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miércoles, 5 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO (PER ANNUM)




«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos […]. Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 1, 14. 2, 1-4).

Debido a las anteriores catequesis dedicadas a la ordenación episcopal, presentamos ahora el icono del Tiempo Ordinario del actual misal. Como en ocasiones anteriores, será el profesor don Ismael Pastor, licenciado en catequética y director del secretariado diocesano de infancia y de catequesis, quien vuelva a ayudarnos a comprender los distintos tiempos litúrgicos desde las ilustraciones de la III edición del misal romano en lengua española.  

Descripción de la ilustración

La ilustración del tiempo ordinario (Página 379 del misal), nos muestra el momento de Pentecostés. Los doce apóstoles mirando en todas las direcciones posibles, en el centro la figura de María, con los brazos abiertos y sobre ellos las 13 lenguas, como llamas de fuego, descendiendo sobre ellos.


Análisis mistagógico

Si habíamos dicho que el primer criterio al contemplar las ilustraciones era el cristocéntrico, esta parece contradecirnos. Sin embargo contemplar Pentecostés desde una perspectiva meramente pneumatológica supone cercenar notablemente su significado. No asistimos tan sólo a un descenso del Espíritu, sino que contemplamos el nacimiento de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y templo del Espírito Santo. Es por ello que esta ilustración está situada como portada del tiempo per annum.

Este tiempo nos ayuda a contemplar la presencia del Señor en el camino de la Iglesia, mostrando el tiempo cristiano, cualquier momento, cualquier día, como referido al misterio de Cristo y a la historia de la salvación. Cada día, especialmente en la celebración de la Eucaristía, supone la participación cotidiana de la Pascua.  La Iglesia, Cuerpo de Cristo: los apóstoles de pie, con sus rostros iluminados, sobre los que se posa la llama del Espíritu, con sus nombres, con su humanidad sobre la cual aletea el Espíritu de Jesús, son la Iglesia, visible y humana. Ellos son llamados a continuar con su misión.

 La consagración del Espíritu es lo que faltaba a los discípulos para ser el Cuerpo de Jesús. Por eso ahora reciben la misma vida, la misma energía vital que estaba en él. Los apóstoles, testigos y enviados, serán la palabra y voz de Cristo, mano que bendice y perdona, pie que se cansa en el camino de la evangelización. Cada uno de ellos y todos juntos (LG 7). Porque este Cuerpo, tal y como se muestra en la ilustración, es la comunión de personas, su unidad. El Espíritu es quien ha consagrado a las personas en la Iglesia y da fuerza divinizadora a sus actos: a la palabra para que sea anuncio salvífico, a los signos, para que sean sacramento.  

La Iglesia templo del Espíritu: el cenáculo es el nuevo templo, consagrado por la celebración del memorial de la Pasión en la última cena; iluminado por la presencia del Resucitado, es el lugar de la Palabra y de la fracción del pan hecha desde el misterio Pascual; es la nueva y definitiva manifestación de la gloria de Dios en la teofanía de las lenguas de fuego de Pentecostés. Pero en el cenáculo no se pone la atención en el lugar como tal, sino en los que hacen el cenáculo. Los discípulos son el templo y en ellos habita el Espíritu Santo como en su definitiva morada. La Iglesia es la casa del Espíritu.

  La Virgen María, madre y modelo de la Iglesia: en el icono de Pentecostés la Virgen está presente en medio de los discípulos. María es discípula con los discípulos, apóstol con los apóstoles, porque ella ha seguido al Maestro y será con los discípulos como un cofre que encierra los recuerdos más íntimos de las palabras y de los gestos de Jesús, testigo de su resurrección, es la primera fuente a quien los discípulos interrogan para saber más acerca de su Hijo. En su centralidad en la imagen aparece como Madre de los discípulos y eje de la Iglesia que es templo, porque en su corazón ha resonado con intensa conmoción el gemido del Espíritu. Rostro femenino de la Iglesia no representa su jerarquía, sino que transmite a la Iglesia su identidad y su testimonio: ser Santa por el Espíritu que se le ha dado en Pentecostés, el Espíritu Santo y santificador, enviado por Jesús a perfeccionar su obra hasta su última venida.

Dios te bendiga

miércoles, 14 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (V)


Ritos de ordenación (continuación)
G) Entrega del anillo

Quizá sea este uno de los símbolos más usados por las distintas familias litúrgicas, culturales y que alberga un riquísimo significado. En la Sagrada Escritura encontramos algunos textos como Est 8,8 donde el anillo es un instrumento para sellar, o Gn 41, 40-42 donde el Faraón entrega un anillo a José como signo de confianza y reconocimiento.

Según se desprende de unas palabras del obispo Optato de Milevi, en el s. IV ya era normal el uso del anillo por parte de los obispos. Sin embargo el primer testimonio de un rito litúrgico de entrega de un anillo episcopal en la ordenación lo encontramos en el s. VII y proviene de España, en concreto en el concilio IV de Toledo (633). San Isidoro de Sevilla lo aborda en su obra De ecclesiasticis officiis y dice: «se le entrega también el anillo, como signo del honor pontifical o como sello de los secretos», en el s. IX lo encontramos en el ritual franco. Y según se desprende de una carta de Carlos el Calvo al Papa su usó se extendió, en este siglo, a todos los obispos. Primitivamente, la función del anillo era la de un sello, tal como lo afirma san Isidoro, siendo de metal con un dibujo grabado. En este momento, más que un carácter simbólico, el anillo tiene un fin práctico: el de autentificar, con su estampación, los actos y documentos de estos.


En el periodo feudal, el anillo pierde este valor de sello y adquiere el de símbolo de un poder temporal pero éste será pasajero, pues al extenderse su uso en el sacramento del matrimonio el anillo va adquiriendo un significado nupcial, expresando el misterio nupcial de Cristo y de la Iglesia. Y este significado ha llegado hasta hoy, presentando al obispo como esposo de la Iglesia local. Para el papa Inocencio III, el anillo simboliza el don del Espíritu Santo y el dedo en que es colocado, simboliza el dedo de Dios con el que Jesús obraba sus milagros (cf. Lc 11,20). La forma circular del anillo expresa la perfección sin límite de los dones recibidos por su identificación con Cristo, buen Pastor, en quien habita la plenitud de la divinidad. En su Rationale, Guillermo Durante define el anillo episcopal como «el sacramento de la fe por el cual Cristo se unió a su esposa, la santa Iglesia para que ella dijera bien de si misma: “Mi Señor Jesucristo me desposó con su anillo”». También, simboliza la integridad de la fe que debe tener el obispo; recoge el antiguo significado de sello y, haciéndose eco de la tradición anterior, Durando lo relaciona con el don del Espíritu Santo, tal como había hecho Inocencio III con el dedo anular.

La actual fórmula litúrgica de la entrega e imposición del anillo dice: «Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, Esposa santa de Dios». Esta fórmula ha sido tomada, con alguna modificación, del Pontificale Romanum anterior y su reforma de 1962, que a su vez están inspiradas en el Pontifical Romano-Germánico (s. X). Como vemos, se ha conservado el simbolismo nupcial que adquiere en la edad media perdiéndose el del primitivo sello.

H) Entrega de la mitra

Probablemente, el origen de este ornamento pontificio este en una prenda extralitúrgica llamada “camelaucum” o “pileus” que era usado en la vida ordinaria por parte del emperador o de los funcionarios de la corte, sobre todo en oriente. En los primeros siglos del cristianismo ni obispos ni presbíteros cristianos usaron prenda alguna en la cabeza durante el servicio litúrgico, por lo que podemos suponer que al convertirse el cristianismo en religión oficial del imperio con Teodosio en el año 380 por el edicto de Tesalónica “Cunctos Populos”, obteniendo, los obispos, la equiparación como funcionarios del estado y por tanto sus prerrogativas; también asumieran las vestiduras y ornamentos que el cargo aparejaba, y de ahí, también, la mitra. En el s. IV la mitra era un gorro propio de las vírgenes consagradas, hasta el punto de que el Liber ordinum mozárabe lo pone como ornamente propio de la abadesa.


Sabemos que el Papa la llevaba en las cabalgatas y ceremonias solemnes fuera del templo. En occidente, encontramos el primer testimonio de la mitra en el s. XI con el papa san León IX (1049-1054), quien se lo concede como privilegio al arzobispo Everardo de Tréveris. Inocencio II (1130-1143) la menciona como distintivo normal del obispo. En el s. XII la mitra se generaliza entre los obispos. En el s. XIII, el papa Inocencia III relaciona la mitra con la función magisterial y profética de Cristo, quien ha sido coronado de gloria y esplendor (cf. Sal 8,6). La mitra ha evolucionado en su forma desde el inicio hasta hoy. A las dos puntas que sobresalían en la mitra primitiva, Durando le asigna el significado del Antiguo y el Nuevo Testamento o las dos tablas de la ley de Moisés. Las ínfulas o fimbrias que caen por la parte de atrás simbolizan, según el Rationale de Durando, el espíritu y la letra.


Hoy se impone la mitra acompañado de estas palabras: «Recibe la mitra, brille en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores, merezcas recibir la corona de gloria que no se marchita». Esta fórmula ha sido introducida, como nueva, en la edición revisada del 1989, pues en la edición primera, reformada, de 1969 se especificaba que se entregaba la mitra “nihil dicens (= sin decir nada)”. La actual fórmula litúrgica describe a la mitra como símbolo de autoridad, de potestad de gobierno. Sin embargo, la autoridad del obispo brilla por la santidad de vida y del modo con que la ejerza. También debemos destacar el salto que da la fórmula litúrgica, proyectando escatológicamente el significado de la mitra, pues ésta es una corona terrenal y simbólica, por eso la verdadera corona que hay que perseguir es la inmarcesible que dará Jesucristo el último día.

I) Entrega del báculo

El báculo, como signo de autoridad que proviene de Dios, hunde sus raíces en la Biblia (cf. Ex 4, 17.20) pero también como símbolo de caudillaje del pueblo (cf. Sal 23,4).

Su inclusión en la liturgia no está clara, probablemente venga de la costumbre que había en el imperio de oriente según la cual, el emperador se lo entregaba a los patriarcas. En occidente, el báculo nace en los monasterios, signo de la autoridad del abad en los monasterios de las Galias y las Islas Británicas (ss. VII-VIII). También era parte del hábito monástico, su compañero de viaje y signo de la cruz de Cristo. Al igual que el anillo, el primer testimonio de un rito litúrgico de entrega del mismo lo hallamos en el s. VII en España en la consagración de un abad “le sea entregado el báculo por el obispo”. Será en el IV Concilio de Toledo y san Isidoro de Sevilla quienes lo refieran como símbolo de la autoridad episcopal: «al que es ordenado, se le entrega el báculo durante el rito de su consagración, para que rija o corrija bajo su indicación al pueblo que de él depende, o bien se ocupe de las enfermedades de los enfermos». En el s. IX lo hallamos en el rito franco. En el s. XIII, según dice el pontifical de Guillermo, obispo de Mende, el báculo pastoral llega a ser de uso general en la mayor parte de las celebraciones presididas por el obispo. Esta insignia pontificia nunca ha sido despojado de su significado: autoridad, gobierno y guía.  


La forma más antigua del báculo era la de una vara de madera rematada con una bola y una cruz. En el s. XIII los báculos comienzan a ser rematados en espiral, que contenía en su límite un motivo grabado bien el de la lucha del Cordero crucífero o bien el de san Miguel contra el dragón. Luego surgió la costumbre de atar un sudario a la empuñadura del báculo.


Actualmente se dice: «Recibe el báculo, signo del ministerio pastoral, y cuida de todo el rebaño que el Espíritu Santo te ha encargado guardar, como pastor de la Iglesia de Dios». Esta fórmula, tomada de Hch 20,28, es de nueva incorporación, estando, también, presente en la edición de 1969. Esta fórmula es más explícita que las dos anteriores. El obispo es pastor de la Iglesia. Alguien a quien Jesucristo ha puesto al frente de su pueblo. Un hombre ungido y designado por el Espíritu Santo para cuidar con amor de cada uno de los miembros de esta rebaño. El báculo ha de ser usado con severidad, justicia y dulzura. Con el báculo se debe enderezar el camino de las ovejas descarriadas y golpear con fuerza y decisión a los lobos que vendrán para desestabilizar y matar al rebaño. El obispo custodiará la integridad del rebaño alimentándolo con el pasto de la doctrina y de la Eucaristía; combatirá a los enemigos que siembran la confusión y el caos entre sus filas. No es poco, pues, lo que significa el báculo, puesto en las manos de un obispo.

J) Toma de posesión de la cátedra

Se produce al terminar todos los ritos anteriores. El consagrante principal invita al nuevo obispo a instalarse en la catedra, el lugar desde donde presidirá, hablará e instruirá al pueblo de Dios que le ha sido encomendado. Seguidamente pasan todos los obispos asistentes y le dan el abrazo o beso de paz que tiene el sentido de agregación a un colegio o cuerpo.

            El rito de la “inthronizatio” es la conclusión natural del rito de ordenación episcopal puesto que este ministerio exige una cátedra desde donde se dirigirá al pueblo. Aunque fue introducido, en cuanto rito como tal, por Durando en el s. XIII; ya en el s. IV es señalada por las Constituciones apostólicas. En la edad media este rito se hacía en Francia e Inglaterra con formas pomposas y solemnes.

                                                                      Dios te bendiga

miércoles, 7 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (IV)


Ritos propios de la ordenación (continuación)

D) Imposición de manos y plegaria de ordenación

No haremos en este momento ninguna alusión a la plegaria de consagración episcopal puesto que le dedicaremos el último apartado en exclusividad. Nos centraremos ahora en los ritos y gestos que rodean a la plegaria y que intervienen en este momento:

1. Imposición de manos: la efectúan solo el consagrante principal y los obispos que asisten a la ordenación. El ritual prevé que los obispos asistentes digan en voz baja y con las manos juntas las palabras esenciales de la plegaria consecratoria.

Es un gesto de tradición bíblica (cf. Num 27, 15-23; Dt 34,9). De entre el rico significado que tiene, nos interesa subrayar el de la transmisión de un oficio y comunicación del espíritu. En tiempos de Jesús el mundo judío usaba de este gesto para instalar a los dirigentes de una comunidad en sus cargos. Con él se comunica un carisma estable (cf. 1Tim 4,14; 2Tim 1,6).

En líneas generales, las liturgias de ordenación de los diversos ritos han relacionado esta imposición de manos con la comunicación del Espíritu Santo, de tal modo que ser ordenado no es solo un acto jurídico o una delegación de la comunidad, sino, en palabras del ritual armeno, un “don de arriba”, un don que viene de lo alto.

El hecho de que el resto de obispos intervengan en este rito implica, como en el caso del beso de paz que veremos más adelante, la agregación a un colegio. Es un gesto de comunión a causa del espíritu y semejanza del cargo. Por último, hemos de destacar que la imposición de manos lleva también parejo el significado de sucesión, esto es, la garantía de la sucesión apostólica del ministerio.

2. Imposición del evangeliario: el consagrante principal pone sobre la cabeza del candidato el libro de los evangelios, abierto y sostenido por dos diáconos hasta el final de la oración consecratoria. Esta ceremonia ya se hacía en Roma en el s. V. Severiano Gábala (s. V) es el primero en ofrecernos un testimonio sobre este rito relacionándolo con el misterio de Pentecostés cuando el Espíritu Santo baja en forma de lenguas de fuego sobre los obispos constituyéndolos doctores del universo. El mismo autor, junto con san Juan Crisóstomo, ofrece un segundo simbolismo a este gesto: como legislador de su grey, el obispo no ejerce su ministerio de manera despótica sino que él mismo está regido por la Palabra de Dios, en el libro de los evangelios puesto sobre la cabeza del candidato observamos la autoridad superior a la que está sometido como obispo: el mismo Jesucristo.

En conjunto, el Espíritu Santo esta doblemente expresado, así, en la ordenación episcopal. Con esto se significa, en síntesis, que los obispos son edificados por el Espíritu y la Palabra por lo que su comportamiento debe ser guiado por estos dos y sometido a ellos. También la eficacia sacramental de su ministerio le viene a los obispos por estos dos elementos, que, a su vez, hacen crecer a la Iglesia.

E) Unción en la cabeza

«Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, derrame sobre ti el bálsamo de la unción y con sus bendiciones te haga abundar en frutos». El rito de la unción con aceite tiene su raigambre en el mundo bíblico, v.gr. la unción de Aarón (cf. Lv 8,12) para conferir unos poderes y una consagración especial a un sujeto al que se pone al frente del pueblo. Los Santos Padres como san León Magno, Efrén o Gregorio Magno hablan de la unción sacerdotal en sentido figurado pero al materializarse como rito, comienza a pensarse que esta unción confiere la gracia de la consagración que le capacita bendecir y consagrar. Sin embargo, en el Pontifical actual, la fórmula acentúa la línea teológica de la configuración con Jesucristo, Sumo Sacerdote.

Por esta configuración con Jesucristo, sumo sacerdote, de la persona y ministerio del obispo se difunde y distribuye sobre los miembros del cuerpo eclesial.

F) Entrega del libro de los Evangelios

«Recibe el Evangelio, y proclama la Palabra de Dios con deseo de instruir y con toda paciencia». Formula de nueva incorporación, tomada de las palabras de 2Tim 4,2; que también está presente en la primera edición reformada de 1969. Pocas aclaraciones necesitan estas escuetas e intensas palabras. Este rito fue introducido en el Pontifical romano del s. XII.
             El obispo ha sido constituido como primer heraldo del Evangelio en su diócesis, pues por la proclamación de éste será como congregue a todos los hombres y mujeres en torno a Jesucristo como se señala en el mismo Concilio: «En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que sobresale entre los principales de los Obispos, llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. Propónganles el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuyo desconocimiento es ignorancia de Cristo, e igualmente el camino que se ha revelado para la glorificación de Dios y por ello mismo para la consecución de la felicidad eterna» (ChD 12).

                                                                           Dios te bendiga


miércoles, 17 de mayo de 2017

LA ORDENACION EPISCOPAL (I)




Con motivo de la ordenación episcopal de don José Luis Retana como obispo de Plasencia, ofrecemos a los lectores de este blog una serie de catequesis sobre la liturgia de ordenación. Comenzaremos hoy explicando qué es un obispo, qué significa para una diócesis el tener obispo.

Para un católico, una ordenación episcopal no es un acto cualquiera, sino un evento solemne en la vida de la Iglesia, y más concretamente, en la vida diocesana. A veces puede ocurrir que nos acostumbremos a la figura del obispo y se nos escape, por rutina, el significado profundo que estos tienen para la vida de un cristiano. En primer lugar, los obispos son sucesores de los apóstoles. Cristo, para que su misión quedara perpetuada en el mundo a través de los siglos, llamó a un grupo estable de varones a los que confió su mismo poder para predicar y convertir a los pueblos, para que los santificaran y los gobernaran. Los apóstoles, previendo su muerte y para que la misión no se agotara con ellos, se preocuparon de instituir a sus sucesores, precisamente, para que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Estos sucesores son los obispos.

El Concilio Vaticano II, a este respectó, recordó: «los obispos, pues, junto con sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad. Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores, como maestros que enseñan, sacerdotes del culto sagrado y ministros que ejercen el gobierno […] Por eso enseña este sagrado Sínodo que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (LG 20c). Subrayemos algunos puntos importantes de este párrafo:

1. “Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores”:

2. “como maestros que enseñan”: es el primer oficio del obispo, el llamado “munus docendi”, esto es, el oficio de enseñar. El obispo debe exponer con fidelidad el depósito de la fe del que ha sido constituido su custodio, valedor y defensor.

3. “sacerdotes del culto sagrado”: es el segundo oficio, el llamado “munus santificandi”, esto es, el oficio de santificar. El obispo debe celebrar, convenientemente, la liturgia, tanto la Eucaristía como el resto de sacramentos y sacramentales y la Liturgia de las Horas, por sí mismo y por todo el Pueblo de Dios a él encomendado.

4. “ministros que ejercen el gobierno”: es el tercer oficio, el llamado “munus regendi”, esto es, el oficio de gobernar. El obispo debe dirigir los pasos de la diócesis según la ley suprema del Evangelio, la tradición de la Iglesia, y en fidelidad a las normas y disposiciones de la Iglesia. El obispo no es dueño de nada, sino administrador de los bienes espirituales y materiales de la Iglesia.

El obispo está dedicado al cuidado pastoral de una Iglesia particular pero también al de la Iglesia universal en cuanto forma parte del Colegio episcopal. Son dos dimensiones inseparables «uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (LG 22a).

Y es, precisamente, en la Eucaristía donde esta doble misión se pone de manifiesto más palpablemente ya que el mismo preside la Eucaristía y predica el Evangelio con la garantía apostólica: a) la Eucaristía es el momento en que el Señor se hace presente de un modo especial congregando a todo el pueblo, así el obispo preside la misma no para o con la comunidad sino en el centro de su Iglesia; esta vinculación queda expresada en la frase de San Ignacio de Antioquía “sólo es válida la eucaristía celebrada por el obispo o por quien ha sido autorizado por él”.

b) El anuncio del Evangelio, la predicación como convocación de la comunidad eclesial, la enseñanza de la doctrina como maestros auténticos, el testimonio de la verdad divina, también pertenecen a la esencia del ministerio apostólico «entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio […] Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo […]» (LG 25).

Así, esta doble dimensión del ministerio de la palabra y el litúrgico-sacramental, articula el ministerio del obispo según dice LG 24 « (los obispos reciben del Señor) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación» y LG 26 «el obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. […] toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo».

Así, el obispo ejerce su función de Padre y Pastor, incluso en su propia diócesis, en relación con el resto de los obispos al que es incorporado por su ordenación episcopal. La pertenencia al Colegio de los obispos y la unión con él es un elemento esencial del ministerio episcopal

Dios te bendiga

miércoles, 3 de mayo de 2017

SECUENCIA DE PASCUA: VICTIMAE PASCHALI LAUDES




¿Qué es una secuencia?

Durante la octava de Pascua el leccionario de la misa conservaba y proponía un poema llamado “Victimae Paschali laudes” (= Ofrezcan los cristianos). Se trata de una secuencia, es decir, un poema que se reza o canta antes del Evamgelio. Actualmente encontramos cuatro secuencias: dos obligatorias: “Victimae Paschali laudes” para Pascua, “Veni sancte spiritu” para Pentecostés; y dos opcionales “Lauda Sión” para el Corpus y “Stabat Mater” para el 15 de septiembre memoria de la Virgen de los Dolores.

Al parecer, la secuencia nació del canto vocal que se aplicaba a la última sílaba del aleluya. Muchas veces, resultaba un canto difícil de interpretar, por lo que se fueron creando textos para sostener estas melodías. Uno de los mayores exponentes de este género fue el monje de san Galo, Notkero Bábulo († 912). Su origen ms lejano puede estar en la música bizantina o siro-palestina. Los distintos versos que se componían se fueron agrupando en parejas de estrofas iguales y paralelas que se cantaban alternando un coro de mujeres (voces blancas) y de hombres (voces negras).´

En el s. XI la secuencia se independiza totalmente del canto del aleluya erigiéndose como canto y estilo propio. Las estrofas van adquiriendo mayor equilibro rítmico. Se van creando nuevas secuencias, siendo el s. XII su periodo áureo con Adán de san Victor (†1192) y en el s. XVI tenemos unas 5000. Por su sencillez, ritmo y agilidad eran cantadas por el pueblo. San Pio V las consideró recientes y optó por suprimirlas a excepción de cinco, las cuatro anteriores y la “Dies irae” de la misa de difuntos.

La secuencia de Pascua “Victimae Paschali Laudes”

La secuencia que traemos hoy data del s. XI y esta atribuida a Wipo de Burgundia (†después del 1048), capellán del emperador Conrado II y Enrique III. Es la secuencia propia para la Pascua de Resurrección. Actualmente se canta solo durante la octava de Pascua aunque puede interpretarse como canto a lo largo de la cincuentena pascual.

Es una secuencia de ritmo sencillo y alegre, de aire simpático y rudimentario. Tiene una introducción y cuatro pares de estrofas iguales aunque en el misal de Pio V a la última estrofa se le ha suprimido uno de sus miembros ya que hablaba de los “Iudaeorum turbae fallaci”. Hay también una serie de preguntas y respuestas: preguntas de la comunidad y respuesta del personaje bíblico que es la Magdalena. Hoy se han suprimido los textos interrogativos. En la estrofa cuarta, el misal de Pio V sustityó el “suos” por el “vos”, la actual edición de Graduale Romanum ha vuelto a poner “suos”.

Texto y comentario

Ofrecemos en primer lugar el texto en latín antiguo y su versión actual. Después haremos el comentario espiritual para que nos sea provechoso.

Texto latino antiguo
Traducción española
Texto latino actual
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida,  triunfante se levanta.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
Dic nobis Maria, quid vidisti in via?
Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
[¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?]
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.


Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?
Surrexit Christus spes mea:
praecedet
vos in Galilaeam.
[¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?] ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;


Surrexit Christus spes mea:
praecedet
suos in Galilaeam.
Credendum est magis soli
Mariae veraci
Quam Judaeorum
Turbae fallaci
[Es más creíble y veraz solamente María, que la turba mentirosa de las judíos]

Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:


Tu nobis, victor Rex, miserere
Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.
  
Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:


Tu nobis, victor Rex, miserere
Amen. Aleluya
Amén. Aleluya
Amen. Aleluya



«Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua». Se trata de una invitación a la alabanza a Cristo como víctima pascual que ha sido inmolada en el ara de la cruz. Su sangre unta las puertas de los fieles, que son sus labios, tal como dijimos en la noche de Pascua “Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles”. Nuestra pascua es Cristo y ya ha sido inmolado de una vez para siempre, por lo que no caben más sacrificios, sino la actualización del único ya efectuado, el del Señor.

«Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza». Como un eco de la Vigilia pascual, volvemos a encontrar la idea de la reconciliación entre Dios y los hombres, pues en el pregón pascual se decía “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado”. Las ovejas hemos sido salvadas por un cordero que ha sido ofrecido en pago de rescate, el inocente por los culpables, el hijo por los esclavos, como de nuevo la Vigilia pascual nos recordaba “¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”.

«Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida,  triunfante se levanta». De nuevo vuelve a suscitarse otra idea de la Vigilia pascual “Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. El misterio pascual es descrito en término bélicos: una guerra sin cuartel entre la vida y la muerte, entre Cristo y Satanás, entre el cielo y el infierno. El dragón del Apocalipsis es derrotado y los justos pueden entonar los himnos de victoria.

«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» es la pregunta que el coro plantea al personaje bíblico que muy de mañana acudió a ver el sepulcro simplemente para llorar ante la puerta de la tumba sin más, pero lo que allí encontró jamás pudo imaginarlo, y por consiguiente, olvidarlo.

«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja». El personaje bíblico, María Magdalena, va enumerando todo lo que vio: a Jesús que la llamó por su nombre, el sepulcro vacío donde la mortaja el sudario estaban colocados y los ángeles hacían de testigos y custodios del portento glorioso. Todo habla, ya, de vida, de resurrección, de triunfo. Todo esto suscita en los fieles las ganas de volver a creer, de renovar la fe cada día.

«¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» Esto es proclamado por María a los cuatro vientos. Debería ser, igualmente, el gran grito de la Pascua para cada uno de los cristianos. Nuestro amor y esperanza es Dios, y solo Dios, únicamente Dios. Y este amor y esta esperanza están vivos, para siempre, sin temor ni a perderlos ni a que nos abandonen. Pero, lamentablemente, cuantas veces hacemos de las cosas de este mundo nuestros amores, cuantas veces apegamos nuestra esperanza  

«Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua». Ahora es ella la que nos invita a nosotros y nos interpela a dejar todo lo que tenemos entre manos para ir al encuentro del Señor. En Galilea, donde todo empezó, donde fue llamando a sus primeros discípulos. El Señor nos espera a cada uno allí. Hoy Galilea es cualquier situación de la vida donde está Dios esperando para encontrarse con nosotros. La gloria de la Pascua se manifiesta en cada hombre que en su sufrimiento ha encontrado a Dios; la gloria de la Pascua acontece en cada acontecimiento donde gozamos con las sorpresas de Dios. Volvamos, pues, al amor primero, al primer encuentro con Dios, a la primera vez que sentimos su presencia entre nosotros. Galilea es el lugar donde hemos de regresar cada vez que sintamos el cansancio y el hastío de la vida.    

«Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda». En esta estrofa ya no es el personaje bíblico el que nos habla sino el coro de la Iglesia que alaba a la Víctima pascual. Nuestro Dios está vivo y no muerto como el mismo dice en Apocalipsis “Yo soy el primero y el último. Estuve muerto y ahora vivo y tengo las llaves de la muerte y del abismo” (cf. Ap 1,17b-18). La Iglesia nos lo ofrece en la antífona de entrada de la mañana del domingo I de Pascua: “He resucitado y estoy contigo, aleluya: has puesto tu mano sobre mí, aleluya: tu sabiduría ha sido maravillosa, aleluya, aleluya”.

«Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa». Esta última estrofa de la secuencia es una súplica de la humanidad entera a su Señor al que confiesa como “rey vencedor”. El deseo de todos es vivir eternamente, precisamente para eso hemos sido creados; y la vida eterna ha sido obtenida para nosotros por la muerte y resurrección de Jesucristo. Varias veces la liturgia se hace eco de esta noble y pía aspiración humana cuando, por ejemplo, en el canon de la misa se pide que seamos agregados al número de los santos.

Pues bien, queridos lectores, aquí tenemos una joya de la espiritualidad pascual del cristianismo. Una visión sublime del misterio pascual que bellamente ha captado el autor de las Crónicas de Narnia, película que desde este blog recomendamos encarecidamente. Nuestro Señor fue sacrificado como cordero pascual, pero resucitó con la fuerza del león de Judá. Del madero de la cruz, que ha sido regado con la sangre de Cristo, han brotado las flores de la Pascua, los frutos más granados del nuevo Israel, su Iglesia, su pueblo, todos nosotros. Vivamos, pues, con gran alegría la Pascua y demos gracias a Dios porque su victoria es la nuestra.

Dios te bendiga

  

Bibliografía

M. Righetti, Historia de la Liturgia I. Introducción general (BAC, Madrid 2013) 1100-1106.

J.A. Jungmann, El Sacrificio de la misa. Tratado histórico-litúrgico (BAC, Madrid 1951) 554-557.

R. de Gourmont, Le latin mystique. Les poètes de l´antiphonaire et la symbolique au Moyen Âge (Les Belles Lettres, Paris 2010) 131-132

miércoles, 19 de abril de 2017

MISTAGOGIA DEL PREGÓN PASCUAL




Queridos lectores del blog “sanctasanctis”, en primer lugar permítanme, nuevamente, felicitarles las Pascuas de Resurrección de este año. Para ayudarles a vivir mejor estos acontecimientos que nos han hecho renacer a la vida nueva en Cristo, quisiera darles hoy unas breves pinceladas sobre la oración consecratoria del cirio Pascual, hagamos juntas una lectura mistagógica del texto del conocido “Pregón pascual” o “exultet”.

El lucernario de la noche de pascua ha sido el último rito en incorporarse a la vigilia pascual. En el s. III se incorpora la celebración del bautismo y a finales del s. IV la bendición del fuego y del cirio pascual, sobre todo en el norte de Italia. En Milán, se compone el llamado pregón pascual y pronto es llevado a Roma, al menos en el año 378 lo consigna san Jerónimo en una carta al diácono Presidius. De su presencia en Roma da testimonio el papa Zósimo entre los años 417-418, quien lo autoriza para ser cantado por los diáconos en las iglesias suburbicarias en la noche de pascua. Este texto lo encontramos en los sacramentarios gelasianos como el “Missale Gothicum”, “Missale  Galicanum vetus” y “Missale Bobbiense”.

Esta gran plegaria consecratoria de extraordinaria belleza y lirismo se divide en varias partes:

A) Prólogo

El pregón pascual se inicia con un prólogo exhortativo a toda la Iglesia de Dios a disponer los ánimos para recibir el anuncio de la noche pascual. Estas tres primeras estrofas presentan un esquema descendente: los ángeles-la tierra-la Iglesia. El anuncio va dirigido a la creación entera.

Los coros angélicos han de expresar su exultación con las trompetas ya que su voz debe ser melodiosa para Dios. Subyace, también aquí, la teología de las dos iglesias, la celeste o triunfante y la terrestre o militante. La celeste, representada por los ángeles y los ministerios angélicos, hacen resonar las moradas eternas con las trompetas; la terrestre, representada por la Iglesia, usa de las voces de los fieles para hacer resonar las paredes de los templos. Las trompetas en el cielo son lo que las voces de los fieles en la tierra.

B) Invitación

La asamblea es exhortada a invocar la luz santa de Dios, la misma que agrega al diácono al ministerio, es decir, la gracia del Espíritu; y esta luz se hace físicamente visible ante los fieles por medio del cirio. Así pues, la luz adquiere tres valencias: luz como divinidad, luz como gracia de estado y luz como cirio pascual. Es una verdadera obra de arquitectura literaria.

C) Cuerpo-anámnesis

El pregón presenta el sacrificio expiatorio de Cristo y el valor de su sacerdocio sumo y eterno. Frente a la deuda de Adán (antiguo pecado) está el valor de la sangre de Cristo. El pregón establece otra sección de tres estrofas, encabezadas por la frase “esta es la noche”. El texto pretende mostrar a los catecúmenos la importancia y significado de esta noche santa, adornada por tres prodigios: a) la salida de Egipto; b) el paso del mar rojo y c) la columna de fuego.

El pregón manifiesta que la resurrección de Cristo fue, es y será un misterio para siempre. Sólo la silenciosa noche fue testigo de aquel prodigio: “tiempo y hora” en que Jesús se levantó de entre los muertos. La anamnesis culmina con las consecuencias morales de la noche de Pascua, que son siete: 1. Ahuyenta los pecados; 2. Lava las culpas; 3. Devuelve la inocencia a los caídos; 4. (devuelve) La alegría a los tristes; 5. Expulsa el odio; 6. Trae la concordia; 7. Doblega a los poderosos.

D) Epíclesis-consagración

Tres datos nos indican que se trata de una verdadera consagración y no una simple bendición:

1) “acepta, Padre Santo”: el verbo latino es “suscipe”. Generalmente la liturgia usa esta forma verbal en imperativo, exhortando a Dios a que preste atención a una necesidad o a una súplica. En el pregón pascual, el verbo “suscipe” es la súplica de la Iglesia dirigida al Padre Santo para que acepte todo lo que se está realizando en el momento.

2) “sacrificio vespertino de alabanza”: estas palabras inspiradas en el salmo 140. Si en este texto el cirio es presentado como sacrificio vespertino, y este sacrificio vespertino no es otro que la muerte y resurrección del Señor; por medio del Espíritu Santo, el cirio es despojado de su significado, meramente natural o simbólico, y adquiere otro nuevo como Pascua del mismo Cristo: el cirio es la Pascua de Cristo, esto es, Cristo mismo. De ahí que podamos decir, con verdad, que el pregón pascual es una plegaria de consagración que supone una transignificación, no transubtanciación.

3) “la Santa Iglesia te ofrece”: es la Iglesia la que devuelve a Dios lo que Él mismo nos ha dado: a Cristo-cirio. Esta es la lógica de la consagración, devolver lo que Él nos ha donado, como lo expresamos en las oraciones de presentación de los dones “que recibimos de tu bondad…y ahora te presentamos”. Que esto sea un realización del culto público de la Iglesia nos lo confirma la afirmación “por medio de sus ministros”. De este modo, se constata que es la Iglesia misma la que ofrece el cirio al Padre: “la solemne ofrenda de este cirio”.

La referencia a la cera de las abejas pretende ser una señal de la dimensión cósmica de la Pascua. Comparado con otros textos del pregón en otras liturgias u otras versiones, vemos que es una alegoría del misterio de la concepción virginal de Jesucristo.

E) Aitesis

La súplica tiene por objeto la perennidad del cirio, esto es, a) que no se apague nunca la luz que Cristo nos ha dejado en su Pascua; b) que esta luz brille con las luminarias celestes. Dicho de otro modo, la intención es que Dios asocie la luz del cirio pascual a la luz de los astros creados por Él desde el principio de los tiempos para que el resplandor de esta llama pascual no se apague nunca. Mientras haya estrellas en el cielo que brillen en la noche, seguirá habiendo Pascua porque será la luz del cirio la que proporcione la luz de aquellas.

D) Doxología

La última parte de la composición, llamada doxología por su carácter glorificante, cierra la anáfora. El objeto de este párrafo es el “lucero matutino” que ha de encontrar encendido el cirio pascual. Al final del pregón, se nos descubre la gran verdad de la vida cristiana: Jesucristo es la luz que brilla en medio de la oscuridad de este mundo. Luz cuya intensidad no vacila, siempre está despejada. Es clara y distinta. Así es la luz pascual expresada en el cirio, una luz inmortal que se hará aún más plena cuando le veamos cara a cara en su reino eterno, por los siglos sin fin.

Lo dicho, ¡¡Feliz Pascua de Resurrección!!

sábado, 15 de abril de 2017

¡¡ FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN !!


TIEMPO DE PASCUA

El profesor don Ismael Pastor vuelve a explicarnos el tiempo de pascua con el icono que se ha designado para ilustrar este tiempo en la III edición del misal romano.



«Pasado el sábado, María magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?” Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo: “No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis como os dijo”» (Mc 16, 1-7)

Descripción de la ilustración

La ilustración nos presenta la escena del sepulcro vacío. Tres figuras aparecen a la izquierda con rostro dolorido, se cubren con mantos y portan en sus manos dos ánforas. Se encuentran ante un sepulcro donde se pueden observar una tela enrollada. Y un ángel, a su derecha señala la escena. La montaña que aparece agrietada en la parte superior nos introduce en el mundo de la muerte.

Análisis mistagógico

Podemos sintetizar todo el año litúrgico en la solemne Vigilia Pascual. Ella es raíz y culmen de todo el año litúrgico. Se puede decir, incluso, que recapitula y contiene todo el misterio de Cristo. Por eso la antigüedad cristiana en los primeros siglos concentraba en esta celebración todo el Misterio Pascual del Señor. Si bien esto es cierto, ahora hemos de contemplarla en la unidad del Triduo Pascual, que desglosa los tres acontecimientos que dan sentido pleno a la memoria de los sacramentos pascuales: La Pascua de la Cena, La Pascua de la Pasión y la Pascua de la Resurrección. Una concentración que tiene, finalmente, como punto de referencia a aquel a quien Pablo llama nuestra Pascua.

La Pascua invita a todos los cristianos a ser testigos del acontecimiento más importante de la historia: la resurrección de Cristo. En ella Jesús asume la humanidad y su historia para transformarla y nos ofrece un bosquejo del mundo futuro donde, asumida y purificada, quedará consumada junto a Él. Tras esto los testigos están llamados a transmitir lo que han visto y oído (cf. Hch 4, 20) y anunciar al hombre su vocación profunda y definitiva (cf. Directorio General de Catequesis 102). Si la vigilia Pascual resuena en todo el año litúrgico, el testimonio del cristiano debe resonar en toda su vida. Por eso la elección de este icono para el tiempo Pascual. Que no deja la Pascua en la resurrección de Cristo, sino en el encuentro de las mujeres, que  tras el desconcierto se convierten en evangelizadoras.

El grano de trigo que da fruto

El centro de la escena es, sin duda, el sepulcro vacío. Al pie de una montaña, que recuerda las de la ilustración anterior, se encuentra el sepulcro de Cristo. Indicando cómo ha sido enterrado y se ha encontrado bajo tierra, cómo la muerte de Jesús ha sido real y no mera ilusión (cf. Lc 23, 53). Sin embargo el sepulcro se encuentra vacío y en él sólo quedan los lienzos que cubrían a Cristo, constituyendo así el propio sepulcro el primer testimonio de la resurrección en cuerpo y alma de Cristo. Estos nos acercan a la tradición antigua, recogida por algunos padres de la Iglesia, que ven en los lienzos imagen de la resurrección, usando una analogía con el gusano de seda. Pero además, mirando hacia arriba, entre las grietas de la montaña, justo encima del sepulcro, encontramos un brote de planta. Haciendo alusión al grano de trigo, que muerto, da fruto creando nueva vida (Jn 12, 24), hace alusión a Cristo, el grano de vida que con su muerte da mucho fruto y este fruto es la vida eterna.

Las miróforas

Las protagonistas de la acción son las tres mujeres que aparecen junto al sepulcro vacío. A la cabecera se encuentran con el ángel que les dice “Jesús Nazareno Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde estuvo su cuerpo” (Mc 16, 6) señalando los lienzos en que fue envuelto su cuerpo. Las mujeres llevan en sus manos con fervor y delicadeza los vasos de aromas y perfumes, porque han venido a ungir al Señor tras el descanso obligado del Gran Sábado. La tradición oriental llama a estas mujeres miróforas, portadoras de aromas. La resurrección cambia la suerte de estas mujeres. A partir de este momento ellas son también evangelistas, pues llevan a todos la gran noticia de la resurrección. Nos invitan también a nosotros a introducirnos en la escena, a ser testigos de la resurrección y a convertirnos en miróforos, portadores del aroma de la verdad de la resurrección de Cristo.