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sábado, 11 de mayo de 2019

PARA PREDICAR Y CELEBRAR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Celebramos hoy el cuarto domingo de la Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, puesto que el texto evangélico que hemos leído es del capítulo diez del Evangelio según san Juan donde Jesucristo se identifica como el único Pastor del rebaño del nuevo Israel.

Las lecturas que nos han sido proclamadas recogen, cada una a su manera, ciertos aspectos esenciales que configuran un retrato perfecto de lo que debe ser un Pastor, hoy día, según el Corazón de Jesucristo.

En primer lugar, los hechos de los Apóstoles nos narran la predicación de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia y como la eficacia de esa predicación hacia acrecentar el número de los creyentes. Aquella era una predicación convincente, encendida, directa y fiel que exhortaba a la conversión. El pastor encuentra aquí un modo singular de desempeñar su ministerio de la Palabra. Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, ni tan si quiera nuestras opiniones o ideas son relevantes. Nosotros, al contrario, hablamos de lo que hemos visto y oído, es decir, nosotros predicamos a Jesucristo, su doctrina y su enseñanza. Nuestra predicación se resume y concentra en un nombre propio: Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Es, por tanto, labor indispensable de los que están al frente del rebaño de Cristo iluminar con su palabra a la grey sin ocultar la verdad ni edulcorarla. Es indispensable volver a una predicación formada y fiel a las enseñanzas de la Iglesia y a la Tradición apostólica. Solo así, al estar convencidos de que somos meros transmisores de la Buena Nueva de la Salvación, poco a poco irán desapareciendo de nosotros todos los respetos humanos, y toda ansia de protagonismo o carrerismo.

San Pablo y san Bernabé no dudaron por un momento en anunciar a Jesucristo con toda claridad, a riesgo de ser expulsados e incomprendidos por los mismos de su raza. Sin embargo, este rechazo de los judíos, Dios lo transforma en un acontecimiento de gracia puesto que el mensaje, por fin, saldrá de su clausura y se dirigirá a nosotros, a los paganos y gentiles que estábamos, entonces, ávidos de escuchar que Jesucristo nuestro Dios, también. Cuantos habrá, hoy, que, también como un día aquellos, al escuchar el Evangelio de la vida y la salvación se alegren y alaben a Dios.

El segundo rasgo nos lo ofrece el libro del Apocalipsis, en concreto, aquellos redimidos que vienen de la gran tribulación ufanos de éxito y perseveran ante el trono de Dios dándole culto. El pastor esta para rendir culto a Dios. Los que por la ordenación sacerdotal hemos sido configurados ministerialmente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, hemos sido puestos ante Dios para ofrecerle un culto agradable en nombre del rebaño de Cristo. En nuestras manos ungidas esta la posibilidad de que a Dios alcancen aquellas aclamaciones que, como nos recordaba el salmo, desde los cuatro puntos cardinales suben desde las gargantas de los hombres y mujeres que pueblan la tierra y buscan y llaman al único Dios que les puede salvar.


A la fiel predicación debe seguirle la vivencia de un culto litúrgico que agrade a Dios y transforme la vida del mundo. No caben dicotomías ni yuxtaposiciones. No. El culto ilumina la predicación y la predicación acredita el culto. Y en esto, hermanos, los pastores hemos de ser exquisitos. Solo siendo fieles a la tradición litúrgica y orante de la Iglesia podremos ser fieles en el ministerio recibido, porque de ahí se deriva todo y en eso confluye todo, como nos recordó el Concilio Vaticano II, la Sagrada Liturgia es fuente y culmen de la vida de la Iglesia (cf. SC 10).

El último aspecto es la identificación con Dios. Los pastores de la Iglesia no lo somos por nosotros mismos, sino porque Él nos ha llamado a serlo, Él nos ha llamado a ser Cristo en medio del mundo. De ahí, igual que Jesús se identifica con el Padre y son uno, nosotros, los ministros de Dios, hemos de sentirnos unidos e identificados con Aquel que se ha sujetado a nosotros. Sin esta identificación, la vida sacerdotal carece de sentido y de valor.

Así pues, hermanos, en este domingo del Buen Pastor, miremos al Sumo y Eterno Sacerdote y prediquemos fielmente su Evangelio, hagamos nuestras sus palabras y sentimientos para provocar, por medio del culto litúrgico, un encuentro vivo con Él. De este modo, guiaremos al rebaño de Dios, por medio de estas cañadas, un tanto adversas, a los verdes pastos de la Gloria donde el Pastor verdadero nos espera para morar eternamente. Así sea.

sábado, 6 de mayo de 2017

YO SOY TU BUEN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA



Queridos hermanos en el Señor:

            El IV domingo de Pascua, popularmente conocido como “del Buen Pastor”, las lecturas que la liturgia nos ofrece nos ponen cara a cara con este aspecto de la Pascua: el Cristo que ha sido constituido Señor y Mesías, Guía y Pastor de su pueblo. La homilía de este domingo se nos plantea en dos direcciones: lo referente a Cristo, Pastor bueno y lo tocante a nosotros, ovejas de su rebaño. Las palabras del apóstol Pedro tienen hoy un tono eminentemente solemne, como el de un pregonero que tiene la grave responsabilidad de dar un anuncio de extrema importancia: Cristo ha sido constituido a Jesús como Señor y Mesías. Y lo ha hecho, precisamente, porque se ha sometido, con libre obediencia, a la Pasión, como la Carta de san Pedro nos señala. En virtud de esta exaltación, Cristo ejerce su pastoreo universal sobre su pueblo.

            El Señor, tras su resurrección, es, en verdad, nuestro Pastor. Y no solo eso sino que Jesús es la misma puerta del aprisco a donde guía a su rebaño. Pastor y Puerta son dos imágenes que Jesús se apropia para expresar su misión como Salvador y Redentor. Jesús, constituido por Dios como Señor y Mesías, ejerce como tal siendo Pastor del rebaño llamando a sus ovejas y caminando delante de ellas para guiarla hasta los pastos eternos. A estos pastos solo se entra por la Puerta, que es el mismo. Quien entra por la Puerta puede conocer la voz de su Pastor y caminar con Él y tras de Él y disfrutar de ese banquete dispuesto para tener vida y vida en abundancia. Mientras que el que no entra por la Puerta es comparado con una ladrón y un bandido, es decir, un extraño para el rebaño; alguien ante quien se debe recelar y cuya voz no se debe seguir por ser desconocida.

            Respecto de nosotros, ante la predicación de Pedro debe suscitarnos la misma pregunta que se despertó en el corazón de aquellos oyentes “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta la da la Carta de Pedro: volvernos al Pastor de nuestras vidas. Quien ha conocido este anuncio y esta verdad no puede volver a ser el mismo. Nosotros, los cristianos, los que hemos entrado por la Puerta del bautismo, no somos extraños para Cristo, no somos desconocidos para el Padre eterno ni ignorados por el Santo Espíritu, pero corremos hoy el riesgo de desconocer la verdadera voz del Pastor eterno.

            Hoy son muchos los cantos de sirenas que engatusan los oídos de los fieles. Se nos dice que podemos hacer una religión a la carta; un Dios a nuestra medida, que justifique todo lo nuestro. Se nos dice que no escuchemos las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia porque son desfasadas, trasnochadas; se nos dice que la Iglesia y el Evangelio deben adaptarse a los criterios del mundo. Ante estos mensajes envenenados, los cristianos debemos mantenernos firmes en el legado de Jesucristo. ¿No será acaso el mundo quien debe ser guiado por el Evangelio? ¿No es acaso Dios y su palabra superior a los dogmas relativistas del mundo o a los inestables criterios sociales? ¿No será que hemos cambiado una fuente de agua pura y cristalina por cisternas agrietadas que no retienen el agua?
             Sin embargo, el Pastor sigue hablando a su pueblo; sigue llamándonos por nuestro nombre. La conversión personal se inicia en cuanto experimentamos que nuestro nombre ha sido impreso en las llagas gloriosas de Cristo, como el tatuaje en la palma de la mano de Is 49,16. Quien escucha su nombre de labios de Cristo enseguida se pone tras de Él y se fía de Él. Tener a Cristo como Pastor es saber que tenemos como garante de la vida a alguien que ha entregado libremente su vida por mí. Este Pastor, y no otro, es el que ha vuelto de la muerte y es mi valedor. Cada uno de nosotros, queridos hermanos, podemos hacer nuestras las palabras de Job “Yo sé que mi redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo; y después de desecha mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19,25-27).
              La antífona de comunión de la misa de hoy ha concentrado estas dos ideas del Pastor con la siguiente fórmula: “Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño”. Hoy la misión de este Pastor se sigue actualizando en la Iglesia a través de los pastores concretos del rebaño de Cristo: obispos y presbíteros, quienes, haciendo las veces de Cristo, celebran los sacramentos y la Eucaristía, predican en su nombre, asisten a los pobres y enfermos, evangelizan y enseñan. Pero para esta misión, cuentan con las oraciones y la obediencia de los fieles, con el cariño y la compañía del pueblo de Dios a ellos encomendado. Señor y Mesías, Jefe y Guía, Pasto y Pastor: en esto ha sido constituido Cristo por medio de su Éxodo, esto es, de su muerte y resurrección. Vivamos, pues, con esta confianza y seguros de su amor.

Dios te bendiga