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sábado, 8 de junio de 2019

ES PENTECOSTÉS


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al final de la cincuentena de Pascua. Han sido unos días preciosos en que el Resucitado nos ha regalado su presencia entre nosotros. Le hemos podido tocar con santo Tomás, caminar hacia Emaús mientras su compañía encendía nuestro corazón, almorzar con Él junto al lago de Tiberiades; hemos escuchado sus últimas enseñanzas y disposiciones, y al recibir su última bendición, nos pidió que aguardásemos la venida del Paráclito. Y así lo hemos hecho. Hemos esperado e invocado pacientemente al Espíritu Santo hasta este gran día en que el cielo vuelve a abrirse para darnos esta bendición increada.

            Como aquellos doce, también nosotros hoy somos privilegiados receptores de la gracia septiforme que nos capacita para confesar que Jesús es el Señor y, de este modo, nos hace ser cristianos convencidos y convincentes. El lenguaje universal que todos entienden es el que da la fe. Se puede ser de una u otra nacionalidad, raza, lengua o país, pero la fe rompe todos los muros y traspasa las fronteras, y, de este modo, nos une a todos en un solo corazón y en una sola alma formando así un único pueblo que tiene una misma fe, un mismo Señor, un mismo bautismo y una misma ley en el amor. 


            Pentecostés es el tiempo de la Iglesia. Pentecostés hace la Iglesia. Pentecostés es todos los días de nuestra vida porque el Espíritu Santo no deja de soplar sobre su Pueblo dándole la paz de Jesucristo y fortaleciendo el testimonio de sus hijos. Pentecostés realiza la verdad de los sacramentos y da eficacia a la liturgia de la Iglesia. Pentecostés es el alma de la caridad y de la misión de la Iglesia. Todo cuanto en la Iglesia vive y late tiene su fondo y su alma en la acción del Espíritu Santo. Por eso, hermanos, es tan importante la solemnidad que celebramos hoy. No es que Pentecostés sea el origen de la Iglesia, pues bien sabemos que ésta responde al deseo original de Dios, truncado por el Pecado Original pero restaurado por el misterio Pascual de Jesucristo. En clara línea de continuidad con la historia de la Salvación, el Espíritu Santo es garantía de presencia perenne y activa de las maravillas de Dios hechas por los hombres, o dicho de otra manera: el Espíritu Santo hace posible que la Iglesia viva en el eterno presente de Dios.

            Así pues, queridos hermanos, celebrar Pentecostés es, por tanto, saborear, de nuevo, las maravillas de Dios. Es saborear la novedad de lo sagrado, la perenne actualidad de la Palabra revelada. Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta de la cristiandad que, otra vez, se renueva en su fondo y en su forma. Vivamos esta fiesta con el corazón abierto completamente para recibir, de nuevo, la gracia del Paráclito: los siete dones y los doce frutos que el Espíritu Santo siembra en él. Demos gracias, hermanos, por tanto bien y por tanta gracia inmerecida. Así sea.

sábado, 25 de mayo de 2019

UNA CIUDAD BIEN CUSTODIADA


HOMILÍA DEL VI DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Nos acercamos al final del tiempo de Pascua. En las palabras de Jesús se atisba cierto tono de despedida. Es el Señor que se sabe que debe marcharse y da los últimos consejos a sus amigos que quedarán solos en medio del mundo. Estos amigos somos nosotros, los cristianos, los que debemos transitar en medio de los siglos de la historia teniendo la invisible presencia del Resucitado, pero esta presencia, a veces, es oculta y tan silenciosa que casi no se aprecia.

            El cristianismo ha venido al mundo para liberar al hombre, para no imponerle cargas pesadas. La resolución apostólica que los Hechos de los Apóstoles nos ofrece supone un hecho de extraordinaria importancia para la historia: la apertura del cristianismo a los paganos sin preceptos judíos. Solo se apela a la coherencia y a la sensatez. Comer carne de ídolos sacrificados suponía colaborar con aquellas prácticas paganas y un escandalo para cristianos más apegados a sus tradiciones. Rechazar la fornicación suponía reforzar el respeto al matrimonio y al cónyuge.

            Este texto apostólico es una clara prueba de aquellos que llamamos “Tradición apostólica”, esto es, el conjunto de enseñanzas, doctrinas e instituciones que los apóstoles, adoctrinados por el Espíritu Santo, como hemos leído en el Evangelio, legaron a la Iglesia y es perenne para todos los tiempos. Los apóstoles, siguiendo la promesa del Señor, gozaron de la asistencia del Paráclito para hacer avanzar a la Iglesia en medio de los procelosos mares de la historia y la sociedad, allá en el alba del cristianismo. 


            La Tradición apostólica es camino seguro para permanecer unidos al Señor Jesús. El oficio apostólico es un oficio de amor, pues quien ama al Señor no puede hacer otra cosa sino contar lo que ha experimentado al estar con Él. Por tanto, mantenernos fieles a las enseñanzas apostólicas será garantía de amor a Cristo y de vivir pegados al espíritu de la Iglesia.

            Podríamos decir, sin temor a caer en excesos, que el Señor antes de su partida quiso ligar su voluntad y gobierno de la Iglesia a las directrices de los apóstoles y, por ende, de sus sucesores hoy, los obispos. La Santa Iglesia está regida por ellos en temas de fe y de moral y con las enseñanzas que hacen incrementar y resplandecer el sabio magisterio de la Iglesia, se erigen como lámparas que iluminan la ciudad santa de la nueva Jerusalén. ¡Cuánta responsabilidad tienen estos pastores mitrados y cuánta cuenta tendrán que dar a Dios por sus buenas y malas acciones, por sus buenas y malas deciosiones! Por eso, necesitan nuestra oración y afecto.
            Queridos hermanos, el Señor se marcha pero no nos deja, no nos abandona a nuestra suerte, ha puesto puertas y centinelas en la nueva ciudad que es la Iglesia. Es una ciudad sostenida por doce basamentos fuertes y firmes donde su lámpara es el mismo Jesucristo, Cordero Pascual. Una ciudad con sus brazos abiertos para acoger a todos sus hijos. Es una ciudad que transita las épocas históricas en comunión de hermanos y conservando lo mejor de su bagaje peregrino. Es un pueblo vivo sin miedo a nada ni a nadie porque se fía del sol que la ilumina que es Dios. No podemos volvernos atrás. Sigamos las huellas que Jesús nos ha marcado y dejado en sus apóstoles. Guardemos sus palabras y amémosle para que nuestra alegría se complete al final de los tiempos cuando reinemos con Él en el cielo. Así sea.

sábado, 11 de mayo de 2019

PARA PREDICAR Y CELEBRAR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Celebramos hoy el cuarto domingo de la Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, puesto que el texto evangélico que hemos leído es del capítulo diez del Evangelio según san Juan donde Jesucristo se identifica como el único Pastor del rebaño del nuevo Israel.

Las lecturas que nos han sido proclamadas recogen, cada una a su manera, ciertos aspectos esenciales que configuran un retrato perfecto de lo que debe ser un Pastor, hoy día, según el Corazón de Jesucristo.

En primer lugar, los hechos de los Apóstoles nos narran la predicación de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia y como la eficacia de esa predicación hacia acrecentar el número de los creyentes. Aquella era una predicación convincente, encendida, directa y fiel que exhortaba a la conversión. El pastor encuentra aquí un modo singular de desempeñar su ministerio de la Palabra. Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, ni tan si quiera nuestras opiniones o ideas son relevantes. Nosotros, al contrario, hablamos de lo que hemos visto y oído, es decir, nosotros predicamos a Jesucristo, su doctrina y su enseñanza. Nuestra predicación se resume y concentra en un nombre propio: Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Es, por tanto, labor indispensable de los que están al frente del rebaño de Cristo iluminar con su palabra a la grey sin ocultar la verdad ni edulcorarla. Es indispensable volver a una predicación formada y fiel a las enseñanzas de la Iglesia y a la Tradición apostólica. Solo así, al estar convencidos de que somos meros transmisores de la Buena Nueva de la Salvación, poco a poco irán desapareciendo de nosotros todos los respetos humanos, y toda ansia de protagonismo o carrerismo.

San Pablo y san Bernabé no dudaron por un momento en anunciar a Jesucristo con toda claridad, a riesgo de ser expulsados e incomprendidos por los mismos de su raza. Sin embargo, este rechazo de los judíos, Dios lo transforma en un acontecimiento de gracia puesto que el mensaje, por fin, saldrá de su clausura y se dirigirá a nosotros, a los paganos y gentiles que estábamos, entonces, ávidos de escuchar que Jesucristo nuestro Dios, también. Cuantos habrá, hoy, que, también como un día aquellos, al escuchar el Evangelio de la vida y la salvación se alegren y alaben a Dios.

El segundo rasgo nos lo ofrece el libro del Apocalipsis, en concreto, aquellos redimidos que vienen de la gran tribulación ufanos de éxito y perseveran ante el trono de Dios dándole culto. El pastor esta para rendir culto a Dios. Los que por la ordenación sacerdotal hemos sido configurados ministerialmente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, hemos sido puestos ante Dios para ofrecerle un culto agradable en nombre del rebaño de Cristo. En nuestras manos ungidas esta la posibilidad de que a Dios alcancen aquellas aclamaciones que, como nos recordaba el salmo, desde los cuatro puntos cardinales suben desde las gargantas de los hombres y mujeres que pueblan la tierra y buscan y llaman al único Dios que les puede salvar.


A la fiel predicación debe seguirle la vivencia de un culto litúrgico que agrade a Dios y transforme la vida del mundo. No caben dicotomías ni yuxtaposiciones. No. El culto ilumina la predicación y la predicación acredita el culto. Y en esto, hermanos, los pastores hemos de ser exquisitos. Solo siendo fieles a la tradición litúrgica y orante de la Iglesia podremos ser fieles en el ministerio recibido, porque de ahí se deriva todo y en eso confluye todo, como nos recordó el Concilio Vaticano II, la Sagrada Liturgia es fuente y culmen de la vida de la Iglesia (cf. SC 10).

El último aspecto es la identificación con Dios. Los pastores de la Iglesia no lo somos por nosotros mismos, sino porque Él nos ha llamado a serlo, Él nos ha llamado a ser Cristo en medio del mundo. De ahí, igual que Jesús se identifica con el Padre y son uno, nosotros, los ministros de Dios, hemos de sentirnos unidos e identificados con Aquel que se ha sujetado a nosotros. Sin esta identificación, la vida sacerdotal carece de sentido y de valor.

Así pues, hermanos, en este domingo del Buen Pastor, miremos al Sumo y Eterno Sacerdote y prediquemos fielmente su Evangelio, hagamos nuestras sus palabras y sentimientos para provocar, por medio del culto litúrgico, un encuentro vivo con Él. De este modo, guiaremos al rebaño de Dios, por medio de estas cañadas, un tanto adversas, a los verdes pastos de la Gloria donde el Pastor verdadero nos espera para morar eternamente. Así sea.

sábado, 1 de diciembre de 2018

SE ACERCA LA LIBERACIÓN


HOMILÍA DEL I DOMINGO DE ADVIENTO



Queridos hermanos en el Señor:

Comenzamos hoy el Adviento. Volvemos a iniciar un nuevo ciclo litúrgico donde recorreremos los misterios de la vida del Señor y nos nutriremos de la gracia que de ellos dimana. Como cada Adviento, al inicio del año litúrgico volvemos a encontrar en el salmo responsorial la mejor expresión de nuestros sentimientos: volvemos a levantar nuestra alma a Dios, esto es, descargamos en el Señor el cúmulo de sentimientos, deseos y aspiraciones que llevamos en el corazón.

Para ello, Dios manda su gracia al mundo en una lluvia copiosa que es Jesucristo. Ante un mundo cada vez más situado de espaldas a Dios, y en una Iglesia con una seria crisis de fe, Dios se decide a enviar un vástago legítimo a fin de que restituya la dignidad y la estabilidad de la casa de Israel, esto es, la Iglesia. La próxima venida de Jesucristo al final de los tiempos, y que místicamente anunciamos en el tiempo durante el Adviento pretende dar cumplimiento a los oráculos davídicos. Pero ahora ya no viene en una cuna, sino en poder y gloria, sobre las nubes del cielo, acompañado de sus santos a restituir a su Iglesia perseguida y atacada.

Ante ese Cristo que viene ¿Qué hemos de hacer? ¿Cómo actuar? Nosotros hemos de presentarnos santos ante Él, evitando toda clase vicios y distracciones que nos aparten de Dios y nos impidan mantenernos en pie delante de Cristo.


El Adviento nos vuelve a traer la advertencia a estar despiertos ante los signos de los tiempos, a no dormirnos en los laureles porque el tiempo esta tasado. El Adviento es un faro de esperanza para la Iglesia de hoy.  Sabemos que debemos ser perseguidos y despreciados, que nuestros templos pueden ser profanados y usados a conveniencia de las modas, sabemos que los discursos de la corrección política pretenderán acallar la voz de la Iglesia y la doctrina divina del Evangelio de Cristo, pero el Adviento nos asegura que todo esto es temporal, que podemos alzar la cabeza por que se acerca nuestra liberación. El Adviento es la gran esperanza que asegura la perseverancia de la Iglesia. El Adviento nos empuja a creer, a mantener la fe y aguardar el retorno glorioso de Cristo, quien devolverá la justicia a los hijos de la Iglesia que han perseverado en la fe.

Salgamos, pues, hermanos, animados en este Adviento al encuentro de Cristo. Que nuestras buenas obras nos acrediten la fe y nos abran las puertas del reino eterno. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 7 de octubre de 2017

LA VIÑA


HOMILIA DEL XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Este domingo las lecturas de la misa tienen como hilo conductor la imagen de la viña, una alegoría muy recurrente para expresar diversas realidades: bien sea el pueblo de Israel bien sea el nuevo Israel que es la Iglesia.

El profeta Isaías nos describe con gran profusión una supuesta viña, propiedad de un anónimo que la cuida y cultiva con gran amor y dedicación, dotándola de todas las infraestructuras necesarias para que de los mejores frutos posibles. Pero resulta que con el tiempo los frutos que da son pobres e inservibles, lo que acarrea la indignación y el enfado del dueño de la viña, que decide abandonarla a su suerte sustrayendo de ella todo lo que había puesto para garantizar su desarrollo y productividad. Pues bien, esa viña no es otra que el mismo Israel. A este pueblo, elegido por Dios para llamar a todos los hombres a la salvación (para los judíos la salvación consiste en pertenecer al pueblo de Israel), Dios le arrebata esta prerrogativa por su infidelidad e idolatría.

Esta misma alegoría, y con una finalidad semejante, va a ser usada por el evangelista Mateo, el más judío de los cuatro evangelios, que la pone en labios de Jesús en forma de parábola. Pero como novedad, esta viña no es abandonada a su suerte al ser dotada de infraestructura sino que se la cede a una serie de viñadores para que la cuiden y la cultiven. Cuando llega el tiempo de la cosecha, el anónimo dueño manda a una serie de empleados que padecen un destino similar: al que no matan, le apalean; hasta que, por fin, es enviado el hijo del dueño al que matan para quedarse su herencia. Según el consenso de la exégesis de este texto, esta parábola es una alegoría que sintetiza la Historia de la Salvación: la viña seguiría siendo Israel, los viñadores son los sumos sacerdotes y fariseos, los enviados son los profetas asesinados, apaleados y rechazados, el hijo es el mismo Jesús.

Pero lo más grave de este pasaje evangélico no es tanto la parábola sino la conclusión del último versículo: “se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Lo que se traduce como “se os arrebatará el favor y la protección divina de la que habéis gozado desde el principio como pueblo de Israel y se dará a otro pueblo que lo merezca para que produzca los frutos esperados, este pueblo es la Iglesia”. Esta misma idea la hallamos más tarde en la predicación del apóstol san Pablo: “Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía: Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles” (Hch 13,46).


Ahora bien, hoy ¿quién es esa viña? ¿nos debemos sentir interpelados? Este domingo te propongo tres niveles para interpretar la imagen de la viña con el fin de tomar conciencia de lo que debemos hacer para una vida cristiana cada vez mejor.

En primer lugar, la “viña” es imagen de la Iglesia: viña adquirida por la sangre de Cristo y dispuesta convenientemente por la infraestructura sacramental de la cual Cristo es su único autor y su única causa. La Iglesia ha sido fundada por el Señor con la promesa de la asistencia del Espíritu Santo para conducir al pueblo hacia la consumación final. Pero… esto no es algo que se garantice sino que siempre está en riesgo por el pecado y la desobediencia humana. La tibieza es el gran mal de la Iglesia. Una Iglesia tibia, callada y consintiente de todo se convierte en una Iglesia estéril e inservible. Una Iglesia autorreferencial, replegada en si misma y más preocupada de amasar dineros y llevarse bien con los poderes del mundo es una Iglesia que se olvida de su Señor. Sabemos que junto a la santidad, la Iglesia es pecadora porque sus miembros son pecadores pero esto ni puede justificarnos ni puede consolarnos sino que debemos sobreponernos y vivir santamente porque estamos edificados sobre la piedra angular, que es Cristo.   

En segundo lugar, la “viña” es imagen de cada uno de nosotros: de los cristianos que hemos sido bautizados y por tantos hechos hijos adoptivos de Dios. Nosotros hemos recibido los sacramentos y los medios de salvación dispuestos por Dios y administrados por la santa Iglesia para caminar santamente hasta la eternidad. Pero cuántas veces corremos el riesgo de acomodarnos a la estabilidad de creernos, ingenuamente, que lo tenemos todo resuelto. Cuántas veces dejamos de ser testimonio vivo en medio del mundo porque nuestras obras no coinciden con la fe. Cuántas veces la incoherencia y la hipocresía abundan en nuestra vida porque es el mejor camino para adaptarnos al medio en que vivimos. Y esto nos mata poco a poco en el alma. En definitiva, es la corrupción de la mundanidad malsana que se va poco a poco metiendo en nosotros. Por eso, es necesario tomar conciencia de todo esto para ir progresando, poco a poco, en nuestro seguimiento fiel de Jesucristo, quien nos acompaña y fortalece con su gracia.

En tercer lugar, y para iluminar la realidad actual, echemos una mirada a España: si uno hace un repaso a nuestro país desde su unidad con Roma hasta hoy observamos que fue una nación bendecida copiosamente por la providencia divina para llevar el evangelio a todos los lugares del mundo o para contener las herejías; ha sido la cuna de grandes santos, mártires, confesores, vírgenes y pastores. Sin embargo, desde finales del s. XIX hasta hoy  se ha ido dando un progresivo olvido de Dios y un abandono de la conciencia cristiana. ¿Y acaso, ingenuamente, pensamos que esto saldría gratis? ¿Tan obtusos somos para no ver que los desórdenes que hoy se suceden son consecuencia de haber abandonado la práctica religiosa y haberla sustituido por ideologías materialistas y nacionalistas que solo crean odios, divisiones y discordias? No olvidemos aquella cita del evangelio “A quien mucho se le dio mucho se le exigirá” (cf. Lc 12,48). Como nación y como pueblo se nos ha dado mucho por parte de Dios ¿Hemos sabido administrarlo? ¿Hemos sabido conservarlo? Quizá haya llegado el momento de la siega y ahora nos toque pagar nuestro pecado y abandono. Así pues, hemos de tomar conciencia de todo esto no para hundirnos en la indignación sino para remontar gallardamente y volvernos a nuestro Dios para que Él tenga misericordia de nosotros, de su Iglesia y de nuestra España.

Aprovechemos cada instante de nuestra vida para dar frutos de vida eterna, para glorificar a nuestro Dios y favorecer con el bien a nuestro prójimo. Que nunca tenga el Señor que arrebatarnos el favor divino y entregarnos a las alimañas y las bestias que son el demonio y el pecado. Así sea.

Dios te bendiga

miércoles, 4 de octubre de 2017

1. MISA POR LA IGLESIA





Tal como ya anunciábamos en el post de la semana pasada, abordaremos en un triple esquema las diversas misas que la Iglesia ha propuesto para santificar la cotidiana existencia humana. Estas misas, a modo de sacramentales, pretenden santificar los diversos aspectos y circunstancias de la vida.

Abordamos en este primer artículo las misas que se han de celebrar por la Iglesia. Con estos formularios se pretende que oremos por la Iglesia desde diversas perspectivas y acentos: su origen, su meta, su particularidad, etc. Pero dejémonos de preámbulos y entremos ya en materia.

I. Misterio

A lo  largo de la historia, las diversas concepciones de la Iglesia han ofrecida un sistema eclesiológico determinado. Tras varios siglos en que la Iglesia era percibida y definida como sociedad perfecta, el Concilio Vaticano II retomando el estudio de las fuentes antiguas definió la Iglesia como un “sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), que hunde sus raíces en el “origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos”(LG 2).

Con esta nueva eclesiología, la Iglesia se percibió a sí mismo como “Pueblo de Dios”, “Cuerpo de Cristo” y “Templo del Espíritu Santo”. Ella tomó conciencia de que ha sido congregada y reunida de entre las diversas naciones de la tierra donde fue implantándose en Iglesias locales o diócesis y que como familia de Dios en progresivo crecimiento debe ser fermento de vida y santidad donde ha sido plantada. Al ser su autor Cristo, la Iglesia nace del costado de Cristo muerto en la Cruz, es fortalecida por la Eucaristía y vivificada por la gracia de los sacramentos.

Los Santos Padres definieron a la Iglesia como “mysterium lunae” (el misterio de la luna) porque ella, al igual que el satélite, no brilla con luz propia sino con la que le viene de Cristo tal como dice san Ambrosio: “La Iglesia es verdaderamente como la luna: […] no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo. Recibe su esplendor del Sol de justicia, para poder decir luego: Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí [1].


II. Celebración

La tercera edición del misal romano nos ofrece cinco formularios completos para la celebración de la santa misa en favor de la Iglesia si bien cada uno con sus particularidades y sus acentos. Todos estos formularios son de nueva creación. Del conjunto de sus oraciones rezuma la eclesiología renovada del Concilio Vaticano II.

Formulario A: “La Iglesia, pueblo de Dios y sacramento de salvación[2]

Así, en la oración colecta se aborda la definición de Iglesia como “sacramento de salvación universal” presente en la Constitución dogmática Lumen Gentium 1. Este sacramento universal de salvación es el instrumento querido por Cristo para manifestar su redención y que ésta alcance a todos. La oración sobre las ofrendas considera a la Iglesia como “pueblo que te está consagrado” y refuerza esta idea usando la expresión petrina “estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad” (cf. 1Pe 2,9). La oración después de la comunión recuerda a los cristianos que al haber comulgado nos convertimos en “fermento de vida e instrumentos de salvación”.

Las antífonas bíblicas que se proponen para la entrada y la comunión exponen a la atención de los fieles  el origen de la Iglesia, es decir, para lo que fue pensada “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra” (cf. Ef 1, 10) y el destino y fin último de la Iglesia, esperar la pronta venida de su Señor y autor “Ven, Señor, Jesús” (cf. Ap 22, 20.).

Esta misa puede ser usada con las plegarias para diversas circunstancias 1 o 2 o bien con el prefacio VIII dominical del tiempo ordinario. Pero debemos recordar que ambas opciones son excluyentes pues las plegarias para diversas circunstancias forman un todo con su prefacio que no puede ser ni modificado ni sustituido ni suprimido. S recomienda que se hagan en tiempo ordinario ya que de usarse en otros ciclos litúrgicos se debe pedir autorización al ordinario del lugar.

Formulario B: “La Iglesia, nacida del costado de Cristo, en camino hacia la Pascua

            En este formulario, la oración colecta nos presente una Iglesia en movimiento desde su origen hasta su consumación final. La Iglesia es un pueblo congregado “de entre todas las naciones” en continuo progreso “con la familia humana” para que los cristianos seamos en ella “fermento y alma de la sociedad”. La oración sobre las ofrendas trae a la memoria aquel texto ambrosiano según el cual la Iglesia ha nacido del costado de Cristo dormido (cf. San Ambrosio de Milán, Expositio Evangelii secundum Lucam 2, 85-89), esto es, “su autor”. La oración después de la comunión recuerda que la Iglesia es el cauce por donde Dios revela a todos la salvación, especialmente a los pobres, “porción principal de tu reino”.

            Los textos bíblicos usados para las diferentes antífonas de la misa ofrecen el producto destilado de los textos eucológicos: es una Iglesia congregada de entre las diversas naciones (Introito, Ap 7,9), nacida del costado de Cristo (primera de comunión, Jn 19, 34) para alabar y gloria de Dios aquí y en el paraíso (segunda comunión, Ap 7,12).

Esta misa puede ser usada con las plegarias para diversas circunstancias 1 o 2 o bien con el prefacio VIII dominical del tiempo ordinario. Con las mismas condiciones de antes.

Formulario C: “La Iglesia, unidad y variedad

            A continuación, la oración colecta de la misa aborda el tema de la unidad de la Iglesia que, aunque dispersa por el mundo, es una y la misma “por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” para manifestar esa misma “unidad y santidad” en Dios. La oración sobre las ofrendas recuerda que el papel de la Iglesia en el mundo es el de ser servidora (“ministerio de tu Iglesia”) de “la salvación de todos los hombres”. Por otra parte, la oración después de la comunión  indica que la unidad de la Iglesia solo se realiza en torno a Cristo y solo desde Él podemos construir “en libertad” el reino de Dios en cada una de “las tareas temporales” en que se mueven los fieles de la Iglesia, subyaciendo en esta cláusula lo expuesto en Lumen Gentium 31.

            Los textos bíblicos que conforman las respectivas antífonas de entrada y comunión están en clara consonancia con el tema de la unidad de la Iglesia tanto en su asamblea (primera de entrada cf. Mt 18,20) como en su ministerialidad (segunda de entrada Rom 12,5), como en el sacramento (comunión, cf. 1Cor 10,17).

Esta misa puede ser usada con las plegarias para diversas circunstancias 1 o 2 o bien con el prefacio de la unidad de los cristianos. Con las mismas condiciones de antes.

Formulario D: “La Iglesia, perseverante en la fe

            En este formulario, la oración colecta está centrada en la fe que la Iglesia ha recibido y en la que debe perseverar “con fe firme”. Pero dado que los miembros de la misma están expuestos a las inclemencias y avatares de la historia y de los tiempos, la oración sobre las ofrendas  ofrece un sacrificio de purificación, que no es otro que el mismo de Cristo en el Calvario. La oración después de la comunión vuelve a pedir “la integridad de la fe” para la Iglesia quien se sabe dirigida por la mano poderosa de Dios.

            Las antífonas bíblicas de este formulario hablan de los dones más esenciales para que la Iglesia ejerza su labor con acierto y fruto: la fe en Cristo (Introito, cf. Jn 17, 20-21) y la perseverancia y permanencia en su amor (de comunión, cf. Jn 15,5).

Esta misa puede ser usada con las plegarias para diversas circunstancias 1 o 2 o bien con el prefacio VIII dominical del tiempo ordinario. Con las mismas condiciones de antes.

Formulario E: “La diócesis, concreción de la Iglesia extendida por toda la tierra

Este formulario, que lleva por título la Iglesia local, puede ser usado para orar por la propia diócesis donde se celebre. La oración colecta ha sido construida a partir de la definición de diócesis que ofrece el decreto conciliar para los obispos, Christus Dominus 11[3]:

Oración colecta
Christus Dominus 11



Oh Dios,
que en cada una de las Iglesias que peregrinan por el mundo
manifiestas la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, (1)
haz que tu familia se una de tal modo a su pastor (2)
que, congregada en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, (3)

manifieste la universalidad de tu pueblo
y sea signo e instrumento
de la presencia de Cristo en el mundo.
Él, que vive y reina contigo.
La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio,





de forma que unida a su pastor (2)

y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, (3)




constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica (1).



La oración sobre las ofrendas se centra en la salvación “de todo el mundo” al ofrecerse la Eucaristía. Se pretende así acentuar que la concreción local de la Iglesia no anula, sino que más bien expresa, la universalidad de la única Iglesia. La oración después de la comunión enumera lo que no debe faltar en cada una de las iglesias particulares para ser mejor imagen de la universal: 1. La integridad de la fe; 2. La santidad de las costumbres; 3. La caridad fraterna y 4. La devoción sincera.

Las antífonas bíblicas dispuestas en este formulario nos recuerdan que de todos los lugares de la tierra se ha llamado a la salvación y por cada uno de nosotros Jesucristo derramó su sangre (Introito, cf. Ap 1, 5-6). La antífona de comunión expone que la única condición para entrar a formar parte del pueblo de Dios es la de acoger a Cristo y participar de sus misterios (Ap 3, 20).

Esta misa puede ser usada con la plegaria para diversas circunstancias 1 o bien con el prefacio VIII dominical del tiempo ordinario. Con las mismas condiciones de antes.


III. Vida

            Una vez analizados los diversos formularios y extraídas las líneas teológicas de cada uno de ellos podemos, a través de los títulos que hemos ido asignando a cada formulario establecer la “lex agendi”, es decir, la aplicación teológico-espiritual y moral de lo celebrado (“lex orandi”).

A. La Iglesia, pueblo de Dios y sacramento de Salvación

            La liturgia nos ofrece el corazón del misterio eclesiológico ¿Qué es la Iglesia? el cauce querido y dispuesto por Dios para convocar a una humanidad dispersada por el pecado y que busca, desde el alba del tiempo, ser una única familia en torno a su Creador. La Iglesia se muestra como sacramento eficaz de la salvación con la misma estructura del signo sacramental: parte visible y gracia invisible. Los órganos jerárquicos y las instituciones no se agotan en sí mismas sino que remiten a realidades espirituales y celestiales de donde brota la salvación querida, esperada y procurada. Con preciosas palabras lo recogió el Concilio Vaticano II: “Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino” (LG 8a).

            Esta función sacramental se realiza en la Iglesia a través de la vivencia de esta como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Cada uno de los miembros que componemos la Iglesia hemos sido colocados en medio del mundo como la levadura en la masa, esto es, para ser fermento de vida nueva en la sociedad; pues por nuestras buenas obras y las palabras los hombres y mujeres de cada generación han conocido, conocen y conocerán al Padre que les ama, al Hijo que les redime y al Espíritu que los santifica. Así pues, no podemos olvidar que la Iglesia está configurada y es imagen de la Santísima Trinidad, de su unidad y su santidad, de su variedad de personas y del mutuo amor que se tienen entre ellas.

B. La Iglesia, nacida del costado de Cristo, en camino hacia el Padre

            Si bien es cierto que la Iglesia es sacramento, no debemos olvidar que ésta tiene un origen: el mismo Dios. El Concilio dijo: “[…] la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos” (LG 2). Estas son las etapas en la formación de la Iglesia. Pero si hemos de buscar un autor y fundador concreto es el mismo Jesucristo quien “dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura […]Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el reino ya llegó a la tierra […] Mas como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre (cf. Hch 2,36; Hb 5,6; 7,17-21) y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Hch 2,33). Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria” (LG 5).

            La Iglesia nace, pues, de Cristo, de su voluntad salvífica. Por ello, es un pueblo que aun teniendo un origen certísimo y una meta concreta, se ha de ir, progresivamente, desplegando en la historia hasta su consumación final. Cada uno de nosotros, por tanto, a lo largo de los siglos se ha ido incorporando a este engranaje divino-humano, desde su historia y su contexto concreto. Pero no a ciegas sino sabiendo de quién nos fiamos y a dónde vamos. Formando parte del Cuerpo místico de Cristo, vamos actuando la salvación en el mundo y agregándonos a la familia de Dios. Lo que comporta una coherencia entre el vivir y el creer.

C. La Iglesia, unidad y variedad

            Como sacramento universal de salvación, la Iglesia enraíza en todos los territorios donde llega el Evangelio, confesando la misma y única fe pero asumiendo los valores y las singularidades de las culturas donde se posa. A este fenómeno lo llamamos “inculturación”. En este sentido, podemos decir que la Iglesia siendo una se expresa y vive en las particularidades de los territorios.

            Estas porciones del pueblo de Dios las llamamos diócesis o prelaturas  o vicariatos apostólicos según el rango jurídico y administrativo en que se sitúen y desarrollen. Pero esto lo abordaremos en el epígrafe siguiente.

            La Iglesia está formada por “una muchedumbre inmensa” de hermanos que ha renacido a la vida nueva de la gracia y cada cual desarrolla su vida dentro de la misma y única Iglesia según su naturaleza o su capacitación: laicos, religioso y ordenados formamos el Pueblo de Dios y aunque todos participamos de una igualdad común por el bautismo, cada miembro de éste ejerce la función que le es propia (se verán en las sucesivas misas a tratar). Vemos como lo expresa el Concilio usando la imagen del Cuerpo de Cristo: “Y del mismo modo que todos los miembros del cuerpo humano, aun siendo muchos, forman, no obstante, un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo (cf. 1 Co 12, 12). También en la constitución del cuerpo de Cristo está vigente la diversidad de miembros y oficios. Uno solo es el Espíritu, que distribuye sus variados dones para el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de ministerios (1 Co 12,1-11)” (LG 7d).

            Esta diversidad de personas y funciones debe estar regida por el mandamiento del amor y del servicio. Del amor en cuanto que debe ser ley nueva para los cristianos y signo de su fe; y del servicio en cuanto que para ello debemos ser los últimos y los administradores de la gracia divina. Lo contrario a esto son actitudes tiránicas. Hay que aprender a vivir la comunión.

D. La Iglesia, perseverante en la fe

            La Iglesia vive y camina hacia la Pascua eterna en medio de un mundo que en muchas ocasiones le es hostil, tal como le dijo su Señor “Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna” (Mc 10, 29-30).

            En medio de las vicisitudes de este mundo, la Iglesia ha de mantener íntegramente el depósito de la fe que ha recibido por la Escritura y la Tradición. Una fe que se basa en confesar a Jesucristo como el Hijo de Dios y, por tanto, Dios verdadero. Mientras peregrina por este mundo hasta la venida del Salvador en gloria, debe seguir celebrando la santa liturgia, donde actualiza en el hoy los hechos salvíficos del pasado que nos llegan hoy en forma sacramental pues cuando la Iglesia bautiza, es Cristo quien bautiza, cuando la Iglesia administra la unción de enfermos, es Cristo quien sigue sanando enfermos.

            De este modo se comprende que como cristianos hemos de perseverar en la fe ante los envites del mundo pues en ellos se cifra nuestra salvación: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (cf. Lc 21, 19).

E. La diócesis, concreción de la Iglesia extendida por toda la tierra

            Todo cuanto se ha dicho hasta ahora se concreta y vive en las Iglesias particulares diseminadas por toda la tierra que no son otra cosa que expresión variada de la única Iglesia universal de Cristo, tal como lo expresó el mismo Concilio con la expresión “in quibus et ex quibus”: “Por su parte, los Obispos son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares [67], formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a base de las cuales (in quibus et ex quibus) se constituye la Iglesia católica, una y única”(LG 23a).

            Para extraer una mejor aplicación moral de cómo vivir nuestra idiosincrasia local dentro de la Iglesia universal hagamos un somero examen de la oración de pos comunión que nos ofrece el formulario E:

·         Te rogamos, Señor, que florezcan con toda su fuerza y perseveren hasta el fin en esta Iglesia tuya:

o   la integridad de la fe, [mantener íntegro el depósito de la fe recibido]

o   la santidad de las costumbres,[ser santos como nuestro Dios nos pide]

o   la caridad fraterna [donde se crea una nueva fraternidad y forma de estar en el mundo]

o   y la devoción sincera, [una piedad que brota de lo profundo del corazón y redunde en la coherencia de vida]

·         y a la que no dejas de alimentar con tu palabra y con el Cuerpo de tu Hijo,

o   no ceses tampoco de conducirla bajo tu protección”. [hasta su consumación final en la Gloria eterna]

Dios te bendiga





[1] cf. San Ambrosio, Hexameron IV, 8,32.
[2] Estos títulos son míos. Los he puesto para ofrecer en una flash la idea madre que cruza todo el formulario.
[3] Exponemos los dos textos y unimos las ideas por números.

sábado, 26 de agosto de 2017

UNA PREGUNTA, UN NOMBRE, UNA PROMESA...


HOMILIA DEL XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

En el día de hoy las lecturas de la liturgia nos ofrecen tres claves para una serena reflexión acerca de estos textos: una pregunta, un nombre y una promesa.

Una pregunta: “¿Quién soy yo?. Jesús, como hace 2000 años, nos lanza hoy esta misma pregunta. Es importante conocer la identidad de nuestro Dios para poder amarle y seguirle. No basta con las apreciaciones de otros, ni con los discursos ateos que dibujan a Cristo como un revolucionario o un instructor moral de la humanidad. No. La respuesta a esta pregunta solo tiene una respuesta: Tú eres Cristo, el Señor, el Hijo de Dios.


Son muy explícitas estas palabras del beato Pablo VI “Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad […]Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico” (Homilía del 29 de noviembre de 1970).

Un nombre: “Tú eres Pedro. Como a Eliaquín, el primero de los apóstoles es revestido de autoridad sobre la casa de Dios. Esta autoridad no le viene por sus cualidades personales, sino por ser el primero quien de manera enérgica confiesa plenamente la fe en el misterio de Cristo. Al reconocer la identidad verdadera de Cristo, Éste le otorga una nueva identidad: ahora Pedro será hasta el final de los tiempos quien guiará a los que nacen no de carne y de la sangre sino de la fe en Cristo por el Bautismo. El ministerio petrino, fundado por voluntad del mismo Jesucristo, se ha ido sucediendo a lo largo de dos milenios hasta el día de hoy dirigiendo la nave de la Iglesia hacia la Patria celestial.


Pero no podemos pensar que este oficio lo realiza el Papa de cualquier manera ni que cualquier cosa que diga se considera magisterio. No. El Papa ejerce su ministerio como cabeza de un cuerpo, de un colegio episcopal. Y siempre en clara sintonía con la Tradición de la Iglesia y el Evangelio de Cristo. El Papado no es un privilegio sino un servicio a la Iglesia, y así hemos de entenderlo. De este modo, nuestra fidelidad y afecto al romano pontífice será acertada y sin radicalismos.

Una promesa: “No la derrotarán. La comunidad de fieles dirigida por Pedro bajo las inspiraciones del Espíritu Santo, y que llamamos Iglesia, es la destinataria de esta promesa. Desde su fundación por Cristo no ha estado exenta de ataques por parte de todos los que han visto en ella un enemigo peligroso para sus intereses. Desde los judíos, los romanos y los árabes hasta el yihadismo actual, pasando por los herejes, nacismo y comunismo, la Iglesia ha sobrevivido a todas las afrentas y embestidas. Pero hoy el ataque del demonio no es externo a ella, sino interno.


Hoy, los peores enemigos de la Iglesia están dentro, como predijo el beato Pablo VI “A través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios” (Homilía del 29 de Junio del 1972). Estos enemigos son la defección de muchos miembros de la Iglesia para vivir coherentemente con la Verdad que han conocido; los nuevos herejes que pretenden presentar como moderno las falsedades que en tiempo pretéritos hicieron daño a la Iglesia; el “carrerismo” de algunos que no tienen miramiento en sus métodos para conseguir puestos en la Iglesia; los grupos de base que fomentan la discordia contra lo que llaman “Iglesia institucional”, etc.

Así pues, Cristo, Pedro e Iglesia son algo más que tres palabras. En realidad, son tres claves para vivir en católico. Tres elementos de un mismo horizonte de salvación fundamentales para la supervivencia de la fe en estos momentos tan complicados en que nos ha tocado vivir. Solo podemos confesar la verdadera fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios vivo en el seno de la Santa Iglesia, quien guiada por Pedro y sus sucesores, tiene el grave deber de conducir a todos los pueblos, razas y naciones a un único destino de salvación eterna. Amén.

Dios te bendiga