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sábado, 6 de mayo de 2017

YO SOY TU BUEN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA



Queridos hermanos en el Señor:

            El IV domingo de Pascua, popularmente conocido como “del Buen Pastor”, las lecturas que la liturgia nos ofrece nos ponen cara a cara con este aspecto de la Pascua: el Cristo que ha sido constituido Señor y Mesías, Guía y Pastor de su pueblo. La homilía de este domingo se nos plantea en dos direcciones: lo referente a Cristo, Pastor bueno y lo tocante a nosotros, ovejas de su rebaño. Las palabras del apóstol Pedro tienen hoy un tono eminentemente solemne, como el de un pregonero que tiene la grave responsabilidad de dar un anuncio de extrema importancia: Cristo ha sido constituido a Jesús como Señor y Mesías. Y lo ha hecho, precisamente, porque se ha sometido, con libre obediencia, a la Pasión, como la Carta de san Pedro nos señala. En virtud de esta exaltación, Cristo ejerce su pastoreo universal sobre su pueblo.

            El Señor, tras su resurrección, es, en verdad, nuestro Pastor. Y no solo eso sino que Jesús es la misma puerta del aprisco a donde guía a su rebaño. Pastor y Puerta son dos imágenes que Jesús se apropia para expresar su misión como Salvador y Redentor. Jesús, constituido por Dios como Señor y Mesías, ejerce como tal siendo Pastor del rebaño llamando a sus ovejas y caminando delante de ellas para guiarla hasta los pastos eternos. A estos pastos solo se entra por la Puerta, que es el mismo. Quien entra por la Puerta puede conocer la voz de su Pastor y caminar con Él y tras de Él y disfrutar de ese banquete dispuesto para tener vida y vida en abundancia. Mientras que el que no entra por la Puerta es comparado con una ladrón y un bandido, es decir, un extraño para el rebaño; alguien ante quien se debe recelar y cuya voz no se debe seguir por ser desconocida.

            Respecto de nosotros, ante la predicación de Pedro debe suscitarnos la misma pregunta que se despertó en el corazón de aquellos oyentes “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta la da la Carta de Pedro: volvernos al Pastor de nuestras vidas. Quien ha conocido este anuncio y esta verdad no puede volver a ser el mismo. Nosotros, los cristianos, los que hemos entrado por la Puerta del bautismo, no somos extraños para Cristo, no somos desconocidos para el Padre eterno ni ignorados por el Santo Espíritu, pero corremos hoy el riesgo de desconocer la verdadera voz del Pastor eterno.

            Hoy son muchos los cantos de sirenas que engatusan los oídos de los fieles. Se nos dice que podemos hacer una religión a la carta; un Dios a nuestra medida, que justifique todo lo nuestro. Se nos dice que no escuchemos las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia porque son desfasadas, trasnochadas; se nos dice que la Iglesia y el Evangelio deben adaptarse a los criterios del mundo. Ante estos mensajes envenenados, los cristianos debemos mantenernos firmes en el legado de Jesucristo. ¿No será acaso el mundo quien debe ser guiado por el Evangelio? ¿No es acaso Dios y su palabra superior a los dogmas relativistas del mundo o a los inestables criterios sociales? ¿No será que hemos cambiado una fuente de agua pura y cristalina por cisternas agrietadas que no retienen el agua?
             Sin embargo, el Pastor sigue hablando a su pueblo; sigue llamándonos por nuestro nombre. La conversión personal se inicia en cuanto experimentamos que nuestro nombre ha sido impreso en las llagas gloriosas de Cristo, como el tatuaje en la palma de la mano de Is 49,16. Quien escucha su nombre de labios de Cristo enseguida se pone tras de Él y se fía de Él. Tener a Cristo como Pastor es saber que tenemos como garante de la vida a alguien que ha entregado libremente su vida por mí. Este Pastor, y no otro, es el que ha vuelto de la muerte y es mi valedor. Cada uno de nosotros, queridos hermanos, podemos hacer nuestras las palabras de Job “Yo sé que mi redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo; y después de desecha mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19,25-27).
              La antífona de comunión de la misa de hoy ha concentrado estas dos ideas del Pastor con la siguiente fórmula: “Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño”. Hoy la misión de este Pastor se sigue actualizando en la Iglesia a través de los pastores concretos del rebaño de Cristo: obispos y presbíteros, quienes, haciendo las veces de Cristo, celebran los sacramentos y la Eucaristía, predican en su nombre, asisten a los pobres y enfermos, evangelizan y enseñan. Pero para esta misión, cuentan con las oraciones y la obediencia de los fieles, con el cariño y la compañía del pueblo de Dios a ellos encomendado. Señor y Mesías, Jefe y Guía, Pasto y Pastor: en esto ha sido constituido Cristo por medio de su Éxodo, esto es, de su muerte y resurrección. Vivamos, pues, con esta confianza y seguros de su amor.

Dios te bendiga

viernes, 5 de mayo de 2017

LITURGIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo. Aleluya». Tomada del salmo 32, versículos del 5 al 6. En el mismo tono espiritual, de nuevo es la creación entera (cielo y tierra) las beneficiarias del don de la Pascua. Por un lado, la tierra, donde ha caminado el Hijo de Dios, ha conocido el don de la misericordia porque, durante su vida mortal, Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre, la introdujo en ella con su predicación y sus obras. Por otra parte, el cielo es el estado natural donde habita la Palabra divina. Desde allí, Jesucristo, Palabra de Dios, asegura el don del Espíritu. Así pues, esta antífona nos habla, de una manera u otra, del mismo Jesucristo, misericordia y palabra de Dios, quien ha sido enviado al mundo para dirigirlo a Dios, es decir, para pastorearlo y llevarlo a los prados eternos.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor. Él, que vive y reina». Ha sido reelaborada de su versión original presente en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y en gregoriano de Adriano (s. IX). Esta oración contrapone la debilidad de la grey a la fuerza del Pastor. El pueblo de Dios es un rebaño en constante peregrinación hacia un destino preciso y concreto: “la asamblea gozosa del cielo”. En este camino, los fieles no están exentos de tropezar y caer en las piedras del pecado; es un rebaño débil, asediado por el ataque de los lobos. Por ello, necesita de un Pastor fuerte y poderoso que empuñe su cayado y lo guíe y defienda en esta travesía. En el caso que nos ocupa, Cristo no es solamente este Pastor sino que además se ha hecho pasto para alimentar y fortalecer al pueblo.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Señor, alegrarnos siempre por estos misterios pascuales y que la actualización continua de tu obra redentora sea para nosotros fuente de gozo incesante. Por Jesucristo, nuestro Señor». Está presente como tal en los sacramentarios gelasianos y gregorianos, también en el misal romano de 1570. Esta oración pretende mantener el tono espiritual de la Pascua: el júbilo y la alegría que la Resurrección ha impreso en el corazón de los bautizados. También, recoge el corazón de la teología de la santa misa, esto es, la continuación y actualización de la obra redentora de Cristo.

Antífonas de comunión

«Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño. Aleluya». Es un texto muy antiguo del antifonario y que se ha conservado en el misal hasta hoy. Incluso Tomás Luis de Victoria (1548-1611) o Mendelssohn (1809-1847) han compuesto música para ella. Esta antífona concentra la síntesis del misterio pascual de Jesucristo. En cada Eucaristía es Jesucristo, buen Pastor, quien entrega su cuerpo y su sangre como alimento para su grey.

Oración de pos comunión

«Pastor bueno, vela compasivo sobre tu rebaño y conduce a los pastos eternos a las ovejas que has redimido con la sangre preciosa de tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Tomada de la compilación veronense (s. V) y de los sacramentarios gelasianos. Sin embargo la versión original ha sido reformada eliminando la última proposición e introduciendo el verso nuevo “conduce a los pastos eternos”. La última oración de esta misa recopila los temas precedentes referidos a Cristo-Pastor: es el Pastor celoso que “vela compasivo” por sus ovejas; es el Pastor-guía que “conduce a los pastos eternos”; es el Pastor-pasto que alimenta al rebaño con su “sangre preciosa”. Guardia-guía-alimento son las tres propiedades que definen al Pastor bueno. Modelo para los ministros y seguridad para los fieles.

Visión de conjunto

El IV domingo de la Pascua, la Iglesia celebra la jornada mundial de las vocaciones. Un día especialmente dedicado a orar para que el Señor envíe sacerdotes a su Iglesia. La liturgia de este domingo, llamado del Buen Pastor, nos ofrece una perfecta radiografía de cómo deben ser los pastores que el Señor pone al frente de su grey. Veamos algunos rasgos:

“Pastores fuertes”: la fuerza de un sacerdote no radica en si mismo, sino en la oración de cada día. El pastor debe ser, ante todo, un hombre de oración. Que ame y cuide con mimo cada día su trato con el Señor a través de la liturgia y la oración personal. En un mundo tan complicado y hostil, para el sacerdote la oración no es una opción, ni tan siquiera una estricta obligación canónica, sino una necesidad imperiosa si quiere mantenerse como transparencia de Cristo. La fortaleza del pastor no está en un carácter más o menos agrio o impositivo, ya que esto denota más bien una debilidad y un complejo, sino que la fortaleza debe estar acompañada de la humildad, la mansedumbre, la fe, la paciencia, la misericordia, la justicia, el respeto, etc.

“Pastores guías”: el sacerdote, como cooperador inmediato del orden de los obispos, ha sido puesto al frente de un pueblo, que, a veces, puede concretarse en una parroquia. Y esto, lejos de ser un privilegio o una prerrogativa personal, supone una responsabilidad eminentemente grave. Estar al frente del pueblo obliga al sacerdote a estar en constante diálogo con Dios para saber qué hacer, qué decir, cómo actuar. Estar al frente del pueblo, significa para un sacerdote ser y actuar como un padre de las almas de sus feligreses, estar preocupados por la salvación y la situación de cada uno de ellos. Estar al frente de un pueblo habrá de ser entendido como un ministerio, es decir, como un “estar al servicio” de la feligresía.

“Pastores celosos”: esto es, pastores que se desvelen por defender a su rebaño del ataque violentísimo de los lobos que buscan cercenar su grey. Hoy adolecemos de pastores que empuñen el cayado y alcen su voz contra aquellos que están envenenando al pueblo de Dios. Hoy asistimos impávidos al rebrote de las viejas herejías del pasado: un neo-arrianismo en que Cristo es presentado como un profeta, un revolucionario, un buen hombre, un modelo moral para la humanidad al nivel de cualquier otro; un sincretismo en que Cristo es puesto a la altura de Buda o Confucio; una rehabilitación solapada del mayor destructor de la Iglesia y de Europa como fue Lutero; una relativización de la moral matrimonial donde, diciendo sin decir, hoy todo vale y nada es del todo bueno o malo; donde bajo la expresión “nuevo paradigma” o “realidad poliédrica” hoy se justifica y se aprueba todo; asistimos callados a la imposición de la ideología de género que pretende re-escribir la naturaleza humana y enmendar la plana al Creador; asaltan nuestros templos y profanan nuestras imágenes y no hay respuestas enérgicas entre los pastores.

Por todo esto y más, necesitamos despertar el celo pastoral en los ministros que hagan suya estas palabras de san Atanasio de Alejandría: «¡Que Dios les consuele! Lo que les entristece es el hecho de que otros han ocupado las iglesias por la violencia, mientras que durante este tiempo ustedes están en el exterior. Es un hecho que tienen las instalaciones – pero ustedes tienen la fe apostólica. Ellos pueden ocupar nuestras iglesias, pero están fuera de la verdadera fe. Ustedes permanecen fuera de los lugares de culto, pero la fe habita en ustedes. Consideremos: ¿qué es más importante, el lugar o la fe? La verdadera fe, obviamente. ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en la lucha, el que mantiene las instalaciones o el que mantiene la fe? Es cierto que las instalaciones son buenas cuando se predica la fe apostólica allí; son santas si todo lo que tiene lugar allí es de una manera santa. Ustedes son los que son felices; ustedes que permanecen dentro de la Iglesia por su fe, que permanecen firmes en los fundamentos de la fe que les ha llegado de la tradición apostólica. Y si unos celos execrables han tratado de sacudirlos en varias ocasiones, no han tenido éxito. Ellos son los que se han separado de ella en la crisis actual. Nadie, nunca, prevalecerá contra su fe, amados hermanos. Y creemos que Dios nos devolverá nuestras iglesias algún día».

“Pastores-pasto”: los sacerdotes, a imitación de su modelo que es Cristo, deben vivir la vida en continua entrega. El sacerdote está llamado a ser Eucaristía viviente, es decir, a ser alimento para el pueblo. El pastor debe nutrir a su pueblo con los sacramentos, con la predicación y con el ejemplo de una vida santa.

“Pastores compasivos”: que estén al lado de los que más necesitan de su compañía. Los pastores han de ser compasivos con los enfermos, con los pobres, con los pecadores. No debe faltarles una cercanía especial con aquellas personas, hombres y mujeres, que llevan a sus espaldas las heridas de la vida; gente que se han visto decepcionadas, defraudadas, abandonadas; personas que no tienen quien les ame, que no han conocido ni experimentado el ser amado.

Este domingo, en conclusión, tradicionalmente se le ha considerado el día del párroco y de la parroquia. Ser imagen del Buen Pastor es empeño de todos, tanto de los que tienen el oficio pastoral como de aquellos que deben verse beneficiados de este servicio. Oremos, pues, al Señor, para que no abandone nunca a su Iglesia y siga suscitando, en medio de su pueblo, pastores santos y eximios que, imitando a Cristo, Pastor bueno, conduzcan al débil rebaño a los pastos eternos del cielo.

Dios te bendiga

sábado, 25 de marzo de 2017

LEVÁNTATE PORQUE CRISTO ES TU LUZ


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

            El cuarto domingo de cuaresma, con ese sabor especial que le da el título de “laetare” y el color rosa de los ornamentos del sacerdote, nos trae hoy como tema central la “luz de la fe”.

            Si el domingo pasado era el agua, como imagen cristológica y elemento bautismal, el tema central de las lecturas; éste nos trae como elemento la luz: “mientras yo estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo” (cf. Jn 9, 38) dice el mismo Cristo. Y al igual que el pasaje de la samaritana, el capítulo del ciego de nacimiento es una catequesis progresiva para reconocer la identidad de Jesús como Señor, Cristo e Hijo del hombre. Si el domingo pasado, Jesús era el portador del agua viva, el mismo don de Dios que apaga la sed del hombre de hoy; este domingo Cristo se presenta como la luz que alumbra en medio de las tinieblas guiándonos hasta la luz verdadera.

            Para que esto sea posible, es necesaria la unción del Santo Espíritu. En la iniciación cristiana este acontecimiento se produce en dos momentos: en la unción pos-bautismal con el santo crisma y en el sacramento de la confirmación. Todos los cristianos lo hemos recibido. Su acción en nosotros invade toda nuestra vida. El “divino huésped del alma” enciende la luz de la verdad y prepara el habitáculo donde ha de morar la Trinidad. David al ser ungido con el aceite por parte del profeta Samuel siente como es invadido por el Espíritu, que lo capacita para la gran misión que Dios le tiene reservada.

            Este Espíritu es el que da vida y santifica todo. Es el que hace despertar a los dormidos y aletargados. San Pablo usa de un antiguo himno bautismal donde dice: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz”. Esta es la clave de comprensión del pasaje del ciego de nacimiento, un hombre acusado de haber pecado y de ser el heredero del pecado de sus padres. A raíz de este milagro surge una disputa violenta entre el ciego y los fariseos, entre los padres del ciego y los fariseos; de nuevo, entre el ciego y los fariseos; y por último, entre Jesús y los fariseos.

            El ciego ha recibido la luz de Jesús. Ha pasado de la oscuridad que le impedía ver a la visión más plena mediante la iluminación que ha recibido. La ceguera espiritual viene dada por las situaciones de oscuridad que podemos padecer a causa del pecado, del error, de la ignorancia, de la desesperación, de la acedia. Son situaciones realmente desagradables e incomodas al espíritu humano. Pueden venir provocadas por diversas causas, a veces, difíciles de concretar. Sin embargo, hoy como ayer, Cristo quiere ser tu luz. Cristo quiere pasar por tu lado y curar tu ceguera. En otras palabras, Jesús quiere llevarte a la vida de la gracia, de la fe, de la sabiduría divina, de la esperanza y la diligencia. Cristo no quiere que te quedes en el pecado y en la amargura existencial, más bien, al contrario, Él quiere hacerte pasar por el éxodo de la vida, es decir, que vivas tu propia pascua. Y esto solo se realiza muriendo a uno mismo y dejándose resucitar por Él.

            Pero que complicado es esto, ¿verdad? Reconocernos pecadores es complicado porque estamos acostumbrados a hacerlo en abstracto simplemente diciendo “soy pecador” pero este reconocimiento solo es efectivo cuando es afectivo, es decir, cuando se concreta en qué soy pecador, cuál es mi pecado o mis pecados. Esto, queridos hermanos, es el principio de la conversión y de la propia pascua. Solo quien se reconoce como tal puede experimentar el amor de Dios en su vida y salir de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, del error a la verdad, de la ignorancia a la sabiduría. Será necesario invocar al Espíritu Santo a lo largo de este proceso.

            La meta de este camino está en hacer nuestras aquellas palabras del ciego al final del pasaje: “Creo, Señor”. El reconocimiento de los pecados y el camino de la conversión tienen como fin la profesión cordial de la fe. Hacer de Cristo el centro de nuestra existencia, el Señor de nuestra vida. ¿Seremos capaces? ¿Estamos dispuestos? Hay que intentarlo sin desanimarse. Ánimo, hermanos.

Dios te bendiga

sábado, 28 de enero de 2017

DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU


HOMILÍA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Siguiendo la lectura continuada del Evangelio según san Mateo que nos propone este ciclo A, este domingo contemplamos al Señor en lo alto de la montaña, pronunciando el primero de los cinco discursos en que está estructurada la predicación de Jesús en el Evangelio de Mateo.

            Dios no habla nunca en el vacío sino que su palabra va siempre dirigida a una persona o a un grupo en concreto. En este caso, el oráculo de Sofonías va dirigido al pueblo de Israel, un pueblo humilde y oprimido que debe buscar a su Dios, el único que puede hacerle justicia; es un pueblo que vive su fidelidad a la alianza cumpliendo los mandamientos. En definitiva, es un pueblo pobre y humilde que ha puesto su esperanza sólo en Dios.

            El nuevo Israel que nos presenta san Pablo en su primera carta a los corintios sigue las mismas características que el anterior: la Iglesia de Cristo es una comunidad débil y frágil cuya única gloria es su Señor Jesucristo, "sabiduría, justicia, santificación y redención".

            A este doble Israel de los pobres, los anawim, van dirigidas hoy las palabras del Señor, que nos han llegado a nosotros como “bienaventuranzas”. Una bienaventuranza es una exclamación de felicidad, que recoge un estado real de felicidad, y que comienza con el término hebreo “asre” o el griego “makarioi”. Las bienaventuranzas se encuentran tanto en el evangelio de Lucas (cuatro) como en el de Mateo (ocho). No es el lugar este para hacer una reseña de sus convergencias y divergencias, tampoco tengo capacidad para ello; solo quiero constatar este hecho para hacer ver que es una tradición recogida por la fuente en común de los sinópticos, la llamada fuente Q.

            Es interesante detenernos brevemente en el marco de la narración: Cristo esta en la montaña. La montaña en la Sagrada Escritura es un lugar teológico, donde está Dios, donde habla Dios y donde Dios da su ley. La montaña es un lugar sagrado por excelencia. Allí Dios entregó las tablas de la ley a Moisés del mismo modo que Cristo promulgará su nueva ley que son las bienaventuranzas.

            Las bienaventuranzas son la carta de ciudadanía del Reino de Dios, del nuevo pueblo de Dios surgido en la Pascua de Cristo. Las bienaventuranzas tiene por sujeto y destinatario a Cristo, Él es la bienaventuranza suprema y el gran bienaventurado. Él presenta, al inicio de su ministerio público, el programa que marcará toda su predicación: dar consuelo, ejercer la misericordia, trabajar por la paz; Él será consuelo para los que lloran, visión de Dios, quien sacie el hambre y la sed de la justicia a los pobres,… Pero las bienaventuranzas solo pueden ser vividas en esperanza, pues su recompensa es escatológica, es decir, solo se alcanza en el Reino de Dios, según se desprende de los verbos en futuro.  

            Las bienaventuranzas tienen su correspondencia con el salmo responsorial que hemos escuchado:

“Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”
“Sustenta al huérfano y a la viuda” Porque Dios es un rey a imagen de los reyes orientales que debían proteger a los más débiles del reino.
“Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”
“Él hace justicia a los oprimidos” los que lloran son los que ven y experimentan el mal del mundo
“Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra”
“Él da pan a los hambrientos” en clara correspondencia con el salmo 37,11 que profetiza que los mansos poseerán la tierra. Los sufridos son aquellos que carecen de lo esencial para vivir.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”
“El Señor ama a los justos” porque casi siempre son aquellos a los que defrauda la misma justicia.
“Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
“El Señor endereza a los que ya se doblan”. Y se han doblado porque han gastado sus vidas y sus fuerzas en practicar las obras de misericordia.
“Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”
“El Señor abre los ojos al ciego” a aquellos que han oscurecido la imagen de Dios en ellos; a aquellos que han apagado la luz del Creador distorsionando su imagen en él.
“Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”
“El Señor guarda a los peregrinos” peregrinos que buscan la paz y abren caminos para ella.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos”
“El Señor liberta a los cautivos” a los que por perseguir la Verdad han sido perseguidos por las sombras del error y la mentira.



            Quizá de todas ellas, la última bienaventuranza sea la más actual y la más difícil de vivir. Ser bienaventurados en la persecución, en el desprecio por mantener el testimonio de Cristo es la mayor gloria que un cristiano puede tener. El martirio es el supremo testimonio de la fe; el mayor don que Dios puede concedernos. Decía Tertuliano que la sangre de los mártires se semilla de cristianos; por eso no debemos tener miedo en esta hora de la historia a dar testimonio del Evangelio, no temer a decir que creemos en Jesús, que amamos a Dios, que somos católicos.

Porque las potencias oscuras que atenazan nuestra vida cristiana no son nada comparado con la gloria que nos aguarda en la eternidad. Porque las presiones de los lobys que tienen conquistada esta sociedad decadente no son nada comparado con la vida eterna a la que hemos sido llamados. Porque por mucho que se empeñen los poderes de este mundo y, por muy terribles que sean los tribunales humanos, son paja que arrebata el viento en comparación con la presencia de Dios y el tribunal supremo de Cristo, Señor y juez de la historia.

No olvidemos que nuestra verdadera patria está en los cielos (cf. Flp 3,20) y que allí es a donde nos dirigimos, allí donde se cumplen las bienaventuranzas, allí donde se recompensarán los sufrimientos de esta vida. Allí nos será desvelada la Verdad y el sentido de esta vida. A nosotros, mientras tanto, solo nos queda esperar y aguardar la manifestación de Cristo.

Bienaventurados, pues, seremos si mantenemos la esperanza en Dios hasta el final de la vida; bienaventurado si morimos con el nombre de Jesús en los labios. Bienaventurados si vivimos las bienaventuranzas sabiendo que cada obra buena hecha a un prójimo en realidad se la hemos hecho al mismo Señor.



Dios te bendiga