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viernes, 28 de junio de 2019

SOLEMNIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS



EL CORAZÓN SAGRADO DEL BUEN PASTOR



Queridos hermanos en el Corazón de Cristo:

Estamos celebrando hoy la Solemnidad del Corazón de Jesús. Los textos que la liturgia ha dispuesto para hoy nos presentan la imagen, ya muy conocida, de Jesús, buen Pastor. Sin embargo, en el contexto que impone esta fiesta a estas lecturas podemos decir que la liturgia nos invita a entrar hoy a lo profundo del Corazón Sagrado del Buen Pastor. En esta celebración quisiéramos, amadísimos hermanos, repetir la experiencia que el Beato Padre Hoyos viviera en 1733 y que él mismo cuenta: “Quedó mi corazón como quien ha en­tra­do en un baño o lejía fuerte, que deja consumida en sus aguas toda la escoria de que antes se miraba cubierto”.

Hoy nosotros, fieles devotos del Corazón de Cristo, también entramos en su corazón sagrado para ser purificado por el fuego de sus ardientes llamas de caridad. La escoria de nuestro mal y de nuestro pecado, queda diluida y sanada por la potencia de su gracia que se desprende de tan amantísimo corazón. 


En la lectura del profeta Ezequiel, hemos escuchado de los labios de Dios su empeño personal de ir a buscar a todo su rebaño sin distinción para atraerlo a los apriscos de vida. Esto nos enseña que el Corazón de Cristo no esta cerrado a un rebaño asegurado, sino que tiene ansias de aumentar su grey. Por eso, ha querido revelarse tantas veces a los hombres: para que todos le conozcan y puedan gustar sus verdes pastos eucarísticos. Es un corazón que se ensancha infinitamente hasta alcanzar al último pecador de la tierra. Podríamos decir que el Corazón de Jesús es un corazón misionero, ansioso de almas y de ser conocido. Así se lo comunicó al P. Hoyos: “Quiero, por tu medio, extender la devoción a mi Co­ra­zón en toda España”, y quien dice España dice el mundo entero.


Quienes se dicen devotos del Corazón de Cristo no pueden por menos que embarcarse en esta aventura apostólica que es la de dar a conocer “el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Así, con estas palabras se dio a conocer a Santa Margarita María de Alacoque. 

Con el profeta Ezequiel podríamos decir que es el Corazón que ha amado tanto a los hombres que sale en su busca a todos los lugares por donde están dispersos. Es el Corazón que tanto ha amado a los hombres que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva (cf. Ez 33,11). Este Corazón se convierte, de algún modo, en aquella tierra que la bondad divina preparó para los pobres pecadores.


Es un Pastor que no ha dudo en dar su vida en rescate por sus ovejas, peleando virilmente contra el peor de los lobos que atacan a su rebaño, el demonio. El corazón del Buen Pastor no dudó, ni por un instante, en derramar su sangre y entregar su cuerpo, incluso por el mas miserable e ingrato de los pecadores. Pues a todos ama con amor de predilección.

Quien se entrega a su Divino Corazón, experimente – como relata el P. Hoyos -: “un ex­traor­dinario mo­vi­mien­to, fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sa­cra­men­tado a ofre­cer­me a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo me­nos con ora­ciones, a la extensión de su culto”. Así, los frutos de la devoción al Corazón de Cristo son tres: adoración a Jesús sacramentado, apostolado y ansias de amor y reparación.

El primer fruto: la adoración a Jesús sacramentado. Porque en el Augusto Sacramento del altar esta palpitando y latiendo con fuerza, el Corazón vivo de Jesucristo. Si decimos con verdad que la Eucaristía es el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo, no podemos obviar que el corazón forma parte del cuero, bombea la sangre, es residencia del alma y permite el íntimo diálogo con la divinidad. De este modo, al adorar con profunda reverencia y contemplación la Hostia Santa, estamos entrando en lo más íntimo de su Divino Corazón.


El segundo fruto: el apostolado. Consiste en dar a conocer a todos la Buena Nueva del Evangelio. El apostolado es siempre de persona a persona, de tú a tú, sin pretender más ni otra cosa distinta a que Jesucristo sea conocido por todos, que conocido sea amado por las almas y que amado sea seguido, venerado y querido por todos. Este es nuestro gran empeño: como sus devotos fieles no podemos claudicar de vivir la fe en coherencia con la tradición y la verdad que hemos recibido.  

El tercer fruto: tener ansías de amor y reparación a Jesucristo. Son muchos los pecados y blasfemias que ofenden el Corazón sacratísimo del Señor. Muchas las ovejas que se descarrían y pierden por caminos tortuosos que conducen a la muerte. El Corazón de Jesús se llena de penas y amarguras ante estas situaciones. San Gregorio de Nisa decía que “si Dios es la vida, el que no ve a Dios no ve la vida”. Y es cierto, queridos hermanos, que ahora no vemos a Dios y que por tanto esto que vivimos nos es la vida verdadera, sino un camino para poder ver a Dios, y por ende, ver la vida verdadera. En este sentido, la reparación y la expiación por nuestros pecados y los del mundo entero tienen como motor y como fin aliviar y consolar el Corazón de Dios para disfrutar un día de su visión, y así, de su vida verdadera.


Esta, hermanos, es la grandeza de la Solemnidad que celebramos hoy: que Dios nos ha abierto la intimidad de su Corazón para que ninguno se pierda sino que tenga vida en abundancia. Estos son los proyectos de su corazón de edad en edad: reanimar a sus hijos en tiempos de hambre espiritual y librar sus vidas de la muerte eterna. La gran promesa que hiciera al P. Hoyos sigue vigente en los tiempos que corren: “Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes”. Así quiere reinar Nuestro Señor Jesucristo: por el amor. Su reino no es de este mundo ni con los criterios de este mundo lleno de falsedad, corrupción y mentira. No. Su reinado es por el amor y nada más que por el amor. Su reino es una fraternidad universal, esto es, la Iglesia, como nos decía el profeta Ezequiel. Su reino es un amor de entrega por los ingratos y pecadores, como nos recordó san Pablo. En definitiva, amados hermanos, su reino es su mismo corazón de buen pastor que sale siempre a buscarnos y no cesará en su empeño hasta reunirnos en un solo redil en la gloria eterna, donde vive con la Virgen y los Santos, reinando en el universo con amor providencial por los siglos de los siglos. Amén. Así sea.





P.D. Con esta homilía ponemos punto y final a este blog para emprender otros proyectos. Un saludo y gracias por vuestra lectura y seguimiento.

sábado, 11 de mayo de 2019

PARA PREDICAR Y CELEBRAR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Celebramos hoy el cuarto domingo de la Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, puesto que el texto evangélico que hemos leído es del capítulo diez del Evangelio según san Juan donde Jesucristo se identifica como el único Pastor del rebaño del nuevo Israel.

Las lecturas que nos han sido proclamadas recogen, cada una a su manera, ciertos aspectos esenciales que configuran un retrato perfecto de lo que debe ser un Pastor, hoy día, según el Corazón de Jesucristo.

En primer lugar, los hechos de los Apóstoles nos narran la predicación de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia y como la eficacia de esa predicación hacia acrecentar el número de los creyentes. Aquella era una predicación convincente, encendida, directa y fiel que exhortaba a la conversión. El pastor encuentra aquí un modo singular de desempeñar su ministerio de la Palabra. Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, ni tan si quiera nuestras opiniones o ideas son relevantes. Nosotros, al contrario, hablamos de lo que hemos visto y oído, es decir, nosotros predicamos a Jesucristo, su doctrina y su enseñanza. Nuestra predicación se resume y concentra en un nombre propio: Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Es, por tanto, labor indispensable de los que están al frente del rebaño de Cristo iluminar con su palabra a la grey sin ocultar la verdad ni edulcorarla. Es indispensable volver a una predicación formada y fiel a las enseñanzas de la Iglesia y a la Tradición apostólica. Solo así, al estar convencidos de que somos meros transmisores de la Buena Nueva de la Salvación, poco a poco irán desapareciendo de nosotros todos los respetos humanos, y toda ansia de protagonismo o carrerismo.

San Pablo y san Bernabé no dudaron por un momento en anunciar a Jesucristo con toda claridad, a riesgo de ser expulsados e incomprendidos por los mismos de su raza. Sin embargo, este rechazo de los judíos, Dios lo transforma en un acontecimiento de gracia puesto que el mensaje, por fin, saldrá de su clausura y se dirigirá a nosotros, a los paganos y gentiles que estábamos, entonces, ávidos de escuchar que Jesucristo nuestro Dios, también. Cuantos habrá, hoy, que, también como un día aquellos, al escuchar el Evangelio de la vida y la salvación se alegren y alaben a Dios.

El segundo rasgo nos lo ofrece el libro del Apocalipsis, en concreto, aquellos redimidos que vienen de la gran tribulación ufanos de éxito y perseveran ante el trono de Dios dándole culto. El pastor esta para rendir culto a Dios. Los que por la ordenación sacerdotal hemos sido configurados ministerialmente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, hemos sido puestos ante Dios para ofrecerle un culto agradable en nombre del rebaño de Cristo. En nuestras manos ungidas esta la posibilidad de que a Dios alcancen aquellas aclamaciones que, como nos recordaba el salmo, desde los cuatro puntos cardinales suben desde las gargantas de los hombres y mujeres que pueblan la tierra y buscan y llaman al único Dios que les puede salvar.


A la fiel predicación debe seguirle la vivencia de un culto litúrgico que agrade a Dios y transforme la vida del mundo. No caben dicotomías ni yuxtaposiciones. No. El culto ilumina la predicación y la predicación acredita el culto. Y en esto, hermanos, los pastores hemos de ser exquisitos. Solo siendo fieles a la tradición litúrgica y orante de la Iglesia podremos ser fieles en el ministerio recibido, porque de ahí se deriva todo y en eso confluye todo, como nos recordó el Concilio Vaticano II, la Sagrada Liturgia es fuente y culmen de la vida de la Iglesia (cf. SC 10).

El último aspecto es la identificación con Dios. Los pastores de la Iglesia no lo somos por nosotros mismos, sino porque Él nos ha llamado a serlo, Él nos ha llamado a ser Cristo en medio del mundo. De ahí, igual que Jesús se identifica con el Padre y son uno, nosotros, los ministros de Dios, hemos de sentirnos unidos e identificados con Aquel que se ha sujetado a nosotros. Sin esta identificación, la vida sacerdotal carece de sentido y de valor.

Así pues, hermanos, en este domingo del Buen Pastor, miremos al Sumo y Eterno Sacerdote y prediquemos fielmente su Evangelio, hagamos nuestras sus palabras y sentimientos para provocar, por medio del culto litúrgico, un encuentro vivo con Él. De este modo, guiaremos al rebaño de Dios, por medio de estas cañadas, un tanto adversas, a los verdes pastos de la Gloria donde el Pastor verdadero nos espera para morar eternamente. Así sea.

sábado, 21 de julio de 2018

APOSTOLADO Y PASTOREO


HOMILIA DEL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Como un eco del cuarto domingo de Pascua, llegan estas lecturas que acabamos de oír donde el hilo conductor es la imagen de Dios como Pastor. Ante la ineptitud de los responsables de la comunidad de Israel, denunciada por el profeta Jeremías, Dios se decide a tomar las riendas de su pueblo y se propone Él mismo como Pastor Único del rebaño. La misma situación que encontrará Jesucristo en las gentes de su época, ante las cuales siente lástima, y se decide a enseñarlas con tranquilidad.

            Los malos pastores, denunciados por Jeremías, son aquellos que han abandonado la ley de Dios, aquellos que olvidaron que el pastoreo es, ante todo, un oficio de amor a Dios. Hoy, esta profecía, se concretaría en aquellos pastores que ofrecen como doctrina sus propias opiniones y criterios personales, obviando el predicar el Evangelio conforme a la Tradición de la Iglesia. Pastores más apegados a sus gustos y apetencias que a la preocupación por la grey de Cristo. Pastores que han diluido su identidad sacerdotal de tal manera que hoy son prácticamente irreconocibles. Pastores que han hecho del orden sacerdotal un “modus vivendi” antes que una vocación sobrenatural.

            Ante esos malos pastores que han despreciado al Pueblo santo de Dios, y que ya no rezan por él, ni lo alimentan con los sacramentos bien celebrados y la predicación esmeradamente preparada; Dios no se queda de brazos cruzados sino que Él mismo se pone al frente de la grey para ser su Pastor y mandar pastores entregados y solícitos. Ante la acuciante necesidad de volver a atraer al rebaño disperso, Dios no duda en ejercer su ministerio profético tranquilamente y con solicitud amorosa. Los pastores que Dios mandará habrán de ser ante todo, sacerdotes comprometidos, orantes, que vivan la vida sobrenatural sin olvidar que son humanos. Hombres, sacados de este mundo, que amen a este mundo apasionadamente denunciando sus incoherencias, sanando sus enfermedades y anunciando la buena nueva del Reino de Cristo.   


            Este es otro aspecto del oficio profético del Pueblo de Dios. Si el domingo pasado acentuábamos la dimensión apostólica de los bautizados, como llamados y enviados por Cristo al mundo; conviene que hoy meditemos, también, la dimensión pastoral del Pueblo de Dios, que se concreta en la jerarquía eclesiástica (obispo, presbítero y diácono). A estos compete la dirección espiritual de la masa seglar. Por eso es importante que sean fieles, que no se dejen llevar de sus gustos personales; en otras palabras, es necesario que sean hombres capaces de compadecerse por las multitudes, de enseñar con calma los preceptos evangélicos y las enseñanzas de la Iglesia; capaces de querer lo que Dios quiere para su grey.

            El pastoreo de Cristo, prolongado, vivido y actualizado en el ministerio sacerdotal, es, también, signo profético del amor de Dios en el mundo. El pastoreo de Cristo es la raíz de toda misión de la Iglesia en sus diversas concreciones. Así, apostolado seglar y ministerio pastoral no son dos realidades contrapuestas o en continua dialéctica. No. Sino las distintas formas que tiene Dios de cuidar del mundo, del hombre y de la mujer de hoy.

Como Jesús sintiera lástima de aquella multitud que andaba como oveja sin pastor, y se pusiera a hablarles, hoy Cristo, sintiendo esa misma lástima, vuelve a mandar a sacerdotes y seglares para que pastoreando y ejerciendo el apostolado, respectivamente, enseñen y reúnan al pueblo “con calma”.

Así pues, queridos hermanos, el oficio profético del Pueblo de Dios, en su doble forma de ejercerlo, debe llevarnos, siempre, a aunar esfuerzos para que Cristo sea conocido por todos y para que todos tengan vida eterna en Él. Así sea.

sábado, 21 de abril de 2018

LA LIBERTAD DE UN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al cuarto domingo de Pascua, o bien, como se le denomina popularmente “Domingo del buen Pastor”, porque es tradición leer en este día el capítulo décimo del evangelio según san Juan. Es normal en este día las grandes campañas de oración por las vocaciones, adquiriendo, por este motivo, un cariz vocacional o sacerdotal este día. Pero si atendemos bien a los textos que hoy se han proclamado nos daremos cuenta de que el pastoreo de Cristo va mucho más allá que la casilla del sacerdocio.

            Queridos hermanos, hemos oído al apóstol Pedro anunciarnos, sin tapujos, que “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” sino solo el de Jesucristo quien con su muerte y resurrección se ha convertido en la “piedra angular” de nuestra fe, del mundo, de la historia y, por tanto, de toda salvación. Por consiguiente, una vez más, comprobamos, como en Jesucristo se cumplen las antiguas profecías y los antiguos oráculos (judíos y paganos). Cristo, con su Pascua, se ha convertido en el alfa y omega, en el centro de la historia; el Señor y juez del mundo, el Eterno Viviente.

            Solo cuando reconocemos a Jesucristo como el único Salvador, podremos entender en qué consiste su verdadero pastoreo:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”: así se ha manifestado con su entrega y muerte en la cruz.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen”: como así lo experimentamos cuando tras resucitar María Magdalena lo reconoce al pronunciar su nombre. Esta aparición nos demuestra que el amor de Dios por el hombre es personal, singular, nominal.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”: esto es así porque la Salvación de Jesucristo es universal. Cristo, en su gloria, se ha convertido en la luz de las naciones y su señorío alcanza a todos por eso todas las culturas y religiones pueden contener elementos de verdad que les encaminen hacia el reconocimiento de Cristo como único y verdadero Dios y Señor. En esto radica la misión de la Iglesia y el ímpetu de los multiseculares misioneros de la misma.


Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla”: Cristo nos enseña a cumplir la voluntad de Dios. Su entrega en la cruz responde a una obediencia al Padre por puro amor a nosotros, para cancelar la deuda de Adán y salvar al género humano del pecado, del mal y de la muerte. Solo cuando asumimos los designios de Dios con nosotros podemos agradar a Dios y cooperar con Él en la redención del mundo.

Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”: hasta tal punto llegó el amor de Cristo por nosotros que entrega libremente su vida por nosotros. Eso es lo que le ha exaltado a la gloria haciéndole pastor universal, cuyo poder y reino se extiende a todos los pueblos de la tierra. Cristo cumple el principio pascual según el cual “nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos”. Y sus amigos somos todos nosotros. Por nosotros y cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño, ha entregado su vida el Buen Pastor, el Pastor hermoso y bello.

Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”: el Eterno Viviente, aquel que ha conocido las entrañas de la muerte y ha vuelto para darnos esperanza y ganas de vivir. Para decirnos que no todo está perdido, que la muerte no tiene la última palabra y que todo es posible para quien pone su vida en manos de Dios y cifra toda su esperanza en Él.

Así pues, queridos hermanos, en este domingo, el Buen Pastor nos llama a dejarnos conducir por Él, a dejar que Él nos alimente con el pasto de su palabra y los sacramentos, especialmente, los de la Eucaristía y la reconciliación. No perdamos el tiempo desviándonos del camino trazado siguiendo atajos llenos de lobos y alimañas. No lo olvidemos nunca: solo tenemos un pastor, una fe, un bautismo, un Dios en el cielo que nos ha dado a su Hijo Jesucristo, en cuyo nombre solo podemos ser salvados. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 8 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


                                  


Antífona de entrada

«Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo». Tomada del salmo 118, versículos del 137 al 124. Iniciamos la celebración confesando la fe en el Dios justo y recto. En este breve versículo se unen dos términos, aparentemente, contrapuestos: justicia y misericordia. Precisamente podemos pedir misericordia porque Dios es justo. Una persona injusta no usa la misericordia sino la arbitrariedad. Confiemos, pues, desde el inicio de la celebración en el Dios manifestado en Jesucristo e imploremos que nos trate siempre con la rectitud necesaria para que nuestros pecados conozcan la misericordia entrañable.
Oración colecta
            «Oh Dios, por ti nos ha venido la redención y se nos ofrece la adopción filial; mira con bondad a los hijos de tu amor, para que cuantos creemos en Cristo alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor, Jesucristo». Tomada de los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX); también aparece en el sacramentario gregoriano de Adriano (s. X). La salvación tiene un doble efecto en nosotros: uno negativo (la cancelación de la deuda del pecado, esto es, la redención) y otro positivo (el reestablecernos en la vida de la gracia, la adopción filial). El primer efecto supone la libertad respecto del pecado, mientras que el segundo supone heredar los bienes del Padre eterno, esto es, la eternidad.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, autor de la piedad sincera y de la paz, te pedimos que con esta ofrenda veneremos dignamente tu grandeza y nuestra unión se haga más fuerte por la participación en este sagrado misterio. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Esta antiquísima oración une en dos palabras todo lo que la liturgia eucarística realiza: piedad y paz, esto es, oración y reconciliación, plegaria y expiación. Con la ofrenda de Cristo al Padre la Iglesia glorifica al eterno Padre y actualiza la reconciliación entre Dios y los hombres efectuada por Jesucristo. Por otra parte, los cristianos nos co-ofrecemos con Cristo al Padre mediante la participación en los santos misterios.

Antífona de comunión

«Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo». Salmo 41, versículos 2 al 3. Con esta imagen tan plástica que nos ofrece el salmo, la liturgia expresa a la perfección el sentido espiritual de la procesión de los fieles hacia la recepción del Santísimo Sacramento. Acudimos prestos a Él para apagar nuestra sed de Dios y saciar nuestra hambre de vida eterna.

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida, dice el Señor» Tomada de Jn 8, 12. En este momento la luz que ilumina nuestro camino es la blanca Hostia que contiene esa vida verdadera e invulnerable que aspiramos y esperamos ya en este mundo. Dándose en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, Jesucristo quiere iluminar nuestro tránsito por este  mundo hasta que lleguemos un día a la Patria celestial.

Oración de pos comunión

«Concede, Señor, a tus fieles, alimentados con tu palabra y vivificados con el sacramento del cielo, beneficiarse de los dones de tu Hijo amado, de tal manera que merezcamos participar siempre de su vida. Él que vive y reina por los siglos de los siglos». De nueva creación. Está muy presente la impronta escatológica propia de las oraciones de pos comunión. Somos alimentados por los dones celestiales en este mundo anticipando, así, lo que u  día gozaremos plenamente en el cielo. Esta oración ofrece una síntesis de la doble mesa de la misa: la palabra y la Eucaristía.


Visión de conjunto

Si hay un título que acompaña al nombre de Cristo y que expresa su misión salvadora es el de “Redentor”. Estamos muy acostumbrados a discursos como “el Señor ha venido a salvarnos”, “El Señor ha muerto por nosotros”. Pero… ¿Qué significa esto? ¿Tiene sentido hablar hoy de salvación o redención? Vayamos por parte.

En primer lugar, hemos de considerar que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios creador, es decir, en gracia, justicia y santidad primera. Por lo tanto, antes que el pecado original, existió un estado de inocencia original. A esto lo llamaremos condición pre-lapsaria del hombre (lapsus=caída). Solo tras el engaño de la serpiente antigua, el demonio, el hombre pierde estos dones naturales primeros y se ve inficionado por el pecado pero esto no destruye su naturaleza sino que desfigura la imagen de Dios inscrita en él. A partir de este momento, el hombre se hace reo de culpa por el pecado que ha cometido transgrediendo el mandato divino. A esto lo llamamos condición post-lapsaria del hombre.

En esta segunda condición es donde se inserta la obra de Cristo, su misión salvífica. Jesucristo con su encarnación pretende mostrarnos cuál era y es la verdadera condición humana: la de  estar en gracia de Dios. Por tanto, la redención efectuada por Él no consistirá en otra cosa que en la de devolvernos al estado pre-lapsario, es decir, a la gracia, justicia y santidad original. De ahí que con razón el Concilio Vaticano II dijera que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).

Así pues, se entiende bien que lo que significa que Jesús viniera a salvarnos. Esta expresión es sinónimo de devolvernos al estado original en que fuimos creados. En este sentido, dice el mismo número citado anteriormente “El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual” (GS 22).

Pero hoy, en pleno s. XXI, ¿Tiene sentido hablar de salvación? Por supuesto, el hombre y la mujer del s. XXI tienen, más que nunca si cabe, una urgente necesidad de ser salvado, de sentirse salvado en medio de tanta hostilidad como el mundo de hoy enfrenta al cristiano. En los tiempos que corren cuánta gente se ve afectada por el pecado: robos, violencias, adulterios, fornicaciones, abortos, eutanasia, fraudes, guerras, uxoricidios, pederastia, trata de blancas, herejías, difamaciones, mentiras, abandonos, etc… no cesan de sucederse por doquier apartando, cada vez más, a la gente de la luz divina y arrojándoles en manos del demonio, quien piensa que ha ganado la batalla contra Dios.

Frente a estas situaciones dolorosas y dañinas, Cristo vuelve hoy a mostrarse como médico de los cuerpos y de las almas. Ante la fuerza del pecado, Cristo quiere dar su gracia al hombre de hoy para perdonarlo y restituirlo a la vida de la gracia y la conversión. Cristo con su Evangelio quiere poner ante el hombre moderno un camino de justicia y misericordia. De Justicia para cancelar la deuda del pecado (cosa que ya hizo de una vez para siempre por medio de su sacrificio en la cruz) y misericordia para hacernos hermanos suyos e hijos del Padre eterno por adopción.

Las heridas lacerantes del pecado esperan ser sanadas con el bálsamo de la gracia divina que, perfectamente, podemos disfrutar gracias a la Encarnación del Verbo divino quien al unirse a nuestra naturaleza humana asumió en sí todo lo humano de tal modo que nada hay en el hombre que no halle eco en la intimidad divina, tal como recordó el mismo número del Concilio:

El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido. El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23)” (GS 22).

Dios te bendiga

sábado, 6 de mayo de 2017

YO SOY TU BUEN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA



Queridos hermanos en el Señor:

            El IV domingo de Pascua, popularmente conocido como “del Buen Pastor”, las lecturas que la liturgia nos ofrece nos ponen cara a cara con este aspecto de la Pascua: el Cristo que ha sido constituido Señor y Mesías, Guía y Pastor de su pueblo. La homilía de este domingo se nos plantea en dos direcciones: lo referente a Cristo, Pastor bueno y lo tocante a nosotros, ovejas de su rebaño. Las palabras del apóstol Pedro tienen hoy un tono eminentemente solemne, como el de un pregonero que tiene la grave responsabilidad de dar un anuncio de extrema importancia: Cristo ha sido constituido a Jesús como Señor y Mesías. Y lo ha hecho, precisamente, porque se ha sometido, con libre obediencia, a la Pasión, como la Carta de san Pedro nos señala. En virtud de esta exaltación, Cristo ejerce su pastoreo universal sobre su pueblo.

            El Señor, tras su resurrección, es, en verdad, nuestro Pastor. Y no solo eso sino que Jesús es la misma puerta del aprisco a donde guía a su rebaño. Pastor y Puerta son dos imágenes que Jesús se apropia para expresar su misión como Salvador y Redentor. Jesús, constituido por Dios como Señor y Mesías, ejerce como tal siendo Pastor del rebaño llamando a sus ovejas y caminando delante de ellas para guiarla hasta los pastos eternos. A estos pastos solo se entra por la Puerta, que es el mismo. Quien entra por la Puerta puede conocer la voz de su Pastor y caminar con Él y tras de Él y disfrutar de ese banquete dispuesto para tener vida y vida en abundancia. Mientras que el que no entra por la Puerta es comparado con una ladrón y un bandido, es decir, un extraño para el rebaño; alguien ante quien se debe recelar y cuya voz no se debe seguir por ser desconocida.

            Respecto de nosotros, ante la predicación de Pedro debe suscitarnos la misma pregunta que se despertó en el corazón de aquellos oyentes “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta la da la Carta de Pedro: volvernos al Pastor de nuestras vidas. Quien ha conocido este anuncio y esta verdad no puede volver a ser el mismo. Nosotros, los cristianos, los que hemos entrado por la Puerta del bautismo, no somos extraños para Cristo, no somos desconocidos para el Padre eterno ni ignorados por el Santo Espíritu, pero corremos hoy el riesgo de desconocer la verdadera voz del Pastor eterno.

            Hoy son muchos los cantos de sirenas que engatusan los oídos de los fieles. Se nos dice que podemos hacer una religión a la carta; un Dios a nuestra medida, que justifique todo lo nuestro. Se nos dice que no escuchemos las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia porque son desfasadas, trasnochadas; se nos dice que la Iglesia y el Evangelio deben adaptarse a los criterios del mundo. Ante estos mensajes envenenados, los cristianos debemos mantenernos firmes en el legado de Jesucristo. ¿No será acaso el mundo quien debe ser guiado por el Evangelio? ¿No es acaso Dios y su palabra superior a los dogmas relativistas del mundo o a los inestables criterios sociales? ¿No será que hemos cambiado una fuente de agua pura y cristalina por cisternas agrietadas que no retienen el agua?
             Sin embargo, el Pastor sigue hablando a su pueblo; sigue llamándonos por nuestro nombre. La conversión personal se inicia en cuanto experimentamos que nuestro nombre ha sido impreso en las llagas gloriosas de Cristo, como el tatuaje en la palma de la mano de Is 49,16. Quien escucha su nombre de labios de Cristo enseguida se pone tras de Él y se fía de Él. Tener a Cristo como Pastor es saber que tenemos como garante de la vida a alguien que ha entregado libremente su vida por mí. Este Pastor, y no otro, es el que ha vuelto de la muerte y es mi valedor. Cada uno de nosotros, queridos hermanos, podemos hacer nuestras las palabras de Job “Yo sé que mi redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo; y después de desecha mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19,25-27).
              La antífona de comunión de la misa de hoy ha concentrado estas dos ideas del Pastor con la siguiente fórmula: “Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño”. Hoy la misión de este Pastor se sigue actualizando en la Iglesia a través de los pastores concretos del rebaño de Cristo: obispos y presbíteros, quienes, haciendo las veces de Cristo, celebran los sacramentos y la Eucaristía, predican en su nombre, asisten a los pobres y enfermos, evangelizan y enseñan. Pero para esta misión, cuentan con las oraciones y la obediencia de los fieles, con el cariño y la compañía del pueblo de Dios a ellos encomendado. Señor y Mesías, Jefe y Guía, Pasto y Pastor: en esto ha sido constituido Cristo por medio de su Éxodo, esto es, de su muerte y resurrección. Vivamos, pues, con esta confianza y seguros de su amor.

Dios te bendiga

viernes, 5 de mayo de 2017

LITURGIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo. Aleluya». Tomada del salmo 32, versículos del 5 al 6. En el mismo tono espiritual, de nuevo es la creación entera (cielo y tierra) las beneficiarias del don de la Pascua. Por un lado, la tierra, donde ha caminado el Hijo de Dios, ha conocido el don de la misericordia porque, durante su vida mortal, Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre, la introdujo en ella con su predicación y sus obras. Por otra parte, el cielo es el estado natural donde habita la Palabra divina. Desde allí, Jesucristo, Palabra de Dios, asegura el don del Espíritu. Así pues, esta antífona nos habla, de una manera u otra, del mismo Jesucristo, misericordia y palabra de Dios, quien ha sido enviado al mundo para dirigirlo a Dios, es decir, para pastorearlo y llevarlo a los prados eternos.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor. Él, que vive y reina». Ha sido reelaborada de su versión original presente en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y en gregoriano de Adriano (s. IX). Esta oración contrapone la debilidad de la grey a la fuerza del Pastor. El pueblo de Dios es un rebaño en constante peregrinación hacia un destino preciso y concreto: “la asamblea gozosa del cielo”. En este camino, los fieles no están exentos de tropezar y caer en las piedras del pecado; es un rebaño débil, asediado por el ataque de los lobos. Por ello, necesita de un Pastor fuerte y poderoso que empuñe su cayado y lo guíe y defienda en esta travesía. En el caso que nos ocupa, Cristo no es solamente este Pastor sino que además se ha hecho pasto para alimentar y fortalecer al pueblo.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Señor, alegrarnos siempre por estos misterios pascuales y que la actualización continua de tu obra redentora sea para nosotros fuente de gozo incesante. Por Jesucristo, nuestro Señor». Está presente como tal en los sacramentarios gelasianos y gregorianos, también en el misal romano de 1570. Esta oración pretende mantener el tono espiritual de la Pascua: el júbilo y la alegría que la Resurrección ha impreso en el corazón de los bautizados. También, recoge el corazón de la teología de la santa misa, esto es, la continuación y actualización de la obra redentora de Cristo.

Antífonas de comunión

«Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño. Aleluya». Es un texto muy antiguo del antifonario y que se ha conservado en el misal hasta hoy. Incluso Tomás Luis de Victoria (1548-1611) o Mendelssohn (1809-1847) han compuesto música para ella. Esta antífona concentra la síntesis del misterio pascual de Jesucristo. En cada Eucaristía es Jesucristo, buen Pastor, quien entrega su cuerpo y su sangre como alimento para su grey.

Oración de pos comunión

«Pastor bueno, vela compasivo sobre tu rebaño y conduce a los pastos eternos a las ovejas que has redimido con la sangre preciosa de tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Tomada de la compilación veronense (s. V) y de los sacramentarios gelasianos. Sin embargo la versión original ha sido reformada eliminando la última proposición e introduciendo el verso nuevo “conduce a los pastos eternos”. La última oración de esta misa recopila los temas precedentes referidos a Cristo-Pastor: es el Pastor celoso que “vela compasivo” por sus ovejas; es el Pastor-guía que “conduce a los pastos eternos”; es el Pastor-pasto que alimenta al rebaño con su “sangre preciosa”. Guardia-guía-alimento son las tres propiedades que definen al Pastor bueno. Modelo para los ministros y seguridad para los fieles.

Visión de conjunto

El IV domingo de la Pascua, la Iglesia celebra la jornada mundial de las vocaciones. Un día especialmente dedicado a orar para que el Señor envíe sacerdotes a su Iglesia. La liturgia de este domingo, llamado del Buen Pastor, nos ofrece una perfecta radiografía de cómo deben ser los pastores que el Señor pone al frente de su grey. Veamos algunos rasgos:

Pastores fuertes”: la fuerza de un sacerdote no radica en si mismo, sino en la oración de cada día. El pastor debe ser, ante todo, un hombre de oración. Que ame y cuide con mimo cada día su trato con el Señor a través de la liturgia y la oración personal. En un mundo tan complicado y hostil, para el sacerdote la oración no es una opción, ni tan siquiera una estricta obligación canónica, sino una necesidad imperiosa si quiere mantenerse como transparencia de Cristo. La fortaleza del pastor no está en un carácter más o menos agrio o impositivo, ya que esto denota más bien una debilidad y un complejo, sino que la fortaleza debe estar acompañada de la humildad, la mansedumbre, la fe, la paciencia, la misericordia, la justicia, el respeto, etc.

Pastores guías”: el sacerdote, como cooperador inmediato del orden de los obispos, ha sido puesto al frente de un pueblo, que, a veces, puede concretarse en una parroquia. Y esto, lejos de ser un privilegio o una prerrogativa personal, supone una responsabilidad eminentemente grave. Estar al frente del pueblo obliga al sacerdote a estar en constante diálogo con Dios para saber qué hacer, qué decir, cómo actuar. Estar al frente del pueblo, significa para un sacerdote ser y actuar como un padre de las almas de sus feligreses, estar preocupados por la salvación y la situación de cada uno de ellos. Estar al frente de un pueblo habrá de ser entendido como un ministerio, es decir, como un “estar al servicio” de la feligresía.

Pastores celosos”: esto es, pastores que se desvelen por defender a su rebaño del ataque violentísimo de los lobos que buscan cercenar su grey. Hoy adolecemos de pastores que empuñen el cayado y alcen su voz contra aquellos que están envenenando al pueblo de Dios. Hoy asistimos impávidos al rebrote de las viejas herejías del pasado: un neo-arrianismo en que Cristo es presentado como un profeta, un revolucionario, un buen hombre, un modelo moral para la humanidad al nivel de cualquier otro; un sincretismo en que Cristo es puesto a la altura de Buda o Confucio; una rehabilitación solapada del mayor destructor de la Iglesia y de Europa como fue Lutero; una relativización de la moral matrimonial donde, diciendo sin decir, hoy todo vale y nada es del todo bueno o malo; donde bajo la expresión “nuevo paradigma” o “realidad poliédrica” hoy se justifica y se aprueba todo; asistimos callados a la imposición de la ideología de género que pretende re-escribir la naturaleza humana y enmendar la plana al Creador; asaltan nuestros templos y profanan nuestras imágenes y no hay respuestas enérgicas entre los pastores.

Por todo esto y más, necesitamos despertar el celo pastoral en los ministros que hagan suya estas palabras de san Atanasio de Alejandría: «¡Que Dios les consuele! Lo que les entristece es el hecho de que otros han ocupado las iglesias por la violencia, mientras que durante este tiempo ustedes están en el exterior. Es un hecho que tienen las instalaciones – pero ustedes tienen la fe apostólica. Ellos pueden ocupar nuestras iglesias, pero están fuera de la verdadera fe. Ustedes permanecen fuera de los lugares de culto, pero la fe habita en ustedes. Consideremos: ¿qué es más importante, el lugar o la fe? La verdadera fe, obviamente. ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en la lucha, el que mantiene las instalaciones o el que mantiene la fe? Es cierto que las instalaciones son buenas cuando se predica la fe apostólica allí; son santas si todo lo que tiene lugar allí es de una manera santa. Ustedes son los que son felices; ustedes que permanecen dentro de la Iglesia por su fe, que permanecen firmes en los fundamentos de la fe que les ha llegado de la tradición apostólica. Y si unos celos execrables han tratado de sacudirlos en varias ocasiones, no han tenido éxito. Ellos son los que se han separado de ella en la crisis actual. Nadie, nunca, prevalecerá contra su fe, amados hermanos. Y creemos que Dios nos devolverá nuestras iglesias algún día».

Pastores-pasto”: los sacerdotes, a imitación de su modelo que es Cristo, deben vivir la vida en continua entrega. El sacerdote está llamado a ser Eucaristía viviente, es decir, a ser alimento para el pueblo. El pastor debe nutrir a su pueblo con los sacramentos, con la predicación y con el ejemplo de una vida santa.

Pastores compasivos”: que estén al lado de los que más necesitan de su compañía. Los pastores han de ser compasivos con los enfermos, con los pobres, con los pecadores. No debe faltarles una cercanía especial con aquellas personas, hombres y mujeres, que llevan a sus espaldas las heridas de la vida; gente que se han visto decepcionadas, defraudadas, abandonadas; personas que no tienen quien les ame, que no han conocido ni experimentado el ser amado.

Este domingo, en conclusión, tradicionalmente se le ha considerado el día del párroco y de la parroquia. Ser imagen del Buen Pastor es empeño de todos, tanto de los que tienen el oficio pastoral como de aquellos que deben verse beneficiados de este servicio. Oremos, pues, al Señor, para que no abandone nunca a su Iglesia y siga suscitando, en medio de su pueblo, pastores santos y eximios que, imitando a Cristo, Pastor bueno, conduzcan al débil rebaño a los pastos eternos del cielo.

Dios te bendiga