ustedes y aguarden gozosos lo que le queda por hacer en sus vidas.

Dios te bendiga

viernes, 24 de marzo de 2017

IV DOMINGO DE CUARESMA “LAETARE”




Antífona de entrada

«Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» Inspirada del capítulo 66, versículos 10 al 11 del libro de Isaías, concretamente, el llamado Tritoisaías. Este libro del cuerpo isaiano cuenta la vuelta del destierro por parte del pueblo de Israel. Cada domingo la Iglesia vuelve a emprender su particular peregrinación desde diversas partes (las casas, las calles y barrios, la sacristía) hacia el monte del Señor (Is 25) que es el altar de la Eucaristía.

Por la primera palabra de la antífona “laetare (alégrate)” este domingo recibe el nombre de “Domingo de laetare”. El sacerdote puede vestir con ornamentos rosas y adornar sobriamente con flores el altar, así como usar música instrumental en la celebración. Como vemos, esta antífona reúne una serie de verbos que refuerzan esta idea teológica para el domingo “alégrate-regocijaos-exultéis”. Vivamos, pues, con este espíritu esta celebración.

Oración colecta

«Oh, Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo admirable la reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo» hasta la expresión “género humano” está tomada del sacramentario gelasiano (s. VIII), el resto es de nueva incorporación. Es el domingo de la redención. Motivo más que suficiente para la alegría cristiana.

La Cuaresma es una larga e intensa preparación para celebrar la noche de la Pascua, es decir, el paso victorioso de Cristo, a través de la pasión, de la muerte a la vida. Su victoria es nuestra victoria. Para ello es necesario una “fe gozosa” y una “entrega diligente”

Oración sobre las ofrendas

«Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación, te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo» tomada del gelasiano (s. VIII). Oración referida a los dones puestos en el altar como oblación de alcance universal. El tono alegre sigue presente en esta oración.

Antífona de comunión

«El Señor untó mis ojos: fui, me lavé, vi y creí en Dios» inspirada en el capítulo 9, versículo 11 del evangelio de Juan. Se usa si se lee el evangelio del ciego de nacimiento. La comunión es, por excelencia, el sacramento de la fe; el sacramento que da luz al alma para reconocer todo lo que viene de Dios, su presencia en nosotros. La secuencia verbal de este brevísimo versículo vuelve a repetirse en este momento de la celebración: fuimos ante Cristo, nos lavamos con su sangre, lo vimos oculto en los accidentes del pan y creímos en Él. Haremos nuestra, definitiva, la frase de aquellos discípulos “Hemos visto al Señor” (cf. Jn 20,25).

«Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» tomada de la parábola del hijo pródigo en Lc 15, 32. Se usa si se lee el evangelio de la parábola del hijo pródigo. Estamos en el momento del banquete que el Padre hace en honor del hijo regresado. Las palabras que dirige al hijo mayor hoy son referidas para nosotros, los que se supone que hemos permanecido en la casa. Estas palabras son, de nuevo, una invitación al banquete por el hermano que hemos recobrado por la misericordia divina; y, también, por las tantas veces que hemos sido nosotros los hijos pródigos. Así pues, si hemos experimentado la misericordia divina, nosotros estamos llamados a ofrecer a otros esa misma misericordia.

«Jerusalén está fundada como ciudad, bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, a celebrar tu nombre, Señor» del salmo 121, versículos 3 al 4. Se usa si lee otro evangelio distinto. En relación con la antífona de entrada, hemos de subir a la ciudad santa de Jerusalén donde los cantos de júbilo pascuales se suceden ininterrumpidamente por el gran acontecimiento que va a sucederse en ella. El misterio pascual será el que recoja y una a las distintas tribus y pueblos de la tierra haciendo un solo pueblo de los muchos que el pecado dividió. Hoy esto mismo se realiza en los creyentes cuando al comulgar se unen en un solo corazón y en una sola fe.

Oración de pos comunión

«Oh, Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con la claridad de tu gracia, para que seamos capaces de pensar siempre, y de amar con sinceridad, lo que es digno y grato a tu grandeza. Por Jesucristo, nuestro Señor» tomada del misal romano de 1570. Esta oración, por su contenido, no es propiamente para después de la comunión. El tema central es la luz de Dios ínsita en los corazones humanos. Esta luz es la que ha de guiar los pensamientos y la razón humana hacia todo aquello que agrada a Dios y lo hace presente en cada momento de la vida.

Oración de bendición sobre el pueblo

«Defiende, Señor, a los que te suplican, fortalece a los débiles, vivifica siempre con tu luz a los que caminan en sombras de muerte, y, libres de todo mal por tu compasión, concédeles llegar a los bienes definitivos. Por Jesucristo, nuestro Señor» tomada con una ligera modificación de la compilación veronense (s. V). Es una bendición muy apropiada para este domingo especial en nuestra peregrinación cuaresmal. El domingo de “laetare” nos ofrece una oportunidad para el descanso en la penitencia y, por tanto, se convierte en un lugar teológico para que la fortaleza divina de vida al pueblo cristiano en medio del desierto cuaresmal. Tras esta peregrinación llegaremos a la cumbre de la Pascua donde podremos gustar los bienes definitivos.

Visión de conjunto

            En la vida hay momentos para todo: momentos para reír, otros para llorar, otros para estar de fiesta, otros para estar de duelo; momentos para comer, otros para andar, otros para dormir, y un largo etcétera de situaciones que al cabo de una vida llegamos a pasar. Lo mismo ocurre en el año litúrgico, que de alguna manera envuelve nuestra propia vida. Hay fiestas de gran júbilo y alegría y otras que tienen un sabor más amargo y trágico. Popularmente la cuaresma es un tiempo situado en los momentos penitenciales, amargos, tristes del ciclo litúrgico, sin embargo, nos ofrece un domingo que rompe con esta tendencia oscura.

            El cuarto domingo de cuaresma está dedicado a hacer un alto en el camino; tomarnos un respiro en medio de la cuesta penitencial. Es el tradicional domingo de “laetare”, del mismo modo que el tercer domingo de adviento se le denomina de “gaudete”, con las mismas características que el anterior. Son domingos en que la liturgia adquiere un matiz especial haciendo de contrapunto con el ambiente espiritual que impone el tiempo litúrgico respectivo.

            Si el domingo de “gaudete”, en Adviento, nos recuerda la alegría por el pronto nacimiento del Señor; este domingo despierta nuestro entusiasmo por la Resurrección del Señor, aunque será precedida por la correspondiente pasión y muerte. Al hombre le viene la alegría al saberse reconciliado con Dios, al experimentar la dicha de la paz espiritual; al tomar conciencia de que ya puede dirigirse a Dios como un Padre y presentarle el homenaje de su mente y su corazón.

            La hazaña que está a punto de desarrollarse: la batalla de Cristo contra la muerte y el pecado se saldará con la incuestionable victoria del Señor Jesús, quien ascenderá a la cumbre llevando cautivos (cf. Sal 67). Conviene preguntarse, pues, en este domingo si este misterio del Señor es causa de alegría en mi vida; si Cristo es, realmente, mi esperanza y la causa de mi salvación. Conviene preguntarse, del mismo modo, si yo acojo o quiero acoger los frutos de la redención del Señor; si en mi vida tiene incidencia el saber que Jesús ha muerto por mí y resucitado para mí. Feliz domingo de “laetare”.

Dios te bendiga