Mostrando entradas con la etiqueta moises. elias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta moises. elias. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de agosto de 2017

¿ESTAS AHÍ, DIOS?


HOMILIA DEL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

¿Cuantas veces en la vida parece que Dios no está? ¿Con cuánta frecuencia invocamos el nombre del Señor esperando que nos responda? Incluso pretendemos decirle a Dios cómo tiene que manifestarse, cómo tiene que actuar, cómo tiene que resolver el problema.

Otras tantas veces buscamos manifestaciones prodigiosas de Dios. Hay gente que anda buscando de aquí para allá apariciones, milagros, mensajes y revelaciones rozando lo paranormal y lo escabroso. Pareciera que nos les basta la revelación normal de Dios plasmada en la Escritura y la Tradición de la Iglesia.

Frente a estas malformaciones en la comprensión del actuar divino las lecturas de este domingo nos dan las claves para saber ver a Dios en lo ordinario de la vida, para saborear su actuar en nosotros sin estridencias ni escrúpulos.



La experiencia del profeta Elías es la de aquellos que aguardan la presencia de Dios en sus vidas. Ni el huracán ni el terremoto ni en el fuego, que son símbolos de las manifestaciones prodigiosas y espectaculares, estaba Dios. Todo esto nos habla de la belleza de lo ordinario, de la santidad de la rutina. Es el Dios que actúa día a día, con un hacer casi imperceptible como el de la brisa suave.

En una de sus cartas, la Madre Teresa de Calcuta cuenta como mientras que aquellos que le rodeaban podían percibir la obra que Dios iba realizando en torno a ella, a ella Dios no le dejaba verla. Esta experiencia también podemos padecerla nosotros: cuántas veces oramos sin sentir nada, sin experimentar la conversión mientras que otros si perciben las gracias divinas que Dios nos regala. Así actúa Dios: en lo escondido y en lo ordinario, para que tengamos una vida cristiana normal y sana, centrada en lo esencial y adornada de la paz que da el saber que Él nunca nos abandona.



Pero todo lo anterior no puede ser conocido por nosotros a través de la desnuda razón y la pura inteligencia sino que se necesita una fuerza sobrenatural que potencie  y de vigor a nuestro conocimiento esto es: la fe.

La fe está en el centro del pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Ante las aguas agitadas del mar, los discípulos se llenan de miedo y desconfianza. No tienen seguridad, pueden naufragar, pero saben que Jesús está por allí. Para buscar a Dios es necesaria la fe.

La ausencia de Dios en la vida de las personas va siempre acompañada de los siguientes rasgos: pereza por las cosas de Dios, intranquilidad e inestabilidad en la vida, desconcierto espiritual, agobio por los problemas, que tienden a magnificarse, etc. en estas circunstancias es donde la fe se hace más necesaria aún. Pero no una fe cualquiera, sino la fe que busca a Cristo como persona creíble. Es una fe cristocéntrica. La apelación de Jesús resuena con más fuerza en estas situaciones: “Ánimo, soy yo, no temáis”.

Cristo nos llama, nos dice “Ven”, a confiar cada vez más en Él. A no dudar de su palabra y de su obra en nosotros “¿Por qué has dudado?” ¿Por qué dudamos? ¿Por qué nos cuesta tanto abandonarnos en sus manos? Pues porque, en definitiva, somos como san Pedro, hombres y mujeres de poca fe. Y eso Dios lo sabe y por eso está, continuamente, dándonos pruebas de su amor para alentar nuestra vida y guiarnos a la verdad plena.

Solo cuando uno se ha encontrado con Cristo y mediante la fe es capaz de ver la acción de Dios en su vida: actuando silenciosa y calladamente pero con gran eficacia; entonces podremos concluir al final de nuestra existencia confesando la única, verdadera y santa fe, al decir “Realmente eres Hijo de Dios”. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 11 de marzo de 2017

¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUI!



HOMILIA DEL II DOMINGO DE CUARESMA






Queridos hermanos en el Señor: Si el primer domingo de cuaresma nos llevaba al desierto para enfrentar la tentación de desertar del amor de Dios, el segundo nos traslada a una montaña alta para reafirmarnos en la identidad divina de Jesucristo, el perfecto modelo de amor a Dios.



Lo peor que puede ocurrirnos en la vida es quedarnos encerrados en algún sitio. No se si ustedes han tenido alguna vez esta experiencia claustrofóbica pero un servidor, que por descuido y temeridad la ha padecido más de una vez, no se la recomienda. Es la sensación de opresión, de todo se acaba, no hay nada al otro lado, nadie me oye ni nadie podrá socorrerme. La angustia y el pánico se ciernen sobre la psique hasta el punto de buscar una calma que no hay y difícilmente llegará. Solo cuando, al cabo del tiempo y los intentos y la ayuda oportuna, ves esa puerta abierta, todo se pasa y el alivio recorre tu cuerpo de arriba a abajo y de abajo a arriba.



Lo mismo puede sucedernos en la vida espiritual. Quedarnos encerrados en nosotros, en nuestra timidez, en nuestros miedos. Sentir esa fuerza opresora del pecado que nos impide la huida, la escapada hacia el supremo bien y la excelsa virtud. Es por eso mismo por lo que Dios hoy, como un día hiciera con Abraham, vuelve a decirnos “sal de tu tierra y de la casa de tus padres”, es decir, sal de ti mismo, de tus pequeñas patrias, de tu rutina, de tus ataduras. Rompe con la espiral de pecado y de ambiente enrarecido en el que te mueves. “y vete hacia la tierra que te mostraré”, es decir, y comienza a vivir, comienza a ser feliz, comienza a aceptar las oportunidades que te doy.



En este sentido, la misericordia de Dios no es un fin en sí mismo, sino un don que se nos da como medio eficaz para poder salir, caminar, viajara espiritualmente y llegar con éxito a la tierra prometida, que no es otra que la patria del cielo. Pero no un cielo que solo se obtiene al final de la vida, sino un cielo que se nos dio en el bautismo, el don de la vida eterna. La llamada de Dios no es a vivir temporalmente, sino a vivir eternamente, pues aquí radica la bondad y la gloria de Dios para con el hombre. En palabras de san Ireneo de Lyon “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre, en efecto, es la visión de Dios”.



Para este peregrinar espiritual, tenemos al mismo Jesucristo como guía eximio que marca la ruta hacia el cielo. El pasaje que hoy se muestra a nuestra contemplación es una re-construcción de un hecho histórico, afirmado por los tres evangelios canónicos (Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9, 28-36) con la finalidad catequética de demostrar la divinidad y gloria de Jesucristo, como anticipación y pórtico a su glorificación y exaltación por el misterio pascual, esto es, su muerte y su resurrección.



El hecho de la Transfiguración se celebra en la fiesta judía de las sukkot o fiesta de las tiendas. Esta fiesta celebra la intervención milagrosa de Dios a favor de los israelitas durante el desierto y después  durante los períodos difíciles y dolorosos de su historia. Se trata de la fiesta por excelencia de las fiestas de peregrinación desde el punto de vista de alegría popular, que es su característica, con una danza en el atrio del templo blandiendo antorchas encendidas. Está relacionada con la última cosecha del año, la del vino y del aceite, idea que llevó a recordar el don de la Torá. Esta aplicación a la Torá es fruto de una profundización: si la alegría del pueblo es grande por la cosecha abundante, mayor lo es todavía porque le ha sido dada por el amor de Dios, del que la Torá es testigo. Obedece al mandato establecido en la Torá en Lv 22,26-23,44: “Durante los siete días habitareis en cabañas...”Lv 23,42. De esta manera el judío está obligado a vivir en una Sukká controlando su ego (tentación por tener los graneros llenos) y darse cuenta de que su estancia en la tierra es temporal. Sólo Dios es nuestro abrigo.



Cristo es revestido y traspasado de luz, tanto en su rostro como en sus vestidos y dos personajes aparecen flanqueándolo y hablando con Él: Moisés y Elías, los insignes videntes de Dios en el Antiguo Testamento. El primero hablaba con Dios como el que habla con un amigo y el segundo hará frente a los cultos idolátricos de Baal; el primero es el gran legislador, el que da la ley al pueblo y el segundo será representante de los profetas galileos que eran itinerantes y realizaban milagros. Moisés y Elías indican que la ley (Torá) y los profetas (Nebiim) confluyen en Cristo y en Él hallan su más pleno y perfecto significado.



Las tres divinas personas vienen representadas por tres elementos simbólicos: el hijo por la luz, el Padre por la voz y el Espíritu Santo por la sombra. Cristo vuelve a presentarse como luz del mundo, una luz imperecedera que va más allá de las coordenadas espacio-temporales y pretende iluminar los rostros que buscan a Dios, a la vez que revestirnos de la nueva situacción de regenerados a la gracia de Cristo. Las vestiduras blancas de Cristo son anuncio de la túnica bautismal que simboliza la nueva condición de hijos de Dios.



Toda la escena y todos sus personajes quedan envueltos en la nube luminosa que representa la presencia misteriosa, velada pero real de Dios, la Shekiná. Es el mismo Dios que nos envuelve en su misterio y nos da dos  claves para descubrir a Jesucristo: la acción del Espíritu y su misma voz llena de palabras “este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo”. La estructura literaria sigue el esquema de la concepción de Jesús en el seno virginal de María, según Lucas: sombra-palabra-presencia.




Mt 17, 5
Lc 1, 35.38
SOMBRA
De la nube luminosa
Del poder del Altísimo
PALABRA
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo
El hijo que va a nacer se llamará
Hijo de Dios
PRESENCIA
Cayeron de bruces, llenos de espanto
He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra



No podemos obviar, la actitud temblorosa y de terror sagrado de los tres discípulos: pues ante la presencia fascinante y trascendente de Dios no le cabe al hombre mediar palabra alguna, sino callar, y temblar de espanto. Solo cuando Jesús, es decir, Dios, se les acerca y los toca y estos lo reconocen como tal, se les pasa el miedo. Lo mismo a nosotros, solo reconociendo el paso de Jesús por nuestra vida podemos ser levantados de nuestra postración y debilidad.



Así pues, queridos hermanos, la cuaresma es tiempo de Transfiguración, es decir, de salir de nosotros, de escuchar a Jesús, de amarlo, de seguirlo. Es tiempo para alzar nuestros ojos a lo alto y verle a Él; sentir su paso en nuestra vida, dejar que el toque y sane nuestras dolencias. Cuaresma es tiempo de ponernos tras Jesús y subir con Él a Jerusalén y aguardar allí su resurrección de entre los muertos. ¿Estás dispuesto? ¿Tienes miedos, dudas? Es tiempo de confiar en Dios.



Dios te bendiga