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miércoles, 19 de abril de 2017

MISTAGOGIA DEL PREGÓN PASCUAL




Queridos lectores del blog “sanctasanctis”, en primer lugar permítanme, nuevamente, felicitarles las Pascuas de Resurrección de este año. Para ayudarles a vivir mejor estos acontecimientos que nos han hecho renacer a la vida nueva en Cristo, quisiera darles hoy unas breves pinceladas sobre la oración consecratoria del cirio Pascual, hagamos juntas una lectura mistagógica del texto del conocido “Pregón pascual” o “exultet”.

El lucernario de la noche de pascua ha sido el último rito en incorporarse a la vigilia pascual. En el s. III se incorpora la celebración del bautismo y a finales del s. IV la bendición del fuego y del cirio pascual, sobre todo en el norte de Italia. En Milán, se compone el llamado pregón pascual y pronto es llevado a Roma, al menos en el año 378 lo consigna san Jerónimo en una carta al diácono Presidius. De su presencia en Roma da testimonio el papa Zósimo entre los años 417-418, quien lo autoriza para ser cantado por los diáconos en las iglesias suburbicarias en la noche de pascua. Este texto lo encontramos en los sacramentarios gelasianos como el “Missale Gothicum”, “Missale  Galicanum vetus” y “Missale Bobbiense”.

Esta gran plegaria consecratoria de extraordinaria belleza y lirismo se divide en varias partes:

A) Prólogo

El pregón pascual se inicia con un prólogo exhortativo a toda la Iglesia de Dios a disponer los ánimos para recibir el anuncio de la noche pascual. Estas tres primeras estrofas presentan un esquema descendente: los ángeles-la tierra-la Iglesia. El anuncio va dirigido a la creación entera.

Los coros angélicos han de expresar su exultación con las trompetas ya que su voz debe ser melodiosa para Dios. Subyace, también aquí, la teología de las dos iglesias, la celeste o triunfante y la terrestre o militante. La celeste, representada por los ángeles y los ministerios angélicos, hacen resonar las moradas eternas con las trompetas; la terrestre, representada por la Iglesia, usa de las voces de los fieles para hacer resonar las paredes de los templos. Las trompetas en el cielo son lo que las voces de los fieles en la tierra.

B) Invitación

La asamblea es exhortada a invocar la luz santa de Dios, la misma que agrega al diácono al ministerio, es decir, la gracia del Espíritu; y esta luz se hace físicamente visible ante los fieles por medio del cirio. Así pues, la luz adquiere tres valencias: luz como divinidad, luz como gracia de estado y luz como cirio pascual. Es una verdadera obra de arquitectura literaria.

C) Cuerpo-anámnesis

El pregón presenta el sacrificio expiatorio de Cristo y el valor de su sacerdocio sumo y eterno. Frente a la deuda de Adán (antiguo pecado) está el valor de la sangre de Cristo. El pregón establece otra sección de tres estrofas, encabezadas por la frase “esta es la noche”. El texto pretende mostrar a los catecúmenos la importancia y significado de esta noche santa, adornada por tres prodigios: a) la salida de Egipto; b) el paso del mar rojo y c) la columna de fuego.

El pregón manifiesta que la resurrección de Cristo fue, es y será un misterio para siempre. Sólo la silenciosa noche fue testigo de aquel prodigio: “tiempo y hora” en que Jesús se levantó de entre los muertos. La anamnesis culmina con las consecuencias morales de la noche de Pascua, que son siete: 1. Ahuyenta los pecados; 2. Lava las culpas; 3. Devuelve la inocencia a los caídos; 4. (devuelve) La alegría a los tristes; 5. Expulsa el odio; 6. Trae la concordia; 7. Doblega a los poderosos.

D) Epíclesis-consagración

Tres datos nos indican que se trata de una verdadera consagración y no una simple bendición:

1) “acepta, Padre Santo”: el verbo latino es “suscipe”. Generalmente la liturgia usa esta forma verbal en imperativo, exhortando a Dios a que preste atención a una necesidad o a una súplica. En el pregón pascual, el verbo “suscipe” es la súplica de la Iglesia dirigida al Padre Santo para que acepte todo lo que se está realizando en el momento.

2) “sacrificio vespertino de alabanza”: estas palabras inspiradas en el salmo 140. Si en este texto el cirio es presentado como sacrificio vespertino, y este sacrificio vespertino no es otro que la muerte y resurrección del Señor; por medio del Espíritu Santo, el cirio es despojado de su significado, meramente natural o simbólico, y adquiere otro nuevo como Pascua del mismo Cristo: el cirio es la Pascua de Cristo, esto es, Cristo mismo. De ahí que podamos decir, con verdad, que el pregón pascual es una plegaria de consagración que supone una transignificación, no transubtanciación.

3) “la Santa Iglesia te ofrece”: es la Iglesia la que devuelve a Dios lo que Él mismo nos ha dado: a Cristo-cirio. Esta es la lógica de la consagración, devolver lo que Él nos ha donado, como lo expresamos en las oraciones de presentación de los dones “que recibimos de tu bondad…y ahora te presentamos”. Que esto sea un realización del culto público de la Iglesia nos lo confirma la afirmación “por medio de sus ministros”. De este modo, se constata que es la Iglesia misma la que ofrece el cirio al Padre: “la solemne ofrenda de este cirio”.

La referencia a la cera de las abejas pretende ser una señal de la dimensión cósmica de la Pascua. Comparado con otros textos del pregón en otras liturgias u otras versiones, vemos que es una alegoría del misterio de la concepción virginal de Jesucristo.

E) Aitesis

La súplica tiene por objeto la perennidad del cirio, esto es, a) que no se apague nunca la luz que Cristo nos ha dejado en su Pascua; b) que esta luz brille con las luminarias celestes. Dicho de otro modo, la intención es que Dios asocie la luz del cirio pascual a la luz de los astros creados por Él desde el principio de los tiempos para que el resplandor de esta llama pascual no se apague nunca. Mientras haya estrellas en el cielo que brillen en la noche, seguirá habiendo Pascua porque será la luz del cirio la que proporcione la luz de aquellas.

D) Doxología

La última parte de la composición, llamada doxología por su carácter glorificante, cierra la anáfora. El objeto de este párrafo es el “lucero matutino” que ha de encontrar encendido el cirio pascual. Al final del pregón, se nos descubre la gran verdad de la vida cristiana: Jesucristo es la luz que brilla en medio de la oscuridad de este mundo. Luz cuya intensidad no vacila, siempre está despejada. Es clara y distinta. Así es la luz pascual expresada en el cirio, una luz inmortal que se hará aún más plena cuando le veamos cara a cara en su reino eterno, por los siglos sin fin.

Lo dicho, ¡¡Feliz Pascua de Resurrección!!

sábado, 15 de abril de 2017

¡¡ FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN !!


TIEMPO DE PASCUA

El profesor don Ismael Pastor vuelve a explicarnos el tiempo de pascua con el icono que se ha designado para ilustrar este tiempo en la III edición del misal romano.



«Pasado el sábado, María magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?” Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo: “No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis como os dijo”» (Mc 16, 1-7)

Descripción de la ilustración

La ilustración nos presenta la escena del sepulcro vacío. Tres figuras aparecen a la izquierda con rostro dolorido, se cubren con mantos y portan en sus manos dos ánforas. Se encuentran ante un sepulcro donde se pueden observar una tela enrollada. Y un ángel, a su derecha señala la escena. La montaña que aparece agrietada en la parte superior nos introduce en el mundo de la muerte.

Análisis mistagógico

Podemos sintetizar todo el año litúrgico en la solemne Vigilia Pascual. Ella es raíz y culmen de todo el año litúrgico. Se puede decir, incluso, que recapitula y contiene todo el misterio de Cristo. Por eso la antigüedad cristiana en los primeros siglos concentraba en esta celebración todo el Misterio Pascual del Señor. Si bien esto es cierto, ahora hemos de contemplarla en la unidad del Triduo Pascual, que desglosa los tres acontecimientos que dan sentido pleno a la memoria de los sacramentos pascuales: La Pascua de la Cena, La Pascua de la Pasión y la Pascua de la Resurrección. Una concentración que tiene, finalmente, como punto de referencia a aquel a quien Pablo llama nuestra Pascua.

La Pascua invita a todos los cristianos a ser testigos del acontecimiento más importante de la historia: la resurrección de Cristo. En ella Jesús asume la humanidad y su historia para transformarla y nos ofrece un bosquejo del mundo futuro donde, asumida y purificada, quedará consumada junto a Él. Tras esto los testigos están llamados a transmitir lo que han visto y oído (cf. Hch 4, 20) y anunciar al hombre su vocación profunda y definitiva (cf. Directorio General de Catequesis 102). Si la vigilia Pascual resuena en todo el año litúrgico, el testimonio del cristiano debe resonar en toda su vida. Por eso la elección de este icono para el tiempo Pascual. Que no deja la Pascua en la resurrección de Cristo, sino en el encuentro de las mujeres, que  tras el desconcierto se convierten en evangelizadoras.

El grano de trigo que da fruto

El centro de la escena es, sin duda, el sepulcro vacío. Al pie de una montaña, que recuerda las de la ilustración anterior, se encuentra el sepulcro de Cristo. Indicando cómo ha sido enterrado y se ha encontrado bajo tierra, cómo la muerte de Jesús ha sido real y no mera ilusión (cf. Lc 23, 53). Sin embargo el sepulcro se encuentra vacío y en él sólo quedan los lienzos que cubrían a Cristo, constituyendo así el propio sepulcro el primer testimonio de la resurrección en cuerpo y alma de Cristo. Estos nos acercan a la tradición antigua, recogida por algunos padres de la Iglesia, que ven en los lienzos imagen de la resurrección, usando una analogía con el gusano de seda. Pero además, mirando hacia arriba, entre las grietas de la montaña, justo encima del sepulcro, encontramos un brote de planta. Haciendo alusión al grano de trigo, que muerto, da fruto creando nueva vida (Jn 12, 24), hace alusión a Cristo, el grano de vida que con su muerte da mucho fruto y este fruto es la vida eterna.

Las miróforas

Las protagonistas de la acción son las tres mujeres que aparecen junto al sepulcro vacío. A la cabecera se encuentran con el ángel que les dice “Jesús Nazareno Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde estuvo su cuerpo” (Mc 16, 6) señalando los lienzos en que fue envuelto su cuerpo. Las mujeres llevan en sus manos con fervor y delicadeza los vasos de aromas y perfumes, porque han venido a ungir al Señor tras el descanso obligado del Gran Sábado. La tradición oriental llama a estas mujeres miróforas, portadoras de aromas. La resurrección cambia la suerte de estas mujeres. A partir de este momento ellas son también evangelistas, pues llevan a todos la gran noticia de la resurrección. Nos invitan también a nosotros a introducirnos en la escena, a ser testigos de la resurrección y a convertirnos en miróforos, portadores del aroma de la verdad de la resurrección de Cristo. 

sábado, 1 de abril de 2017

LÁZARO, SAL FUERA


HOMILIA DEL V DOMINGO DE CUARESMA



Queridos hermanos en el Señor:

            Entramos en la recta  final de la cuaresma. Tras meditar sobre Jesús como el portador del agua de la vida, sobre Jesús-luz del mundo, llegamos hoy al tercer elemento: Jesús es la vida del mundo. Agua, luz y vida han marcado nuestro itinerario espiritual.

            Las lecturas de este domingo confluyen todas en esta idea: la nueva vida. El profeta Ezequiel, profeta de la época del exilio, habla de la vuelta del pueblo de Israel a Jerusalén y lo hace precisamente en términos de vida y espíritu. Dios será quien muestre su gloria al pueblo haciéndolos salir de las cadenas de la muerte y la opresión (los sepulcros) para llevarlos a la libertad de la verdadera vida que se adquiere con el espíritu de Dios.

            Esta experiencia de cautividad del pueblo judío puede ser experimentada por cada uno de nosotros en diversas ocasiones cuando el pecado, el error, el miedo u otras cosas, nos oprimen y no nos dejan ser libres. En definitiva, la redención operada por Dios respecto de su pueblo no es otra cosa que devolverles a la libertad de los hijos de Dios, esto es, salir del pecado para orientar nuestra vida hacia Él. Este es el secreto de la verdadera libertad: la que está regida por la acción de Dios y no por los caprichos humanos.

            Pues bien, aquella profecía, perdida en la sucesión de los tiempos, es cumplida por Jesús en el pasaje que acabamos de escuchar. Para mejor comprender el relato de la resurrección de Lázaro debemos partir de Jn 5, 24-29 donde Jesús dice que los muertos oirán su voz y unos resucitarán para la vida y otros para la muerte eterna. La intención de estos dos pasajes  es presentar a Jesús como la vida del mundo.

            Jesús siente profundamente la muerte de su amigo (gr. fileis) de su amigo Lázaro. Vemos, hermanos, como el Señor se conmueve y está sujeto a los sentimientos, emociones y pasiones humanas. Dios no es ajeno, por tanto, a nuestra vida y nuestras circunstancias sino que Él ríe con nosotros y llora con nosotros. Pero la muerte de Lázaro, como ocurre con cada suceso de nuestra vida, ha sido permitida para “gloria de Dios”, “para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Qué bueno sería si viviéramos con esta certeza: saber que todo lo nuestro puede ser ofrenda que glorifique a Dios y nos santifique a nosotros mismos. De este modo viviríamos el culto en espíritu y verdad de una manera concreta.

            Jesús vuelve a autodenominarse “luz del mundo” cuando para hablar de su pronta muerte usa el símil de las doce horas del día: así como la luz del día dura doce horas y luego viene la noche, el Señor viene al mundo y mientras esta en él es su luz luego cuando parta cesará ésta. Sin embargo, los cristianos estamos en el mundo para prolongar su luz hasta el final. Si somos cuerpo de Cristo y Cristo es la luz con su cuerpo, los cristianos hemos de iluminar por nuestras palabras y nuestras obras.

            Pero entremos en el meollo del relato evangélico. Lázaro lleva ya cuatro días muerto, no tres sino cuatro. ¿Por qué este detalle? Según la tradición rabínica hasta el tercer día no salía el alma del cuerpo totalmente y comenzaba el proceso de putrefacción del cadáver. De ahí que Marta diga que huele mal porque lleva cuatro días muertos. Con este detalle se reafirma el estado mortuorio de Lázaro, no está en coma, para que no haya ninguna confusión, Lázaro esta total y realmente muerto.

Frente a esta dramática y amarga realidad, que a todos acaece, Jesús entabla un dialogo de fe con Marta. Jesús afirma, con palabras bien medidas, que Él es la resurrección (gr. anastasis) y la vida (gr. zoé). Y aquí pivota todo el pasaje: “quien haya muerto vivirá; y el que está vivo y creen en mí, no morirá para siempre”, y la gran pregunta que Jesús dirige a Marta y hoy nos dirige a nosotros: “¿Crees es esto?”

Hoy Marta quiere hacer de portavoz de todos nosotros cuando afirma que cree (gr. pisteika) que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y el que tenía que venir al mundo (gr. erjómenos). Sin embargo, el evangelista pone en boca de Marta el verbo griego “erjómenos” que es simplemente desplazarse de un lugar a otro. Marta aún no tiene una fe completa e intensa. Pero esta intervención de Marta dará pie al gran milagro que está por venir: que Lázaro vuelva a la vida.

Jesús pronuncia una oración al Padre para hacer el milagro. Esta oración es eminentemente eucarística: una acción de gracias por la comunión divina de las tres personas. La misma oración señala el motivo del milagro: ser acicate para mover la fe y la adhesión de los espectadores “para que crean que tu me has enviado (gr. apesteilas)”. A diferencia de Marta, el evangelista usa, en boca de Jesús, el verbo “apostello” en imperfecto. Jesús ha venido al mundo porque ha sido enviado para algo ¿para qué? Para darnos vida. Para ser la vida del mundo; para ser portador de vida para ti y para mí. Hoy como un día a Lázaro vuelve a decirnos “sal fuera” sal de tus miedos, sal de esos sepulcros en que tienes enterrada tu vida: tus dolencias, la mentira, la timidez, la desafección, la frustración, las decepciones de la vida… Recobra hoy las ganas de seguir viviendo, de ser libre, de proyectarte a la eternidad.

Hoy Cristo quiere ser tu agua, tu luz, tu camino, tu verdad y tu vida. Aprovecha el momento. Agárrate fuerte a Cristo y desátate de las vendas y sudarios con que has envuelto tu alma.

Dios te bendiga


viernes, 24 de marzo de 2017

IV DOMINGO DE CUARESMA “LAETARE”




Antífona de entrada

«Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» Inspirada del capítulo 66, versículos 10 al 11 del libro de Isaías, concretamente, el llamado Tritoisaías. Este libro del cuerpo isaiano cuenta la vuelta del destierro por parte del pueblo de Israel. Cada domingo la Iglesia vuelve a emprender su particular peregrinación desde diversas partes (las casas, las calles y barrios, la sacristía) hacia el monte del Señor (Is 25) que es el altar de la Eucaristía.

Por la primera palabra de la antífona “laetare (alégrate)” este domingo recibe el nombre de “Domingo de laetare”. El sacerdote puede vestir con ornamentos rosas y adornar sobriamente con flores el altar, así como usar música instrumental en la celebración. Como vemos, esta antífona reúne una serie de verbos que refuerzan esta idea teológica para el domingo “alégrate-regocijaos-exultéis”. Vivamos, pues, con este espíritu esta celebración.

Oración colecta

«Oh, Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo admirable la reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo» hasta la expresión “género humano” está tomada del sacramentario gelasiano (s. VIII), el resto es de nueva incorporación. Es el domingo de la redención. Motivo más que suficiente para la alegría cristiana.

La Cuaresma es una larga e intensa preparación para celebrar la noche de la Pascua, es decir, el paso victorioso de Cristo, a través de la pasión, de la muerte a la vida. Su victoria es nuestra victoria. Para ello es necesario una “fe gozosa” y una “entrega diligente”

Oración sobre las ofrendas

«Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación, te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo» tomada del gelasiano (s. VIII). Oración referida a los dones puestos en el altar como oblación de alcance universal. El tono alegre sigue presente en esta oración.

Antífona de comunión

«El Señor untó mis ojos: fui, me lavé, vi y creí en Dios» inspirada en el capítulo 9, versículo 11 del evangelio de Juan. Se usa si se lee el evangelio del ciego de nacimiento. La comunión es, por excelencia, el sacramento de la fe; el sacramento que da luz al alma para reconocer todo lo que viene de Dios, su presencia en nosotros. La secuencia verbal de este brevísimo versículo vuelve a repetirse en este momento de la celebración: fuimos ante Cristo, nos lavamos con su sangre, lo vimos oculto en los accidentes del pan y creímos en Él. Haremos nuestra, definitiva, la frase de aquellos discípulos “Hemos visto al Señor” (cf. Jn 20,25).

«Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» tomada de la parábola del hijo pródigo en Lc 15, 32. Se usa si se lee el evangelio de la parábola del hijo pródigo. Estamos en el momento del banquete que el Padre hace en honor del hijo regresado. Las palabras que dirige al hijo mayor hoy son referidas para nosotros, los que se supone que hemos permanecido en la casa. Estas palabras son, de nuevo, una invitación al banquete por el hermano que hemos recobrado por la misericordia divina; y, también, por las tantas veces que hemos sido nosotros los hijos pródigos. Así pues, si hemos experimentado la misericordia divina, nosotros estamos llamados a ofrecer a otros esa misma misericordia.

«Jerusalén está fundada como ciudad, bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, a celebrar tu nombre, Señor» del salmo 121, versículos 3 al 4. Se usa si lee otro evangelio distinto. En relación con la antífona de entrada, hemos de subir a la ciudad santa de Jerusalén donde los cantos de júbilo pascuales se suceden ininterrumpidamente por el gran acontecimiento que va a sucederse en ella. El misterio pascual será el que recoja y una a las distintas tribus y pueblos de la tierra haciendo un solo pueblo de los muchos que el pecado dividió. Hoy esto mismo se realiza en los creyentes cuando al comulgar se unen en un solo corazón y en una sola fe.

Oración de pos comunión

«Oh, Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con la claridad de tu gracia, para que seamos capaces de pensar siempre, y de amar con sinceridad, lo que es digno y grato a tu grandeza. Por Jesucristo, nuestro Señor» tomada del misal romano de 1570. Esta oración, por su contenido, no es propiamente para después de la comunión. El tema central es la luz de Dios ínsita en los corazones humanos. Esta luz es la que ha de guiar los pensamientos y la razón humana hacia todo aquello que agrada a Dios y lo hace presente en cada momento de la vida.

Oración de bendición sobre el pueblo

«Defiende, Señor, a los que te suplican, fortalece a los débiles, vivifica siempre con tu luz a los que caminan en sombras de muerte, y, libres de todo mal por tu compasión, concédeles llegar a los bienes definitivos. Por Jesucristo, nuestro Señor» tomada con una ligera modificación de la compilación veronense (s. V). Es una bendición muy apropiada para este domingo especial en nuestra peregrinación cuaresmal. El domingo de “laetare” nos ofrece una oportunidad para el descanso en la penitencia y, por tanto, se convierte en un lugar teológico para que la fortaleza divina de vida al pueblo cristiano en medio del desierto cuaresmal. Tras esta peregrinación llegaremos a la cumbre de la Pascua donde podremos gustar los bienes definitivos.

Visión de conjunto

            En la vida hay momentos para todo: momentos para reír, otros para llorar, otros para estar de fiesta, otros para estar de duelo; momentos para comer, otros para andar, otros para dormir, y un largo etcétera de situaciones que al cabo de una vida llegamos a pasar. Lo mismo ocurre en el año litúrgico, que de alguna manera envuelve nuestra propia vida. Hay fiestas de gran júbilo y alegría y otras que tienen un sabor más amargo y trágico. Popularmente la cuaresma es un tiempo situado en los momentos penitenciales, amargos, tristes del ciclo litúrgico, sin embargo, nos ofrece un domingo que rompe con esta tendencia oscura.

            El cuarto domingo de cuaresma está dedicado a hacer un alto en el camino; tomarnos un respiro en medio de la cuesta penitencial. Es el tradicional domingo de “laetare”, del mismo modo que el tercer domingo de adviento se le denomina de “gaudete”, con las mismas características que el anterior. Son domingos en que la liturgia adquiere un matiz especial haciendo de contrapunto con el ambiente espiritual que impone el tiempo litúrgico respectivo.

            Si el domingo de “gaudete”, en Adviento, nos recuerda la alegría por el pronto nacimiento del Señor; este domingo despierta nuestro entusiasmo por la Resurrección del Señor, aunque será precedida por la correspondiente pasión y muerte. Al hombre le viene la alegría al saberse reconciliado con Dios, al experimentar la dicha de la paz espiritual; al tomar conciencia de que ya puede dirigirse a Dios como un Padre y presentarle el homenaje de su mente y su corazón.

            La hazaña que está a punto de desarrollarse: la batalla de Cristo contra la muerte y el pecado se saldará con la incuestionable victoria del Señor Jesús, quien ascenderá a la cumbre llevando cautivos (cf. Sal 67). Conviene preguntarse, pues, en este domingo si este misterio del Señor es causa de alegría en mi vida; si Cristo es, realmente, mi esperanza y la causa de mi salvación. Conviene preguntarse, del mismo modo, si yo acojo o quiero acoger los frutos de la redención del Señor; si en mi vida tiene incidencia el saber que Jesús ha muerto por mí y resucitado para mí. Feliz domingo de “laetare”.

Dios te bendiga