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sábado, 8 de junio de 2019

ES PENTECOSTÉS


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al final de la cincuentena de Pascua. Han sido unos días preciosos en que el Resucitado nos ha regalado su presencia entre nosotros. Le hemos podido tocar con santo Tomás, caminar hacia Emaús mientras su compañía encendía nuestro corazón, almorzar con Él junto al lago de Tiberiades; hemos escuchado sus últimas enseñanzas y disposiciones, y al recibir su última bendición, nos pidió que aguardásemos la venida del Paráclito. Y así lo hemos hecho. Hemos esperado e invocado pacientemente al Espíritu Santo hasta este gran día en que el cielo vuelve a abrirse para darnos esta bendición increada.

            Como aquellos doce, también nosotros hoy somos privilegiados receptores de la gracia septiforme que nos capacita para confesar que Jesús es el Señor y, de este modo, nos hace ser cristianos convencidos y convincentes. El lenguaje universal que todos entienden es el que da la fe. Se puede ser de una u otra nacionalidad, raza, lengua o país, pero la fe rompe todos los muros y traspasa las fronteras, y, de este modo, nos une a todos en un solo corazón y en una sola alma formando así un único pueblo que tiene una misma fe, un mismo Señor, un mismo bautismo y una misma ley en el amor. 


            Pentecostés es el tiempo de la Iglesia. Pentecostés hace la Iglesia. Pentecostés es todos los días de nuestra vida porque el Espíritu Santo no deja de soplar sobre su Pueblo dándole la paz de Jesucristo y fortaleciendo el testimonio de sus hijos. Pentecostés realiza la verdad de los sacramentos y da eficacia a la liturgia de la Iglesia. Pentecostés es el alma de la caridad y de la misión de la Iglesia. Todo cuanto en la Iglesia vive y late tiene su fondo y su alma en la acción del Espíritu Santo. Por eso, hermanos, es tan importante la solemnidad que celebramos hoy. No es que Pentecostés sea el origen de la Iglesia, pues bien sabemos que ésta responde al deseo original de Dios, truncado por el Pecado Original pero restaurado por el misterio Pascual de Jesucristo. En clara línea de continuidad con la historia de la Salvación, el Espíritu Santo es garantía de presencia perenne y activa de las maravillas de Dios hechas por los hombres, o dicho de otra manera: el Espíritu Santo hace posible que la Iglesia viva en el eterno presente de Dios.

            Así pues, queridos hermanos, celebrar Pentecostés es, por tanto, saborear, de nuevo, las maravillas de Dios. Es saborear la novedad de lo sagrado, la perenne actualidad de la Palabra revelada. Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta de la cristiandad que, otra vez, se renueva en su fondo y en su forma. Vivamos esta fiesta con el corazón abierto completamente para recibir, de nuevo, la gracia del Paráclito: los siete dones y los doce frutos que el Espíritu Santo siembra en él. Demos gracias, hermanos, por tanto bien y por tanta gracia inmerecida. Así sea.

sábado, 1 de junio de 2019

DICHOSOS Y TRANQUILOS


HOMILÍA EN LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR



Queridos hermanos en el Señor:

Como cada año los solmenes días de la Pascua tocan a su fin. Final que viene precedido por una solemnidad aún mayor, una solemnidad que ilumina al mundo: la solemnidad de la Ascensión del Señor. Si la idea expresada por san Pedro de que no tenemos otro nombre en el cielo en el que podamos ser salvos mas que en el de Jesucristo, la realidad dogmática de contemplarle entrando en el santuario del cielo y tomando posesión del trono a la derecha de la majestad del Padre para reinar sobre el mundo y ejercer su gobierno en la historia y su justicia sobre vivos y muertos, es algo que agita nuestros corazones y hace vibrar nuestras almas en una sonora alabanza que emulando el son de las trompetas angélicas, conmueve a toda la creación.

Es por ello, hermanos, un día grande para nosotros. Un día profético ya que allí donde ha entrado Cristo, cabeza de la Iglesia, habrá de entrar un día el resto de su Cuerpo místico que somos nosotros. Esto supone que el cielo sea nuestra verdadera patria, nuestra meta última y segura. De este modo, el purgatorio se convierte en necesidad de purificación total y el infierno en posibilidad de fracaso en nuestro empeño. Lo único seguro que tenemos los cristianos es el cielo, lo único conquistado por Jesucristo en virtud de su gloriosa Pasión, muerte y resurrección.

Pero esta fiesta puede hacernos caer en la misma tentación en que cayeron aquellos doce santos varones: quedarnos mirando al cielo y olvidarnos de nuestra misión en la tierra. Tanto en relato de los Hechos de los apóstoles, como en el de Lucas, Jesucristo, antes de ascender, les mandó ser testigos “en Jerusalén y en el cofín de la tierra” de todo lo que habían visto y oído, es decir, de todo lo que habían vivido con Él. También en este domingo, a nosotros nos toca ser testigos en medio del mundo, del Señor resucitado y exaltado.

Nos toca, hermanos, ser propagadores de sus palabras y sus milagros. Ser voceros de su misericordia y trato lleno de amor. Ser imitadores de su ternura y delicadezas con los mas pobres, enfermos y marginados sociales. Ese Jesús al que hoy vemos marchar a lo más alto de los cielos, sigue estando, precisamente, ahí, en esas situaciones y personas. Él vive en su Iglesia, en sus pastores, en su pueblo, en sus sacramentos. No ha querido abandonarnos a nuestra suerte. Por eso somos dichosos y estamos tranquilos en medio de los procelosos mares de este mundo. Así sea.  


sábado, 11 de mayo de 2019

PARA PREDICAR Y CELEBRAR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Celebramos hoy el cuarto domingo de la Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, puesto que el texto evangélico que hemos leído es del capítulo diez del Evangelio según san Juan donde Jesucristo se identifica como el único Pastor del rebaño del nuevo Israel.

Las lecturas que nos han sido proclamadas recogen, cada una a su manera, ciertos aspectos esenciales que configuran un retrato perfecto de lo que debe ser un Pastor, hoy día, según el Corazón de Jesucristo.

En primer lugar, los hechos de los Apóstoles nos narran la predicación de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia y como la eficacia de esa predicación hacia acrecentar el número de los creyentes. Aquella era una predicación convincente, encendida, directa y fiel que exhortaba a la conversión. El pastor encuentra aquí un modo singular de desempeñar su ministerio de la Palabra. Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, ni tan si quiera nuestras opiniones o ideas son relevantes. Nosotros, al contrario, hablamos de lo que hemos visto y oído, es decir, nosotros predicamos a Jesucristo, su doctrina y su enseñanza. Nuestra predicación se resume y concentra en un nombre propio: Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Es, por tanto, labor indispensable de los que están al frente del rebaño de Cristo iluminar con su palabra a la grey sin ocultar la verdad ni edulcorarla. Es indispensable volver a una predicación formada y fiel a las enseñanzas de la Iglesia y a la Tradición apostólica. Solo así, al estar convencidos de que somos meros transmisores de la Buena Nueva de la Salvación, poco a poco irán desapareciendo de nosotros todos los respetos humanos, y toda ansia de protagonismo o carrerismo.

San Pablo y san Bernabé no dudaron por un momento en anunciar a Jesucristo con toda claridad, a riesgo de ser expulsados e incomprendidos por los mismos de su raza. Sin embargo, este rechazo de los judíos, Dios lo transforma en un acontecimiento de gracia puesto que el mensaje, por fin, saldrá de su clausura y se dirigirá a nosotros, a los paganos y gentiles que estábamos, entonces, ávidos de escuchar que Jesucristo nuestro Dios, también. Cuantos habrá, hoy, que, también como un día aquellos, al escuchar el Evangelio de la vida y la salvación se alegren y alaben a Dios.

El segundo rasgo nos lo ofrece el libro del Apocalipsis, en concreto, aquellos redimidos que vienen de la gran tribulación ufanos de éxito y perseveran ante el trono de Dios dándole culto. El pastor esta para rendir culto a Dios. Los que por la ordenación sacerdotal hemos sido configurados ministerialmente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, hemos sido puestos ante Dios para ofrecerle un culto agradable en nombre del rebaño de Cristo. En nuestras manos ungidas esta la posibilidad de que a Dios alcancen aquellas aclamaciones que, como nos recordaba el salmo, desde los cuatro puntos cardinales suben desde las gargantas de los hombres y mujeres que pueblan la tierra y buscan y llaman al único Dios que les puede salvar.


A la fiel predicación debe seguirle la vivencia de un culto litúrgico que agrade a Dios y transforme la vida del mundo. No caben dicotomías ni yuxtaposiciones. No. El culto ilumina la predicación y la predicación acredita el culto. Y en esto, hermanos, los pastores hemos de ser exquisitos. Solo siendo fieles a la tradición litúrgica y orante de la Iglesia podremos ser fieles en el ministerio recibido, porque de ahí se deriva todo y en eso confluye todo, como nos recordó el Concilio Vaticano II, la Sagrada Liturgia es fuente y culmen de la vida de la Iglesia (cf. SC 10).

El último aspecto es la identificación con Dios. Los pastores de la Iglesia no lo somos por nosotros mismos, sino porque Él nos ha llamado a serlo, Él nos ha llamado a ser Cristo en medio del mundo. De ahí, igual que Jesús se identifica con el Padre y son uno, nosotros, los ministros de Dios, hemos de sentirnos unidos e identificados con Aquel que se ha sujetado a nosotros. Sin esta identificación, la vida sacerdotal carece de sentido y de valor.

Así pues, hermanos, en este domingo del Buen Pastor, miremos al Sumo y Eterno Sacerdote y prediquemos fielmente su Evangelio, hagamos nuestras sus palabras y sentimientos para provocar, por medio del culto litúrgico, un encuentro vivo con Él. De este modo, guiaremos al rebaño de Dios, por medio de estas cañadas, un tanto adversas, a los verdes pastos de la Gloria donde el Pastor verdadero nos espera para morar eternamente. Así sea.

sábado, 27 de abril de 2019

NOLITE TIMERE


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE PASCUA

Queridos hermanos en el Señor:

            “No temáis”. Es Pascua de Resurrección. El crucificado ha vuelto a la vida y esta con nosotros. Hoy suenan para nosotros las palabras del vidente del Apocalipsis: “estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo”. Estas palabras, en estos tiempos tan convulsos, llenan de esperanza el corazón de los cristianos.

Hermanos, la Pascua no es solo un tiempo litúrgico. La Pascua es el estado constante de la Iglesia. La Pascua es presencia permanente del Resucitado, compañía constante del eterno viviente con nosotros. La Pascua es nueva humanidad y nueva creación, perenne novedad de vida en nosotros. Pero no una vida cualquiera, sino una vida de gracia, de piedad y de eternidad. La Pascua, hermanos, consiste en hacer posible el cielo, en abrir las puertas de la gloria para que podamos entrar y morar en ella.

Es por ello, por lo que no debemos temer nada. Ni todos los poderes del mundo que hoy son hostiles a la fe y a Dios, podrán arrebatarnos esta dulce presencia de Dios en nuestra alma. La gracia del Resucitado habita tan dentro de nosotros que infunde en nuestro espíritu la valentía y el coraje necesario. El espíritu que Cristo insufla sobre los apóstoles para el perdón de los pecados, no ha cesado de aletear sobre el Pueblo santo de Dios en estos 21 siglos de historia cristiana efectuando la redención de los pecadores y la conversión de los paganos. Somos, en efecto, hermanos, una Iglesia pascual que espera y celebra cada ocho días, la aparición del Resucitado en nuestros templos, por medio del sacramento de la Eucaristía. Somos una Iglesia que por nuestros pecados, necesitamos meter los dedos en las llagas de Jesús para cerciorarnos de que es Él y de que Él esta ahí. A veces, nuestra incredulidad o la presión social disuelve la presencia de Dios en avatares humanos que cansan nuestra alma y nos agota la perseverancia. Pero, aun así, debemos aprendernos a fiarnos de Él.

Jesús nunca nos deja. Él ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Su promesa se ha hecho cumplimiento en la Iglesia y en los sacramentos que vienen a ser como aquella sombra de los apóstoles que al cubrir a los enfermos, quedaban sanados.

Hermanos, no es tiempo para echarnos atrás. Es tiempo para ser testigos fieles del Resucitado en medio del mundo. Es tiempo para caminar por las vías de verdad y de paz que Cristo nos ha enseñado. En definitiva, es tiempo de Pascua, para ser felices en medio de las pruebas y dificultades; para seguir trayendo a nuestros labios aquella expresión de admiración y estupefacción de santo Tomás “Señor mío y Dios mío”.

sábado, 9 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (I)


HOMILÍA DEL I DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Han llegados los días esperados de la Santa Cuaresma. Cuarenta días de preparación para celebrar solemnemente la gran fiesta de la liberación humana, la Pascua del Señor. Cristo, con su muerte y resurrección, ha pagado por nosotros la deuda al eterno Padre y nos ha conseguido la libertad de los hijos de Dios. Mediante su Pascua hemos sido arrancados de los vicios del mundo, de la esclavitud del pecado para entrar en la vida de la verdadera libertad que da la fe y el culto al único Dios verdadero, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En el libro del Deuteronomio se nos describe un rito litúrgico prescrito por Moisés a los Israelitas: la deposición de las ofrendas en el altar acompañadas de una oración anamnética que pretende generar en el piadoso hebreo el recuerdo de la gran hazaña obrada por Dios en favor nuestro: la liberación de Egipto. De este modo, la primera lectura nos sitúa en el significado profundo de la Cuaresma: la libertad. Pero no una libertad como la da el mundo o la entienden las distintas corrientes filosóficas. No. Se trata de la libertad teológica, o dicho de otra manera, de la libertad que infunde la Fe en el alma cristiana: una libertad de quien se sabe Hijo de Dios y el único ante quien debe rendir cuentas de su conciencia. Una Fe que se concentra en confesar a Jesucristo como el Señor.

La liberación de Egipto es el acontecimiento central de todo el Antiguo Testamento. Toda la historia de Israel comienza en ese punto, de ahí que en el nuevo culto que debe rendir el pueblo judío lo tenga por núcleo, objeto y fuente del mismo. Un culto litúrgico, hermanos, solo se puede celebrar en libertad y es, además, generador de libertad. El culto cristiano, del mismo modo que el judío, va a tener por centro del mismo su propia Pascua de liberación efectuada por Jesucristo. También nosotros, como aquellos, recordamos anualmente las “magnalia Dei”, las maravillas que Dios ha obrado en favor nuestro. ¿Y acaso habrá alguna maravilla mayor que la entrega del propio Hijo a la muerte por nosotros y nuestra salvación? Este acontecimiento es el que infunde en nuestras almas la garantía y la certeza de que Él no nos abandona en la tribulación.


Y esto, hermanos, es algo esencial a tener en cuenta porque en esta peregrinación espiritual en la cual caminamos hacia la libertad Pascual, el enemigo nos tenderá trampas para que sucumbamos en nuestro propósito y volvamos a la segura esclavitud del Egipto seductor. El pasaje de las tentaciones que acabamos de proclamar es un verdadero manual de resistencia (ahora que esta muy de moda) para vivir santamente la vida cristiana. Las tres seducciones que el demonio propone a Jesús son el resumen de los males que aquejan a la humanidad de todos los tiempos: el ansia de saciar el hambre con cosas materiales sin tener en cuenta ni a Dios ni al prójimo; la consecución de fines usando medios ilícitos, pisando a los demás o trabajando sin honradez para ello; y, por último, la tentación de querer usar a Dios a nuestro servicio sin tener en cuenta su voluntad.

El pecado, hermanos, es el mayor enemigo a la verdadera libertad cristiana porque nos limita y nos esclaviza. Hermano, un pecado nunca viene sólo sino que necesita de otros para alimentarse y fortalecerse. Un pecado, por venial que sea, puede introducirnos en una peligrosa espiral de pecados que nos ata y nos oprime. Es por ello que, frente a la esclavitud de la mentira del pecado, Cristo nos ofrece la verdad que nos hace libres. Y esa verdad no es otra que, como recuerda san Pablo, confesar con los labios y creer con el corazón que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios vivo que ha muerto y resucitado de entre los muertos.

¡Ánimo, hermanos! Confesemos la fe que salva. Huyamos la tentación de volver a ser esclavos del pecado y abracemos la libertad que nos ha traído la Pascua de Cristo. Así sea.

sábado, 12 de mayo de 2018

UN NUEVO COMIENZO


HOMILIA EN LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos al final de este tiempo de Pascua. Han sido cuarenta días intensos de presencia del Resucitado entre nosotros. Cuarenta días de últimas enseñanzas y amonestaciones. Días preciosos que hemos pasado con aquel que nos ha amado hasta el extremo y que estaba muerto y que vive eternamente. Pero todo lo bueno se acaba. Ha sonado la campana y es hora de la despedida, hora de partir al Padre y tomar posesión de su trono en el cielo.

            Hoy, Cristo, ante el asombro de los ángeles y la admiración de los apóstoles, sube hasta lo más alto de los cielos donde tiene que reinar junto al Padre hasta su vuelta al final de los tiempos. Hoy, Cristo, es arrebatado de nuestra vista como aquel profeta Elías, no para desentenderse de este mundo sino para estar aún más presente en él de una forma distinta: una presencia invisible a través de los sacramentos. Porque el Señor, ciertamente, se marcha de este mundo en la visibilidad de la carne pero sigue en él a través de su Iglesia, prolongación histórica y terrena en el tiempo. Como nos ha recordado san Pablo, Cristo sube a la cumbre llevando cautivos y dejando dones a los hombres. Esto es, rescatando a aquellos que eran reos del diablo y legando los cauces de la gracia que aseguran su presencia actuante, hoy, en medio del mundo. Hoy, pues, Dios asciende entre aclamaciones, al son de aquellas trompetas que, en la noche de Pascua, anunciaban la victoria de rey tan poderoso.


            Hoy el Eterno viviente nos ha dejado un mandato muy muy claro: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. Este es el empeño misionero dado para toda la Iglesia; para cada cristiano, sin excepción. La nuestra, efectivamente, es una predicación eficaz acompañada de signos sacramentales que la acreditan. Es una predicación que comunica la verdadera vida a todo aquel que la escucha y la acoge. Es la predicación de la alegría y la esperanza que llena las ciudades de alegría y construye civilizaciones nuevas fundadas en el amor.  No es una predicación cualquiera, sino la predicación de los testigos, de aquellos que miraban fijos al cielo mientras lo veían subir hasta que una nube se lo quitó de la vista; de aquellos que fueron constituidos heraldos del Evangelio hasta los confines de la tierra, hasta el último rincón del mundo.


            Así pues, queridos hermanos, la Ascensión del Señor lejos de ser un punto y final  de la Historia de la Salvación, es un nuevo comienzo, un nuevo modo de presencia de Cristo en el mundo y en la Iglesia. Esta liturgia de alabanza, queridos hermanos, debe ser un revulsivo para nuestra vida espiritual. Quiere ser un acicate para salir de nuestra perplejidad y pertrecharnos al mundo con espíritu cristiano para que cuando vuelva entre las nubes del cielo encuentre fe en la tierra, encuentre un mundo más fraterno sin guerras ni violencias. Así sea.      

sábado, 5 de mayo de 2018

AMIGOS DE JESÚS


HOMILÍA DEL VI DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            En el sexto domingo de la Pascua, la liturgia nos ofrece la segunda parte del Evangelio que ya iniciamos en el domingo anterior. Si en la primera parte se nos invitaba a permanecer unidos a Jesucristo como los sarmientos a la vida, en este domingo se nos invita a considerar la consecuencia más extrema y radical de esta permanencia amorosa: la entrega de la vida por los demás.

            En la primera lectura, encontramos el pasaje donde se nos ofrece el punto de arranque de la universalización del mensaje evangélico. El Espíritu Santo se derrama indistintamente sobre judíos y paganos siempre y cuando estos crean en Jesucristo y practiquen las buenas obras que brotan de la fe. De esta manera, el Evangelio, al revelarse a las naciones, se va abriendo camino por el mundo entero hasta llegar a todos los rincones de la tierra. Durante dos mil años el mensaje ha sido siempre el mismo: que Dios es amor y que su amor se ha manifestado a nosotros enviándonos a su Hijo Jesucristo para morir por nosotros.


            En ese Cristo enviado, muerto y resucitado, es en quien hemos puesto nuestra esperanza y nuestra vida. Es el que ha traído la alegría al mundo entero y ha construido sociedades y civilizaciones.  Y es en ese mismo Mesías y Señor glorioso en el cual nosotros, por el bautismo, estamos injertados como los sarmientos a la vid.

            El mensaje de Cristo para este domingo es muy directo: “así os he amado yo: dando la vida por mis amigos, vosotros sois mis amigos porque yo os he elegido para que permanezcáis en mi amor y deis fruto abundante y duradero. Porque solo así vuestra alegría será plena”. Y esta plenitud reside en la apertura universal que adquiere el mensaje evangélico: que Dios es amor y nos ha mostrado su amor enviado a su Hijo al mundo para entregar su vida por nosotros.


            Somos, por tanto, fruto de una elección divina, una elección realizada en el amor. Elegidos por Dios, desde la eternidad, para ser amigos suyos, para agradarle en medio del mundo, o lo que es lo mismo, para ser santos e irreprochables ante Él por el amor. Ser amigos de Dios no es otra cosa que ser santos en medio del mundo, cristianos que transformen sus ambientes según Dios. pero esto solo podemos vivirlo en la medida en que estemos muy unidos a Jesús y amemos a los hombres y mujeres de este mundo tal como les ama el Señor, tal como nosotros hemos sido amados por el Señor: entregando la vida por ellos.

            Queridos hermanos, es un reto precioso el que Jesucristo nos propone en este domingo. Es un camino de santidad maravilloso, apasionante y contagioso el que Jesús quiere que transitemos unidos a su amor. Ojalá estemos dispuesto a ellos. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 28 de abril de 2018

CAMINAR, CREER Y AMAR


HOMILIA DEL V DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Si el IV domingo de Pascua nos presentaba a Jesucristo bajo la imagen del Buen Pastor, el V domingo de Pascua, en el cual nos encontramos nos ofrece la imagen de la vid como figura representativa del Señor Jesús. Pero ¿Por qué Cristo usa esta imagen? ¿Qué nos quiere decir con ella? Dejemos, pues, ahora que sean los mismos textos, en su conjunto, los que nos hablen.

En primer lugar, el libro de los Hechos de los apóstoles nos narra el encuentro de san Pablo con los apóstoles de Cristo, tras su conversión. Al principio, sienten miedo de este personaje neo-converso, puesto que hace poco le habían visto perseguir con saña a la Iglesia de Dios. Sin embargo, Pablo les cuenta como persiguiendo al Camino, él se encontró con Él en medio del camino. Hay un precioso juego de significados en este pasaje: en Hechos 9, 2 se dice que Pablo perseguía a los miembros que pertenecían al camino, hombres y mujeres; en Hechos 9, 27 narra cómo se encuentra con Jesús en medio del camino. De alguna manera nos está indicando que él seguía un camino falso y plagado de error y mentira, y en esto, Cristo, el verdadero camino, le salió al encuentro para re-calcular su ruta hacia el camino verdadero, en su Iglesia.

Del mismo modo, hoy Jesucristo quiere seguir llamando a cada uno de nosotros y a cada uno de los hombres y mujeres que pueblan este mundo a re-orientar la ruta de su vida, a re-emprender el camino verdadero y alejarse de tosa senda mala que conduzca a la perdición. En definitiva, queridos hermanos, se trata de vivir en el seno de la Iglesia, cuerpo de Cristo, y, por tanto, camino verdadero de la fe que debe progresar en el tiempo en exquisita fidelidad a su Señor.


Jesús es el camino que debemos transitar para llegar al Padre. Pero…¿Cómo hacerlo? en este punto, el Evangelio es muy claro y diáfano: permaneciendo siempre unidos a Él y dando frutos de buenas obras; o dicho de otra manera, usando las palabras de la carta de san Juan, la segunda lectura de hoy: creyendo en Él y amándonos los unos a los otros. Y así es como, precisamente, recibe gloria el Padre Dios en medio de la gran asamblea.

Creer y amar son los dos verbos principales que iluminan la imagen de la vid aplicada a Jesucristo. Permanecer unidos a Cristo, vid verdadera, significa creer en él, adherirse a él, sintonizar con Él en sus pensamientos, palabras, gestos y actitudes. Ver la vida como la ve Cristo y tratar a las personas como las trata Cristo. Permanecer en su amor significa hacer de la misericordia, el amor y el perdón los principios motrices de nuestra vida, los pilares basales de nuestra existencia. Permanecer unidos a Él supone desarraigar de nosotros cualquier tipo de pecado que nos apartare de su amor, hacer una opción fundamental por ser SANTOS y no quedarse en la mediocridad del buenismo personal. Ser sarmiento unido a la vida, de donde recibimos el alimento que nos hace crecer y desarrollarnos, supone un gran ejercicio de humildad, de saber que no somos el centro ni lo más importante, sino Cristo. Que es Él quien debe marcar nuestras rutas y ser Él quien tome forma en nosotros. Todo esto supone creer y permanecer en su amor.


Pero que significa amar y dar frutos de buenas obras para glorificar a Dios. Esta es otra tarea ardua. Si el punto anterior era don de su gracia; este segundo es tarea nuestra que hemos de acometer con tesón y paciencia. Dar fruto significa amar sin medida, ser generosos en la caridad, vivir la ley del Evangelio. Dar fruto significa salir al encuentro del otro, del necesitado, del marginado. Dar fruto de buenas obras, significa tener claro que somos cooperadores en la construcción del Reino de Dios, un Reino de amor, de justicia, de paz y de verdad.

Queridos hermanos, seguir a Cristo, vid verdadera, supone un don y una tarea que no podemos eludir si queremos ser salvados. Nadie dijo que fuera fácil pero sí apasionante y contagioso. ¿Estaremos dispuestos a dar frutos? ¿Estamos unidos a Jesús verdaderamente? O ¿estamos unidos a nuestros caprichos, afectos, gustos personales, etc? ¿Busco la gloria de Dios o mis éxitos personales? ¿Mi conciencia responde ante Dios o más bien busca la complacencia y el aplauso del mundo? Que Dios nos conceda la gracia de estar siempre unidos al Señor en el camino de su Iglesia. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 21 de abril de 2018

LA LIBERTAD DE UN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al cuarto domingo de Pascua, o bien, como se le denomina popularmente “Domingo del buen Pastor”, porque es tradición leer en este día el capítulo décimo del evangelio según san Juan. Es normal en este día las grandes campañas de oración por las vocaciones, adquiriendo, por este motivo, un cariz vocacional o sacerdotal este día. Pero si atendemos bien a los textos que hoy se han proclamado nos daremos cuenta de que el pastoreo de Cristo va mucho más allá que la casilla del sacerdocio.

            Queridos hermanos, hemos oído al apóstol Pedro anunciarnos, sin tapujos, que “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” sino solo el de Jesucristo quien con su muerte y resurrección se ha convertido en la “piedra angular” de nuestra fe, del mundo, de la historia y, por tanto, de toda salvación. Por consiguiente, una vez más, comprobamos, como en Jesucristo se cumplen las antiguas profecías y los antiguos oráculos (judíos y paganos). Cristo, con su Pascua, se ha convertido en el alfa y omega, en el centro de la historia; el Señor y juez del mundo, el Eterno Viviente.

            Solo cuando reconocemos a Jesucristo como el único Salvador, podremos entender en qué consiste su verdadero pastoreo:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”: así se ha manifestado con su entrega y muerte en la cruz.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen”: como así lo experimentamos cuando tras resucitar María Magdalena lo reconoce al pronunciar su nombre. Esta aparición nos demuestra que el amor de Dios por el hombre es personal, singular, nominal.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”: esto es así porque la Salvación de Jesucristo es universal. Cristo, en su gloria, se ha convertido en la luz de las naciones y su señorío alcanza a todos por eso todas las culturas y religiones pueden contener elementos de verdad que les encaminen hacia el reconocimiento de Cristo como único y verdadero Dios y Señor. En esto radica la misión de la Iglesia y el ímpetu de los multiseculares misioneros de la misma.


Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla”: Cristo nos enseña a cumplir la voluntad de Dios. Su entrega en la cruz responde a una obediencia al Padre por puro amor a nosotros, para cancelar la deuda de Adán y salvar al género humano del pecado, del mal y de la muerte. Solo cuando asumimos los designios de Dios con nosotros podemos agradar a Dios y cooperar con Él en la redención del mundo.

Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”: hasta tal punto llegó el amor de Cristo por nosotros que entrega libremente su vida por nosotros. Eso es lo que le ha exaltado a la gloria haciéndole pastor universal, cuyo poder y reino se extiende a todos los pueblos de la tierra. Cristo cumple el principio pascual según el cual “nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos”. Y sus amigos somos todos nosotros. Por nosotros y cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño, ha entregado su vida el Buen Pastor, el Pastor hermoso y bello.

Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”: el Eterno Viviente, aquel que ha conocido las entrañas de la muerte y ha vuelto para darnos esperanza y ganas de vivir. Para decirnos que no todo está perdido, que la muerte no tiene la última palabra y que todo es posible para quien pone su vida en manos de Dios y cifra toda su esperanza en Él.

Así pues, queridos hermanos, en este domingo, el Buen Pastor nos llama a dejarnos conducir por Él, a dejar que Él nos alimente con el pasto de su palabra y los sacramentos, especialmente, los de la Eucaristía y la reconciliación. No perdamos el tiempo desviándonos del camino trazado siguiendo atajos llenos de lobos y alimañas. No lo olvidemos nunca: solo tenemos un pastor, una fe, un bautismo, un Dios en el cielo que nos ha dado a su Hijo Jesucristo, en cuyo nombre solo podemos ser salvados. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 14 de abril de 2018

LA MATERIA NO SE DESTRUYE...¡RESUCITA!

HOMILIA DEL III DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:
            Como cada año, el tercer domingo de la Pascua nos presenta una aparición del Resucitado recogida por Lucas en la cual los datos que presenta pertenecen a la proclamación primera del misterio de Jesucristo, esto es, que en Él se han cumplido las antiguas escrituras (Moisés, Profetas y Salmos) y que Él ha resucitado verdaderamente en toda su integridad divino-humana.
En los Hechos de los Apóstoles, san Pedro, portavoz del grupo apostólico, proclama el misterio pascual de Jesucristo, al que llama siervo de Dios identificándolo con el siervo de Isaias. Ese siervo tiene que sufrir en su cuerpo y morir para resucitar y tener éxito. Lo mismo Jesucristo, quien fue entregado a la muerte y ha sido exaltado a la gloria por Dios que lo ha resucitado de entre los muertos para que la luz de su rostro pueda brillar sobre nosotros. Así se cumplieron los antiguos oráculos proféticos, el mundo psicológico y oracional de los salmos y los preceptos apuntados en la ley mosaica.  
Las lecturas de hoy nos ofrecen una serie de datos sobre el dogma de la resurrección corporal de Cristo. Éste, cuando se levanta del sepulcro, lo hace con su cuerpo marcado con las llagas de la Pasión, de ahí que ante la ingenuidad de los apóstoles Él les mande “Palpadme”, esto es, les abre la posibilidad de entrar en contacto con Él mediante un contacto físico; la resurrección de Cristo es corporal, real e histórica; el cuerpo carnal de Cristo es necesario y sustancial para la resurrección. Cristo resucita en carne y hueso y, además, ante ellos, come pescado de forma natural. Lo que resucita en Cristo, y es lo que hace única su Resurrección respecto de la nuestra, es la materia, esto es, la materia humana en el compuesto Teándrico de Jesucristo. El que experimenta la muerte en su carne humana debe experimentar la resurrección, también, en su materialidad mortal.
Sin embargo, ante estas muestras de su realidad corporal, no es menos cierto que sus mismos compatriotas no le reconocen con su cuerpo sino es por su voz o por las llagas, lo que da a entender que la carne de Cristo es una carne glorificada y que no recoge las carencias y defectos de la vida mortal. Y aquí es donde radica el “quid” de toda la cuestión. Su carne resucitada es anticipo e imagen de la nuestra.

Si nos detenemos a observar nuestro cuerpo, podremos observar que nosotros, desde el día de nuestra concepción, somos los mismos y a la vez diferentes. Cada uno de nosotros ha sufrido cambios en su cuerpo, en su organismo. Nuestra piel y nuestras células se han ido renovando, poco a poco, desde el minuto uno de nuestra existencia. Somos el mismo sujeto personal pero en un cuerpo que ha ido evolucionando desde el principio. Con la muerte, esta constante metamorfosis llega a su fin. Nuestro cuerpo se detiene, entra en pausa, esperando el último y definitivo impulso evolutivo que ofrece la fuerza de la Resurrección de Cristo; a esto lo llamamos “la resurrección de la carne”.
El origen de este misterio se halla en el bautismo. En este sacramento, puerta de la vida eterna, se nos da el don de la vida eterna porque participamos, por medio de él, de la muerte y resurrección del Señor. La clave para mejor comprender este misterio es la imagen de la Iglesia, cuerpo de Cristo. La Iglesia experimenta todo aquello que Cristo tiene o padece: si Cristo padece persecución, la Iglesia padece persecución; si Cristo resucita, la Iglesia resucita. Pues lo mismo ocurre con la carnalidad de Cristo.
Esta resurrección corporal de Cristo tiene algunas consecuencias a tener en cuenta que ya apuntamos el domingo pasado pero que quisiera recordar también en este: 1. Que, efectivamente, la materia no se destruye sino que se transforma, alcanzando su transformación final en el estado de gloria. 2. Que nuestro cuerpo no es fuente de pecado ni de corrupción, sino lugar de encuentro con Dios y posibilidad de los sacramentos, pues éstos se reciben en la corporalidad humana siendo sus efectos de carácter espiritual. 3. El cuerpo es redimido y dignificado en su dimensión bisexual, esto es, Cristo al hacerse hombre hace posible el contacto de lo humano (hombre y mujer) con lo divino.
Así pues, queridos hermanos, gocémonos en esta Pascua con la auténtica, histórica, real y verdadera resurrección de Jesucristo. Hagamos nuestra su victoria frente a la muerte y el pecado y confiemos nuestra propia resurrección corporal final al querer providente y dignificante de Dios. Solo en Cristo muerto y resucitado encontramos nuestra esperanza y la fuente de la alegría porque se ha querido identificar tanto con nosotros que nos ha regalado no solo la vida, sino también la eternidad. Así sea.
Dios te bendiga

sábado, 7 de abril de 2018

CREER SIN HABER VISTO


HOMILIA DEL II DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Acabamos de escuchar el gran saludo de la Pascua con que el Resucitado visita a sus discípulos y en este domingo final de la octava de Pascua nos saluda a nosotros: “Paz a vosotros”. Esta expresión, que ha quedado hoy restringida a la liturgia episcopal, encierra en sí el gran regalo de Cristo vivo, resucitado y exaltado: la reconciliación victoriosa entre los mortales y Dios, como bellamente lo ha recogido la secuencia pascual que acabamos de entonar: «Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza». Y esa alianza nueva no es otra que la paz del espíritu de reconciliación que el Resucitado hoy concedió a sus apóstoles y que, a través de la sucesión apostólica y el sacerdocio, no ha cesado de expandir sus beneficiosos efectos para todos aquellos que, golpeados y aguijoneados por el pecado, buscan el amor de Dios.

La reconciliación operada por Jesucristo en su Pascua no hubiera sido tan eficaz y verdadera si no hubiera habido una muerte sacrificial del mismo, manifestada por las llagas y heridas de la Pasión, y una resurrección carnal de Cristo, representada por la permanencia de esas llagas gloriosas impresas en su cuerpo resucitado. Esas mismas llagas y heridas que son las secuelas de una batalla trabada entre la muerte y la vida, entre la cruz y la gloria, son las mismas que toca el apóstol Tomás para fundamentar realmente su fe.

En esta experiencia del apóstol Tomás descubrimos la transformación de la materia en su estado último: porque lo que resucita en Cristo, y es lo que hace única su Resurrección respecto de la nuestra, es la materia, esto es, la materia humana en el compuesto Teándrico de Jesucristo. El que experimenta la muerte en su carne humana debe experimentar la resurrección, también, en su materialidad mortal. Lo cual tiene algunas consecuencias a tener en cuenta: 1. Que, efectivamente, la materia no se destruye sino que se transforma, alcanzando su transformación final en el estado de gloria. 2. Que nuestro cuerpo no es fuente de pecado ni de corrupción, sino lugar de encuentro con Dios y posibilidad de los sacramentos, pues éstos se reciben en la corporalidad humana siendo sus efectos de carácter espiritual. 3. El cuerpo es redimido y dignificado en su dimensión bisexual, esto es, Cristo al hacerse hombre hace posible el contacto de lo humano (hombre y mujer) con lo divino.


Por último, solo cuando tocamos la carne de Cristo y experimentamos los efectos de su Pascua podemos hacer una firme confesión de fe que nos lleva a proclamar a Cristo como Dios y Señor. La bienaventuranza final con la que se cierra este pasaje es todo un reto para nuestras mentes racionales y empíricas: “creer sin haber visto”. Efectivamente, nadie ha visto a Dios ni vemos físicamente a Cristo veinte siglos después, pero sí que podemos comprobar los efectos de su amor y de su sacrificio por nosotros, en este sentido, la fe en Jesucristo se fundamenta en nuestro encuentro personal con él ¿hoy cómo? Por medio de la Eucaristía, de los sacramentos, de su cuerpo que es la Iglesia, de los pobres, enfermos y marginados y en todo ser humano que lo busque con sinceridad de corazón.

Así pues, queridos hermanos, en esta Pascua de resurrección alegrémonos por la victoria del Resucitado y pidamos que la nuestra vida sea una continua experiencia pascual que nos lleve a la conversión y a la eternidad. No dudemos nunca de la misericordia de Cristo, quien nos ha regalado su paz y su espíritu de reconciliación. Buena Pascua a todos.

Dios te bendiga

sábado, 3 de junio de 2017

RECIBID EL ESPÍRITU SANTO


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS



Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en el último día de la cincuentena pascual, en el llamado Domingo de Pentecostés. Según el texto bíblico, en este día el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego. Haciendo una lectura a golpe de ojo del texto de los Hechos de los apóstoles podemos observar tres detalles: el primero, la situación psicológica de los apóstoles, que es de auténtico miedo, pavor, rechazo hostil a lo que los judíos pudieran hacerle, pues el texto griego usa el sustantivo “fobos” (= miedo, de donde viene “fobia”). Sin embargo, esos mismos hombres encerrados en la clandestinidad, de repente los vemos predicando abiertamente a todos sin temor a ser detenidos o asesinados. ¿Cómo explicar este cambio psicológico? Por la acción del Espíritu. Y es que, queridos hermanos, solo cuando el Espíritu Santo inunda nuestro corazón, llenando nuestra alma, podemos romper con toda clase de miedo y hostilidad que nos impide crecer en gracia y dar valiente testimonio de Jesús. Pueden ser muchas las ocasiones en que nuestro ánimo se muestre débil, temeroso, cobarde,… pero es precisamente en esos instantes cuando con más fuerza hemos de invocar la fuerza, la valentía y la acción del Paráclito.

            Otro detalle que se destaca es esta expresión “se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra”. Jerusalén es la ciudad donde las profecías decían que confluirían las naciones para adorar al único Dios. Jerusalén es la ciudad de la paz y de la reconciliación porque ha sido regada por la sangre de muchos profetas, y, sobre todo, por la de Jesucristo. En Jerusalén estaba el Templo, lugar físico de la presencia de Dios en la tierra. Pues bien, allí tiene lugar, como esta profetizado, el encuentro de todos los pueblos de la tierra, como indica la lista de nacionalidades que se enumeran incluidas Roma y Arabia. Al contrario de Babel que supuso dispersión y barreras, Pentecostés hace posible el encuentro y la inteligibilidad de las mismas lenguas provocando la unión en la diversidad.

            Y esta unión en la diversidad es, precisamente, el tercer detalle aunque está más desarrollado en la lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios. Los dones pertenecen a un único Espíritu, los ministerios fluyen de un único Señor y las diversas funciones sirven a un único Padre. La diversidad en la Iglesia, hoy como ayer, debe remitirnos siempre a la unicidad de Dios, esto es, a construir la única Iglesia de Dios, el único pueblo de Dios, el único cuerpo de Cristo. Unidad en el amor y en el bien común. Cuánto ganaríamos si todos los cristianos tuviéramos claro esto. Cuántas disputas, rivalidades, envidias, celos, tropiezos se evitarían si cada uno trabajásemos en la consecución de un único fin: la gloria de Cristo y el bien de la Iglesia. Hemos de pedir, pues, el espíritu de amor y concordia, de unidad y comunión que animó a la Iglesia de los primeros siglos.

            No podemos olvidar, por último, que el Espíritu Santo es el gran don del Resucitado, pues Él mismo dijo que era necesario que muriera y resucitara para que el Padre nos lo enviara; por esto mismo, la mañana de Pascua, cuando los apóstoles están escondidos, Cristo les regala el Espíritu otorgándoles cuatro dones: la paz, la alegría, el envío y el poder o autoridad sobre el pecado. Es Espíritu de la paz en cuanto les fortalece el alma y les disipa las “fobias” que zaherían su ánimo; es Espíritu de alegría en cuanto les hace mantener la confianza que creían haber perdido, una alegría que se mantiene intacta en medio de las pruebas, dificultades, persecuciones, martirios. La misión también es un don que Cristo les hace, pues sentirse elegido por Él para anunciar su palabra es tan alto honor como grave responsabilidad por eso el Espíritu es quien nos capacita para desempeñar la misión evangelizadora. Y para que esa misión sea creíble y eficaz, Jesús les reviste un poder y una autoridad que se ha ido transmitiendo a través de los obispos en la sucesión de los siglos hasta hoy. Perdonar o retener pecados es un poder concedido desde lo alto, pero que se debe administrar con generosidad y recibirlo con humildad.

            Así pues, queridos hermanos, vivamos este Pentecostés pidiendo que el Espíritu renueve nuestra alma para comprender la riqueza incomparable que Dios quiere darnos con su gracia. Pidamos que este Espíritu disipe nuestros miedos y resistencias; que nos haga crecer en la unidad y amor a su Iglesia; que nos de conciencia de que nuestro servicio en la Iglesia solo es para gloria de Dios y no nuestra. Pidamos que este Espíritu aumento en nosotros la paz y la alegría que provienen de Dios para desempeñar la misión a cada uno encomendada confiando en el poder y la capacitación que Dios nos otorga. Ven Espíritu Santo y renueva nuestros corazones.

Dios te bendiga

viernes, 2 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS





Antífonas de entrada

«El Espíritu del Señor llenó la tierra y todo lo abarca, y conoce cada sonido. Aleluya». Tomada del libro de la Sabiduría, capítulo 1, versículo siete. Esta antífona, con la que iniciamos la celebración, nos evoca al relato de los orígenes del mundo cuando el Espíritu aleteaba sobre la faz de la tierra fecundando las aguas con el bateo de sus alas. La solemnidad de hoy supone un nuevo comienzo para el mundo y la humanidad entera, pues los dispersos por el pecado de Babel son congregados por la unidad de Pentecostés. El dador de vida realiza ahora su obra abarcándolo todo y animando cada cosa.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya». Construida a partir de la carta de san Pablo a los romanos capítulo 5, versículo 5 y capítulo 8, versículo 11. El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua; posibilitador de la presencia viva y permanente del Resucitado en su Iglesia. El Espíritu Santo inunda el corazón del hombre haciendo de él un tabernáculo donde pueda morar la presencia santa de la Trinidad. Cristo ha derramado su sangre, el Padre y el Hijo derraman el Espíritu que hizo posible la fecundación del Verbo en el seno de la Virgen de donde recibió la carne y la sangre humana. Desde el inicio de la celebración de hoy se nos invita a abrir el corazón para acoger la gracia del Santo Espíritu.

Oración colecta

«Oh Dios, que por el misterio de esta fiesta santificas a toda tu Iglesia en medio de los pueblos y de las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Esta preciosa oración está estructurada en una triple perspectiva: la Iglesia, el mundo y los fieles. Respecto de la Iglesia, el Espíritu es quien la constituye como sacramento universal de salvación y como testimonio perenne de la presencia de Dios en medio de los pueblos y las naciones. Respecto del mundo, el Espíritu va preparando los confines de la tierra para que se abran al Evangelio, pues la creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 19). Respecto de los fieles, el Espíritu es quien inflama el corazón de éstos, como hizo en otro tiempo en Pentecostés, para que puedan descubrir las maravillas que Dios realiza en ellos. Por último, la oración recuerda que el Espíritu es el alma que da vida a la Iglesia, porque es el que hace posible que todas sus acciones litúrgicas y evangelizadoras sean fecundas y confieran la gracia que a través de ellas se demandan.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que, según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos haga comprender más profundamente la realidad misteriosa de este sacrificio y se digne llevarnos al conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Por Jesucristo, nuestro Señor». Dice el Señor en el Evangelio que cuando venga el Espíritu Santo nos lo enseñaría toda porque había cosas que sin su luz interior no podemos comprender. Y ciertamente la transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor es un misterio que solo se comprende por una especial iluminación de la fe puesto que los sentidos se ven engañados cuando exteriormente ven pan y vino siendo en verdad Cuerpo y Sangre del Señor. Solo por la acción del Espíritu en nosotros somos conducidos a descubrir la verdad plena de las realidades ocultas bajo los signos externos.

Antífona de comunión

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y hablaron de las grandezas de Dios. Aleluya». Tomada de Hechos de los apóstoles capítulo 2, versículos del 4 al 11. Como ya dijimos en comentarios anteriores, cuando recibimos la comunión sacramental, no solo comulgamos con el Cuerpo del Señor sino con la Trinidad entera porque cada una de las obras de las Divinas Personas, aunque sean atribuidas a una de ellas realmente están las otras dos implicadas. Así pues, según este principio teológico, al comulgar, de alguna manera, somos “pneumatizados” (= llenados del Espíritu Santo) para poder proclamar de palabra y obra todo lo que Dios ha hecho por nosotros, su entrega en la cruz, que se actualiza en la Eucaristía.

Oración después de la comunión

«Oh Dios, que has comunicado a tu Iglesia los bienes del cielo, conserva la gracia que le has dado, para que el don infuso del Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza, y el alimento espiritual acreciente su fruto para la redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor».  Esta nueva oración viene a reafirmar lo dicho en la colecta. Si ante se pidió la gracia septiforme del Espíritu, ahora vuelve a manifestarse la intención de que esta sea conservada sin mancha. Y en perspectiva escatológica sitúa la fuerza del Espíritu que nos viene por la constante nutrición de los alimentos espirituales.

Visión de conjunto

            Llegamos al final de la Pascua, tras la subida del Señor a los cielos a la Iglesia le es enviada la ayuda del Paráclito, el Espíritu defensor, por la complicada misión que tendrá; el espíritu de ciencia para que aprenda, interiorice y proclame la Verdad de su Señor y Dios, Jesucristo. El Espíritu de piedad para que constantemente ofrezca un culto sincero a Dios; el Espíritu de temor de Dios para que aprenda a amarle sinceramente y persevere en las buenas obras huyendo de todo aquello que desdiga de su misión y ofenda a Dios. El Espíritu de fortaleza para que se mantenga en pie y con entereza cuando las vicisitudes de la misión y los constantes ataques del mundo la humillen y le hagan zozobrar su fe; el Espíritu de consejo para que exhorte al mundo entero a volver a Dios, a no abandonar nunca la confianza puesta en Él; también para amonestar y denunciar el pecado y corrupción de este mundo que vicia las conciencias de los cristianos. El Espíritu de inteligencia para saber descubrir la acción poderosa y maravillosa de Dios a cada momento de su historia y en cada lugar donde se implanta; y el espíritu de sabiduría para guiar a la humanidad a la Verdad plena, para preparar un pueblo bien dispuesto hasta la vuelta de Jesucristo.

            Pentecostés, por tanto, es la fiesta de la Iglesia, porque es, en definitiva, el Espíritu que la anima y la impulsa por los caminos de la historia, como dice un himno de la liturgia de las horas: “Ésta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas, y levanta testigos en el pueblo para hablar con palabras como espadas delante de los jueces”. Pero también, es el Espíritu que recrea al mundo y lo renueva constantemente. Es el Espíritu que atraviesa los muros y fronteras de las naciones para hacer de todos los pueblos un único pueblo por la fe en Jesucristo, el Señor.

            Como vemos, los siete dones que concede la gracia del Espíritu Santo son para nuestro provecho espiritual si sabemos demandarlos. La tercera Persona de la Trinidad bien sabe lo que necesitamos, el problema es que los cristianos muy pocas veces pedimos cosas grandes, nos conformamos con la oración rutinaria, pedir cosas de este mundo y para este mundo. El Espíritu Santo es quien crea en nosotros la voz de la oración, el espíritu de oración que nos hace pedir lo que realmente necesitamos.

Debemos, pues, queridos lectores, acrecentar en nosotros la fe en el Espíritu Santo, tenerle más presente en nuestra vida, confiar en sus inspiraciones e invocarle con frecuencia. Para ello, aquí te propongo la secuencia del Espíritu Santo que puede ayudarte a invocarlo con seguridad y confianza:

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.

Dios te bendiga