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sábado, 28 de julio de 2018

SIGNO Y PROVIDENCIA


HOMILIA DEL XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Cerrando el ciclo de homilías sobre el oficio profético del Pueblo de Dios; la liturgia de la Palabra nos ofrece desde hoy, y a lo largo de los cinco domingos siguientes, un recorrido por el capítulo seis del evangelio de Juan. Damos, así, un salto en nuestro recorrido dominical Marcano y para adentrarnos, de este modo, en uno de los pasajes más bellos, densos y profundos del cuarto evangelio.

            En este domingo, el pasaje joánico viene iluminado por un texto del segundo libro de Reyes. En un análisis formal, observamos que el texto vetero-testamentario ofreció al evangelista un perfecto esquema narrativo para construir el relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Ambas narraciones pueden resumirse en la acción providente de Dios que, basándose y potenciando la debilidad humana, asiste y remedia la necesidad de su pueblo, ofreciendo, así, un signo de su presencia y providencia amorosa.

            Así pues, bajo el binomio “signo-providencia” se nos ofrece hoy una enseñanza divina que el salmo responsorial ha concentrado a la perfección al invitarnos a acudir confiados a Dios, quien abre su mano y sacia a todo viviente. Hoy, el Señor, vuelve a repartirnos su pan y su gracia pero esta tarea, paradójicamente aun siendo Dios, no quiere realizarlo solo: Jesús necesita de nuestra debilidad, de la cooperación humana. Un aspecto, éste, propio de la teología católica. Dios y el hombre pueden colaborar juntos para la salvación del mundo, pues el esfuerzo humano se ve siempre arropado por la gracia divina y así, al ser potenciado, se obtienen resultados extraordinarios.


De alguna manera, la multiplicación de los panes y los peces, al tener su origen en la insuficiente cantidad que ofrece aquel muchacho, nos está enseñando a que con la gracia de Dios: lo ordinario puede volverse extraordinario; lo anodino en singular y único; lo meramente natural en algo sobrenatural. Y esto es el milagro eucarístico, por ejemplo, de un pan natural e insignificante, por la gracia de Dios, pasa a ser Cuerpo de Cristo, pan de los ángeles, alimento de vida eterna.

Donde Dios está hay un rebosante derroche de gracia, por eso sobra comida para volver a comer en otra ocasión. Este texto nos invita, también, a reconocer que los milagros existen, que Dios puede hacer milagros. Y que estos milagros divinos son siempre signos de algo: signos de su presencia, signos de su amor, signo de su solicitud y providencia amorosa. Dios es providente con nosotros, y por eso está, continuamente, procurándonos el pan cotidiano tanto el pan natural como el pan eucarístico. A nosotros nos queda tomar la actitud del niño del relato evangélico o la del de Baal-Salisá, esto es, ofrecer la pobreza de nuestro pan, de nuestra vida, de nuestro esfuerzo, de nuestro empeño diario por hacer las cosas bien, por ir perfeccionándonos combatiendo los pequeños grandes defectos que tenemos. Si lo hacemos así, el Señor tomará estos panes de la ofrece de la vida para, con su gracia, convertirlo en algo extraordinario y sobrenatural que rebosa en amor a los demás. Así sea.    
                                                               Dios te bendiga

viernes, 18 de mayo de 2018

EL TIEMPO ATMOSFÉRICO EN LA LITURGIA


LITURGIA Y METEOROLOGÍA


I. Misterio

De todos es conocido que el hombre vive sujeto al devenir de la historia pero no es menos cierto que de manera más radical está expuesto a las distintas alteraciones ambientales y atmosféricas que se dan. Es por ello que en el artículo de hoy queremos reflexionar sobre este tema desde la perspectiva litúrgica.

Como premisa debemos decir con la doctrina de la Iglesia que el hombre no debe «disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad, como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar» (CDSI 460). Es más, cuando pretende dominar sobre la creación sin ninguna referencia al mandato del Creador, al contrario, suplantándolo, provoca la rebelión de la naturaleza.

Porque, en el fondo, es Dios mismo quien ofrece al hombre el honor de cooperar con todas las fuerzas de su inteligencia en la obra de la creación. En este sentido se hace necesario una correcta concepción del medio ambiente que debe evitar dos peligros: 1. Reducir utilitariamente la naturaleza a un mero objeto de manipulación y explotación; 2. Absolutizarla y colocarla, en dignidad, por encima de la misma persona humana. En este último caso, se llega a divinizar la naturaleza o la tierra.

Como expresión de la justa valoración que sobre la naturaleza y el medio ambiente ha hecho siempre la iglesia encontramos en el Bendicional una serie de ceremonias que tienen como fin santificar el trabajo humano ejercido sobre ella y, por qué no, los elementos naturales que afectan a la vida del hombre: bendición de campos y tierras cultivos, de animales y de los límites de una población. En ellos encontramos frases de este tenor: “alejando de nuestros campos las tormentas y el granizo” (bendición de campos, cultivos y pastos, 843), “ya que somos castigados por nuestros pecados, y padecemos la desgracia de las calamidades naturales” (bendición del Oriente, 853), “te suplicamos humildemente que apartes de nuestros términos todas las tormentas y disperses las tempestades” (bendición del Occidente, 856), “para que el granizo no lo afecte, la fuerza de la tempestad no los arrase, la sequía nos los debilite, las plagas no los dañen, ni el exceso de lluvia los malogre” (bendición del Sur, 862).

Pero entremos, sin más dilación, en la riqueza de este formulario que más que una misa en concreto, son más bien un conjunto de oraciones colectas que pueden ser usadas por la piedad personal y privada de los fieles.

II. Celebración

Valoramos el conjunto de oraciones colectas ante los diversos fenómenos atmosféricos (34-37) y que pueden ser completados con el resto de formularios de los días propios del tiempo litúrgico en que se empleen. V, gr.: si rezamos para pedir la lluvia el lunes VII del Tiempo Ordinario usaríamos la colecta propia para pedir agua, el resto de oraciones del formulario del VII domingo del Tiempo Ordinario. También se puede emplear la cuarta plegaria para las misas por diversas necesidades. Estas oraciones no tienen tanto la pretensión de ser usadas en misa cuanto más de ser usadas para la oración personal de los fieles.


34. En tiempo de terremoto: es de nueva creación. Ante el miedo y pavor que genera el movimiento de la tierra, lo que llamamos un seísmo, la oración usa del salmo 104, 5 para invocar el amparo y la protección divina y esto mueva a la humanidad a alabar y servir mejor a Dios.


35. Para pedir la lluvia: esta oración aparece en la compilación veronense[1], el sacramentario gelasiano antiguo del s. VIII[2] y en el misal romano de 1570[3]. Basándose en Hch 17, 28 como texto fundamental de la providencia y cuidado de Dios se pide la lluvia a su tiempo (cf. Dt 11,14) de tal modo que haga fecundos los campos y saciados de sus bienes podamos confiar en los eternos.


36. Para pedir el buen tiempo: la primera parte de la oración está presente en la compilación veronense[4], el sacramentario gelasiano antiguo del s. VIII[5] y en el misal romano de 1570[6]. Subyace en esta oración la creencia de que el mal tiempo o el tiempo desfavorable para las cosechas o para el normal desarrollo de la vida, se debe a un castigo de Dios mientras que Éste muestra su favor a los hombres regalándoles un conjunto de condiciones apropiadas para la vida. La oración pide el cese de las inclemencias que dificultan la supervivencia de la ciudad o del campo para que sin tener que afligirnos y preocuparnos de salvar la situación adversa podamos dedicar más tiempo y todos los esfuerzos a la alabanza divina.


37. Para alejar las tempestades: es de nueva creación. Los evangelios abundan en milagros en los cuales Jesús gobierna sobre los elementos naturales, entre los cuales destaca el de la tempestad calmada (cf. Mc 4, 35-41; Mt 8, 23-25; Lc 8, 22-25). De ahí que veinte siglos después la Iglesia pueda seguir pidiendo a Dios que detenga la violencia de las tormentas y los violentos y así poder alabar, felizmente, a Dios.

III. Vida

Una vez examinado las distintas oraciones colectas propuestas para la misa o la oración personal, veamos qué puntos teológicos nos ofrecen para una vivencia mejor y tranquila de los diversos fenómenos atmosféricos.

1. La creación valorada en su conjunto: “Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” esta es la conclusión que la Escritura nos indica como valoración final del conjunto creacional. Dios no ha hecho nada malo, todo es bueno y perfecto. Dios ha dotado, en su infinita sabiduría, de leyes ocultas al conjunto del universo que el hombre puede descubrir a poco que aplique las energías de su inteligencia. Estas leyes naturales son las que hacen posible que el mundo siga su marcha y su curso, un continuo progreso en su desarrollo y devenir hasta el final de los tiempos. Si bien es cierto que la providencia divina es la suprema ley del gobierno y subsistencia de la creación, no es menos cierto que ésta misma está, de alguna manera, sujeta a los distintos fenómenos atmosféricos y ambientales que se suceden en la naturaleza y que son objeto del estudio de hoy.

Los distintos fenómenos no son realidades extrínsecas a la evolución de la naturaleza sino que forman parte y posibilitan esa misma evolución, lo que si aterra y causa zozobra son los efectos que ésos tienen sobre la población al causar desastres de diversa magnitud desde el destrozo de bienes inmuebles hasta la muerte de la población. En este sentido, es normal que la piedad cristiana elaborara un  formulario de súplica y celebración para evitar estos efectos apelando a la omnipotencia divina, la única que puede salvar al pueblo de ellos como Cristo hizo con sus apóstoles al mandar callar al viento y a la tormenta.      


2. Dios y el mundo: aunque sea de Perogrullo decir que son cosas distintas no siempre se tuvo del todo claro. La herejía panteísta afirmaba que Dios era el Todo y que este mundo no era sino una emanación divina de tal manera que toda realidad es Dios. Porque no es lo mismo decir que Dios dejó la impronta de su ser en la realidad creada o que Dios puede estar presente en el mundo de forma misteriosa que decir que todo es Dios o que la naturaleza es divina, como pensaban los pre-cristianos cultos animistas que, por desgracia, hoy vuelven a brotar en nuestro mundo.

En este sentido son muy elocuentes estos dos textos de la Escritura: «Torpes por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios y por los bienes visibles no lograron conocer al que existe, ni considerando sus obras reconocieron al artífice de ellas, sino que tuvieron por dioses rectores del mundo al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los luceros del cielo. Pues si, embelesados con su hermosura, los tuvieron por dioses, entiendan cuánto más hermoso es el Señor de todas estas cosas, pues el autor mismo de la belleza las creó. Si les llenó de asombro su poder y su energía, aprendan de ahí cuánto más poderoso es quien los formó. Pues por la grandeza y la hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su hacedor. Más, con todo, no se merecen un duro reproche, porque quizá se extravían buscando a Dios y queriendo encontrarlo; ocupándose de sus obras, las investigan y se dejan seducir por su apariencia, pues que son tan hermosas. Sin embargo, ni éstos son excusables; porque si tanto llegaron a saber que acertaron a escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor?» (San 13, 1-9) y en el Nuevo Testamento: « Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir, cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre. Amén.» (Rom 1, 20-25).

En conclusión, las enseñanzas bíblicas más importantes de la creación respecto de Dios es que: a) El mundo entero debe totalmente su existencia a la acción libre y soberana de Dios pero no se identifica con Él; b) El mundo es bueno porque recibe su perfección y bondad de su Creador; c) El mundo existe para el hombre como realidad distinta de Dios, quien da consistencia al conjunto de lo creado.

Dios te bendiga



[1] Ve 1111.
[2] GeV 1402.
[3] MR1570[229].
[4] Ve 582.
[5] GeV 1421.
[6] MR1570[791].

miércoles, 25 de abril de 2018

LITURGIA Y AGRICULTURA


LA AGRICULTURA EN LA LITURGIA


I. Misterio

Dedicamos el blog de hoy al mundo de la agricultura y del campesinado. La agricultura es la actividad humana más antigua que existe y la que de mejor manera expresa el mandato divino de dominar la tierra y, por otra parte, a menudo, donde más se experimenta la maldición divina de trabajar la tierra con el sudor de la frente, dado el carácter provisorio e imprevisto de la misma.

La Sagrada Escritura, confeccionada en un mundo eminentemente agrícola, abunda en ejemplos rurales y pastoriles para expresar, a través de ejemplos, alegorías o parábolas, la relación de Dios con su pueblo, Israel. Pensemos, por ejemplo, en el poema de la viña del libro de Isaias 5, 1-7, donde describe con la imagen de una viña a Israel, quien, por su infidelidad, se ha visto asaltada por alimañas y enemigos que la han saqueado y destruido.

            Si hay un documento magisterial puntero donde por vez primera se aborda el tema de la agricultura no puede ser otro que la encíclica Mater et Magistra del papa san Juan XXIII. Los números de este documento dedicado al mundo rural, aunque hoy en muchas cosas superados, no pasan nunca de moda ya que se denuncia, con realismo craso los grandes problemas que aquejaban, entonces, al sector primario, al que denomina “sector deprimido” «tanto por lo que toca al índice de productividad del trabajo como por lo que respecta al nivel de vida de las poblaciones rurales» (124).

            Ayer, como hoy, advierte el Papa (131) es muy necesaria una política económica acerca de la agricultura que atienda a temas tan importantes como la imposición fiscal, el crédito, seguros sociales, precios, etc. Pero éstas no deben a hacerse prescindiendo del concurso y el protagonismo de los agricultores ya que «trabajan, en efecto, en el templo majestuoso de la Creación, y realizan su labor, generalmente, entre árboles y animales, cuya vida, inagotable en su capacidad expresiva e inflexible en sus leyes, es rica en recuerdos del Dios creador y providente» (144). En este sentido, se recuerda la nobleza y dignidad del agricultor quien «debe concebir  su trabajo como un mandato de Dios y una misión excelsa» (149). El documento invita a los agricultores al movimiento asociado y cooperativista (146).

Por otra parte, la celebración del misterio cristiano, esto es, la liturgia, también se nutre de la agricultura puesto que el fruto de la tierra y de la vid y el trabajo de los hombres y las mujeres hacen posible que sobre el altar de la Iglesia podamos presentar pan, vino y agua para confeccionar el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Del cultivo del olivo y su fruto, la Iglesia se vale para preparar sus aceites y bálsamos que fortalecen, sanan y consagran. Vemos, pues, como hasta la liturgia necesita del sector primario de la sociedad.

II. Celebración

Unimos aquí los formularios tanto de la misa en tiempo de siembra como su corolario, la misa en tiempos de cosecha. Aun así analizaremos sus respectivas eucologías por separado.

Estos dos formularios deben ser usados siguiendo las normas dispuestas para tal efecto. Son de nueva creación puesto que no  se encuentran en los sacramentarios romanos tradicionales. Puede ser completado con el prefacio V dominical del tiempo ordinario o bien con la plegaria tercera para las misas por diversas necesidades.


A. Misa en tiempo de siembra

Ha sido compuesto teniendo como texto de referencia el de 1 Cor 3, 7: «de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer». Es un formulario que sostiene una tesis: al trabajo humano Dios coopera con su providencia. Veamos:

El formulario primero nos ofrece las tres oraciones principales de la misa: la oración colecta siguiendo la lógica expuesta por san Pablo, pide la intervención divina sobre lo que es trabajo humano. La oración sobre las ofrendas apela a la providencia divina y reconoce a Dios como autor de todo bien material (frutos materiales) y espiritual (frutos del espíritu). La oración de después de la comunión está inspirada en el texto de Hch 17, 28, para mostrar como en su providencia el bendice las semillas sembradas para poder tener una abundante cosecha.

El formulario segundo también nos ofrece las tres oraciones esenciales para la misa: la oración colecta, inspirada en el salmo 66, implora la bendición divina sobre la tierra labrada para tener aún más motivos para la alabanza. La oración sobre las ofrendas establece una relación entre las semillas sembradas por el hombre y los dones presentados para la confección del santo sacrificio del altar, granos de pan, antes dispersos por los campos y ahora unidos en una blanca Hostia. Oración para después de la comunión donde el aprovechamiento de los frutos de la tierra se convierte en la base para alcanzar los bienes eternos.

Los textos bíblicos asignados a estos formularios son: para la antífona de entrada el sal 89, 17 donde el salmista pide la intervención divina para que la cooperación sinérgica del hombre y Dios pueda hacer fructífero y próspero la siembra y labranza de la tierra. Para la antífona de comunión el sal 84, 13, como el anterior, otro salmo agrícola usado por el pueblo de Israel para impetrar el favor divino en la actividad habitual de los israelitas, el trabajo en el campo.

B. Misa para después de la cosecha

Este formulario ofrece dos oraciones colectas, una sobre las ofrendas y otra para después de la comunión. La colecta primera recoge la idea de la oración de pos-comunión del formulario anterior, esto es, los frutos de la tierra como base para lograr, por la providencia divina, los bienes eternos. La segunda colecta, aun cuando literalmente es distinta, el contenido es el mismo que la anterior: la providencia divina hará que los frutos cosechados sean la base para que nuestro corazón goce de bienes espirituales como la justicia y la caridad, precisamente las virtudes que más estrecha relación tienen con el trabajo humano. La oración sobre las ofrendas es de carácter epicléptico al pedir la gracia divina sobre los dones presentados en el altar que no son otra cosa sino fruto de la tierra y del trabajo del hombre. La oración para después de la comunión es de acción de gracias por los frutos cosechados y de petición para alcanzar frutos de vida eterna.

Para la antífona de entrada se ha elegido el sal 66, 7 que ya el pueblo hebreo usaba para la fiesta tras el fin de la cosecha. Para la antífona de comunión, el sal 103, 13-15 que al establecer una gran alabanza a Dios creador, le da gracias por ser el que hace posible el pan y el vino que sustentan la vida y la alegría del hombre.

III. Vida

Analizados, pues, estos formularios veamos que líneas teológicas nos ofrecen para vivir este aspecto de la vida humana de forma más cristiana posible:


1. Dios autor y providente: como obra de Dios que es la naturaleza, y por la estrecha dependencia de la actividad agrícola con ella, el formulario litúrgico propone, primeramente, a nuestra consideración reconocer que no es el que planta ni el que riega sino el que hace germinar la semilla, esto es, la fuerza providencial de Dios es el motivo por el que nuestros campos son fecundos. Desde siempre el agricultor ha tenido un espíritu piadoso y confiado en el Dios que le posibilita sacar el pan de los campos y hace que la lluvia se oportuna o que la langosta o los parásitos no devoraran la cosecha. Todas las rogativas y mondas tenían por objeto este fin y respondían a la simbiosis entre agricultor y naturaleza. Así pues, querido lector, el trabajo en el campo despierta en nosotros nuestra sensibilidad y dependencia de la voluntad divina al saber que Dios cuida, sostiene y provee nuestros campos y ciudades, uniendo su acción amorosa y providente a nuestro trabajo y labranza.

2. Valor teológico de la agricultura: establecido anteriormente el principio de que el hombre con su trabajo se convierte en cooperador con la obra creadora de Dios y en artífice del progreso y perfeccionamiento de ésta, es lógico ver en la agricultura una forma muy directa de concreción de este principio por ello, podemos decir que la agricultura tiene un valor teológico. El cultivo de la tierra es un lugar de encuentro con Dios ya que en ella Dios y el hombre, hombro con hombro, hacen sacar del suelo vital los frutos y potencialidades que éste contiene.

3. La acción de gracias: cuando al final de la siembra y del cuidado de la misma, el agricultor recoge la cosecha y puede disfrutar de los beneficios de la misma, lo primero que viene a su mente y a su corazón es la acción de gracias a Dios que ha vuelto a mostrar su amor providente. La acción de gracias, se convierte en la plegaria que corona toda labor agrícola y para ello la piedad popular fue creando fiestas de final de cosecha como v. gr. las Témporas u otras, para manifestar esta actitud hacia Dios.

Por consiguiente, quisiera dirigirme a los hombres y mujeres que trabajan en el campo y que con su servicio primario son el motor de la vida y la economía de las sociedades. Bienaventurados vosotros, hombres y mujeres del campo, porque colaboráis con el progreso de la tierra y de la creación. Bienaventurados vosotros, hombres y mujeres, que gozáis más directamente de la providencia de Dios en vuestra vida cotidiana. Ojalá que las condiciones de vuestro trabajo, humilde y callado, vayan mejorando para que gocéis, completamente, de vuestros bienes materiales y poder alcanzar, así, los del cielo.

Dios te bendiga


sábado, 25 de febrero de 2017

YO NO TE OLVIDARÉ


HOMILIA DEL DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

¿Cuántas veces hemos pensado que por distintas circunstancias de la vida Dios nos ha abandonado? ¿Cuántas veces vemos noticias, experimentamos situaciones en las que pareciera que Dios se despreocupa totalmente? Como vemos, estas preguntas no son ajenas al texto bíblico. El profeta Isaías también lo ha vivido en primera persona en el pueblo de Israel, que padece en el exilio en Babilonia. A     lo largo de la historia del pensamiento humano, Dios no ha quedado al margen del mismo, sino que siempre, de una manera u otra, ha copado el debate filosófico. Una de estas corrientes es el deísmo: reconocer la existencia de un dios que ha creado el mundo pero que no se preocupa lo más mínimo de él. Dios sería poco menos que un relojero que pone en marcha la máquina del mundo y no se preocupa de más, un Deus ex machina.

Pero frente a esa experiencia subjetiva, la realidad suele imponerse con frecuencia: Dios siempre permanece al lado de sus hijos pues aunque una madre se olvidara de sus hijos, yo no te olvidaré, nos ha dicho Isaías. Y de alguna manera, Dios nos dice a cada uno de nosotros, con las palabras del salmo responsorial: yo no te olvidaré porque soy tu descanso, tu salvación, tu roca, tu alcázar y refugio, tu esperanza. Y estas palabras, hermanos míos, deben llevarnos a confiar en Él y a desahogar nuestras preocupaciones en Él.

Así pues, Isaías nos presenta a un Dios que se muestra como Padre amoroso que cuida de sus hijos. Es un Dios que se desvela por nosotros y se revela a nosotros como amor y misericordia. ¡Qué hermosa imagen de Dios se nos ofrece para vivir con paz y seguridad espiritual! Pero… ¿Nos lo creemos? ¿Lo experimentamos? La misma idea va a recoger Jesús en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Podemos dividir este texto de Mateo en tres partes: el amor a Dios, la providencia divina y la justicia divina.

Jesús nos recuerda que no podemos amar a Dios y al dinero, es decir, no podemos tener el corazón divido por dos señores. El texto griego usa la palabra “kyrios” que significa señor. Éste era un título propio del emperador o gobernador que pronto los cristianos aplicarán solo a Jesucristo, único y verdadero Señor de su vida, de ahí que el primer dato de este pasaje evangélico sea que no podemos rendir pleitesía a dos señores, sino que hemos de optar y hacerlo, fundamentalmente por Dios como recuerda el primer mandamiento: amarás a Dios sobre todas las cosas, es decir, sin anteponer nada a Él. Pero… ¿Cuántas veces dejamos a Dios en un segundo o tercer lugar? ¿Cuántas excusas hay para que Dios no ocupe el centro de nuestra vida? El problema es que a veces caemos en la idolatría del dinero y de las riquezas, como si fuera lo único importante, olvidando con frecuencia que esto solo es un medio para poder vivir y para ejercer la generosa caridad.

La providencia divina: podemos situar este evangelio dentro de una situación de prosperidad económica en Galilea. Y con frecuencia suele ocurrir que a medida que vamos teniendo las necesidades básicas cubiertas, van surgiendo otras nuevas que calmar con el consiguiente embotamiento del corazón. Precisamente es lo que podría ocurrir a los oyentes de Jesús, que preocupados por lo que comer, beber o vestir hicieran de esto un ídolo, un fetiche, una obsesión relegando lo espiritual y teológico a una segunda posición. Por eso Jesús les muestra la naturaleza como ejemplo de cómo Dios cuida de todas sus criaturas y que si esto hace con ellos, cuánto más no hará por nosotros, sus hijos. Aquí radica el misterio de lo que la teología espiritual ha llamado providencia divina.

Providencia divina es sinónimo de creación y cuidado por parte de Dios de su obra. Providencia divina es el Dios pantocrátor de los frescos de las antiguas basílicas. Providencia divina es la paternidad de Dios que hace que el mundo y el hombre sigan adelante y ofrece, además, la posibilidad de que éste se convierta de su locura y pecado. La fe en la providencia se enraíza en una relación especial con Dios siendo realmente hijos e hijas de Dios, del Padre celestial. Pero… ¿en qué grado me fio de Dios? ¿Siento su cuidado sobre mí? ¿Confío o desconfío de Él? ¿Me reconozco necesitado de su amor y misericordia?

Por último, encontramos el tema de la justicia del Reino: este ha de ser el objeto último de nuestra búsqueda. Lo apremiante para un cristiano es acomodar su justicia a la divina ¿qué significa esto? Tomar como referencia el actuar de Dios para que nuestro obrar sea coherente, ver como mira, habla, siente y trata Jesús a la gente para que por nuestra mirada, conversaciones, sentimientos y relaciones podamos transparentar el Reino de Dios que hemos de construir ya en este mundo pero que todavía debe aguardar su plenitud en los cielos.

Así pues, hermanos míos, en este domingo el Señor nos recuerda que no tiene sentido querer abarcar el mañana. Nos enseña a vivir el hoy, el momento presente, sin más afán que el de construir su Reino hoy, en este momento. Todo lo que tenga que venir, vendrá. Todo lo que tenga que acontecer, acontecerá: lo bueno y lo malo, lo próspero y lo adverso, pero tened en cuenta que todo está dispuesto por Dios y que a su providencia no escapa nada. Por tanto, asumámoslo con paz y agradecimiento porque solo Dios puede sacar bienes de lo malo.

Dios te bendiga


miércoles, 15 de febrero de 2017

LITURGIA Y ENFERMEDAD (II)



Oración colecta
            El misal de Pablo VI ofrece dos colectas: la primera es de nueva incorporación mientras que la segunda está tomada del eslabón precedente, es decir, del misal de Pio V reformado por san Juan XXIII, de la misa por los enfermos. De momento veremos la oración tradicional, la colecta primera la estudiaremos más adelante.

«Dios y Señor nuestro, salvación eterna de cuantos creen en ti, escucha las oraciones que te dirigimos por tus hijos enfermos; alívialos con el auxilio de tu misericordia para que, recuperada la salud, puedan darte gracias entre tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo».
Esta oración tradicional recoge varios aspectos:
1. La salvación está ligada a la creencia en Dios: un dato de fe tradicional en la Iglesia y mantenido siempre por ella. "Creed en Dios y creed también en mi" dice el Señor en su evangelio (Jn 14, 1). Para la salvación es necesaria la fe. Pero no una fe cualquiera, sino una fe de adhesión personal a Dios y a Jesucristo. 
2. El objeto de la petición son los enfermos: ellos son objeto de predilección por parte de la Iglesia. No se especifica qué tipo de enfermos, sino que el concepto es amplio para que abraque tanto a los que sufren en su cuerpo como a los que padecen problemas psíquicos.  
3. El “auxilio de tu misericordia” es el nombre con el que se identifica la gracia que demandamos a Dios por ellos: idea que, si ustedes recuerdan, ya se expuso en el artículo anterior. La primera palabra de la antífona de entrada vuelve a traerse aquí como una gracia especial que ha de amainar los dolores de la enfermedad.  
4. El final de la oración es un tanto ambiguo: la expresión “puedan darte gracias entre tu Iglesia” puede ser interpretado negativamente como si la enfermedad apartase de la comunidad o bien, y creo que esta es la más correcta, deberíamos entender la expresión iglesia como asamblea litúrgica.
Oración sobre las ofrendas
«Oh Dios, bajo cuya providencia transcurre cada instante de la vida, recibe las súplicas y oblaciones que te ofrecemos por nuestros hermanos enfermos, para que, superado todo peligro, nos alegremos de verles recobrar la salud. Por Jesucristo nuestro Señor».
Tomada de la misa por los enfermos del misal romano de 1570. La invocación del nombre de Dios va acompañada por el atributo divino “providencia”. Nuestra vida no está determinada por los hados ni por la casualidad ni por el azar; sino por el gobierno amoroso del Padre eterno. Y esto es fuente de consuelo y esperanza pues indica que no estamos expuestos a un futuro incierto y descorazonado sino que caminamos hacia un horizonte eterno y mejor.
Los dones que se presentan en el altar tienen como fin no solo el trueque eucarístico, es decir, la conversión del pan y el vino en Cuerpo y Sangre del Señor; sino la salvación integral de los enfermos. Esa salvación integral se realiza en la medida en que el enfermo es asociado a la obra redentora del Salvador que se actualiza en el altar. 
Oración después de la comunión
«Oh Dios, singular protector en las enfermedades, muestra el poder de tu auxilio con tus hijos enfermos, para que, aliviados por tu misericordia, vuelvan sanos y salvos a tu santa Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor».
Tomada, también, de la misa por los enfermos del misal romano de 1570. Dios es denominado ahora como “singular protector en las enfermedades”. La idea de protección va unida a la de providencia de la oración anterior. Dios es protector, no en la medida en que defiende, porque a veces consiente; sino en la medida en que vela y cuida de sus hijos.
Vuelven a repetirse dos ideas de la oración colecta de 1570: 1. La misericordia como gracia especial y 2. La vuelta a la Iglesia. En esta última idea repetimos lo dicho anteriormente: debemos entender la asamblea litúrgica y no la Iglesia como límites geográficos o demográficos.
Conclusión
En conclusión, de estas oraciones es interesante hacer una recapitulación de los atributos divinos: "salvador", "providente" y "protector". Estos tres atributos volcados hacia los enfermos presentan una imagen de Dios-samaritano que puede iluminar mucho la vivencia de la enfermedad. Dios quiere salvar a su hijos enfermos con su cuidado y providencia.
La enfermedad no es ningún sin sentido ni un castigo divino por algún anónimo pecado del pasado. No. La enfermedad, vivida desde la lógica de Dios, puede ser un don. Comprendo que esto es escandaloso, pero desde la experiencia que uno tiene de un familiar enfermo cercano creo que podré explicarlo.
La enfermedad es un don en la medida en que entra, en virtud de la providencia divina, dentro del designio salvífico que Dios tiene para nosotros. Una enfermedad puede contribuir muy eficazmente a la salvación personal o de otro cuando es aceptada y vivida como un don, como un gesto de amor, como un regalo y oportunidad que Dios nos da para cooperar en la obra de la redención. Así lo han vivido los santos y así es como deberíamos vivirlo los cristianos.
La enfermedad puede aportarnos la grandeza de alma, la generosidad de corazón para con Dios. Saber que somos protegidos, esto es, cuidados por Dios, infunde esperanza y confianza en el corazón. Así pues, la providencia y la protección son las formas en las que Dios concreta su acción salvadora en nosotros tanto por medio de la enfermedad como por medio de aquellos que están cerca de los enfermos. Pero de los cuidadores y acompañantes de enfermos hablaremos otro día.
                                                        Dios te bendiga

viernes, 3 de febrero de 2017

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO





Entremos con espíritu nuevo en la liturgia que se nos da como regalo en este domingo V del tiempo ordinario (tempus per annum).


Antífona de entrada
«Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios». Tomada del salmo 94 versículos del 6 al 7, esta antífona es una invitación a no quedarse fuera de la celebración, a poner todo nuestro empeño en vivir la santa misa participando activa, consciente y piadosamente. Para ello, debemos reconocer dónde estamos y ante quién estamos.

Oración colecta
             «Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gregoriano y presente en el misal romano de 1570 en el domingo V post Epiphaniam. Por el tono que inspiran estas líneas podemos decir que el origen de esta oración fuera un momento de inestabilidad o desorden social y eclesial. Los verbos “velar”, “proteger” y “defender” denotan la necesidad de acudir a Dios en situaciones difíciles que, a veces, escapan a nuestro control. Como consecuencia de esto, el orante siente como único refugio ante la calamidad al mismo Dios, en quien ha puesto toda su esperanza y confianza.

Oración sobre las ofrendas
             «Señor, Dios nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas, concédenos que sean también para nosotros sacramento de vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor». Ha sido tomada y reformada del sacramentario Veronense, gelasiano antiguo y gregoriano. También presente en el misal romano de 1570 en el domingo V post Epiphaniam. Esta oración está en la misma página que la colecta anterior y pertenece al mismo formulario, que se ha mantenido inalterado desde el origen. Prueba de ello es que se mantiene el tono dramático de la anterior: frente al peligro que acecha, solo podemos obtener fuerzas y valor cuando nos alimentamos del pan y el vino eucarísticos. En el duro camino de la vida estos dones santos nos pondrán en pistas a la vida eterna.

Antífonas de comunión
             «Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos y a los hambrientos los colmó de bienes». Tomada del salmo 106 versículos del 8 al 9, en el momento de la comunión, estos versos nos ponen ante el misterio del pan que da vida al mundo y que es capaz de saciar la verdadera hambre. Pues el mismo Señor dice  que quien coma del pan de su cuerpo no tendrá más hambre (cf. Jn 6,35).

«Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados». Expresión que encontramos en el Evangelio de Mateo capítulo 5 versículos del 5 al 6. Se enmarca en la misma línea que la antífona anterior: Cristo ha venido al mundo y viene en cada Eucaristía para ser comido por los pecadores que buscan el consuelo de la misericordia divina. La santa comunión es el banquete de los desheredados de la tierra y de aquellos que no hallan justicia en este mundo sino solo el desprecio y el olvido de los poderosos.

Oración de pos comunión
           «Oh Dios, que has querido hacernos partícipes de un mismo pan y de un mismo cáliz, concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Esta oración nueva del misal, sin precedente anterior, sigue la misma línea temática que la colecta y la pos comunión: si al principio invocábamos al Señor como nuestra única esperanza, ahora se concreta mucha más al saber que solo podemos pasar los momentos amargos de la vida unidos a Cristo, vid verdadera; y que solo por medio de esa unión daremos frutos de vida cristiana (cf. Jn 15, 5).

Visión de conjunto
            La experiencia del miedo es connatural al ser humano. Hay situaciones en la vida que generan en nosotros una extraña sensación de desconfianza, de sospecha, de incertidumbre. Hay, por otra parte, situaciones límites donde el sistema de valores en que hemos montado nuestra vida se tambalea hasta caerse o invertirse. En definitiva, no todo en la vida es de color de rosas: el mal, la enfermedad o la muerte pueden truncar las esperanzas humanas y poner en jaque hasta la misma fe.

            Pero como cristianos ¿qué debemos hacer? ¿Cómo lo podemos afrontar? Ante todo mucha confianza en Dios mismo. Él es padre y providente. Vela y guarda con amor a cada uno de sus hijos. Sabe lo que nos conviene en cada momento y todo cuanto pueda sucedernos o afectarnos ya lo tiene previsto. De aquí surge espontáneamente una actitud de confianza y abandono en su poder y su misericordia.
            La providencia divina no es solo una expresión piadosa para consolar nuestra miseria, la providencia divina es, ante todo, una realidad espiritual muy presente en la vida del cristiano. Nada ocurre por casualidad ni por azar ni por arte de birlibirloque sino que todo cuanto sucede responde al designio misterioso de Dios bien por acción o bien por consentimiento. Dios puede intervenir directamente en algo para otorgar un don del mismo modo que puede consentir el mal para sacar de ello un bien. La providencia, pues, será esa acción de Dios que misteriosamente va procurando los caminos de nuestra vida para hacerlos confluir en el mayor bien posible: la salvación.
            Por eso las oraciones de este domingo hablan de la acción paternal y amorosa de Dios. El Señor vela con amor continuo sobre nosotros, no cesa de protegernos y defendernos en los peligros que acechan nuestra alma. Como muestra de esta protección constante cada día se da en alimento reparador de fuerzas en la Eucaristía. De este modo, al hombre solo le resta poner su esperanza en Él. Nuestra salvación está en sus manos (cf. Gn 47,25); nuestra esperanza está puesto solo en Cristo, único salvador del hombre.

            Por tanto ¿Has sentido miedo alguna vez? ¿Sientes que Dios camina contigo? ¿Dónde tienes puesta tu esperanza, tu felicidad, tu vida, tu salvación? ¿Qué te impide confiar del todo en Dios?
            Para este domingo, como ejercicio espiritual, escribe una breve oración expresando tu confianza en Dios. Si quieres la puedes enviar por privado a este correo:

                                                            pacocatolico@hotmail.com

Dios te bendiga