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sábado, 9 de febrero de 2019

DUC IN ALTUM


HOMILÍA DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Si el domingo pasado, leíamos el relato de vocación del profeta Jeremías y destacábamos la singularidad de cada uno de nosotros desde la concepción en el seno materno y cómo Dios nos llama desde ese momento para una misión importante en medio del mundo; hoy, se nos presenta el testimonio vocacional del profeta Isaías, cuyo relato nos ofrece aspectos nuevos que pueden ayudarnos a crecer en nuestra vida espiritual y a profundizar en la vocación cristiana.

            El contexto en que se desarrolla la escena es el de una celebración litúrgica solemne acaecida en un templo. La majestad divina, la presencia de la gloria de Dios, está caracterizada por una inmensa orla del manto del Sumo Sacerdote, “que llenaba el templo”, y que no es otro que el mismo Dios; el coro de ángeles y serafines que proclaman con profusión de voz la santidad del lugar y de Dios hasta el punto de hacer temblar las paredes y puertas del templo; y el incienso, cuyas espesas volutas de humo copaban el aula sacra presentando las libaciones y oraciones de los justos que honran a Dios en su presencia.

            Ante aquel espectáculo tremendo y fascinante al que es arrebatado Isaías, la reacción de aquel no es otra que la del santo temor divino, la del estupor y la inefabilidad por algo que le supera y trasciende. Hermanos, se podría decir que lo que le ocurre al profeta, no es otra cosa sino lo que vivimos los fieles católicos cada domingo cuando acudimos al templo a celebrar la sagrada liturgia en la que de un modo eficaz, singular y único se hace presente la gloria de Dios en Jesucristo eucaristía. Hermanos, solo quien es capaz de reconocer a Dios y su trascendencia en estas funciones solemnes de la Iglesia, puede experimentar el estupor que agita el alma del profeta y de los apóstoles y discípulos del Evangelio de hoy.


            Ahora bien, es, precisamente, en este contexto donde su produce la llamada de Isaías por parte de Dios, para ser profeta de los pueblos, para ir al mundo y ante los ángeles tañer para Dios. El profeta Isaías, al igual que el apóstol Pedro, reconoce su indignidad e impureza frente a la misión que les es encomendada. Se cuestiona a si mismo su vida y su origen. Podríamos decir, que Isaías y Pedro entran en una crisis existencial y vocacional, hasta el punto de preguntarse, de una manera u otra: “¿Quién soy para Dios?”, “¿Hasta ahora qué he hecho por Él, para agradarle?”, “¿Estoy dispuesto a entregarme a Él y a su causa?”.  

            Ante esto, se hace apremiante una purificación previa, una preparación o catarsis espiritual que limpie nuestras vidas de la inmundicia del pecado y repare nuestras almas infundiendo en ellas el valor y la confianza teologal para emprender la empresa de ser instrumento al servicio de Dios. A tal fin, será un serafín quien purifique al profeta con un ascua incandescente que abrasa los labios de Isaías obteniendo la purificación deseada. San Pedro obtiene su purificación por las ascuas de las Palabras del Señor.

            Este ascua fue tomada del altar del templo del Señor. Hermanos, ¿Acaso en nuestra liturgia no tomamos del altar un ascua aún más eficaz que aquella? ¿Acaso de nuestra celebración litúrgica no brotan ascuas de gracia y misericordia, de vida y eternidad?


Hermanos, vuelvo al tema primero, es aquí, en la sagrada litúrgica donde Dios purifica a su pueblo, lo prepara y lo envía. Es aquí donde Dios nos hace aquella pregunta “¿A quién mandaré?, ¿Quién irá por mí?”. El Señor hoy nos interpela “¿A quién haré pescador de hombres?”, “¿Habrá niños y jóvenes con corazón generoso que quieran entregarse a mí?”, “¿Habrá familias que fomenten y permitan la posible vocación sacerdotal de sus hijos?”, “Y mis laicos, ¿querrán ser mis testigos en medio del mundo?”, “Estarán dispuestos a santificarse en medio de sus tareas y ocupaciones profesionales diarias?”.

Ante estas preguntas, hoy, los cristianos, los que participamos de la celebración litúrgica y experimentamos el poder de su presencia gloriosa entre nosotros, solo podemos decir: “Aquí estoy, Señor, mándame. Mándame para ser un pescador de hombres. Conoces, Señor, que soy un pecador, un cacharro inútil que sin ti no puede hacer nada. Aun así, Señor, mándame a mis hermanos los hombres a quienes, en tu nombre, anunciaré tu nombre; a quienes por tu palabra, anunciaré tu palabra. Para ir convenientemente, Señor, necesito que me purifiques con las ascuas que surgen de tu altar: el ascua de la Eucaristía; el ascua de tu perdón. Sólo así seré eficaz en tu misión y mis hermanos, los hombres, volverá a agolparse a tu alrededor para oírte, conocerte, amarte y seguirte”.

            ¿Y qué hemos de anunciar? -se preguntará alguno- el mensaje esencial de nuestra predicación nos lo ha dado san Pablo en la segunda lectura: que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros y para nosotros y ahí reside nuestra vida y nuestra eternidad. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 21 de julio de 2018

APOSTOLADO Y PASTOREO


HOMILIA DEL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Como un eco del cuarto domingo de Pascua, llegan estas lecturas que acabamos de oír donde el hilo conductor es la imagen de Dios como Pastor. Ante la ineptitud de los responsables de la comunidad de Israel, denunciada por el profeta Jeremías, Dios se decide a tomar las riendas de su pueblo y se propone Él mismo como Pastor Único del rebaño. La misma situación que encontrará Jesucristo en las gentes de su época, ante las cuales siente lástima, y se decide a enseñarlas con tranquilidad.

            Los malos pastores, denunciados por Jeremías, son aquellos que han abandonado la ley de Dios, aquellos que olvidaron que el pastoreo es, ante todo, un oficio de amor a Dios. Hoy, esta profecía, se concretaría en aquellos pastores que ofrecen como doctrina sus propias opiniones y criterios personales, obviando el predicar el Evangelio conforme a la Tradición de la Iglesia. Pastores más apegados a sus gustos y apetencias que a la preocupación por la grey de Cristo. Pastores que han diluido su identidad sacerdotal de tal manera que hoy son prácticamente irreconocibles. Pastores que han hecho del orden sacerdotal un “modus vivendi” antes que una vocación sobrenatural.

            Ante esos malos pastores que han despreciado al Pueblo santo de Dios, y que ya no rezan por él, ni lo alimentan con los sacramentos bien celebrados y la predicación esmeradamente preparada; Dios no se queda de brazos cruzados sino que Él mismo se pone al frente de la grey para ser su Pastor y mandar pastores entregados y solícitos. Ante la acuciante necesidad de volver a atraer al rebaño disperso, Dios no duda en ejercer su ministerio profético tranquilamente y con solicitud amorosa. Los pastores que Dios mandará habrán de ser ante todo, sacerdotes comprometidos, orantes, que vivan la vida sobrenatural sin olvidar que son humanos. Hombres, sacados de este mundo, que amen a este mundo apasionadamente denunciando sus incoherencias, sanando sus enfermedades y anunciando la buena nueva del Reino de Cristo.   


            Este es otro aspecto del oficio profético del Pueblo de Dios. Si el domingo pasado acentuábamos la dimensión apostólica de los bautizados, como llamados y enviados por Cristo al mundo; conviene que hoy meditemos, también, la dimensión pastoral del Pueblo de Dios, que se concreta en la jerarquía eclesiástica (obispo, presbítero y diácono). A estos compete la dirección espiritual de la masa seglar. Por eso es importante que sean fieles, que no se dejen llevar de sus gustos personales; en otras palabras, es necesario que sean hombres capaces de compadecerse por las multitudes, de enseñar con calma los preceptos evangélicos y las enseñanzas de la Iglesia; capaces de querer lo que Dios quiere para su grey.

            El pastoreo de Cristo, prolongado, vivido y actualizado en el ministerio sacerdotal, es, también, signo profético del amor de Dios en el mundo. El pastoreo de Cristo es la raíz de toda misión de la Iglesia en sus diversas concreciones. Así, apostolado seglar y ministerio pastoral no son dos realidades contrapuestas o en continua dialéctica. No. Sino las distintas formas que tiene Dios de cuidar del mundo, del hombre y de la mujer de hoy.

Como Jesús sintiera lástima de aquella multitud que andaba como oveja sin pastor, y se pusiera a hablarles, hoy Cristo, sintiendo esa misma lástima, vuelve a mandar a sacerdotes y seglares para que pastoreando y ejerciendo el apostolado, respectivamente, enseñen y reúnan al pueblo “con calma”.

Así pues, queridos hermanos, el oficio profético del Pueblo de Dios, en su doble forma de ejercerlo, debe llevarnos, siempre, a aunar esfuerzos para que Cristo sea conocido por todos y para que todos tengan vida eterna en Él. Así sea.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

7. MISA PRO SEIPSO SACERDOTE


MISA POR EL MISMO SACERDOTE



I. Misterio

            El post anterior estuvimos hablando del sacerdocio a rasgos generales. El formulario de la misa que hoy estudiaremos quiere concretar esos aspectos en la vida de cada ministro; para ello, la misa por el mismo sacerdote nos ofrecerá ver al presbítero ejerciendo el ministerio en el campo concreto asignado por la Iglesia, en concreto, como párroco o en otra forma de la cura de almas. Nos ayudaremos de las palabras del Código de Derecho Canónico (cc. 512-530) que recoge una rica teología acerca de esto y disposiciones prácticas que nos serán de gran utilidad.

Comencemos explicando qué es una parroquia

La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio. Normalmente, la parroquia ha de ser territorial, es decir, ha de comprender a todos los fieles de un territorio determinado; pero, donde sea necesario, se constituirán parroquias personales en razón del rito, de la lengua o de la nacionalidad de los fieles de un territorio, o incluso por otra determinada razón.

También la cura pastoral de una o más parroquias a la vez puede encomendarse a varios sacerdotes, con tal que uno de ellos sea el director de la cura pastoral, que dirija la actividad conjunta y responda de ella ante el Obispo. Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral.

Pero… ¿Quién es el párroco?

El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho. Para que alguien pueda ser designado párroco válidamente debe haber recibido el orden sagrado del presbiterado. El párroco debe tener estabilidad y por tanto debe ser nombrado por tiempo indefinido; sólo puede ser nombrado por el Obispo diocesano para un tiempo determinado, si este modo de proceder ha sido admitido, mediante decreto, por la Conferencia Episcopal. Quien ha sido promovido para llevar la cura pastoral de una parroquia, la obtiene y está obligado a ejercerla desde el momento en que toma posesión.

Y… ¿Qué obligaciones tiene el párroco? 

El párroco está obligado a procurar que la palabra de Dios se anuncie en su integridad a quienes viven en la parroquia; cuide por tanto de que los fieles laicos sean adoctrinados en las verdades de la fe, sobre todo mediante la homilía, que ha de hacerse los domingos y fiestas de precepto, y la formación catequética; ha de fomentar las iniciativas con las que se promueva el espíritu evangélico, también por lo que se refiere a la justicia social; debe procurar de manera particular la formación católica de los niños y de los jóvenes y esforzarse con todos los medios posibles, también con la colaboración de los fieles, para que el mensaje evangélico llegue igualmente a quienes hayan dejado de practicar o no profesen la verdadera fe. Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos.

Reconozca y promueva el párroco la función propia que compete a los fieles laicos en la misión de la Iglesia, fomentando sus asociaciones para fines religiosos. Coopere con el Obispo propio y con el presbiterio diocesano, esforzándose también para que los fieles vivan la comunión parroquial y se sientan a la vez miembros de la diócesis y de la Iglesia universal, y tomen parte en las iniciativas que miren a fomentar esa comunión y la consoliden.

Entremos ya a estudiar el formulario litúrgico donde se asiente y dimana todo el ser y el hacer del párroco esbozado anteriormente.


II. Celebración

Esta misa ofrece tres formularios (A-B-C). Los formularios A y B están previstos para un sacerdote con cura de almas, es decir, para un párroco; mientras que el formulario C lo está para el aniversario de la propia ordenación. Puede decirse bien con ornamentos blancos o del día siempre que no se contravenga la norma general de respetar la oportunidad y el tiempo litúrgico. Con este formulario puede usarse la plegaria I para las diversas necesidades o bien el prefacio I para las ordenaciones con las plegarias eucarísticas I, II o III.

El formulario A contiene: una oración colecta, tomada de los sacramentarios gelasianos[1] con algunas variaciones sintácticas. Esta oración acentúa la generosa elección divina frente a la debilidad humana que no hace méritos para ello. El sacerdote ha de cumplir el ministerio que le compete celebrando los sacramentos y guiando al pueblo de Dios. La oración sobre las ofrendas ha sido adaptada de la compilación veronense[2]. Se centra en la relación pastor-grey acentuando la necesaria obediencia de unos y la solicitud pastoral del otro. La oración de pos-comunión ha sido tomada, también de la compilación veronense[3]. Dios es la fuente y plenitud de las virtudes con lo cual solo a Él se debe el que el sacerdote pueda hacer el bien, predicar, ofrecer los misterios y exponer el conocimiento de Dios.

Los textos bíblicos seleccionados para este primer formulario son: para la antífona de entrada, Col 1, 25-28 donde se sitúa el sacerdocio como un administrador elegido por Dios para comunicar su gracia y su palabra al pueblo; y para la antífona de comunión, Jn 15, 9 donde recuerda al ministros que la clave de todo “éxito” pastoral está el permanecer en el amor de Dios. El sacerdocio es un oficio de amor: de amor a Dios y de amor al pueblo de Dios.

El formulario B es de nueva creación. Contiene una colecta inspirada en el salmo 85, 1: “Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado”, que junto con la acción iluminadora del Espíritu Santo hace posible en el sacerdote que éste celebre los misterios, sirva a la Iglesia y ame a Dios como este merece ser amado por sus ministros. La oración sobre las ofrendas contiene un tratado condensado sobre la configuración del ministro con Cristo sacerdote y víctima. La oración de pos comunión se basa en el misterio eucarístico como fuente de fortaleza y gozo para proseguir en el ministerio sacerdotal.

Los textos bíblicos asignados a este formulario son eminentemente afectivos: para la antífona de entrada el salmo 15, 2.5 recuerda al ministro que toda su felicidad y todo lo bueno está cifrado en Dios y fuera de Él no va a encontrar ningún otro aliciente para su vida y ministerio. La antífona de comunión está tomada de Lc 22, 28-30 donde Jesús promete el banquete del Reino verdadero a los que perseveren con Él en el trabajo pastoral, esto es, sus pruebas; pues, la configuración con Cristo o es plena y totalizante o no será.

El formulario C es más complejo: la oración colecta es de nueva creación. Recopila los temas de los formularios anteriores: la usencia de méritos en la debilidad del sacerdote, la gracia de la elección, la participación en el sacerdocio de Cristo, el servicio a la Iglesia, la predicación del Evangelio y la celebración de los misterios divinos. La oración sobre las ofrendas es del sacramentario gregoriano del papa Adriano[4]. Vuelve a recordar la ausencia de méritos en el sacerdote lo que conlleva la necesidad de que el ministerio progrese y se perfeccione a lo largo de la vida. Para la oración de pos-comunión, la primera parte “Para alabanza…mi sacerdocio” se encuentra en la compilación veronense[5] y los gelasianos[6] mientras que la segunda parte “he celebrado…en el sacrificio” es de nueva creación. Esta oración retoma el tema importante de la configuración cristológica en el ser sacerdote y víctima (Eucaristía perfecta) de Cristo.  

Los textos bíblicos parejos a este formulario son: para la antífona de entrada Jn 15, 16 donde se recuerda el misterio de la elección del sacerdote por parte de Cristo en orden a una misión concreta: dar frutos de vida eterna; mientras que para la antífona de comunión se ha tomado de 1 Cor 10, 16, centrada en el cáliz y en el pan como sello de la alianza hecha por Dios en Cristo con los humanos y especialmente con el sacerdote que celebra su aniversario, quien físicamente eleva el cáliz y parte (fracciona) el pan de vida.


III. Vida

            Una vez analizados los diversos formularios, establezcamos algunos puntos sustanciales extraídos de los mismos para una mejor comprensión del sacerdocio como dimensión personal del ministro y como responsable de la cura de almas.

            1. La elección divina y el sustrato humano: en líneas generales, de los formularios se desprende que el sacerdote ha sido elegido por la gracia y la providencia divina para proveer a su pueblo de Pastores. Pero esta elección no se hace atendiendo a criterios humanos sino por disposiciones que sólo Dios conoce. Pero Dios, total conocedor de la debilidad humana, cuando elige no elige a los capacitados sino que su gracia, por el sacramento del Orden, es la que capacita a los electos para que ejerzan el ministerio en pro de la edificación del Cuerpo místico de Cristo. Los méritos humanos poco o nada valen, las cualidades humanas poco o nada aportan para la elección, aunque si para el ejercicio del mismo. Entonces ¿Por qué Dios elige para el sacerdocio a unos y a otros no? Solo Él lo sabe. No cabe otra respuesta que pretenda agotar la solución. Por ello, cuando uno es elegido para el ministerio solo queda dar gracias por ello y ponerse en las manos de Dios para que Él disponga lo que quiera.

            2. Relación párroco-feligreses: hay una frase paradigmática en el formulario A que puede ayudarnos a entenderla: “para que al pastor no le falte la obediencia de su grey, ni a la grey el cuidado de su pastor”. Aparentemente la frase pareciera que establece un vínculo puramente jurídico entre ambas partes, pero, aun siendo verdad la base jurídica, realmente entre estos dos términos de la relación lo que prima es la caridad pastoral puesto que la obediencia que le debe la feligresía al párroco o a los que trabajan con él en el ministerio solo se hace efectiva si somos capaces de remontarnos del signo a la realidad, es decir, la obediencia al párroco no se demanda por razones afectivas (si me cae bien o me cae mal) sino porque representa a Cristo-Pastor en la comunidad. La obediencia, por tanto, se tiene en cuanto éste exponga la fe y la moral de la Iglesia en comunión con ella y nunca con las opiniones y gustos personales de los mismos.   

            La segunda parte de esta frase debe entenderse en la misma perspectiva: el cuidado de la grey, aunque a veces cueste, no se realiza en virtud de la bondad o maldad de la gente que forme la grey sino que en la pequeña feligresía se contiene el germen de toda la Iglesia universal, de ahí que cuando el párroco vela con solicitud por cada niño, cada joven, cada adulto, cada anciano, cada enfermo, está cuidando a los niños, jóvenes, adultos, ancianos y enfermos de toda la Iglesia. Aquí también hay que saber remontarse del signo a la realidad: la parroquia es signo concreto de la Iglesia universal, santa y católica. En este sentido se hace real la vivencia de la estructura sacramental de la Iglesia.

            3. La cura de almas: es la labor fundamental del sacerdote encargado de una parroquia o que trabaja en ella cooperando con otros presbíteros. Los tres formularios en conjunto concretan en qué consiste este cuidado de las almas (= personas en su totalidad): 1. Predicación: el ministro debe preparar la predicación y estar pronto para acometer esta importante labor pues para ello cuenta con la fuerza del Espíritu Santo; 2. Hacer el bien: es una tarea de todo cristiano pero en un párroco reviste una especial importancia, pues el ministro debe destacarse por una caridad sincera y generosa con todos por igual y sin acepción de personas; 3. Celebrar los misterios: tarea primera, principal e ineludible de los ministros. Como dijimos en páginas anteriores, esto es lo único que pueden hacer los sacerdotes y nadie más[7]. La celebración litúrgica debemos entenderla como un servicio, tal como este formulario propone al hablar de “administrar los misterios”, “administrador de la gracia”, o similares; 4. Servir a la Iglesia: que es la dimensión totalizante de la vida del ministro ordenado porque es la que aglutina todo lo anterior. El presbítero debe estar siempre dispuesto a llevar a cabo toda aquella encomienda de la Iglesia para edificar y guiar hasta la plenitud al Pueblo de Dios.

            4. Participación del sacerdocio de Cristo: este es un principio de toda vivencia del sacerdocio. Todo parte de aquella oración pronunciada sobre nosotros en el día de la ordenación: “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”[8]. Este aserto, aunque breve y conciso en su formulación, contiene una densidad teológica que el formulario de la misa que comentamos puede ayudarnos a escrutar. Generalmente cuando se plantea el tema de la participación en el sacerdocio de Cristo tiende a acentuarse la dimensión del “poder sacerdotal”, es decir, la capacitación de la gracia para confeccionar eficazmente los sacramentos, y en especial la misa. Pero la participación con Cristo, sin negar lo anterior, va más allá de la “potestas ordinis”; el ministro participa del sacerdocio de Cristo, ante todo, existencialmente como víctima que se ofrece en sacrificio. El ministro ordenado es vivencia concreta, personal y singular de aquello que san Pablo exhorta a todos los cristianos: “que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual” (Rom 12, 1).


            El misterio de la cruz del Señor es un misterio de amor, de entrega, de sacrificio, de víctima viva. Y aquí es donde el párroco se juega el todo de su sacerdocio y de su ministerio. Para ser buen olor de Cristo hemos de abrasados por el carbón de la entrega como el incienso es abrasado por los carboncillos del incensario y así desprende un aroma suave y agradable. Así como la vela que alumbra al Santísimo se consume gritando a todos que Jesús está aquí, el ministro ordenado debe gastar su vida consumiéndose en hacer presente a Cristo en medio de la comunidad parroquial.

            Así pues, en conclusión, qué importante es la labor del párroco en medio de la parroquia o de cualquier comunidad cristiana. Y, por ello, cuánto más importante será rezar por aquellos que tienen el encomendado el ministerio sacerdotal para edificar la Iglesia y guiarla hasta el día de Cristo, mediante la celebración de la santa misa y de los sacramentos y el ejercicio generoso de la caridad pastoral. Ánimo y recen por sus párrocos.

Dios te bendiga



[1] GeV 774 y GeA 2108.
[2] Ve 997.
[3] Ve 1003.
[4] GeH 703.
[5] Ve 999.
[6] GeV 776 y GeA 2110.
[7] Ciertamente puede haber celebraciones litúrgicas que puedan celebrarla los laicos pero siempre de manera delegada y en casos excepcionales, no de ordinario.
[8] cf. Pontifical Romano, ordenación de presbíteros, 163.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

6. MISA PRO SACERDOTIBUS


MISA POR LOS SACERDOTES



I. Misterio

No pasarán nunca de moda estas palabras de san Juan Pablo II: “Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu” (PDV 15).

Tras su Ascensión a los cielos, Cristo envió a sus apóstoles a predicar al mundo entero. A la muerte de éstos, sus sucesores, los obispos, unieron a su ministerio, en grado subordinado, a los presbíteros “para que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran los colaboradores del orden episcopal para realizar adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo” (PO 2b). Pero no erremos el tiro, la autoridad de los presbíteros dimana del oficio sacerdotal de Cristo tal como lo propuso el mismo Concilio Vaticano II: “El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo. Por lo cual, el sacerdocio de los presbíteros supone, ciertamente, los sacramentos de la iniciación cristiana” (PO 2c). Pero cómo se “hace” un sacerdote, el mismo Concilio responde: “se confiere por un sacramento peculiar por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza” (PO 2c).

El sacerdocio ministerial es signo y expresión de la unión vital de Cristo con su Iglesia tal como lo ha recordado, recientemente, el Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros: “el sacerdocio ministerial hace palpable la acción propia de Cristo Cabeza y testimonia que Cristo no se ha alejado de su Iglesia, sino que continúa vivificándola con su sacerdocio permanente” (DVMP 1c). Pero no podemos obviar el sustrato humano del presbítero: el sacerdote es, ante todo, un humano. Único e insustituible en su humanidad. El orden sacerdotal supone un cambio ontológico pero no una disolución de lo humano en él. Dios no borra la personalidad del sacerdote, es más, la requiere completamente (cf. DVMP 2d).

Tras esta breve introducción teológica sobre el ser y el ministerio de los presbíteros, entremos a examinar el formulario litúrgico para encontrar pistas que nos ayuden a comprender y a valorar a los sacerdotes.


II. Celebración

Entramos ahora en la celebración misma de esta misa. Se ofrecen varios formularios, que veremos a continuación. Antes, digamos alguna palabra a rasgos generales de cómo puede celebrarse: para esta misa se recomienda la plegaria eucarística primera para las misas por diversas necesidades pero también puede emplearse el prefacio I de las ordenaciones con las plegarias eucarísticas I, II o III. Las ropas pueden ser blancas o verde, pues no debe olvidarse que esta misa solo puede celebrarse en el Tiempo Ordinario, fuera de este ciclo litúrgico será necesario permiso expreso del ordinario.

Antes de entrar a analizar las oraciones que configuran el formulario hemos de advertir que mientras que en la “editio typica latina” del 2002 se ofrecen dos colectas, y una de ofrendas y una de postcomunión, la edición española ofrece dos colectas, tres de ofrendas y dos de postcomunión ¿Enriquecimiento? No. Puesto que la segunda del ofertorio (B) es igual que la segunda colecta (B) con el orden de palabras o frases alteradas[1],

Ofertorio B
Colecta B
Señor Dios nuestro, que para regir a tu pueblo has querido disponer del ministerio de los sacerdotes, concédeles un servicio perseverante según tu voluntad, para que, en su ministerio y en su vida, sean capaces de procurar tu gloria en Cristo.
Señor Dios nuestro, que para regir a tu pueblo has querido [servirte] del ministerio de los sacerdotes, concédeles [perseverar] [al servicio de tu voluntad], para que, en su ministerio y en su vida, [puedan buscar] tu gloria en Cristo.



y lo mismo ocurre con la tercera del ofertorio (C) que es igual que la primera del ofertorio (A).

Ofertorio C
Ofertorio A
Oh Dios, tú has querido que tus sacerdotes sean servidores de los santos altares y del pueblo, concede propicio, por la eficacia de este sacrificio, que su ministerio […] te sea siempre grato y dé, en tu Iglesia, el fruto que siempre permanece.
Oh Dios, tú has querido que tus sacerdotes sean [ministros] [del santo altar] y del pueblo, concede propicio, por la eficacia de este sacrificio, que [el] ministerio [de tus siervos] te sea siempre grato y dé, en tu Iglesia, [frutos] que siempre [permanezcan].



La oración colecta A está tomada del misal romano del 1570[2] de la que se ofrece para la misa de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote con variantes como se muestra en el cuadro siguiente:

1570
2002
Deus, qui [ad maiestatis tuae gloriam et generis humani salutem,] Unigenitum tuum summum [atque] aeternum constituisti Sacerdotem: praesta; ut quos ministros [et] mysteriorum [suorum] dispensatores elegit in accepto ministerio adimplendo Fidel[e]s inveniantur
[…] Deus, qui
Unigenitum tuum summum aeternumque constituisti sacerdotem, praesta, ut, quos ministros tuorumque mysteriorum dispensatores elegit, in accepto ministerio adimplendo fidelis inveniantur.



            Como vemos, está centrada en Jesucristo el único Sumo y Eterno Sacerdote que elige ministros y administradores de sus misterios. La colecta B, de nueva creación, dice que Dios, para regir a su pueblo, quiso servirse del ministerio de los sacerdotes y para ello, concede a estos mismos la perseverancia y el interés por buscar la gloria de Cristo. La oración sobre las ofrendas A, de nueva creación, indica que el sacrificio se ofrece por los sacerdotes, a los que llama ministros del altar y del pueblo; para que sean gratos a Dios y den frutos en la Iglesia. La oración de postcomunión, también de nueva creación, señala que el sacrificio, al ser ofrecido y comulgado, llena de vida a clero y pueblo para que, juntos, puedan servir a Dios. 


III. Vida

            Analizado, pormenorizadamente, el formulario veamos algunos puntos que pueden ayudarnos a unos a comprender mejor el ministerio sacerdotal y lo que comporta y a otros a vivirlo coherentemente.

El misterio de la elección: es lo primero de lo que nos informan las oraciones de hoy: Jesucristo es el único que elige “con amor de hermano, a hombres de este pueblo” para investirles de su poder sacerdotal y así poder regir a este mismo pueblo de donde han sido sacados. Pero este gobierno, en los presbíteros, se ejerce en comunión y co-responsablemente con el obispo. Así pues, nadie puede arrogarse el honor de ser sacerdote; no es sacerdote el que quiere sino el que Dios llama. No es cuestión de sexos sino de misterio de elección por Cristo. El sacerdocio femenino no tiene cabida porque no se halla en la voluntad salvífica de Jesucristo ni dio ninguna indicación al respecto. Luego, la Iglesia no puede hacer nada que su Señor y fundador no dispusiera.

El ministerio sacerdotal: es, ante todo, un servicio. No un honor ni un cargo ni un derecho adquirido por adquirir. Es un servicio dado que etimológicamente, ministerio viene del latín “ministerium” y este del vocablo “minus” que significa “el menor” o “el que sirve”. El presbítero es un servidor del altar y del pueblo, en este orden lo marca la lex orandi. Del altar, porque ha sido investido de autoridad para ello, para la confección de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía como lo recuerda el IV Concilio de Letrán: “Y este sacramento nadie ciertamente puede realizarlo sino el sacerdote que hubiere sido debidamente ordenado…” (DS 802). Todo lo demás pueden hacerlo perfectamente los seglares. Pero también es servidor del pueblo en cuanto que los sacramentos son celebrados para santificación de los fieles. También son servidores del pueblo ejerciendo como Padres del mismo, paño de lágrimas, consejero en problemas, acompañante de duelos y partícipe de alegrías. Aun mejor lo exponen estas palabras de san Policarpo: “los presbíteros han de ser compasivos y misericordiosos con todos; han de recuperar a los que yerran, visitar a todos los enfermos, atender a las viudas, huérfanos o pobres; preocuparse de hacer el bien ante Dios y ante los hombres, abstenerse de toda ira, acepción de personas, juicio injusto, alejarse de toda avaricia, no creer rápidamente las acusaciones contra alguien; no ser demasiado severos en el juicio; tener conciencia de que todos somos pecadores (Ad Philp. VI, 1)”

El ministerio dentro del pueblo de Dios: el ministerio sacerdotal, por la configuración ontológica que supone y los misterios tan excelsos que trae entre manos, debe ser vivido de cara a Dios, con el ánimo la voluntad de buscar siempre agradar a Dios. Sabemos que la vida sacerdotal no es fácil, ni está exenta de dificultades pero es Dios quien da la gracia para perseverar en ella, para que cooperemos en la edificación de un pueblo bien dispuesto que abunde en buenas obras. Los sacerdotes, ante todo, están puestos al frente del pueblo para buscar, junto con éste, la gloria de Dios, único fin de la vida del hombre.


La vida de todo fiel, pero en especial la de un sacerdote, debe ser una constante ofrenda asumiendo la cruz como requisito indispensable para un ministerio eficaz, pues con razón se nos dice en la ordenación “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” (cf. Pontifical Romano, ordenación de presbíteros, 163). Vivir la vida sacerdotal como prolongación del sacrificio eucarístico, sabiendo que es por nuestras manos mediante las que Cristo, nuevamente, se ofrece en el ara de la cruz por la salvación del mundo. Pero también, y no menos importante, el sacerdote es testigo de la Pascua de Cristo, transparencia del Resucitado que sigue asistiendo a su Iglesia en su peregrinación terrena como acompañó un día a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24). Así es como mejor podría entenderse el ministerio sacerdotal vivido en medio del pueblo santo de Dios del cual fuimos extraídos y al cual hemos sido enviados.

Oremos, pues, por los sacerdotes para que sean fieles a la noble y grave tarea que Dios les ha conferido, para que sean celosos administradores de la gracia de Dios que se nos da mediante los sacramentos. Ojalá que a la grey no le falte la solicitud de sus pastores ni a los pastores la docilidad de su grey.

Dios te bendiga



[1] Señalaremos las diferencias con subrayados y corchetes [].
[2] MR1570 [253]

viernes, 1 de septiembre de 2017

RESPUESTA ABIERTA A LOS FIRMANTES DE LA CARTA ABIERTA AL CARDENAL BLÁZQUEZ


Queridos hermanos sacerdotes de la archidiócesis de Tarragona, firmantes de la carta:
Permítanme que me dirija a ustedes en español pero tras leer su carta en catalán gracias a una buena persona que me la ha traducido a mi lengua natal que es la común a todo el territorio nacional, no he podido, por menos, que contener la respiración, contar hasta diez y contestarles educadamente. Porque seguramente a mí me pase como al cardenal Blázquez que no sabemos catalán del todo bien, y si el cardenal Blázquez sabe este idioma, me alegro por él, creo que es un gran hombre y un buen pastor.


Ante todo, he de decir que dejé de ver la 13tv desde que vi cómo a la presidenta de Madrid, doña Cristina Cifuentes, tras aprobar la ley LGBT+ de la comunidad de Madrid fue invitada a un plató de 13tv y nadie le preguntó por esta ley, que va, claramente, contra la doctrina de la Iglesia Católica. Desde entonces dejé de verla. Dicho esto, hay cosas que no se pueden consentir ni callar otorgando impunemente. Es por ello por lo que quiero responder a esta carta abierta que han dirigido al cardenal Blázquez y como yo la he leído y me ha interpelado creo que debo responderla, sino que la hubieran mandado por privado como deben hacerse estas cosas.

Tras leer esta carta (que viene a ser como la típica bronca en tono amistoso que de vez en cuando los formadores de un seminario echan sobre un seminarista que ha metido la pata) no puedo por menos que sentir estupor y extrañeza al ver como ustedes se quejan de algo que llevan haciendo desde hace años en la comunidad autónoma de Cataluña (no Catalunya). Iremos punto por punto, porque no tiene desperdicio.

Ustedes dicen: “…habiendo escuchado repetidamente las quejas de muchos de nuestros fieles, queremos decirle, con todo el respeto pero también con toda la contundencia, que no podemos callar más ante las opiniones que, noche tras noche, se vierten en las tertulias de 13tv”. De acuerdo, suponiendo que las quejas fueran abundantes y repetidas, estoy convencido de que debían ser tan fuertes que sus oídos de “buenos pastores” no fueron capaces de oír las quejas de otros tantos feligreses que se quejaban en silencio (normal, pues no les quedaba otra) de como el mensaje falaz del nacionalismo catalán estaba copando no solo los medios de comunicación sino que, además, se vociferaba desde los pulpitos (hoy ambones) y desde los campanarios de las Iglesias. ¿A que a estos pobres feligreses no les escuchaban? Pues sepan que muchos de estos feligreses veían acoger sus tímidas quejas en platós como los de 13tv, y no solo eso, también en otras cadenas como Intereconomia o en emisoras de radio como COPE o esRadio.



Sigamos. Ustedes apelan a unas palabras de sus obispos catalanes, de la tarraconense, miembros de la CEE, en la que se quejan del trato dado por 13tv a la cuestión catalana, y dicen: “creemos que produce un grave escándalo en muchos miembros de la comunidad católica de nuestras Diócesis y también en nosotros mismos, el hecho de que el Canal de televisión 13tv, que ha de respetar a las personas y a las instituciones según su ideario, en algunos de sus informativos y tertulias, opte por el desprecio, la descalificación e incluso el insulto”. Muy bien. Bravo.
Ahora qué podemos decir sobre estas declaraciones de Mons. Novell en un medio de comunicación catalán “El derecho a decidir de los pueblos está por encima de la unidad de España”. O qué les parece el repique de campanas del 11 de septiembre de 2013. ¿Eso no genera crispación, división, odio, etc? para ustedes parece que no, pero si. Esos gestos y esas palabras crispan el ambiente. Ustedes apelan al ideario de 13tv, al que se le supone católico, pero olvidan que lo menos católico es, precisamente el nacionalismo porque mientras que “católico” significa universalidad y apertura, ustedes pretenden crear estados particulares cerrados en si mismos, mas y mas fronteras.


Dicen, además, esta perla: “en las tertulias de este canal de televisión, ligado a la Conferencia Episcopal Española, se continúan fomentando los sentimientos contrarios al respeto, la tolerancia, el diálogo y la solidaridad”. Quizá al escribirla le haya fallado la memoria porque algunos nos acordamos de lo sucedido en un plató de TV3 (televisión catalana) donde una periodista llamada Empar Moliner dijo esto: “Si calentarse en invierno es inconstitucional, los catalanes pobres tendrán que calentarse con cualquier libro a modo de estufa” mientras quemaba un ejemplar de la constitución española, la misma que ustedes, los catalanes votaron al 90,46% con una participación de más del  60% del total del censo. Este dato es por si les falla la memoria histórica. ¿Esto no engendra odio? O el lema “España nos roba” ¿no es ofensivo? Es ofensivo hasta para la verdad más prístina, pues todo el mundo sabe que desde que se lanzó el órdago catalanista las inversiones del estado han aumentado notablemente y regiones del sur de España cada vez están más empobrecidas. Así pues, no acusen de odio al canal 13tv cuando los suyos, los que pagan ustedes y los españoles con sus impuestos son los que más lo están fomentando. En otras palabras, los medios catalanes muerden la mano que les dan de comer.  


A continuación se atreven a decir: “En estos últimos días, tras los atentados en Catalunya, la agresividad de los tertulianos y de los responsables del programa, si cabe, se ha hecho todavía mayor”. Cómo puede sostenerse esta afirmación después de la pseudo-diada del terror que montaron contra las instituciones españolas el sábado 26  de agosto con el lema “No tenemos miedo”. Una estrategia bien montada desde el minuto uno, no para mostrar repulsa por los atentados terroristas islamistas sino para manifestar su rechazo a la “islamofobia” y aplaudir y fomentar la “hispanofobia”. Porque eso fue lo que ocurrió en Barcelona ante la presencia del rey de España y del presidente del gobierno español. Ustedes dejaron muy a las claras su odio y rechazo total y visceral a la nación mientras que la nación nunca dejó de manifestar su solidaridad y amor por las victimas de aquellos días fatales de agosto. Mientras ustedes se manifestaban contra España, sin importarles nada las víctimas del atentado, España se manifestaba contra el terrorismo sin importarle nada el infecto independentismo catalán. Esto es lo que hace grande a España y a los españoles y a ustedes, los independentistas afligidos, les desmerece y desacredita.



Y aquí llega lo mas retorcido, torticero, incongruente de su carta: “Por eso le pedimos que, sin dilación y con valentía, corrijan o supriman los programas de tertulia en 13tv, que tanto daño hacen a la convivencia y ensucian la imagen de la Iglesia Católica que siempre debe fomentar el diálogo sincero y fructífero”. Esto recuerda a la bronca de su líder político-espiritual Puigdemont al cardenal de Barcelona tras la misa en la Sagrada Familia. Estas palabras son una clara muestra del fascismo intolerante que ustedes pretenden imponer: lo que no me gusta que lo quiten. Pues que pena no haber leído semejantes palabras ante los programas catalanes mencionados anteriormente, o la misma contundencia ante el beso lésbico en el camarín de la moreneta, o las leyes LGBT+ aprobadas en aquella comunidad autónoma, tan católicos que son ustedes, que le costó una presión mediática a Mons. Novell. Ustedes pretenden imponer censura apelando al diálogo y a la convivencia ¿se puede ser más ruin? Ustedes apelan a la imagen de la Iglesia, como si les importara algo ¿Y la imagen de la Iglesia catalana cómo está? Eso es lo que debería preocuparles y no otras cosas.


Y para terminar, citan al papa Francisco usando a conveniencia sus palabras que en nada tienen que ver con el problema catalán. No haré comentarios, solo citaré estas declaraciones del pontífice: “La secesión de una nación sin un antecedente de unidad forzosa hay que tomarla con muchas pinzas” (La Vanguardia, 12/06/2014) y estas del Secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin en una entrevista con la vicepresidenta del gobierno español en la creación de cardenal de don Juan José Omella “'España es una decisión de los españoles y del conjunto de los españoles y de la democracia de los españoles. Este es un tema en que todos los españoles tienen que decidir”.



Queridos hermanos, sacerdotes, a mí me parece muy bien que ustedes hayan hecho un ejercicio de libertad de expresión al escribir esta misiva pero por favor no sesguen la información contenida. No tengan la piel tan fina porque a los españoles, y esto incluye a los catalanes no independentistas, sino está encallando ya.

La pena de todo esto es que ustedes han cambiado la cruz de Jesucristo por la bandera catalana, pero no la oficial, sino el remedo estelado de nueva creación que ahora hondean con toda impunidad desafiando al Estado español y ofendiendo a los españoles. Piensen, queridos hermanos, que están ustedes montados en el mismo barco de la masónica ERC, de las hordas de las CUP, de PODEMOS, de lo más anticlerical de la otrora católica Cataluña, paladín del cristianismo. Y creo que no son buenos compañeros de viaje y si no miren lo que le pasó a Novell cuando expuso la doctrina católica sobre la homosexualidad. Ustedes verán con quien quieren emprender este viaje a ninguna parte.





Y como yo no necesito a 26 curas más que firmen conmigo, solo firma este pobre cura rural extremeño a título personal. Personalmente no tengo nada ni contra ustedes ni contra nadie, pero solo les pido que no nos tomen por tontos, porque no lo somos. Un abrazo fraternal.



P. Francisco Torres Ruiz, pbro.