viernes, 5 de mayo de 2017

LITURGIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo. Aleluya». Tomada del salmo 32, versículos del 5 al 6. En el mismo tono espiritual, de nuevo es la creación entera (cielo y tierra) las beneficiarias del don de la Pascua. Por un lado, la tierra, donde ha caminado el Hijo de Dios, ha conocido el don de la misericordia porque, durante su vida mortal, Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre, la introdujo en ella con su predicación y sus obras. Por otra parte, el cielo es el estado natural donde habita la Palabra divina. Desde allí, Jesucristo, Palabra de Dios, asegura el don del Espíritu. Así pues, esta antífona nos habla, de una manera u otra, del mismo Jesucristo, misericordia y palabra de Dios, quien ha sido enviado al mundo para dirigirlo a Dios, es decir, para pastorearlo y llevarlo a los prados eternos.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor. Él, que vive y reina». Ha sido reelaborada de su versión original presente en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y en gregoriano de Adriano (s. IX). Esta oración contrapone la debilidad de la grey a la fuerza del Pastor. El pueblo de Dios es un rebaño en constante peregrinación hacia un destino preciso y concreto: “la asamblea gozosa del cielo”. En este camino, los fieles no están exentos de tropezar y caer en las piedras del pecado; es un rebaño débil, asediado por el ataque de los lobos. Por ello, necesita de un Pastor fuerte y poderoso que empuñe su cayado y lo guíe y defienda en esta travesía. En el caso que nos ocupa, Cristo no es solamente este Pastor sino que además se ha hecho pasto para alimentar y fortalecer al pueblo.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Señor, alegrarnos siempre por estos misterios pascuales y que la actualización continua de tu obra redentora sea para nosotros fuente de gozo incesante. Por Jesucristo, nuestro Señor». Está presente como tal en los sacramentarios gelasianos y gregorianos, también en el misal romano de 1570. Esta oración pretende mantener el tono espiritual de la Pascua: el júbilo y la alegría que la Resurrección ha impreso en el corazón de los bautizados. También, recoge el corazón de la teología de la santa misa, esto es, la continuación y actualización de la obra redentora de Cristo.

Antífonas de comunión

«Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño. Aleluya». Es un texto muy antiguo del antifonario y que se ha conservado en el misal hasta hoy. Incluso Tomás Luis de Victoria (1548-1611) o Mendelssohn (1809-1847) han compuesto música para ella. Esta antífona concentra la síntesis del misterio pascual de Jesucristo. En cada Eucaristía es Jesucristo, buen Pastor, quien entrega su cuerpo y su sangre como alimento para su grey.

Oración de pos comunión

«Pastor bueno, vela compasivo sobre tu rebaño y conduce a los pastos eternos a las ovejas que has redimido con la sangre preciosa de tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Tomada de la compilación veronense (s. V) y de los sacramentarios gelasianos. Sin embargo la versión original ha sido reformada eliminando la última proposición e introduciendo el verso nuevo “conduce a los pastos eternos”. La última oración de esta misa recopila los temas precedentes referidos a Cristo-Pastor: es el Pastor celoso que “vela compasivo” por sus ovejas; es el Pastor-guía que “conduce a los pastos eternos”; es el Pastor-pasto que alimenta al rebaño con su “sangre preciosa”. Guardia-guía-alimento son las tres propiedades que definen al Pastor bueno. Modelo para los ministros y seguridad para los fieles.

Visión de conjunto

El IV domingo de la Pascua, la Iglesia celebra la jornada mundial de las vocaciones. Un día especialmente dedicado a orar para que el Señor envíe sacerdotes a su Iglesia. La liturgia de este domingo, llamado del Buen Pastor, nos ofrece una perfecta radiografía de cómo deben ser los pastores que el Señor pone al frente de su grey. Veamos algunos rasgos:

“Pastores fuertes”: la fuerza de un sacerdote no radica en si mismo, sino en la oración de cada día. El pastor debe ser, ante todo, un hombre de oración. Que ame y cuide con mimo cada día su trato con el Señor a través de la liturgia y la oración personal. En un mundo tan complicado y hostil, para el sacerdote la oración no es una opción, ni tan siquiera una estricta obligación canónica, sino una necesidad imperiosa si quiere mantenerse como transparencia de Cristo. La fortaleza del pastor no está en un carácter más o menos agrio o impositivo, ya que esto denota más bien una debilidad y un complejo, sino que la fortaleza debe estar acompañada de la humildad, la mansedumbre, la fe, la paciencia, la misericordia, la justicia, el respeto, etc.

“Pastores guías”: el sacerdote, como cooperador inmediato del orden de los obispos, ha sido puesto al frente de un pueblo, que, a veces, puede concretarse en una parroquia. Y esto, lejos de ser un privilegio o una prerrogativa personal, supone una responsabilidad eminentemente grave. Estar al frente del pueblo obliga al sacerdote a estar en constante diálogo con Dios para saber qué hacer, qué decir, cómo actuar. Estar al frente del pueblo, significa para un sacerdote ser y actuar como un padre de las almas de sus feligreses, estar preocupados por la salvación y la situación de cada uno de ellos. Estar al frente de un pueblo habrá de ser entendido como un ministerio, es decir, como un “estar al servicio” de la feligresía.

“Pastores celosos”: esto es, pastores que se desvelen por defender a su rebaño del ataque violentísimo de los lobos que buscan cercenar su grey. Hoy adolecemos de pastores que empuñen el cayado y alcen su voz contra aquellos que están envenenando al pueblo de Dios. Hoy asistimos impávidos al rebrote de las viejas herejías del pasado: un neo-arrianismo en que Cristo es presentado como un profeta, un revolucionario, un buen hombre, un modelo moral para la humanidad al nivel de cualquier otro; un sincretismo en que Cristo es puesto a la altura de Buda o Confucio; una rehabilitación solapada del mayor destructor de la Iglesia y de Europa como fue Lutero; una relativización de la moral matrimonial donde, diciendo sin decir, hoy todo vale y nada es del todo bueno o malo; donde bajo la expresión “nuevo paradigma” o “realidad poliédrica” hoy se justifica y se aprueba todo; asistimos callados a la imposición de la ideología de género que pretende re-escribir la naturaleza humana y enmendar la plana al Creador; asaltan nuestros templos y profanan nuestras imágenes y no hay respuestas enérgicas entre los pastores.

Por todo esto y más, necesitamos despertar el celo pastoral en los ministros que hagan suya estas palabras de san Atanasio de Alejandría: «¡Que Dios les consuele! Lo que les entristece es el hecho de que otros han ocupado las iglesias por la violencia, mientras que durante este tiempo ustedes están en el exterior. Es un hecho que tienen las instalaciones – pero ustedes tienen la fe apostólica. Ellos pueden ocupar nuestras iglesias, pero están fuera de la verdadera fe. Ustedes permanecen fuera de los lugares de culto, pero la fe habita en ustedes. Consideremos: ¿qué es más importante, el lugar o la fe? La verdadera fe, obviamente. ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en la lucha, el que mantiene las instalaciones o el que mantiene la fe? Es cierto que las instalaciones son buenas cuando se predica la fe apostólica allí; son santas si todo lo que tiene lugar allí es de una manera santa. Ustedes son los que son felices; ustedes que permanecen dentro de la Iglesia por su fe, que permanecen firmes en los fundamentos de la fe que les ha llegado de la tradición apostólica. Y si unos celos execrables han tratado de sacudirlos en varias ocasiones, no han tenido éxito. Ellos son los que se han separado de ella en la crisis actual. Nadie, nunca, prevalecerá contra su fe, amados hermanos. Y creemos que Dios nos devolverá nuestras iglesias algún día».

“Pastores-pasto”: los sacerdotes, a imitación de su modelo que es Cristo, deben vivir la vida en continua entrega. El sacerdote está llamado a ser Eucaristía viviente, es decir, a ser alimento para el pueblo. El pastor debe nutrir a su pueblo con los sacramentos, con la predicación y con el ejemplo de una vida santa.

“Pastores compasivos”: que estén al lado de los que más necesitan de su compañía. Los pastores han de ser compasivos con los enfermos, con los pobres, con los pecadores. No debe faltarles una cercanía especial con aquellas personas, hombres y mujeres, que llevan a sus espaldas las heridas de la vida; gente que se han visto decepcionadas, defraudadas, abandonadas; personas que no tienen quien les ame, que no han conocido ni experimentado el ser amado.

Este domingo, en conclusión, tradicionalmente se le ha considerado el día del párroco y de la parroquia. Ser imagen del Buen Pastor es empeño de todos, tanto de los que tienen el oficio pastoral como de aquellos que deben verse beneficiados de este servicio. Oremos, pues, al Señor, para que no abandone nunca a su Iglesia y siga suscitando, en medio de su pueblo, pastores santos y eximios que, imitando a Cristo, Pastor bueno, conduzcan al débil rebaño a los pastos eternos del cielo.

Dios te bendiga

miércoles, 3 de mayo de 2017

SECUENCIA DE PASCUA: VICTIMAE PASCHALI LAUDES




¿Qué es una secuencia?

Durante la octava de Pascua el leccionario de la misa conservaba y proponía un poema llamado “Victimae Paschali laudes” (= Ofrezcan los cristianos). Se trata de una secuencia, es decir, un poema que se reza o canta antes del Evamgelio. Actualmente encontramos cuatro secuencias: dos obligatorias: “Victimae Paschali laudes” para Pascua, “Veni sancte spiritu” para Pentecostés; y dos opcionales “Lauda Sión” para el Corpus y “Stabat Mater” para el 15 de septiembre memoria de la Virgen de los Dolores.

Al parecer, la secuencia nació del canto vocal que se aplicaba a la última sílaba del aleluya. Muchas veces, resultaba un canto difícil de interpretar, por lo que se fueron creando textos para sostener estas melodías. Uno de los mayores exponentes de este género fue el monje de san Galo, Notkero Bábulo († 912). Su origen ms lejano puede estar en la música bizantina o siro-palestina. Los distintos versos que se componían se fueron agrupando en parejas de estrofas iguales y paralelas que se cantaban alternando un coro de mujeres (voces blancas) y de hombres (voces negras).´

En el s. XI la secuencia se independiza totalmente del canto del aleluya erigiéndose como canto y estilo propio. Las estrofas van adquiriendo mayor equilibro rítmico. Se van creando nuevas secuencias, siendo el s. XII su periodo áureo con Adán de san Victor (†1192) y en el s. XVI tenemos unas 5000. Por su sencillez, ritmo y agilidad eran cantadas por el pueblo. San Pio V las consideró recientes y optó por suprimirlas a excepción de cinco, las cuatro anteriores y la “Dies irae” de la misa de difuntos.

La secuencia de Pascua “Victimae Paschali Laudes”

La secuencia que traemos hoy data del s. XI y esta atribuida a Wipo de Burgundia (†después del 1048), capellán del emperador Conrado II y Enrique III. Es la secuencia propia para la Pascua de Resurrección. Actualmente se canta solo durante la octava de Pascua aunque puede interpretarse como canto a lo largo de la cincuentena pascual.

Es una secuencia de ritmo sencillo y alegre, de aire simpático y rudimentario. Tiene una introducción y cuatro pares de estrofas iguales aunque en el misal de Pio V a la última estrofa se le ha suprimido uno de sus miembros ya que hablaba de los “Iudaeorum turbae fallaci”. Hay también una serie de preguntas y respuestas: preguntas de la comunidad y respuesta del personaje bíblico que es la Magdalena. Hoy se han suprimido los textos interrogativos. En la estrofa cuarta, el misal de Pio V sustityó el “suos” por el “vos”, la actual edición de Graduale Romanum ha vuelto a poner “suos”.

Texto y comentario

Ofrecemos en primer lugar el texto en latín antiguo y su versión actual. Después haremos el comentario espiritual para que nos sea provechoso.

Texto latino antiguo
Traducción española
Texto latino actual
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida,  triunfante se levanta.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
Dic nobis Maria, quid vidisti in via?
Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
[¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?]
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.


Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?
Surrexit Christus spes mea:
praecedet
vos in Galilaeam.
[¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?] ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;


Surrexit Christus spes mea:
praecedet
suos in Galilaeam.
Credendum est magis soli
Mariae veraci
Quam Judaeorum
Turbae fallaci
[Es más creíble y veraz solamente María, que la turba mentirosa de las judíos]

Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:


Tu nobis, victor Rex, miserere
Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.
  
Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:


Tu nobis, victor Rex, miserere
Amen. Aleluya
Amén. Aleluya
Amen. Aleluya



«Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua». Se trata de una invitación a la alabanza a Cristo como víctima pascual que ha sido inmolada en el ara de la cruz. Su sangre unta las puertas de los fieles, que son sus labios, tal como dijimos en la noche de Pascua “Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles”. Nuestra pascua es Cristo y ya ha sido inmolado de una vez para siempre, por lo que no caben más sacrificios, sino la actualización del único ya efectuado, el del Señor.

«Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza». Como un eco de la Vigilia pascual, volvemos a encontrar la idea de la reconciliación entre Dios y los hombres, pues en el pregón pascual se decía “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado”. Las ovejas hemos sido salvadas por un cordero que ha sido ofrecido en pago de rescate, el inocente por los culpables, el hijo por los esclavos, como de nuevo la Vigilia pascual nos recordaba “¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”.

«Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida,  triunfante se levanta». De nuevo vuelve a suscitarse otra idea de la Vigilia pascual “Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. El misterio pascual es descrito en término bélicos: una guerra sin cuartel entre la vida y la muerte, entre Cristo y Satanás, entre el cielo y el infierno. El dragón del Apocalipsis es derrotado y los justos pueden entonar los himnos de victoria.

«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» es la pregunta que el coro plantea al personaje bíblico que muy de mañana acudió a ver el sepulcro simplemente para llorar ante la puerta de la tumba sin más, pero lo que allí encontró jamás pudo imaginarlo, y por consiguiente, olvidarlo.

«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja». El personaje bíblico, María Magdalena, va enumerando todo lo que vio: a Jesús que la llamó por su nombre, el sepulcro vacío donde la mortaja el sudario estaban colocados y los ángeles hacían de testigos y custodios del portento glorioso. Todo habla, ya, de vida, de resurrección, de triunfo. Todo esto suscita en los fieles las ganas de volver a creer, de renovar la fe cada día.

«¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» Esto es proclamado por María a los cuatro vientos. Debería ser, igualmente, el gran grito de la Pascua para cada uno de los cristianos. Nuestro amor y esperanza es Dios, y solo Dios, únicamente Dios. Y este amor y esta esperanza están vivos, para siempre, sin temor ni a perderlos ni a que nos abandonen. Pero, lamentablemente, cuantas veces hacemos de las cosas de este mundo nuestros amores, cuantas veces apegamos nuestra esperanza  

«Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua». Ahora es ella la que nos invita a nosotros y nos interpela a dejar todo lo que tenemos entre manos para ir al encuentro del Señor. En Galilea, donde todo empezó, donde fue llamando a sus primeros discípulos. El Señor nos espera a cada uno allí. Hoy Galilea es cualquier situación de la vida donde está Dios esperando para encontrarse con nosotros. La gloria de la Pascua se manifiesta en cada hombre que en su sufrimiento ha encontrado a Dios; la gloria de la Pascua acontece en cada acontecimiento donde gozamos con las sorpresas de Dios. Volvamos, pues, al amor primero, al primer encuentro con Dios, a la primera vez que sentimos su presencia entre nosotros. Galilea es el lugar donde hemos de regresar cada vez que sintamos el cansancio y el hastío de la vida.    

«Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda». En esta estrofa ya no es el personaje bíblico el que nos habla sino el coro de la Iglesia que alaba a la Víctima pascual. Nuestro Dios está vivo y no muerto como el mismo dice en Apocalipsis “Yo soy el primero y el último. Estuve muerto y ahora vivo y tengo las llaves de la muerte y del abismo” (cf. Ap 1,17b-18). La Iglesia nos lo ofrece en la antífona de entrada de la mañana del domingo I de Pascua: “He resucitado y estoy contigo, aleluya: has puesto tu mano sobre mí, aleluya: tu sabiduría ha sido maravillosa, aleluya, aleluya”.

«Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa». Esta última estrofa de la secuencia es una súplica de la humanidad entera a su Señor al que confiesa como “rey vencedor”. El deseo de todos es vivir eternamente, precisamente para eso hemos sido creados; y la vida eterna ha sido obtenida para nosotros por la muerte y resurrección de Jesucristo. Varias veces la liturgia se hace eco de esta noble y pía aspiración humana cuando, por ejemplo, en el canon de la misa se pide que seamos agregados al número de los santos.

Pues bien, queridos lectores, aquí tenemos una joya de la espiritualidad pascual del cristianismo. Una visión sublime del misterio pascual que bellamente ha captado el autor de las Crónicas de Narnia, película que desde este blog recomendamos encarecidamente. Nuestro Señor fue sacrificado como cordero pascual, pero resucitó con la fuerza del león de Judá. Del madero de la cruz, que ha sido regado con la sangre de Cristo, han brotado las flores de la Pascua, los frutos más granados del nuevo Israel, su Iglesia, su pueblo, todos nosotros. Vivamos, pues, con gran alegría la Pascua y demos gracias a Dios porque su victoria es la nuestra.

Dios te bendiga

  

Bibliografía

M. Righetti, Historia de la Liturgia I. Introducción general (BAC, Madrid 2013) 1100-1106.

J.A. Jungmann, El Sacrificio de la misa. Tratado histórico-litúrgico (BAC, Madrid 1951) 554-557.

R. de Gourmont, Le latin mystique. Les poètes de l´antiphonaire et la symbolique au Moyen Âge (Les Belles Lettres, Paris 2010) 131-132