Mostrando entradas con la etiqueta fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fe. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de octubre de 2018

LOS HABITANTES DE LAS CUNETAS


HOMILÍA DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO




Queridos hermanos en el Señor:



Acabemos de leer la crónica de un milagro. Un maravilloso e inesperado encuentro entre Jesús de Nazaret y un marginado social, un maldito por Dios con la supresión de la vista.



El ciego, cuyo nombre conocemos, vivía en la cuneta del camino. Pensemos un poco en este dato: ¿Qué hay en la cuneta de nuestros caminos rurales, de nuestras carreteras? En la cuneta se arroja lo que sobra, se encuentra lo que no se valora o no se necesita. La cuneta es el lugar de lo inútil. 



Hoy, en nuestro mundo, surgen y se crean muchas y variadas cuentas: vivimos en una sociedad del descarte, muy dada a arrojar el apelativo de "inútil" a todo aquello que no sirve para el progreso material de la sociedad. Las cunetas de hoy son: las exclusiones sociales, el aborto, la eutanasia, la precariedad laboral, etc.



Son cunetas donde se arroja como desperdicios: a los pobres, a los “sin techo”, a los niños por nacer o a los ancianos y enfermos que suponen más gasto que beneficios, a los pecadores. 



Hoy como ayer, esos mismos siguen gritando desde la cuneta como aquel ciego: «¡Jesús, Sálvanos!». El ciego sabía que no podía esperar nada de sus coetáneos, sabía que nada podía recibir de su mundo y de la sociedad.  Por eso su grito va más allá de lo humanamente posible, su grito clama a Dios, el único - que sabe- puede salvarlo. 



Hoy, comal ayer, esos habitantes de las cunetas vuelven a gritar a Dios con fuerza esperando a que su voz halle eco y hueco en la Iglesia, en la comunidad cristiana. Nosotros, ¿mandamos callar a estos o les damos voz?



Frente al ruido del mundo que busca ahogar el clamor de los habitantes de la cuneta, Jesús se eleva por encima de todo y, hoy, vuelve a decir: «Ven». Jesús está por encima de los cantos de sirena que buscan despistarnos y ensordecernos. Jesús llama sin importarle más que la dignidad de esa persona. 





"Soltó el manto, dio un salto y llegó a Jesús" en esta secuencia de verbos, se expresa el misterio de la liberación y redención del género humano: "soltar el manto" es despojarnos del vestido viejo del pecado; "dar un salto" es elevarse desde la postración y hundimiento del mal y del pecado; "llegar a Jesús" término y fin del camino. 



La llamada de Jesús a Bartimeo es una llamada liberadora, una acción redentora. Despierta alegría y salvación, esperanza de ser escuchados por Dios, ser atendidos por su misericordia, sin abolir nuestra libertad. Solo desde esta perspectiva se entiende la pregunta de Cristo "¿qué quieres que haga por ti?".



Cristo se lo preguntó al ciego, Cristo se lo pregunta a los pobladores de la cuneta y Cristo te lo pregunta hoy a ti. Para que pidas y hables sin miedo. Vemos que de la cuneta se puede salir. La cuneta de la vida no es para siempre. Pero hay que gritar a Dios y emprender el camino hacia él. Un camino que se transita por la via de la Fe. Y, precisamente, es lo que rescata y salva a Bartimeo de la cuneta: la fe en Dios. 



Desde la Fe podemos contemplar la vid de otra manera. Solo en la Fe encuentran hueco las voces de los miserables de las cunetas de nuestro mundo. Sin Fe no hay nada que hacer. Todo se cae y es estéril. 



Es la fe la que ilumina la vida del ciego. Es un camino de salvación, de libertad y de fe católica. Ánimo, hermanos, soltad el manto y saltad hasta Jesús, que nos espera siempre. Amén. 

Dios te bendiga


sábado, 30 de junio de 2018

UNA FE QUE ENGENDRA VIDA


HOMILIA DEL XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos:

            En el antiguo ritual romano de bautismo había una pregunta que el sacerdote le hacía al candidato a ser bautizado: “¿Qué te da la fe?” y el catecúmeno respondía: “la vida eterna”. Pues bien. Precisamente, en este brevísimo diálogo  se concentra la síntesis, el meollo, el núcleo, de las lecturas que en este domingo hemos proclamado.

            El libro de la Sabiduría nos ha hecho un hermoso elogio de la solicitud que tiene Dios por cada una de las cosas creadas, pues éstas existen porque Dios quiere y les da la vida. Y por encima de todas ellas, encontramos a la más excelsa de las criaturas, la única hecha a imagen y semejanza divina: el hombre, ser dotado, originalmente, de justicia e inmortalidad.  Una criatura hecha del barro de la tierra y animada por el soplo divino del Espíritu. Un ser dotado de inteligencia, razón y portador de valores eternos que ha de desarrollar en este mundo para alcanzar su plenitud en el otro. Sin embargo, por la envidia que la criatura humana despertó en el demonio, éste se propuso apartarla, inútilmente, del amor de Dios, procurando que el pecado destruyera esos dones preternaturales de que el hombre gozaba. O como dice el libro de la Sabiduría: por envidia del diablo, el hombre experimentó la consecuencia del pecado: la muerte.


            Pero así no podía acabar esta relación de amor entre Dios y el hombre, por ello, aquella culpa original provocada por el demonio, provocó la venida al mundo del Verbo de Dios, de nuestro Salvador Jesucristo, para que reparara la herida del pecado en el hombre e hiciera entrar, con él, la vida nueva. Esta experiencia de vida nueva, de ser arrancados de la esclavitud que el pecado y la muerte imponían, hace que Dios sea digno merecedor de nuestra alabanza porque nos ha librado. Este salmo 29 que hemos cantado es la mejor expresión de esos sentimientos de pasar de la muerte a la vida; de un Dios que ha cambiado nuestro luto en danza y que transforma el ocaso de la vida terrenal en un eterno amanecer a la luz.

            Cristo, precisamente, ha venido para esto. Ha venido para darnos vida, para decirnos como a la niña del evangelio: “contigo hablo, levántate”. Cristo, como nos ha dicho san Pablo, viene a enriquecernos con su pobreza, esto es, para darnos vida eterna, muriendo Él mismo por nosotros. Las dos escenas del evangelio de hoy viene a confirmar esta verdad que hoy estamos predicando: la mujer con flujos de sangre queda curada por aquella energía que salía del Señor, y movida por fe, se atrevió a tocar su manto. La fe la curó. La hija de Jairo quedo curada por la fe de sus padres que acudieron a Cristo suplicando su ayuda. Y tal era la verdad de las obras de Cristo que, donde aquellos veían muerte, para Cristo la niña solo dormía.


            Y aquí, hermano, radica el sentido de la muerte para los cristianos. Nosotros, que estamos cuidados por la mano providente de Dios y hemos recibido la fuerza y la energía de la fe, que concede la vida eterna; experimentamos la muerte como un sueño temporal tras el cual despertaremos para la eternidad, en la resurrección de la carne. Porque donde esta Dios hay vida; y donde está el demonio, la muerte. Y si Dios ha vencido al demonio, podemos decir, con todo el convencimiento, que la vida ha vencido a la muerte. Pero hoy, lamentablemente, en el mundo y la sociedad de hoy la vida ya no cuenta nada. Hay países donde la vida no tiene valor ninguno. Las políticas eugenésicas, más propias de tiempos pretéritos que del s. XXI, como por ejemplo el aborto o la eutanasia imponen hoy una forma de pensar y de ver la vida, denominada “cultura de la muerte”.

            Frente a ella, los cristianos, hijos de Dios y hermanos en Cristo, hemos de proponer la cultura de la vida. Y la vida comporta sufrimiento, lucha, alegrías y penas; éxitos y fracasos, humillaciones y exaltaciones, etc. Pero lo que es infame afirmar es que pueda haber una muerte digna o una muerte indigna. Lo que es perverso y diabólico es afirmar que “nosotros aspiramos a ser dueños de nuestra vida, que luchamos por el dominio de la vida”. Él único que da y quita la vida es Dios. El único que puede cuidar de nosotros y velar para que nuestra vida progrese es Dios. El hombre tiene una dignidad inalienable que le hace sujeto de derechos, deberes, obligaciones y libertades. Y todo lo que vaya contra esto será una flagrante violación de los derechos absolutos y eternos tanto del hombre como de Dios.


            Queridos hermanos, alejémonos de cualquier influencia diabólica y abracemos al Dios de la vida que en Jesucristo nos dice cada día, y en los peores momentos de la existencia: talitha qumi: “Contigo hablo, levántate”. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 20 de enero de 2018

"CONVERSIÓN, FE Y SEGUIMIENTO"


HOMILIA DEL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Abrimos ya nuestra lectura continua del evangelio de san Marcos, que nos acompañará a lo largo de todo este ciclo B. Y las lecturas que, en conjunto, se nos ofrecen hoy en la liturgia de la Palabra, bien pueden resumirse en este mensaje: “Conversión, fe y seguimiento”.

El profeta Jonás es enviado a la terca y cosmopolita ciudad de Nínive a anunciar algo tan desagradable como es su irremediable aniquilamiento, a menos que ésta cambie su conducta y se vuelva al Señor. Ante la sorpresa del profeta, la ciudad decreta el ayuno y la penitencia y vuelca sus fuerzas en agradar y seguir al Dios fiel y verdadero que ha tenido piedad de ellos y se ha compadecido, salvando a la ciudad de su destrucción.

Los ninivitas vivían en la ignorancia hasta que, con su predicación, Jonás les enseña los caminos del Señor para que los anden con lealtad. Jonás les exhorta a la conversión porque les habla de un Dios bueno y recto, misericordioso y bondadoso capaz de desdecirse de su primer impulso iracundo y dar rienda libre a sus más profundas entrañas paternales.

Hoy, como entonces, Dios sigue enviando profetas para querer seguir salvando a las ciudades y a sus habitantes. Dios no se cansa, en pleno s. XXI, de realizar signos y prodigios, en la vida cotidiana, dando, así, pruebas de su amor y su misericordia por nosotros. ¿Acaso no es un signo la acción caritativa de la Iglesia hoy? ¿Acaso no es un signo de los tiempos la constante entrega de tantos hermanos a la vida religiosa contemplativa y activa? ¿Acaso no es un signo el compromiso de tantos cristianos en el apostolado y la evangelización de la Iglesia? ¿Acaso no es un signo la reacción pro-vida frente a la cultura de la muerte tan dominante hoy? ¿Acaso no es un signo de predilección el que Dios permita que los enfermos mueran acompañados por el consuelo espiritual de la Unción? ¿Acaso no es un signo la constante predicación de los buenos curas que invitan a la conversión y a amar a Dios? En definitiva, hermanos, hay muchos más signos que debemos aprender a descubrir y a leer en nuestra vida.


Ante la representación de este mundo que termina, irrumpe en la última etapa de la historia el Logos divino, el éscaton definitivo, que no es otro que el mismo Jesucristo, quien desde el principio de su ministerio público, no duda en llamar a la conversión y a creer en el Evangelio, tal como Jonás hiciera en la primera lectura, no será la última vez que Jesús se identifique  con este profeta como signo dado por Dios a los israelitas. Con esta exhortación, el evangelista pretende centrarnos en lo que va a ser el núcleo de todo el evangelio de Jesús.

Pero Jesús da un paso más allá que Jonás: no basta con la conversión y la fe sino que reclama el seguimiento y la adhesión a su persona. En este sentido, el evangelista nos presenta los dos grupos de hermanos que, dentro de los doce, van a constituir el sector de más confianza de Jesús. Jesús pasa por el lugar donde ellos están trabajando sin más expectativas en la vida que la de mantener el próspero negocio de la pesca ya que éste suponía un copioso grupo de bienes materiales a mantener y un importante capital humano que cuidar.

Sin embargo, Jesús no duda en lanzar su llamada e invitarles a seguirle: “Venid” es el imperativo que resuena en su corazón de forma tan apremiante que aquellos discípulos no pueden hacer otra cosa que ir con él, sin necesidad ni de preparación psicológica para ello, ni de discernimiento complicado para un seguimiento entusiasta, pues,…si es Jesús el que llama…¿qué hay que discernir o pensar o marear?.

Pero ciertamente esta elección divina no es fácil ni esta desprovista de amargura, pues supone abandonarlo todo (casa, familia, ideales, expectativas, etc) sabiendo que solo ponemos nuestra confianza y nuestra vida en la providencia que Jesús garantía con su palabra y su divinidad.

Así pues, conversión de la vieja y caduca vida de pecado, abrazo comprometido con la fe bautismal que puede ser fuerte, débil o recién recuperada; y seguimiento confiado en pos de Jesús, forman un todo espiritual que marcan el itinerario espiritual y sano del cristiano de ayer y de hoy. Volvámonos, pues, desde ya hacia el mismo Jesucristo y andemos el camino de la vida con Él.

Dios te bendiga

sábado, 12 de agosto de 2017

¿ESTAS AHÍ, DIOS?


HOMILIA DEL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

¿Cuantas veces en la vida parece que Dios no está? ¿Con cuánta frecuencia invocamos el nombre del Señor esperando que nos responda? Incluso pretendemos decirle a Dios cómo tiene que manifestarse, cómo tiene que actuar, cómo tiene que resolver el problema.

Otras tantas veces buscamos manifestaciones prodigiosas de Dios. Hay gente que anda buscando de aquí para allá apariciones, milagros, mensajes y revelaciones rozando lo paranormal y lo escabroso. Pareciera que nos les basta la revelación normal de Dios plasmada en la Escritura y la Tradición de la Iglesia.

Frente a estas malformaciones en la comprensión del actuar divino las lecturas de este domingo nos dan las claves para saber ver a Dios en lo ordinario de la vida, para saborear su actuar en nosotros sin estridencias ni escrúpulos.



La experiencia del profeta Elías es la de aquellos que aguardan la presencia de Dios en sus vidas. Ni el huracán ni el terremoto ni en el fuego, que son símbolos de las manifestaciones prodigiosas y espectaculares, estaba Dios. Todo esto nos habla de la belleza de lo ordinario, de la santidad de la rutina. Es el Dios que actúa día a día, con un hacer casi imperceptible como el de la brisa suave.

En una de sus cartas, la Madre Teresa de Calcuta cuenta como mientras que aquellos que le rodeaban podían percibir la obra que Dios iba realizando en torno a ella, a ella Dios no le dejaba verla. Esta experiencia también podemos padecerla nosotros: cuántas veces oramos sin sentir nada, sin experimentar la conversión mientras que otros si perciben las gracias divinas que Dios nos regala. Así actúa Dios: en lo escondido y en lo ordinario, para que tengamos una vida cristiana normal y sana, centrada en lo esencial y adornada de la paz que da el saber que Él nunca nos abandona.



Pero todo lo anterior no puede ser conocido por nosotros a través de la desnuda razón y la pura inteligencia sino que se necesita una fuerza sobrenatural que potencie  y de vigor a nuestro conocimiento esto es: la fe.

La fe está en el centro del pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Ante las aguas agitadas del mar, los discípulos se llenan de miedo y desconfianza. No tienen seguridad, pueden naufragar, pero saben que Jesús está por allí. Para buscar a Dios es necesaria la fe.

La ausencia de Dios en la vida de las personas va siempre acompañada de los siguientes rasgos: pereza por las cosas de Dios, intranquilidad e inestabilidad en la vida, desconcierto espiritual, agobio por los problemas, que tienden a magnificarse, etc. en estas circunstancias es donde la fe se hace más necesaria aún. Pero no una fe cualquiera, sino la fe que busca a Cristo como persona creíble. Es una fe cristocéntrica. La apelación de Jesús resuena con más fuerza en estas situaciones: “Ánimo, soy yo, no temáis”.

Cristo nos llama, nos dice “Ven”, a confiar cada vez más en Él. A no dudar de su palabra y de su obra en nosotros “¿Por qué has dudado?” ¿Por qué dudamos? ¿Por qué nos cuesta tanto abandonarnos en sus manos? Pues porque, en definitiva, somos como san Pedro, hombres y mujeres de poca fe. Y eso Dios lo sabe y por eso está, continuamente, dándonos pruebas de su amor para alentar nuestra vida y guiarnos a la verdad plena.

Solo cuando uno se ha encontrado con Cristo y mediante la fe es capaz de ver la acción de Dios en su vida: actuando silenciosa y calladamente pero con gran eficacia; entonces podremos concluir al final de nuestra existencia confesando la única, verdadera y santa fe, al decir “Realmente eres Hijo de Dios”. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 21 de julio de 2017

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno». Tomada del salmo 53, versículos 6 y 8 centonizados. Esta antífona nos sitúa en la realidad que vamos a efectuar en la celebración: ofrecer un sacrificio de acción de gracias a la bondad divina de quien es nuestro auxilio en la vida. Se nos invita a hacer, desde el inicio de la celebración, una intensa confesión de fe en Dios como el providente que sustenta la existencia humana.

Oración colecta

«Muéstrate propicio con tus siervos, Señor, y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración invoca los dones de la gracia de Dios dados en el santo bautismo, que no son otros sino las virtudes cardinales (fe, esperanza, caridad) que son infundidas en el corazón del hombre para que éste pueda conocer y perseverar en el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la ley antigua, recibe la ofrenda de tus fieles siervos y santifica estos dones como bendijiste los de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en alabanza de tu gloria, beneficie a la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Esta antiquísima oración concentra dos líneas teológicas que se unen: por un lado, resume muy bien la línea progresiva de los sacrificios con los que el hombre ha querido aplacar y agradar a la divinidad hasta su plenitud en Cristo; Por otra, concreta estos sacrificios con el personal de cada uno. Veamos estos dos filones teológicos:

Respecto de la evolución en los cultos hasta la venida de Jesucristo:

a) El culto en las religiones pre-judeocristianas: el culto se ofrece a divinidades que tienen que ver con un elemento natural o con un gremio.

b) El culto en el Antiguo Testamento: la existencia de un culto como relación básica entre Dios y los hombres nos lo ofrecen las ofrendas de Caín y de Abel (cf. Gn 4, 3-5). Será el relato del Éxodo el que nos de las claves de un verdadero culto centrado en la adoración al Dios único. La liberación efectuada por Moisés es la clave de bóveda de toda la dinámica religiosa judía. Será con David cuando Jerusalén se convierta en la capital espiritual de Israel, sobre todo, a partir de la edificación del Templo en tiempos de Salomón.


c) El culto en el Nuevo Testamento: plenitud de la Revelación. El acontecimiento central de la Historia de la Salvación es Jesucristo, quien redimensiona toda acción cultual de su tiempo. La Iglesia naciente leerá toda la vida de Jesús desde las Sagradas Escrituras en clave de cumplimiento y por tanto estará convencida de que con Jesús surge un nuevo culto en Israel bajo la acción del Espíritu Santo.

Respecto a la relación entre el culto personal y el comunitario es importante entenderlo desde el sacerdocio común de los fieles. Cada uno de los laicos, tiene un altar personal en el banco del trabajo, sea éste el que sea. Ahí, donde se desarrolle su vida (trabajo, familia, descanso, ocio, aficiones) puede y debe ofrecerse a Dios como Hostia agradable. De tal manera que cuando el domingo acuda, con todo lo suyo y todos los suyos, a la celebración de la santa misa, podrá unir esos pequeños sacrificios diarios de su vida personal al gran sacrificio de Cristo al Padre en la Eucaristía para provecho propio, para alabanza y gloria de la Trinidad y bien de la Santa Iglesia.

Antífonas de comunión

«Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Él da alimento a los que lo temen». Tomada del salmo 110, versículos 4 al 5. La sagrada comunión es la maravilla diaria que Dios sigue realizando por nosotros ¿cuándo nos daremos cuenta de ello? Vivimos esperando grandes milagros y grandes intervenciones divinas sin percatarnos de que recibir a Cristo en gracia es lo más a lo que podemos aspirar en esta vida. Porque como bien dice la antífona eucarística O sacrum convivium: “¡Oh, sagrado convite!, en el que Cristo es tomado. Se rememora la pasión de Cristo; el alma se llena de gracia; y se nos da una prenda de la futura gloria, aleluya”.

«Mira, estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo». Del Apocalipsis capítulo 3, versículo 20. Vuelve a aparecer aquí el efecto más inmediato de la comunión eucarística: la inhabitación del Señor en nuestro corazón, siempre que esté dignamente preparado. Durante la celebración hemos escuchado la voz del Señor y ahora toca abrir nuestra puerta íntima para que entre y tome posesión de nuestro yo, aun aquel que nos resistimos a abandonar.

Oración para después de la comunión

«Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Si antes dijimos que el primer efecto de la comunión eucarística es la inhabitación del Señor en el alma; el segundo, y como consecuencia del primero, es la conversión, esto es, sentir repugnancia del pecado y abrirnos al don de la gracia que Cristo nos da. Por eso la oración une la idea del abandono del antiguo pecado, la antigua condición pecadora con la idea de la comunión como alimento.

Visión de conjunto

Definimos asépticamente “virtud” como hábito operativo bueno, es decir, a la perseverancia en toda acción buena. La virtud puede ser una acción puramente humana movida por un ideal o una filosofía o la desnuda filantropía. Una disposición natural a hacer algo que suponga un beneficio para sí mismo o para otros. A veces, la virtud puede estar influenciada para la educación recibida en una cultura determinada de tal manera que un mismo acto puede ser catalogado como heroísmo para unos y como terrorismo para otros.

Pero además de las virtudes humanas, que quedan en el plano moral del individuo, la experiencia de fe, base de la teología, nos ha enseñado que existen una serie de virtudes infundidas por el mismo Dios en el bautismo que nos permiten tener una relación íntima con Él; a éstas las llamamos “virtudes teologales” y son, a saber, la fe, la esperanza y la caridad. Veamos cómo las define y explica el Catecismo de la Iglesia Católica (1813): “Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13)”.

Las virtudes teologales son la base del obrar cristiano. Los cristianos todo lo que hacemos hemos de hacerlo referido a Dios que es quien inspira, acompaña y hace finalizar los santos propósitos. Y aquí es donde radica la diferencia entre ser cristiano y ser buena persona. Lo segundo se le presupone a todo el mundo (mientras no se demuestre lo contrario) siendo incluso el mejor sustrato antropológico para ser buen cristiano. Pero el cristiano no se conforma con ser “buena persona”. No hace obras buenas por puro amor al ser humano, sino porque en ellos reconoce al mismo Dios, como nos dice Jesús en el evangelio “cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (cf. Mt 25, 40).


Y en estos, queridos lectores, hemos de estar muy atentos porque de un tiempo a esta parte se ha ido reduciendo el mensaje cristiano al “buenísmo” descafeinado en que con “ayudar al prójimo hay bastante”. Se reduce el mensaje de la salvación a una ético intramundana sin trascendencia alguna. La eternidad no tiene sentido, pues lo importante es ser feliz y hacer feliz al otro en esta vida. Y lo peor de este “buenísmo” es que esta preñado de pelagianismo. ¿Qué es el pelagianismo? Es una herejía del s. IV, cuyo difusor fue Pelagio (de ahí el nombre) según la cual la gracia de Dios no nos aporta nada sino que Jesucristo es un ejemplo eximio para nuestro obrar. Se sustituye la gracia por la pura voluntad humana. Dios no interviene en nada sino que todo es decisión voluntaria y personal del hombre.

Por consiguiente, el pelagianismo derivó en una moral autónoma, es decir, regida por las decisiones de uno mismo sin tener en cuenta ningún fundamento absoluto. Al fin y al cabo, esta herejía, tan actual como antigua, deviene en un ateísmo práctico o lo que es peor, en una religión a la carta y sin incidencia en la vida personal. El drama del cristianismo del s. XX es que nos hemos dado cuenta  tarde de que no hay asunción personal de la fe, originándose un catolicismo social sin repercusión en la vida privada.

Frente al pelagianismo que hoy nos inunda, los católicos volvemos a revindicar la necesidad de la gracia. Sin el auxilio del cielo no podemos hacer nada. La voluntad es débil y si no está guiada por las inspiraciones divinas puede ir apartándose de la verdad hasta el punto de desacreditar la misma fe, perder la esperanza y banalizar la caridad. Los católicos no podemos permitirnos, aunque quisiéramos, relajar la fe y la doctrina católica. No tenemos derecho a hacer del Magisterio y la tradición “la irrisión y burla de los malvados” (cf. Sal 31), sino el grave deber de transmitirlo íntegro a las generaciones futuras. Esta será la gran aportación de los cristianos a la sociedad humana y la vivencia plena de las virtudes.

Dios te bendiga